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Ah, yo les pido que abran de nuevo sus Biblias en Romanos capítulo 6. Pero antes, hermanos, vamos a orar.
Vamos a orar. La mayoría de los exégetas de la palabra de Dios entienden que pocos pasajes pueden ser más importantes para la vida cristiana que Romanos 6. Así que vamos a pedirle al Señor que se complazca en bendecir su palabra a pesar de nuestra debilidad.
Vamos a orar. Bendito Señor, nosotros sabemos que en nosotros mismos no tenemos la menor capacidad de predicar tu palabra de tal manera que opere con poder en el corazón de los hombres, en algunos para salvación, en otros para edificación. Por eso, Señor, una vez más te rogamos, te suplicamos que vengas hoy y nos des entendimiento y nos ayudes a abrazar con gozo, con deleite, estas verdades. Ayúdanos a vivir conforme a estas verdades porque te lo pedimos en el precioso nombre de Jesús. Amén.
A través de toda la historia de la iglesia, el evangelio de la justificación solo por gracia, solo por Cristo, solo por medio de la fe ha sido atacado tanto por los legalistas como por los antinomianos. Los legalistas piensan que las obras de la ley promueven el pecado. Cuando nos escuchan predicar y proclamar que somos salvos únicamente por creer en Cristo y no por nuestra santidad personal, llegan a la conclusión de que lo que estamos diciendo es que el cristiano puede vivir como le dé la gana y aún así será salvo. Pero, por otro lado, están los antinomianos, que piensan que eso es precisamente lo que el evangelio enseña. Somos salvos por gracia, no por obras. Ya Cristo obedeció la ley en nuestro lugar y, por lo tanto, yo no tengo que preocuparme por eso.
Por supuesto, esto es más que una creencia formal; es una actitud del corazón: la gracia, la gracia, todo es por gracia. Yo ya no me preocupo, yo no me afano, es por gracia, mis hermanos. Ese es el error que Pablo va a comenzar a corregir a partir del capítulo 6 de su carta a los Romanos. Si ustedes quieren sintetizar la carta de Pablo a los Romanos, por lo menos los primeros ocho capítulos, pueden resumirlo de esta manera: 1:1-18 a 3:20 el tema es condenación; 3:21 a 5:21 el tema es justificación; 6 al 8, santificación. Ese es el resumen de la carta de Pablo a los Romanos: los primeros ocho capítulos, condenación, justificación, santificación.
Al final del capítulo anterior, que consideramos la semana pasada, Pablo concluye diciendo que donde abundó el pecado, ¿qué dice Pablo? Sobreabundó la gracia. Era para ver si estaban despiertos: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Bueno, la conclusión que parece más lógica para los antinomianos es, [Aplausos], para que podamos ver brillar la gracia con más esplendor. No tengo otra vez el versículo: uno. ¿Qué diremos entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? Ven el punto. O sea, Pablo acaba de decir: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Ah, bueno, entonces la conclusión más lógica es: vamos a pecar más para que la gracia abunde más. Mientras más pecamos, mayor gracia.
La lógica del evangelio, mis hermanos, es absolutamente diferente porque la misma gracia de Dios que perdona nuestros pecados también nos liberta de la esclavitud del pecado para que podamos vivir para Él, para que podamos vivir en santidad. No somos salvos por la fe más nuestras obras, por la fe más nuestros méritos, por la fe más nuestra obediencia a los mandamientos de Dios. No es solo por gracia; es solo por Cristo; es solo por medio de la fe. Pero, mis hermanos, todo aquel que es justificado también es santificado. La santificación es el resultado de la justificación.
De ahí la reacción, yo diría casi emocional, de Pablo cuando dice en el versículo 2: “De ningún modo”. Y esa es una expresión muy fuerte en el texto griego. Yo creo que “de ningún modo” no expresa exactamente lo que ese texto dice, pero es como de “ninguna manera”; eso es imposible, eso es una incongruencia absoluta. El que no está siendo santificado nunca ha sido justificado, mis hermanos. Y aquellos que son miembros de la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, mira, tú puedes tener 25 años, 30 años en la vida de esta iglesia; si tú no estás siendo santificado, tú nunca fuiste justificado y vas camino al infierno, con todo y tu membresía. Eso es básicamente lo que Pablo nos enseña en este pasaje porque la fe que salva nos une a Cristo. La unión con Cristo es el centro de este texto.
De hecho, me he tentado a titular este sermón de esa manera: nuestra unión con Cristo, porque es de eso que habla este pasaje. La fe que salva nos une a Cristo y, debido a esa unión con Cristo, somos progresivamente transformados por el poder del Espíritu para que cada vez más nos parezcamos más a Él y menos a nosotros. Eso es básicamente lo que Pablo nos enseña en este pasaje. Y precisamente quiero comenzar. Mi primer encabezado es hablando acerca de nuestra unión con Cristo, porque si no entendemos esa parte, no vamos a entender todo lo demás.
