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Advertencia. Las historias de esta temporada abordan situaciones que pueden ser traumáticas o dañinas, especialmente para menores de edad y personas sensibles.
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Regresa la maldad, regresa la noche. Soy Uriel Reyes, creador de relatos de la noche, donde comparto historias para quienes disfrutamos sumergirnos en las más terribles pesadillas.
La maestra estaba tirada en el suelo. Sus manos estaban completamente destrozadas. El contenido de estas historias no es apto para sensibles. Desafía la oscuridad y te hace adentrarte en relatos tan impactantes que no podemos mostrar en ninguna otra plataforma. Su hijo estaba a su lado con su cabeza en el regazo de su madre con las muñecas ensangrentadas.
Los invito a escuchar la nueva temporada de relatos de la noche sin censura, disponible muy pronto con un nuevo episodio cada semana solo en Podimo, donde también puedes escuchar otra de nuestras producciones originales, Criaturas de la noche, una colección de los ententes más aterradores en la historia de este programa. Relatos de la noche sin censura es una producción de relatos de la noche y sonoro en exclusiva para Podimo, la principal plataforma de podcasts y audiolibros en español.
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Cada vez que paso por una iglesia siento algo de malestar. Sé que lo que viví o lo que vi es completamente anormal, pero nada me parece más macabro, más maligno que una secta que se esconde en la iglesia entre sus fieles.
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Cuando les preguntamos de qué querían que habláramos este octubre de relatos, uno de los temas que más sugerían era el de sectas, cultos oscuros. Y aunque es un tema escabroso, uno que no me gusta tanto tocar, nos han llegado historias muy buenas, muy impactantes recientemente, así que sentimos que era el momento adecuado para una nueva edición especial de sectas macabras. Recuerden dejarnos en un comentario sus temas favoritos, porque en este mes queremos darles gusto. Es nuestra Navidad, así que hay que disfrutar. Vámonos con la primera historia. Es momento de dejarse llevar y darse la oportunidad de escuchar. Imaginar, ya estás escuchando relatos de la noche.
Hola, comunidad. Me llamo Rodrigo, soy arquitecto y quiero contarles algo que me pasó hace 8 años cuando recién empezaba a trabajar. No estoy seguro de cómo explicarlo sin que suene como una exageración o como si hubiera perdido la cabeza. Pero juro que lo que viví fue real. En ese tiempo, mi tío, que lleva años dedicándose a la restauración de templos y edificios antiguos, me invitó a acompañarlo a un proyecto en un pueblo de la sierra norte de Puebla. Se trataba de reparar el techo y parte de las bóvedas de una iglesia llamada San Bartolomé de las Cumbres. Era un pueblito muy viejo, hermoso, pero completamente aislado. Para llegar había que tomar una brecha de tierra que se volvía peligrosa en cuanto caía la tarde. No había señal de celular, ni tiendas, ni nada alrededor, solo el bosque y las montañas.
El sacerdote que nos recibió era un hombre mayor, de voz amable, pero con una forma de hablar que imponía como un padre de las películas. Desde el primer día nos pidió algo extraño, que por ningún motivo trabajáramos después del atardecer. "La iglesia necesita su descanso", nos dijo con una sonrisa que a mí no me pareció nada tranquila. "No hay que perturbar su paz cuando cae la noche." Nadie le contestó nada, pero todos sentimos que había algo raro en esa advertencia.
Durante los primeros días trabajamos sin problema, aunque las cosas avanzaban muy despacio. Mi tío estaba preocupado por los tiempos y yo también. Y quería demostrarle que podía ser responsable, que podía confiar en mí para más proyectos. Al tercer día, como a las 9 de la noche, estaba en el cuartito de madera de piso de tierra donde me estaba quedando esos días cerca del pueblo. Estaba revisando los planos. Había varias cosas que podían acelerarse si se organizaban mejor, así que tomé mi libreta y decidí regresar a la iglesia para anotar todo. Quería quedar bien con mi tío y además me dije que eso de no trabajar de noche debía ser solo una superstición del padre.
