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Richard Chase, el vampiro de Sacramento que solo entraba a casas con la puerta abierta

Esto No Lo Sabías16:44

Transcription

El hombre que creía que su sangre se estaba evaporando, que su corazón se encogía, que los huesos de su cráneo se separaban y tenía que afeitarse la cabeza para verlos. El hombre que mató seis personas en un mes, bebió su sangre, canibalizó sus órganos y le dijo a la policía que lo hacía porque se estaba muriendo. El hombre que solo entraba en casas con la puerta sin llave, porque en su cabeza una puerta cerrada era un rechazo y una puerta abierta era una invitación.

Richard Trenton Chase nació el 23 de mayo de 1950 en el condado de Santa Clara, California. Sacramento, familia de clase media, casa linda, apariencia normal. Puertas adentro, nada era normal. El padre Richard Chase Senr. Violento. Golpeaba a su mujer, golpeaba a sus hijos. La madre, Beatriz vivía aterrorizada, convencida de que su marido intentaba envenenarla. Pasó por tratamiento psiquiátrico al menos dos veces en los años 60. Los chicos escuchaban las peleas, los gritos, los golpes. Richard era el mayor. Pamela hermana menor, nació 3 años después.

A los 10 años, Chase ya mostraba los tres marcadores de lo que los criminólogos llaman la triada de McDonald's, crueldad animal, piromanía y enuresis nocturna, muy por encima de la edad esperable. Los tres predictores más consistentes de violencia extrema en la adultez. Chase los tenía todos antes de terminar la primaria. Sin embargo, no era un chico aislado. 60 chicos fueron a una de sus fiestas de cumpleaños. Tenía amigos, pero algo adentro ya estaba funcionando mal.

En la adolescencia, las drogas, marihuana, LSD, alcohol en cantidades industriales. En la secundaria, Miraloma era conocido como un solitario, un raro. Tenía un grupo chico de amigos, todos heavies, todos metidos en lo mismo. Sus notas eran un desastre. Se graduó raspando en 1968. El padre la regaló un Volkswagen.

A los 18, Chase descubrió que era impotente, no podía mantener una erección. Lo intentó con su primera novia, falló. Lo intentó otra vez, volvió a fallar. La relación se terminó. En una fiesta borracho, Chase se derrumbó y les confesó a sus amigos su frustración. Un psiquiatra especializado en adolescentes le dijo que su impotencia podía originarse en una ira extrema reprimida, posiblemente dirigida hacia las mujeres en general. Ese fue el diagnóstico más preciso que recibió en su vida, pero nadie le prestó atención, nadie conectó los puntos.

Chase entró al American River College y duró poco. En 1970 se mudó a un departamento con dos compañeras mujeres. Duró 3 meses. Las chicas se fueron porque Chase caminaba desnudo por la casa. Estaba siempre borracho o drogado y había tapeado la puerta de su habitación con tablones. Les dijo que era para que nadie pudiera atacarlo por sorpresa. Después vinieron otros compañeros, los hermanos de una de las chicas y sus amigos. Tenían una banda de rock. Chase insistía en tocar la cona con ellos. No tenía oído, no tenía ritmo, no tenía nada, pero se metía igual. Discutían constantemente y se fueron todos. Chase se quedó solo en el departamento, sin plata para el alquiler, sin amigos, sin nada. Volvió a lo de sus padres, pero ya era otra persona.

En 1971 fue arrestado por posesión de marihuana. En 1972, los padres se divorciaron. El padre volvió a casarse. Chase [música] empezó a dividir su tiempo entre las dos casas. Las peleas con el padre eran constantes. Richard Senr. Enderezara, que consiguiera un trabajo. Chase le respondía con violencia. Una noche de 1972, la madre intentó llamar a la policía durante una discusión. Chase le arrancó el teléfono y le pegó en la cabeza. Salió corriendo y saltó una cerca. La madre llamó a la policía. Igual le dijeron que podía presentar cargos, pero no lo hizo.

Chase hizo un viaje solo a Utah. Lo arrestaron por manejar borracho. Dos semanas después, de vuelta en California, les dijo a sus padres que los policías de Utah lo habían gaseado en la celda, que estaba enfermo por eso, que iba a demandarlos. El padre pagó la fianza y lo convenció de que no demandara.

Para 1973, Chase ya no era una persona excéntrica, era una persona que se estaba desintegrando. Empezó a quejarse de síntomas físicos cada vez más extraños, que su corazón dejaba de latir, que alguien le había robado la arteria pulmonar, que la sangre no le circulaba. Fue a varios médicos, todos le dijeron lo mismo, que no tenía nada físico, que era psiquiátrico. Chase no les creyó. Buscó a un doctor llamado Donald Ansel. Ansel encontró nada físico tampoco, pero fue el primero en decirlo con todas las letras. Este hombre tiene un disturbio psiquiátrico de proporciones mayores.

