Transcription
[Música] No es solo literatura. Cierra los ojos. Escucha. Bienvenido. Universence Poems. La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca.
Personas: Basilio, rey de Polonia. Segismundo, príncipe. Astolfo, duque de Moscovia. Clotaldo, viejo. Clarín, gracioso. Estrella, infanta, Rosaura, dama. Soldados, guardas, músicos, acompañamiento, criados, damas.
Jornada primera.
La escena es en la corte de Polonia, en una fortaleza poco distante y en el campo. A un lado monte Fragoso y al otro una torre cuya planta baja sirve de prisión a Segismundo.
Sale por lo alto del monte Rosaura, vestida de hombre en traje de camino y en diciendo los primeros versos baja.
Hipógrifo violento que corriste parejas con el viento. ¿Dónde? Rayo sin llama, pájaro sin matiz, pez sin escama y bruto sin instinto natural. Al confuso laberinto de estas desnudas peñas te desbocas, te arrastras y despeñas. Quédate en este monte donde tengan los brutos su faetón. Que yo, sin más camino que el que me dan las leyes del destino, ciega y desesperada, bajaré la aspereza enmarañada de este monte inerte, que mal la arruga al sol el ceño de su frente. Mal Polonia recibes a un extranjero, pues con sangre escribe su entrada en tus arenas y apenas llega cuando llega apenas.
Bien, mi suerte lo dice, más, ¿dónde halló piedad un infeliz?
Baja Clarín por la misma parte.
Di dos y no me dejes en la posada a mí cuando te quejes. Que si dos hemos sido los que de nuestra patria hemos salido a probar aventuras. Dos, los que entre desdichas y locuras aquí habemos llegado. Y dos, los que del monte hemos rodado. No es razón que yo sienta meterme en el pesar y no en la cuenta. No te quiero dar parte en mis quejas, Clarín, por no quitarte. Llorando tu desvelo, el derecho que tienes al consuelo. Que tanto gusto había en quejarse. Un filósofo decía que a trueco de quejarse habían las desdichas de buscarse. El filósofo era un borracho barbón. Oh, quién le diera más de mil bofetadas quejárase después de muy bien dadas.
Más, ¿qué haremos, señora? A pie, solo, perdidos. Ya está ahora en un desierto monte cuando se parte el sol a otro horizonte. ¿Quién ha visto sucesos tan extraños? Más si la vista no padece engaños. ¿Qué hace la fantasía a la que medrosa luz que aún tiene el día? Me parece que veo un edificio. Oh, miente mi deseo. O termino las señas.
Rústica nace entre desnudas peñas una torre tan breve que al sol apenas a mirar se atreve. Con tan rudo artificio, la arquitectura está de su edificio que parece a las plantas de tantas rocas y de peñas tantas que al sol tocan la lumbre peñasco que ha rodado de la cumbre. Vámonos acercando, que este es mucho mirar, señora, cuando es mejor que la gente que habita en ella generosamente nos admita. La puerta, mejor diré funesta boca, abierta está y desde su centro nace la noche, pues la engendra dentro.
Suenan dentro cadenas. ¿Qué es lo que escucho, cielo? Inmóvil bulto soy de fuego y hielo. Cadenita, ay, que suena. Mátenme si no es galeota en pena. Bien, mi temor lo dice dentro. Ay, mísero de mí. Ay, infeliz. Qué triste voz escucho. Con nuevas penas y tormentos lucho yo con nuevos temores. Clarín, señora, huyamos los rigores de esta encantada torre. Yo aún no tengo ánimo para huir cuando a eso vengo.
No es breve luz aquella, caduca exhalación, válida estrella, que en trémulos desmayos, pulsando ardores y latiendo rayos, hace más tenebrosa la oscura habitación con luz dudosa? Sí, pues a sus reflejos puede determinar, aunque de lejos, una prisión oscura que es de un vivo cadáver sepultura. Y por más me asombre, en el traje de fiera yace un hombre de prisiones cargado y solo de la luz acompañado. Pues huir no podemos. Desde aquí sus desdichas escuchemos. Sepamos lo que dice.
Descúbrese Segismundo con una cadena y a la luz vestido de pieles.
Ay, mísero de mí. Ay, infeliz. Apurar cielos pretendo, ya que me tratáis así. ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo? Aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido. Bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor, pues el delito mayor del hombre es haber nacido. Solo quisiera saber, para apurar mis desvelos, dejando a una parte cielos el delito de nacer, ¿qué más os pude ofender para castigarme más? ¿No nacieron los demás? Pues si los demás nacieron, qué privilegios tuvieron que yo no gocé jamás.
Nace el ave y con las galas que le dan belleza suma, apenas es flor de pluma o ramillete con alas. Cuando las etéreas salas corta con velocidad, negándose a la piedad del nido que deja en calma. Y teniendo yo más alma, tengo menos libertad.
Hace el bruto y con la piel que dibujan manchas bellas, apenas signo es de estrellas gracias al docto pincel. Cuando atrevido y cruel, la humana necesidad le enseña a tener crueldad, monstruo de su laberinto. Y yo con menos distinto tengo menos libertad.
Nace el pez que no respira aborto de ovas y lamas y apenas bajel de escamas sobre las ondas se mira. cuando a todas partes gira midiendo la inmensidad de tanta capacidad como le da el centro frío. Y yo con más albedrío tengo menos libertad.
Nace el arroyo culebra que entre flores se desata y apenas sierpe de plata entre las flores se quiebra. Cuando músico celebra de las flores la piedad que le dan la majestad, el campo abierto a su ida, y teniendo yo más vida, tengo menos libertad.
En llegando a esta pasión, un volcán, un Etna hecho, quisiera sacar del pecho pedazos del corazón. ¿Qué ley? ¿Justicia o razón? Negar a los hombres sabe privilegio tan suave, excepción tan principal, que Dios le ha dado a un cristal, a un pez, a un bruto y a un ave.
Temor y piedad en mí sus razones han causado. ¿Quién mis voces ha escuchado? Es Clotaldo. Clarín aparte. Di que sí. No es sino un triste ay de mí que en estas bóvedas frías oyó tus melancolías.
Segismundo la hace. Pues la muerte te daré porque no sepas que sé que sabes flaquezas mías. Solo porque me has oído entre mis membrudos brazos te tengo que hacer pedazos. Yo soy sordo y no he podido escucharte. Si has nacido humano, basta el postrarme a tus pies para librarme. Tu voz pudo enternecerme, tu presencia suspenderme y tu respeto turbarme. ¿Quién eres? que aunque yo aquí tampoco del mundo sé que cuna y sepulcro fue esta torre para mí, y aunque desde que nací, si esto es nacer, solo advierto este rústico desierto donde miserable vivo, siendo un esqueleto vivo, siendo un animado muerto. Y aunque nunca vi ni hablé sino a un hombre solamente, que aquí mis desdichas siente, porque las noticias sé de cielo y tierra, y aunque aquí, porque más te asomes y monstruo humano me nombres, entre asombros y quimeras soy un hombre de las fieras y una fiera de los hombres. Y aunque en desdichas tan graves la política ha estudiado, de los brutos he enseñado, advertido de las aves y de los astros suaves, los círculos he medido. Tú solo, tú has suspendido la pasión a mis enojos, la suspensión a mis ojos, la admiración al oído. Con cada vez que te veo, nueva admiración me das. Y cuando te miro más, aún más mirarte deseo. Ojos hidrópicos. Creo que mis ojos deben ser, pues cuando es muerte el beber, beben más. Y de esta suerte, viendo que el ver me da muerte, estoy muriendo por ver. Pero véate yo y muera, que no sé rendido ya. Si el verte muerte me da, el no verte, ¿qué me diera? Fuera más que muerte fiera, ira, rabia y dolor fuerte, fuera muerte. De esta suerte es su rigor ponderado, pues dar vida a un desdichado es dar a un dichoso muerte.
Con asombro de mirarte, con admiración de oírte, ni sé qué pueda decirte ni qué pueda preguntarte. Solo diré que a esta parte hoy el cielo me ha guiado para haberme consolado. Si consuelo puede ser del que es desdichado ver a otro que es más desdichado. Cuentan de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba, que solo se sustentaba de unas hierbas que comía. Habrá otro entre sí decía, más pobre y triste que yo. Y cuando el rostro volvió, halló la respuesta. Viendo que iba otro sabio cogiendo las hojas que él arrojó. Quejoso de la fortuna yo en este mundo vivía y cuando entre mí decía, "¿Habrá otra persona alguna de suerte más importa, piadoso me has respondido, pues volviendo en mi sentido, hallo que las penas mías para hacerlas tú alegrías las hubieras recogido. Y por si acaso mis penas pueden aliviarte en parte, óyelas atento y toma las que de ellas me sobraren."
Yo soy entra Clotaldo. Guardas de esta torre que dormidas o cobardes disteis paso a dos personas que han quebrantado la cárcel. Nueva confusión, padezco. Este es Clotaldo, mi alcaide. Aún no acaban mis desdichas. Acudid y vigilantes, sin que puedan defenderse o prenderles o matarles. Todos dentro. Traición, guardas de esta torre que entrar aquí nos dejasteis. Pues que nos dais a escoger el prendernos es más fácil.
Sale Clotaldo con escopeta y soldados, todos con rostros cubiertos.
Todos os cubrid los rostros, que es diligencia importante mientras estamos aquí que no nos conozcan, aide. Enmascaraditos hay. Oh, vosotros que ignorantes de aquado sitio, coto y término pasasteis contra el decreto del rey, que manda no os en nadie examinar el prodigio que entre estos peñascos yace. Rendid las armas y vidas, o que esta pistola pepit de metal escupirá el veneno penetrante de dos balas, cuyo fuego será escándalo del aire.
Primero, tirano dueño que los ofrendas y agravios será mi vida de despojo de estos lazos miserables. Pues en ellos, vive Dios, tengo que despedazarme con las manos, con los dientes entre aquas peñas antes que su desdicha consienta y que llore sus ultrajes. Si sabes que tus desdichas e Gismundo son tan grandes que antes de nacer moriste por ley del cielo. Si sabes que aquí estas prisiones son de tus furias arrogantes, un freno que las detenga y una rienda que las pare, ¿por qué blasonas la puerta? Cerrad de esa estrecha cárcel, escondedle en ella.
Ciérranle la puerta y dice dentro, "Ay, cielos, qué bien hacéis en quitarme la libertad, porque fuera contra vosotros, gigante, que para quebrar el sol esos vidrios y cristales sobre cimientos de piedra pusiera montes de jaspe. Quizá porque no los pongas, hoy padeces tantos males. Ya que vi que la soberbia te ofendió tanto, ignorante fuera en no pedirte humilde vida, que a tus plantas yace. Muévete en mil la piedad, que será rigor notable. que no hay en favor en ti ni soberbias ni humildades. Y si humildad y soberbia no te obligan, eh, personajes que han movido y removido mil autos sacramentales, yo ni humilde ni soberbio, sino entre las dos mitades, te pido que nos remedies y ampares."
Hola, señor. A los dos quitad las armas y atadles los ojos porque no vean cómo ni de dónde salen. Mi espada es esta, que a ti solamente ha de entregarse porque al fin de todos eres el principal y no sabe rendirse a menos valor. La mía es tal que puede darse al más ruin. Tomadla vos. Y si he de morir, dejarte quiero en la fe de esta piedad. Prenda que pudo estimarse por el dueño que algún día se la ciñó. Que la guardes te encargo, porque aunque yo no sé qué secreto alcance, sé que esta dorada espada encierra misterios grandes, pues solo fiado en ella, vengo a Polonia a vengarme de un agravio.
Clotaldo, aparte. Santos cielos, ¿qué es esto? Ya son más graves mis penas y confusiones, mis ansias y mis pesares. ¿Quién te la dio? Una mujer. ¿Cómo se llama? Que calle su nombre es fuerza. ¿De qué infieres ahora o sabes que hay secreto en esta espada? ¿Quién me la dio? Dijo, "Parte a Polonia y solicita con ingenio, estudio o arte que te vean esa espada los nobles y principales. Que yo sé que alguno de ellos te favorezca y ampare." Que por si acaso era muerto, no quiso entonces nombrarle.
