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EL MAGO DEL KREMLIN (2025) La Película Que Revela Cómo se fabrica un DICTADOR / CRÍTICA de CINE

ART4U14:40

Transcription

Reconozco que a veces veo su parodia política de marionetas. Tiene su gracia. Me río de verdad.

Por desgracia, el primer ministro no comparte ese sentido del humor y sospecha que el señor Kusinski está intentando provocarle. Ni hablar, nada más lejos de la realidad. Qué pena que no esté aquí para explicarlo el mismo.

Han representado al primer ministro Vladimir Vladimirovic Putin como un enano. Eso no es corazón. Un enano deforme manipulado por oligarcas. Rusia es su propia cárcel. Un niño. Crítica de cine del mago del Kremlin. Un artista entre los políticos, un político entre los artistas.

Existe hoy mucho espejismo en el mundo, especialmente en Estados Unidos, con su nuevo movimiento militar invasor mundial. Pero una parte densa de ese espejismo se concentra también en Rusia. Es el espejismo del poder, de la planificación del prestigio imperial que se cree destino. Es el espejismo del antiguo totalitarismo. Y todo totalitarismo, por más sofisticado que se presente, contiene en sí mismo la semilla de su fractura, porque el espíritu humano no tolera indefinidamente la asfixia.

Hay películas que narran hechos, otras revelan estructuras invisibles. El mago del Kremlin, 2025 pertenece a esta última categoría. No describe simplemente el ascenso de un hombre, sino la arquitectura espiritual de un régimen y una nación. No se limita a dramatizar la figura de un estratega político inspirado en Vladislav Surkov. Desnuda el mecanismo por el cual una nación entera puede convertirse en escenario y en escenario en prisión. La obra del director Olivera Sais adaptada junto a Manuel Carrer con un cameo incluido de la novela de Giuliano da Empoli.

No es simplemente un thriller político. No juzga con estridencia. Observa con calma de quien sabe que el verdadero poder no grita, administra. Es una autopsia metafísica del poder contemporáneo. Es una obra sobre la fabricación de la realidad. Una meditación sobre el mal sin estridencias, sin uniformes visibles, sin necesidad de gritar. Aquí no hay tanques como protagonistas, aunque los hubo, aquí hay dramaturgos.

El mago del Kreming nos sitúa en los años 90, en la resaca del derrumbe soviético, una época de promesas y vértigo, de mercados abiertos y brújulas rotas. O el tiempo de las oportunidades, sí, pero sobre todo el tiempo de los zorros. oligarcas emergentes, estrategas mediáticos, manipuladores de la prensa y de la naciente internet, ideólogos febriles como Edward Limonov, soñando con imperios perdidos y héroes arcaicos. Entre decadencia y Euforia, Rusia ensayaba una reconstrucción que pronto revelaría su verdadero diseño. Un nuevo régimen recubierto con el barniz brillante de una democracia kits. Millonarios con tentáculos en el Kremlin, antiguos agentes del KGB reciclados en empresarios y asesores, lealtades compradas y vigiladas. Todo podía transformarse, fortunas, discursos, alianzas, siempre que nadie se saliera del guion.

Porque había un guionista, la figura central inspirada en Vladislav Surkov que encarna al demagogo silencioso, una estratega que se mueve como un lince entre las sombras del poder postsoviético. No grita, diseña, no ordena, sugiere, sofistica los instintos más crudos y los convierte en arquitectura política. Bajo su influencia, la Rusia, que prometía apertura, deriva hacia una verticalidad férrea. Todo fluye hacia arriba. Nada se redistribuye hacia los lados. La película sugiere que este mago no solo moldeó el poder interno, sino también su proyección exterior, convirtiendo la confusión en herramienta geopolítica. Mientras tanto, la esfera pública se saturaba del espectáculo y el ruido, reduciendo el pensamiento crítico a una multitud distraída, hipnotizada por pantallas y consignas. Así, casi sin que se notara, la transición se cerró sobre sí misma. la caída de un muro visible al levantamiento de otro invisible. Una estructura donde la libertad horizontal se diluye y el país entero aprende a respirar dentro de una nueva sofisticada prisión.

