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Miremos a nuestro alrededor e intentemos encontrar las palabras para describir qué somos en este mundo. ¿Saben por qué es importante plantearnos esta cuestión? Porque todo el resto de seres humanos se han extinguido y no hay ninguna razón para que nosotros no lo acabemos haciendo. Cuando nos extingamos, no será de golpe, no será por un asteroide, no será por el cambio climático, no será por una enorme erupción volcánica. Será por otra cosa, una cosa que no hará ruido, porque la extinción de los neandertales tampoco hizo ruido. Pero habrá algo que conducirá inevitablemente a la extinción de la humanidad. Entonces la cuestión es cómo veían el mundo los otros seres humanos y cómo y por qué nosotros continuamos aquí y ellos no. He pasado más de 33 años yendo a los lugares donde vivieron las poblaciones neandertales, así que he visto y he descubierto muchas cosas. Paradójicamente, he de decir que, por ejemplo, mi libro, ‘El último neandertal’, trata de un hallazgo totalmente singular que se hizo en el valle del Ródano, en una pequeña cueva donde hacía 25 años que se excavaba y donde se encontraban pequeños objetos sueltos. Pero un día encontramos algo más a la entrada de la cueva. Eran los restos de un cuerpo. Hacía más de 50 años que no se encontraba un cuerpo neandertal en Francia. Se trataba de un individuo y, miren, tenemos los dientes, tenemos los restos. Tiene 31 dientes. Más dientes que yo, a mí me faltan algunos. Enfrentarse al hallazgo de un cuerpo es extremadamente impactante. Y en este caso aún más, porque por el lugar donde encontré este cuerpo supe que era uno de los últimos de aquella población. Y era el momento en que aquella población estaba a punto de extinguirse. Cuando se encuentra algo así, es maravilloso. Probablemente sea uno de los grandes descubrimientos de este comienzo de siglo en Francia en lo que respecta a los neandertales. Pero a pesar de toda la emoción que me provocó y todo lo que supuso para mí, no son cosas como estas, tan grandiosas y evidentes, las que más me han conmovido. Bien, además, se supone que somos científicos y no deberíamos emocionarnos. Pero la verdad es que no funciona así. Fingimos que no nos emocionamos, pero la verdad es que a menudo nos quedamos boquiabiertos. Cuando hago balance, cuando miro atrás, me viene a la cabeza Thorin. Por si no lo sabían, Thorin es un personaje de Tolkien. Es uno de los últimos reyes enanos bajo la montaña, así que él también es el último de su linaje. Cuando miro al pasado y me pregunto: “¿Hay algo que aún me conmueva?”, quiero pensar que sí. ¿Y qué es lo que más me ha conmovido? Miro atrás y veo que me he enfrentado a civilizaciones desaparecidas. ¿Puede haber algo de lo que han hecho que me haya conmovido de verdad? No tiene que tratarse necesariamente del hallazgo de un cuerpo. Cuando era joven, debía tener unos 20 años, pasé dos meses al año durante seis años en una cueva descubriendo neandertales. Pasé un año entero de mi vida en aquella cueva. Íbamos excavando en los niveles arqueológicos y nos encontramos en una especie de circo rocoso donde topamos con un hogar. En el centro se podía ver dónde habían encendido el fuego y todo eso. Me levanté y me empezó a doler un poco la espalda. Pasaba todo el día de rodillas. Y, de repente, a la altura de los ojos vi un pequeño agujero en la roca. Sin pensarlo, instintivamente, metí el brazo dentro del agujero. Fui metiendo cada vez más y más el brazo hasta el fondo y noté algo. Lo cogí, lo saqué y vi la cosa más increíble que he visto en mi vida. Alguien había dejado un cuchillo neandertal en el fondo de aquel pequeño agujero. ¡Era increíble! Había cogido un sílex que venía de muy lejos, el más bonito que había visto nunca. Era como un arcoíris, de todos los colores. Era algo que no habíamos visto nunca. ¡Un objeto extraordinario! De aquella cueva se habían extraído miles de sílex, pero este era único. Me lo entregó en la mano alguien que, sin duda, veía el mundo de una manera muy diferente hace más de cien mil años. ¿Y saben qué hice? Me sentía como un ladrón, como un canalla. ¿Lo entienden? Porque hay alguien que hace cien mil años, hablamos de civilizaciones que vivían en bosques inmensos, antes de la edad de hielo, estaba allí, exactamente donde estoy yo. Y cogió aquel objeto maravilloso, que quizás había hecho él mismo, o quizás lo había hecho su madre, y lo dejó en el fondo del agujero. Y cien mil años después yo lo he vuelto a coger. Me lo entregó de su mano a mi mano. ¿Pero saben qué hice? Lo volví a dejar en el fondo del agujero. Normalmente no debería decir esto. No es lo que se supone que debe hacer un arqueólogo. Pero la verdad es que aquel objeto, aparte de ser extraordinariamente bello, para nosotros, los arqueólogos, ya no tenía más información que darnos. No estaba en el yacimiento arqueológico. Si hubiera aceptado como una máquina la norma arqueológica, lo habría cogido, etiquetado y todo eso. Habría acabado guardado en un cajón. Lo habría condenado a la muerte. Y habría traicionado algo muy bello. Estaba claro que era algo muy bello que se creó hace cien mil años. Así que lo volví a dejar allí. No les diré dónde está, porque espero que se quede siempre allí. Buenas, señor Ludovic. Me gustaría preguntarle, con respecto a todos los mitos que a veces hemos estudiado en la escuela y que muchas veces se han perpetuado en las películas sobre neandertales, si alguna parte de estos mitos es cierta o si hablamos de mentiras que a veces se perpetúan. No son mentiras siempre que se difundan con buena intención y con total sinceridad. Pero la verdad es que enfrentarse a cualquier cosa que no sea uno mismo, que no seamos nosotros, es algo extremadamente impactante. Para nosotros, los sapiens, es aún más complicado. Incluso la simple diversidad cultural es extremadamente chocante para nosotros. Se supone que nos gusta la diversidad, ¿pero la verdadera diversidad? Cuando estaba en la universidad tuve un profesor de antropología cultural que había pasado buena parte de su carrera en Papúa Nueva Guinea y que empezó la clase diciéndonos: “El día que entiendan que un baruya, una de las etnias de Papúa, que clava tres flechas en la espalda de su mujer porque no ha traído suficiente leña seca puede ser un buen tipo, podrán empezar a ser antropólogos”. Por supuesto, esto nos impactó muchísimo. Pero todo lo que no somos nosotros o sale de nuestras visiones del mundo nos resulta muy chocante. A todos nos gusta decir: “Claro que me gusta la diferencia, la alteridad, la diversidad”. La cuestión es hasta qué punto nos gusta, hasta qué punto la apreciamos y hasta qué punto somos capaces de verla y comprenderla. Cuando me enfrento a algo que no soy yo, ¿realmente lo entiendo? ¿O estoy proyectando mis propias ideas de lo que está bien, de lo que yo considero que está bien? Así que cuando hablamos del neandertal, podemos decir que es más fácil porque ya no está aquí, ya no tenemos las palabras, y, por lo tanto, sea quien sea quien hable de un neandertal es un homo sapiens. Incluso cuando se trata de Ludovic Slimak, es un homo sapiens quien habla. Así que soy mi propio enemigo. Juego una partida de ajedrez contra mí mismo. Y desde muy pronto intento deconstruirme, constantemente. Pero deconstruirse también es una experiencia muy impactante. Es muy difícil. No se puede. Formamos parte de un grupo. Tenemos valores. Yo tengo valores, y esos valores los transmito a mis hijos, lo quiera o no. No puedo transmitirles cosas que para mí son repugnantes, pero que para otros están bien. Y por eso queda muy claro, hoy en día, en este preciso momento, que la población en general no lo ha conseguido. Y es que incluso para nosotros, los investigadores, es muy difícil, y creo que es muy complicado. Se dice que la investigación es un deporte de combate. Es un ámbito muy duro, no hay piedad, y realmente nos gustaría que existiera una comunidad científica que avanzara unida, que intentara hacer progresar el conocimiento. Pero la verdad es que hay escuelas de pensamiento, que estas escuelas de pensamiento se odian entre ellas y avanzan por caminos completamente opuestos. Hay un pensador francés llamado Emmanuel Todd que afirma que una de sus grandes decepciones fue descubrir que las grandes ideas científicas no mueren en las disputas ideológicas. Mueren con las personas que las defienden. Y son sus estudiantes de doctorado y la generación siguiente quienes cambiarán el paradigma. Y por eso, si incluso en el ámbito científico no