Clotaldo, aparte. Válgame el cielo, ¿qué escucho? Aún no sé determinarme si tales sucesos son ilusiones o verdades. Esta espada es la que yo dejé a la hermosa Violante por señas que el que ceñida la trujera había de hallarme amoroso como hijo y piadoso como padre. Pues, ¿qué he de hacer, ay de mí, en confusión semejante? Si quien la trae por favor para su muerte la trae, pues, ¿qué sentenciado a muerte llega a mis pies? Qué notable confusión, qué triste ado, qué suerte tan inconstante. Este es mi hijo y las señas dicen bien con las señales del corazón, que por verle llama el pecho y en él bate las alas y no pudiendo romper los candados hace lo que aquel que está encerrado y oyendo ruido en la calle se asoma por la ventana. Y él así, como no sabe lo que pasa y oye el ruido, va a los ojos a asomarse, que son ventanas del pecho por donde lágrimas sale. ¿Qué de hacer? Válgame, cielo. ¿Qué de hacer? Porque llevarle al rey es llevarle, ay, triste, a morir. Pues ocultarle al rey no puedo, conforme a la ley del homenaje. De una parte el amor propio y la lealtad de otra parte me rinden. Pero, ¿qué dudo? La lealtad al rey no es antes que la vida y que el honor, pues ella viva y él falte. Fuera de que si ahora atiendo a que dijo que a vengarse viene de un agravio, hombre que está agraviado es infame. No es mi hijo, no es mi hijo ni tiene mi noble sangre. Pero si ya ha sucedido un peligro de quien nadie se libró, porque el honor es de materia tan fácil que con una acción se quiebra o se mancha con un aire. ¿Qué más puede hacer? ¿Qué más el que es noble de su parte que a costa de tantos riesgos haber venido a buscarle? Mi hijo es, mi sangre tiene, pues tiene valor tan grande. Y así, entre una y otra duda, el medio más importante es irme al rey y decirle que es mi hijo y que le mate. Quizá la misma piedad de mi honor podrá obligarle. Y si le merezco vivo, yo le ayudaré a vengarse de su agravio. Más si el rey en sus rigores constantes le da muerte, morirá sin saber que soy su padre. Venid conmigo, extranjeros. No temáis, no de que os falte compañía en las desdichas, pues en duda semejante de vivir o de morir, no sé cuáles son más grandes.
Se van.
Sale por una parte Astolfo con acompañamiento de soldados y por otra Estrella con damas. Suena música.
Bien. Al ver los excelentes rayos que fueron cometas, mezclan salvas diferentes las cajas y las trompetas, los pájaros y las fuentes, siendo con música igual y con maravilla suma a tu vista celestial, unos clarines de pluma y otras aves de metal. Y así os saludan, señora, como a su reina las balas, los pájaros como aurora, las trompetas como a palas y las flores como a flora, porque sois burlando el día que ya la noche destierra, aurora en el alegría, flora en paz, palas en guerra y reina en el alma mía.
Si la voz se ha de medir con las acciones humanas, mal habéis hecho en decir finezas tan cortesanas donde os pueda desmentir todo ese marcial trofeo con quien ya atrevida lucho. Pues no dicen, según creo, las lisonjas que os escucho con los rigores que veo. Y advertid que es baja acción que solo a una fiera toca. Madre de engaño y traición el halagar con la boca y matar con la intención.
Muy mal informada estáis, Estrella, pues que de la fe de mis finezas dudáis. Y os suplico que me oigáis la causa, a ver si la sé. Falleció Eustorgio Icero, rey de Polonia, quedó Basilio por heredero y dos hijas de quien yo y vos nacimos. No quiero cansar con lo que no tiene lugar aquí. Clorilene, vuestra madre y mi señora, que el mejor imperio ahora dosel de luz tiene, fue la mayor, de quien vos sois hija. Fue la segunda madre y tía de los dos, la gallarda Recisunda, que guarde mil años Dios. Casó en Moscovia de quien nací yo. Volver ahora a otro principio es bien.
Basilio, que ya señora, se rinde al común desdén del tiempo, más inclinado a los estudios que dado a mujeres en viudó sin hijos. Y vos y yo aspiramos a este estado. Vos alegáis que habéis sido hija de hermana mayor. Yo, que varón he nacido. Y aunque de hermana menor os debo ser preferido. Vuestra intención y la mía a nuestro tío contamos. Él respondió que quería componernos y aplazamos este puesto y este día. Con esta intención salí de Moscovia y de su tierra. Con esta llegué hasta aquí. En vez de haceros yo guerra, a que me la hagáis a mí.
Oh, quiera amor, sabio Dios, que el vulgo, astrólogo, cierto, hoy lo sea con los dos y que pare este concierto en que seáis reina vos, pero reina en mi albedrío, dáos para más honor su corona, nuestro tío, sus triunfos, vuestro valor y su imperio, el amor mío. Tan cortés bizarría, menos mi pecho no muestra, pues la imperial monarquía, para solo hacer la vuestra me holgará que fuese mía. Aunque no está satisfecho, mi amor, de que sois ingrato, si en cuanto decís sospecho que os desmiente ese retrato que está pendiente del pecho. Satisfaceros intento con él, más lugar no da tanto sonoro instrumento que avisa que sale ya el rey con su parlamento.
Tocan y sale el rey Basilio viejo y acompañamiento.
Sabiotes, Doct Euclides, que entre signos, que entre estrellas, hoy gobiernas, hoy resides y sus caminos, sus huellas describes, tasas y mides. Deja que en humildes lazos, deja que en tiernos abrazos, hiedra de ese tronco sea rendido a tus pies me vea. Sobrinos, dadme los brazos y creed, pues que lees a mi precepto amoroso venís con afectos tales que a nadie deje quejoso, y los dos quedéis iguales. Y así, cuando me confieso rendido al prolijo peso, solo os pido en la ocasión silencio, que admiración ha de pedirla el suceso. Ya sabéis, estadme atentos, amados sobrinos míos, corte ilustre de Polonia, vasallos, deudos y amigos. Ya sabéis que yo en el mundo por mi ciencia he merecido el sobrenombre de Docto, pues contra el tiempo y olvido, los pinceles de timantes, los mármoles del isipo en el ámbito del orto me aclaman el gran Basilio. Ya sabéis que son las ciencias que más curso y más estimo, matemáticas sutiles, por quien al tiempo le quito, por quien a la fama rompo, la jurisdicción y oficio de enseñar más cada día. Pues cuando en mis tablas miro presentes las novedades de los venideros siglos, le gano al tiempo las gracias de contar lo que yo he dicho. Esos círculos de nieve, esos doseles de vidrio que el sol ilumina a rayos, que parte la luna a giros, esos orbes de diamantes, esos globos cristalinos que las estrellas adornan y que campean los signos son el estudio mayor de mis años, son los libros. donde en papel de diamante, en cuadernos de zafiros, escribe con líneas de oro en caracteres distintos el cielo, nuestros sucesos ya adversos o ya benignos. Esto os leo tan veloz que con mi espíritu sigo sus rápidos movimientos por rumbos y por caminos. Pluguiera al cielo primero que mi ingenio hubiera sido de sus márgenes comento y de sus hojas registro. hubiera sido mi vida el primero desperdicio de sus idas y que en ellas mi tragedia hubiera sido, porque de los infelices aún el mérito es cuchillo, que a quien le daña el saber homicida es de sí mismo. Dígalo yo, aunque mejor lo dirán sucesos míos, para cuya admiración otra vez silencio os pido.
En Clorilene, mi esposa, tuve un infelice hijo, en cuyos partos los cielos se agotaron de prodigios. Antes que a la luz hermosa le diese el sepulcro vivo de un vientre, porque el nacer y el morir son parecidos. Su madre infinitas veces entre ideas y delirios del sueño, vio que rompía sus entrañas atrevido a un monstruo en forma de hombre y entre su sangre teñido le daba muerte, naciendo víbora humana del siglo. Llegó de su parto el día y los presagios cumplidos, porque tarde o nunca son mentirosos los impíos, nació en horóscopo tal que el sol, en su sangre tinto entraba sañudamente con la luna en desafío. Y siendo vaya la tierra, los dos faroles divinos a luz entera luchaban, ya que no abrazó partido. el mayor, el más horrendo eclipse que ha padecido el sol después que con sangre lloró la muerte de Cristo. Este fue porque anegado el orbe entre incendios vivos, presumió que padecía el último parasismo. Los cielos se enfurecieron, temblaron los edificios, llovieron piedras, las nubes, corrieron sangre los ríos. En este mísero, en este mortal planeta o signo, nació se Gismundo dando de su condición indicios. pues dio la muerte a su madre, con cuya fiereza dijo, "Hombre soy, pues que ya empiezo a pagar mal beneficios. Yo, acudiendo a mis estudios, en ellos y en todo miro que Segismundo sería el hombre más atrevido, el príncipe más cruel y el monarca más impío, por quien su reino vendría a ser parcial y diviso, escuela de las traiciones y academia de los vicios." Y él, de su furor llevado entre asombros y delitos, había de poner en mí las plantas, yo, rendido a sus pies, me había de ver, con qué congoja lo digo, siendo alfombra de sus plantas las canas del rostro mío. ¿Quién no da crédito al daño y más al daño que ha visto en su estudio donde nace el amor propio su oficio, pues dando crédito yo a los hados que adivinos me pronosticaban daños en fatales vaticinios, determiné de encerrar la fiera que había nacido por ver si el sabio tenía en las estrellas dominio. Publicose que el infante nació muerto y prevenido hice labrar una torre entre peñas y riscos de esos montes donde apenas la luz ha hallado camino por defenderle la entrada sus rústicos obeliscos. Las graves penas y leyes que con públicos editos declararon que ninguno entrase a un vedado sitio del monte se ocasionaron de las causas que os he dicho. Allí Segismundo vive, mísero, pobre y cautivo, a donde solo Clotaldo le ha hablado, tratado y visto. Este le ha enseñado ciencias. Este en la ley le ha instruido católica, siendo solo de sus miserias testigo.
Aquí hay tres cosas. La una, que yo, Polonia, os estimo tanto que os quiero librar de la opresión y servicio de un rey tirano, porque no fuera, señor benigno el que a su patria y su imperio pusiera en tanto peligro. La otra es considerar que si a mi sangre le quito el derecho que le dieron, humano fuero y divino, no es cristiana caridad. Pues ninguna ley ha dicho que por reservar yo a otro de tirano y de atrevido pueda yo serlo. Supuesto que si es tirano mi hijo, porque él delitos no haga, vengo yo a hacer los delitos. Es la última y tercera el ver cuánto hierro ha sido dar crédito fácilmente a los sucesos previstos, pues aunque su inclinación le dicte sus precipicios, quizá no le vencerán, porque el lado más esquivo, la inclinación más violenta, el planeta más impío, solo el albedrío inclinan, no fuerzan el albedrío. Y así entre una y otra causa vacilante y discursivo, previne un remedio tal que os suspenda los sentidos. Yo he de ponerle mañana, sin que él sepa que es mi hijo y rey vuestro, Aegismundo, que aqueste su nombre ha sido, en mi dosel, en mi silla y en fin, en el lugar mío, donde os gobierne y os mande, y donde todos rendidos la obediencia le juréis. Pues con aquesto consigo tres cosas con que respondo a las otras tres que he dicho. Es la primera que siendo prudente cuerdo y benigno, desmintiendo en todo al hado, que de él tantas cosas dijo, gozaréis el natural príncipe vuestro, que ha sido cortesano de unos montes y de sus fieras vecino. es la segunda, que si él, soberbio, osado, atrevido y cruel, con rienda suelta corre el campo de sus vicios, habré yo, piadoso entonces con mi obligación cumplido, y luego en desposeerle haré como rey invicto, siendo él volverle a la cárcel, no crueldad, sino castigo. Es la tercera, que siendo el príncipe como os digo, por lo que os amo vasallos, os daré reyes más dignos de la corona y el cetro, pues serán mis dos sobrinos, juntando en uno el derecho de los dos, y convenidos con la fe del matrimonio, tendrán lo que han merecido. Esto como rey os mando, esto como padre os pido, esto como sabio os ruego, esto como anciano os digo. Y si el Senca español, que era humilde esclavo, dijo de su república un rey? Como esclavos lo suplico. Si a mí el responder me toca, como el que efecto ha sido aquí el más interesado, en nombre de todos digo que se Gismundo parezca, pues le basta ser tu hijo. Danos al príncipe nuestro, que ya por rey le pedimos.
