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Desde que aprendemos a contar los días, nos enseñan también a temerlos. Crecemos con la idea de que cada segundo que pasa nos acerca a una pérdida inevitable, como si la vida fuera un reloj que corre en nuestra contra.
Nos hacen ver el tiempo como un enemigo silencioso, un verdugo que nunca se detiene y poco a poco esa visión se convierte en un peso invisible que llevamos a todas partes. Cada cumpleaños nos recuerda que la arena del reloj sigue cayendo y que el cuerpo tarde o temprano se apagará como una vela consumida.
Es una narrativa poderosa porque no se cuestiona. Se repite en la familia, en la escuela, en la medicina y en la cultura. Nadie se atreve a preguntar si es real o si es una historia inventada. La gran mentira del envejecimiento se sostiene sobre esa narrativa. Nos dicen que somos prisioneros de un destino marcado en nuestra biología, que el cuerpo está diseñado para deteriorarse y que no hay forma de detener el proceso.
Así, desde jóvenes, comenzamos a observarnos con desconfianza, a detectar señales de que el supuesto enemigo ya está avanzando. Una arruga, un dolor, un cansancio. Lo aceptamos como si fuera la prueba de una condena inevitable y buscamos soluciones externas que nunca parecen suficientes. Nos venden productos para frenar la caída del cabello, pastillas para combatir la fatiga, rutinas para mantener la juventud unos años más, pero en el fondo todo refuerza la misma idea. Estamos luchando contra algo que no se puede vencer.
Sin embargo, detrás de esta visión se esconde un hecho mucho más profundo. No es el tiempo lo que nos consume, es la desconexión de aquello que nos mantiene vivos. El envejecimiento no es una ley biológica inscrita en piedra. Por eso no todos envejecemos igual. Es más bien estado de separación respecto a nuestra verdadera naturaleza.
El miedo al paso de los años surge porque olvidamos el modo en que la vida se renueva en cada instante. Se nos ha entrenado para mirar la edad como un descenso, cuando en realidad podría ser una expansión, un camino hacia una mayor soberanía sobre nuestro propio ser.
Cuando uno comienza a cuestionar esta mentira, descubre que el supuesto enemigo no es tal. El tiempo no está en nuestra contra, solo refleja cómo usamos la energía, cómo cuidamos nuestro flujo vital y cómo mantenemos la conexión con aquello que nos rodea. La idea de que nacemos con un reloj biológico que inevitablemente se descompone es una construcción que sirve a muchos intereses, pero no a la verdad de nuestra existencia.
Desde hace siglos distintas tradiciones hablaron de maneras de sostener la vitalidad más allá de lo que dicta el calendario. Hablaban de prácticas sencillas, de estados de conciencia, de una relación diferente con el cuerpo y con la energía de la vida. Y aunque ese conocimiento fue relegado al olvido, hoy vuelve a despertar, porque cada vez más personas sienten que lo que les contaron nunca encajó con lo que su corazón intuía.
El engaño del envejecimiento funciona como una prisión invisible. Nos mantiene pendientes de las arrugas, de las canas, de los dolores, mientras olvidamos mirar hacia lo que realmente importa, el centro desde donde surge la vida misma. Es una estrategia de distracción. Al mantener nuestra atención en la superficie, en los síntomas externos, nunca exploramos la fuente interna que renueva cada célula y que nos conecta con la vitalidad inagotable de la existencia. Esa fuente no desaparece con los años, solo queda cubierta bajo capas de creencias y hábitos que nos desconectan de ella.
Si la edad no fuera la sombra que nos persigue, sino la oportunidad de recuperar lo que siempre nos perteneció, ¿cómo viviríamos? ¿Qué decisiones tomaríamos? ¿Qué sentiríamos cada mañana al abrir los ojos? Estas son las preguntas que abren el camino hacia una visión completamente distinta.
Durante siglos hemos escuchado la misma explicación. El cuerpo es una máquina con piezas que se desgastan y tarde o temprano se rompen. Esa visión nos reduce a engranajes en movimiento condenados a fallar con el paso de los años. Bajo esa lógica, envejecer es inevitable y resistirse es inútil. Lo curioso es que muy pocos se preguntan si esa explicación realmente refleja lo que somos.
