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Era el inicio de la segunda mitad del siglo 20, el año 1953. En la ciudad de Oaxaca se hacía por primera vez lo que hoy conocemos como Guelaguetza. Aunque en realidad las festividades vienen de mucho tiempo atrás, la Guelaguetza es una celebración folclórico-cultural que se celebra los dos lunes posteriores al 16 de julio. Tiene orígenes ancestrales, cuando se veneraba a la diosa Centéotl, o diosa del maíz.
Después, con la llegada de los españoles, se sustituyó por la Virgen del Carmen, para posteriormente convertirse en un encuentro de la cultura de las siete regiones del estado. En el cerro del Fortín, en 1953, se convocó a las regiones oaxaqueñas para llevar sus bailes y sus ofrendas, cada una con su identidad y su cultura, convergiendo en una festividad que en ese año iniciaba formalmente como Guelaguetza.
Tuxtepec, la región norte que vivía del Papaloapan, apenas tenía nueve años de resurgimiento de aquella inundación devastadora de 1944. Empezaba a recuperarse de la tragedia. Tuxtepec era más o menos así: a los márgenes de su río, la cultura fluía. Los pescadores, los chalanes, el plátano, el tabaco, el comercio, la mezcla del indígena con el mestizo y sus bailes, el fandango, el sol, el verso y la décima. La identidad sotaventina hacía del río un acontecer diario y parte de la vida cotidiana, el origen de su vida y de su sustento.
La cuenca del Papaloapan tenía vida propia, que no precisamente era igual que la del resto del estado. Y esa cultura llegó a la Guelaguetza, al centro del estado. Una cultura de tierra caliente, de río, llegó al centro zapoteco, centro indígena, místico y diferente. No encajó, no se entendía. En Oaxaca, por la bamba, se bailaba aquí en los corredores de las casas, más bien en diciembre, cuando había las ramas. Se bailaba la barbarie, había fandangos. Era la cultura de nosotros, más bien veracruzana, porque somos cuenqueños.
Fuimos un grupo de muchachas con el sacerdote de aquí de la parroquia, por parte de la iglesia, y nos presentamos en Oaxaca, pero todas vestidas de jarochas, porque nos dijeron que fuéramos así, que bailaran y que llevaran sus indumentarias de origen. Entonces fuimos vestidas de jarocha. Las muchachas llevamos unos jaraneros, llevamos la rama, y no, no les gustó, porque dijeron que eso era de Veracruz, que querían algo de Oaxaca.
Esto fue porque dos años antes, en la Guelaguetza, se había llevado aquí el valle de jarocho, fulcar, 8 arpa y jarana. Entonces, Pérez, el gobernador, dijo: "No, esto no puede ser porque no es de Oaxaca".
Cinco años después de aquella primera Guelaguetza, en el año de 1958, el gobernador del estado, Alfonso Pérez Gasga, quería la participación de la cuenca en la fiesta, pero no con sus sones y sus versos, sino con algo más. La encomienda estaba hecha y había que cumplir. La Flor de Piña se había gestado con una partitura, una decisión gubernamental y una mujer encargada de convertirla en baile.
Me entregó la partitura y me dijo que a ver cómo lo hacía, pero que tenía que inventar un baile para que se representara en la Guelaguetza. Entonces, la Lira Tuxtepecana me interpretó la música, y yo le busqué los pasos. Fueron seleccionadas 18 jóvenes a invitación directa, mismas que se concentraron en la escuela primaria Francisco y Madero, donde la encargada del baile daba clases.
Bueno, me invitan, este, pues el grupo que llamó a Oaxaca, porque nunca había participado. Entonces, estando el gobernador, Brenna Torres, invitó a don Ángel Vidal, que era el presidente actual aquí en Tuxtepec, y este ya se juntó el grupo. Yo, en realidad, pues era amiga de la hija del presidente, de que realmente, pues desde el momento que nos invitaron, fue una elección que hicieron de muchachas de Tuxtepec. En aquel entonces teníamos 15 años, entonces fue muy emocionante para nosotros haber sido de las seleccionadas para ir a bailar Flor de Piña.