Vasallos, esa fineza os agradezco y estimo. Acompañad a sus cuartos a los dos atlantes míos, que mañana le veréis. Viva el grande rey, Basilio.
Éntranse todos.
Antes que se entre el rey, salen Clotaldo, Rosaura, Clarín y Clotaldo detiene al rey.
¿Podré hablar? Oh, Clotaldo, tú seas muy bienvenido. Aunque viniendo a tus plantas esfuerza el haberlo sido, esta vez rompes, señor, el lado triste y esquivo, el privilegio a la ley y a la costumbre el estilo. ¿Qué tienes? Una desdicha, señor, que me ha sucedido cuando pudiera tenerla por el mayor regocijo. Prosigue. Este bello joven, osado o inadvertido, entró en la torre, señor, a donde al príncipe ha visto. Y es. No te afligas, Clotaldo. Si otro día hubiera sido, confieso que lo sintiera, pero ya el secreto he dicho y no importa que él lo sepa. Supuesto que yo lo digo. Vedme después, porque tengo muchas cosas que advertiros y muchas que hagáis por mí, que habéis de ser, os aviso, instrumento del mayor suceso que el mundo ha visto. Y a esos presos, porque al fin no presumáis que castigo descuidos vuestros, perdono.
Se va.
Vivas, gran señor, mil siglos. Aparte mejoró el cielo la suerte. Ya no diré que es mi hijo, pues que lo puedo excusar. Extranjeros, peregrinos, libres estáis. Tus pies beso mil veces y yo los viso que una letra más o menos no reparan dos amigos. La vida, Señor, me has dado y pues a tu cuenta vivo eternamente seré esclavo tuyo. No ha sido vida la que yo te he dado. ¿Por qué un hombre bien nacido, si está agraviado, no vive? Y supuesto que has venido a vengarte de un agravio según tú propio me has dicho, no te he dado vida yo, porque tú no la has traído. Que infame vida no es vida.
Rosaura aparte. Bien, con aquesto le animo. Confieso que no la tengo, aunque de ti la recibo, pero yo con la venganza dejaré mi honor tan limpio que pueda mi vida luego atropellando peligros parecer dádiva tuya. Toma el acero bruñido que trujiste, que yo sé que él baste en sangre teñido de tu enemigo a vengarte. Porque acero que fue mío, digo, este instante, este rato que en mi poder le he tenido, sabrá vengarte. En tu nombre segunda vez me leciño y en él juro mi venganza, aunque fuese mi enemigo más poderoso. Es lo mucho. Tanto que no te lo digo, no porque de tu prudencia mayores cosas no fío, sino porque no se vuelva contra mí el favor que admiro en tu piedad. Antes fuera a ganarme a mí con decirlo, pues fuera a cerrarme el paso de ayudar a tu enemigo.
Rosaura aparte. Oh, si supiera quién es. Porque no pienses que estimo tan poco esa confianza, sabe que el contrario ha sido no menos que Astolfo, duque de Moscovia.
Clotaldo, aparte. Mal resisto el dolor porque es más grave que fue imaginado. Visto. Apuremos más el caso. Si Moscovita has nacido, el que es natural, señor, mal agraviarte ha podido. Vuélvete a tu patria, pues, y deja el ardiente brío que te despeña. Yo sé que aunque mi príncipe ha sido, pudo agardearme. No pudo, aunque pusiera atrevido la mano en tu rostro.
Rosaura aparte. Ay, cielos, mayor fue el agravio mío. Dilo ya, pues que no puedes decir más que yo imagino. Si dijera más, no sé con qué respeto te miro, con qué afecto te venero, con qué estimación te asisto. Que no me atrevo a decirte que es este exterior vestido enigma. Pues no es de quien parece. Juzga, advertido, si no soy lo que parezco. Y Astolfo fue a casarse vino con Estrella. Si podrá agraviarme. Harto te he dicho.
Vánse, Rosaura y Clarín.
Escucha, aguarda, detente. Qué confuso laberinto es este donde no puede hallar la razón el hilo. Mi honor es el agraviado, poderoso el enemigo. Yo vasallo ella mujer, descubra al cielo camino, aunque no sé si podrá, cuando en tan confuso abismo es todo el cielo un presagio y es todo el mundo un prodigio.
Fin de la sección uno.
Sección 2 de La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca.
Jornada segunda.
Salen el rey Basilio y Clotaldo.
Todo como le mandaste queda efectuado. Cuenta Clotaldo, ¿cómo pasó? Fue, señor, de esta manera, con la apacible bebida que de confecciones llena hacer mandaste, mezclando la virtud de algunas hierbas, cuyo tirano poder y cuya secreta fuerza. Así al humano discurso priva, roba y enajena, que deja vivo cadáver a un hombre y cuya violencia adormecido le quita los sentidos y potencias. No tenemos que argüir que a que esto posible sea, pues tantas veces, señor, nos ha dicho la experiencia y es cierto que de secretos naturales está llena la medicina y no hay animal, planta ni piedra que no tenga calidad determinada. Y si llega a examinar mil venenos, la humana malicia nuestra que den la muerte. Qué mucho que templada su violencia, pues hay venenos que maten, allá venenos que aduerman. Dejando aparte el dudar si es posible que suceda, pues ya queda probado con razones y evidencias. Con la bebida, en efecto, que el opio, la dormidera y el veleño compusieron, bajé a la cárcel estrecha de Gismundo. Con él hablé un rato de las letras humanas que le ha enseñado la muda naturaleza de los montes y los cielos y en cuya divina escuela la retórica aprendió de las aves y las fieras. Para levantarle más el espíritu a la empresa que solicitas, tomé por asunto la presteza de una águila caudalosa que, despreciando la esfera del viento, pasaba a ser en las regiones supremas del fuego rayo de pluma o desasido cometa. Encarecí el vuelo altivo, diciendo, "Al fin eres reina de las aves y así a todas es justo que te prefieras." Él no hubo menester más que en tocando esta materia de la majestad discurre con ambición y soberbia porque en efecto la sangre le incita, mueve y alienta a cosas grandes. Y dijo que en la República Inquieta de las aves también haya quien les jure la obediencia. En llegando a este discurso, mis desdichas me consuelan, pues por lo menos si estoy sujeto, lo estoy por fuerza, porque voluntariamente a otro hombre no me rindiera. Endole ya enfurecido con esto, que ha sido el tema de su dolor, le brindé con la pócima y apenas pasó desde el vaso al pecho el licor cuando las fuerzas rindió al sueño, discurriendo por los miembros y las venas un sudor frío, de modo que a no saber yo que era muerte fingida, dudara de su vida. En esto llegan las gentes de quien tú fías el valor de esta experiencia y poniéndole en un coche hasta tu cuarto le llevan, donde prevenida estaba la majestad y grandeza que es digna de su persona. Allí en tu cama le acuestan, donde al tiempo que el letargo haya perdido la fuerza, como a ti mismo, Señor, le sirvan, que así lo ordenas. Y sin haberte obedecido te obliga a que yo merezca galardón. Eh, solo te pido, perdona mi inadvertencia, que me digas qué es tu intento trayendo de esta manera a Segismundo a Palacio.
Clotaldo, muy justa es esa duda que tienes y quiero solo a vos satisfacerla. A Segismundo, mi hijo, el influjo de su estrella, vos lo sabéis, amenaza miles dichas y tragedias. Quiero examinar si el cielo, que no es posible que mienta, y más habiéndonos dado de su rigor tantas muestras en su cruel condición, o se mitiga o se templa por lo menos. Y vencido con valor y con prudencia se desdice porque el hombre predomina las estrellas. Esto quiero examinar trayéndole donde sepa que es mi hijo y donde haga de su talento la prueba. Si magnánimo se vence, reinará. Pero si muestra ser cruel y tirano, le volveré a su cadena. Ahora preguntarás que para aquesta experiencia, ¿qué importó haberle traído dormido de esta manera? Y quiero satisfacerte dándote a todo respuesta. Si él supiera que es mi hijo hoy y mañana se viera a segunda vez reducido a su prisión y miseria, cierto es de su condición que desesperara en ella, porque sabiendo quién es, qué consuelo habrá que tenga. Y así he querido dejar abierta al daño esta puerta del decir que fue soñado cuanto vio. Con esto llegan a examinarse dos cosas. Su condición la primera, pues el despierto procede en cuanto imagina y piensa y el consuelo la segunda. Pues aunque ahora se vea obedecido y después a sus prisiones se vuelva, podrá entender que soñó y hará bien cuando lo entienda. Porque en el mundo Clotaldo, todos los que viven sueñan. Razones no me faltarán para probar que no aciertas. Mas ya no tiene remedio y según dicen las señas, parece que ha despertado y hacia nosotros se acerca. Yo me quiero retirar. Tú como hay suyo llega y de tantas confusiones como su discurso cercan le saca con la verdad. En fin. ¿Que me das licencia para que lo diga? Sí. que podrá ser con saberla que conocido el peligro más fácilmente se venza.
Se va y sale Clarín.
Clarín aparte a costa de cuatro palos que el llegar aquí me cuesta de un alabardero rubio que barbó de su librea. Tengo que ver cuánto pasa. Que no hay ventana más cierta que aquella que sin rogar a un ministro de boletas un hombre se trae consigo, pues para todas las fiestas despojado y despejado se asoma su desvergüenza.
Clotaldo aparte. Este es Clarín, el criado de aquella. Hay cielos de aquella que tratante de desdichas pasó a Polonia me afrenta. Clarín, ¿qué hay de nuevo? Ay, señor, que tu gran clemencia, dispuesta a vengar agravios de Rosaura, la aconseja que tome su propio traje y es bien porque no parezca liviandad. Hay que mudando su nombre y tomando cuerda nombre de sobrina tuya hoy tanto honor se acrecienta. Qué dama en palacio ya de la singular Estrella vive. Es bien que de una vez tome su honor por mi cuenta. Ahí que ella se está esperando que ocasión y tiempo venga en que vuelvas por su honor. Prevención segura es esa, que al fin el tiempo ha de ser quien haga esas diligencias. Ay, que ella está regalada, servida como una reina en fe de sobrina tuya y hay que viviendo con ella estoy yo muriendo de hambre y naide de mis acuerdas, sin mirar que soy Clarín y que si el tal Clarín suena podrá decir cuánto pasa al rey, Astolfo y a Estrella. Porque Clarín y Criado son dos cosas que se llevan con el secreto muy mal. Y podrá ser me deja el silencio de su mano se cante por mí esta letra. Clarín que rompe el albor no suena mejor.
Tu queja está bien fundada. Yo satisfaré tu queja y en tanto sírveme a mí. Pues ya Gismundo llega.
Salen músicos cantando y criados dando de vestir a Segismundo que sale como asombrado.
Válgame el cielo, ¿qué veo? Válgame el cielo, ¿qué miro? Con poco espanto lo admiro. Con mucha duda lo creo. Yo en palacios suntuosos, yo entre telas y brocados. Yo cercado de criados tan lucidos y briosos. Yo despertar de dormir en lecho tan excelente. Yo en medio de tanta gente que me sirva de vestir. Decir que sueño es engaño. Bien sé qué despierto estoy. Yo sé Gismundo no soy. Dadme cielos desengaño. Decidme qué pudo ser esto que a mi fantasía sucedió mientras dormía que aquí me he llegado a ver. Pero sea lo que fuere, ¿quién me mete en discurrir? Dejarme, quiero servir y venga lo que viniere.
Criado segundo, qué melancólico está, criado primero. Pues, ¿a quién le sucediera esto que no lo estuviera? A mí. Llega a hablarle. Ya volverán a cantar. No, no quiero que canten más. Como tan suspenso estás, quise divertirte. Yo no tengo que divertir con sus voces mis pesares. Las músicas militares solo he gustado de oír.
Vuestra alteza, gran señor, me dé su mano a besar, que el primero le ha de dar esta obediencia a mi honor.
Sequismundo aparte. Clotaldo es pues, ¿cómo así quien en prisión me maltrata con tal respeto me trata? ¿Qué es lo que pasa por mí? Con la grande confusión que el nuevo estado te da, mil dudas padecerá el discurso y la razón. Pero ya librarte quiero de todas si puede ser, porque has señor de saber que eres príncipe heredero de Polonia. Si has estado retirado y escondido, por obedecer has ido a la inclemencia del hado, que mil tragedias consiente a este imperio cuando en él el soberano laurel corone tu augusta frente. Más fiando a tu atención que vencerás las estrellas, porque es posible vencerlas a un magnánimo varón, a palacio te han traído de la torre en que vivías, mientras al sueño tenías el espíritu rendido. Tu padre, el rey, mi señor, vendrá a verte y de él sabrá Segismundo lo demás.