Me fui para la iglesia. El camino estaba completamente oscuro. Cuando llegué, el templo parecía vacío, pero al acercarme noté algo, un sonido que venía de adentro. Era como un murmullo. Pensé que algunos de los albañiles también había regresado a adelantar trabajo, pero cuando me asomé por la puerta lateral no había nadie. Solo una luz tone que se filtraba por debajo del altar. Me dio curiosidad. Tomé una linterna y bajé las escaleras que conducían al sótano, el área donde se guardaban los materiales antiguos de la iglesia. No nos dejaban pasar porque ahí tenían todo. Las hostias, el vino de consagrar, todo lo que no podía estar arriba durante la remodelación.
Ahí fue cuando vi lo que me hace escribirles esta noche. Ahí abajo había al menos 10 figuras vestidas completamente de negro de pie alrededor de una especie de fogata. En el centro, suspendido boca abajo, ardía lentamente un cristo de papel maché. Las llamas lo consumían desde la cabeza mientras ellos murmuraban algo que sonaba como oraciones, pero al revés. No supe cuánto tiempo estuve ahí parado sin poder moverme. Seguramente solo fue un segundo, un instante que se alargó en mi terror hasta que una de las figuras giró hacia mí. Era el padre. Su rostro estaba cubierto de Ollin, pero lo reconocí al instante. Me miró directamente, dio un paso hacia delante y gritó, "¡Espera!" Pero no me quedé a comprobar que quería. Corrí escaleras arriba, salí por la puerta lateral y luego apagué mi linterna para caminar por aquel camino oscuro. No paré hasta llegar a mi cuarto. Cerré con llave, apagué las luces y me quedé ahí temblando, escuchando mi respiración.
Esa noche no dormí. Varias veces me pareció ver sombras moverse frente a la ventana como si alguien diera vueltas alrededor del hospedaje. Al amanecer, cuando mi tío pasó por mí, le dije que estaba enfermo, que no podría ir a trabajar. Guardó silencio unos segundos y luego me preguntó, "entraste a la iglesia anoche, ¿verdad?" Yo no supe qué decirle y terminé contándole todo, por más loco que sonara. Él no se sorprendió, solo suspiró y me dijo que sospechaba algo raro. Empaca tus cosas. Nos vamos a ir sin avisarles. No más agarramos todo y nos vamos de aquí.
Esa misma mañana llegó con su camioneta y nos fuimos. Nadie dijo nada durante el camino. Su equipo completo decidió abandonar la restauración. Habíamos estado trabajando casi gratis como un favor a la diócesis, pero nadie quiso volver ni comentar por qué es que abandonamos ese proyecto. Un par de meses más tarde le llegaron noticias a mi tío de que el padre había desaparecido. Nadie continuó con las restauraciones. Le dijeron que de la noche a la mañana dejaron el templo vacío con las puertas selladas con cadenas y un letrero que decía cerrado hasta nuevo aviso. De ese entonces, cada vez que paso por alguna iglesia siento algo de malestar. Sé que lo que viví, lo que vi es completamente anormal, pero nada me parece más macabro, más maligno que que una secta que se esconde en una iglesia entre sus fieles.
Hola, Ariel. Tu video de los 2 millones de suscriptores me hizo animarme a contar algo que precisamente me sucedió en Querétaro. Espero lo puedas leer. Lo único que he modificado son los nombres de las personas que vivieron esa experiencia conmigo. Las ubicaciones las dejo tal cual. Nada de lo que voy a contar está modificado o alterado para hacer esta historia más atractiva. Los hechos narrados son los que ocurrieron. Debo confesar que escribo esto con miedo. Miedos de que todo esto me pueda alcanzar. A raíz de los eventos que estoy por relatar, tuve que cambiar de hábitos, tuve que cambiar de ciudad, tuve que dejar atrás una parte de mi vida.