Dios nos ha unido a Cristo desde el instante en que creímos en Él. Vean una vez más los versículos 1 al 3. ¿Qué diremos entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? ¿De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte? Esta tarde, como ya se avisó, vamos a tener un bautismo en nuestra iglesia. Así que vamos a tener la oportunidad de ver un ejemplo en vivo de lo que Pablo nos está enseñando en este texto.
Todo verdadero cristiano debe bautizarse. Ahora, ¿qué es lo que el bautismo simboliza, mis hermanos? Lamentablemente, muchos ven el bautismo en función de nosotros. ¿Qué significa el bautismo? Bueno, que yo he creído en Cristo y, por lo tanto, ahora estoy dando testimonio público de mi fe. Y es verdad que, en el momento en que una persona se bautiza, está dando testimonio público de su fe en el Señor Jesucristo. Pero lo que el bautismo simboliza no es lo que nosotros hacemos al creer, sino lo que Dios hizo al unirnos a Cristo por el poder de su Espíritu Santo.
Es por eso, mis hermanos, que todos los verbos que están en los versículos 3 al 5, todos están en voz pasiva. Y como yo sé que algunos hace mucho que pasaron por el colegio, déjenme recordarles que en la voz pasiva el sujeto recibe la acción del verbo; él es pasivo, él recibe la acción. Vean una vez más el versículo 3: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo hemos sido bautizados en su muerte? Por tanto, hemos sido sepultados con Él por medio del bautismo para muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva”. Porque si hemos sido unidos a Él en la semejanza de su muerte, ciertamente lo seremos también en la semejanza de su resurrección.
Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Él para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido a fin de que ya no seamos esclavos del pecado. Porque el que ha muerto ha sido libertado del pecado. ¿Cuál fue tu participación en todo eso? Dios te mató, Dios te crucificó, Dios te resucitó.
Decía Juan Calvino en sus Instituciones que el bautismo, a mí me llama la atención esto: el bautismo da testimonio a nuestra fe. No somos nosotros solamente los que estamos dando testimonio; es Cristo también el que está dando testimonio a través del bautismo. El bautismo, dice Calvino, da testimonio a nuestra fe de que no solo somos injertados en la muerte y la vida de Cristo, sino que somos unidos a Él de tal manera que nos hace participantes de sus bienes.
El baptismo de los hermanos que se van a bautizar esta tarde le va a decir algo a la fe de ellos, y no solo ellos van a decirnos algo a nosotros. Y, mis hermanos, ese es un concepto vital para entender de qué se trata la vida cristiana. De hecho, llama la atención que de las 13 cartas del Nuevo Testamento que se atribuyen al apóstol Pablo, en ninguna de ellas Pablo se refiere a los creyentes como cristianos. No hay una sola vez en que Pablo le llame cristiano a los creyentes. Pablo se refiere a los creyentes una y otra vez como aquellos que están en Cristo. Expresiones como en Cristo, en Él, en el Señor, en Cristo Jesús, aparecen 164 veces en las cartas de Pablo.
Mis hermanos, todas las bendiciones que nosotros recibimos de parte de Dios vienen a ser nuestras únicamente porque nosotros estamos unidos a Cristo por la fe. Es de su plenitud que tomamos todos, gracia sobre gracia. Él es la vid, nosotros somos los pámpanos; Él es la cabeza, nosotros somos el cuerpo. De manera que la salvación no consiste en algo que Dios nos da por causa de Cristo, no; la salvación es que Dios nos da a Cristo. Amén. No es algo que se nos da por lo que Cristo hizo; es que Dios nos da a Cristo mismo para que habite en nosotros por su Espíritu.
Pablo dice en Primera de los Corintios, capítulo 1, versículo 30 al 31: “Mas por Él”, refiriéndose a Dios el Padre, “estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención, para que, como está escrito, el que se gloría, gloríe en el Señor”.
Por Él estáis en Cristo. Por supuesto, esta unión es un misterio; no podemos entender cómo es eso de que nuestra vida está unida a Cristo. De hecho, Pablo en Efesios capítulo 5, versículo 32, le llama en griego un “mega misterio”, un mega misterio. Pero es una realidad que todo cristiano debe entender y que todo cristiano debe abrazar con deleite.
Una analogía que nos puede ayudar para entender este tema de la unión con Cristo es la del matrimonio, que es la que Pablo usa en Efesios capítulo 5. En Efesios 5, luego de citar Génesis capítulo 2, de que el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne, Pablo dice: “Grande es este misterio, mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia”. No del hombre y de la mujer, sino de Cristo y de la iglesia porque la unión en el matrimonio del hombre y de la mujer representa, es una parábola viviente de la unión de Cristo con su iglesia.
Este viernes en la noche se casaron dos hermanos, Eric y Jny, aquí en nuestra iglesia. Hasta el pasado jueves, hace 4 días o 3 días, ellos eran dos solteros que estaban comprometidos para casarse; a partir del viernes en la noche, y debido al pacto matrimonial, ellos dejaron de ser dos para convertirse en una sola carne. Increíble. El jueves eran dos; a partir del viernes en la noche eran uno.