somos capaces de encontrar las palabras adecuadas, no seremos capaces de cuestionarnos a nosotros mismos. En el ámbito del gran público, ninguna película comercial, hoy en día, ha sabido mostrar qué es ser humano sin ser sapiens. Pero creo que no es algo imposible de conseguir. Creo que es un reto. Estoy esperando al productor; haría falta un Spielberg, un George Lucas o alguien que dijera: “Quiero mostrar la alteridad y hacer algo que nos revolucione y nos muestre, a través de un juego de espejos, qué somos”. Pero, por ahora, nadie ha conseguido hacerlo y nadie ha conseguido ni siquiera definir el concepto y el paradigma. Es decir, no hemos conseguido escribir algo que nos sacuda, nos haga tomar conciencia y nos haga comprender que nosotros, los sapiens, no somos la humanidad. Somos una versión bien definida y muy delimitada del ser humano. Pero si me han seguido bien en lo que he dicho, si la definición de ser humano es la libertad de ser y la creatividad, ¿esto es lo que nos gustaría que fuera, ¿verdad? Si esta es la definición, quizás los humanos desaparecieron hace 40.000 años. Porque los neandertales eran tremendamente libres y creativos. Esto lo veo en la artesanía, nadie puede negarlo. Los objetos son impresionantes y todos son únicos. Todos dialogan con la naturaleza, sea cual sea la tradición neandertal. Por lo tanto, la libertad de ser y la creatividad no pueden ser lo que define al homo sapiens. Lo que nos define es una forma muy técnica de inteligencia común y colectiva que nos hace supereficaces. Esto lo tenemos. Y esto no tiene que ver con preguntarnos cómo se extinguieron los neandertales, ni con el encuentro con el malvado sapiens. Se trata de que hay sociedades muy estandarizadas en su manera de concebir el mundo, que se encuentran con sociedades excesivamente creativas. No hace falta que se lo describa: hay una especie que es supereficaz, supereficiente, y después están los otros, que son pequeños grupos en su valle. Serán barridos, pero el neandertal, ¿cómo decirlo?, no necesita entrar en una confrontación física, biológica y cultural con el sapiens para ser barrido. Simplemente se encuentra en un proceso de obsolescencia en relación con, no con la superioridad de nada, sino simplemente con el hecho de que el sapiens es una especie hipereficaz, hipereficiente. Cuando hacemos todos juntos lo mismo al mismo tiempo, somos tremendamente eficaces. Y esto provoca una ola, un seísmo que arrasa todas las otras formas humanas que no tenían esto en su interior. Creo que es aquí donde se encuentra el secreto. Esta eficacia siempre está ahí y no se manifiesta en primer lugar entre nosotros, sino contra nuestros biotopos, contra nuestro entorno. Y lo que vemos es un colapso de todos los biotopos, un colapso de toda la biodiversidad, un colapso de todos los espacios naturales. No es porque el sapiens sea malo, sino porque es demasiado eficaz pero no sabe expresarlo con palabras. Hola, Ludovic. Soy Francesca Romagnoli, profesora de Prehistoria del Máster de Arqueología y Patrimonio de la Universidad Autónoma de Madrid. Me gustaría preguntarte: si pudieras retroceder unos cien mil años, ¿qué preguntarías a los neandertales y qué les explicarías sobre nosotros? La verdad es que no puedo hacer un salto de cien mil años, pero a cambio les puedo contar una anécdota. Hace 20 años fui a África Oriental. Cuando llegué al suroeste de Etiopía, me encontré con dos poblaciones vecinas pero muy diferentes, que eran los Maale y los Tsamai. Los Maale eran guerreros que iban completamente desnudos y llevaban arcos en la espalda. Cuando llegué al lugar, que había sido muy poco estudiado por los antropólogos, lo primero que vi fue a todo un grupo de Maale, con arcos, subidos a los árboles. No tenía ni idea de que todavía había gente que vivía desnuda y con arcos, así, sin nada más. La población vecina de los Maale eran los Tsamai. Estos iban cubiertos de perlas azules y blancas, y eran guerreros armados con lanzas. No tenían nada que ver ni culturalmente ni lingüísticamente. Y les contaré algunas anécdotas muy impactantes que recogí en mi libro. Yo tenía que pasar un tiempo con los Maale y, aunque estaba allí para trabajar como arqueólogo, por un momento pensé: “Me dedico a la arqueología, pero lo que realmente busco es el encuentro con el ser humano; tanto si es uno de hace cien mil años como uno de hoy, da igual”. Y entonces me encontré ante algo deslumbrante. ¡Eran magníficos! Y yo estaba allí buscando pedernales como un idiota. Pero el caso es que nos pusimos en marcha, con nuestro guía. Fue muy duro, hacía mucho calor, estábamos en la selva, y teníamos varias horas de camino por delante para llegar a los lugares que habíamos localizado mediante fotos de satélite, ya que nadie había estado allí antes. En las fotos de los satélites pudimos ver zonas donde el agua había erosionado el terreno, y pensamos: “Hay que buscar aquí”. Teníamos que caminar varias horas hasta llegar allí, y unas cuantas más de vuelta, para regresar al campamento antes de que anocheciera. Solo se podía ir a pie. Después de varias horas caminando llegamos a un lugar donde hacía mucho calor. Y de repente me encontré con unos pedernales magníficos que salían de la tierra. Dije: “¡Genial!”. Pero solo nos quedaban 15 minutos si queríamos volver antes de que anocheciera. Me senté y les dije: “Ustedes marchen, yo me quedo haciendo dibujos”. Yo considero que las fotos no hacen justicia al objeto. Se necesita una lectura técnica. Así que lo que hago es leer mis objetos como si leyera un libro, luego tomo notas y dibujo en mi cuaderno tanto como puedo. Cuando terminé mis dibujos, como tardé unos 45 minutos, sabía que el grupo ya me llevaba media hora de ventaja, así que emprendí el camino de vuelta solo. Avancé por la selva. Conocía muy bien el camino, sabía por dónde tenía que ir. Pero al cabo de un rato llegué a un lugar donde apareció uno de aquellos guerreros desnudos de la nada, con un jabalí encima de los hombros, que acababa de abatir con su arco. Nos encontramos, así, solos, en la selva. Ninguno de los dos esperaba ver al otro. Dejó el jabalí en el suelo y se sentó. Yo me senté a su lado. No intenté hablarle, ni explicarle nada ni enseñarle mis dibujos. Me senté. Nos miramos. Él rebuscó en unas bolsitas que llevaba y sacó tabaco. Fumó, fumamos, nos fumamos un cigarrillo. Nos miramos. No nos dijimos ni una palabra, y eso bastaba. Se trataba simplemente de un encuentro entre dos sapiens, pero en dos universos mentales completamente diferentes. Entonces la pregunta es ¿qué evidencia podemos sacar? Y lo único evidente, independientemente de nuestra cultura, es que estuvimos allí, nos sentamos, compartimos un rato, y después cada uno se fue por su camino. No teníamos nada que decirnos y así estaba bien. La cuestión ahora es: si me encontrara con un neandertal, ¿él se sentaría? ¿Podría llegar a entender algo mirándole a los ojos de la misma manera que instintivamente entendí a aquella persona? La verdad, no lo sé. Hola, Ludovic. En tu último libro nos hablas de cómo habitaban los neandertales en las cuevas y cómo eran estas cuevas. ¿Nos puedes explicar algo más sobre cuál era su forma de vida dentro de la cueva? Cuando se hacen excavaciones arqueológicas, lo que hacemos es abrir una pequeña ventana que, a menudo, puede estar al lado de un refugio rocoso o a la entrada o en el interior de una cueva. Tendemos a pensar que vivían en las cuevas, pero en realidad se trata de poblaciones nómadas. Nosotros abrimos esta pequeña ventana, pero esto no es su hogar, es un lugar donde pasaron un tiempo. Para estas poblaciones que viven de la explotación de grandes rebaños herbívoros, y que a menudo tienen ciclos de migración estacional, el hogar no es este pequeño espacio de la cueva. El hogar es la colina, y después la colina de enfrente, y finalmente el hogar abarca todo el territorio. Porque el nomadismo no es vagabundeo. Su territorio, en realidad, está muy bien definido. Va desde esta colina hasta aquel río, hasta aquella montaña. Y desde esta colina hasta aquel río y aquella montaña, y solo en aquel margen del río. Se puede definir con claridad. Hay un ciclo anual en el que sabemos que, en una época determinada, los caballos pasarán por un lugar concreto, y en otra época del año pasarán unos bisontes. Nuestra idea de lo que es un hogar es diferente: tenemos nuestro piso, cerramos la puerta y allí está nuestro hogar, es nuestra pequeña burbuja, es nuestro acuario. Y esta idea del acuario, que es nuestra visión, tiene