Pues Bill, infame y traidor, ¿qué tengo más que saber después de saber quién soy para mostrar desde hoy mi soberbia y mi poder? ¿Cómo a tu patria le has hecho tal traición que me ocultaste a mí? Pues que me negaste contra razón y derecho este estado. Ay de mí triste. Traidor fuiste con la ley, lisonjero con el rey y cruel conmigo fuiste. Y así el rey, la ley yo, entre desdichas tan fieras, te condenan a que mueras a mis manos. Señor, no me estorbe nadie, que es vana diligencia, y vive Dios, si os ponéis delante vos, que os eche por la ventana. Huye, Clotaldo. Ay de ti, qué soberbia vas mostrando sin saber que estás soñando.
Se va.
Advierte, apartad de aquí, que a su rey obedeció. En lo que no es justa ley, no ha de obedecer al rey. Y tu príncipe era yo. Él no debió examinar si era bien hecho o mal hecho. Que estáis mal con vos, sospecho, pues me dais que replicar.
Dice el príncipe. Muy bien. Y vos hicisteis muy mal. ¿Quién os dio licencia? Igual yo me la he tomado. ¿Quién eres tú? Di. Entremetido de este oficio soy jefe porque soy el meque mayor que se ha conocido. Tú solo en tan nuevos mundos me has agradado. Señor, soy un grande agradador de todos los sejismundos.
Sale Astolfo cien mil veces el día, oh príncipe, que os mostráis sol y llenáis de resplandor y alegría todos estos rincones con tan divino arrebol, pues que salís como el sol de debajo de los montes. Salid, pues, y aunque tan tarde se corona vuestra frente del laurel resplandeciente, tarde muera. Dios os guarde. El no haberme conocido, solo por disculpa os doy de no honrarme más. Yo soy Astolfo, duque he nacido de Moscovia y primo vuestro. Haya igualdad en los dos. Y si digo que os guarde Dios, bastante agrado no os muestro. Pero ya que haciendo alarde de quien sois de estos quejáis, otra vez que me veáis, le diré a Dios que no os guarde.
Criado dos. a Astolfo. Vuestra alteza considere que como en Montes nacido, con todos ha procedido.
Criado dos a Segismundo. Astolfo, señor prefiere, cansóme como llegó grave a hablarme y lo primero que hizo se puso el sombrero. Es grande, mayor soy yo. Con todo.
Eso, entre los dos, que haya más respeto es bien que entre los demás. ¿Y quién os mete conmigo a vos?
Sale estrella.
Vuestra alteza, señor, sea muchas veces bienvenido al dosel que agradecido le recibe y le desea. A donde, a pesar de engaños, viva Augusto y eminente, donde su vida se cuente por siglos y no por años.
Dime tú ahora, ¿quién es esta beldad soberana? ¿Quién es esta diosa humana cuyos divinos pies postra el cielo su arrebol? ¿Quién es esta mujer bella?
Es, Señor, tu prima estrella.
Mejor dijeras el sol. Aunque el para bien es bien darme el bien que conquisto, de solo haberos hoy visto, os admito el para bien. Y así del llegarme a ver con el bien que no merezco, el para bien agradezco.
Estrella, que amanecer podéis y dar alegría al más luciente farol. ¿Qué dejáis que hacer al sol si os levantáis con el día? Dadme a besar vuestra mano en cuya copa de nieve el aura candores bebe. Sed el más galán cortesano.
Astolfo aparte.
Si él toma la mano, yo soy perdido.
Criado dos aparte.
El pesarse de Astolfo y le estorbaré.
Advierte el señor que no es justo atreverse así. Y estando Astolfo, no digo que vos no os metáis conmigo, digo lo que es justo.
A mí todo eso me causa enfado. Nada me parece justo en siendo contra mi gusto.
Pues yo, señor, he escuchado de ti que en lo justo es bien obedecer y servir.
También oíste decir que por un balcón a quien me canse sabré arrojar. Con los hombres como yo no puede hacerse eso.
No, por Dios, que lo he de probar.
Cógele en los brazos y éntrase. Y todos tras él y torna a salir.
¿Qué es esto que llego a ver? Llegad todos a ayudar. Se va. Cayó del balcón al mar. Vive Dios que pudo ser.
Pues medid con más espacio vuestras acciones severas, que lo que hay de hombres a fieras hay desde un monte a palacio. Pues en dando tan severo en hablar con entereza, quizá no hallaréis cabeza en que se os tenga el sombrero.
Se va Astolfo y sale el rey.
¿Qué ha sido eso?
Nada ha sido a un hombre que me ha cansado de ese balconear, arrojado. Que es el rey está advertido. Tan presto una vida cuesta tu venida al primer día. Díjome que no podía hacerse y gané la puesta.
Pésame mucho que cuando príncipe a verte he venido pensando hallarte advertido de ados y estrellas triunfando, con tanto vigor te vea y que la primera acción que has hecho en esta ocasión un grave homicidio sea. ¿Con qué amor llegar podré a darte ahora mis brazos si de sus soberbios lazos que están enseñados sé a dar muerte? ¿Quién llegó a ver desnudo el puñal que dio una herida mortal que no temiese? ¿Quién vio sangriento el lugar a donde a otro hombre dieron muerte que no sienta? Que el más fuerte a su natural responde yo, así que en tus brazos miro de esta muerte el instrumento y miro el lugar sangriento de tus brazos, me retiro. Y aunque en amorosos lazos ceñir tu cuello pensé, sin ellos me volveré y tengo miedo a tus brazos.
Sin ellos me podré estar como me he estado hasta aquí. que por un padre que contra mí tanto rigor sabe usar, que con condición ingrata de su lado me desvía, como a una fiera me cría y como a un monstruo me trata y mi muerte solicita, de poca importancia fue que los brazos no me dé cuando el ser de hombre me quita.
Al cielo y a Dios pluguiera, que a dártele no llegara, pues ni tu voz escuchara ni tu atrevimiento viera. Si no me lo hubieres dado, no me quejara de ti, pero una vez dado sí, por habérmele quitado. Que aunque el dar el acción es más noble y más singular, es mayor bajeza dar para quitarlo después.
Bien me agradeces el verte de un humilde y pobre preso príncipe.
Ya. Pues en eso, ¿qué tengo que agradecerte, tirano de mi albedrío? Si viejo y caduco estás muriéndote, ¿qué me das? ¿Dasme más de lo que es mío? Mi padre eres y mi rey. Luego toda esta grandeza me da la naturaleza por delechos de su ley. Luego, aunque esté en este estado obligado no te quedo y pedirte cuentas puedo del tiempo que me has quitado, libertad, vida y honor. Y así agradéceme a mí que yo no cobre de ti, pues tú eres mi deudor.
Bárbaro eres y atrevido. Cumplió su palabra el cielo y así para él mismo apelo soberbio, desvanecido. Y aunque sepas ya quién eres y desengañado estés, y aunque en un lugar te ves donde a todos te prefieres, mira bien lo que te advierto, que seas humilde y blando, porque quizá estás soñando, aunque ves que estás despierto.
Se va.
Que quizá soñando estoy, aunque despierto me veo. No sueño, pues toco y creo lo que he sido y lo que soy. Y aunque ahora te arrepientas, poco remedio tendrás. Sé quién soy y no podrás, aunque suspires y sientas, quitarme el haber nacido de esta corona heredero. Y si me viste primero a las prisiones rendido, fue porque ignoré quién era. Pero ya informado estoy, sé quién soy y sé que soy un compuesto de hombre y fiera.
Sale Rosaura, dama.
Siguiendo a Estrella vengo y gran temor de hallar a Astolfo tengo. Que Clotaldo desea que no sepa quién soy y no me vea porque dice que importa al honor mío y de Clotaldo fío su efecto, pues le debo agradecida aquí el amparo de mi honor y vida.
¿Qué es lo que te ha agradado más de cuanto hoy has visto y admirado?
Nada me ha suspendido que todo lo tenía prevenido. Más si admirar hubiera algo en el mundo, la hermosura fuera de la mujer. Leía una vez en los libros que tenía que lo que a Dios mayor estudio debe era el hombre por ser un mundo breve. Más ya que lo es, recóo la mujer, pues ha sido un breve cielo y más verdad encierra que el hombre cuando va de cielo a tierra y más si es la que miro.
El príncipe está aquí, yo me retiro.
Oye, mujer, detente. No juntes el ocaso y el oriente huyendo al primer paso. Que juntando el oriente y el ocaso, la lumbre y sombra fría será sin duda sin copa del día.
Aparte, pero qué es lo que veo.
Rosaura aparte.
Lo mismo que estoy viendo, dudo y creo.
Segismundo aparte.
Yo he visto esta belleza otra vez.
Rosaura aparte.
Yo esta pompa, esta grandeza he visto reducida a una estrecha prisión.
Segismundo aparte.
Ya hallé mi vida, mujer, que este nombre es el mejor requiebro para el hombre. ¿Quién eres? Que sin verte adoración me debes y de suerte por la fe te conquisto, que me persuado a que otra vez te he visto. ¿Quién eres, mujer bella?
Rosaura, aparte disimularme importa. Soy de estrella, una infeliz dama.
No digas tal. Di el sol, la cuya llama a que esta estrella vive, pues de tus rayos resplandor recibe. Yo vi en Reino de Olores que presidía entre comunes flores la deidad de la rosa y era su emperatriz por más hermosa. Yo vi entre piedras finas de la docta academia de sus minas preferir el diamante y ser su emperador por más brillante.
[Música]
En esas cortes bellas de la inquieta república de estrellas viene el lugar primero por rey de las estrellas, el lucero. Yo, en esferas perfectas, llamando el sol a cortes los planetas, le vi que presidía como mayor oráculo del día. Pues, ¿cómo si entre flores, entre estrellas, piedras, signos, planetas? Las más bellas prefieren. Tú has servido la de menos beldad, habiendo sido por más bella y hermosa. Sol, lucero, diamante, estrella y rosa.
Sale Clotaldo.
Clotaldo aparte.
Asegismundo reducir deseo porque en fin lo he criado. Más qué veo. Tu favor, reverencio. Respóndete retórico el silencio cuando tan torpe la razón se halla. Mejor habla, señor. ¿Quién mejor calla? No has de ausentarte, espera. ¿Cómo quieres dejar de esa manera a escuras mi sentido?
Esta licencia a vuestra alteza pido.
Irte con tal violencia no es pedir, es tomarte la licencia.
Pues si tú no la das, tomarla espero. Harás que de cortés pase a grosero, porque la resistencia es veneno cruel de mi paciencia.
Pues cuando ese veneno de furia, de rigor y saña lleno la paciencia venciera, mi respeto no osara ni pudiera. Solo por ver si puedo harás que pierda a tu hermosura el miedo, que soy muy inclinado a vencer lo imposible. Hoy he arrojado de ese balcón a un hombre que decía que hacerse no podía y así, por ver si puedo, cosa es llana, que arrojaré tu honor por la ventana.
Clotaldo, aparte mucho se va empeñando.
¿Qué he de hacer, cielos? Cuando tras un loco deseo mi honor, segunda vez a riesgo veo. No en vano prevenía a este reino infeliz tu tiranía, escándalos tan fuertes de delitos, traiciones, iras, muertes. Más, ¿qué ha de hacer un hombre que de humano no tiene más que el nombre? atrevido, inhumano, cruel, soberbio, bárbaro y tirano, nacido entre las fieras. Porque tú, ese baldón, no me dijeras, tan cortés me mostraba, pensando que con esto te obligaba. Más si lo soy hablando de este modo, has de decirlo vive Dios por todo.
Hola, dejadnos solos y esa puerta se cierre y no entre nadie.
Se va Clarín.
Rosaura aparte.
Yo soy muerta. Advierte, soy tirano y ya pretendes reducirme en vano.
Clotaldo aparte.
Oh, qué lance tan fuerte. Saldré a estorbarlo aunque me dé la muerte. Señor, atiende. Mira, segunda vez me has provocado a ira, viejo caduco y loco. Mi enojo y mi rigor tienes en poco.