El mito del tiempo biológico nos hace creer que cada célula tiene marcada una fecha de caducidad, que la biología está programada para deteriorarse sin remedio. Esa idea se repite tanto que terminamos aceptándola como verdad absoluta. Pero lo que llamamos envejecimiento no es más que un conjunto de señales que reflejan cómo vivimos, cómo pensamos, cómo respiramos y cómo nos relacionamos con la energía de la vida. No es el calendario el que destruye el cuerpo, son los bloqueos en nuestro flujo vital, las tensiones no resueltas y la desconexión de aquello que nos nutre de forma profunda.
Si observamos la naturaleza, veremos que la vida no está diseñada para la decadencia, sino para la renovación. Un bosque renace después de un incendio. El agua de un río se purifica al seguir fluyendo. Una herida en la piel cicatriza por sí sola. Todo en la naturaleza apunta a un principio de restauración constante. ¿Por qué habríamos de ser distintos?
La respuesta está en la forma en que nos han enseñado a comprender el tiempo. Nos dijeron que es lineal, que corre en una sola dirección y que inevitablemente nos arrastra hacia el deterioro. Pero las culturas ancestrales lo entendieron de otra manera. Veían el tiempo como ciclos de renovación, como espirales en las que cada vuelta traía una oportunidad de expansión y no de pérdida.
El mito del tiempo biológico es útil para una sociedad que vive del miedo y del consumo. Si crees que tu cuerpo es frágil y que cada año te acerca más a la enfermedad, buscarás constantemente remedios externos. Pero lo que realmente necesitas no está en frascos, ni en rutinas interminables. Está en recordar cómo acceder a la fuerza regeneradora que siempre te ha acompañado. Esa fuerza no se apaga con la edad, solo se adormece cuando olvidamos cómo usarla.
Cada arruga, cada cansancio, cada dolor no es la sentencia de una maquinaria que se desgasta, sino el mensaje de un sistema que pide volver al equilibrio. Cuando escuchamos esos mensajes desde el miedo, pensamos que todo es pérdida. Cuando los escuchamos desde la conciencia, entendemos que son recordatorios para regresar a lo esencial. En ese cambio de perspectiva se abre la puerta a un nuevo modo de relacionarnos con la edad.
El tiempo biológico, como nos lo contaron, es un mito, porque no existe una ley que diga que cada cuerpo debe de caer de la misma forma. Lo que existe es la consecuencia de estilos de vida desconectados, de emociones reprimidas, de energías estancadas. Al reconocerlo, comprendemos que no estamos a merced de un reloj, sino que tenemos un papel activo en la manera en que envejecemos. Esa es la diferencia entre aceptar la condena o despertar a la soberanía biológica.
Y aquí es donde se hace visible la clave olvidada por siglos, un método que no solo hablaba de vivir más tiempo, sino de vivir con plenitud y poder. Eso será lo que te pediré que escribas hoy en los comentarios. Plenitud y poder. Esto es precisamente lo que recuperamos en nuestras vidas cuando logramos escapar de las garras del tiempo. Y ahora veremos cómo hacerlo.
A lo largo de la historia, hubo civilizaciones que vieron la vida desde un ángulo muy distinto al que tenemos hoy. Para ellas, envejecer no significaba deterioro, sino una oportunidad para acceder a estados más elevados de vitalidad y conciencia. Sabían que el cuerpo era un instrumento maleable y que la energía que lo recorría podía mantenerse fresca si se cuidaba de la manera adecuada. En esas culturas, el paso de los años no era una condena, era un proceso natural de expansión que se apoyaba en prácticas sencillas pero profundas.
Con el tiempo, gran parte de ese conocimiento quedó sepultado bajo la mirada moderna que interpreta todo desde la lógica de la máquina. Lo que antes era visto como un arte de conexión pasó a considerarse superstición o misticismo sin valor. Sin embargo, bajo esas enseñanzas antiguas se encuentra un método que hoy resulta más necesario que nunca. La manera ancestral de detener el envejecimiento.
Este método no habla de fórmulas mágicas ni de pócimas secretas. No se basa en milagros, sino en recordar lo que siempre ha estado disponible. El conocimiento ancestral veía al ser humano como un puente entre lo visible y lo invisible. El cuerpo era comprendido como un territorio gobernado desde un centro profundo, irrigado por corrientes de energía y abierto a la influencia de fuerzas más grandes que lo rodean. Mantener ese sistema en equilibrio significaba mantenerse joven y fuerte. Olvidarlo, en cambio, abría la puerta al desgaste y a la enfermedad.
