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Evangelio Domingo 9 de Noviembre:Juan 2,13-22 (Dedicación San Juan de Letrán)

Fidel Oñoro20:16

Transcription

En este 9 de noviembre, fiesta de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, que se encuentra en Roma. Vamos a leer el Evangelio según San Juan en el capítulo 2, versículos 13 al 22.

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados. Y haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes, y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas. Y a los que vendían palomas les dijo: "Quiten esto de aquí. No conviertan en un mercado la casa de mi padre."

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: "El celo de tu casa me devora." Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: "¿Qué signos nos muestras para obrar así?" Jesús contestó: "Destruyan este templo y en tres días lo levantaré." Los judíos replicaron: "46 años ha costado construir este templo y tú lo vas a levantar en tres días." Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de lo que había dicho y dieron fe a la escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

Cada 9 de noviembre celebramos la fiesta litúrgica de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán. Esta basílica se encuentra en la ciudad de Roma y goza del honor de ser la catedral del obispo de Roma, es decir, el Papa. El primer templo cristiano construido en la historia fue este y por eso goza del privilegio de tener el título de honor: Sacrosanta Lateranensis eclesia orbis et urbis eclesiarum mater etcaput. Significa santísima Iglesia de Letrán, madre y cabeza de todas las iglesias del urbe y del mundo.

Se encuentra construido este templo en un predio que había sido donado por el emperador Constantino y que el Papa Silvestre había decidido allí construir el templo después del Papa Milsiades. Y lo consagró un día 9 de noviembre, un día como hoy, del año 324 después de Cristo.

Pues bien, la celebración de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán nos da la ocasión de volver sobre el tema del templo en la revelación de Jesús, esto de la expulsión de los vendedores del templo en el capítulo 2, versículos 3 al 22 de Juan. En esta ocasión quiero invitarte a aproximarte al texto de una manera diferente. Si quieres una lectura detallada, te remito a la que ya hicimos y que se encuentra grabada también aquí. Pero en esta ocasión vamos a centrarnos en dos puntos importantes que se desprenden del texto. Vamos a ver uno negativo, que es la tentación de hacer de Dios una mercancía. Y el otro es positivo, la otra cara de la moneda, el reaprender con Jesús cómo es que se construye realmente la relación con Dios, como Dios mismo la quiere.

El tema del templo está en el centro de la atención. El templo de Jerusalén con su bien organizado sistema de compraventa de animales y de banco para cambiar las monedas para que quedaran puras para poder ser ofrecidas con dignidad a Dios. Este era el pilar de la economía de la ciudad santa de Jerusalén. Y Jesús entra allí con un rechazo frontal de lo que allí se hacía. Invita a descifrar en su gesto un signo. Con un látigo en la mano, altera el ambiente en que se llevaba a cabo la compraventa de los animales para el sacrificio y el cambio de las monedas. Y la gente queda confundida. Los discípulos intentan interpretar, pero es el mismo Jesús quien da la explicación y quien hace un anuncio profético que vamos a analizar al final de la escena. Y frente a la rabia de Jesús contra los vendedores de la fe, contra la religión hecha negocio, los discípulos van a recordar las palabras del salmo 69 en el versículo 9: "El celo de tu casa me devora."

El celo de tu casa me devora. Y vale notar como este a este signo de Jesús con un látigo en la mano y con su anuncio de un templo que va a ser reconstruido en tres días, nuestra escena hace una una clara y fuerte contraposición entre un doble en un doble movimiento, el movimiento de deconstrucción del templo y el movimiento de reconstrucción. El cuerpo de Jesús muerto y resucitado será el templo destruido y reconstruido.

Veamos estos dos movimientos. Primero, el de la deconstrucción. Recordemos, refresquemos un poco nuestro conocimiento del ambiente del templo de Jerusalén. La explanada del templo de Jerusalén, lo sabemos bien, era tan grande como 20 estadios de fútbol profesional en el día de hoy. Era enorme, la construcción más grande del mundo antiguo. Y Jesús atraviesa esta explanada como un torrente impetuoso y pone todo boca arriba: animales y jaulas, mesas y monedas. Y la gente, las mesas volcadas, las jaulas abiertas y las monedas por tierra muestran lo serio, profundo y total que es el vuelco traído por la persona de Jesús. Y viene la pregunta: ¿qué es lo que Jesús cambia en esta circunstancia?

Bueyes para los ricos, palomas para los sacrificios de parte de los pobres, todo en el suelo. Pero sobre todo, terminó el tiempo de la sangre para alabar a Dios. Es la abolición de cualquier otro sacrificio que no sea el que Dios ha hecho por el ser humano en la persona de su hijo Jesucristo. Y esto ya es fuerte. ¿Y qué más cambia Jesús? Bueno, las monedas en el suelo lo dicen todo. El dios dinero, mamona, como se decía en arameo, el Dios hecho un ídolo y aquí instalado en el templo como un rey en su trono y es desenmascarado de su falsa ilusión. Creemos que con el dinero se puede comprar todo, incluso a Dios. No comercialices a la persona, no compres ni vendas la vida, ninguna vida. Tú que compras a los pobres, a los migrantes por un par de sandalias o a un trabajador por unos pocos billetes mal pagados. Si le quitas a alguien la libertad, si dejas morir sus esperanzas, profanas el verdadero templo de Dios.