diferentes niveles. Está el acuario donde vivimos, y después está el acuario que será nuestra ciudad, y después nuestra nación. Tenemos una visión así, que encaja como las matrioskas, las muñecas rusas. Pero estas poblaciones, no necesariamente solo la neandertal, sino también las de pueblos de cazadores-recolectores, en general, conciben su propio acuario como el territorio. Es como un gran todo, y proyectan en él una realidad, una entidad viva, donde hay un ritmo que se transmite y donde se tiene una relación que será muy, muy fuerte con este territorio, sabiendo que el territorio no es nunca solo una cuestión de dónde encontraré sílex, de dónde cazaré mi caballo o mi bisonte, sino que es algo mucho más amplio. Y lo que también es fundamental para los cazadores-recolectores es la tierra de sus antepasados, es decir, la tierra donde han enterrado a sus muertos. “Enterrar a los muertos” es una expresión con mucho significado, porque no sabemos con certeza si los enterraban, pero algo hacían con ellos. Quiero hacer referencia a la tierra de los ancestros. La relación con los muertos puede significar muchas cosas. Se pueden enterrar, se pueden incinerar, como vemos hoy en día, se pueden dar de comer a los animales, como se hace, por ejemplo, en algunas poblaciones de la zona del Himalaya; se pueden descuartizar los cuerpos y darlos a los buitres, por ejemplo; o se puede recurrir a formas de canibalismo que no son violentas. El canibalismo se asocia con algo un poco crudo, un poco duro, pero, en realidad, el canibalismo consiste en ingerir la carne o la sangre de los antepasados, algo que sonará familiar a las personas cristianas: “Este es mi cuerpo y esta es mi sangre”. Así pues, la relación con los antepasados y con la muerte es algo que nos mantiene unidos a un pasado, a un territorio, aunque este pasado pueda ser totalmente reconstruido, o convertido en mitología. Son las historias que nos contamos desde tiempos inmemoriales. En definitiva, el hogar del neandertal es todo eso: es este territorio, las historias y los imaginarios que nos hemos transmitido de generación en generación. Y aunque me parece evidente que aquellas poblaciones no concebían el mundo como nosotros, seguro que se contaban relatos que eran su propia historia sobre su relación con el mundo. Esto es el hogar neandertal. Hola, Ludovic. Soy Laura Lapesa y soy estudiante del grado en Arqueología. Y te quería preguntar un poco sobre los grupos más invisibles de la historia. Al final, cuando pensamos en un neandertal, siempre pensamos en un hombre. Pero también había niños, mujeres y personas mayores de quienes quizás nos olvidamos. Entonces, quería que nos hablaras un poco de estos grupos más olvidados. Cuando hablamos de “el hombre neandertal”, inconscientemente ya estamos estableciendo un género. Pero al mismo tiempo nos dan ganas de decir: “¿Y la mujer neandertal?”. De la misma manera que lo que planteo en mi libro: “¿Y los niños?”. Porque en cualquier grupo los niños están por todas partes, y además disponen de otra manera de concebir el mundo. Se podría decir que ellos son los invisibles y los invisibles entre los invisibles. Pero, en cierto modo, ellos salen ganando. Porque nosotros, cuando hablamos del neandertal, proyectamos, como ya les he dicho, todas nuestras construcciones, todos nuestros imaginarios, todas nuestras fantasías. Y todos estos invisibles de los que no hablamos, en cierto modo, son quienes sufren menos maltrato. ¿Somos capaces de ver a las mujeres? ¿Somos capaces de ver a los niños? Para empezar, habría que asegurarse de que estas categorías sean válidas entre los neandertales o según las tradiciones neandertales. Por ejemplo, para los inuit el género es un concepto complicado. Puedes nacer niño y, al crecer, acabar siendo más bien una niña, para después volver a algo que es un poco a medio camino entre ambas, y tienen otro tipo de palabras para expresar esto. Dicen: “Ah, bueno, él es afeminado”, y les cambian los nombres. Vamos cambiando a lo largo de nuestra vida, según nuestro comportamiento. Y es que la sensibilidad que tenemos a los 15 años no es la misma que a los 53, ni tampoco la que tenemos a los 30. Por lo tanto, vamos evolucionando y hay momentos en que uno se puede sentir más o menos hombre y más o menos mujer. Hoy en día, los conceptos de hombre y mujer en nuestras sociedades son muy ambiguos. Cuando se dice “tú eres hombre”, “tú eres mujer”, “tú eres europeo”, “tú eres del Perú”, todas estas son etiquetas. ¿Qué significan? Dependiendo de las tradiciones, puede que no signifiquen gran cosa. Por lo tanto, si nos adentramos en una sociedad diferente que a la vez tiene mucha diversidad de tradiciones, no estoy seguro de dónde están los hombres y dónde están las mujeres. Pero esto no es todo. Con el hecho de plantearnos estas cuestiones del pasado corremos el riesgo de añadirles otra capa. Porque aplicamos nuestros filtros actuales y, tal como decía, hoy lo convertimos en una especie de “homo sapiens” total, mientras que antes lo veíamos como una especie de hombre de las cavernas. Así que hoy en día tenemos una voluntad de rehabilitación y, además, queremos dar protagonismo a la mujer. Hay que ser muy conscientes de que trabajar sobre aquello que no somos, ya sea cultural o biológicamente, es impactante. Y hay que prestar atención a nuestras posturas bienintencionadas, como lo que hacemos hoy en día diciendo: “Mi hermano neandertal”, “mi prima neandertal”, “señora neandertal”… Solo diciendo “señora neandertal”, en la misma expresión hay una contradicción. “Señora” es algo completamente arraigado en la cultura occidental de nuestro tiempo y de nuestra sensibilidad. Quizás las mujeres eran muy masculinas y no les habría gustado que las llamaran “señora”, no lo sabemos. Y por eso, aquello invisible siempre es el peligro de nuestras palabras. Esto no quiere decir que no existan, pero creo que lo que entendemos por “hombre neandertal” es erróneo. Y, por supuesto, podríamos decir “señor neandertal” y “señora neandertal”, pero tendríamos Los Picapiedra; en realidad, lo que estamos haciendo es una reproducción de la familia nuclear occidental que vive como nosotros, con los nietos y todo eso, cuando en realidad no funciona así. De hecho, ya en las poblaciones tradicionales la relación con los niños no funciona así. En muchas poblaciones los niños son hijos de todos. Todos los adultos se llaman papá o tío, por lo que la paternidad no queda del todo clara. Y por eso es toda la comunidad adulta la que tendrá que acoger a los niños y la que se encargará de ellos, y donde no existen las figuras de papá y mamá. Así que, para empezar, descartemos los conceptos de señor y señora. Papá y mamá, también. Es más complejo que eso. Incluso en lo que respecta a la relación con los vivos, en muchas sociedades de cazadores-recolectores, el hecho de separarse del sistema de vida de los otros animales es algo que no existe en muchas poblaciones. Les contaré otra anécdota similar sobre los inuit, que me gustan mucho. En una jornada de caza dos inuit se encuentran con un reno. Uno de ellos empieza a tensar el arco, y el otro le dice: “¡No dispares, no dispares!”. “¿Qué? ¿Qué pasa?”. Y le dice: “Es tu madre, le he reconocido los ojos”. Allí la vio, en los renos. El reno era el espíritu de su madre que había vuelto allí. El inuit dijo: “No dispares, desgraciado, es tu madre quien está allí”. En este caso la relación con los vivos y con la mujer es diferente. Aunque fuera un reno macho, era su madre. Y no disparó. Esta cuestión nos debe hacer reflexionar inmediatamente. No hay hombres, no hay mujeres. Yo intento encontrar esto, pequeñas pistas, casos como este. Pero no debería ser un planteamiento. Hay que considerarlo como un todo. Hay que prestar atención a cómo hablamos de ello. Quizás no deberíamos decir “hombre de neandertal”, sino simplemente “neandertal”. Hay que intentar mirar el mundo de manera neutra: simplemente el neandertal o simplemente el sapiens. Pero ¿somos capaces de hacerlo? Se lo digo ahora mismo, tengo la respuesta: no podemos hacerlo. No sabemos cómo hacerlo. Es algo infinitamente impactante. Miren, por ejemplo, aquí estamos todos vestidos en una sala donde nos estamos muriendo de calor. Les contaré otra anécdota. Hace unos veinte años recibimos en Francia a los jefes de unas tribus papúes. Un amigo mío, que se llama Jean-Michel Genest, había hecho misiones por la zona de Papúa con los grandes jefes de la tribu y también había llevado a cabo expediciones arqueológicas. Solía ir allí