¿Cómo hasta que has llegado? De los acentos de esta voz llamado a decirte que seas más apacible si reinar deseas y no por verte ya de todos dueño.
Seas cruel porque quizá es un sueño. Arrabiame provocas cuando la luz del desengaño tocas. Veré dándote muerte si es sueño o si es verdad.
Al ir a sacar la daga, se la detiene Clotaldo y se arrodilla.
Yo de esta suerte librar mi vida espero. Quita la osada mano del acero. Hasta que gente venga, que tu rigor y cólera detenga. No he de soltarte. Ay, cielos. Suelta, digo, caduco, loco, bárbaro enemigo, o será de esta suerte. Luchan el darte agora entre mis brazos muerte. Acudid todos presto, que matan a Clotaldo.
Se va.
Sale Astolfo a tiempo que cae Clotaldo a sus pies y él se pone en medio.
Pues, ¿qué es esto, príncipe generoso? Así se mancha acero tan brioso en una sangre helada. Vuelva a la vaina tu lucida espada enviéndola teñida en esa infama sangre. Ya su vida tomó a mis pies sagrado, y de algo ha de servirme haber llegado.
Sírvate de morir, pues de esta suerte también sabré vengarme con tu muerte de aquel pasado enojo. Yo defiendo mi vida, así la majestad no ofendo.
Sacan las espadas y salen el rey Basilio y Estrella.
No le ofendas, señor. Pues aquí espadas.
Estrella aparte.
Astolfo es. Ay de mí penas airadas.
Pues, ¿qué es lo que ha pasado?
Nada, señor. Habiendo tú llegado.
Envainan.
Mucho, señor. Aunque hayas tú venido, yo a ese viejo matar he pretendido. Respeto no tenías a estas canas, señor.
Vedas, que no importa. Veréis. Acciones vanas. Querer que tenga yo respeto a Canas. Pues aún esas podría ser que viese a mis plantas algún día, porque aún no estoy vengado del modo injusto con que me has criado.
Se va.
Pues antes que lo veas, volverás a dormir a donde creas que cuanto te ha pasado, como fue bien del mundo, fue soñado.
Vanse el rey y Clotaldo. Quedan estrella y Astolfo.
Qué pocas veces el lado que dice desdichas miente, pues es tan cierto en los males cuanto dudoso en los bienes. Qué buen astrólogo fuera si siempre casos crueles anunciara. Pues no hay duda que ellos fueran verdad siempre. Conocerse esta experiencia en mí y se gismundo puede estrella, pues en los dos hizo muestras diferentes. En él previno rigores, soberbias, desdichas, muertes. Y en todo dijo verdad, porque todo al fin sucede. en mí, que al ver, señora, esos rayos excelentes, de quien el sol fue una sombra y el cielo un amargo breve, que me previno aventuras, trofeos, aplausos, bienes, dijo mal y dijo bien, pues solo es justo que acierte cuando amaga con favores y ejecuta con desdenes. Dudo que esas finezas son verdades evidentes, más serán por otra dama, cuyo retrato pendiente trujiste al cuello cuando llegasteis, Astolfo a verme. Y siendo así, esos requiebros, ella sola los merece. Acudid a que ella os pague, que no son buenos papeles en el consejo de amor, las finezas ni las fees que se hicieron en servicio de otras damas y otros reyes.
Sale Rosaura al paño.
Rosaura aparte.
Gracias a Dios que han llegado ya mis desdichas crueles a término suyo. Pues quien esto ve nada teme. Yo haré que el retrato salga del pecho para que entre la imagen de tu hermosura. Donde entra estrella no tiene lugar la sombra, ni estrella donde el sol voy a traerle.
Aparte, perdona, Rosaura hermosa, este agravio, porque ausentes no se guardan más fe que esta los hombres y las mujeres.
Se va Rosaura aparte.
Nada he podido escuchar, temerosa que me viese. Astrea, señora mía, he olgado que tú fueses la que llegase hasta aquí, porque de ti solamente fiara un secreto.
Honra, señora, a quien te obedece. En el poco tiempo, astrea, que a que te conozco, tienes de mi voluntad las llaves. Por esto y por ser quien eres, me atrevo a fiar de ti lo que aún de mí muchas veces recaté. Tu esclava soy. Pues para decirlo en breve, mi primo Astolfo, bastará que mi primo te dijese, porque hay cosas que se dicen compensarlas solamente. Ha de casarse conmigo, si es que la fortuna quiere que con una dicha sola tantas desdichas descuente. Pesó aquel primer día echado al cuello trujere el retrato de una dama. Hablele en el cortés mente. Es Galan y quiere bien. Fue por él y ha de traerle aquí. Embarázame mucho. Que él a mí darme le llegue, quedarte aquí y cuando venga le dirás que te le entregue a ti. No te digo más. Discreta y hermosa eres. Bien sabrás lo que es amor.
Se va.
Ojalá no lo supiese. Válgame el cielo. ¿Quién fuera tan atenta y tan prudente que supiera aconsejarse hoy en una ocasión tan fuerte? ¿Habrá persona en el mundo a quien el cielo inclemente con más desdichas combata y con más pesares cerque? ¿Qué haré en tantas confusiones donde imposible parece que haya razón que me alivie ni alivio que me consuele? Desde la primer desdicha no hay suceso ni accidente, que otra desdicha no sea, que unas a otras suceden herederas de sí mismas. A la imitación del fénix, unas de las otras nacen viviendo en lo que mueren. Y siempre de sus cenizas está el sepulcro caliente. Que eran cobardes, decía un sabio, por parecerle que nunca andaba una sola. Yo digo que son valientes, pues siempre van adelante y nunca a la espalda vuelven. Quien las llevase consigo a todo podrá atreverse, pues en ninguna ocasión no haya miedo que le dejen. Dígalo yo, pues en tantas como a mi vida suceden, nunca me he hallado sin ellas, ni se han cansado hasta verme. Herida de la fortuna en los brazos de la muerte. Ay de mí. ¿Qué debo hacer hoy en la ocasión presente? Si digo quién soy Clotaldo, a quien mi vida le debe este amparo y este honor, conmigo ofender se puede, pues me dice que callando honor y remedio espere. Si no he de decir quién soy, Astolfo y él llega a verme, ¿cómo he de disimular? Pues aunque fingirlo intenten la voz, la lengua y los ojos, les dirá el alma que mienten. ¿Qué haré más? para que estudie lo que haré si es evidente que por más que lo prevenga, que lo estudie y que lo piense, en llegando la ocasión ha de hacer lo que quisiere el dolor, porque ninguno imperio en sus penas tiene. Y pues a determinar lo que ha de hacer, no se atreve el alma. Llegue el dolor hoy a su término, llegue la pena a su extremo y salga de dudas y pareceres de una vez. Pero hasta entonces, valedme, cielos, valede.
Sale Astolfo con el retrato.
Este es, señora, el retrato. Más, ay, Dios, que se suspende vuestra alteza, que se admira de oírte, Rosaura, y verte. Yo, Rosaura, has he engañado vuestra alteza si me tiene por otra dama, que yo soy astrea y no merece mi humildad tan grande dicha que esa turbación le cueste.
Basta, Rosaura, al engaño, porque el alma nunca miente y aunque como astrea te mire, como a Rosaura te quiere.
No he entendido a vuestra alteza y así no sé responderle. Solo lo que yo diré es que Estrella, que lo puede ser de Venus, me mandó que en esta suerte le espere y de la suya le diga que aquel retrato me entregue, que está muy puesto en razón y yo misma se lo lleve. Estrella lo quiere así porque aún las cosas más leves, como sean en mi daño, es estrella quien las quiere.
Aunque más esfuerzos hagas, oh, qué mal, Rosaura, puedes disimular. Di a los ojos que su música concierten con la voz. ¿Por qué es forzoso que desdiga y que disuene tan distemplado instrumento? Que ajustar y medir quiere la falsedad de quien dice con la verdad de quien siente. Ya dijo que solo espero el retrato. Pues que quieres llevar al fin el engaño. Con él quiero responderte. Dirásle a Estrea, a la infanta que yo la estimo de suerte, que pidiéndome un retrato poca fineza parece enviársele. Y así porque le estime y le precie, le envío el original y tú llevársele puedes, pues ya le llevas contigo, como a ti misma te lleves.
Cuando un hombre se dispone, restado, altivo y valiente a salir con una empresa, aunque por trato le entreguen lo que valga más, sin ella, necio y deseirado vuelve. Yo vengo por un retrato y aunque un original lleve, que vale más, volveré desairada y así demme vuestra alteza ese retrato que sin él no he devolverme.
Pues cómo si no he de darle le has de llevar de esta suerte. Suéltale ingrato. Es en vano. Vive Dios que no ha de verse en manos de otra mujer. Terrible estás. Y tú, aleve, basta ya, rosaura mía. Yo tuya, villano, mientes.
Sale Estrella.
Astrea, Astolfo, ¿qué es esto? Aquesta es estrella.
Rosaura aparte.
Deme para cobrar mi retrato y genio. El amor si quieres saber lo que es yo, señora, te lo diré. ¿Qué pretendes? Mandásteme que esperase aquí Astolfo y le pidiese un retrato de tu parte. Quedé sola y como vienen de unos discursos a otros las noticias fácilmente, viéndote hablar de retratos, con su memoria acordéeme de que tenía uno mío en la manga. Quise verle porque una persona sola con locura se divierte. Cayóseme de la mano al suelo. Astolfo que viene a entregarle el de otra damas levantó. Y tan rebelde está en dar el que le pides que en vez de dar uno, quiere llevar otro. Pues el mío aún no es posible volverme con ruegos y persuasiones. Colérica impaciente, yo se le quise quitar. Aunque en la mano tiene es mío. Tú lo verás con ver si se me parece. Soltad, Astolfo, el retrato.
Quítasele.
Señora, ¿no son crueles a la verdad los matices? No es mío. ¿Qué duda tiene? Di que ahora te entregue el otro. Toma tu retrato y vete.
Rosaura aparte.
Yo he cobrado mi retrato. Venga ahora lo que viniere.
Se va.
Dadme ahora el retrato vos que os pedí, que aunque no piense veros ni hablaros jamás, no quiero, no que se quede en vuestro poder. Siquiera porque yo tan neciamente lo he pedido.
Astolfo aparte.
¿Cómo puedo salir de lance tan fuerte? Aunque quiera, hermosa estrella, servirte y obedecerte, no podré darte el retrato que me pides, porque eres villano y grosero amante. No quiero que me le entregues, porque yo tampoco quiero de que yo te le pedido con tomarle que me acuerdes.
Se va.
Oye, escucha. Mira, advierte. Válgate Dios por dónde? ¿Cómo o de qué suerte hoy a Polonia has venido a perderme y a perderte?
Se va.
Descubres ese gismundo como al principio con pieles y cadena, durmiendo en el suelo. Salen Clotaldo, Clarín y los dos criados. Aquí le habéis de dejar, pues hoy su soberbia acaba donde empezó. Como estaba, la cadena ha vuelto a atar. No acabes de despertar, Sejismundo, para verte perder trocada la suerte, siendo tu gloria fingida, una sombra de la vida y una llama de la muerte. A quien sabe discurrir así, es bien que se prevenga una estancia donde tenga harto lugar de argüir. Este es el que habéis de asir y en ese cuarto encerrar.
¿Por qué a mí? ¿Por qué ha de estar guardado en prisión tan grave Clarín que secretos sabe donde no pueda sonar? Yo por dicha solicito dar muerte a mi padre. No arrojé yo del balcón al ícaro de poquito. Yo muero ni resucito. Yo sueño o duermo. A qué fin me encierran. ¿Eres clarín? Pues ya digo que seré corneta y que callaré. que es instrumento ruín. Llévanle sale el rey Basilio rebozado.
Clotaldo.
Señor, así viene vuestra majestad. La necia curiosidad de ver lo que pasa aquí a Segismundo. Ay de mí. De este modo me ha traído. Mírale allí reducido a su miserable estado. Ay, príncipe desdichado y en triste punto nacido. Llega a despertarle ya. Que fuerza y vigor perdió esos lotos que bebió. Inquieto, señor, está y hablando. ¿Qué soñará agora? Escuchemos pues.
Segismundo en sueños.
Piadoso príncipe es que castiga tiranos. Muera clotando a mis manos. Vese mi padre mis pies. Con la muerte me amenaza a mí con rigor y afrenta. Quitarme la vida intenta rendirme a sus plantas traza.
