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Vendió Todos los Secretos de la CIA... y su Esposa Colombiana lo Ayudó

Crónicas De Guerra24:39

Transcription

Son las 5:16 de la mañana del 21 de febrero de 1994. La oscuridad todavía cubre North Randolf Street en Arlington, Virginia. Las casas están en silencio, los vecinos duermen, pero en la calle algo se mueve. Vehículos oscuros sin placas visibles llevan horas en posición. Agentes del FBI con chalecos antibalas aguardan la señal. Hay francotiradores en los tejados. Han esperado este momento durante 3 años.

En el interior de esa casa de ladrillo rojo, un hombre se prepara para ir al trabajo, como cualquier otro día, como si no pasara nada. Cuando su Jaguar verde oscuro sale del garaje y avanza media cuadra, los autos del FBI lo bloquean por delante y por detrás en cuestión de segundos. Agentes con armas desenfundadas rodean el vehículo. El conductor baja la ventanilla. Tiene 52 años. Cara ancha, pero canoso. Lentes de montura delgada. Parece un contador o un profesor universitario. No parece lo que es.

Su nombre es Aldrich Haisen Ames y durante 9 años fue oficial de operaciones de la CIA. Durante esos mismos 9 años, entregó a la KGB soviética prácticamente todos los secretos de inteligencia de los Estados Unidos. Al menos 10 hombres murieron por su culpa, ejecutados con un disparo en la nuca. Mientras tanto, él manejaba un jaguar y su esposa compraba ropa por $30,000 al año.

El hombre detrás de la traición. Para entender cómo alguien llega a vender a su propio país, hay que entender primero quién era ese alguien antes de la traición. Y la respuesta en el caso de Aldrich Ames es incómoda en su mediocridad. Nació el 26 de mayo de 1941 en River Falls, Wisconsin. Su padre, Carleton Ceciles, era profesor universitario que también trabajaba en la CIA como analista de campo en el sudeste asiático. Fue ese vínculo familiar lo que abrió la puerta. A los 16 años, el joven Aldrich consiguió su primer trabajo de verano en la agencia. Tareas menores, archivos, nada relevante, pero suficiente para dejar huella en un expediente.

Cuando entró formalmente a la CIA en 1962, a los 21 años, no lo hizo por vocación patriótica ni por convicción ideológica. Lo hizo porque necesitaba trabajo. Había abandonado la Universidad de Chicago sin terminar su carrera. Tenía deudas menores, pocas opciones. Lo que nadie anticipó ni él mismo es que se quedaría 31 años. Pero desde el principio había señales de alarma que nadie quiso ver. En 1962, durante un ejercicio de entrenamiento en Turquía, Ames dejó dado un maletín con documentos clasificados en un tren. El incidente fue reportado, archivado y olvidado. No fue el único. A lo largo de su carrera bebía con frecuencia en exceso. Llegaba tarde. Sus evaluaciones de desempeño eran consistentemente mediocres. Un supervisor escribió en su expediente que tenía problemas de organización y concentración y sin embargo, la CIA lo promovió una y otra vez. Así funcionaban las burocracias. Era más fácil ascender a alguien que despedirlo.

En los años 70, Ames fue destacado a Ciudad de México como oficial de operaciones. Su trabajo era reclutar fuentes, cultivar contactos, girar la rueda invisible de la inteligencia humana. Era en eso al menos que tenía cierto talento. Podía ganarse la confianza de las personas. Sabía escuchar, sabía fingir lealtad. Fue en México donde conoció a María del Rosario Casas Dupuyi. Rosario no era una figura menor en esta historia. Era colombiana, nacida en Bogotá, de familia de clase media alta. Había estudiado en la Universidad de los Andes y luego se había doctorado en literatura latinoamericana. Era inteligente, ambiciosa, culta y hablaba inglés con fluidez. La FIA la había reclutado como informante cultural en México. Asistía a recepciones diplomáticas, preportaba conversaciones de interés, facilitaba contactos. Era lo que los servicios de inteligencia llaman un activo de acceso, alguien que no es agente, pero que abre puertas.