En diciembre de 1973, Chase entró a la sala de emergencias del hospital American River en estado maníaco. Gritaba que había sufrido un paro cardíaco, que su cabeza cambiaba de forma, que le habían robado la arteria pulmonar. Los médicos lo revisaron, cero problemas físicos. Lo internaron en el pabellón psiquiátrico. Primer diagnóstico formal, esquizofrenia paranoica, pero lo que Chase estaba desarrollando era más específico. Los psiquiatras lo llaman síndrome de cotar, un delirio en el que el paciente cree que está muerto, que se está pudriendo, que le faltan órganos vitales.

Chase estaba convencido de que su sangre se evaporaba, de que su corazón se achicaba, de que los huesos de su cráneo se estaban separando y moviendo. Se afeitó la cabeza completamente para poder observar mejor el movimiento. Empezó a ponerse naranjas alrededor de la cabeza, capas y capas de naranjas como un turbante. Creía que la vitamina C se absorbería por difusión directa al cerebro a través del cráneo y encontró la solución para el problema de la sangre. Empezó a capturar animales, perros del barrio, gatos, los mataba, los destripaba, se comía los órganos crudos, a veces ponía todo en una licuadora con Coca-Cola y se lo tomaba. Batido de víceras con Coca-Cola. Creía que ingerir seres vivos evitaba que su corazón dejara de latir. Compró conejos, les inyectaba su propia sangre en las venas, se inyectaba sangre de conejo en las suyas. Una vez fue al hospital porque se había inyectado sangre de conejo y el cuerpo le había reaccionado mal. Los médicos lo miraron y no sabían qué hacer.

En 1976, el padre logró internarlo de nuevo, esta vez en el hospital psiquiátrico Beverly Maor. El personal lo apodó Drácula a los dos días. Chase rompió el cuello de dos pájaros que atrapó desde la ventana del pabellón. Les tomó toda la sangre. Después robó jeringas del hospital para extraer sangre de los perros del lugar. Los médicos lo trataron con psicofármacos y respondió. Se estabilizó. Lo evaluaron y determinaron que ya no representaba un peligro para la sociedad. Lo dieron de alta, lo pusieron bajo la custodia de su madre y su madre le quitó la medicación. Le consiguió un departamento propio. Ella creía que su hijo necesitaba independencia, no pastillas. Lo dejó solo, sin supervisión, sin tratamiento, sin nada.

Chase volvió a consumir drogas, a beber, dejó los perros y los gatos y pasó a algo más grande. En agosto de 1977, la policía lo arrestó en una reserva natural cerca del lago Piramid en Nevada. Estaba completamente desnudo, su cuerpo entero manchado de sangre seca. En su camioneta encontraron un balde lleno de sangre. También había un rifle. La sangre era de vaca, le había cortado el cuello a una vaca viva y se había bañado en su sangre. La policía de Nevada lo soltó. No había cargos, ni siquiera lo derivaron a un psiquiatra.

El 29 de diciembre de 1977, Chase compró una pistola semiautomática calibre 22. Ese mismo día, mientras manejaba por las calles de Sacramento, vio a un hombre caminando por la vereda, Ambros Griffin, 50 años, ingeniero, padre de familia. Volvía a su casa de hacer las compras de Navidad con su esposa. Chase bajó la ventanilla, apuntó y disparó varios tiros. Griffin cayó muerto en la calle adelante de su esposa. Chase aceleró y desapareció. Fue su primer asesinato, un ensayo, un disparo al azar contra un completo desconocido. Pero lo que vino un mes después fue una espiral de horror que la policía de Sacramento nunca había visto.

El 23 de enero de 1978, en el barrio de East Sacramento, Teresa Walling, 22 años, 3 meses de embarazo, estaba sola en su casa y la puerta estaba sin llave. Este detalle es fundamental. Chase solo entraba a casas con la puerta abierta o sin llave. Para él, una puerta sin llave era una invitación del universo. Una puerta cerrada era un rechazo deliberado. Así de literal era su pensamiento delirante. Esto definió quién vivía y quién no. Chase entró. Teresa Wall estaba en la cocina. Él le disparó tres veces a quemarropa. Después, lo que hizo con el cuerpo todavía se discute en las academias de criminología como uno de los casos más grotescos del siglo XX. La mutiló con un cuchillo de carnicero, le extrajo varios órganos internos, le cortó un pezón, mantuvo relaciones con el cadáver, recogió su sangre en un vaso de yogur y se la tomó. Antes de irse metió eses de perro en la garganta de la víctima. El detective a cargo declaró décadas después que en 28 años de servicio nunca había visto algo igual. No era una escena del crimen, era otra cosa.

