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Evangelio día Martes 03/02/26 - Padre Luis Gaspar - Marcos 5, 21-43 La hemorroísa y la hija de Jairo

Cooperadores de la Verdad (Católico)17:34

Transcription

Señor esté con ustedes. Con tu espíritu.

Lectura del Santo Evangelio

según San Marcos. Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo

en barca a la otra orilla

y se le reunió mucha gente a su

alrededor

y se quedó junto al mar.

Se acercó un jefe de la sinagoga que se

llamaba Jairo y al verlo se echó a sus

pies rogándole con insistencia,

"Mi niña está en las últimas.

Ven, impon las manos sobre ella para que

se cure y viva."

Se fue con él y lo seguía mucha gente

que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de

sangre desde hacia 12 años.

Había sufrido mucho a manos de los

médicos

y se había gastado en todo su fortuna,

pero en vez de mejorar se había puesto

peor.

Oyó hablar de Jesús y acercándose por

detrás entre la gente, le tocó el manto

pensando,

"Con solo tocarle el manto, me curaré.

Inmediatamente se secó la fuente de sus

hemorragias

y notó que su cuerpo estaba curado.

Jesús, notando que se había salido

fuerza de él, se volvió enseguida en

medio de la gente y preguntaba,

"¿Quién me ha tocado el manto?"

Los discípulos le contestaron,

"¿Ves cómo te apretujaba la gente?" Y

preguntas, "¿Quién me ha tocado?

Él seguía mirando alrededor para ver a

la que había hecho esto.

La mujer se acercó asustada y temblorosa

al comprender lo que había ocurrido.

Se le echó a los pies y le confesó toda

la verdad. Él le dice, "Hija, tu fe te

ha salvado. Vete en paz y queda curada

de tu enfermedad."

Todavía estaba hablando cuando llegaron

de casa del jefe de la sinagoga para

decirle, "Tu hija se ha muerto,

¿para qué molestar más al maestro?"

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le

dijo al jefe de la sinagoga, "No temas,

basta que tengas fe."

No permitió que lo acompañara nadie más

que Pedro, Santiago y Juan, el hermano

de Santiago.

Llegan a casa del jefe de la sinagoga y

encuentran el alboroto de los que

lloraban y se lamentaban a gritos.

Y después de entrar les dijo,

"Qué estrépito y qué lloro son estos.

La niña no está muerta, está dormida."

Se reían de él, pero él los echó fuera

todos y con el padre y la madre de la

niña y sus acompañantes

entró donde estaba la niña, la cogió de

la mano y le dijo,

"Talita cumi,

que significa contigo hablo, niña,

levántate."

La niña se levantó inmediatamente y echó

a andar.

tenía 12 años

y quedaron fuera de sí llenos de

estupor.

Les insistió

en que nadie se enterase

y les dijo, "Queran de comer a la niña."

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

Hemos oído la palabra de Dios en el

evangelio especialmente de hoy, en el

cual pues

contemplamos

dos milagros

muy significativos

que implican, queridos hermanos,

fe y esperanza en el Señor.

Primer milagro, una niña moribunda que

se muere,

hija

de Jairo, dice el evangelio, jefe de la

sinagoga.

Y el otro milagro ante una mujer

con una enfermedad incurable que llevaba

más de 12 años.

Pero el encuentro con el Señor

obra el milagro en ambos casos.

Meditemos, pues,

no temas, basta que creas.

Todos nosotros llegamos hoy a esta

Eucaristía, esta santa misa

con alguna preocupación en nuestro

corazón.

Hay dolores tal vez que se notan

en sus rostros, en sus ojos

y otros que se llevan en silencio.

Como dice el dicho,

la procesión va por dentro.

enfermedades del cuerpo,

heridas del alma,

miedos por la familia, por el futuro,

preocupación por nuestra iglesia.

El evangelio de hoy, queridos hermanos,

nos dice que Jesús pasa en medio de

nuestras realidades concretas.

