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En la actualidad sabemos que los continentes están en constante movimiento. En verdad, más que los continentes, son las placas tectónicas las que se mueven, es decir, fragmentos de la capa superior más fría y rígida de la Tierra.
A principios del siglo XX, el alemán Alfred Wegner empezó a hacerse preguntas y a encontrar respuestas sobre la ubicación de los continentes. Lo primero que llamó su atención fue cómo la forma de los continentes parecían piezas de un rompecabezas desarmado, en particular África y Sudamérica. Esto había sido observado ya en 1570. Cuando Abraham Mortelius creó el primer atlas del mundo moderno, descubrió que los continentes a ambos lados tenían semejanzas como si fueran piezas de rompecabezas.
En 1911, Wagner descubrió que los fósiles del antiguo reptil Mesosaurus habían aparecido en el sur de África y en Sudamérica, pero no en otras partes del mundo. Como era muy tirado de los pelos pensar que el animalito hubiera cruzado el océano Atlántico a nado, le pareció más lógico que esos dos continentes habían estado unidos mucho tiempo atrás. No solo eso, además descubrió los mismos estratos rocosos tanto en Sudáfrica como en la costa sur de Brasil. Otra pieza del rompecabezas. Esto no podía ser una casualidad.
En 1912 propuso una teoría, la que llamó deriva continental. Pero la comunidad científica de la época se burló de él. Él decía que los continentes actuales habían estado unidos hace millones de años y que lentamente habían ido deslizándose. Los otros científicos preferían imaginar la existencia de un larguísimo puente que uniera África con América y que ahora estaba oculto bajo el nivel del mar. Esa idea les parecía más sensata que las evidencias que había encontrado Becker.
Pero el bueno de Alfred no se quedó quieto y siguió investigando y encontró que en el archipiélago Malvart, ubicado en el océano glacial Ártico, había fósiles de cícas y helechos, es decir, unas bonitas plantas tropicales en pleno casco polar. La presencia de estos fósiles en esa zona le sugería a Bagner que el archipiélago tuvo en un pasado lejano un clima tropical. También descubrió que los montes apalaches de la costa este de Estados Unidos estaban relacionados geológicamente con las formaciones caledónicas de Escocia. La cosa iba tomando forma.
Todo esto lo llevó a plantear la existencia hace millones de años de un supercontinente, un inmenso espacio de tierra en el que, es decir, toda la tierra. Pero el gran problema que tenía su teoría era que carecía de un mecanismo geológico que explicara por qué los continentes se movían. Alfred desconocía la existencia de las placas tectónicas. Lamentablemente, Beckner murió antes de que su teoría pudiera comprobarse científicamente.
En la década de 1950, la geóloga Mary Thurp jugó un papel determinante en esta historia. Basándose en las mediciones del fondo del océano Atlántico realizadas con un sonar, creó el primer mapa del lecho oceánico. En este mapa se podía apreciar la cordillera más larga del mundo, pero además, en medio, un gran surco central, una fosa, una especie de corte en la tierra. Marine Harp estaba maravillada con su descubrimiento, pero fue maltratada por sus compañeros y colegas, que decían que su teoría sonaba demasiado parecida a la locura de la deriva continental que había planteado ella. Como el pobre Alfred, tampoco se dio por vencida.
Años después, Mary junto con su escéptico colega Bruce Hessen descubrieron que el mapa de epicentros de terremotos en el océano coincidía perfectamente con la fosa. Ese surco era la división entre dos placas tectónicas. Maryp siempre había tenido razón y también Beckner. Hoy, Alfred Beckner y Mary Thorp, estén donde estén, se animan a hacerles catalán a sus detractores. Ah.