Cuando Ames la conoció, él todavía estaba casado con su primera esposa, Nancy Jane Segebarth. El matrimonio llevaba años deteriorándose. Había infidelidades, distancias, silencios. El divorcio llegó en 1983. Para entonces, Ames ya estaba enamorado de Rosario. Se casaron en 1985, el mismo año en que todo cambió porque Rosario no era barata. Viajes a Colombia para visitar a su familia, restaurantes de lujo en Washington, ropa, joyería, un estilo de vida que el sueldo de un oficial de la CIA, que rondaba los $50,000 anuales, no podía sostener. Y tenía deudas del divorcio, deudas de tarjetas de crédito, deudas que crecían. Ese es el combustible con el que se encienden las traiciones más grandes de la historia. No la ideología, no el odio, sino la deuda, el día que lo cambió todo.

El 16 de abril de 1985 era un martes ordinario en Washington. Los cerezos ya habían florecido y caído. El potom reflejaba un cielo gris. Esa tarde, Aldrich James entró caminando a la embajada soviética en la avenida Wisconsin, en el noroeste de la ciudad. Llevaba un sobre. Dentro del sobre había los nombres de tres ciudadanos soviéticos que trabajaban como agentes para la CIA junto a una nota pidiendo ,000. Era un acto de una frialdad absoluta. Ames tenía una explicación para todo. Siempre la tenía, pero los agentes que entregó no necesitaban explicaciones, necesitaban seguir vivos. La CB respondió rápido, muy rápido. En semanas, Ames recibió confirmación. Los estaban depositados en una cuenta que la inteligencia soviética había preparado para él. Y entonces algo ocurrió en la mente de ese hombre mediocre con deudas y un jaguar que todavía no podía pagar. entendió que podía seguir.

Lo que pasó en el verano de 1985 no tiene precedentes en la historia del espionaje americano. El 13 de junio de ese año, Ames se reunió con su contacto de la calle B, un diplomático soviético llamado Sergei Chubakin en el restaurante Chatwicks de Georgetown. Era un lugar público con manteles blancos y velas en las mesas, turistas, parejas, familias comiendo. Y en algún momento de esa cena, Ames entregó un sobre que pesaba cerca de 3 kg. Dentro estaba prácticamente toda la red de inteligencia humana de los Estados Unidos en la Unión Soviética. nombres, descripciones, métodos de contacto, ubicaciones, la lista completa de todos los activos soviéticos y rusos que trabajaban para la CIA o el FBI en territorio soviético. Más de 20 personas expuestas en una sola noche en un restaurante con velas. A cambio, la CB le prometió un pago total de 2 millones de dólares. Más bonos por información futura. Ames aceptó sin condiciones.

Lo que siguió fue silencioso y metódico, como siempre son las ejecuciones cuando las organiza un estado. A lo largo de 1985 y 1986, los agentes comenzaron a desaparecer uno por uno. Algunos fueron arrestados con evidencias fabricadas. Otros simplemente no regresaron a casa una noche. Algunos fueron detenidos en la calle frente a sus familias. Entre ellos estaba Dimitri Poliakov, general del GRU, el servicio de inteligencia militar soviético. Había sido activo de la CIA durante más de 20 años. Era quizás el espía más valioso que Estados Unidos tenía en la URSS. Fue arrestado en 1986, ejecutado en 1988. Olek Gordski, jefe de la KGB en Londres, logró escapar en una operación de extracción de emergencia horas antes de ser capturado. Tenía apenas minutos de ventaja. Valeri Martinov y Sergei Motorin, dos oficiales de la calle B, que trabajaban encubiertos en la embajada soviética en Washington y que eran activos del FBI, fueron llamados de regreso a Moscú con pretextos. Ambos fueron arrestados al aterrizar. Ambos fueron ejecutados.