Él está con nosotros y así como 2000

años atrás

pasa también a nuestro lado

para que nos cure, para que nos sane,

perdone nuestros pecados.

El evangelio de San Marcos nos presenta

pues dos personas muy distintas.

Jairo, que es el jefe de la sinagoga,

es un hombre muy respetado

y una mujer

anónima,

enferma desde hace 12 años, dice San

Marcos.

Uno tiene nombre, la otra no.

Pero ante Jesús lo que cuenta no es

nuestra posición económica, nuestro

estatus social.

Lo que cuenta, queridos hermanos, ante

nuestro Señor es nuestra fe.

La mujer se acerca por detrás

porque confía en el Señor

y ella se dice, "Si logro tocar aunque

sea su manto, quedaré sana."

Eso es fe, queridos hermanos.

Ella no hace ruido.

Ella no tiene prestigio,

no exige nada.

Solo toca Jesús con su fe.

Solo toca el manto del Señor.

Y Jesús se detiene

y pregúntalo

porque ha salido algo de él.

Pero no es que él no sepa quién le ha

tocado, él sabe porque es Dios.

Su pregunta es, ¿quién me ha tocado? Es

para mostrarnos también su fe ante los

demás.

¿Quién me ha tocado?

No porque ignore lo sucedido, sino

porque quiere que esa fe que está

escondida se convierta en un encuentro

personal.

Y entonces le dice, después que esta

mujer le ha dicho, "Yo soy Señor.

Yo te he tocado."

Y le dice Jesús, "Hija,

tu fe te ha salvado. Vete en paz."

lo que era algo reservado, privado

entre esta mujer y Jesús,

Jesús lo hace público.

¿Por qué?

Porque la fe también es en comunidad,

queridos hermanos.

Por eso cuando tu sacerdote o tú cuando

a tu sacerdote o tú cuando a un

familiar, a un amigo le dices, "Rezo por

ti o reza por mí", estamos como esta

mujer

con el encuentro con el Señor. Unos a

otros alimentamos también nuestra fe.

Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz.

Y mientras tanto, porque esto sucede

mientras van a la casa del jefe de la

sinagoga, Jairo,

a curar a su niña que está gravísima.

Y mientras tanto, ¿qué sucede?

La peor noticia, ¿no? Tu hija ha muerto.

¿Para qué molestar más al maestro?

Es la voz del desaliento,

la misma que a veces escuchamos

nosotros.

Ya no hay solución,

¿no?

Ya es tarde.

No sirve seguir rezando

el desánimo.

No perseveramos en la oración, en la fe,

tiramos la toalla.

En cuanto no vemos inmediatamente los

frutos,

queremos a veces ser como Dios, queremos

imponerle nuestra voluntad a Dios.

¿Para qué molestar al maestro?

Pero Jesús, queridos hermanos, responde

con una palabra que hoy es para cada uno

de nosotros también.

No temas, basta que creas.

No tengas miedo,

basta que tengas fe.

Para el Señor no hay nada imposible.

Para ti y para mí, tal vez en nuestra

lógica humana vemos como algo imposible.

Incluso nos entra el desánimo de decir,

"Llevo meses, años pidiendo por este

favor y nada."

Pero para el Señor, queridos hermanos,

no hay nada imposible.

Jesús entra en la casa

de Jairo,

toma a la niña de la mano y le dice,

"Talita cumi,

a ti, niña, te digo, levántate.

Talita cumi,

para Jesús, la muerte, pues no tiene la

última palabra.

Él es el Señor de la vida."

Los que acompañaban a Jairo se habrían

quedado a mitad del camino diciendo,

"Ya, para qué va que vaya ya él solo."

Pero él llega,

tal,

a ti digo, "Niña, levántate."

También hoy el Señor a nosotros nos

dice, "¿Por qué tiras la toalla?

¿Por qué te estás ahogando en esa

procesión interior que tú llevas?

Pídeme,

ten más fe.

Hermanos, este evangelio no es solo un

recuerdo del pasado.

