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Desde el día de su Asunción, Ilia busca darle un papel fundamental al Congreso y las instituciones republicanas. Pero su intención choca con la realidad de un país prácticamente gobernado por el ejército y en el cual tiene mucho peso las principales corporaciones, como los sindicatos en el aspecto económico.
El gobierno de Ilia aspira a acentuar el rol activo del Estado. Durante su período, se impulsa ley para bajar el costo de los medicamentos y se anulan todos los contratos petroleros firmados bajo el gobierno de Frondizi, con la intención de renegociarlos.
La ley de medicamentos y la anulación de los contratos petroleros le granjean rápidamente a Ilia la antipatía de desarrollistas y liberales, además de provocar un profundo descontento al gobierno norteamericano. Mientras las medidas de Ilia generan nuevos enemigos, su relación con el peronismo empeora progresivamente.
La intención del gobierno de controlar los fondos sindicales e interferir en las elecciones internas de la CGT desata una ola de huelgas y ocupaciones de fábricas que paralizan al país durante un mes y medio. Para ese momento, la relación de Perón con algunos líderes de la CGT es de mutua desconfianza.
En los últimos meses de 1964, el sector liderado por el dirigente metalúrgico Augusto Timoteo Bandor ensaya un regreso de Perón al país y monta para ello un audaz operativo político. Como era de esperar, debido a las presiones militares, el regreso de Perón se frustra y su vuelo es obligado a aterrizar en Brasil para después volver a España.
Ante el fracaso del operativo retorno, Perón enfría sus relaciones con Bandor y comienza a alentar a los sectores más combativos del sindicalismo. Con el fin de contribuir a la fractura entre Perón y los líderes sindicales, en 1965 el gobierno de Ilia convoca a elecciones legislativas, autorizando al peronismo a presentar sus propios candidatos.
Bandor, cada vez más alejado de la influencia de Perón, forma su propio partido, la Unión Popular, una alianza política entre dirigentes sindicales y caudillos provinciales. Neoperonismo, un peronismo sin Perón, agita nuevamente los ánimos de las fuerzas armadas.
Durante el gobierno de Ilia, las relaciones entre el ejército argentino y el Departamento de Estado norteamericano se vuelven cada vez más estrechas. En 1964, durante la Quinta Conferencia de Ejércitos Americanos en la Academia Militar de West Point, el teniente general Juan Carlos Onganía, en representación del ejército argentino, adhiere a la Doctrina de Seguridad Nacional.
Esta política, impulsada por el gobierno de Estados Unidos, tiene la finalidad de frenar el avance del comunismo en el continente americano. Esta doctrina, que faculta a las fuerzas armadas a reprimir cualquier movimiento ideológico o político contrario a los intereses del mundo capitalista, es usada por algunos militares argentinos como excusa para combatir a sus enemigos políticos y establecer en el país un mayor control militar.
Para fines de 1965, la figura de Arturo Ilia está totalmente debilitada. Una campaña de prensa, fogoneada por el sector azul de las fuerzas armadas y los sectores más conservadores de la Iglesia y el empresariado, insiste en mostrarlo como lento, ineficaz y falto de energía. A la vez, intenta imponer la figura del general Onganía como el hombre fuerte de Argentina, el único con la capacidad suficiente para solucionar sus problemas y combatir al comunismo.
La campaña de prensa tiene un efecto inmediato sobre la opinión pública y para mediados de 1966, el gobierno de Ilia se encuentra al borde del abismo.
En las últimas horas de la tarde del día 27 de junio, se agravó la tensa situación existente desde tiempo atrás en las tres armas, que había dado motivo a varias reuniones de los altos mandos militares y del poder ejecutivo. La grave crisis institucional culminó con la separación del doctor Arturo Ilia del cargo de presidente de la nación.
Mientras esto ocurría, las tropas fueron ocupando los lugares claves de la ciudad para mantener un orden que en ningún momento fue alterado. Los ministros, que habían sido llamados con urgencia, llegaron a la Casa de Gobierno para realizar una reunión de gabinete, a cuyo final todos presentaron sus renuncias.
Al día siguiente, el expresidente abandonó la Casa de Gobierno, partiendo en un automóvil hacia la residencia de un hermano en la provincia de Buenos Aires. Esa misma noche, los comandantes del golpe designan presidente de la nación al general Juan Carlos Onganía.
De esta manera, Onganía, el líder del bando azul que proponía el retorno a la democracia, se convirtió en el nuevo presidente de facto de la República Argentina.