Todo esto transcurre en la aparente calma del estado de Querétaro en uno tan lejano 2016. En ese tiempo conocí a mis dos más grandes amigos, Paulina Guillén y Román Ortega. Nos conocimos en la carrera de ingeniería en sistemas de la Universidad Autónoma de Querétaro, en el campus Juriquilla. Primero solo éramos Román y yo. Nuestra amistad comenzó como casi todas las amistades entre hombres hablando de videojuegos. Todo era solo una relación. meramente académica hasta que en el tercer semestre como por intervención divina llegó Paulina. Era como una carnada en un mar lleno de tiburones, la única mujer en la carrera de ingeniería en sistemas en aquella generación. ¿Y cómo nos hicimos amigos? Pues Román tenía novia y yo era un nerd hecho y derecho. Jamás pensé si quieren acercarme a ella con alguna intención romántica, así que fue ella quien se acercó a nosotros. Pasaron los meses y formamos una amistad increíble. Pasábamos todo el tiempo juntos en la escuela. Después íbamos a la casa de la abuela de Paulina en la colonia La Pradera o a cenar con el papá de Román en la colonia El Tintero, con quien él vivía desde que su mamá murió. Esa fue nuestra rutina hasta que con mucho esfuerzo y después de aguantarme el hambre uno que otro día en la escuela, me compré mi primer carro, un zuru año 2009. Algo viejo y descuidado estéticamente, pero suficiente para un universitario con ganas de comerse el mundo.
Después de unos meses de uso, por fin me animé a salir a carretera. Tras muchas pláticas e ideas que tuvimos entre Pau, Román y yo, como caído del cielo llegó el destino perfecto. Un tío de Román poseía desde hace unos años una casa de descanso en la Sierra Gorda Queretana, una cabaña rústica en medio del bosque y muy cerca de la en ese tiempo famosa cascada de puente de Dios. Parecía el plan perfecto. La casa necesitaba reparaciones en el techo para evitar goteras por el aguave que caía en la zona durante la temporada invernal. Nosotros, en búsqueda de una excusa para salir a probar mi coche en carretera y disfrutar un buen fin de semana lejos de la ciudad, nos ofrecimos arreglarla. Así que sin dudarlo, a lo mucho nos tomaría la mañana del sábado y podíamos disfrutar el resto del día, el domingo e incluso parte del lunes disfrutando la casa. Y así sin más, el sábado a las 5 de la madrugada ya estábamos tomando carretera rumbo a este lugar.
Después de un par de horas manejando en curvas sumamente peligrosas para alguien con tan poca experiencia como yo, logramos llegar. Con las manos empapadas en sudor por mi poca pericia al volante. Pero llegamos. La reparación nos tomó más tiempo del esperado por una llovisna intermitente que no nos dejaba trabajar de corrido. A eso de las 4 fue cuando pudimos bajar al pueblo para buscar algo de comer y comprar alguna cerveza. Cuando estábamos en la única tienda del pueblo, noté cierto detalle que si bien no fue nada grave, sí me hizo saber que algo no andaba bien. Mientras Román y Pau compraban todo lo necesario para pasar la noche, me quedé afuera para fumarme un cigarro. A lo lejos, a unos 40 m, recargado en un poste, había un hombre, alguien que parecía completamente ajeno al lugar. Llevaba ropa elegante, camisa negra, pantalón negro, botas tácticas negras y el cabello peinado hacia atrás con mucho gel fijador. Su piel era blanca, no gerera ni clara, blanca como una hoja de papel. Y así me quedé hipnotizado viéndolo hasta que regresé en mí con una palmada en la espalda que me dio Román mientras me decía, "Ya vámonos, güey. ¿Qué tanto ves? Cuando regresé la vista donde estaba aquel hombre, ya no había nadie, ni él ni su auto, pero lo dejé pasar. Solo era un hombre raro viéndome a lo lejos. Qué de peligroso podía ver en eso.