Segismundo en sueños.
Salga la anchurosa plaza del gran teatro del mundo. Este valor sin segundo. Porque mi venganza cuadre vean sufrir de su padre al príncipe seismundo.
Despierta más.
Ay de mí. ¿Dónde estoy?
Basilio aclotaldo.
Pues a mí no me ha de ver. Ya sabes lo que has de hacer.
Aparte desde allí a escucharle voy. Retírase.
Soy yo por ventura. Soy el que preso y arreojado llego a verme en tal estado. No sois mi sepulcro vos, torre. Sí. Válgame Dios. ¿Qué de cosas he soñado?
Clotaldo, aparte.
A mí me toca llegar a hacer la desecha ahora. Sí, hora es ya de despertar. Todo el día te has de estar durmiendo. Desde que yo al águila que voló con tarda vista seguí y te quedaste tú aquí. Nunca te has despertado. No, ni aún ahora he despertado. Que según Clotaldo entiendo, todavía estoy durmiendo y no estoy muy engañado. Porque si ha soñado lo que vi palpable y cierto, lo que veo será incierto y no es mucho que rendido. Pues veo estando dormido que sueñe estando despierto. Lo que soñastes me di. Supuesto que sueño fue, no diré lo que soñé, lo que vi, Clotaldo, sí. Yo desperté y yo me vi. Qué crueldad tan lisonera en un lecho que pudiera con matices y colores ser el catre de las flores que tejió la primavera. Aquí mil nobles rendidos a mis pies nombre me dieron de su príncipe y sirvieron galas, joyas y vestidos. La calma de mis sentidos tú trocaste en alegría, diciendo la dicha mía que aunque estoy de esta manera, príncipe en Polonia era. Buenas albriicias tendría, no muy buenas por traidor, con pecho atrevido y fuerte dos veces te daba muerte. Para mí tanto rigor, de todos era señor y de todos me vengaba. Solo a una mujer amaba que fuera verdad, creo yo, en que todo se acabó y esto solo no se acaba.
Se va el rey Clotaldo.
Aparte enternecido se ha ido el rey de haberle escuchado. Como habíamos hablado de aquella águila dormido, tu sueño imperio sido. Mas en sueños fuera bien entonces honrar a quién te crió en tantos empeños, segismundo, que aún en sueños no se pierde el hacer bien.
Se va.
Es verdad. Pues reprimamos esta fiera condición, esta furia, esta ambición por si alguna vez soñamos. Y sí haremos, pues estamos en mundo tan singular que el vivir solo es soñar. Y la experiencia me enseña que el hombre que vive sueña lo que es hasta despertar. Sueña al rey que es rey y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando. Y este aplauso que recibe prestado en el viento escribe y en cenizas le convierte la muerte. Desdicha fuerte que hay quien intente reinar viendo que ha de despertar en el sueño de la muerte. Sueña el rico en su riqueza que más cuidados le ofrece. Sueña al pobre que padece su miseria y su pobreza. Sueña el que amedrar empieza. Sueña el que afana y pretende. Sueña el que agravia y ofende. En el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende. Yo sueño que estoy aquí de estas prisiones cargado y soñé que en otro estado más lisonero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión. una sombra, una ficción y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños sueños son.
Fin de la sección dos. Sección 3 de La vida es sueño. Jornada tercera.
Sale Clarín.
En una encantada torre, por lo que sé, vivo preso. Que me harán por lo que ignoros y por lo que sé, me han muerto. Que un hombre con tanta hambre viniese a morir viviendo. Lástima tengo de mí. Todos dirán, "Bien lo creo." Y bien se puede creer, pues para mí este silencio no conforma con el nombre Clarín y callar no puedo. ¿Quién me hace compañía aquí? Si a decir lo acierto son arañas y ratones. Miren qué dulces gilgueros. De los sueños de esta noche, la triste cabeza tengo llena de mil chirimías, de trompetas y embelecos, de procesiones, de cruces, de disciplinantes. Y estos, unos suben, otros bajan, otros se desmayan viendo la sangre que llevan otros. Más yo, la verdad diciendo de no comer me desmayo, que en esta prisión me veo donde ya todos los días en el filósofo Leo Nicedes y las noches en el concilio Niceno. Si llaman Santo al callar como en calendario nuevo, San Secreto es para mí, pues yo le ayuno y no le huelgo. Aunque está bien merecido el castigo que padezco, pues callé siendo criado, que es el mayor sacrilegio. Ruido de cajas y gente y dicen dentro, esta es la torre en que está. Echad la puerta en el suelo. Entrad todos. Vive Dios, que a mí me buscan. Es cierto, pues me dicen que aquí estoy. ¿Qué me querrán?
Salen los soldados que pudieren.
Entrad dentro. Aquí está. No está. Señor, tú nuestro príncipe eres. Ni admitimos ni queremos sino al señor natural y no príncipe extranjero. A todos nos da los pies. Viva el gran príncipe nuestro.
Clarín aparte.
Vive Dios que va de veras. Si es costumbre en este reino prender uno cada día y hacerle príncipe y luego volverle a la torre. Pues si cada día lo veo, fuerza es hacer mi papel. Danos tus plantas. No puedo porque las menester para mí y fuera de efecto ser príncipe desplantado. Todos a tu padre mismo le dijemos que a ti solo por príncipe conocemos, no al de Moscovia. A mi padre le perdisteis el respeto. Sois unos tales por cuales.
Fue lealtad de nuestros pechos. Si fue lealtad, yo os perdono. Sal a restaurar tu imperio. Viva Segismundo.
Viva Clarín aparte.
Segismundo dicen. Bueno, Segismundos llaman todos los príncipes contrahechos.
Sale seismundo.
¿Quién nombra aquí a Segismundo?
Clarín aparte.
Más que soy príncipe hero. ¿Quién es Gismundo? Yo, pues, ¿cómo atrevido y necio tú te hacías segismundo? Yo segismundo, eso niego que vosotros fuisteis quien me sigismundasteis. Luego vuestra ha sido solamente necedad y atrevimiento. Gran príncipe segismundo, que las señas que traemos tuyas son, aunque por fe te aclamamos, Señor nuestro. Tu padre, el gran rey Basilio, temeroso que los cielos cumplan un ado, que dice que ha de verse a tus pies puesto, vencido de ti, pretende quitarte acción y derecho y dársel astolfo duque de Moscovia. Para esto juntó su corte y el vlgo, penetrando ya y sabiendo que tiene rey natural, no quiere que un extranjero venga a mandarle. Y así, haciendo noble desprecio de la inclemencia de lado, te ha buscado donde preso vives para que, valido de tus armas y saliendo de esta torre a restaurar tu imperial corona y cetro, se la quites a un tirano. Sal, pues, que en ese desierto ejército numeroso de bandidos y plebellos te aclama. La libertad te espera. Oye sus acentos. Viva Segismundo.
Viva Segismundo dentro otra vez.
¿Qué es esto, cielos? ¿Queréis que sueñe grandezas que han de deshacer el tiempo? ¿Otra vez queréis que vea entre sombras y bosquejos la majestad y la pompa desvanecida del viento? ¿Otra vez queréis que toque el desengaño o el riesgo a que el humano poder nace humilde y vive atento? Pues no ha de ser. No ha de ser. Miradme otra vez sujeto a mi fortuna. Y pues sé que toda esta vida es sueño y dos sombras que fingís hoy a mis sentidos muertos, cuerpo y voz. Siendo verdad que ni tenéis voz ni cuerpo, que no quiero majestades fingidas, pompas, no quiero fantásticas ilusiones que al soplo menos ligero de Laura han de deshacerse, bien como el florido almendro, que por madrugar sus flores sin aviso y sin consejo, al primer soplo se apagan marchitando y desluciendo de sus rosados capullos, belleza, luz y ornamento. Ya os conozco. Ya os conozco y sé que os pasa lo mismo con cualquiera que se duerme. Para mí no hay fingimientos. Que desengañado ya sé bien que la vida sueño. Si piensas que te engañamos, vuelve a ese monte soberbio los ojos para que veas la gente que aguarda en ellos para obedecerte. Ya otra vez vi que esto mismo, tan clara y distintamente como ahora lo estoy viendo, y fue sueño. Cosas grandes siempre, gran señor, trujeron anuncios. Y esto sería si lo soñaste primero. Dices bien, anuncio fue y caso que fuese cierto, pues que la vida es tan corta, soñemos, alma, soñemos otra vez. Pero ha de ser con atención y consejo de que hemos de despertar de este gusto al mejor tiempo, que llevándolo sabido será el desengaño menos, que es hacer burla del daño, adelantarle el consejo. Y con esta prevención de que cuando fuese cierto es todo el poder prestado y a devolverse a su dueño. Atrevámonos a todo. Vasallos, yo os agradezco la lealtad. En mí lleváis quien os libre, osado y diestro de extranjera esclavitud. Tocad el arma, que presto veréis mi inmenso valor. Contra mi padre pretendo tocar armas y sacar verdaderos a los cielos. Presto he de verle a mis plantas.
Aparte más si antes de esto despierto, ¿no será bien no decirlo? Supuesto que no he de hacerlo. Viva Sismundo.
Vivaundo.
Sale Clotaldo.
¿Qué alboroto es este, cielos?
Clotaldo.
Señor, aparte. En mí su crueldad prueba.
Clarín aparte.
Yo apuesto que le despeña del monte.
Se va.
A tus reales plantas llego. Ya sé que a morir. Levanta, levanta, padre del suelo, que tú has de ser norte y guía de quien fíe mis aciertos, que ya sé que mi crianza a tu mucha lealtad debo. Dame los brazos. ¿Qué dices? Que estoy soñando y que quiero obrar bien. Pues no se pierde obrar bien, aunque entre sueños. Pues señor, si el obrar bien es ya tu blasón, es cierto que no te ofenda el que yo hoy solicite lo mismo. A tu padre has de hacer guerra. Yo aconsejarte no puedo contra mi rey ni valerte. A tus plantas estoy puesto. Dame la muerte, villano, traidor, ingrato.
Aparte más, cielos, reportarme me conviene. Que aún no sé si estoy despierto. Clotaldo, vuestro valor os envidio y agradezco. Idos a servir al rey, que en el campo nos veremos. Vosotros tocad el arma. Mil veces tus plantas beso.
Se va.
A reinar, fortuna. Vamos, no me despiertes si duermo. Y si es verdad, no me duermas. Más, sea verdad o sueño, obrar bien es lo que importa. Si fuere verdad, por serlo, si por ganar amigos para cuando despertemos.
Se van y tocan el arma.
Salen el rey Basilio y Astolfo.
¿Quién Astolfo podrá parar prudente la furia de un caballo desbocado? ¿Quién detener de un río la corriente que corre al mar soberbio y despeñado? ¿Quién un peñasco suspender valiente de la cima de un monte desgajado? Pues todo lo fácil de parar ha sido y un vulgo no soberbio y atrevido. Dígalo en bandos el rumor partido, pues se oye resonar en lo profundo de los montes el eco repetido. Unos Astolfo y otros Segismundo. El dosel de la jura reducido a segunda intención, a horror segundo. Teatro funesto es donde importuna representa tragedias la fortuna. Suspéndase, señor, el alegría. Cese el aplauso y gusto lisongero que tu mano feliz me prometía. Que si Polonia, a quien mandar espero, hoy se resiste a la obediencia mía, es porque la merezca yo primero. Dadme un caballo y de arrogancia lleno rayo descienda al que blasona trueno.
Se va.
Poco reparo tiene lo infalible y mucho riesgo lo previsto tiene. Si ha de ser, la defensa es imposible, que quien la excusa más, más la previene. Dura ley, fuerte caso, horror terrible. Quien piensa que huye el riesgo al riesgo viene. Con lo que yo guardaba me he perdido. Yo mismo, yo mi patria, he destruido.
Sale estrella.
Si tu presencia, gran señor, no trata de enfrenar el tumulto sucedido, que de uno en otro bando se dilata por las calles y plazas dividido, verás tu reino en ondas de escarlata nadar entre la púrpura teñida de su sangre, que ya con triste modo todo es desdichas y tragedias todo. Tanta es la ruina de tu imperio, tanta la fuerza del rigor duro y sangriento que visto, admira y escuchado espanta. El sol se turba y se embaraza el viento. Cada piedra, una pirámide levanta y cada flor construye un monumento. Cada edificio es un sepulcro altivo. Cada soldado, un esqueleto vivo.