Por supuesto, Eric sigue siendo Eric; Jny sigue siendo Jny. Pero tan pronto firmaron el acta matrimonial, sus vidas quedaron unidas de tal manera la una con la otra, tanto en un sentido legal como práctico, que ahora se pertenecen entre sí. Están realmente unidos el uno al otro, como la cabeza y el cuerpo, y ya nadie los puede decapitar.
Ahora, noten algo: eso no depende de lo que sienta el uno por el otro. Eso depende del pacto que ellos hicieron delante de Dios y de los hombres. Si dos esposos se están llevando bien, que es lo que debería ser, verdad, ellos van a demostrar eso de una forma tangible. Pero si en algún momento esa relación llega a enfriarse, saben qué, siguen siendo uno como quiera porque eso no depende de los sentimientos. Eso depende del pacto.
Y eso es precisamente lo que ocurre entre el creyente y el Señor Jesucristo. En el momento en que un pecador se arrepiente y cree únicamente en Cristo para el perdón de sus pecados, Dios une su vida a la de Cristo con un vínculo que nada ni nadie puede separar jamás. Esa es la pregunta de Pablo en Romanos 8:35: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” Y la respuesta obvia es: “Nadie”. Nadie.
Ahora, nuestra comunión con Cristo puede fluctuar en un momento dado, pero nuestra unión con Él nunca cambia. Nunca cambia. Y eso tiene repercusiones muy profundas para nuestra vida cristiana práctica. Y eso nos lleva a la segunda enseñanza de este pasaje: y es que, por causa de nuestra unión con Cristo, hemos muerto al pecado. Hemos muerto.
Si ustedes pusieron atención a la lectura de este pasaje cuando Sigfrido la leyó, seguramente se habrán dado cuenta de las veces que Pablo nos dice en este pasaje que hemos muerto con Cristo. En el versículo 2 dice que hemos muerto al pecado; en el versículo 3, que hemos sido bautizados en su muerte; en el versículo 4, que fuimos sepultados con Él por medio de su muerte; en el versículo 5, que hemos sido unidos a Él. La Reina Valera del 60 tiene ahí una mejor traducción: dice que fuimos plantados, que fuimos injertados en Él en la semejanza de su muerte. En el versículo 6 dice que nuestro viejo hombre fue crucificado con Él y luego menciona la palabra muerte o morir en los versículos 7, 8, 9, 10 y 11. El énfasis es más que evidente.
Si tú eres cristiano, tu antiguo yo, descendiente de Adán, el que era un rebelde contra Dios, ha muerto. Nota luctuosa: tu antiguo yo ha muerto. Eso quiere decir que ya Dios no te trata como un pecador culpable porque el antiguo yo que cometió todos esos pecados en rebeldía contra Dios lo ejecutaron; fue ejecutado y fue reemplazado por un nuevo tú cuya vida está escondida en Cristo.
Es por eso que ya no hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús, dice Pablo en Romanos capítulo 8, versículo 1. Ya no hay condenación. Pero eso quiere decir también que el pecado ya no puede gobernarte a su antojo porque has cambiado de dueño. Hemos cambiado de ciudad.
Recuerden, mis hermanos, lo que vimos el domingo pasado cuando hablábamos de los dos Adanes. El primer Adán, el del huerto del Edén; el segundo Adán, o el postrer Adán, que es Cristo. Antes, estábamos representados en el primer Adán como nuestra cabeza federal; tanto la culpa como la corrupción que heredamos de Adán eran determinantes en nuestras vidas. A tal punto, mis hermanos, que ni tú ni yo podríamos dejar de pecar. No podíamos. De hecho, hasta cuando hacíamos lo bueno pecábamos mal o para llevarte tú la gloria. Así que ni cuando hacías lo bueno era bueno; tú pecabas todo el tiempo y no podías dejar de pecar.
Pero aquellos que han nacido de nuevo, por la obra del Espíritu Santo, ahora están representados en otra cabeza: están representados en Cristo. Le pertenecen a Cristo. En Adán estábamos bajo el dominio del reino del pecado y de la muerte; ahora que estamos en Cristo, estamos bajo el dominio de la gracia y de la vida. Y eso debe ser evidente tanto en nuestro carácter como en nuestra conducta.
Vean el versículo 2 una vez más. Pablo pregunta: “¿Qué diremos entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde?” De ningún modo. Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? Es una pregunta retórica.
Ahora, Pablo no está diciendo aquí que es imposible que los creyentes pequen; eso lo vamos a ver dentro de un momento porque, de ser así, no habría ningún sentido en la exhortación del versículo 12, cuando Pablo dice a estos mismos creyentes: “No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal”. No que no pase eso. Más bien, “presentad vuestros miembros a la justicia, no al pecado”. Es una exhortación. Lo que él está diciendo es que es una incongruencia moral que un creyente continúe viviendo una vida dominada por el pecado. Si tu antiguo yo, esclavizado al pecado, ha muerto, ¿cómo es posible que sigas viviendo como si estuviera vivo? Esa es la pregunta.