Lo más interesante es que esas culturas no construyeron teorías complejas. Su método era práctico y directo. Se organizaba en tres pilares que juntos conformaban la base de la vitalidad. Cada uno de ellos representaba un aspecto esencial del ser y permitía sostener el equilibrio frente al paso del tiempo. La combinación de estos tres elementos devolvía a la persona la soberanía sobre su propio cuerpo y sobre la forma en que experimentaba la edad.
El primero de estos pilares era considerado el fundamento de todo lo demás. Allí se encontraba la clave para gobernar la vida desde un punto de poder interno. Era la entrada al trono del que nunca debimos habernos apartado. El primer pilar se trata de el centro interior.
Imagina el universo entero como una danza de movimientos constantes. Todo gira, todo fluye, todo cambia. Y sin embargo, en medio de ese movimiento, siempre hay un punto inmóvil, un núcleo que permanece intacto en la Tierra. Lo vemos en el corazón de los huracanes, donde la calma absoluta contrasta con la furia de los vientos. En nuestro planeta lo intuimos en el núcleo profundo que sostiene su equilibrio. Esa misma lógica se encuentra también en cada ser humano, un centro silencioso desde el cual todo lo demás cobra sentido.
Este centro interior no es una metáfora, es una realidad palpable para quien aprende a experimentarla. Se trata de un espacio de quietud al que se accede al dirigir la atención hacia dentro y liberarse, aunque sea por un momento, del ruido que constantemente nos rodea. Cuando entramos en contacto con ese punto inmóvil, dejamos de ser pasajeros de las circunstancias y comenzamos a gobernarlas desde la raíz.
El sistema en el que vivimos sabe muy bien que ese centro existe y por eso procura mantenernos lejos de él. La estrategia no ha sido la fuerza, sino la distracción constante, noticias interminables, pantallas que no descansan, notificaciones que reclaman atención, preocupaciones que ocupan cada espacio de silencio. Todo esto crea un muro invisible que nos impide detenernos y mirar hacia dentro. Mientras permanecemos atrapados en la periferia, reaccionando sin descanso, nunca alcanzamos el núcleo donde está la verdadera soberanía.
Los antiguos sabían que el silencio era la puerta de entrada a ese lugar. No buscaban callar la mente solo por relajación, sino porque comprendían que en ese estado la conciencia se volvía arquitecta de la biología. Desde el centro, cada intención deja de ser un deseo difuso y se transforma en un decreto que el cuerpo escucha y sigue. Allí la vida obedece a la claridad del observador, no a la confusión del pensamiento disperso.
Ese centro espiritual tiene también un reflejo físico en nuestro interior. Las tradiciones lo señalaron en la glándula pineal ubicada en el centro geométrico del cerebro. Para ellos era el asiento del alma, el trono desde el cual se gobierna el reino interior. Hoy sabemos que esta pequeña estructura es sensible a la luz, produce sustancias que regulan nuestros ciclos y funciona como una antena capaz de percibir más de lo que imaginamos. Cuando está activa se convierte en un puente entre la conciencia y el cuerpo, permitiendo que ambos trabajen en armonía.
Sin embargo, esta glándula ha sido uno de los objetivos principales de aquello que nos desconecta. El exceso de estímulos, la luz artificial constante, las sustancias químicas en el ambiente. Todo esto contribuye a adormecerla. Se endurece, pierde sensibilidad, se convierte en un trono cubierto de polvo que pocos llegan a ocupar. Despertarla no es un proceso externo. Comienza con la simple decisión de dirigir la conciencia hacia el silencio profundo.
Para experimentar este centro interior no se necesitan rituales complejos. Basta con encontrar un espacio sin interrupciones, sentarse con la espalda recta y cerrar los ojos. Al principio aparecen pensamientos insistentes, listas de tareas, recuerdos, preocupaciones. Son los guardianes de la puerta que intentan mantenernos fuera. La clave está en no luchar con ellos, en observarlos como nubes pasajeras que cruzan un cielo inmenso. Poco a poco esa resistencia se disuelve y lo que queda es un silencio vibrante, lleno de presencia.