Regresamos a la casa, pusimos música y justo cuando estábamos a punto de abrir la primera cerveza, escuchamos una serie de golpecitos en el techo. Creímos que pudimos haber dejado algo de herramienta ahí arriba, así que me ofrecía subir a revisar. Pero cuando me disponía a salir, el mismo patrón de golpecito sonó ahora desde algún mueble de la cocina, desde ahí adentro. Fuimos a revisar y nada, a las cenas vacías y todas las ventanas perfectamente cerradas. con algo de incomodidad, pero tratando de pasarlo por alto. Seguimos con nuestra noche. Sin embargo, había algo raro. Yo no había podido sacar de mi mente al hombre de la tienda y entre cervezas y cigarros terminó la noche. Nos acomodamos en la única habitación de la casa con tres camas individuales y todo transcurría con calma. Ya estábamos quedándonos dormidos cuando escuché que alguien susurraba fuera de la casa. Eran susurros lo suficientemente altos para poder escucharlos sin mucho esfuerzo, pero lo bastante bajos como para no poder saber a detalle qué decían.
Me levanté con cuidado. Caminé hacia la ventana intentando sumarme sin que aquello que se encontraba fuera me notara. Cuando llegué, vi una decena de siluetas blancas a unos 10 m de la casa entre el bosque platicando. Me tomó unos segundos darme cuenta, pero eran esas siluetas las que estaban susurrando. Pero no era posible. Estaban al menos a 20 m de distancia. Era imposible que yo escuchara sus voces. Y mientras pensaba en eso, escuché unos pasos casi frente a mí y solo pude tirarme al piso. Había alguien en la ventana, alguien intentando ver hacia adentro a través del vidrio casi transparente. Me golpeé la cabeza al dejarme caer en el piso. Estaba algo aturdido. Me imagino que el sonido del golpe despertó a Pao. Se levantó y cuando se acercó a la ventana solo la vi llorar. se quedó congelada llorando. Horas después me enteré de lo que vio. Las mismas siluetas que yo, pero esta vez había una más, algo que parecía ser una cruz de unos 2 met. Estas siluetas sujetaban a la fuerza a alguien, mientras otra de ellas con un cuchillo enorme perforaba las manos, los pies. El resto solo miraba inmóvil como esas siluetas crucificaban a un hombre que estaba en completo silencio como aceptándolo. Desnudo en la cruz.
Me levanté poco a poco e intenté despertar a Román, pero parecía que había tomado algo que no lo dejaba reaccionar. Después de moverlo una y otra vez, por fin despertó. Nos pusimos lo primero que encontramos. Tomamos nuestras cosas y salimos de ahí como rayos. Nunca había manejado en carretera de noche y menos en esas condiciones con tanta adrenalina. No sé qué tan rápido iba, pero en menos de hora y media ya estábamos en casa de Pau. Entramos y nos sentamos en el sofá en shock, intentando procesar lo sucedido. Pasamos el resto del fin de semana en su casa. Cada cierto tiempo alguien recordaba algún detalle que compartía con los otros para intentar entenderlo, para intentar comprender qué habíamos vivido. El cerebro humano no estaba preparado para ver algo así. Por nada del mundo desó que alguien, ni siquiera mi peor enemigo, se ve en una situación como esa.
Pasaron los días y cuando parecía que los tres estábamos por olvidarnos de lo sucedido, ocurrió lo peor, el terror real. Mientras comíamos en el comedor de la universidad, el teléfono de Pau comenzó a sonar. Recuerdo bien que contestó y dijo, "Tranquila, abuela. Sí. Abuelita, tranquila, estoy bien. No pasa nada, voy para allá." Le acompañamos sin cuestionarnos. Del camino al estacionamiento empezó a contarnos. Dice mi abuela que fueron unas personas a la casa. Le dijeron que yo me había metido en donde no debía y que me convenía quedarme callada si quería que nada le pasara a ella. Por supuesto que era entendible su preocupación. Los papás de Paulina habían muerto cuando ella era apenas una niña y su abuela era la única familia que le quedaba. Llegamos a su casa y cuando nació la descripción de quien la amenazó, coincidía perfectamente con aquel hombre que yo vi que me observaba en el pueblo, en la sierra.