El personaje ficticio Badin Baranov fue letrista y estudió artes escénicas interpretado por un gélido e inexpresivo Paulano. Está inspirada en una figura real, Vladislav Surkov, el llamado cardenal gris del putinismo, el arquitecto de la democracia soberana, creador de esa expresión hipnótica que convierte la ausencia de alternancia política en una cuestión de identidad nacional. Turkov no es un burócrata, es un escenógrafo. Comprendió que el siglo XXI no se gobernaría con ideologías sólidas, sino con narrativas líquidas, no con dogmas, sino con confusión. No se prohíbe todo, se permite todo lo que no cambie nada. Su genio oscuro fue comprender que en la era de internet el poder ya no necesita imponer una verdad. Le basta con inundar el espacio de versiones contradictorias hasta que toda verdad pierda peso y cuando no, estupidizar con programas de telebasura. No se trata de imponer una verdad, basta con disolverlas a todas.

El mago del Ken alcanza aquí su dimensión filosófica. El propio Surkov, reaparecido recientemente en una entrevista en el Express, afirmaba que Rusia se expandirá hasta donde Dios quiera. La frase no es una brabuconada, es una declaración teológica del poder. Elecciones sin posibilidad real de cambio, información administrada, una baja oposición censurada, controlada e integrada en el decorado. No es la ideología lo que resulta devastador, es la imposición por la fuerza, cárceles en Siberia o el exilio, cuando no el asesinato de periodistas disidentes, la manipulación de la ignorancia, el uso de la maquinaria del Estado para impedir que el pueblo elija libremente.

La película sugiere, sin caer en el panfleto, pero sin ingenuidad, que los atentados de 1999 en Rusia fueron el punto de inflexión que permitió la metamorfosis de un funcionario gris en líder imperial. Cuando Putin declaró que perseguiría a los terroristas independentistas islámicos chechenos hasta en los báteres, emergía un arquetipo, el del protector implacable. Judlo encarna a Vladimir Putin con una frialdad casi mineral. No lo caricaturiza, lo vacía, lo convierte en superficie pulida en espejo de los agentes de DGB.

Surkov o Baranov en la ficción comprende algo esencial. El miedo cohesiona más que la esperanza. Cuando el miedo interno amenaza con fracturar la estructura de estado, se externalizan guerras. Queenia del sur, Crimea, Ucrania. El enemigo es siempre necesario. La guerra es una anestesia colectiva. El pecado principal que se revela aquí no es la dureza del sistema, sino su separatidad, la determinación de aislar, de mantener al pueblo ruso apartado del flujo del mundo, de retener la información, de modelar la conciencia colectiva mediante filtros opacos.

La película no necesita mostrar campos de trabajo para hablar de cárcel. La prisión es más sutil, es mental. Mi experiencia personal al transitar en Autostop Rusia en 2022 y cruzando la frontera hacia Mongolia fue la de padecer interrogatorios absurdos por agentes federales, preguntándome sobre la independencia catalana, el precio de la factura de la electricidad en España, nombres y teléfonos de mis familiares. No es anécdota, es síntoma. El Estado no solo controla, sospecha estructuralmente. La sospecha es el cemento invisible de la vertical del poder. En Rusia la libertad no está abólida, está teatralizada. Hay medios, hay elecciones, hay oposición, pero todo forma parte del guion. y no olvidar los reclutamientos forzados para aumentar las filas del ejército ruso ante un desgaste evidente. Vi a miles de hombres escapando por las fronteras cazajas evitando esta guerra fraticida.

Y el guionista, como todo dramaturgo que termina sirviendo al Leviatán, acaba vaciándose a sí mismo. Para Nove es un hombre que pierde su alma mientras organiza la de los demás. Comprende demasiado tarde que manipular la realidad tiene un precio cármico. El manipulador se convierte en prisionero de su propia ficción. Rusia es su propia cárcel porque ha confundido estabilidad con encierro, soberanía con aislamiento, identidad con miedo.

La antigua cortina de hierro no fue solo un límite geopolítico, fue un dispositivo psicológico de coersión. Y en esta nueva etapa, la separación ya no necesita alambradas visibles. Se construye mediante saturación informativa dirigida, mediante versiones contradictorias que impiden discernir. Hay dos formas de vulnerar la libertad de elección. Es mantener a la ciudadanía en la ignorancia de los asuntos mundiales o inundarla con noticias partidistas, falsas o distorsionadas, hasta que la verdad se vuelva irrelevante. La primera estrategia fue parte del modelo ruso estalinista. La segunda no es ajena a las democracias occidentales ni tampoco la nueva Rusia.