En la CIA, los analistas que seguían estas operaciones empezaron a reportar en silencio que algo estaba muy mal. Los canales se cerraban, las fuentes enmudecían. Las operaciones cuidadosamente construidas durante años se desmoronaban en semanas. Nadie sabía por qué. Todavía la doble vida. Mientras los hombres que había entregado morían en sótanos de la Lubianca, Aldrich James compraba muebles. En 1989 pagó en efectivo, sin hipoteca, 540,000 por una casa colonial de ladrillo en North Randolfer Street, Arlington, Virginia. [carraspeo] Cinco habitaciones, jardín trasero, garaje para dos vehículos. Sus colegas de la CIA, que ganaban sueldos similares al suyo y vivían en casas modestas con hipotecas a 30 años, tomaron nota, pero nadie preguntó directamente. Ames tenía una explicación preparada. La familia de Rosario en Colombia era adinerada. Herencias, inversiones, bienes raíces en Bogotá. El dinero era de ella. Era mentira, por supuesto. Rosario sabía exactamente de dónde venía cada dólar.

Porque Rosario no fue solo una esposa que cerró los ojos, fue cómplice activa. Cuando Ames le reveló lo que hacía, no fue una confesión torturada en la oscuridad, fue una conversación, una negociación doméstica. Ella escuchó y decidió participar. Rosario administraba las cuentas, coordinaba las transferencias, llevaba el registro de los pagos. Cuandoes viajaba al exterior para reunirse con sus contactos soviéticos en ciudades como Roma, Bogotá o Caracas, era ella quien organizaba la logística. Juntos, entre 1985 y 1994 recibieron más de 2,700,000 de la KGB y sus sucesores del SVR ruso. El dinero fluía de maneras que hoy parecen absurdamente obvias. Depósitos grandes en cuentas de bancos locales, transferencias desde Suiza y Colombia, pagos en efectivo para renovaciones en la casa. La CIA tenía un programa de detección de enriquecimiento inexplicable entre sus empleados. Ames fue revisado en 1986 y en 1991. Ninguna de las dos revisiones lo señaló. ¿Cómo era posible? En parte por burocracia. En parte por incompetencia, en parte porque en la cía de los años 80 nadie quería creer que el problema estaba adentro.

Ames se volvió descuidado con los años, no porque fuera impudente por naturaleza, sino porque la impunidad tiene ese efecto. Convence al traidor de que es intocable. Llegaba al trabajo oliendo alcohol. Dejaba documentos sobre el escritorio cuando salía a almorzar. En una ocasión se quedó dormido en una silla de la oficina con papeles clasificados en la malo. Sus supervisores reportaron los incidentes. Los informes fueron archivados. Mientras tanto, en sus reuniones con los soviéticos, AIMS entregaba paquetes regulares de inteligencia, identidades de nuevos reclutas, análisis internos de la CIA, evaluaciones de vulnerabilidades en operaciones activas, incluso detalles de los intentos de la agencia por identificar al topo que la devastaba. Es decir, la CIA le pedía que ayudara a encontrarse a sí mismo y él reportaba cada paso de esa búsqueda a Moscú. Si no hubiera sido tan siniestro, sería casi absurdo.

En ese periodo, Rosario y él viajaron a Bogotá con frecuencia. Colombia era útil de múltiples formas. Sus visitas a la familia de ella explicaban el flujo de dinero y la ciudad servía como punto de tránsito para reuniones con los soviéticos en América del Sur. Se reunieron con contactos del SVR en Caracas en 1992, en Bogotá en 1993. Nadie los vigilaba todavía.

