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T03 La Educación para todos a lo largo de la vida

Antonio Cebrian Martinez8:18

Transcription

Hola a todos y bienvenidos. Hoy vamos a meternos de lleno en un concepto que, os lo aseguro, es mucho más que un tema en vuestro temario. Es literalmente la piedra angular sobre la que se va a construir toda vuestra carrera como docentes. Hablamos del derecho a la educación para todos y a lo largo de la vida.

Entender cómo ha evolucionado esta idea es, en el fondo, entender cuál es vuestra misión como maestros en el mundo de hoy. Mirad, todo, absolutamente todo, empieza aquí con estas pocas líneas. Pertenecen al artículo 26 de la Declaración Universal de Derechos Humanos del año 1948. Este es nuestro punto de partida, ¿de acuerdo? Es la semilla de una idea que fue revolucionaria y que, como vamos a ver, no ha parado de crecer y de transformarse desde entonces.

Bien, para entenderlo bien, este va a ser nuestro recorrido. Primero vamos a viajar a su origen, a ver cómo nació este derecho. Después exploraremos sus diferentes caras. Veremos que no es tan simple como parece. Luego daremos un salto para ver cómo se expandió la idea de aprendizaje para toda la vida. Nos meteremos de lleno en el gran debate actual: para qué educamos realmente. Y, por supuesto, cerraremos conectando todo esto con lo más importante: vuestro papel en el aula.

Venga, pues empezamos por el principio. Situémonos. Año 1948. El mundo acaba de salir de una guerra devastadora y busca desesperadamente reconstruirse sobre unas bases nuevas, más humanas. Y en ese contexto, la ONU proclama este derecho como un pilar fundamental. Desde ese preciso instante, se convierte en el referente ético y político que nos guía hasta hoy.

Y ojo aquí, que esto es clave. El artículo original usaba dos términos que hoy nos pueden sonar raros. Hablaba de educación elemental, que era básicamente la escuela para los niños, y luego hablaba de educación fundamental, un concepto mucho más amplio pensado para incluir a los adultos que, por lo que fuera, no habían tenido esa oportunidad. Con el tiempo, estas dos ideas se han fusionado en lo que todos conocemos hoy como educación básica.

Pero claro, una cosa es lo que dice el papel, por muy solemne que sea, y otra muy diferente es llevarlo a la práctica. Y aquí es donde la cosa se complica. Ese derecho que parecía tan claro, en la realidad tiene muchas caras, muchos matices. Vamos a centrarnos en las dos principales: la cantidad y la calidad.

Por un lado, tenemos la dimensión cuantitativa. Esta es la fácil, por así decirlo. Se trata de contar. Contamos niños matriculados, contamos el porcentaje de adultos que saben leer y escribir. Son datos, números, algo tangible. Pero por otro lado está la dimensión cualitativa. Y aquí, amigos, está el verdadero meollo. ¿Cómo mides si una educación está fomentando la paz o si está ayudando a alguien a desarrollar plenamente su personalidad? Es mucho más abstracto, ¿verdad? Mucho más difícil de evaluar.

Y que no quepa duda, en lo cuantitativo, el avance que se consiguió fue absolutamente monumental. Fijaos en el gráfico. En solo 50 años, de 1950 al año 2000, la tasa de analfabetismo adulto en el mundo se redujo a menos de la mitad. Es una pasada. Para cuando cambiamos de siglo, cuatro de cada cinco adultos del planeta ya estaban alfabetizados.

Sin embargo, y siempre hay un sin embargo, no podemos caer en un optimismo ciego porque detrás de ese éxito global, a principios de los 2000, todavía teníamos esta cifra sobre la mesa: 104 millones. 104 millones de niños y niñas que aún no pisaban una escuela primaria. Esto nos recordaba que el reto puramente cuantitativo, sobre todo en zonas como África subsahariana o el sur de Asia, seguía siendo enorme.

Y esto nos lleva a la pregunta del millón, a la pregunta crucial. ¿De verdad con que los niños vayan a la escuela? ¿El éxito es simplemente matricularlos? Esta pregunta nos obliga a mirar más allá de las cifras, a dejar de contar cabezas y empezar a preguntarnos por la calidad, por la utilidad real de esa educación que estamos dando.