Como siempre hemos contado, iba el presidente, la maestra, después del presidente, a pedirle permiso a los papás para que asistiéramos. Entonces, la maestra llevaba al presidente municipal, la maestra y las personas mayores de edad a invitarlos, especialmente a las gracias. Y ya no le van a pedir permiso al papá, a mi mamá, para que invitaran, primero que partidos, a dar más permiso de ir a bailar el baile Flor de Piña.
Aquí es mejor la madera, invitando también que habían invitado a las muchachas de baile nacional. También en Auckland nos dio mucho gusto porque el presidente de aquí de Tuxtepec invitó al presidente de Ávila. A raíz de esto, expresiones de habitan ya pasarán las tres casas a pedir permiso para que nosotros viniéramos a ensayar el baile que, según él, íbamos a venir a aprender.
Entonces, pues ya no nos dieron el permiso y venimos. Siyaka, la maestra Paulina, ya no les pesa, va a enseñar a bailar. De hecho, no sabíamos tampoco qué baile era el que íbamos a bailar. Lo sé, lo que ella la mano enseñó, y ya después, ya no, ya que estoy muy bien ensayado, ya fue que nos dijeron que íbamos a ir a bailar a Oaxaca.
Nos dio mucho gusto, pues en primer lugar, con perdón, nos sentíamos soñados, porque nos habían invitado y que ya empezamos a bailar. Decidimos seleccionadas para que fuéramos a bailar al cerro de Morata. Ni idea teníamos de qué era lo que íbamos a bailar y como ni qué traje íbamos a llevar tampoco, porque nos habíamos venido hace tiempo.
Junto con ellas empecé a buscar lo bueno, primero que se luzcan, que hagan un paseo, no que se luzcan tanto ellas como el huipil. Y ya después fue formando, y ya después del paseo, ya fue formando la polo. Primero fue la ve, y ya de ahí desprendía el baile. Son recuerdos muy bellos, muy preciosos, porque ensayábamos en la escuela Madera, que ahora, pues ya es el municipio.
Ensayamos mucho por la marimba, la Lira Tuxtepecana de Juan Silva, que fue el que interpretó, como les explica en su libro la maestra Paulina Solís. La primera vez que mandaron la partitura de Oaxaca, la interpretó para que pudiéramos desarrollar con él. Aquí, pues la maleta ya tenía en su escenografía y la música que tocaba era el maestro don Juan Silva con su marimba, la Lira Tuxtepecana.
Y ya empezamos a ensayar. Flor de Piña fue montada en aproximadamente dos meses. Finalmente, el 21 de julio de 1958 llegó el momento de viajar a la ciudad de Oaxaca. De hecho, el presidente nos trajo el de Brick, la Lea, ya nuestra joya, directamente para contarnos por la demás gente de aquí.
Y ahí, en las aguas, era bonito y a la vez era pesado, porque sí, alguien muy bien a las siete de la mañana llegábamos a de la tarde, cinco o seis de la tarde. Y en aquel tiempo el camino no estaba presentado, era camino de derecha y este era pesadito. Un viaje precioso, porque nos llevaban viendo cascadas, paralelos a cortar frutas y en el llano de las flores.
Lo que siempre también nos motiva mucho recordar que la fábrica de papel nos regalaba una comida donde seamos un descanso. De ahí seguíamos en el viaje que duraba 12 horas y llegábamos a Oaxaca. Nos daban en los pedales, en aquel entonces, que era uno de los primeros hoteles, el Hotel Antequera.
No, pues estaba la lejanía. Cuando fuimos, estaba la cosa más la carretera de terracería. En terracería, tanto que de regreso nos regresamos por el mismo, porque estaba bastante sea todavía la carretera. Y decía cada vez que, como le haya un señor muy grande y le daban ganas de cada rato ir al baño, decía "estación de orinoco". Y ya se paraba al carro, ya todo el mundo bajaba a la estación de orinoco.
No, pues qué llegada. Por ejemplo, íbamos en la carretera, no íbamos en la carretera Oaxaca, y ya es de desear, deseado nada que la estación de orinoco. Tenía ganas de ir al baño, empezaron a gritar. En todas nos inventaron la estación de ovino o la tengo en la estación de Europa, y ahora para ir a buscar entre la yerbita, con en el monte, ahí a ver dónde nos agacháramos de agua, como que dice.