La cacería dentro de la CIA. La catástrofe de 1985 dejó una herida que no cerraba. Demasiados activos perdidos, demasiados muertos, demasiado silencio donde antes había información. La primera hipótesis fue técnica, una falla en las comunicaciones, un código roto, una brecha en los sistemas electrónicos. Se auditaron los protocolos, se revisaron los cifrados, no se encontró nada. La segunda hipótesis era la que nadie quería pronunciar en voz alta. Había un topo dentro de la agencia. En 1991, 6 años después del desastre, la FIA formó un grupo de trabajo especial para investigar las pérdidas de 1985. Solo dos personas integraban ese equipo inicialmente, Sandy Grimes y Jan Bertefei. Sandy Grimes llevaba décadas en la agencia. Conocía a las fuentes perdidas por su nombre, por sus familias, por las conversaciones que había tenido con ellos en ciudades que no podía mencionar en voz alta. Para ella, esto no era un ejercicio analítico, era personal. Betefei, por su parte, era una veterana de la división soviética con una reputación de meticulosidad casi enfermiza. No descartaba ninguna pista, no abandonaba ninguna línea de investigación. Durante meses, las dos mujeres revisaron años de archivos, cables, reportes de operaciones, listas de personal, accesos a sistemas clasificados. El sospechoso ideal era alguien con acceso a los nombres de todos los activos soviéticos de la CIA. Eso reducía el universo, pero no lo suficiente. Todavía eran decenas de personas.

El quiebre llegó por una ruta inesperada, el dinero. En 1992, el FBI se sumó a la investigación. Un analista financiero del Buró construyó una línea de tiempo de los depósitos bancarios de AIMS. ¿Cuándo llegaba el dinero? ¿En qué cantidades? ¿Desde qué cuentas? Y cuando superpuso esa línea de tiempo con el calendario de reuniones de As, con su contacto soviético Sergei Chubakin, que habían sido documentadas porque la embajada soviética estaba siempre bajo vigilancia, el patrón era perfecto. Cada depósito importante seguía a una reunión sin excepción.

En mayo de 1993, el FBI abrió una investigación formal de contrainteligencia contra Aldrich James. Nombre en clave, operación Night Mover. Los agentes del FBI montaron una vigilancia total. Siguieron su Jaguar por Washington. Instalaron micrófonos en su oficina, revisaron su correo, fotografiaron sus encuentros, monitorearon sus llamadas telefónicas y en octubre de 1993 llegó la confirmación definitiva. Agentes del FBI revisaron la basura de AIMS, bolsa por bolsa, nota por nota, y encontraron entre restos de comida y papel de oficina arrugado un borrador manuscrito de una nota para su contacto del SVR. En ella, Ames confirmaba una próxima reunión y pedía instrucciones sobre transferencias. Era la letra de Ames, inconfundible. El FBI ya tenía suficiente para arrestarlo, pero esperaron. Necesitaban que Ames estuviera en suelo americano, no de viaje en el exterior, y necesitaban que no tuviera ninguna señal de alarma que lo llevara a huir.

En febrero de 1994, Ames fue informado de que viajaría a Moscú en los próximos días para una reunión de trabajo. Era el pretexto que el FBI necesitaba para actuar antes de que cruzara la frontera. La noche del 20 de febrero, los agentes tomaron posiciones, revisaron los planes una última vez, confirmaron que Rosario estaba en la casa y esperaron al amanecer el arresto y el legado.

Cuando el Jaguar verde oscuro sale del garaje esa mañana de febrero, Ames no sospecha nada. Ha vivido 9 años así, convencido de su propia invisibilidad, convencido de que la Cía nunca miraría hacia dentro con suficiente seriedad, convencido de que era más inteligente que todos ellos. Los autos del FBI bloquean la calle, las puertas se abren. Los agentes lo rodean con armas en mano. Aes no ofrece resistencia, no intenta escapar, no dice nada durante un momento largo y luego pregunta en voz baja si puede llamar a su esposa. No es necesario.

