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"La llama doble" de Octavio Paz por Eduardo Aliverti

Dorotea18:17

Transcription

Cómo le va. Muy buenas noches.

¿De quién se trata? Hoy se trata de Octavio Paz, que casi a sus 80 años, todo un ratón, se sentó a escribir "La llama doble". Tiene un libro en el que aborda los conceptos como el amor, la sexualidad y el erotismo; los lazos que guardan entre sí, y la sexualidad como lo más animal y primitivo del ser humano. El erotismo, la expresión humana de la sexualidad, deviene en rituales, ceremonias, conquistas, normas sociales, como que no; y el amor, y la combinación de ambas y de elementos mágicos que nadie, ni la ciencia, puede entender.

Para el escritor mexicano, el ser humano solo puede amar a otro ser humano; ni a la religión, ni a la patria, ni al fútbol, y tampoco a nuestros padres, hijos y amigos, porque en ese tipo de sentimientos falta el elemento erótico: la atracción hacia un cuerpo. Así que hoy, en "Dos gardenias", Octavio Paz las llama doble.

Octavio Paz dice que podemos trazar una línea divisoria entre sexualidad y erotismo; una línea sinuosa y no pocas veces violada, sea por la irrupción violenta del instinto sexual o por las incursiones de la fantasía erótica. Ante todo, según Paz, el erotismo es exclusivamente humano. Es una sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad de los hombres.

La primera nota que diferencia el erotismo de la sexualidad es la infinita variedad de formas en que se manifiesta en todas las épocas y en todas las tierras. El erotismo es intención; es variación incesante. El sexo es siempre el mismo. El protagonista del acto erótico es el sexo, o más exactamente, los sexos. El plural es de rigor porque, incluso los placeres llamados solitarios, el deseo sexual inventa siempre una pareja imaginaria o muchas. En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación. El deseo.

En el acto erótico intervienen siempre dos o más, nunca uno. Aquí aparece la primera diferencia entre la sexualidad animal y el erotismo humano: en el segundo, uno o varios de los participantes puede ser un ente imaginario. Son los hombres y las mujeres que copulan con íncubos y súcubos. Las ceremonias y juegos eróticos son innumerables y cambian continuamente por la acción constante del deseo, que es el padre de la fantasía.

Y agrega Paz que el erotismo cambia con los climas y las geografías; cambia con las sociedades y la historia, con los individuos y los temperamentos, y también con las ocasiones, con el azar, con la inspiración del momento. Si el hombre es una criatura ondulante, digamos, bueno, dice Paz, el mar en donde se mece está movido por las olas caprichosas del erotismo. Esa es la diferencia entre la sexualidad y el erotismo.

Los animales se acoplan siempre de la misma manera. Los hombres se miran en el espejo de la universal copulación animal; al imitarla, la transforman y transforman su propia sexualidad. Por más extraño que sean los ayuntamientos animales, unos días más y otros feroces, no hay cambio alguno en ellos. El palomo zurda y hace la ronda en torno a la hembra; la amante y religiosa devora al macho una vez fecundado. Pero esas ceremonias son las mismas desde el principio: aterradora y prodigiosa monotonía que se vuelve en el mundo del hombre una aterradora y prodigiosa variedad.

No, no, no. Adán y Eva recorren este mundo duro y hostil; lo pueblan con sus actos y sus sueños, lo humedecen con su llanto y con el sudor de su cuerpo. Conocen la gloria del azar y del procrear, el trabajo que hasta el cuerpo, los años que nublan la vista y el espíritu, el horror de lo que muere y el hijo que mata, como en "El pan de la pena" y el bebé en "El agua de la dicha". El tiempo los ha visto y el tiempo los desgarra.

Cada pareja de amantes revive su historia. Cada pareja sufre la nostalgia del paraíso. Cada pareja tiene conciencia de la muerte y vive en un continuo cuerpo a cuerpo con el tiempo. Sin cuerpo, reinventar el amor es reinventar a la pareja original, a los desterrados del Edén, a los creadores de este mundo y de la historia.