con frecuencia. A cambio, dijo a los jefes de la tribu que, un día, los llevaría a Francia, ya que nunca habían salido de los bosques ecuatoriales. En Francia visitaron yacimientos, visitaron la cueva de Lascaux y la cueva de Mandrin. Aquella gente no se había vestido nunca antes. Se habían visto obligados a vestirse para coger el avión y viajar. Yo les había encontrado un gran alojamiento en una torre medieval. Eran una veintena, eran muchos, y todos se instalarían allí. Mi pareja los llevó a la torre, vestidos, y les dijo: “Dormirán aquí”. “¡Oh, qué bien! ¡Es precioso! Aquí estaremos muy cómodos”. Y, de repente, se desnudaron. Se quedaron todos desnudos, así sin más, delante de mi pareja, que se quedó en shock. Para ellos era normal. Es decir, el filtro cultural, toda nuestra ropa, son códigos. Y yo intento romperlos un poco, intento no llevar traje y corbata, pero aun así estoy normalizado, estoy estandarizado. Aunque le ponga un pequeño toque de originalidad, nada del otro mundo. Estos códigos son los que nos permiten unirnos, nos permiten comprender quiénes somos y cómo nos expresamos, cómo nos mostramos. Si me pongo una corbata elegante como este señor, estoy expresando algo sobre una tradición, sobre lo que quizás hizo mi padre, o sobre cómo, cuando era joven, me pude permitir comprar una corbata, etc., etc. Formamos parte de una historia. No se trata simplemente de ponerme un trozo de tela alrededor del cuello. Por lo tanto, todo esto son códigos. Y nosotros, los sapiens, estamos saturados de códigos. Somos muy buenos inventando cosas que no existen. Nos contamos novelas para decirnos: “No, no, esto es así porque resulta útil, y ya está”. No, no es porque sea útil. Es porque estamos expresando códigos y estos códigos determinarán, en primer lugar, en general, con qué grupo me identifico. Si llevo la camiseta de AC/DC o de Los Scorpions, es porque son de mi generación. El hecho de que yo tuviera la camiseta de Los Scorpions expresaba algo. No es simplemente que me apeteciera tener una camiseta negra con un escorpión rojo. Es que expresaba una tendencia musical, expresaba un acercamiento a otras personas a quienes les gustaba eso. Así que me unía a grupos normalizados. Necesitaba encajar en unos moldes. Y esto lo hacemos todos. Por eso, cuando hablamos del enigma neandertal, en realidad lo que planteamos es el enigma sapiens. Y lo que intentamos descubrir, aquello extraordinario, mágico y bello cuando estudiamos al neandertal, es que, por primera vez, somos capaces de crear un espejo que no nos interesa mirar. “Muy bien, es fascinante. Fue la última vez que hubo otros tipos de humanos, desaparecieron y todo eso”. Pero nos da igual. Lo que llevamos hablando desde hace un rato debería apasionarnos a todos, y a ustedes les apasiona, y quizás también a miles de personas en España, pero son decenas de millones de habitantes. Y debería interesar a todo el mundo. Y por eso, lo que estamos creando, cuando pronuncio estas palabras, lo que hago, es crear el espejo del sapiens. Y de repente, ya no se le compara con el gran simio, sino que se le compara con una forma humana que acaba de desaparecer, que es total y plenamente humana, que es hipercreativa y que no somos nosotros. Es este juego de espejos lo que importa. No se trata de saber si existían la señora neandertal, el señor neandertal y sus nietos. Es cierto que nos cuesta hacerlo. Y no podemos hacerlo porque en nuestras sociedades, además, necesitamos un cambio de rumbo, ya que no hemos sido muy cordiales en la relación entre hombres y mujeres, en la relación con los niños. Por eso hay que desmontarlo todo. Hola, Ludovic. Soy Héctor. Vengo de Perú. Soy estudiante de la Universidad Autónoma de Madrid. Quería preguntarte: ahora que sabemos que la evolución del ser humano es mucho más compleja de lo que pensábamos, ¿qué características de los neandertales mantenemos todavía hoy nosotros? Es una pregunta muy compleja y es muy difícil responderla. Podría resumirlo en una frase: quizás ya no tenemos nada de los neandertales. Pero para eso habría que definir qué es un neandertal. Y no podemos hacerlo. No solo yo, los equipos internacionales somos incapaces de definirlo. Ya para empezar, los investigadores no se ponen nunca de acuerdo en nada. No se pondrían de acuerdo ni en el color de un excremento fosilizado, que ya supone un cierto grado de complejidad. Entonces, la cuestión es que cuando hablamos de ser humano hay que diferenciar dos capas. Por un lado, tenemos un nivel que es la etología del comportamiento. Y, por encima de este nivel, hay otra capa que es la cultura, la transmisión. Y los neandertales tienen culturas propias. No hay una sola cultura neandertal, sino miles de culturas y tradiciones neandertales. Las vemos en los animales, así que sabemos que se trata de tradiciones que se forman a lo largo del tiempo y que quedan grabadas. Cuando nosotros, los pobres arqueólogos, abrimos una pequeña ventana en la cueva donde hacemos un “agujerito”, nos encontramos con miles de objetos, millones de objetos, y nos preguntamos: “¿Pero qué es esto?”. “¿Qué es lo que veo aquí? ¿Se trata del comportamiento biológico de esta humanidad? ¿O es la cultura particular y tradicional de esta población neandertal?”. Esto es algo que nunca logramos aclarar. No sabemos distinguir entre unas cosas y otras. Yo mismo he trabajado tanto con el homo sapiens antiguo como con el neandertal antiguo y con el neandertal reciente, después dirigí expediciones desde el ecuador hasta el círculo polar ártico y vi millones de objetos, y siempre me enfrentaba a este mismo enigma diciéndome: “Pero qué extraño, tienen las mismas tecnologías”. Mis colegas, cuando se encuentran con algún objeto, se dicen: “Pero si los neandertales y los sapiens tienen las mismas tecnologías”. Sin embargo, me parece que la uniformidad tecnológica era en sí misma un velo que nos impedía comprender a qué nos enfrentábamos. Para simplificar, imaginemos que encuentro objetos de homo sapiens que datan de hace cien mil años en África Oriental, o de hace 54.000 años en el valle del Ródano, o de hace 80.000 años, por ejemplo, en la costa oriental del Mediterráneo. Hay yacimientos, restos humanos y objetos artesanales que sabemos que son de homo sapiens. Cuando observo estas piezas artesanales veo que las familias tecnológicas son las mismas que las de los neandertales que conozco muy bien. Pero el problema que tengo viene cuando observo algunos objetos en un yacimiento sapiens. Yo soy un investigador especializado en la talla de sílex, así que después de examinar unas cuantas piezas artesanales de sílex reproduzco estos objetos, y cuando trabajo con objetos sapiens, entiendo enseguida para qué sirven. Veo para qué fue hecho porque identifico todas las secuencias de gestos de la artesanía; entiendo el objetivo del artesano inmediatamente. Aunque este objeto tenga cien mil años, la lógica de aquel individuo de hace cien mil años es mi propia lógica. Después de ver muchos, lo que pasa con los otros miles que hay detrás de aquel nivel arqueológico de hace cien mil años es siempre lo mismo. Y esto es algo absolutamente propio del sapiens, independientemente de la época. Ahora bien, cuando me enfrento a las tecnologías neandertales, a los objetos de sílex, pasa algo increíble. Y es que cada vez que encuentro un objeto, es muy bonito, comprendo la belleza de la artesanía, comprendo la belleza de los gestos, pero, en general, lo cojo y digo: “No entiendo para qué sirve. No sé por qué lo hace así”. La secuencia de movimientos para crear un corte, por ejemplo un cuchillo de sílex, no es la que yo habría hecho. Yo no lo habría planteado así. Y por eso, cada vez que me encuentro con un objeto neandertal, entro en una especie de partida de ajedrez en la que no entiendo los movimientos. Veo que el objeto es muy bonito, realmente resulta muy eficaz, es impresionante, pero yo nunca lo habría hecho así. Pero con este objeto, cuya lógica no acabo de entender del todo, a veces al cabo de tres días digo: “Ah, sí, ya lo he entendido”. Porque veo un pequeño detalle en el sílex y pienso: “Ah, ya sé por qué lo hizo”. Esto no me pasa nunca con los sapiens. Con los neandertales nunca comparto mi lógica. Y, además, este objeto neandertal con el que me encuentro es único. Me explico: no encontraré dos yacimientos neandertales donde haya exactamente los mismos objetos. En cambio, las producciones sapiens, incluso las más antiguas, muestran una estandarización de la producción en serie, a menudo con una precisión milimétrica: pam, pam, pam, pam, pam… se produce, se produce, se produce, y esta es nuestra lógica. Mientras que aquí, todos los objetos se basan en las mismas tecnologías pero cada uno es una creación única. No solo es único, sino que, al cabo de un tiempo, me di cuenta de que estos objetos neandertales no solo denotaban una creatividad absoluta, que está ahí, sino que nada es aleatorio, hay