El pecado sigue siendo un problema para el creyente porque aún continúa siendo un enemigo peligroso del que debemos cuidarnos. Pero ya dejó de ser nuestro rey. Ya dejó de ser nuestro Rey. Alguien lo ilustra de esta manera: supongamos que un ejército malvado tomara el control absoluto de un país, pero un ejército bueno viniera en su ayuda, expulsara a las fuerzas malvadas enemigas de la nación y regresara el gobierno del pueblo a su poder legítimo. Los ciudadanos de ese país ya no tendrían que obedecer a los generales de ese ejército malvado que los tenía tiranizados.
Pero, ¿qué pasaría si esos soldados enemigos se fueran a vivir a las montañas en la frontera de ese país, fuertemente armados? Bueno, esa guerrilla podría tratar de crear caos para el nuevo gobierno legítimo. De hecho, frecuentemente podría imponer su voluntad en una parte del país, aunque nunca podría tomar el poder de nuevo. La pregunta de Pablo es en una circunstancia como esta: ¿por qué querrían los ciudadanos de esa nación volver a estar esclavizados al poder del enemigo? ¿Ven? Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?
Es imposible que un verdadero creyente quiera regresar a su antigua vida de completa rebeldía contra Dios porque su antiguo yo ha muerto y ha sido libertado de esa esclavitud. El creyente desea de corazón hacer la voluntad de Dios y, cuando peca, siente vergüenza por haber pecado y es traído de nuevo al arrepentimiento. Vean una vez más los versículos 6 y 7. Dice Pablo: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Él para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto ha sido libertado del pecado”.
Yo sé que la Reina Valera dice “justificado del pecado”; las dos ideas pueden fundirse aquí porque todo el que ha sido justificado del pecado ha sido libertado del pecado. Esa palabra que se traduce en el versículo 6 como “destruido” no significa aniquilado; es una palabra griega que significa “hecho inoperante”. Lo que Pablo parece estar diciendo en estos dos versículos es que nuestra vieja naturaleza, descendiente de Adán, esclavizada al pecado, fue crucificada con Cristo para que el pecado no continúe encontrando libre expresión en nuestro cuerpo. Por eso le llama “el cuerpo pecaminoso” o “carnal”.
El pecado obra a través de nuestro cuerpo, pero como nuestro viejo ego, dominado por el pecado, ha muerto, nuestro cuerpo ya dejó de ser un terreno fértil para que la hierba mala del pecado siga creciendo libremente en ese huerto. Ven el punto.
Consecuentemente, dice Pablo: “Ya no podemos seguir sirviendo al pecado como si fuera nuestro Rey”. Versículo 7: “Porque el que ha muerto ha sido libertado del pecado”. El pecado nos tienta, el pecado nos seduce, el pecado todavía ejerce una fuerte presión sobre nosotros, pero, mis hermanos, el pecado no puede obligarnos a pecar. No puede obligarnos a pecar. Y cuando logra vencernos, porque hasta que lleguemos a la gloria, nosotros tendremos incongruencias en nuestras vidas, pero cuando él logra vencernos, en vez de alegrarnos por haber hecho lo que queríamos hacer y que era contrario a la voluntad de Dios, el creyente se avergüenza.
El verdadero creyente se avergüenza de haber pecado contra su Señor y, tarde o temprano, se vuelve a Él en arrepentimiento y fe. Es por eso, mis hermanos, que la vida cristiana es una vida de arrepentimiento y de fe. Eso no es en un momento de tu vida, cuando te convertiste; es una vida de arrepentimiento y de fe.
La buena noticia, digo, ya esa es muy buena, pero hay otra mejor, es que el creyente no solo ha muerto al pecado, sino que, por causa de nuestra unión con Cristo, ahora está vivo para Dios. Hemos muerto al pecado, y esta es nuestra tercera enseñanza: pero, por causa de nuestra unión con Cristo, ahora estamos vivos para Dios.
Estar unidos a Cristo significa que todo lo que le sucedió a Él nos sucedió a nosotros. Misteriosamente. Y Cristo no solo murió en la cruz por causa de nuestros pecados, sino que también resucitó al tercer día. Y nosotros, los creyentes, que morimos juntamente con Él, también resucitamos juntamente con Él para vivir en novedad de vida. Vean el versículo 4 otra vez: “Por tanto, hemos sido sepultados con Él por medio del bautismo para muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre”.
Dios el Padre envió su poder todopoderoso que lo hace a Él glorioso para resucitar a Jesús. Y ese mismo poder omnipotente que levantó a Cristo de la tumba también obró en nuestro corazón cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, de tal manera que, por esa misma gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.
¡Wow! Qué glorioso evangelio. Los cristianos hemos resucitado juntamente con Cristo, de manera que, a pesar de que el pecado todavía mora en nosotros, e increíblemente en nuestro corazón, queremos vivir para la gloria de Dios. Es una lucha, pero en medio de esa lucha queremos vivir para la gloria de Dios.