Ese momento de quietud no es un simple descanso, es el aire de nuestro verdadero hogar. Permanecer allí unos minutos despierta circuitos dormidos, transmite al cuerpo la orden de la coherencia y la vitalidad. La experiencia deja una huella clara, una sensación de solidez, de estar anclado en uno mismo, de que ninguna tormenta externa puede alterar ese núcleo. Es la primera incursión al trono interior y marca el inicio de la soberanía.
Cuando la persona encuentra este centro, descubre que no necesita esperar al futuro ni temer al pasado. El tiempo deja de ser un enemigo porque desde ese punto inmóvil la vida se percibe como un presente eterno. Esa visión transforma la manera en que entendemos la edad. Ya no se trata de un descenso inevitable, sino de un estado de conciencia desde el cual decidimos cómo vivir.
El centro interior es la base porque sin él todo lo demás pierde fuerza. Un río de energía sin dirección se dispersa. Una conexión con fuerzas externas, sin anclaje se vuelve inestable. Pero cuando el trono está ocupado, cuando el observador se reconoce como soberano, entonces la biología misma responde. Cada célula escucha, cada proceso interno encuentra orden. El viaje hacia este centro no es lineal. A veces cuesta atravesar el ruido y la distracción, pero cada intento deja un rastro y cada pequeño silencio abre un poco más la puerta. Con práctica, la conexión se vuelve natural, como regresar a una casa que siempre estuvo allí esperando.
Cuando uno ha probado esa quietud, entiende por qué tantas tradiciones la consideraron sagrada. Allí está la llave que convierte a la conciencia en el verdadero arquitecto de la vida. Desde ese núcleo no se lucha contra el envejecimiento, se trasciende porque en el silencio del trono interior el tiempo pierde su poder y la vida recobra el suyo.
Y sin embargo, encontrar el centro es solo el inicio. El trono puede estar ocupado, pero un reino sin ríos fértiles se marchita. El siguiente paso es aprender a gobernar el flujo vital que recorre cada parte del cuerpo, pues sin ese caudal de energía la soberanía se queda en teoría. El flujo vital es nuestro segundo pilar. El centro da autoridad, pero sin corriente de vida no hay prosperidad.
El cuerpo, lejos de ser una estructura rígida, es un sistema dinámico atravesado por una energía que lo anima todo momento. Esa energía ha sido reconocida en distintas culturas con diferentes nombres: prana, chi, fuerza vital. Más allá del término, lo importante es comprender que la juventud y la vitalidad no dependen del número de años, sino de la manera en que esa corriente fluye dentro de nosotros.
Cuando el flujo vital circula con libertad, el cuerpo se siente ligero, la mente clara y el corazón vibrante. Cada célula recibe lo que necesita y la regeneración se produce de forma natural. No hay estancamiento, no hay sensación de desgaste, solo continuidad de la vida expresándose. En cambio, cuando la corriente se bloquea, el cuerpo comienza a mostrar signos de rigidez, cansancio y enfermedad. Lo que interpretamos como vejez es, en muchos casos, el mapa de ríos obstruidos que necesitan ser liberados.
El sistema en el que hemos crecido ha favorecido el estancamiento. Desde niños nos enseñan a reprimir las emociones, a sentarnos durante horas, a contener la respiración sin darnos cuenta. Cada trauma no resuelto y cada miedo guardado se convierte en una presa que corta la corriente. Con el tiempo esas presas se acumulan y transforman el río en charcos de agua detenida. Allí aparece la rigidez en las articulaciones, la piel sin brillo, la fatiga persistente, la mente nublada. No es la edad la que causa estos síntomas, es el bloqueo de la energía vital.
La buena noticia es que esas presas no son permanentes. El río puede recuperar su fuerza si aprendemos a liberarlo con herramientas simples pero poderosas. La primera de ellas es la respiración consciente. No hablamos de la respiración automática que nos mantiene vivos, sino de un acto deliberado que convierte al aire en dinamita para los bloqueos internos. Cuando se inhala profundamente, llevando el aire hasta la base del abdomen, se acumula una presión de energía que se dirige hacia los lugares donde existe tensión. Al retener unos instantes la respiración, esa presión se concentra detrás del bloqueo como un agua que golpea contra un dique. Al exhalar de forma lenta y completa, la presa se agrieta y la energía atrapada comienza a liberarse. Repetido varias veces, este proceso transforma la respiración en un acto de demolición consciente.