Y Flor de Piña vio la luz oficialmente. Fue la primera vez, son muy buscados, fueron muy ovacionados, presentaron, aplaudieron y gracias a Dios, de la primera generación, con éxito. El cerro se descolgó en aplausos, se paraban, aplaudían, querían que se repitiera el baile.
Flor de Piña se baila con una introducción conocida como la tonalteca. Sin embargo, esta pieza no era la original. Introducción no, yo lo empecé a bailar con el vals olímpica. Quiere regalar, es la olímpica del vals olímpico, pero llegando a Oaxaca, no sé si la banda de música no se la sabía. Y entonces dijo: "No, van a bailar con la tonalteca".
Y ya la orquesta de Oaxaca, la banda de música del maestro Íñiguez, porque nos cambió a la tonalteca. Desde entonces se baila la tonalteca. Se iniciaba el baile con otra música, que era con la que habíamos ensayado, y era el director, el señor Diego Inés. Y a la hora que se inició él el ensayo, ya allá la víspera, pues empezaban a tocar.
Yo llevaba la fila, pero tocaba en otra cosa que es la actual, la tonalteca. Y, pues, yo no bailaban y, pues, todo el mundo se me quedaba mirando, hasta que me dio luz verde a mí, mi conducción. No manche, precisamente. Y entonces, pues sí, nos costó un poco de trabajo, porque este es más bien un vals.
Nosotros llevamos a otro ritmo. Y, bueno, no sé si ya le habían practicado a la maestra Paulina que el segundo año, en el 59, la maestra Paulina se dio a la idea de meterle a la colina en varones que simulaban la cosecha de la piña. Lo llevaron a la Guelaguetza y gustó, pero no les dijeron los de turismo estatal que estaba muy bonito, pero que preferían quedarse en la primera versión.
Habían llevado unos 58, lo que les había gustado, y ese fue el sello hasta ahora. Había nacido una nueva identidad, un baile que ni siquiera los mismos organizadores de la Guelaguetza pudieron ver en ese momento la trascendencia e importancia que tendría en la propia fiesta.
Sinceramente, no, pero haciendo un éxito tanto aquí como en los lugares que han ido. Yo nunca me imaginé que, pues, que llegara tanto mi creación. Fue bonito, pero no alcanzamos en ese momento a captar la magnitud de lo que iba a hacer con el tiempo, porque hay cosas que se inician y no perduran.
Después de esa primera presentación, el entusiasmo de las participantes se dispersó por el pueblo y al siguiente año muchas más querían participar. El viaje e innovación eran fascinantes. Fue incorporándose en el gusto del público y en la aceptación de la localidad, y cada año se posicionó más y más su importancia en las festividades.
Siempre, pues, al principio nos ponen en tercer lugar. Perdón, muy bien, nos pone en tercer lugar. El primero y segundo bailaba a la sierra, y luego ya entrábamos nosotros. Y cuando pasaba el baile de Flor de Piña, se empezaba a salir la gente. Entonces dieron: "Para que la gente no se salga, ahora lo vamos a dejar hasta el último lugar".
Y ahora, por varios años, no llegaron más generaciones, más muchachas, y fueron invitadas tantas que se estima que en estos 50 años más de 1200 mujeres han formado parte de las filas oficiales de Flor. En aquellos tiempos, uno ni móvil temía. Los alquilaba unos con las personas indígenas de la sierra. Mi papá tenía una inquilina que yo me acuerdo, el primer que me puse, este, era de calama de días, y no los alquilaban en 2025 pesos por una semana.
También me tocó decir las palabras que se acostumbra de alguna manera hacer la presentación. Lamentablemente, repito, yo conservaba un Heraldo de México, que fue donde salió la publicación. No lo tengo traspapelado, probablemente, y ahí estaban unas palabras que mi madre escribió, muy emotivas, y gustaron mucho allá.
Resulta que, pues, ya hicieron el nuevo cerro que tú conoces, porque yo inicié cuando estaba todo de maderita y las gradas de maderita, aún las banquetas. Entonces empezaron a ser el actual cerro del Fortín, que por cierto, muy bonito. Me tocó la inauguración, fue la última ocasión que debí asistir. Creo, pues, estuvo muy curioso, porque todo lo que es la tarima de donde bailábamos la pusieron como de duela de madera, pero la barnizaron.