Cuando llegué a casa después de todo esto, no sabía cómo sentirme al respecto. Todo era real. De verdad había pasado. De verdad estaba pasando. Logré quedarme dormido después de unas horas de sobrepensar en toda esta situación. Cuando me despertó un ruido, mi televisión estaba encendida. Salí a la sala de mi departamento y vi puerta abierta, la televisión prendida y la estufa también. Rápidamente cerré la puerta, apagué la televisión y la estufa y muy nervioso cuando ya me disponía a llamar a la policía. Comencé a escuchar una voz en mi cabeza. Solo así lo puedo describir. Como si esa voz escuchara en todas partes al mismo tiempo. Y decía, "No lo vas a contar. Nadie tiene que saber. Nadie tiene que saberlo. No lo vas a contar." Esa voz tan ensordecedora entre un susurro y una voz muy gruesa casi gritando, hizo que me dolieran los oídos. Creo que me desmayé. No sé si del miedo, del dolor o de qué, pero me desmayé.
Me desperté con las llamadas perdidas de Román. Le llamé de vuelta y cuando contestó me respondió una mujer. Dije titubeando, "Hola." Ella contestó, "Román, ya no va a jugar más contigo." Escuché como se tapaba la boca como para que no la escuchara reír. Culgué y salí como alma que lleva al [ __ ] a casa de Román. Llegué, toqué su puerta y me abrió su papá con algo de desconfianza, pero me hizo pasar con prisa. Román estaba en la sala y en cuanto me vio me dijo con los ojos llorosos, se metieron a mi casa, güey. Se llevaron mi teléfono y la foto del altar de mi mamá. ¿Qué diablos tiene que ver ella? Entonces su papá comenzó a relatar lo que sucedió esa noche en su casa. Llegué ya tarde de mi último viaje en mi taxi. Me estacioné como siempre frente a la casa y cuando me bajé del coche vi que la puerta del saba abierta. Entré con un tubo en la mano y al pasar a la sala había una mujer, una mujer idéntica a mi esposa, pero algo estaba mal en sus facciones. No era algo grotesco, pero había algo raro, como si estuviera inflamada de la cara, como si tuviera una máscara. Me vio fijamente sosteniendo una taza de café y yo nada más quedé congelado frente a ella. con una voz demasiado fea, como si tuviera la garganta hecha pedazos, me dijo, "Dile a Romy que no ande metiendo las narices en donde no le toca o pronto estará con su mami." Miguel, la tasa está ahora mismo en la cocina. Esto de verdad pasó y necesito que me digan exactamente qué hicieron y por qué estas personas los están buscando.
Una hora más tarde llegó Pao. Ya estando los tres juntos, nos atrevimos a relatar lo que sucedió. Cuando terminamos, el papá de Roman nos dijo que hablaría con el tío para preguntarle si sabía algo o tenía algún dato que pudiera ayudarnos. A fin de cuentas era su casa. Nos fuimos a la universidad con miedo. En el camino íbamos hablando sobre qué podríamos hacer al respecto. El ambiente se sentía tenso. Sentíamos que en los semáforos las personas nos observaban desde la banqueta, desde los otros coches. E incluso ya en la facultad percibíamos que algunos maestros nos veían con cierto coraje. Era raro. Era como si todo el mundo allá afuera supiera lo que nos estaba sucediendo, como si estuvieran en nuestra contra. Pasamos el día con relativa tranquilidad hasta que nos tocó separarnos para una clase que ni Román ni Paulina tomaban. Esta clase la tenía de 7 a 8 de la noche. Ese día al terminar me quedé un rato para completar un ejercicio que no había podido hacer durante la sesión. Y ahí de una forma muy extraña, terminé quedándome dormido. Desperté desorientado cuando entró un guardia al salón, cuando me dijo que ya no había nadie en la universidad. Miré mi reloj, eran aproximadamente las 11:30. Le agradecí y salí corriendo al estacionamiento, pero al llegar una enorme cadena mantenía cerrada la puerta de salida, lo cual me dejaba con pocas opciones. Tomar el autobús, aunque por la hora seguramente ya no había rutas, o pedir un Uber, que parecía la mejor opción hasta que noté que la batería de mi celular estaba muerta. Era como si todo se alineara para que tuviera que caminar hasta mi casa por la ciudad solitaria. Pero justo en ese momento recordé el billete de emergencia que mi papá me enseñó a guardar siempre decía que esos 100 pesos me podrían salvar la vida y justo estaban a punto de hacer eso por mí. Lo saqué de mi mochila, salí a la calle y me dispuse a esperar un taxi que aunque más caro seguramente sería más seguro que caminar 4 horas hasta mi casa mitad de la noche. Al menos algo me tenía que acercar.