La segunda herramienta es el movimiento ritualizado. El cuerpo no necesita entrenamientos agotadores para desbloquearse, sino movimientos fluidos y atentos que recuerden a un río despejando su cauce. Al mover la columna con suavidad hacia adelante y hacia atrás, al girar el torso de un lado al otro, al hacer círculos lentos con las articulaciones, se permite que la energía vuelva a serpentear por donde estaba estancada. Estos gestos son simples, pero despiertan la memoria del cuerpo que reconoce su naturaleza de flujo en lugar de rigidez.
La práctica constante de la respiración y el movimiento consciente devuelve al reino interior la fertilidad perdida. Lo que antes era un terreno seco empieza a florecer. La mente se aclara, la piel se ilumina, los músculos recuperan flexibilidad. No es un milagro ni un truco, es la consecuencia natural de haber devuelto al río su caudal. Cada emoción procesada, cada tensión liberada es un pedazo de dique que desaparece y permite que el agua corra con fuerza.
El segundo pilar es esencial porque muestra que el envejecimiento no es un castigo inscrito en nuestros genes, sino un reflejo del estancamiento. Cuando el flujo vital regresa, la vida vuelve a expresarse con plenitud y un ser con su río interno vivo es creativo, impredecible y poderoso. Cualidades que no encajan en un sistema que necesita obediencia y docilidad. Por eso, durante tanto tiempo, se nos ha enseñado a contener, a reprimir, a desconectarnos de nuestra propia corriente.
Ahora, con el río restaurado, el soberano tiene un reino fértil, pero aún falta algo, porque aunque el centro esté ocupado y los ríos fluyan, ningún reino puede prosperar si vive aislado. La verdadera soberanía se completa al reconectar con las fuerzas que rodean al ser humano, la tierra bajo los pies y el cielo sobre la cabeza. Nuestro tercer pilar es la conexión cósmica y terrenal.
El ser humano no está diseñado para vivir como un sistema cerrado. Nuestro cuerpo es una antena biológica capaz de recibir y transmitir energía. Y cuando está conectado a sus fuentes naturales, funciona con armonía. Durante miles de años, nuestros ancestros vivieron en contacto directo con la tierra y el cielo, comprendiendo que de allí provenía gran parte de su vitalidad. Caminar descalzos, recibir la luz del sol, respirar el aire puro eran gestos cotidianos que mantenían esa conexión activa.
Con el paso del tiempo y especialmente en la vida moderna, se ha levantado una muralla de aislamiento. El calzado con suelas de goma corta la conexión eléctrica con el suelo. Los edificios de concreto nos rodean de barreras que bloquean frecuencias naturales. La cultura del miedo al sol nos priva de la fuente de energía externa más poderosa a nuestro alcance. Hemos pasado a ser antenas desconectadas intentando funcionar solo con una batería interna que inevitablemente se agota. Esa desconexión genera cansancio, ansiedad y vacío. Síntomas que confundimos con parte del envejecimiento, pero que en realidad son señales de aislamiento.
El tercer pilar de este método ancestral consiste en derribar esas barreras y volver a enchufarnos a la red universal de energía. No se trata de un concepto abstracto, sino de una práctica sencilla y concreta. La Tierra no es una roca inerte, es un organismo vivo con un pulso eléctrico constante. Ese pulso, conocido como resonancia Schuman, es el latido del planeta. Cuando entramos en contacto directo con la Tierra, nuestro sistema nervioso se sincroniza con ese ritmo y encuentra estabilidad.
El acto de reconectar con la tierra, conocido como grounding, es tan simple como quitarse los zapatos y caminar sobre césped, arena o tierra desnuda. Basta consentir la planta de los pies tocando el suelo para completar un circuito que libera la tensión acumulada y absorbe energía limpia y sanadora. A través de esta práctica se libera la carga artificial que el cuerpo acumula por el exceso de estímulos y se recibe la frecuencia natural que devuelve equilibrio.
Del mismo modo, la conexión con el cosmos se establece principalmente a través del sol. Nuestros cuerpos son seres de luz en un sentido literal. Las células se comunican mediante biofotones y la luz solar es un alimento que nutre y activa nuestro ADN. Cuando nos exponemos con respeto al sol, especialmente en los momentos suaves del amanecer o el atardecer, no solo recibimos calor, recibimos información lumínica que fortalece nuestro sistema. Abrir el pecho y el rostro hacia la luz, inhalar como si esa claridad se derramara en el interior es una forma de cargar la batería con la fuente más esencial de energía.
