Transcription
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
Hermanos, el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
[Música]
Ya. [Música]
El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: "El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga, apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: 'Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?'. Él les dijo: 'Un enemigo lo ha hecho'. Los criados le preguntaron: '¿Quieres que vayamos a arrancarla?'. Pero él les respondió: 'No, que al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: arranquen primero la cizaña y aten las gavillas para quemarla, y el trigo almacénenlo en mi granero'".
Les propuso esta otra parábola: "El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas, se hace un arbusto, más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas".
Les dijo otra parábola: "El reino de los cielos se parece a la levadura que una mujer mete en la masa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente".
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas, y sin parábolas no les exponía nada, así se cumplió el oráculo del profeta: "Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré los secretos desde la fundación del mundo".
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: "Acláranos la parábola de la cizaña en el campo". El descontento, el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores, los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados, y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
[Música]
Queridos hermanos, vamos a explicar esta parábola del trigo y la cizaña. El trigo, el bien; la cizaña, es el mal. El trigo, la verdad; la cizaña, la mentira. El trigo, la honestidad; la cizaña, la corrupción. El trigo, la pureza; la cizaña, la impureza. Si habría que explicarles a los niños esta parábola, quizás podríamos poner el ejemplo de las películas de los superhéroes: los héroes y los villanos. Por ejemplo, Batman, cambiando lo que hay que cambiar, Batman sería el trigo y la cizaña el Guasón, el Acertijo o el Pingüino.
Cuando preparaba esta homilía, pensaba que esta parábola del trigo y la cizaña hay que aplicarla a tres ámbitos, y cada ámbito trae una exigencia. ¿Cuáles son esos tres ámbitos donde hay que aplicar esta parábola del trigo y la cizaña? Nuestro corazón, la Iglesia y el mundo.
Comencemos por el primer ámbito: nuestro corazón. Ahí hay que comenzar a aplicar la parábola del trigo y la cizaña. En nuestro corazón hay trigo y cizaña. Cada uno tiene que ver dentro, y eso implica hacer un buen examen de conciencia. Queridos hermanos, todos los días hay que hacer examen de conciencia para detectar en nuestro corazón qué cizaña hay en nosotros. Y para hacer un buen examen de conciencia, hoy la segunda lectura nos da una clave. Leemos en Romanos 8:26 que nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, ni el Espíritu Santo nos ayuda para hacer un buen examen de conciencia. Hay que invocar al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo nos hace ver dentro, ver la cizaña que tenemos. Y luego, de hacer un buen examen de conciencia, nos vamos al sacramento de la confesión, que es el sacramento de la misericordia. Hoy en la primera lectura hemos escuchado unas palabras muy bonitas que están en el libro de la Sabiduría: Dios, ante el pecado, da lugar al arrepentimiento. Eso se concreta con una buena confesión. Queridos hermanos, detectemos la cizaña que hay en nuestro corazón. Por ahí se empieza, antes de estar viendo la cizaña que hay en la Iglesia y en el mundo. Comencemos por detectar la cizaña que hay en nuestro corazón. Y entonces viene la primera exigencia: la conversión.
Se cuenta de un sacerdote que cumplía 60 años. El sacerdote, imagínense ustedes, cuántos años tenía este sacerdote. Y este sacerdote, ya mayor, le gustaba hablar con los jóvenes, le gustaba dar consejos a los jóvenes y compartir sus experiencias con los jóvenes, y nunca perdía el sentido del humor. Los jóvenes le bromeaban y le decían: "Parece que usted es tan mayor que usted fue ordenado en la Última Cena, usted bendijo el Arca de Noé, cuando Dios dijo 'hágase la luz', usted ya debía tres meses". Y él nunca se molestaba. Y un día les dijo a los jóvenes: "Muchachos, les voy a dar un gran consejo. El día que me ordenaron sacerdote, yo prometí a Dios convertir el mundo. Cuando cumplí 25 años de sacerdote, también mi petición, prometí a Dios convertir mi parroquia. Cuando cumplí 50 años de sacerdote, mi petición, prometí a Dios que tenía que convertirme". Queridos hermanos, por ahí se empieza. Y eso los santos lo tenían muy claro. San Josemaría decía: "Si tú y yo nos portamos bien, ya hay dos sinvergüenzas menos en el mundo". Una vez un periodista le preguntó a la Madre Teresa de Calcuta: "Madre, la Iglesia está mal, ¿qué cambios tiene que haber en la Iglesia?". Y la Madre Teresa de Calcuta le dice: "Dos cambios: que cambie tú y que cambie yo". Por ahí se empieza, detectando la cizaña que hay en nuestro corazón.