Mientras esperaba, noté a lo lejos. en la calle a dos figuras paradas en la banqueta. Intenté enfocarlas. Después de unos segundos me di cuenta de que eran Román y Pau, pero había algo raro. Solo estaban ahí parados, sin caminar ni platicar, incluso después de que les hice señas. Intenté acercarme. Caminé hacia ellos, pero algo rarísimo estaba pasando. Mientras más avanzaba, más lejos parecían estar. Era como si el espacio se alargara, como si estuviera en una caminadora de un aeropuerto. Caminaba hacia ellos, pero me alejaba. Intenté hacerlo más rápido. Después empecé a trotar, me empecé a desesperar y corrí. Corrí, pero no llegaba a ellos. Las luces de un taxi me despertaron de ese horrible trance y sin que yo hiciera la parada se detuvo a mi lado. Miré por la ventanilla. Eran Román y su papá. Súbete, güey, rápido, que ya nos vieron. Y sí, esas figuras que yo antes había visto como Román y Pau, ahora solo eran dos siluetas negras corriendo hacia nosotros. El papá de Romana celebró a fondo. Parecía que su viejo taxi se desarmaría en cualquier momento.
Cuando llegamos a su casa ya estaban ahí Pao, su abuelita y el tío de Román tomando café. No sabía sincierta cuál era el propósito de que todos estuviéramos reunidos, pero sí sabía que de algún modo lo que estaba pasando nos afectaba a todos. El tío de Román rompió el hielo y dijo, "No creí que esas personas siguieran haciendo sus desmadres allá en el pueblo. Yo dejé de ir justo por eso. Pero les voy a contar lo que sé. Cuando yo compré la casa, el pueblo era mucho más chico de lo que es ahora. Nadie llegaba ahí ni por accidente, solo íbamos las personas que vivíamos ahí o los proveedores de la única tienda del pueblo. Hasta que un día llegó un hombre que le hacía plática a las personas afuera de la tienda, afuera de la iglesia y en general en cualquier oportunidad que tenía. un hombre muy carismático. Poco a poco se esparció el rumor de que este hombre hacía limpias, abría caminos y realizaba trabajos de brujería tan fuertes que varias familias habían conseguido hacer prosperar sus negocios. hacían fortunas de la noche a la mañana y este hombre se ganó el apodo de el santo. Poco a poco fue ganando popularidad, no solo en el pueblo, sino en todo el estado. Se volvió común ver subir al pueblo camionetas de lujo directo a su casa hasta que un día dejó de salir. Nadie lo veía más fuera de la misa ni en la tienda y la gente comenzó a hablar. Algunos decían que los ricos lo habían secuestrado. Otros aseguraban que lo habían visto salir corriendo en la madrugada adentrándose en el cerro y otros que un día simplemente se sumó en el aire como si no existiera. Lo cierto es que cada mes seguían subiendo al cerro camionetas de lujo, mes con mes sin falta, hasta que decidí dejar de ir a la casa, porque cada vez se escuchaba más cerca esas voces, las voces de sus ceremonias. Creí que solo eran una bola de locos con mucho tiempo libre, con dinero de sobra para irse a parar al cerro las 3 de la madrugada, pero ahora entiendo que son algo más."