Fragmento otro de "La llama doble" de Octavio Paz. El escritor mexicano también dice que el amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte. Por el amor, le robamos al tiempo que nos mata unas cuantas horas que transformamos, a veces, en paraíso y otras, en infierno. De ambas maneras, el tiempo se distiende y deja de ser una medida más allá de felicidad o infelicidad, aunque sean las dos cosas.

El amor es intensidad; no nos regala la eternidad, sino la vivacidad. Ese minuto en el que se entreabren las puertas del tiempo y del espacio. Aquí es allá y ahora es siempre. En el amor, todo el dos y todo tiende a ser uno.

En "La llama doble", Paz señala que el amor es individual. Ya hemos leído algo al respecto, o más exactamente, agrega interpersonal. Queremos únicamente a una persona y le pedimos a esa persona que nos quiera con el mismo afecto exclusivo. La exclusividad requiere la reciprocidad, el acuerdo de lo otro, la voluntad del otro. Y así, el amor único colinda con otro de los elementos constitutivos: la libertad.

El deseo de exclusividad puede ser mero afán de posesión. El verdadero amor consiste precisamente en la transformación del apetito de posesión en entrega. Por esto pide reciprocidad y así trastorna radicalmente la relación entre dominio y servidumbre. Pero se pregunta Paz: ¿la infidelidad no es el pan de cada día de las parejas? Sí que lo es.

El amor es una pasión que casi todos veneran, pero que pocos, muy pocos, viven realmente. Admito, claro que en esto, como en todo, hay grados y matices. La infidelidad puede ser consentida o no, frecuente u ocasional. La primera, la consentida, si es practicada solamente por una de las partes, ocasiona a la otra grandes sufrimientos y penosas humillaciones. Su amor no tiene reciprocidad; el infiel es insensible o cruel y, en ambos casos, incapaz de amar realmente.

Si la infidelidad es de mutuo acuerdo y practicada por las dos partes, hay una baja de tensión pasional. La pareja no se siente con fuerza para cumplir con lo que la pasión pide y decide relativizar su relación. Es amor, complicidad erótica. Muchos dicen que en estos casos la pasión se transforma en amistad amorosa.

En cuanto a la infidelidad ocasional, también es una falta, una debilidad. Puede y debe perdonarse porque somos seres imperfectos y todo lo que hacemos está marcado por el estigma de nuestra imperfección original. Y si amamos a dos personas al mismo tiempo, se trata siempre de un conflicto pasajero, que con frecuencia se presenta en el momento de tránsito de un amor a otro. La elección es la prueba de amor; resuelve invariablemente, a veces con crueldad, el conflicto.

Me parece termina Paz en otro fragmento de "La llama doble". Me parece que todos estos ejemplos bastan para mostrar que el amor único, aunque pocas veces se realice íntegramente, es la condición del amor.

Hoy en Donar Venegas, "La llama doble" de Octavio Paz.

Las semillas y gérmenes de la libertad que defendimos de los totalitarismos de este siglo hoy se secan en las bolsas de plástico del capitalismo democrático. Debemos rescatar las y esparcirlas por los cuatro puntos cardinales.

Hay una conexión íntima y casual entre amor y libertad. La herencia que dejó 1968 fue la libertad erótica. En ese sentido, el movimiento estudiantil, más que el preludio de una revolución, fue la consagración final de una lucha que comenzó al despuntar el siglo 19 y que prepararon por igual los filósofos libertinos y sus adversarios: los poetas románticos.

Pero, ¿qué hemos hecho de esa libertad? Se pregunta Paz. Por una parte, hemos dejado que la libertad erótica haya sido confiscada por los poderes del dinero y la publicidad; y por la otra, por el paulatino crepúsculo de la imagen del amor en nuestra sociedad. Doble fracaso, doble fracaso: el dinero ha corrompido una vez más a la libertad.

Se dirá que la pornografía acompaña a todas las sociedades, incluso las primitivas. Es la contrapartida natural de las restricciones y prohibiciones que son parte de los códigos sociales. Y en cuanto a la prostitución, es tan antigua como las primeras ciudades; no es nueva la conexión entre la pornografía, la prostitución y el lucro. Tanto las imágenes pornográficas como los cuerpos de la prostitución han sido siempre y en todas partes objetos de comercio.