Una especie de diálogo. El artesano neandertal tiene su proyecto. Se dice a sí mismo: "Haré mi corte de sílex con esta curva", pero coge su bloque de sílex y, en función de su forma, su color y su textura, dirá: "Mejor lo coloco aquí y me quedo con este borde". Así que mantiene una especie de diálogo con los elementos naturales, y eso es algo sistemático. Por eso es como una partida de ajedrez, es decir, cada objeto es un diálogo entre la materia natural y las tradiciones del artesano. Y en el caso de los sapiens no es así. Por ejemplo, supongamos que hay una mina de sílex. Imaginaos que estamos en la cueva de Mandrin y en la colina justo enfrente, que se encuentra a 45 minutos caminando, hay laderas de roca calcárea con bloques de sílex que sobresalen. Cuando me encuentro con grupos de sapiens, ellos eligen los sílex más bonitos, los que yo mismo habría elegido: muy homogéneos, muy lisos, que se cortan muy bien. En cambio, los neandertales van al lugar, cogen cualquier cosa, todo, lo que sea, cosas muy defectuosas y desagradables para un cortador experimentado que nosotros nunca cogeríamos, lo cogen todo y después lo adaptan y lo trabajan según su utilidad. En ciertas culturas, en ciertas tradiciones sapiens, puede haber ciertas similitudes. Pero son coincidencias marginales. Por un lado, por este comportamiento, tenemos a los neandertales que conciben el mundo así. Y por otro lado, en función de las variaciones, las costumbres, las sensibilidades y las tradiciones del grupo, hay cosas que se solapan un poco, pero en dos humanidades completamente diferentes. No sé si he respondido a tu pregunta, pero tampoco sé si realmente se puede responder a esta pregunta. Creo que sí. Lo he hecho de una manera muy trivial, pero, en realidad, lo que he dicho desmonta todo lo que yo mismo pensaba hace veinte o veinticinco años, cuando ni siquiera me planteaba este tipo de cosas. Yo intentaba encajar mis visiones del mundo de los sapiens en lo que hacía el neandertal. Cogía publicaciones de los años 90 y proyectaba mis ideas sobre los sapiens. En un momento dado me di cuenta de que no funcionaba así y me contradecía a mí mismo. Jugué una partida de ajedrez contra mí mismo, la perdí, y me alegro de haberla perdido, porque empecé a darme cuenta de que en el neandertal pasaba algo muy especial que hoy en día está en proceso de investigación. Es cierto que en el pasado lo convertimos en una especie de hombre salvaje. Después pasó algo un poco ridículo cuando los investigadores hicieron un movimiento pendular intentando rehabilitar al neandertal. Y intentar rehabilitarlo es algo que no se debe hacer, como explico en el libro ‘El neandertal desnudo’. La rehabilitación es asimilación, y eso es exactamente lo que se hizo con las poblaciones de América. Hay una foto que incluyo en el libro ‘El neandertal desnudo’, donde aparece un niño que era un indio de las llanuras que se llamaba Tom Torlino. De Tom Torlino tenemos la foto de cuando era niño, con todos sus extraordinarios ornamentos de indio de las llanuras y sus tradiciones, y donde podemos ver una mirada llena de vida. Después miras otra, de unos años más tarde, cuando ya ha ido a la escuela de los blancos, con traje y corbata, y vemos que su mirada se ha apagado. Creo que en el siglo XIX quienes hicieron eso querían hacer el bien. Se decían: "Les estamos llevando a la civilización, les estamos aportando algo". Y la verdad es que no estamos rehabilitando cuando hacemos eso. Intentamos asimilarlos. Y, por lo tanto, tanto si es un indio de las llanuras como quien sea, no se le cría según su cultura. Cuando le quitamos algo de su visión del mundo, en realidad se está adoptando un enfoque racista. Es un racismo benevolente, y ese es el peor. El racismo benevolente es aquel que ni siquiera se da cuenta de que es racista. El racismo no es: "No te quiero porque eres diferente". El racismo es: "Porque seas humano, ¡tienes que ser como yo!". Y el problema que tenemos, con lo que os acabo de decir respecto a lo que vemos en el sapiens, es que al sapiens le gusta la normalización, le gusta la estandarización. Esto lo compruebo con los sílex. Pero ya sabéis que cuando hablamos de esto no nos referimos a los sílex. Al sapiens le gusta la normalización y la estandarización. Al sapiens le gusta que todos hagamos lo mismo todo el tiempo. Y cuando alguien es un poco diferente, surge un malestar, un malestar profundo. No hablo solo de un malestar de hace 50.000 años. Si tomamos la historia del siglo XX, la normalización y la estandarización, la historia de Europa en el siglo XX es un horror absoluto. Y fue precisamente en la sociedad más cualificada intelectualmente, con la filosofía más grande, el mejor arte, la mejor ópera y la mejor música, Alemania, donde surgió la Alemania nazi. Fue en los países más normalizados donde se vivieron los peores horrores. Porque si nos limitamos a la normalización, esto implica necesariamente que una pequeña diferencia no nos gusta. Este rechazo a la pequeña diferencia llevó a millones de personas a los hornos. Y por eso, cuando hablo de sapiens y de neandertales, no pretendo hacer un retrato negativo del sapiens; lo que intento decir y poner de relieve es que, si no encontramos las palabras adecuadas ni las preguntas adecuadas, tenemos algo en nuestro interior que puede ser extremadamente peligroso en determinadas condiciones, ese deseo de estar todos juntos haciendo lo mismo. Y eso tiene implicaciones evolutivas. Creo que el motivo por el que solo quedamos nosotros es que, desde el punto de vista evolutivo, los sapiens hemos sido excesivamente eficaces. Cuando hacemos todos juntos lo mismo, somos tremendamente eficaces. Pero la otra cara de la moneda, el precio que hay que pagar por ello, es la historia de Europa en el siglo XX.
Hola, Ludovic. Con tus conocimientos sobre los neandertales, ¿cómo sería el mundo si los neandertales se hubieran convertido en la especie dominante? Me parece que, en el curso de la historia, la extinción del neandertal y de todas las otras formas humanas no es una simple anécdota. Es decir, no es un accidente de la historia. Creo que, en cierto modo, hubo algo bastante inevitable desde el momento en que las diferentes especies se encontraron: los sapiens, los neandertales, los denisovanos y todas las otras formas humanas. Por lo tanto, podemos hacernos la pregunta de cómo sería nuestro mundo en el siglo XXI, este siglo XXI que conocemos, que es fruto de nuestras tradiciones, nuestro presente, si el neandertal continuara existiendo. Y encuentro diferentes posibles respuestas a esta pregunta. Podemos partir de la constatación de que, durante varios cientos de milenios, estas poblaciones, en general, han permanecido en lo que a nuestros ojos parece un estado de estancamiento. Pero no se trata de poblaciones estancadas que no evolucionan; decir eso sería degradante. Sin embargo, puede haber sido algo de gran valor para las poblaciones neandertales. Podría haber sido una historia que nos contábamos entre nosotros, una que era importante perpetuar, como la que nuestros padres, nuestros abuelos, los antepasados que practicaban la caza de espíritus, continuaban transmitiendo. Podría haber sido un valor profundamente arraigado. Y quizás este sentimiento de estancamiento se debe a las mitologías que la gente se contaba y que, en algún momento, incluso fueron mitologías compartidas entre neandertales y homo sapiens. Es posible que en un momento dado los sapiens se contaran historias diciendo: "Es importante hacer lo que hacían nuestros antepasados". Para nosotros, hoy en día, es importante tener el último modelo de teléfono, el nuevo ordenador, ir a la Luna, llegar pronto a Marte, desarrollar nuevas formas de IA, etcétera. Estamos en una vorágine de todo. Y esta vorágine se puede abordar de dos maneras: o bien es biológica, es algo propio biológicamente del sapiens, o bien es algo que nos cuentan en las historias: "Tenemos que ser diferentes". El caso de los aborígenes de Australia, por ejemplo, es muy interesante. Las historias que se cuentan no son, o al menos no solían serlo tradicionalmente, antes del colapso