Pablo dice en Segunda de Corintios capítulo 5, versículo 17: “Somos una nueva creación”. La Reina Valera dice: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura”. El texto griego dice: “somos una nueva creación”. Y, por lo tanto, mis hermanos, tenemos nuevos afectos, tenemos nuevas inclinaciones, tenemos nuevos deseos. ¿No es así? Y, aunque sea de manera incipiente, el fruto del Espíritu debe ser visible en nuestras vidas: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio.
Todos debemos seguir creciendo en cada una de esas virtudes, pero la obra del Espíritu en cada creyente es formar esas virtudes en nosotros para que nos parezcamos cada vez más a Cristo, que es el retrato perfecto, de Gálatas 5:22-23. Cristo es el fruto del Espíritu. Ese es su carácter.
¿Sabe lo que eso nos enseña, mis hermanos? Que el cristiano no se distingue primariamente por lo que no hace. Hay personas que piensan en la santidad en función de lo que no hace: “Yo no hago esto, yo no voy aquí, yo no voy allá”. No, no, no, mis hermanos. Lo que distingue al cristiano son las cosas que hace con el deseo expreso de que Dios sea glorificado en su vida y otros sean beneficiados. Eso es lo que distingue a un cristiano.
Seguimos teniendo una lucha porque vivimos para Dios en un cuerpo prerresucitado y preglorificado; nosotros todavía no hemos resucitado, todavía no hemos sido glorificados, pero aguardamos la llegada de aquel día en que nuestros cuerpos sean glorificados, todas las células cancerosas del pecado sean eliminadas, de modo que podamos vivir para Dios sin impedimento en un cuerpo sin pecado.
Versículo 5: “Porque si hemos sido unidos a Él en la semejanza de su muerte”. Me encanta esta frase: “Ciertamente lo seremos”. Hay una certidumbre en esto: “Ciertamente lo seremos también en la semejanza de su resurrección”. Tú puedes estar absolutamente seguro de eso.
Versículo 6: “Sabiendo esto”, otra vez certeza, “que nuestro viejo hombre fue crucificado con Él para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado”. De nuevo, Pablo está diciendo: no podemos seguir sirviendo al pecado porque ahora tenemos otro dueño.
Versículo 9: “Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, no volverá a morir, ya la muerte no tiene dominio sobre Él, porque en cuanto Él murió, murió al pecado de una vez para siempre; pero en cuanto vive, vive para Dios”. Así también vosotros, considerados muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. Amén. Vivos para Dios.
La muerte de Cristo es un evento único e irrepetible, pero el resultado de su resurrección permanece para siempre. Él murió en un punto de la historia, pero ahora está vivo para Dios, y así seguirá siendo por los siglos de los siglos. Bueno, lo que Pablo está diciendo aquí es que, de la misma manera, los cristianos en un momento murieron al pecado al momento de la conversión, pero ahora viven para Dios por el resto de sus días, aguardando la esperanza de que la muerte no podrá retenerlos; resucitaremos en gloria y serviremos a nuestro Dios por los siglos de los siglos.
Ven, hermanos, hay una conexión aquí entre nuestra vida presente y nuestra vida futura. Déjenme ponerlo de esta manera: es como si la vida venidera ya hubiera invadido este mundo en el momento en que Cristo inauguró su reino en su resurrección. Y nosotros, los cristianos, ya tenemos un pie en la otra vida. Este mundo está preñado de la vida venidera y Pablo dice en Hebreos que nosotros, los cristianos, ya estamos gustando los bienes de esa vida. Amén.
Porque ahora tenemos vida eterna. No, no es que la vamos a tener; ahora tenemos vida eterna. Y saben lo que es la vida eterna: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios vivo y verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado”. Es una relación de comunión con Dios. Nosotros fuimos resucitados para vivir para Dios, mis hermanos. Esa es nuestra nueva identidad: estamos vivos para Dios, no para seguir viviendo para nosotros mismos. El viejo yo, que vivía para sí mismo, fue crucificado. De manera que la vida que ahora vives, debes vivirla para Él.
El amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.
Ya no vivo yo. Me preocupa cuando veo a muchos cristianos que profesan ser cristianos en arbolar continuamente la bandera de la libertad cristiana, como si Cristo nos hubiera hecho libres para seguir satisfaciendo nuestros deseos. Y cuando tú le dices: “Hermano, no, guárdate de esto”, es: “Es mi libertad cristiana”. ¿Sabes lo que es la verdadera libertad cristiana? Cristo nos hizo libres al precio de su sangre para que podamos decirle que no a nuestros deseos pecaminosos e incluso para que podamos restringirnos de cosas que, aunque son legítimas, pueden hacerles daño a nuestras almas o pueden dañar las almas de otros. Eso es libertad cristiana. Verdadera libertad. Cristo nos libertó de la esclavitud del yo para que podamos hacer eso: decirle que no a nuestros pecados y decirle que no a cosas que tal vez sean legítimas, pero que no nos ayudan para correr mejor nuestra carrera.