Sale Clotaldo.
Gracias a Dios que vivo a tus pies llego.
Clotaldo.
Pues, ¿qué hay de Gismundo? que el vlgo, monstruo despeñado y ciego, la torre penetró y de lo profundo de ella sacó su príncipe, que luego que vio segunda vez su honor segundo valiente se mostró diciendo fiero que ha de sacar al cielo verdadero. Dadme un caballo, porque yo en persona vencer valiente a un hijo ingrato quiero, y en la defensa ya de mi corona, lo que la ciencia erró, venza el acero.
Se va.
Pues yo al lado del sol seré Belona. Poner mi nombre junto al tuyo espero que he de volar sobre tendidas alas a competir con la deidad de palas. Base y tocan al arma.
Sale Rosaura y detiene a Clotaldo.
Aunque el valor que se encierra en tu pecho desde allí de voces, óyeme a mí, que yo sé que todo es guerra. Ya sabes que yo llegué pobre, humilde y desdichada a Polonia. y amparada de tu valor, en ti hay piedad. Mandásteme, ay, cielos, que disfrazada viviese en palacio y pretendiese, disimulando mis celos, guardarme de Astolfo. En fin, él me vio y tanto atropella mi honor que viéndome a estrella de noche habla en un jardín. De este la llave he tomado y te podrá dar lugar de que en él puedas entrar a dar fin a mi cuidado. Aquí, altivo, osado y fuerte, volver por honor podrás, pues que ya resuelto estás a vengarme con su muerte. Verdad es que me incliné desde el punto que te vi a hacer rosaura por ti, testigo tu llanto fue cuanto mi vida pudiese. Lo primero que intenté quitarte aquel traje fue porque si Astolfo te viese te viese en tu propio traje sin juzgar aliviandad la loca temeridad que hace del honor un traje. En este tiempo trazaba como cobrarse pudiese tu honor perdido, aunque fuese tanto tu honor más restaba dando muerte a Stolfo. Mira qué caduco desvarío. Si bien no siendo rey mío, ni me asombra ni me admira. Darle muerte pensé cuando Segismundo pretendió darme él a mí. Y él llegó, su peligro atropellando, a hacer en defensa mía muestras de su voluntad que fueron temeridad pasando de valentía. Pues, ¿cómo yo ahora advierte, teniendo alma agradecida a quien me ha dado la vida, le tengo que dar la muerte? Y así entre los dos partido el efecto y el cuidado, viendo que a ti te la he dado y que de él la he recibido, no sé a qué parte acudir, no sé a qué parte ayudar. Si a ti me obligué con dar, de él lo estoy con recibir. Y así, en la acción que se ofrece, nada a mi amor satisface, porque soy persona que hace y persona que padece. No tengo que prevenir que en un varón singular, cuanto es noble acción el dar, es bajeza el recibir. Y este principio asentado, no has de estarle agradecido. Supuesto que si él ha sido el que la vida te ha dado y tú a mí, evidente cosa es que él forzó tu nobleza a que hiciese una bajeza y yo una acción generosa. Luego estás de él ofendido, luego estás de mí obligado. supuesto que a mí me has dado lo que de él has recibido y así debes acudir a mi honor en riesgo tanto, pues yo le prefiero cuánto va de dar a recibir. Aunque la nobleza vive de la parte del que da, el agradecerla está de parte del que recibe. Y pues ya dar he sabido, ya tengo con nombre honroso el nombre de generoso, dejamel de agradecido, pues le puedo conseguir siendo agradecido cuanto liberal. Pues honra tanto el dar como el recibir. De ti recibí la vida y tú mismo me dijiste cuando la vida me diste, que la que estaba ofendida no era vida. Luego yo nada de ti he recibido, pues muerte, no vida, ha sido la que tu mano me dio. Y si debes ser primero liberal que agradecido, como de ti mismo he oído, que me des la vida espero que no me la has dado y pues el dar engrandece más. Sé antes liberal, seguirás agradecido después. Vencido de tu argumento, antes liberal seré. Yo, Rosaura, te daré mi hacienda y en un convento vive que está bien pensado el medio que solicito. Pues huyendo de un delito te recoges a un sagrado que cuando, tan dividido el reino desdichas siente, no he de ser quien las aumente, habiendo noble nacido. Con el remedio elegido soy con el reino leal. Soy contigo liberal con Astolfo agradecido. Y así es cogerle te cuadre quedándose entre los dos que no hiciera vive Dios más cuando fuera tu padre. Cuando tú mi padre fueras sufriera esa injuria yo. Pero no siéndolo. No. Pues, ¿qué es lo que hacer esperas? Matar al duque. Una dama que padre no ha conocido, tanto valor ha tenido. Sí. ¿Quién te alienta? Mi fama. Mira que Astolfo has de ver. Todo mi honor lo atropella. Tu rey y esposo de estrella. Vive Dios que no ha de ser. Es locura. Ya lo veo. Pues véncela. No podré. Pues perderás. Ya lo sé. Vida y honor. Bien lo creo. ¿Qué intentas? Mi muerte. Mira que eso es despecho, es honor, es desatino, es valor, es frenesí, es rabia, es ira, en fin, que no se da medio a tu ciega pasión, ¿no? ¿Quién ha de ayudarte? Yo. No hay remedio. No hay remedio. Piensa bien si hay otros modos. Perderme de otra manera.
Se va.
Pues has de perderte. Espera, hija, y perdámonos todos.
Se va.
Tocan y salen marchando soldados Clarín y Segismundo vestido de pieles. Si este día me viera Roma en los triunfos de su edad primera. Ah, cuánto se alegrara, viendo lograr una ocasión tan rara de tener una fiera que sus grandes ejércitos rigiera, a cuyo altivo aliento fuera poca conquista al firmamento. Pero el vuelo abatamos, espíritu, no así desvanezcamos a que este aplauso incierto sea de pesarme cuando esté despierto de haberlo conseguido para haberlo perdido. Pues mientras menos fuere, menos se sentirá si se pierde.
dentro un clarín en un veloz caballo. Perdóname que fuerzas el pintallo en
Viniéndome a cuento, en quien un mapa se dibuja atento. Pues el cuerpo es la tierra, el fuego el alma que en el pecho encierra, la espuma el mar, el aire su suspiro, en cuya confusión un caos admiro.
Pues en el alma espuma, cuerpo, aliento, monstruos de fuego, tierra, mar y viento, de color remendado, rucio y a su propósito rodado, del que bate la espuela y en vez de correr vuela. A tu presencia llega, airosa, una mujer. Su luz me ciega. Vive Dios, que es Rosaura. Se va. El cielo a mi presencia la restaura.
Sale Rosaura con vaquero, espada y daga. Generoso seismundo, cuya majestad heroica sale al día de sus hechos de la noche de sus sombras. Y como el mayor planeta que en los brazos de la aurora se restituye luciente a las flores y a las rosas y sobre mares y montes, cuando coronado asoma, luz esparce, rayos brilla, cumbres baña, espumas borda. Así amanezcas al mundo, luciente sol de Polonia. Que a una mujer infeliz que hoy a tus plantas se arroja, ampares por ser mujer y desdichada. Dos cosas que para obligar a un hombre que de valiente blasona, cualquiera de las dos basta, de las dos cualquiera sobra.
Tres veces son las que ya me admiras, tres las que ignoras quién soy. Pues las tres me has visto en diversa traje y forma. La primera, me creíste, varón, en la rigurosa prisión, donde fue tu vida de mis desdichas, lisonja. La segunda, me admiraste, mujer, cuando fue la pompa de tu majestad un sueño, una fantasma, una sombra. La tercera es hoy, que siendo monstruo de una especie y otra entre galas de mujer, armas de varón me adornan. Y porque compadecido mejor mi amparo dispongas, es bien que de mis sucesos trágicas fortunas oigas.
De noble madre nacía en la corte de Moscovia, que según fue desdichada, debió ser muy hermosa. En esta puso los ojos un traidor que no le nombra mi voz por no ponerle, de cuyo valor me informa el mío. Pues, siendo objeto de su idea, siento ahora no haber nacido gentil para persuadirme loca. A que fue algún dios de aquellos que en metamorfosis lloran: lluvia de oro, cisne, toro, Danae, Leda y Europa. Cuando pensé que alargaba citando a leves historias el discurso, hallo que en él te he dicho en razones pocas que mi madre, persuadida a finezas amorosas, fue como ninguna bella, y fue infeliz como todas. Aquella necia disculpa de fe y palabra de esposa la alcanza tanto que aún hoy el pensamiento la cobra. Habiendo sido un tirano tan eneas de su honra que la dejó hasta la espada. Envaínese aquí su hoja, que yo la desnudaré antes que acabe la historia. De este pues maldado nudo que ni ata ni aprisiona, o matrimonio o delito, si bien todo es una cosa.
Nací yo tan parecida que fui un retrato, una copia, ya que en hermosura, no, en la dicha y en las obras. Y así no habré menester decir que poco dichosa, heredera de fortunas, corrí con ella una propia. Lo más que podré decirte de mí es el dueño que roba los trofeos de mi honor, los despojos de mi honra. Astolfo, ay de mí. Al nombrarle se encoleriza y se enoja el corazón, propio efecto de que enemigo se nombra. Astolfo fue el dueño ingrato que olvidado de las glorias, porque en un pasado amor se olvida hasta la memoria. Vino a Polonia, llamado de su conquista famosa, a casarse con estrella, que fue de mi ocaso antorcha. ¿Quién creerá que habiendo sido una estrella quien conforma dos amantes, sea una estrella la que los divida agora? Yo ofendida, yo burlada, quedé triste, quedé loca, quedé muerta, quedé yo, que es decir que quedó toda la confusión del infierno disfrazada en mi Babilonia y declarándome muda, porque hay penas y congojas que las dicen los afectos mucho mejor que la boca.
Dije mis penas callando hasta que una vez a solas violante mi madre cielos rompió la prisión y en tropa del pecho salieron juntas tropezando unas con otras. No me embaracén decirlas que en sabiendo una persona a quien sus flaquezas cuenta, ha sido cómplice en otras. Parece que ya le hace la salva y le desahoga, que a veces el mal ejemplo sirve de algo. En fin, piadosa oyó mis quejas y quiso consolarme con las propias. Juez que ha sido delincuente, que fácilmente perdona y escarmentado en sí misma, que por dejar a la ociosa libertad al tiempo fácil el remedio de su honra, no le tuvo en mis desdichas. Por mejor consejo, toma que le siga y que le obligue con finezas prodigiosas a la deuda de mi honor y para que a menos costa fuese, quiso mi fortuna que en traje de hombre me ponga. Descolgó una antigua espada. ¿Qué es esta que ciño? Ahora es tiempo que se desnude, como prometí la hoja. Pues confiada en sus señas me dijo: "Parte a Polonia y procura que te vean ese acero que te adorna los más nobles, que en alguno podrá ser que haya piadosa acogida tus fortunas y consuelo tus congojas." Llegué a Polonia, en efecto. Pasemos, pues, que no importa el decirlo. Y ya se sabe que un bruto que se desboca me llevó a tu cueva, a donde tú de mirarme te asombras. Pasemos que allí Clotaldo de mi parte se apasiona, que pide mi vida al rey que el rey mi vida le otorga. Que informado de quién soy, me persuade a que me ponga mi propio traje y que sirva estrella, donde ingeniosa estorbé el amor de Astolfo y el ser estrella a su esposa. Pasemos que aquí me viste otra vez confuso y otra con el traje de mujer. Confundiste entre ambas formas. Y vamos a que Clotaldo, persuadido que le importa que se casen y que reinen Astolfo y estrella hermosa, contra mi honor me aconseja que la pretensión disponga.