A esa misma hora, otros agentes del FBI tocan la puerta de la casa en North Randolf Street. Rosario abre pensando que es el cartero. Le muestran una placa, le leen sus derechos en inglés y ella, la colombiana de Bogotá, que había administrado el dinero sucio durante una década, es esposada frente a la puerta de su propia casa. En el interior de esa casa, los agentes encuentran lo que buscaban, notas manuscritas, extractos bancarios de cuentas en Suiza y Colombia, una computadora con archivos cifrados y más de $100,000 en efectivo guardados en cajones y maletas.

La negociación que siguió al arresto fue en sí misma reveladora del carácter de Ames. Cooperó rápidamente, no por remordimiento, sino porque calculó que cooperar era su mejor opción. Entregó nombres, métodos, fechas, montos. Describió sus reuniones con la KGB y el SVR en detalle. confirmó lo que la CIA ya sospechaba, que la pérdida de activos en 1985 había sido total, que no quedaba prácticamente ninguna fuente sin quemar.

El 28 de abril de 1994, Aldrich James se declaró culpable de espionaje y conspiración para cometer espionaje. Fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. No hubo juicio, no hubo drama en un tribunal, solo la firma en un documento y el sonido de una puerta cerándose. Rosario negoció por separado. Era ciudadana colombiana, no americana, y su condición de extranjera, sumada a su cooperación con los fiscales, le permitió un acuerdo más favorable. fue condenada a 63 meses de prisión, 5 años y 3 meses. 5 años por haber administrado el dinero con el que se pagaron las ejecuciones de al menos 10 hombres. Cuando salió en libertad, Rosario regresó a Colombia, volvió a Bogotá, se reintegró a la vida académica, dio alguna entrevista ocasional, vivió su vida.

Ames no tuvo esa opción. Pasó el resto de su vida en el Centro Correccional Federal de Terhot, Indiana, 32 años preso. Dio entrevistas ocasionales en las que nunca mostró arrepentimiento genuino. Argumentaba que los agentes que entregó eran traidores a su propio país y que sus muertes no eran responsabilidad suya. Era la lógica de alguien que había aprendido a vivir sin mirar lo que había hecho. El 5 de enero de 2026, Aldrich Hayenes murió en prisión. Tenía 84 años. No hubo declaraciones de arrepentimiento. No hubo palabras de consuelo para las familias de los hombres que había entregado. Solo silencio.

En los archivos de la CIA. El caso Ames es estudiado hasta hoy como el fracaso de contrainteligencia más devastador en la historia de la agencia. No por la sofisticación del espía, sino por todo lo contrario, porque Ames no era sofisticado, era descuidado, era previsible, era en el fondo, un hombre ordinario que tomó una decisión extraordinariamente mala y que tuvo la suerte brutal de que nadie lo mirara a los ojos durante 9 años. Dimitri Poliaov, el general del GRU, que había servido a Estados Unidos durante dos décadas, fue ejecutado a los 68 años. Oleg Gordievski vive en el exilio en el Reino Unido. Los nombres de algunos de algunos otros agentes ejecutados siguen siendo clasificados hasta hoy. Sus familias nunca supieron exactamente qué les pasó. Ames recibió en vida ,700,000. Les costó la vida a 10 hombres verificados y posiblemente a más que no han sido contados aún.

Lo que queda al final de esta historia no es una reflexión sobre el espionaje ni sobre la guerra fría. Lo que queda es una pregunta más vieja y más sencilla. ¿Cuánto vale una vida? ¿Y cuántas vidas puede valer un Jaguar? Ames creyó que podía hacer ese cálculo y vivió suficiente para ver que no hay forma de hacerlo sin perder algo que no se puede recuperar.

Hay una pregunta que los espectadores de estos documentales hacen siempre y esta vez es inevitable. Rosario sabía. administró el dinero, viajó con él, guardó silencio durante 9 años, recibió cinco años de condena y luego volvió a Bogotá a vivir su vida. ¿Fue víctima de un hombre que la arrastró a algo que no pudo controlar o fue cómplice plena, tan responsable como él, que simplemente negoció mejor? Déjame saber qué piensas en los comentarios. M.