Todos nos quedamos congelados. Nadie sabía qué decir. Ese silencio se rompió con una voz de mujer, una voz que hablaba desde afuera, desde la ventana a mis espaldas, con el mismo efecto que la voz que escuché en mi departamento aquella noche. "Nosotros sabemos más de ustedes que ustedes mismos. Sabemos hasta cuándo se van a morir. Pero si no se quedan callados, podemos adelantar esa fecha." Todos lo escuchamos. Esa voz rasposa de mujer con un tono burlón. La misma que me contestó el teléfono de Román. Él, el pobre dice que era la voz de su mamá, pero su papá insiste en que no. Esta noche todo se fue al [ __ ].
Llegué a mi departamento ya pasado las 2 de la mañana. El papá de Román me llevó después de dejar a Pau y a su abuela en su casa. Cuando entré, todo estaba en orden, excepto una cosa. Cuando me acosté en mi cama estaba ligeramente caliente, como cuando alguien se levanta y se queda la temperatura en el colchón. Miré a todos lados con desconfianza. Todo estaba en perfecto orden, pero había algo en el ambiente que me dejaban intranquilo y esa incomodidad aumentó cuando del baño, cuando del baño salió rodando muy lentamente una pelota. Una pelota que yo reconocía bien, la misma pelota que me encantaba de niño, la misma pelota que dejé ir a la avenida y que mi abuelo fue a recoger por mí sin fijarse. Se bajó de la banqueta y un camión de transporte público le pegó. No alcanzó a frenar y lo atropelló matándolo al instante. Yo llevaba años sin revisitar ese horrible recuerdo, el mismo que me llevó a terapia durante años. Pero, ¿de dónde había salido esa pelota? Me apresururí entrar al baño con coraje, dispuesto a confrontar a quien fuera que estuviera ahí. Y cuando entré estaba completamente vacío. No pude más. Ahí me quebré. Ya no sabía qué hacer. No sabía que querían esas personas en mí. No tenía la más mínima intención de contarle a nadie lo que habíamos visto aquella noche. No sabía qué más hacer ni a quién acudir.
Al día siguiente, Pau ya no fue a la escuela, no dijo nada, solo se fue, cambió su número, cambió de casa y no volvía a saber de ella. Román poco a poco se fue alejando de mí. En los días siguientes dejó de hablarme. Se sentaba lejos y dejó de tomar las mismas clases que yo. Y yo me di de baja definitiva de la carrera. Me mudé a la ciudad de México, donde un primo me dio posado unos meses mientras encontraba trabajo. Y todo marchaba bien. Ya no había voces en mi cabeza ni intrusos en mi departamento. Lo único extraño que sucedió fue hace apenas unas semanas que cambiaron a mi jefa en el trabajo. Llegó uno nuevo proveniente de la sucursal de Querétaro. Se llama Jair. Es un tipo amable de lo más normal. Lo único raro es cómo me mira. Desde el segundo uno en que nos vimos. Me observó con esa mirada de clicidad con la que te ven las personas cuando saben que las conoces y ellas saben quién eres tú. Una mirada macabra y como de satisfacción. Lo curioso fue que este cambio ocurrió justo cuando le conté mi historia por primera vez a alguien, a mi novio actual. Se lo conté con los mismos detalles con los que escribo ahora y justo dos días después cambiaron a mi jefe y llegó este este loco a vigilarme, a recordarme que ellos saben más de mí que yo mismo. ¿Por qué volvieron? Creo que es algo que no quiero averiguar.
Gracias por leerme, Uriel. Espero que mi historia te haya convencido y te agradezco mucho por crear este espacio. Tú no lo sabes, pero hay que ser valiente para hablar de estas cosas, pero también para publicarlas y hasta para escuchar. Espero no meter a nadie más en problemas. Lo escribo para desahogarme de toda la desgracia que trajo este encuentro a mi vida. Sé que tal vez no te atrevas, pero me gustaría escucharla narrada por ti. Igual ya sí me siento más seguro, sabiendo que más personas saben de mí, de mi historia.