El Baranov de Asayas entiende que la realidad puede significarse y así va moldeando a Putin a sostenerse en el poder peremnemente, que el miedo cuesiona más que la esperanza, que un atentado puede transfigurar a un burócrata en Salvador, que la búsqueda de amenazas externas sirve para externalizar las fracturas internas. Cuando algo no se resuelve dentro, se proyecta fuera. Guerra, invasión, enemigo perpetuo. El resultado es una nación en estado de movilización emocional constante. El poder del Zar Putin se legitima como escudo y el escudo se convierte en el cetro inamovible.

El film retrata que los gobernantes no trabajan verdaderamente por el bien del pueblo cuando utilizan la ideología como instrumento de dominación. Creen, quizás, sinceramente, que las masas son incapaces de decidir por sí mismas qué pensar o escuchar. En esa convicción paternalista reside otra forma de desprecio. Sin embargo, el corazón del pueblo en todas las naciones permanece básicamente sano, fundamentalmente inclinado hacia el bien. Esto lo olvidan quienes administran el miedo. Por eso la película no demoniza a un pueblo. Cuestiona quienes instrumentalizan la estructura del Estado para impedir que ese pueblo compare, contraste, evolucione la clausura de la conciencia.

En esta narración, Rusia es presentada como una prisión que sea construida de sí misma, no porque carezca de elecciones formales o de símbolos institucionales, sino porque ha sustituido la libertad interior por la coreografía del poder reaccionaria y conservadora cercana a la religión ortodoxa y patriarcal. Porque ha confundido estabilidad con encierro, porque ha preferido el espejismo del prestigio imperial al riesgo de la apertura tanto a la OTAN como a Europa. Y sin embargo, la película no cae en la simplificación moral. Sugiere que en todas partes se están sentando las bases de un nuevo orden y que la amenaza no proviene solo de un país, sino también de la codicia financiera y de la agresividad que atraviesan sistemas diversos. La diferencia no es absoluta, es de grado, de método, de transparencia. Occidente tampoco es inocente cuando manipula información o cuando los intereses comerciales distorsionan la comprensión colectiva con invasiones trampanas.

Lo verdaderamente inquietante del mago del Credin no es la figura del estratega, sino la complicidad silenciosa que lo rodea. Intelectuales, empresarios, comunicadores, artistas o moteros nacionalistas, todos pueden convertirse en engranajes del decorado. El mal contemporáneo no necesita uniformes, requiere técnicos competentes, personas cultas que crean estarse viniendo a una causa superior. El mago del Kimin no es solo una película sobre Rusia, es un espejo. Pregunta incómodamente hasta qué punto nuestras democracias están inmunizadas contra la teatralización del poder. ¿En qué momento la abundancia informativa se convierte también en saturación paralizante? La película no es antirusa, es antihipnosis. nos recuerda que todo sistema que sustituye la verdad por la significación termina generando una sociedad agotada, cínica, interiormente derrotada.

El KGB, Vladimir Putin, lo que me interesa es el poder. Rusia es su propia cárcel porque ha confundido la separatividad con destino y el control con grandeza, pero ninguna prisión sostenida por el miedo es eterna. Todo totalitarismo depende de una ecuación frágil. El temor pese más que la conciencia. El día en que esa proporción se invierta, el escenario se vaciará y el zar quedará solo, sin decorado ni aplauso frente a su propio vacío.

La política es el único juego al que merece la pena jugar. Como advirtió laí en su discurso sobre la servidumbre voluntaria. Decidíos a no servir más y seréis libres. No es necesario derribar al tirano. Basta con dejar de sostenerlo, porque el poder, incluso el más tenido, se derrumba cuando la obediencia cesa. Me han transformado en el Tu alma no tiene salvación. Debemos inspirar miedo y furia. Ten cuidado, más dura será la caída. Nadie está salvo en Rusia. ¿Y qué hay de ti? El mago del Kremlin. No me interesa ganar el Nobel de la paz. Quiero una guerra.