Y precisamente esa reflexión sobre la calidad es la que nos abre la puerta a la siguiente gran evolución de esta idea. La educación ya no se ve como algo que pasa en la infancia, en un edificio llamado colegio. No, se empieza a entender como un proceso que nos acompaña, o que debería acompañarnos, durante toda nuestra vida.

Fijaos en este pequeño viaje en el tiempo. En los años 60, si hablabas de educación permanente, casi todo el mundo pensaba en clases para adultos. Pero en 1972 llega el informe Faure de la UNESCO y lo cambia todo. Lo define como un proceso vitalicio. En los 80, la idea del derecho a aprender coge muchísima fuerza, hasta que en los 90, por fin, se consolida el término que usamos hoy en día: aprendizaje a lo largo de la vida.

Y para que esta idea no se quedara en algo vacío, en 1996, el informe Delors nos dio un marco que, os digo desde ya, es fundamental que dominéis. Propuso cuatro pilares. El primero, aprender a conocer: adquirir los instrumentos para comprender el mundo. El segundo, aprender a hacer: saber aplicar esos conocimientos. Pero los dos más potentes para mí son los que vienen ahora. A aprender a vivir juntos: educar para la paz, para entender al otro, para resolver conflictos. Y por último, aprender a ser: el desarrollo total de la persona, cuerpo y mente, inteligencia, sensibilidad, sentido ético, espiritualidad. Esto, compañeros, esto es el corazón de una visión verdaderamente humanista de la educación.

Y claro, todo esto nos lleva directamente al gran debate de hoy. Porque, vale, todos estamos de acuerdo en que hay que aprender toda la vida, genial. Pero, ¿para qué? ¿Cuál es el objetivo final de todo esto? Y aquí es donde chocan dos grandes maneras de entender el mundo, dos visiones que están en constante tensión.

Por un lado está lo que llamamos el enfoque productivista. Este es el que más oiréis por ahí, impulsado por organismos como la OCDE. Es simple. La educación es una herramienta para la economía. El objetivo es formar a trabajadores competentes que se adapten rápido, que sean empleables y que hagan a las empresas y al país más competitivos. Fin.

Y en la otra esquina del ring tenemos el enfoque integral. Este es el que conecta directamente con aquellos cuatro pilares que vimos y con el espíritu de 1948. Desde esta visión, el trabajo es importante, claro que sí, pero es solo una parte de la vida. El objetivo de la educación es mucho más grande: es el desarrollo completo de la persona, es formar ciudadanos críticos que participen en la sociedad, es la realización personal.

Y para que no penséis que esto es solo teoría, mirad este ejemplo real. El Libro Blanco de la Comisión Europea de 1995. Leed los objetivos. Acercar la escuela a la empresa. Equiparar la inversión en formación a la inversión en capital. Se habla de luchar contra la exclusión. Sí, pero el tufillo a economía, a empleabilidad, a competitividad es innegable, ¿verdad? Es un ejemplo clarísimo del enfoque productivista en acción.

Y después de todo este viaje, llegamos a lo fundamental, llegamos a vosotros. Porque como futuros maestros y maestras, vais a estar justo en medio de esta tensión todos los días. Y vuestro trabajo, por encima de todo, va a tener una dimensión ética brutal. Me gustaría que os quedarais con esta frase, que la rumiarais: Educar no es ejercer poder sobre alguien, no es dominar, es un acto de hospitalidad. Es acoger al que llega a vuestro alumno y abrirle un espacio para que pueda ser, para que pueda crecer. Es, en su esencia más pura, una relación ética.

Y por eso os dejo con esta pregunta. No es para que me la respondáis ahora, es para que os la llevéis puesta para el resto de vuestra carrera, porque este va a ser vuestro gran reto ético en vuestra clase con vuestros alumnos: ¿Cómo vais a hacer para equilibrar esa presión por prepararles para un trabajo con esa misión irrenunciable de ayudarles a ser personas completas, críticas y libres? Poca broma. Reflexionad sobre ello porque en la respuesta que déis cada día, os lo aseguro, se juzga el futuro de la educación. Yeah.