de los sistemas tradicionales, del tipo: "Hay que tener la última lanza o el último artefacto", sino que eran: "Existe el tiempo del sueño, el tiempo de los ancestros, y no hay que perpetuar nada". Los grandes antropólogos del siglo XX han señalado que los pueblos indígenas comparten un rasgo común, algo muy, muy, muy importante: que nada tiene más valor que la perdurabilidad y la continuidad. Que es un gran honor mantener las costumbres de los antepasados y hacer lo posible por hacerlo. No quiero decir que no cambien, sino que, por ejemplo, cuando tienen que cambiar, lo envuelven con historia para decir: "Ya existía en tiempos antiguos y lo volveremos a hacer de otra manera". Y así nos encontramos en sociedades de continuidad, mientras que hoy en día casi todos los sapiens de la Tierra vivimos en sociedades de discontinuidad, en las que los hijos no hacen lo mismo que los padres, los padres no hicieron lo mismo que sus propios padres, y así sucesivamente. En cada generación vemos rupturas, incluso en medio de generaciones, cuando los jóvenes de quince años se dicen: "Pues no, no tenemos los mismos valores". Y no es algo inevitable, ya que es un mito que nos contamos a nosotros mismos. Así que ahora la cuestión es qué pasaría si el neandertal continuara existiendo. Si fuera la especie humana dominante, lo más probable es que hoy en día viviéramos en inmensos bosques primarios; no habría cambiado el mundo. El mundo continuaría igual, para bien o para mal. Creo que, en muchos aspectos, sería para bien. Claro, no es necesariamente una vida fácil, ni una vida que, según nuestros conceptos occidentales, sea aceptable. Pero creo que, en general, estaríamos en grandes bosques primarios. Pero, ¿podemos imaginar que los neandertales, en ciertas tradiciones, se hubieran contado historias un poco como nosotros nos contamos sobre ese deseo de cambiar, ese deseo de aceleración, ese deseo de hacer las cosas de otra manera? Aquí es donde no estamos seguros. ¿Es realmente solo la transmisión de las tradiciones culturales lo que nos distingue del neandertal, o se trata de algo más profundo? Si tuviera que apostar, diría que es algo más profundo y que, por lo tanto, el neandertal probablemente no se habría sentido cómodo con la simple idea del cambio. Sin duda, no era una cuestión cultural, sino realmente su forma de concebir el mundo. El neandertal se sentía mucho más a gusto en algo que supusiera una continuidad; estaba bien en su pequeño valle, y así es como todo terminó.
Hola, Ludovic. Yo soy Elena, estudiante de primer año del Grado de Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, y me gustaría preguntarte más sobre el cambio entre los neandertales y los sapiens. ¿Cómo se dio este cambio entre especies? Esa es una buena pregunta. Pero, en realidad, nadie sabe responderla con certeza. Sabemos que, en general, hay que tener presente que, si nos remontamos al pasado, existen diferentes tipos de humanidad. Algunas formas humanas son nuestros antepasados y otras se remontan a ramas que se extinguieron, ramas que no tendrán continuidad. El neandertal se sitúa en una de ellas. Pero lo que fascina de esta población es que, en un momento dado, las ramas de nuestros antepasados y estas ramas neandertales acaban encontrándose. Y eso es fascinante porque es el último momento de toda nuestra historia en el que, en la Tierra, nos enfrentamos a una inteligencia plena y completa que no es la nuestra. ¿Por qué no es la nuestra? Porque con estas dos poblaciones, según las estimaciones, tenemos que contar al menos medio millón de años durante los cuales vivieron en contextos completamente diferentes, con sus propios procesos de evolución biológica y cultural. Y cuando pasamos 500 milenios sin vernos, o viéndonos solo de manera muy esporádica, el momento en que nos volvemos a encontrar es, sin duda, un momento muy singular, porque aquello con lo que me topo después de 500.000 años no soy yo. Os pondré un ejemplo. La diferencia entre un caniche y un lobo es de unos cincuenta años. Así que, como veis, tenemos un intervalo de tiempo que multiplicamos por diez y, por lo tanto, inevitablemente, si creemos en la evolución, cuando nos encontramos, las humanidades que se descubren es muy probable que no conciban el mundo de la misma manera. En el momento de aquel encuentro, tomaremos un rango amplio, de entre 55.000 y 40.000 años, con lo cual tenemos unos quince milenios, en los que, en Europa, las poblaciones volvieron a entrar en contacto. La pregunta es: ¿se conocieron? Nadie sabe responder eso; lo que se suele decir es: "Pero tenemos rastros genéticos, tenemos ADN". Se suele decir que las poblaciones de Eurasia tienen genes neandertales, pero, en realidad, todas las poblaciones de la Tierra tienen genes neandertales. Es una cuestión de proporción: tenemos un poco más en Eurasia porque Europa y Asia eran los territorios naturales de los neandertales. Pero incluso las poblaciones africanas actuales, incluso al sur del Sáhara, también tienen genes neandertales. Tienen menos porque no se encontraban en su territorio, pero las poblaciones no hacen más que intercambiarse, de modo que todas las poblaciones de la Tierra tienen rastros neandertales. Y entonces pensamos: "Tienen rastros neandertales, por lo tanto los sapiens y los neandertales deben haberse encontrado". La respuesta es un poco más complicada que eso. La cuestión no es: "¿Se encontraron?", sino: "¿Realmente se encontraron?". Porque el hecho de que haya rastros genéticos, en realidad, no nos dice mucho ni sobre el destino de los neandertales ni sobre la realidad de su contacto. Por ejemplo, si os digo: "Todos tenéis genes neandertales", de acuerdo, todo va bien. Y, al mismo tiempo, si nos fijamos en el momento del contacto entre los neandertales y los humanos, hace entre 40.000 y 55.000 años, tenemos más datos genéticos de los neandertales, y empezamos a disponer de bastante información. De hecho, estas poblaciones neandertales, en sus últimos movimientos, no tienen genes sapiens recientes. Así que, en el momento del contacto, pasa algo muy extraño. Es como si los intercambios genéticos solo hubieran pasado en una dirección, por lo que hemos podido ver hasta ahora. Pero es aquí donde tenemos más datos genéticos, incluso cuando encontramos restos de sapiens; los datos genéticos de sapiens más antiguos que tenemos tienen entre 45.000 y 50.000 años, en Europa y en Eurasia. Pues bien, en el caso de estos, hace 45.000 o 50.000 años, encontramos rastros de intercambios con los neandertales, igual que en nosotros, aunque un poco más, pero tampoco mucho más. Podemos ver que los rastros son más recientes, y eso es todo. Pero no vemos el proceso inverso en los neandertales. Y eso plantea un verdadero problema. Porque en la antropología cultural los intercambios genéticos no son historias de amor, no son Romeo y Julieta, dos familias que no se soportan aunque al final los jóvenes tendrán descendencia igualmente al enamorarse. Así no es como funciona en las sociedades tradicionales. Ya en la época de nuestros abuelos y bisabuelos existían las dotes. "Te vas a vivir con tal familia, pero con tal condición, y además tienes que traer tu dote". Así que cuando se estudia la antropología cultural, se observa que en todas las poblaciones de la Tierra el intercambio genético tiene que ser recíproco. Y, de manera casi universal, son las mujeres las que se mueven. Por ejemplo, imaginemos un grupo de neandertales que vive a un lado del río y, al otro lado, hay un grupo de sapiens. Se reunirán y se dirán: "Formaremos una alianza y nuestras hermanas se casarán". Es un gran clásico de la antropología cultural. De hecho, el intercambio de genes, es decir, "mi hermana se unirá a tu grupo y tu hermana se unirá al mío, y así nos convertiremos en hermanos", es un gran clásico de la antropología. Las poblaciones humanas funcionan así. En esencia, así es como funciona. Pero eso significa que no se trata simplemente de que "mi hermana se una a tu grupo y, a cambio, por tu parte no pase lo mismo". Eso no es posible. Siempre hay una equidad, algo que se equilibra. "Acepto que mi hermana se una a tu grupo, pero a cambio, tu hermana también tiene que venir con nosotros, para que tengamos descendencia juntos". Y eso no es lo que vemos. Hay una asimetría. Y esta asimetría es algo muy importante. Porque, desde el punto de vista de la organización de las sociedades humanas, es algo que prácticamente desconocemos. Siempre hay reciprocidad. Y aquí, la reciprocidad, hoy por hoy, aunque