Y yo confío en que en tu corazón y en tu conciencia tú sabes cuáles son esas cosas. Mira, si tú no puedes hacer eso, si tú no puedes decirle que no a tus deseos, no puedes hacerlo. La razón es que aún sigues siendo esclavo de tu viejo yo. Lo que quiere decir que tú no eres cristiano. Tú no eres cristiano. Para los ya, no es una lucha decir que no. Yo lo sé, lo sé por experiencia: es una lucha. Pero, ¿saben por qué se reconoce al cristiano? Porque están luchando. Porque están luchando. Y cuando caen, vuelven y se levantan en arrepentimiento y regresan al campo de batalla para seguir peleando. ¿Es eso lo que identifica a un verdadero cristiano?
Y sabes cuál es la clave para pelear bien esta batalla: eso me lleva a mi cuarta y última enseñanza de este pasaje. Entender nuestra identidad en Cristo y vivir conforme a ella. Los cristianos debemos abrazar, vivir y disfrutar los resultados de nuestra unión con Cristo. Vean una vez más el versículo 11: “Así también vosotros, considerados muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús”.
Consideren esto: mírense así. Cuando ustedes piensen en ustedes, piensen en ustedes como personas que han muerto al pecado y que resucitaron para Dios. A lo largo de este pasaje, Pablo ha estado insistiendo en que hay cosas que los cristianos debemos saber. ¿Se dieron cuenta? Versículo 3: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo hemos sido bautizados en su muerte?” Versículo 6: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado”. Versículo 9: “Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, no volverá a morir”. Debemos saber eso.
Pero ahora Pablo nos dice en el versículo 11: no solo que debemos saber eso, no solo que debemos entender lo que ha sucedido con nosotros por causa de nuestra unión con Cristo, sino que debemos abrazar con gozo los resultados de esa unión: hemos muerto al pecado, estamos vivos para Dios. A veces he estado en iglesias o conferencias donde se habla del tema de la santidad, y al ser un llamado a los cristianos a volver a consagrar sus vidas a Cristo, y muchos hermanos vienen al frente. Personalmente, yo no creo que esa práctica produzca ni verdadera consagración ni verdadera santidad en la vida de los cristianos, y de hecho creo que muchas veces, sin quererlo, se produce cierta manipulación.
Vuelvo y repito, sin quererlo. Y muchos pasan al frente en ese momento emotivo. Mis hermanos, eso no produce santidad. Lo que produce santidad es que tú te recuerdes día tras día tras día, hasta que te mueras, quién eres tú en tu unión con Cristo: “considerados muertos al pecado”; entiende de una vez por todas que esa es tu identidad.
Y sabes por qué Pablo dice eso? Porque él sabe que nosotros tendemos a olvidar quiénes somos en nuestra unión con Cristo, sobre todo en esos momentos en que estamos siendo fuertemente tentados a pecar. Nosotros somos como esos esclavos que fueron libertados durante la Guerra de Secesión, durante la Guerra Civil americana. Abraham Lincoln firmó el Acta de Emancipación el primero de enero del año 1863, y en ese momento, con la firma del presidente, 3.5 millones de esclavos fueron legalmente libertados en los Estados Unidos de Norteamérica.
Pero, ¿saben qué pasó en la práctica? Que a muchos de esos hombres y mujeres les resultaba difícil asumir su nueva identidad de hombres libres. Y cuando escuchaban de nuevo la voz de sus amos, temblaban. Temblaban. Eran libres legalmente, pero es como si estuvieran esclavizados todavía en el corazón. Mis hermanos, eso es exactamente lo que pasa con muchos cristianos. En medio de la tentación, se nos hace difícil recordar nuestra nueva identidad en Cristo.
Y si en tu vida pasada tuviste alguna adicción, ya sea a la comida, al alcohol, al cigarrillo, a las drogas, a la pornografía, a cualquier cosa, al juego, mi hermano, tú debes entender que Cristo te libertó de esa esclavitud. Cristo te libertó. Pero esas sustancias o esas actividades siguen allí; no, no se han evaporado del mundo. Y, debido a tu vida pasada, debes entender que tú generaste una debilidad, generaste un apetito particular por esas cosas, y vas a tener que mantener una vigilancia continua y alejarte lo más posible de todas ellas. Pero fuiste libertado.
Nosotros le llamamos hoy a esas cosas adicción o adicciones; la Biblia le llama idolatría. La adicción es una idolatría a ciertas cosas. Y sabes lo que dice la Biblia: 1 Juan 5:21: “Hijitos míos, huid de la idolatría”. No, no basta con que tú tengas la enseñanza de Romanos 6 en tu cabeza. ¡Sal huyendo! ¡Sal huyendo! Esas cosas siguen siendo problemáticas para ti. Aléjate lo más posible.
