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No puedes verlo, no puedes olerlo, pero en realidad está a nuestro alrededor. Y está también en el corazón de nuestra crisis climática.
El CO2, el dióxido de carbono, existe naturalmente en la atmósfera y es una parte esencial de la vida en la Tierra. Los humanos y la mayoría de los animales inhalan oxígeno y exhalan dióxido de carbono. Y las plantas usan CO2 para hacer la fotosíntesis. Pero también tiene un papel mucho más importante: ayuda a regular la temperatura de nuestro planeta.
Eso es porque el CO2 es uno de los principales gases de efecto invernadero. Actúa como el cristal de un invernadero al mantener parte del calor del sol atrapado dentro de la atmósfera de la Tierra. Y eso es algo bueno, porque sin él, el planeta sería demasiado frío como para vivir en él.
Pero el mundo natural se mueve en un equilibrio increíblemente delicado. La actividad humana, especialmente durante los últimos cincuenta años, ha aumentado las emisiones de CO2 que termina en la atmósfera. Lo que provoca que demasiado calor del sol quede atrapado, por lo que la Tierra se está calentando más.
Entonces, ¿de dónde viene todo este exceso de CO2? De fábricas, autos, aviones, agricultura a gran escala. Todos utilizan lo que llamamos combustibles fósiles: el petróleo, el carbón y el gas. Durante cientos de millones de años, los restos de plantas y animales, que están llenos de carbono, fueron enterrados bajo la superficie del planeta.
Algunos de estos restos se convierten en combustibles fósiles. Entonces, cuando los quemamos, todo el carbono que se ha almacenado durante un período de tiempo increíblemente largo se libera muy rápido en forma de CO2.
¿Pero cómo de altos son los niveles de CO2? En 2020 la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera era de 413 partes por millón. En 1970, la cifra era 325. Y al comienzo de la era industrial, era aproximadamente 280. El aumento ha sido enorme. Los niveles de CO2 se han acelerado rápidamente.
De hecho, los expertos calculan que la última vez que hubo tanto CO2 en la atmósfera fue probablemente hace más de 3 millones de años, cuando el nivel del mar estaba entre 15 y 25 metros por encima del actual.
Para mantener la vida en la Tierra como la conocemos, necesitamos limitar la cantidad de CO2 que se libera. Pero para limitar esas emisiones primero tenemos que saber cuánto C02 estamos emitiendo, no solo como humanidad, si no como individuos. Y aquí entra un concepto interesante: la huella de carbono.
La huella de carbono se refiere a la cantidad total de gases de efecto invernadero liberados a la atmósfera terrestre como resultado de las actividades de una persona o una organización. Para calcular tu propia huella de carbono, necesitarías saber la cantidad de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono, que eres responsable de crear. Es difícil medirlo con precisión y existen diferentes formas de calcularlo.
Pero hablando en términos generales, está el impacto directo de la energía usada en nuestros viajes o en lo que comemos; y existe el impacto indirecto de la energía que se usa para crear todas las cosas que usamos o consumimos.
En el mundo desarrollado en particular, el transporte es una gran parte de su huella de carbono. Reducir el uso de autos de gasolina o diésel y realizar menos vuelos es una de las formas más eficaces de reducirla.
El lugar donde se vive también juega un papel importante. Siempre es mejor que tu hogar se caliente o enfríe de manera eficiente y esté bien aislado. Y cuanto más puedas utilizar energías sostenibles, como la solar o la eólica, más se reducirán tus emisiones.
Las cosas que usamos en casa también se suman al problema. Todo ese plástico, metal y cartón requieren mucha energía, tanto para producirlos como para eliminarlos. Por lo tanto, el reciclaje puede ayudar a disminuir tu huella de carbono. Aunque no tanto como la forma en que viajas o calientas y enfrías tu casa.
Luego está tu dieta: sobre todo, la carne roja aumenta tu huella de carbono. Porque las vacas generan mucho metano, otro gas de efecto invernadero. Y se talan grandes cantidades de árboles para crear campos en los que el ganado pueda pastar.
En los países en vías de desarrollo, las cocinas de leña abiertas son también una causa de contaminación, por lo que es importante tratar de reemplazarlas con métodos de cocción más eficientes. Pero, en general, las personas que viven en países más pobres generan cantidades mucho menores de gases de efecto invernadero que las de los países más ricos.
Veamos algunos datos: la cantidad promedio de emisiones de dióxido de carbono generado por persona en Estados Unidos es de 16,1 toneladas por año, en China es de 7,1 toneladas y en el Reino Unido es de alrededor de 5,5 toneladas. Pero en la República Democrática del Congo es de solo 0,03 toneladas, mientras que en Qatar, que tiene una población realmente pequeña pero produce mucho petróleo y gas, es de 38,6 toneladas.
Y en estos datos no se incluyen factores importantes como el consumo. Y, obviamente, cuanto más dinero tienes, más tiendes a consumir.
Sin embargo hay algo importante que hay que aclarar. Cada uno de nosotros podemos hacer cambios en nuestra vida que ayuden a reducir las emisiones de CO2. Pero el compromiso para los cambios masivos que hacen falta no puede recaer solo en la gente. Las grandes empresas y los gobiernos son los que tienen gran parte de la responsabilidad y el poder de aplicar medidas que impacten de forma directa en la emisión de gases de efecto invernadero.
La buena noticia es que estamos a tiempo, se puede hacer, y cada vez aparecen más tecnologías que ayudan en ese sentido. Varios países han declarado su objetivo de alcanzar la neutralidad de carbono —a reducir la emisión de CO2 y compensarla con otras medidas que lo contrarresten—, y eso podría significar una revolución en la forma en que vivimos nuestro día a día.