es el momento en que tenemos más información genética, no la vemos. Solo pasa en una dirección. Todos los sapiens tienen sangre neandertal, así que quizás algunas mujeres jóvenes neandertales se unieron a los grupos de sapiens. Pero no hay mujeres jóvenes sapiens que se hayan unido a los grupos neandertales en los últimos milenios. Eso plantea la cuestión de la asimetría. Es decir, si se encontraron, ¿cómo eran esas relaciones? ¿Nos llevábamos bien? En la calidad de las relaciones, desde España hasta Siberia, ya que se trataba de poblaciones que abarcaban territorios inmensos, es aquí donde surge un enigma. Cuando se consiguen hacer lecturas genéticas se aprecian intercambios ya desde épocas antiguas. Alrededor de hace cien mil años se observan otras fases de intercambios genéticos, quizás más bien por el lado de Oriente, pero no de Europa, del Levante mediterráneo o por territorios de Asia Central. Aquí también se ve una asimetría, aunque quizás en la otra dirección. Así pues, lo que se observa sistemáticamente cuando se analiza el genoma es un desequilibrio en las relaciones entre ambas poblaciones. Y la pregunta es: ¿aparte de algunas pequeñas fugas genéticas en los últimos milenios de la existencia de estas poblaciones, realmente se encontraron? Y eso es un enigma, porque si tomamos todo el período comprendido entre hace 40.000 y 55.000 años en toda Eurasia, el número de restos humanas, el número de restos de sapiens, por ejemplo, es ridículo. En cuanto a Europa, si tomamos el período de entre 40.000 y 55.000 años, ¿cuántos fragmentos de huesos de sapiens hay? Pues, no lo sé, pero caben en una mano, menos de dos. Es algo totalmente anecdótico para un período de quince mil años. Entonces, a la hora de abordar este encuentro, intentemos analizar los utensilios que utilizaban en su día a día: los sílex, sus cuchillos fabricados con sílex, sus armas y todos esos tipos de objetos. La verdad es que encontramos muchos elementos de este tipo en las cuevas, pero en cuanto a restos humanas no hay muchas. Lo que predomina son muchas de sus artesanías, objetos que dejaron en las cuevas. Y en la historia de la investigación hubo realmente un momento en que nos dijimos: "El neandertal lleva 300.000 años en Europa y, de repente, en los últimos milenios, se comporta como el homo sapiens: fabrica herramientas y armas increíblemente modernas, se cubre con ornamentos como el homo sapiens, etc.". Entonces pensamos: "Mirad, es como nosotros, él inventó la modernidad cultural". Y así definimos momentos de contacto, momentos de intercambio con lo que llamamos industrias de transición, es decir, artesanías que toman prestado de ambos mundos. Y decimos: "Estos son los últimos neandertales que están influenciados por el contacto con los sapiens". Hoy en día conseguimos encontrar algunos restos humanas con un poco de material genético y, de manera sistemática, en estas zonas de transición que creíamos que eran de neandertales, lo que hoy se observa es que, en realidad, se trata de las primeras migraciones de sapiens. Creíamos que eran neandertales que protagonizaban una especie de colofón final antes de su extinción, que de repente inventaron una forma de vida al estilo sapiens antes de desaparecer. De hecho, en realidad no sabemos si se encontraron, da la impresión de que pervivirían, que continuarían viviendo como lo habían hecho durante 300 mil años, y de repente todo se acabó. Pero, ¿hubo contacto? ¿Y de qué grado fue este contacto? ¿No es este contacto algo totalmente anecdótico? Aquí hay dos corrientes de pensamiento. Hay quien dirá: "No, el neandertal se fusionó genética y biológicamente con el sapiens, ya que tenemos rastros genéticos". Y después hay otras corrientes que dicen: "Cuidado, eso no es exactamente lo que nos dice la genética y no es en absoluto lo que nos dice la arqueología". Cuando lo analizamos más de cerca, hay que hacer un verdadero esfuerzo mental para imaginar que la humanidad puede extinguirse y que el rastro genético no es el rastro de una fusión de poblaciones. Intentaré daros un ejemplo, aunque es difícil, pero bueno, hay una imagen que todo el mundo puede entender. Los mamuts se han extinguido. Pero si analizas el genoma de los elefantes asiáticos, encontrarás muchos genes de mamut. Sin embargo, los mamuts se han extinguido. O si, de repente, todos los lobos desaparecieran de la Tierra, el hecho de que el caniche de tu abuela comparta gran parte del genoma de los lobos no significa que los lobos no hayan desaparecido. El caniche es el caniche y el lobo es el lobo. El elefante asiático es el elefante asiático y el mamut es el mamut. Y, por lo tanto, el intercambio genético no nos dice nada. Entonces la cuestión es: si se encontraron, ¿qué pasó, cómo lo podemos ver, cómo lo podemos expresar con palabras y cómo podemos explicar que, en un momento dado, una de estas dos humanidades se extinguió? Depende de nosotros. El subtítulo de mi libro, ‘El último neandertal’, trata de comprender cómo mueren los hombres. Y no podemos proyectarnos en ello, en entender cómo mueren los hombres. Porque, al fin y al cabo, entender cómo mueren los hombres es sencillo. Coges una gran película estadounidense y ahí lo tienes: un asteroide, un volcán, Godzilla, cosas que hacen ‘bim, bam, bum’, cosas catastróficas. Y podemos proyectar eso, efectivamente, en cómo murieron los dinosaurios. La desaparición de los dinosaurios, por supuesto, fue por el impacto de los asteroides. Así que imaginemos el fin de las especies como algo violento y ruidoso. La cuestión es que hay que enfrentarse a ello, entenderlo realmente. Todos mis escritos, todo mi pensamiento, tienen como objetivo intentar comprender qué es el ser humano. Ni siquiera se trata de entender qué es el neandertal, sino de utilizar el conocimiento íntimo que tengo de estas poblaciones, porque ya hace prácticamente 35 años que estoy en cuevas rastreando lo que yo llamo "la criatura", y utilizarlo para intentar crear un espejo de lo que somos. Es en este juego de espejos donde está la clave. De hecho, el gran problema del sapiens es que no tenemos con qué compararnos. Cuando nos comparamos, lo hacemos con los grandes simios, por ejemplo. Yo siento un amor infinito por los grandes simios, pero si nos posicionamos en relación con ellos, acabaremos diciendo: "¡Mira el sapiens, qué creatividad!". El problema es que aquí nos comparamos con otras especies animales. Nosotros somos una especie animal, pero una forma animal de la que nos separamos hace más de 10 millones de años. Y cuando hacemos eso estamos planteando mal la cuestión, nos subimos a un pedestal. Decimos: "Mira, aquí está el sapiens". Cuando, en realidad, el sapiens y los grandes chimpancés, los bonobos o los grandes simios, en general, no es que uno sea superior al otro, sino que perciben el mundo de una manera completamente diferente. Sin embargo, existe un antepasado común y, por eso mismo, se han hecho muchos estudios, por ejemplo, sobre la sensibilidad artística de los grandes simios. Cuando les das pinceles y colores, aprenden, disfrutan y empiezan a crear cuadros de gran calidad. Y enseñarán a sus hijos a hacerlos. Así que no es que a los grandes simios les falte calidad artística, sino que tienen su propia visión del mundo, sus propias cualidades artísticas si planteamos la cuestión por ese camino. Pero me podéis decir: "Mira, eres muy amable con los cuadros de los grandes simios, pero, en fin, mira algo tan simple como esta silla, ¿te imaginas el desarrollo tecnológico que hace falta para conseguir algo así?". No me refiero a un avión o a un coche, estamos rodeados de tecnología. Y si nos centramos en los grados de tecnología o en los grados de simbolismo o de expresión artística, no nos estamos haciendo las preguntas adecuadas. Pero en la etología humana, ¿ha habido comportamientos propios del sapiens que no fueran los comportamientos del neandertal? Eso no convierte al sapiens en superior ni al neandertal en inferior, ni a la inversa. Por eso hay que plantearse la cuestión de manera neutral y objetiva: ¿es cierto que no podemos salir de nuestra perspectiva de sapiens, que estamos prisioneros de ella? ¿Somos capaces de comprender el mundo? ¿Somos capaces de decirnos a nosotros mismos que el sapiens no define al ser humano? El sapiens es la forma de ser humano que ha sobrevivido. La cuestión es: ¿por qué hoy en día estamos solos? ¿Y concebían el mundo de la misma manera las otras formas humanas? ¿Y si lo concebían de una manera diferente, eso las convierte en subhumanas o las convierte en una variante radicalmente diferente de la humanidad y, por lo tanto, nos permite definir con palabras qué es realmente un humano? De eso tratan todos mis libros. Mis libros, mi pensamiento, no van dirigidos a quien se interesa por el neandertal, el Paleolítico, la prehistoria o cualquier otro tema relacionado. Todas mis obras están aquí para decirte: "Mírate a ti mismo e intenta encontrar las palabras para expresar qué somos en el mundo". ¿Sabéis por qué es importante plantearnos esta cuestión? Porque el resto de seres humanos se han extinguido y no hay ninguna razón para que nosotros no acabemos haciéndolo. Cuando nos extingamos, si me habéis seguido, no será de golpe, no será por un asteroide, no será por el cambio climático, no será por una enorme erupción volcánica. Será por otra cosa, algo que no hará ruido, porque la extinción de los neandertales tampoco hizo ruido. Pero habrá algo que nos conducirá inevitablemente a la extinción de la humanidad. Entonces la cuestión es cómo veían el mundo los otros seres humanos y cómo y por qué nosotros seguimos aquí y ellos no.