Que al bailar, imagínate, que bailamos, descansas, aquello caliente. Fue una cosa impresionante. Los quemamos los pies, los sacaron algunas en ambulancias. O sea, pero no podíamos caminar. Pero eso no impidió que siguiéramos la pachanga, ¿verdad? Pero sí, con lágrimas en los ojos.
Este, me recuerdo en esta ocasión, a mí me tocó llevar el regalo al presi del gobernador. Y este, con lágrimas en los ojos, entregando aquello y bailando. Buscas y casi del hábito, no ya no con el pie de playa sentado, sino de canto, porque estaba aquello que hervía. Lo fue, pero, pues, no dejamos, lo interrumpimos el baile. Terminamos de bailar, lo sacamos muy, creo yo, muy bien, porque la gente nos aplaudió mucho.
Mezclada con el fandango, el son y la décima, que poco a poco perdían terreno, Flor de Piña se posicionó. Si bien no de una tradición popular, sí de un folklore propio y representativo. Es un baile, en el argot cultural, que se llama un baile impuesto, porque fue impuesto. No representa realmente la identidad de la cuenca.
Nosotros pertenecemos a Tuxtepec, territorialmente a Oaxaca, somos bajatello, pero la identidad es de la cuenca. Nos dejamos, nos quitamos a Guasa, que no quitamos agravios, nos quedamos en la por aquellos. Y, bueno, todos sabemos, a veces es un poco polémico.
Decidimos atar porque compartimos la cultura veracruzana, de que no lo podemos negar. Pero aportó, somos afortunados porque vivimos en una región donde compartimos estas dos culturas y, de alguna manera, sentimos en la sangre las dos corrientes, no de los dos estados. Y definitivamente forma parte de una identidad incrustada, no de raíz.
Entonces, es un fenómeno a veces que no es muy fácil de entender, pero si nos imponemos un poquito, cómo se ha llegado, pues alteramos a poder comprobar que cuando vivimos en los límites, que nuestro estado sin papeles de influencia, pues con el respeto que sé que puede provocar un comentario de este tipo, yo puedo decirle que, en general, estoy segura que un porcentaje mucho más alto de la gente de Tuxtepec y de la región se identifica más con Flor de Piña que con Son Jarocho.
Efectivamente, Son Jarocho puede ser el origen de las tradiciones musicales y dancísticas y de poesía en la región, pero no debemos olvidar que Tuxtepec es una tierra de grandis. Viene gente no solamente del estado de Veracruz, sino que viene gente de la Sierra Norte, que viene gente de Chiapas, gente del Istmo. Es una zona realmente multicultural, con una influencia de muchas regiones, no solamente del estado.
Tenemos mucha gente de Jalisco, tenemos gente del estado de Puebla, tenemos gente de verdad. Y yo creo que es parte del límite, la razón por la cual te pegas, esperado tanto el mérito solo de la Berlina Solista, porque escribió una coreografía mágica. Pero la magia lo da el traste.
Lo mismo habitantes de los Valles Centrales vieron a Flor de Piña como uno de los principales atractivos. Pero no solo fue atractivo del cerro del Fortín, sino un atractivo más allá. Ya después de que empezamos a ir, 23 años, ya teníamos amigos allá. Nos llevaban a serenatas, como decir que ya nos estaban esperando.
Después de un largo viaje, nosotros a veces lo hacíamos con tubos puestos para llegar nada más a darte un regaderazo y salida a la pachanga con los amigos, a pasear al llano. La trama de la señora que nos va cuidando, no íbamos a andar caminando allá, no, porque esperaba que se reuniera la señora para poder salir.
No, voy al otro día, nos llama acá que no salía. No, no, no, no salimos a ningún lado. Y aparte, pues allá, imagínate, en este día, todo el mundo la seguía, que si la danza de la pluma, que es y pinotepa, estira la costa, todas lenguas miradores. Todas, todas, no había una que no estuvieran miradores.
Ese muchacho, de hecho, a verte, pues no, no es que me alaben, pero este conocía secretario del gobernador y sin amigos. Y ya con él tuve que ir a bailar y todo eso. Más han sido 100 viajes oficiales y en cada uno, cada participante tiene su propia historia, su propia vivencia.