Yo viendo que tú, oh valiente Segismundo, a quien hoy toca la venganza, pues el cielo quiere que la cárcel rompas de esa rústica prisión, donde ha sido tu persona, al sentimiento una fiera, al sufrimiento una roca. Las armas contra tu patria y contra tu padre. Tomas, vengo a ayudarte mezclando entre las galas costosas de Diana los arneses de Palas, vistiendo agora ya la tela y ya el acero, que entre ambos juntos me adornan. Ea pues, fuerte caudillo, a los dos juntos importa impedir y deshacer estas concertadas bodas. A mí porque no se case el que mi esposo se nombra. A ti porque estando juntos sus dos estados no pongan con más poder y más fuerza en duda nuestra victoria. Mujer, vengo a persuadirte el remedio de mi honra. Y varón, vengo a alentarte a que cobres tu corona. Mujer, vengo a enternecerte cuando a tus plantas me ponga. Y varón, vengo a servirte cuando a tus gentes socorra. Mujer, vengo a que me valgas en mi agravio y mi congoja. Y varón, vengo a valerte con mi acero y mi persona. Y así piensa que si hoy como mujer me enamoras, como varón te daré la muerte en defensa honrosa de mi honor, porque he de ser en su conquista amorosa mujer para darte quejas, varón para ganar honras.
Segismundo aparte. Cielos, si es verdad que sueño, suspendedme la memoria, que no es posible que quepan en un sueño tantas cosas. Válgame Dios. ¿Quién supiera o saber salir de todas o no pensar en ninguna? ¿Quién vio penas tan dudosas? Si soñé aquella grandeza en que me vi, ¿cómo ahora esta mujer me refiere unas señas tan notorias? Luego, ¿fue verdad? No sueño. Y si fue verdad que es otra confusión y no menor, ¿cómo mi vida le nombra sueño? Pues tan parecidas a los sueños son las glorias, que las verdaderas son tenidas por mentirosas y las fingidas por ciertas. Tampoco hay de unas a otras que hay cuestión sobre saber si lo que se ve y se goza es mentira o es verdad. Tan semejante es la copia al original que hay duda en saber si es ella propia. Pues si es así, ha de verse desvanecida entre sombras la grandeza y el poder, la majestad y la pompa. Sepamos aprovechar este rato que nos toca, pues solo se goza en ella lo que entre sueños se goza. Rosaura está en mi poder. Su hermosura el alma adora. Gocemos, pues, la ocasión. El amor las leyes rompa del valor y confianza con que a mis plantas se postra. Esto es sueño y pues lo es. Soñemos dichas agora que después serán pesares. Más con mil razones propias vuelvo a convencerme a mí. Si es sueño, si es vana gloria, ¿quién por vana gloria humana pierde una divina gloria? Qué pasado bien, no es sueño. ¿Quién tuvo dichas heroicas que entre sí no diga cuando las revuelve en su memoria? Sin duda que fue soñado cuanto vi. Pues si esto toca mi desengaño, si sé que es el gusto llama hermosa que le convierte en cenizas cualquier viento que sopla, acudamos a lo eterno, que es la fama vividora, donde ni duermen las dichas ni las grandezas reposan.
Rosaura está sin honor, más a un príncipe le toca el dar honor que quitarle. Vive Dios, que de su honra he de ser conquistador antes que de mi corona. Hullamos de la ocasión que es muy fuerte. Alarma toca que oye de dar la batalla antes que las negras sombras se purten los rayos de oro entre verdinegras ondas. Señor, pues te ausentas, pues ni una palabra sola no te debe mi cuidado, no merece mi congoja. ¿Cómo es posible, señor, que ni me mires ni oigas? Aún no me vuelves el rostro, Rosaura, al honor le importa por ser piadoso contigo, ser cruel contigo ahora. No te responde mi voz porque mi honor te responda. No te hablo porque quiero que te hablen por mí mis obras, ni te miro porque es fuerza en pena tan rigurosa que no mire tu hermosura, quien ha de mirar tu honra.
Se van Rosaura aparte. ¿Qué enigmas, cielos son estas? Después de tanto pesar, aún me queda que dudar con equívocas respuestas. Sale Clarín. Señora, es hora de verte. Ay, Clarín, ¿dónde has estado? En una torre encerrado brujuleando mi muerte. Y si me da o no me da, y a figura que me diera, pasante aquí no la fuera mi vida, que estuve ya para dar un estallido. ¿Por qué? Porque séo de quién eres. Y en efecto, dentro cajas. Pero, ¿qué ruido es este, Clotdo? Pero, ¿qué ruido es este? ¿Qué puede ser que del palacio sitiado sale un escuadrón armado a resistir y vencer el delfiero Segismundo? Pues, cobarde estoy y ya a su lado no soy un escándalo del mundo, cuando ya tanta crueldad cierra sin orden ni ley. Se va. Unos dentro. Viva nuestro invicto rey. Otros dentro. Viva nuestra libertad. La libertad y el rey vivan. Vivan muy enhorabuena, que a mí nada me da pena como en cuenta me reciban. Que yo apartado este día en tan grande confusión haga el papel de Nerón que de nada se dolía. Si bien me quiero doler de algo y ha de ser de mí, me he escondido desde aquí. Toda la fiesta he de ver. El sitio es oculto y fuerte entre estas peñas, pues ya la muerte no me hallará. Dos higas para la muerte. Escóndese.
Suena ruido de armas. Salen el rey Clotaldo y Astolfo huyendo. Hay más infelicido. Ya tu ejército vencido baja sin ti ley. Los traidores vencedores quedan. En batallas tales los que vencen son leales, los vencidos son traidores. Ollamos clotando pues del cruel del inhumano rigor de un hijo tirano. Disparan dentro y cae Clarín herido de donde está. Válgame el cielo. ¿Quién es este infelice soldado que a nuestros pies ha caído en sangre todo teñido? Soy un hombre desdichado que por quererme guardar de la muerte la busqué. Huyendo de ella, topé con ella, pues no hay lugar para la muerte secreto, de donde claro se arguye, de quien más su efecto huye, es quien se llega a su efecto. Por eso, tornad, tornad a la lis sangrienta luego, que entre las armas y el fuego hay mayor seguridad que en el monte más guardado, que no hay seguro camino a la fuerza del destino y a la inclemencia de lado. Y así, aunque a libraros vais de la muerte con huir, mirad que vais a morir si está de Dios que muráis. Cae dentro. Mirad que vais a morir si está de Dios que muráis.
Qué bien, cielos persuade nuestro error, nuestra ignorancia. A mayor conocimiento este cadáver que habla por la boca de una herida, siendo el humor que desata sangrienta lengua que enseña que son diligencias vanas del hombre cuantas dispone contra mayor fuerza y causa. Pues por librar de muertes y sediciones mi patria, vine a entregarla a los mismos de quien pretendí librarla. Aunque elado señor sabe todos los caminos y haya a quien busca entre lo espeso de dos penas, no es cristiana determinación decir que no hay reparo a su saña. Sí hay que el prudente varón victoria de lado alcanza. Si no estás reservado de la pena y la desgracia, haz por donde te reserves. Clotaldo, señor, te habla como prudente varón que madura edad alcanza. Yo, como joven valiente, entre las espesas ramas de ese monte está un caballo veloz aborto de Laura. Huye en él, que yo entre tanto te guardaré las espaldas. Si está de Dios que yo muera o si la muerte me aguarda, aquí hoy la quiero buscar esperando cara a cara.
Tocan al arma y sale Segismundo y toda la compañía. En lo intrincado del monte, entre sus espesas ramas, el rey se esconde. Seguidle. No queden sus cumbres planta que no examine el cuidado tronco a tronco y rama a rama. Huye, señor. ¿Para qué? ¿Qué intentas? Astolfo aparta. ¿Qué intentas? Hacer, Clotaldo un remedio que me falta. Si a mí buscándome vas, ya estoy, príncipe a tus plantas. Sea de ellas blanca alfombra esta nieve de mis canas. Pisa mi serviz y huella mi corona. Postra, arrastra mi decoro y mi respeto. Toma de mi honor venganza. Sírvete de mi cautivo y tras prevenciones tantas cumpla el ado su homenaje. Cumpla el cielo su palabra. Corte ilustre de Polonia, que de admiraciones tantas sois testigos. Atended, que vuestro príncipe os habla. Lo que está determinado del cielo y en azul tabla Dios con el dedo escribió. ¿De quién son cifras y estampas tantos papeles azules que adornan letras doradas? Nunca miente, nunca engaña. Porque quien miente y engaña es quien para usar mal de ellas las penetra y las alcanza. Mi padre, que está presente por excusarse a la saña de mi condición me hizo un bruto, una fiera humana. De suerte que cuando yo por mi nobleza gallarda, por mi sangre generosa, por mi condición bizarra hubiera nacido dócil y humilde, solo bastara tal género de vivir, tal linaje de crianza, hacer fieras mis costumbres. Qué buen modo de estorbarlas. Si a cualquier hombre dijesen: "Alguna fiera inhumana te dará muerte", escogiera buen remedio en despertalla cuando estuviese durmiendo. Si dijeran: "Esta espada que traes ceñida ha de ser quien te dé la muerte." Van diligencia de evitarlo fuera entonces desnudarla y ponérsela a los pechos. Si dijeran: "Golfos de agua han de ser tu sepultura en monumentos de plata." Mal hiciera en darse al mar cuando soberbio levanta rizados montes de nieve, de cristal crespas montañas. Lo mismo le ha sucedido que a quien porque le amenaza una fiera la despierta, que a quien temiendo una espada la desnuda, y que a quien mueve las ondas de una borrasca. Y cuando fuera, escuchadme. Dormida fiera mi saña, templada espada mi furia, rigor mi quieta bonanza. La fortuna no se vence con injusticia y venganza, porque antes se incita más. Y así quien vencer guarda a su fortuna ha de ser con prudencia y contemplanza. No antes de venir el daño se reserva ni se guarda quien le previene. Que aunque puede humilde, cosa es clara, reservarse de él, no es sino después que se haya en la ocasión, porque aquesta no hay camino de estorbarla. Sirva de ejemplo este raro espectáculo, esta extraña admiración, este horror, este prodigio, pues nada más que llegar a ver, con prevenciones tan varias, rendido a mis pies a un padre y atropellado a un monarca. Sentencia del cielo fue, por más que quiso estorbarla, y él no pudo. Y podré yo, que soy menor en las canas, en el valor y en la ciencia, vencerla.
Señor, levanta, dame tu mano, que ya que el cielo te desengaña de que has errado en el modo de vencerle, humilde aguarda mi cuello a que tú te vengas. Rendido estoy a tus plantas, hijo. Que tan noble acción otra vez en mis entrañas te engendra. Príncipe eres. A ti laurel y la palma se te deben. Tú venciste. Corónen tus hazañas. Viva Segismundo, viva. Pues ya que vencerá guarda mi valor grandes victorias, hoy ha de ser la más alta vencerme a mí. Astolfo de la mano luego a Rosaura, pues sabe que de su honor es deuda y yo he de cobrarla. Aunque es verdad que la debo, obligaciones repara, que ella no sabe quién es. Y es bajeza y es infamia casarme yo con mujer. No prosigas, tente, aguarda, porque Rosaura es tan noble como tú, Astolfo, y mi espada lo defenderá en el campo, que es mi hija y esto basta. ¿Qué dices? Que yo hasta verla casada, noble y honrada no la quise descubrir. La historia de esto es muy larga, pero en fin, es hija mía. Pues siendo así, mi palabra cumpliré. Pues porque Estrella no quede desconsolada, viendo que príncipe pierde de tanto valor y fama, de mi propia mano yo con esposo he de casarla, que méritos y fortuna si no le excede le iguala. Dame la mano. Yo gano en merecer dicha tanta. A Clotaldo, que leal sirvió a mi padre, le aguardan mis brazos con las mercedes que él pidiere que le haga. Si así a quien no te ha servido honras, a mí que fui causa del alboroto del reino y de la torre en que estabas te saqué, ¿qué me darás? La torre. Y porque no salgas de ella nunca hasta morir, has de estar allí con guardas. Que el traidor no es menester, siendo la traición pasada. Tu ingenio a todos admira. Qué condición tan mudada. Qué discreto, qué prudente. ¿Qué os admira? ¿Qué os espanta? Si fue mi maestro un sueño y estoy temiendo en mis ansias, que he de despertar y hallarme otra vez en mi cerrada prisión. Y cuando no sea, el soñarlo solo basta. Pues así llegué a saber que toda la dicha humana, en fin, pasa como sueño. Y quiero hoy aprovecharla el tiempo que me durare, pidiendo de nuestras faltas perdón, pues de pechos nobles es tan propio el perdonarlas.
Fin de la jornada tercera. Fin de La vida es sueño de Pedro Calderón de la Barca. No es solo literatura. Cierra los ojos. Escucha. Bienvenido. Universence. T.