Reconectar con la tierra y el cielo no es un lujo ni un pasatiempo, es parte fundamental de la soberanía sobre el propio ser. Al completar estos circuitos, la persona deja de ser una isla y vuelve a ser el puente que siempre estuvo destinado a ser. El tercer pilar nos recuerda que no estamos solos ni aislados. Nuestra biología está diseñada para resonar con los ritmos de la tierra y con la luz del cielo. Ignorar esto nos debilita, aceptarlo y practicarlo nos devuelve fuerza.
En este punto, la edad pierde todavía más su poder porque dejamos de depender únicamente de nuestros recursos internos y volvemos a conectarnos con fuentes infinitas de energía. Cuando el centro está firme, cuando los ríos fluyen y cuando la conexión con las grandes fuerzas se restablece, surge un estado de plenitud que redefine lo que significa envejecer. No se trata de desafiar al tiempo, sino de vivir desde un lugar donde el tiempo deja de ser carcelero y se convierte en un aliado. Ese estado es la verdadera soberanía recuperada.
Cuando los tres pilares se integran, la experiencia del ser humano cambia por completo. Estos elementos son engranajes de una misma maquinaria espiritual que al funcionar en conjunto devuelven a la persona un estado que parecía perdido. En este estado la percepción del tiempo se transforma. Lo que antes era un enemigo constante deja de tener el poder de asustar. Los días y los años ya no se sienten como un conteo hacia la decadencia, sino como oportunidades de experimentar la vida con mayor conciencia y fuerza.
La biología deja de ser vista como un mecanismo condenado a fallar y pasa a entenderse como un jardín que florece mientras se le brinde agua, luz y cuidado. Recuperar la soberanía significa recuperar el mando sobre la propia existencia. Las decisiones dejan de basarse en el miedo al futuro o en el apego al pasado. Cada acción nace desde la claridad del presente, desde ese núcleo inmóvil que permanece intacto, incluso en medio de las tormentas externas. El cuerpo responde a esa claridad reorganizándose, las emociones se transforman y la mente encuentra descanso.
Lo que parecía un destino inevitable se revela como una ilusión. La vejez, entendida como deterioro, pierde su poder porque ya no se sostiene en la conciencia de quien ha ocupado su trono. Lo que aparece en su lugar es un estado de vitalidad continua, un modo de habitar el mundo en el que la edad cronológica se vuelve irrelevante. No se trata de negar el paso del tiempo, sino de comprender que ese paso no implica decadencia. En la soberanía recuperada, el tiempo se convierte en un aliado que acompaña el crecimiento y no en un verdugo que dicta la caída.
Este cambio no requiere milagros ni fórmulas ocultas. Requiere recordar lo que siempre estuvo disponible, el centro, el flujo y la conexión. Son caminos que se habían olvidado porque un sistema basado en el miedo necesitaba que permanecieran ocultos. Hoy resurgen porque la conciencia colectiva comienza a reconocer que la historia oficial del envejecimiento nunca fue convincente. Al regresar a estos principios, la vida se percibe como una obra que está siempre en construcción y nunca en declive.
Ahora, lo que resta no es seguir acumulando información, sino sellar un pacto con la vida misma. Ese pacto comienza con una afirmación silenciosa, pero poderosa. No soy víctima del tiempo. Soy arquitecto de mi experiencia. Al pronunciar estas palabras, aunque sea en el interior, algo se acomoda en la conciencia. Ya no se mira el espejo buscando señales de caída, se lo mira como quien contempla una obra que puede seguir esculpiéndose. Cada arruga deja de ser una derrota y se convierte en un testimonio de presencia. Cada día nuevo deja de ser un paso hacia el final y se transforma en un espacio para crear.
El nuevo pacto con la vida no se firma con tinta, se firma con actos cotidianos, con el gesto de detenerse unos minutos en silencio para ocupar el centro, con la decisión de respirar de manera consciente y dejar que el río interno recupere su caudal, con el hábito de caminar descalzo sobre la tierra o de abrirse al sol con respeto. Son gestos sencillos que repetidos sostienen un estado de eterna juventud que ningún calendario puede robar.
Si llegaste hasta aquí, recibe como siempre un fuerte abrazo en nombre de todo el equipo. Por hoy me despido sin más, deseándote todo lo bueno del mundo. Nos vemos pronto. Mantente despierto.