En una ocasión, me acuerdo, en el premio de Europa, Alex Pérez, por razones que ya no me acuerdo, los autobuses eran dos que regresaban de Oaxaca por la región de la nivel del delito. Y había un tramo en la carretera y que había habido un deslave. El autobús no podía pasar. Sin embargo, había la posibilidad de que pasara, pero con el riesgo de que se fuera al voladero.
Era entonces, para esto, pues una de varias muchachas que habían conquistado por ahí, o las habían conquistado, venía un muchacho. No eran, eran tres en moto y rebasamos el autobús a un autobús en nosotros. Y diario, así, adiós, de dos se adelantaban. Ya llaman para y esperaban, pasaba el autobús adelantado y así un buen tramo, hasta que se aburrieron, se cansaron y ahí se quedaron.
Seguimos. Cuando llegamos a este tramo donde no podía pasar el autobús, dice el chef Héctor: "Me la voy a jugar, pues voy a tratar de pasar, pero necesito que se bajen todos". Bajamos todos. Tuvieron que descifrar en las llantas que daban al cerro para que pudiera pasar.
Nosotros no sé, fuera del peso hacia el voladero. Cuando pasó el auto, finalmente, pues otro grito y en la emoción, después la perdieron al choque, porque se jugó la vida ahí. Y llega, cuando dices: "Ya se pueden subir", ya había pasado. Nos dan, voltea el chico y se da cuenta que me había quedado una muchacha y me llama y me dice: "Nada, esto ya vio que se quede una muchacha arriba".
Y el ego, fulana, ¿por qué no te bajaste? Y dice: "Por cuidar mi ramo de rosas". Doña Inés Contreras los invitó a desayunar al mercado. Entonces se llevaba un bolso de mano, de esos como tejidos, así. Y, bueno, hay todos muy contentos en el mercado del chocolate, pasada con fin todo.
Y cuando la señora quiso pagar, que busca su cartera en el bolso y resulta que le habían roto con una navaja y le sacaron su cartera. No, ya no teníamos dinero para pagarlo. Este, obviamente, aún si pagamos, pero a ella, pues, la impresión, no, el que le robaron su cartera en el mercado, hay en Oaxaca.
En los círculos intelectuales aún se debate sobre la representatividad que tenga en cuanto a la identidad cultural de Tuxtepec. Lo cierto es que hay una serie de generaciones que hoy, al ver Flor de Piña, no solo se identifican, sino se emocionan.
No, la no siento, una cosa hermosa. Me fascina verlo. Y ha ido tres, cuatro veces, pero la última vez lo sentí más precioso. Bailé, creo que en 1977, y nunca jamás volví a ir a un lunes del cerro. Y ya estando trabajando aquí en la radio, me llegó una invitación de gobierno y asistí al lunes del cerro. Por cierto, bailaba una sobrina. Yo le digo sobrina, está una hija de una amiga.
Entonces fui como invitada, como espectadora. Y, pues, que te cuento, yo me emocioné mucho. Y cuando salieron las niñas de Flor de Piña, lloré, pero lloré de emoción. O sea, yo gritaba. Yo estaba emocionada. La señora que tenía a un lado me decía: "¿Qué está bailando su hija?". "Violencia, no, es una sobrina".
O sea, pero muy, muy impresionante para mí fue algo. Dije: "Me recordé de mis viejos tiempos". Y dije: "No cabe duda que Tuxtepec". Bueno, imagínate que sentimos recordar es vivir. Yo miré hoy con la música de lo que es la que la mesa y lo de la Flor de Piña. No se me enchina el cuerpo, muy bonito, muy bonito, porque es una cosa que, mientras viva uno, no se le va a olvidar.
Es algo indescriptible, algo que no se me emociono, se me enchina todo mi cuerpo. Y sobre todo de ver la aceptación que tiene. Y aunque no vaya, yo los estoy habitando. Ahora, con el son aquel que fue rechazado hace 50 años, Flor de Piña se erige como un folklore que simplemente llegó para quedarse.
Y, pues, que nos enriqueció, ¿por qué no decirlo? Si el tener un padre es una maravilla, al tener padre y madre, pues es doble maravilla. Pero ahora tengo la maravilla de sostener dos culturas.