Espero que estén tranquilos, tranquilas, aún escuchando este episodio de un tema que, como siempre les digo, a mí me parece muy muy macabro porque aunque no lo imaginemos, todos tenemos una secta, un culto extraño, muy muy cerca. Todos hemos tenido contacto con alguien que pertenece a uno y quizás es quien menos imaginamos. Por ahora lo que más quiero es desearle mucha fuerza a la persona que nos comparte la historia anterior y agradecer la confianza de compartirla conmigo, con nosotros, con esta comunidad. Hablando de eso, les agradezco muchísimo si ya están suscritos, si ya se volvieron parte y si no, este es el momento. Únanse a la mejor comunidad de todo internet. Vayan a unirse también al grupo de Facebook donde en serio tenemos una convivencia muy noble, tenemos a mucha gente que comparte sus historias con toda confianza, que nos insulta, que que realmente tiene un espíritu de camaradería. En la descripción de este episodio les voy a dejar todos los enlaces necesarios para que nos sigan en todas partes, para que nos compartan cómo escuchan relatos en la noche y ojo que en los siguientes episodios vamos a estar sorteando más libros que nunca. Así que pendientes y no dejen de comentar en todos los episodios. Por ahora vamos con una historia más que aún quedan relatos esta noche.
Me llamo Patricia, soy maestra de primaria y quiero contarles algo que pasó hace unos años en una excursión que todavía me cuesta recordar con calma. Fue en un pueblo de Guanajuato a donde llevé a mi grupo de sexto año a visitar una zona histórica cercana. Todo iba bien hasta que durante un descanso una de las pelotas que los niños llevaban rodo cuesta abajo hacia una parte del terreno que no estaba dentro del recorrido. Tres de ellos, Iván, Mauricio y Tadeo, salieron corriendo detrás sin avisarle a nadie. Cuando me di cuenta, ya no los veía. Currí hacia el borde del camino y empecé a gritarles, pero no respondían. Me metí entre los matorrales y después de un rato escuché sus voces más abajo. Los encontré en un claro cerca de un pequeño barranco lleno de piedras apiladas. Estaban callados mirando algo en el suelo. Cuando me acerqué vi que era, una especie de altar hecho con piedras acomodadas de forma circular y en el centro había una figura tallada en madera. Parecía un cuerpo humano con mucho detalle y la cabeza era de cabra, pero la cabeza parecía ser real, incrustada en el cuerpo de madera. Además, tenía una corona de espinas. No sé cómo explicarlo, pero sé que la cabeza era real. La figura era del tamaño de un niño y los ojos, los ojos parecía que nos estaban viendo.
Les pedí que se alejaran de ahí, les grité. Les dije que por ningún motivo se separaran de mí otra vez y que no debían volver a acercarse a esa parte del cerro. Ellos solo asintieron. Yo también estaba asustada. Esa noche ya en casa no pude dormir. Tenía la sensación de que algo estaba mal, de que habíamos interrumpido algo que no nos correspondía y el día siguiente lo confirmé. El papá de uno de los niños, Iván, me llamó para contarme que su hijo no había podido dormir, que había escuchado golpes en la ventana durante horas, como si alguien quisiera abríela, pero no veía a nadie. Pensaron que era una broma a un ladrón. Pero en la mañana encontraron cuellas en el patio ahí por su ventana. No eran de persona, eran eran pisadas como de un animal, como de una cabra, solo que más grandes. Y lo peor es que, según me dijeron, estaban marcadas como como si la cabra hubiera caminado en dos patas. A los otros dos niños les pasó lo mismo, las mismas huellas, el mismo ruido por la noche. Los padres fueron al pueblo a preguntar y alguien les dijo que en esa zona había un culto viejo muy poderoso, que adoraban una figura con cabeza de cabra y que el altar donde los niños encontraron la pelota era suyo, que por suerte no se los habían topado esa tarde porque encontrar el ídolo es ya bastante malo, pero toparse con ellos, con los que lo veneraban, eso era peor, que eso no se sobrevivía. Desde entonces, evidentemente, nunca volví a llevar a mis alumnos a excursiones a esa zona. No volvería a arriesgar a mis niños a toparse con algo así. No.