Pero sobre todas las cosas, recuerda continuamente tu bautismo. Recuerda lo que esa ceremonia dice acerca de tu nueva realidad en Cristo. Estamos unidos a Él por la fe, y, debido a esa unión, hemos muerto al pecado y estamos vivos para Dios. Esa es una realidad: hemos muerto y estamos vivos. ¿Qué debemos hacer ahora? Versículo 12: “Por tanto, aquí está la conclusión: no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal para que no obedezca sus lujurias.
Ni presentéis los miembros de vuestro cuerpo al pecado como instrumentos de iniquidad”. Ustedes creen que en la iglesia de Roma no había exadictos a algo? Esa era una sociedad pagana llena de vicios, y Pablo les está diciendo: “Ya no presenten vuestro cuerpo mortal para obedecer sus lujurias; ni presentéis los miembros de vuestro cuerpo al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentados vosotros mismos a Dios como vivos entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia”.
Negativamente, Pablo nos dice que no debemos permitir que la fuerza guerrillera del pecado vuelva a tomar control de nuestro cuerpo, aunque sea momentáneamente. Sigue en pie de guerra, en dependencia del Espíritu Santo, porque ahora, mi hermano, aunque tú no lo creas, porque el pecado te hace creer que no puedes, tú puedes decirle que no a los deseos carnales que batallan contra el alma. Puedes decirle que no.
Miren, a veces es una guerra que te da taquicardia. Tú sudas. Yo me he visto a mí mismo en ese trance. Tú estás allí, con el pie, para que el pecado no abra la puerta. Pero no es que tú estás ahí tranquilamente. No, no, no, no; no es tranquilamente. Tú estás sudando esa batalla. “Señor, en dependencia tuya, por favor, no me dejes quitar este pie de ahí.” Y el pecado es tan malo y tan engañador que te dice: “Tú sí eres hipócrita; tú estás loco por hacerlo; ya que te ensucies un poco más. No, mientras tú no quites el pie de ahí, tú no has pecado; tú has entrado en tentación”, que son dos cosas diferentes.
Si has caído, arrepiéntete. Arrepiéntete. Confía en la promesa del perdón divino y vuelve a correr la carrera, mi hermano. No te dejes paralizar por tus fracasos pasados porque esos fracasos no redefinen lo que ahora eres en Cristo. Y recuerda que algún día esa lucha terminará. Algún día esa lucha terminará.
Yo sé que tú estás peleando; yo sé que no es fácil, pero estás en el ejército del vencedor. Pero mientras tanto, sigue peleando, sigue peleando. Ahora, no basta con este aspecto negativo de la santidad. Positivamente, dice Pablo: “Debemos poner nuestras vidas al servicio de Dios, reconociendo que estamos vivos por causa de Él para vivir para Él y para servirle a Él”.
Recuerden, mis hermanos, eso es lo que caracteriza a un cristiano: no es lo que no hace, es lo que hace. Es lo que hace. Me encantó esta mañana, leyendo mi devocional, Segunda de Crónicas capítulo 17, hablando de Josafat. En la Biblia de las Américas dice que él “se entusiasmó en los caminos del Señor”. Me encantó esa frase: “se entusiasmó en los caminos del Señor”. ¿Tú crees que eso no es posible para ti? Entusiasmarte en el camino del Señor. Que sea lo que te entusiasme: vivir para Él, servirle a Él, hacer su voluntad, bendecir a otros en la iglesia.
Oh, si algunos aquí se propusieran en el 2020, yo quiero vivir para Dios sirviendo a su pueblo, conforme a lo que Dios me dio. Ya no voy a seguir sentado en la iglesia, calentando bancos. Y, óyeme, tú no tienes que estar en un ministerio formal para hacer eso. Busca cristianos aquí que necesitan urgentemente nuevos creyentes que necesitan urgentemente ser discipulados. Nadie lo verá, pero Dios lo verá, y estarás edificando a su iglesia.
Yo me sorprendo cada vez que escucho a una persona decir: “Es que yo no encuentro lugar donde servir en la iglesia”. ¿Que tú no encuentras lugar? Pero mira tu alrededor, mi hermano, la cantidad de gente que hay aquí que necesita servicio. O tú crees que hay que ser maestro de escuela dominical, o cantar bien, o tocar el piano. No, aquellos que quieren ser útiles en el reino de Dios no tienen tiempo. No tienen tiempo para estarse preguntando qué tan al borde del precipicio del pecado pueden vivir y seguir siendo cristianos. No, ellos quieren estar en buena forma para correr bien esta carrera hasta el final, no porque están tratando de ganarse su salvación, sino porque han entendido lo que significa vivir en el reino de la gracia.
Eso es gracia. Lo otro es una desgracia: pararse en la gracia para vivir como te dé la gana, eso no es gracia, eso es una desgracia.
Versículo 14: porque Pablo cierra su argumento aquí: el pecado no tendrá dominio sobre vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia. Ven, la gracia no es para que peques, es para que no peques. ¡Wow!