Entonces, ¿en dónde está la novedad de la situación actual? En primer lugar, en las proporciones del fenómeno y, según se verá, en el cambio de naturaleza que ha experimentado. En su vida, se supone que la libertad sexual acabará por suprimir tanto el comercio de los cuerpos como el de las imágenes eróticas. La verdad es que ha ocurrido exactamente lo contrario.

La sociedad capitalista democrática ha aplicado las leyes impersonales del mercado y la técnica de la producción en masa a la vida erótica. Así la ha degradado, aunque como negocio el éxito ha sido inmenso.

Escribe de Octavio Paz: "La juventud es el tiempo del amor". Sin embargo, hay jóvenes viejos incapaces de amar, no por impotencia sexual, sino por sequedad del alma. Y también hay viejos jóvenes enamorados. Unos son ridículos, otros patéticos y otros más sublimes.

Pero podemos amar un cuerpo envejecido o desfigurado por la enfermedad. Recuérdese que el erotismo es singular y no desdeña ninguna anomalía. Además, es claro que podemos seguir amando a una persona a pesar de la erosión de la costumbre y de la vida cotidiana, o de los estragos de la vejez, de cierta enfermedad.

En esos casos, la atracción física cesa y el amor se transforma en general; se convierte no en piedad, sino en compasión, en el sentido de compartir y participar del sufrimiento del otro.

Ya viejo recuerda Paz; Unamuno decía: "No siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer, pero me duelen las mías si a ella le duelen las suyas."

La hermosura, además de ser una noción subjetiva, no juega sino un papel menor en la atracción amorosa. Es más profunda y que todavía no ha sido enteramente explicada; es un misterio en el que interviene una química secreta y que va de la temperatura de la piel al brillo de la mirada, de la dureza de unos senos al sabor de unos labios.

Sobre gustos, dice el refrán, no hay nada escrito. Lo mismo debe decirse del amor: no hay reglas. La atracción es un compuesto de naturaleza sutil y en cada caso distinto; está hecha de humores animales y de arquetipos espirituales, de experiencias infantiles y de los fantasmas que pueblan nuestros sueños.

El amor no es deseo de hermosura; es ansia de completud. La creencia en los brebajes, en los hechizos, en las cosas mágicas ha sido tradicionalmente una manera de explicar el carácter misterioso e involuntario de la atracción amorosa. Aunque la idea de que el amor es un lazo mágico que literalmente cautiva a la voluntad y albedrío de los enamorados es muy antigua, es una idea todavía viva.

El amor es un hechizo y la atracción que une a los amantes es un encantamiento. Lo extraordinario es que esta creencia coexiste con la opuesta: el amor nace de una decisión libre. Es la aceptación voluntaria de una fatalidad.

Según la tradición, el amor es un compuesto indefinible de alma y cuerpo. Entre ellos, a la manera de un abanico, se despliegan una serie de sentimientos y emociones que van de la sexualidad más directa a la terminación, y de la ternura al erotismo. Muchos de esos sentimientos son negativos. En el amor hay rivalidad, hay despecho, miedo, celos y finalmente odio.

Esos afectos y esos resentimientos, simpatías y antipatías se mezclan en todas las relaciones amorosas y componen un licor único, distinto en cada caso y que cambia de coloración, de aroma, de sabor, según cambian el tiempo, las circunstancias y los humores. Da vida y muerte. Es decir, dice Paz: todo depende de los amantes. Se puede transformar en pasión, aborrecimiento, ternura; a cierta edad puede convertirse en camaradería.

¿Y cómo definirla? ¿Cómo definir ese sentimiento? No es un afecto de la cabeza ni del sexo, sino del corazón. Es el fruto del último amor. Cuando se ha vencido a la costumbre, al estudio, y a esa tentación insidiosa que nos hace odiar todo aquello que hemos amado.

En Occidente, el amor es un destino libremente escogido. Quiero decir, por más poderosa que sea la influencia de la predestinación, para que el destino se cumpla es necesaria la complicidad de los amantes.

El amor es un nudo en el que indisolublemente se atan destino y libertad, música y realización sonora.

Mariano Mandando, textos Patricia Di Pietro, producción de General Paola Di Pietro, conducción Eduardo Aliverti.

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