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Con la celebración de hoy hemos llegado al final del año litúrgico. La iglesia nos permite contemplar a Jesucristo, Rey del universo.
Las lecturas de este día, y de forma especial el pasaje del evangelio que hemos meditado en este domingo, nos permiten comprender cómo el Señor es juez, es pastor, es rey. Nos reúne, nos envía, pero también nos examina en el amor.
Este pasaje del evangelio, que hemos tomado del final de San Mateo, nos permite comprender cómo Jesús muestra la opción preferencial que hizo por los últimos, por los más olvidados, por los abandonados de la sociedad. En estas personas vulnerables estamos llamados nosotros a comprender que ahí es donde se empieza a instaurar el reinado de Dios.
Esa confrontación que hace Jesús, juez y rey del universo, tiene que ver con la necesidad de examinar en nuestra vida cómo estamos viviendo y cómo estamos aplicando el evangelio, lejos de cualquier pretensión humana, lejos de cualquier poderío que pase por encima de los otros. El reinado de Dios empieza desde los sencillos.
El gran propósito de Jesús fue tocar el corazón y levantar a estas personas caídas. Una de las tragedias más grandes de la humanidad es que ha separado el poder del amor, y en Jesús se unen perfectamente estas dos realidades. Él es capaz de reinar amando y es capaz de amar para mostrar cuál es su verdadera grandeza. Tan es así que nuestro Rey yace en un trono que es una cruz y ha sido coronado de espinas. Su opción siempre ha sido lo pequeño, lo sencillo, lo simple.
Nosotros hoy estamos llamados a instaurar el reinado de Dios en la claridad de la vida, en las opciones de todos los días. ¿Qué tal si esta semana le apuntamos a ayudar concretamente a las personas más necesitadas? La iglesia lleva hablando 2000 años de amor, pero esta solemnidad que estamos celebrando hoy debe invitarnos a traducir el amor del lenguaje al hecho concreto.
El reino de Dios sucede cuando nosotros somos capaces de pasar de la palabra al hecho y cuando permitimos que el evangelio huelle nuestra vida para concretizarlo en actos de todos los días. El reino de Dios sucede en personas capaces de amar, en hombres y mujeres capaces de servir a los más necesitados.
Abramos nuestro corazón, abramos nuestra vida y permitamos de Dios reinar en cada uno de nosotros. Que él sea el Rey en nuestra familia, que él sea el Rey en nuestro trabajo, que él sea el Rey en nuestras relaciones personales y que, dándonos a los demás, siendo capaces de reconocerlo a él presente en el dolor y en el sufrimiento del otro, nosotros también seamos artífices y aportemos en la construcción del reino de Dios.