Miren, yo creo que la mejor explicación de ese texto está en Romanos 7:4 al 6, pero yo no puedo buscarlo por causa del tiempo. Pero ve en su casa Romanos 7:1 al 6; es la mejor explicación de ese texto. Ahí dice claramente que nosotros morimos al marido que teníamos. Un nuevo marido nos resucitó para que vivamos para Él y demos frutos para Dios.
Estar bajo la ley es estar bajo la obligación de cumplir la ley. Toda criatura de Dios tiene que cumplir la ley, pero no tenemos la capacidad de hacerlo. No la tenemos. Es por eso que estar bajo la ley es estar bajo condenación, porque no podemos obedecer la ley. Es estar bajo el poder del pecado, que hace de la ley un motivador para pecar, no para ser más santo. Pablo dice que el pecado en el impío lo estimula a pecar. Increíblemente, la razón por la que el pecado ya no puede dominar a los cristianos como antes lo hacía es porque ya no estamos bajo la ley, sino bajo el régimen nuevo de la gracia.
Por causa de nuestra unión con Cristo, ahora tenemos nuevos recursos para obedecer a Dios que antes no teníamos, y no por temor a ser condenados, sino por la gratitud de saber que ya Cristo pagó nuestra deuda con la justicia de Dios y nos libró de la esclavitud del pecado.
Para concluir y para resumir lo que hemos visto hoy, ¿cómo puedo yo evaluar si estoy unido a Cristo objetivamente? ¿Cómo yo puedo evaluar eso objetivamente, que yo de verdad estoy unido a Cristo, a pesar de que todavía peco? Tres cosas: por el deseo sincero que tengo en mi corazón de obedecer y servir a Dios; por la lucha que percibo en mi alma para no pecar; y por el dolor que me causa el hecho de haber pecado, y cómo ese dolor y vergüenza me llevan al arrepentimiento una y otra vez.
Todo aquel que ha sido unido a Cristo aborrece el pecado y ama la obediencia. Todavía el pecado nos resulta seductor y placentero, pero ahora tenemos una nueva capacidad que antes no teníamos para decirle que no, mientras disfrutamos del nuevo placer de la obediencia.
El verdadero creyente nunca llegará a ser perfecto en esta vida, pero desea hacerlo. Desea hacerlo. Imagínate un muchacho que se está recuperando de una pierna rota; ya le quitaron el yeso, pero todavía está ahí débil. Y él está mirando los Juegos Olímpicos; le encanta ver a los atletas correr y saltar, y en su corazón él tiene la voluntad de hacerlo, pero no puede correr a esa velocidad. No puede subir tan alto, todavía su limitación física no se lo permite. Bueno, hermanos, de la misma manera, los creyentes desean en su corazón obedecer perfectamente a Dios como Cristo lo hizo, pero por más que lo intentan, su desempeño nunca será perfecto por causa del pecado que todavía mora en ellos.
Él obedece, pero no perfectamente. Pero, ¿saben qué? No por eso dejan de esforzarse, anhelando con esperanza la segunda venida en gloria de nuestro Señor Jesucristo, sabiendo que en aquel día Él transformará el cuerpo de nuestra humillación para que sea semejante al cuerpo de su gloria.
Y ahora yo te pregunto a ti que profesas ser cristiano: ¿es evidente en tu vida un sincero deseo, un sincero deseo de ser cada vez más como Cristo y cada vez menos como tú? Dime una cosa: en el fondo de tu corazón, ¿anhelas poder pecar sin ser descubierto? O el pecado es algo que aborreces sinceramente, aunque todavía te resulte tan seductor. ¿Puedes percibir en ti un deseo genuino de obedecer los mandamientos de Dios, aunque percibes al mismo tiempo la resistencia del pecado que mora en tu corazón para que no lo obedezcas? Hay esa tensión en ti: los deseos de la carne contra el espíritu, los deseos del espíritu contra la carne. Ah, tú entiendes de qué hemos estado hablando aquí porque lo has vivido en tu experiencia cristiana.
Bueno, si es así, dale gracias al Señor. Dale gracias. Amén. Párate una vez más en el evangelio de Cristo, con la esperanza gloriosa de que pronto, muy pronto, estaremos disfrutando de la presencia bendita de nuestro amado, glorioso y hermoso Salvador y Señor, y nuestra lucha habrá terminado para siempre. Para siempre. ¡Wow! Para siempre.
Pero, si no es así, yo te invito en esta mañana a que vengas a Cristo en arrepentimiento y fe, con la disposición a divorciarte de tu vida de pecado. Óyeme, tú no puedes divorciarte de tu vida de pecado, pero ven con la disposición a divorciarte confiando en Cristo y no en ti para ser ese divorcio efectivo. Confía únicamente en la vida perfecta de Cristo y en su muerte en la cruz por nuestros pecados.
Eres un esclavo que necesita libertad. Eres un enemigo que necesita reconciliación. Eres un condenado que necesita absolución. Y eso solo será posible si te agarras a la gracia de Dios en Cristo por medio de la fe. La buena noticia del evangelio es que hay perdón, perdón y vida eterna en Cristo para todo aquel que cree.