Buenas tardes, Ludovic. Soy Oscar San Martín, periodista de viajes e investigación, y quería preguntarte si ves con optimismo el futuro de nuestra especie, eso primero. Y después también quería saber qué piensas tú sobre la posibilidad o la opción de que otra especie suplante al homo sapiens. Bien, nadie conoce el futuro. Yo sé algo del pasado. Lo que se podría decir es que lo que pasó con los neandertales, es que, desde nuestro punto de vista, se trató de una especie de proceso de obsolescencia. Esa es la razón por la que se extinguieron. No porque fueran menos, sino porque eran diferentes. Ya os he dicho cómo entender la forma de morir de los hombres, nunca es por un BIM BAM BUM… nada catastrófico. No moriremos por el impacto de un asteroide. El sapiens sabe adaptarse perfectamente a los peores impactos, a las peores erupciones volcánicas, a las peores radiaciones estelares; sabe hacerlo. Estamos hiperadaptados, sabemos protegernos. Podemos adaptarnos, podemos ir a la Luna, somos capaces de hacer cosas increíbles. Pero probablemente a los sapiens también les llegará el final. Pero cuando llegue, no vendrá así sin más, eso para empezar. Y, en segundo lugar, no estamos al borde del apocalipsis. Esto es muy importante que lo escuchen los jóvenes: no estáis en un planeta al borde del apocalipsis. Estáis en un planeta que tiene problemas, pero en cada generación ha habido problemas. Pero también debéis entender que este planeta es nuestro planeta A y que no tendremos un planeta B. No hay que creerse todo lo que nos dicen; no habrá un planeta B, así que no tenemos un plan B. Hay que cuidar este planeta. Pero no moriremos por los estragos que estamos causando con la destrucción de los biótopos. Lo que estamos viendo ahora, lo que está cristalizando, los temores sobre el futuro se centran en la cuestión del carbono. Y la palabra "carbono" lo abarca y lo simplifica todo. Estas cuestiones del carbono y la temperatura son como si tuvieras un cuerpo enfermo y le pusieras un termómetro y lo que combatieras fuera el aumento de la temperatura en el termómetro, y no la enfermedad. Así que, si hay un cuerpo enfermo y si hay una enfermedad, hay que buscarla en nuestros procesos hipernormalizados de una producción caracterizada por la hiperestandarización y la hiperindustrialización, lo que hace que, al final, tengamos el carbono, tengamos la temperatura y tengamos problemas. Pero mientras nos centramos en el carbono, la respuesta será: "Reduzcamos el carbono". Pero ¿no sería mejor centrar la cuestión en modificar nuestras formas de actuar? ¿Reflexionemos sobre nuestros procesos, sobre nuestra forma de concebir el mundo? De momento creo que lo primero que existe es el miedo; los jóvenes deben deshacerse de este miedo, porque si se dejan llevar por él, no podrán avanzar. No hay que tener miedo, estáis en un planeta maravilloso. Por otro lado, en cierto modo, necesitamos enfrentarnos a la idea del fin del mundo. Pero eso es algo que forma parte de nuestras tradiciones occidentales. El fin del mundo es algo arraigado en Occidente, en nuestros libros sagrados, en el Apocalipsis. Necesitamos una finitud. Pero somos seres animales que heredamos millones de años de historia. Esto no se acabará así como así. Sin embargo, es cierto que, si no tenemos cuidado, acabaremos haciendo barbaridades. Pero nuestra hipereficiencia, nuestra hipereficacia, es terrible porque está provocando el colapso de los biótopos. Y eso es lo más valioso que tenemos: los entornos naturales, los bosques, toda la biodiversidad, eso es lo importante. Por eso no hay que intentar comprar bonos de carbono, hay que intentar preservar toda la naturaleza que nos rodea. Hay que luchar para que haya bosques primarios por todas partes. Hay que luchar para que en Europa podamos volver a tener bosques primarios. Y aquí hay una lucha que, por un lado, es hermosa. Pero la pregunta es: ¿nos extinguiremos? Y si nos extinguimos, entender cómo mueren los hombres, que es de lo que trata mi libro. No es algo que pase de golpe. Hace unos años me invitaron a un programa de televisión muy popular en Francia y me preguntaron: "¿Quién nos sustituirá a nosotros?". Y yo dije: "No lo sé, quizás el Chat GPT 7.0". Y, más allá del lado cómico, en realidad hay algo terrible. Lo que estamos viviendo actualmente no es una revolución industrial más, es la posible puesta en marcha de un proceso de obsolescencia del homo sapiens. Y lo que le pasó al neandertal es, según mi percepción, un proceso de obsolescencia. Y con eso ya es suficiente para que se derrumben todos los valores, todo aquello en lo que creo. No es que nos vaya a quitar el trabajo, no es que se vaya a convertir en Terminator y venga a exterminarnos, es que si alguna vez conseguimos crear algo que se acelere muy rápido, que se vuelva realmente muy sutil, que sea realmente muy ingenioso y que cada vez que le hagamos una pregunta nos digamos: "Caramba, es diez veces más inteligente que yo", ese momento llegará, me temo que no podremos evitarlo. ¿Y por qué es peligroso? No es peligroso porque lleguen a tener un cuerpo, ya les estamos creando cuerpos. No es que estas cosas que serán más sutiles que nosotros lleguen a tener un cuerpo; ese no es el problema. El problema es que los jóvenes digan: "Pero ¿por qué tengo que aprender matemáticas? ¿Por qué tengo que aprender español? ¿Por qué tengo que estudiar física? Esta máquina es capaz de soltarme teorías dignas del Premio Nobel de Física tres veces por semana". Y en ese momento, la imagen que tenemos de nosotros mismos se derrumbará. Elon Musk dice: "Todos viviremos en la abundancia". Elon, creo que hay un peligro que va más allá de eso. En primer lugar, no sé si llegará la abundancia. Y, en segundo lugar, creo que el gran riesgo es que dejemos de creer en nosotros mismos. La mayoría de nosotros estamos dejando de creer en nosotros mismos y este proceso de derrumbe es algo que quizás es más terrible y más peligroso. Preguntar: "¿Qué quieres ser de mayor, hijo mío? ¿Escritor o poeta?". Y que te responda: "Sabes?, hoy en día, para empezar, ya casi nadie lee". "Aghhhh... me estaba mirando". No hay que leer los teléfonos, hay que leer el contenido. Y hay que prestar atención a lo que diremos a nuestros hijos. Estas inteligencias son un poco como el encuentro entre el neandertal y el sapiens; lo que estamos creando nosotros mismos es algo que quizás, hoy por hoy, no es necesariamente más inteligente que nosotros, pero sí más eficaz. Es tremendamente eficaz. Si le das un PDF de 600 páginas, en seis segundos te hace un resumen. A ti te llevaría semanas. Así que estamos creando algo que es excesivamente eficiente, una especie de caricatura del sapiens. Esta bestia es un "hipersapiens". Y os recuerdo que, a mi entender, las otras civilizaciones se extinguieron porque se encontraron con algo más eficiente y porque, a sus ojos, todos sus valores se derrumbaron. Y este es el discurso que tenéis que transmitir a vuestros hijos. En primer lugar, el planeta es precioso. En segundo lugar, es un jardín inmenso y podemos convertirlo en un jardín aún más bonito. Y en tercer lugar, estas cosas no son más que máquinas y lo que hay que encargarles es todo aquello que no nos apetece hacer, y ser conscientes de la creatividad de la que os he hablado. La falta de creatividad del sapiens es algo terrible. La creatividad es lo más bello que tenemos y es lo único que podrá salvarnos.