4 días después, el 27 de enero de 1978, Chase entró en otra casa. La puerta de nuevo estaba sin llave. Adentro estaban Evely Mirod, de 38 años, y su amigo Danny Meredit, de 51. Su hijo Jason de 6 años y su sobrino David Ferreira de 22 meses. Un bebé. Chase se encontró primero con Danny. Un disparo en la cabeza, después fue hacia Evely, disparó. Después Jason, el nene de 6 años, disparó. Agarró al bebé David. Lo que pasó después fue una masacre. Mutiló los cuerpos de los adultos. Abusó del cadáver de Evely, le extirpó el cerebro al nene Jason, le extrajo las vísceras, bebió la sangre de todos. Después agarró el cuerpo del bebé David y se lo llevó a su departamento. Ahí lo terminó de descuartizar, le extrajo los órganos y se los comió.

La policía llegó a la escena. Había huellas por todos lados. Varios vecinos habían visto a un hombre flaco, pálido, de 1,80, salir de la casa con una caja. La descripción era tan precisa que en menos de 24 horas ya sabían quién era. El 28 de enero, la policía rodeó el edificio de departamentos de Chase en W Avenue. Esperaron a que saliera. Cuando lo hizo, cargaba una caja de cartón. Adentro había ropa ensangrentada, trapos y vísceras humanas frescas. Lo arrestaron sin resistencia.

Cuando los agentes entraron al departamento, varios de ellos vomitaron. El olor era insoportable. Las paredes empapadas de sangre, el piso, el techo, la heladera, cada superficie, cada cubierto, cada plato. La cocina estaba repleta de huesos humanos, órganos y tripas. En la licuadora había restos de sangre y tejido, sus batidos vitamínicos. Había recipientes de plástico con sangre en la heladera. El piso del dormitorio estaba cubierto de materia fecal.

Chase confesó todo, sin vueltas, sin arrepentimiento. Dijo que mató porque tenía hambre, porque su sangre estaba envenenada y necesitaba sangre fresca para sobrevivir porque un ácido le estaba corrollendo el hígado, porque las voces le dijeron que lo hiciera. También dijo que Frank Sinatra, la mafia y los alemanes estaban todos confabulados para matarlo.

En la cárcel, el legendario agente del FBI, Robert Wrestler, lo entrevistó varias veces. Wrestler era el hombre que literalmente acunó el término serial killer, asesino serial. Había entrevistado a decenas de asesinos, pero Chase lo descolocó. Chase le dijo a Wrestler que los y los ovnis lo perseguían, que necesitaba una pistola de radar para derribar los platillos voladores, que si le daban una podría capturarlos y llevarlos a juicio por intentar asesinarlo. Un día, Chase le entregó a Wrestler un puñado de macarrones con queso, de fideos con queso. Los había estado guardando en los bolsillos del pantalón durante días. Estaban tibios, húmedos, deshechos. Le explicó que los guardias de la prisión estaban aliados con los nerían envenenarlo con la comida institucional. Los macarrones del bolsillo eran lo único seguro.

En el juicio, la defensa argumentó que Chase era inimputable, que la esquizofrenia le había impedido distinguir entre el bien y el mal, que no era responsable de sus actos. El psiquiatra Ronald Markman declaró algo que quedó grabado en los anales judiciales. Dijo, "Desgraciadamente, nuestras instituciones solo actúan en casos de urgencia después de la catástrofe. La prevención no es nuestro punto fuerte, sobre todo cuando está en conflicto con los derechos civiles de las personas. Richard Chase fue siempre bien tratado por nuestras instituciones médicas y judiciales. Podemos decir lo mismo de las víctimas."

El jurado deliberó y el 8 de mayo de 1979 declararon a Chase culpable de seis cargos de asesinato en primer grado. Lo consideraron legalmente sano al momento de los crímenes. Distinguía el bien del mal. [música] Pena de muerte, cámara de gas. Chase fue enviado a la prisión de San Quintin. Sus compañeros de celda le tenían un miedo visceral. Sabían lo que había hecho. Sabían lo que era capaz de hacer. Constantemente intentaban convencerlo de que se matara.

El 26 de diciembre de 1980, un guardia encontró a Chase muerto en su celda. Tenía 30 años. La autopsia reveló una sobredosis masiva de Sinecan, un antidepresivo. Durante semanas había estado acumulando las pastillas que le recetaba el médico de la prisión. Las guardó, las escondió y un día se las tomó todas juntas.

A veces la línea entre la enfermedad mental y la responsabilidad penal es tan fina que se vuelve invisible. Chase estaba profundamente enfermo. Eso es innegable. El primer psiquiatra lo detectó a los 18 años. Después vinieron las internaciones, los diagnósticos y los tratamientos. Y sin embargo, entre cada alta médica, entre cada evaluación que decía que ya no era un peligro, entre cada puerta sin llave hubo algún momento en el que alguien pudo haber hecho algo. La madre que le sacó la medicación, la policía de Nevada que lo soltó desnudo y manchado de sangre de vaca sin llamar a un psiquiatra. El sistema mismo lo declaró estable tres veces. Chase mató seis personas. Dos eran niños. A veces lo espantoso, lo perturbador, el horror no está solo en lo que el asesino hace, está en todo lo que los demás dejaron de hacer.

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