De hecho, pasó hace más de 2,000 años

este milagro, estos milagros.

Pero hoy también podemos tocar a Jesús,

porque Cristo es ayer, hoy y siempre.

Él es el Alfa y el omega, el principio y

el fin. Es Dios.

Y cómo le tocamos

hoy pues le tocamos dentro de poquito en

la Eucaristía cuando lo recibamos.

Cuerpo de Cristo. Amén.

Lo tenemos tan cerca de nosotros cuando

comulgamos que hasta le podemos tocar.

Él se deja tocar y recibir,

pero también le podemos tocar en la

confesión

donde nos toma de la mano y nos levanta

del pecado.

El pecado es una ruptura con Dios,

es una versión a Dios y en cada

confesión lo tocamos y él nos levanta y

nos dice, "Talita cumi, con tu nombre y

apellido, levántate.

has vuelto a la vida. Te tenía perdido,

pero has vuelto a la vida.

Lo tocamos también en la oración

perseverante, ¿no? En esos rezos, con

nuestras palabras sencillas,

a veces incluso sin sentido. En nuestra

oración personal, en ese diálogo, en esa

conversación que tenemos con el Señor,

como cuando un niño, una niña habla con

papá, con mamá, ahí también lo tocamos

cuando estamos en la capilla de

adoración eucarística.

cuando no nos rendimos, aunque todo

parezca perdido.

Hoy el Señor pasa delante de cada uno de

nosotros y nos dice, "Qué miedo necesito

curarte. Entrégame tus miedos."

Jairo tenía miedo. Su hijita se estaba

muriendo. Jairo, jefe de la sinagoga,

no se llevaba bien con Jesús.

Como vemos en la palabra de Dios, los de

la sinagoga estaban en pelea con Jesús

porque era un peligro para ellos. Pero

mira, Jairo hace todo lo posible,

incluso entre comillas, su enemigo Jesús

lo busca por su hija.

También tú, ¿no? Como papá, como mamá,

como familia. Hacemos lo posible y lo

imposible por nuestros hijos.

Hoy el Señor también te dice a ti, "Ese

miedo entrégamelo.

¿Qué herida del alma necesito ser tocada

para curarte? ¿Qué herida arrastras?"

No,

a veces años, décadas heridas

con un familiar, en el trabajo, con un

vecino. Y el Señor hoy te dice,

"Entrégamelo." ¿Por qué cargas? Yo lo

voy a curar.

Pidámosle una fe sencilla y valiente

como la de la mujer y una fe

perseverante como la de Jairo.

Que hoy, hermanos, nuestro Señor Jesús

que nos repite en lo profundo de nuestro

corazón, no temas, basta que creas,

no tengas miedo, basta que tengas fe y

yo haré el resto.

tengamos fe y que en esta Eucaristía

el Señor aumente nuestra fe. En el

nombre del Padre y del Hijo y del

Espíritu Santo. Amén.

Queridos hermanos, le ofrecemos

una rosita a nuestra madre Santa María

de Nazaret,

pidiendo especialmente que el Señor le

dé luces.

al padre

Carlos Rosel, párroco de nuestra

parroquia,

que estos días está predicando un retiro

a unos sacerdotes

y que los frutos de este retiro pueda

hacer mucho bien

en las almas, en el ejercicio del

ministerio sacerdotal

de nuestros hermanos sacerdotes.

Dios te salve, María, llena eres de

gracia, el Señor es contigo. Bendita tú

eres entre todas las mujeres y bendito

es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa

María, madre de Dios, ruega por nosotros

pecadores, ahora y en la hora de nuestra

muerte. Amén.

El Señor esté con ustedes. Y con su

espíritu. y la bendición de Dios

todopoderoso,

Padre,

Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre

ustedes y los acompañe siempre.

Amén.

Queridos hermanos, que tengan un

bendecido día en el Señor Jesús.

Regresen a sus hogares y anuncien lo que

han vivido y aprendido en esta

Eucaristía. Pueden ir en paz. Demos

gracias a Dios.