El segundo ámbito viene a ser la Iglesia. Hermanos, la Iglesia es santa por Jesucristo, no por nosotros. Muchas veces nos encontramos con personas que han dejado de ser católicas y dicen: "Yo me salí de la Iglesia Católica porque no veía testimonios". Queridos hermanos, en la Iglesia hay trigo y cizaña. La Iglesia es santa por Jesucristo, no por nosotros. Y la Iglesia es indestructible por Jesucristo, no por nosotros. Y la Iglesia es santa porque tiene todos los medios para que seamos santos, para que seamos trigo, no cizaña. Pero en la Iglesia hay trigo y cizaña, hay que decirlo. Vamos a poner un ejemplo muy claro: en el siglo XVI, la Iglesia estaba pasando por una profunda crisis, había muchos escándalos, muchos sacerdotes no daban testimonio. Lutero se dio cuenta de todo eso y se fue. La Iglesia muy mal, eso no se hace. Pero hubo otros que respondieron a esa crisis con una vida santa. En el siglo XVI aparecen santos como San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Felipe Neri, entre otros. Por eso, aquí viene la segunda exigencia: la santidad. Cuando nosotros nos esforzamos por ser santos, hacemos el mayor bien que podemos hacerle a la Iglesia. En la Iglesia, repito, hay trigo y cizaña. Nosotros debemos ser trigo, esforzarnos por ser santos. Cuando la Iglesia está en crisis, sacan adelante a la Iglesia los santos, no las reuniones, no las comisiones, no el papeleo. La santidad es lo que saca adelante la Iglesia. Queridos hermanos, seamos trigo limpio en la Iglesia. Tenemos que ser coherentes. La Iglesia necesita sacerdotes coherentes, consagrados coherentes, laicos coherentes.
Ahí me gusta compartir esta anécdota que me ocurrió cuando trabajaba como ingeniero en el Cusco. Me enviaron al Cusco a hacer unas obras, y la empresa donde yo trabajaba me alquiló una casa para que ahí viviera. Y yo tenía que prepararme mi desayuno y tenía que ir a comprar lo que es... ayunaba. El padre sabe muy bien que yo no soy devoto de santa cuchara, como poco. Y iba a una bodega a comprar el café, el yogur. Y el dueño de la bodega era evangélico y tenía un cartel que decía: "Soy evangélico, no vendo cerveza". Yo no iba a comprar cerveza. Y un día fui a comprar a esa bodega y estaba cerrada. Y entonces me fui a una bodega que estaba cerca. Entré y yo, en broma, le digo al dueño de la bodega: "¿Tú también eres evangélico como tu colega de al lado?". Y me respondió: "No, jefe, yo soy bien católico, yo chupo que da miedo". ¿Qué tipo de católico eres? Hermanos, el buen católico es el que se esfuerza por ser santo. Si nosotros nos esforzamos por ser santos, somos trigo en la Iglesia, no cizaña. Por tanto, la segunda exigencia que viene al aplicar esta parábola es la santidad.
Y vamos con el tercer ámbito. ¿Se acuerda cuál es? El mundo. En el mundo hay trigo y cizaña. Así como en mi corazón hay trigo y cizaña y tengo que convertirme, así como en la Iglesia hay trigo y cizaña y tengo que esforzarme por ser santo, en el mundo hay trigo y cizaña. ¿Y cuál es la exigencia? La evangelización. Queridos hermanos, estamos pasando por una profunda crisis moral. El mundo se difunde la inmoralidad y, lo que es peor, se pasa hoy la inmoralidad como normal e incluso se habla del orgullo de una inmoralidad. Y todo eso, lamentablemente, se va difundiendo por todo el mundo y se van anestesiando conciencias. Hoy se difunde por todas partes la pornografía, se difunde la fornicación, se difunde la corrupción, se difunde la explotación. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Tenemos que ser trigo, no cizaña.
La Madre Teresa de Calcuta decía: "Si el mundo se pierde por culpa de los católicos porque no están evangelizando, hay que evangelizar". Hay que llevar el Evangelio al mundo de la cultura, al mundo de la política, al mundo de los medios de comunicación, al mundo de las bodas. Hay que llevar trigo, no cizaña.
Hay un detalle de la parábola que habíamos escuchado que es muy interpelante. Jesús, al contarnos esta parábola, dice que cuando la gente se dormía, vino el enemigo y sembró la cizaña. Queridos hermanos, si nosotros los católicos nos dormiremos, va a ganar la cizaña. En el lenguaje del fútbol se dice: "Gol que no haces, gol que te hacen". ¿Ya me entendió? No basta decir: "Yo no peco, no basta decir: 'Yo no hago el mal'". Jesús le diría: "¿Cuál es el bien que estás haciendo? ¿A quién estás evangelizando? ¿Dónde estás llevando el trigo?". Porque si tú no llevas trigo, la cizaña va ganando terreno del mundo, que es lo que está pasando ahora.
Hace algunos años atrás, un sacerdote me contaba que en España había una red de taxistas católicos que hacían una evangelización muy bonita. Cuando un pasajero comentaba que iba a ir a un lugar de pecado, el taxista inmediatamente paraba, lo evangelizaba y muchas veces hacía que no fuese ese lugar. Eso se llama extender el trigo. Queridos hermanos, sabemos que al final va a vencer el trigo, sabemos que va a haber juicio final, sabemos que al final vencerá el bien, la justicia, la paz, el amor. Pero el Señor cuenta con nosotros para transformar este mundo, para ser lo mejor.
Vamos a pedirle hoy a la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos ayude a aplicar esta parábola del trigo y la cizaña a esos tres ámbitos. Ahora, si bien el examen, ¿cuáles son esos tres ámbitos? En primer lugar, en nuestro corazón. Detecta en tu corazón qué cizaña hay y entonces viene la primera exigencia: la conversión. Segundo ámbito: la Iglesia. En la Iglesia hay trigo y cizaña. No te desanimes, la Iglesia es santa. Y si ves que en la Iglesia hay cizaña, esfuérzate por ser santo. Y el tercer ámbito: el mundo. En el mundo hay trigo y cizaña. Esfuérzate por evangelizar, por llevar la luz del Evangelio a todos los recovecos de la realidad. Hoy le pedimos a María Santísima que nos ayude a ser trigo limpio, a reflejar a Cristo en nuestra vida. Que así sea.