Pero nuestro texto dice que Jesús hablaba de la casa del Padre y aquí se verbaliza su gesto: "No hagan de la casa del Padre una casa de mercado." En griego aparece literalmente la palabra emporio. No hagan del templo un emporio. En otras palabras, no hagan mercado de la fe. Dios no es objeto de compraventa porque se ofende su amor. El amor ni se compra ni se vende, no se mendiga, no se impone, no se finge. Culto y comercio son irreconciliables. Antiguamente los más astutos se valían de la religión para hacer ganancias. Y los más piadosos, la gente sencilla y común se lo creía. La de Jesús es una denuncia profética contra el sometimiento de Dios a la ley decadente del comercio.

"Le das algo a Dios para que Dios te dé algo a ti." Eso era lo que le inculcaban a la gente estos sinvergüenzas. Es la falacia de la teología de la prosperidad, que se apoya en la ofrenda, como si lo que le damos a Dios pudiera absolver nuestra responsabilidad, como si las bendiciones de Dios se pudieran obtener por alguna cosa a cambio. Y esta teología promueve oraciones del tipo: "Yo te doy oraciones y ofrendas, tú me das larga vida, fortuna y salud." Pero resulta que Dios no se compra ni se vende, ni siquiera con la moneda más pura. Dios es amor y comprar el amor es tratarlo como a una prostituta. Quien quiera pagar por amor va en contra de su propia naturaleza y lo trata como a una prostituta. Cuando los profetas hablaban de prostitución en el templo, se referían a este tipo de culto, tan piadoso como ofensivo para Dios. Es un intento por controlar, por gobernar a Dios. "Te doy oraciones y sacrificios y tú me das protección y salud." Vaya negocio.

Cuando una religión se vuelve objeto de mercado, de producción, de intercambio, no solo contradice la verdad del Dios de la gracia, sino que promueve una visión mercantilista que cosifica la vida del hombre, de los pobres y de la madre tierra.

Pero veamos la otra cara de la moneda, la reconstrucción. El segundo movimiento es el de la reconstrucción. Jesús lo dice claramente: "Destruyan este templo y en tres días yo lo levantaré." Pero antes de seguir adelante, caigamos en cuenta de esto. Unos minutos más tarde, de aquellos latigazos, de aquellas monedas volcadas, de aquellas monedas regadas por tierra, de las jaulas de los animales abiertas, los comerciantes de palomas ya habrían emparejado sus jaulas. Momentos después, los cambistas ya habrían recuperado hasta la última monedita, hasta el último centavo regado en el pavimento. El dinero volvió a circular. Los volvieron a pesar en sus balanzas, a contar con sus dedos y a manejar según la ley. Todos volvieron a agarrar la plata: peregrinos, sacerdotes, comerciantes y mendigos, todos. El gesto de Jesús pareciera no tener consecuencias inmediatas, pero en realidad se trataba de una profecía, de una profecía en acción. Y el profeta ama la palabra de Dios mucho más que los resultados. Incluso el profeta es el guardián que vigila, que observa, que atisba por la rendija por la cual la esperanza y la libertad entran en el corazón.

Jesús profetiza, entonces, lo hace explicando el signo realizado como referido a su propio cuerpo: "Destruyan este templo y en tres días lo haré resurgir." Y enseguida el narrador comenta: "Él hablaba del templo de su cuerpo." Esto es lo que se subraya: el templo de su cuerpo. Permítame un detalle técnico. El texto griego nos hace notar que Jesús no usó el término ieros. Hieros, que se refiere al edificio entero, a este que ocupaba el espacio de 22 estadios de fútbol profesional de hoy. En boca de Jesús es puesta la palabra naos. Naos es otra cosa, no es todo el conjunto, es únicamente el Santa Santorum, aquel espacio chiquitito que era como una torre pero chiquitico, que era el lugar de la presencia de la shequiná, de la habitación de Dios. Pues esto, la presencia, esto era lo central, la presencia de Dios.

Por eso el foco de nuestro texto nos lleva a la pregunta: ¿cómo marca Dios su presencia en medio de nosotros a partir de su hijo Cristo Jesús? Bueno, en este mismo evangelio de Juan, desde el capítulo 1, versículo 14, se nos dice que Dios plantó su tienda en el Verbo hecho carne. Pues este es el cuerpo, este es el cuerpo en el que Dios se da. "Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su hijo." Se nos da en este cuerpo y se nos da hasta el extremo, como nos dice el mismo evangelista. En el bendito cuerpo del crucificado y resucitado, Dios ha abrazado a todo ser humano. Un Dios que toma cuerpo y que abraza el cuerpo y lo sigue haciendo en todo cuerpo crucificado, enfermo, encarcelado, rechazado, maltratado, prostituido, abusado o ignorado. En el crucificado, Dios pone su tienda y recomienza la creación con una potente resurrección. Como dice Alessandro de, el cuerpo de todo ser humano está hecho de destrucción y de resurrección continua. Negar este movimiento es negar la vida. Dios estará siempre en un cuerpo vivo y en camino.

Pues sí, todo sistema de control sobre el cuerpo, todo espacio represivo, todo sistema sacrificial es una negación de Dios. Esta acción de Jesús nos da entonces una nueva visión del culto, una nueva visión sobre el templo, una nueva mirada sobre el cuerpo. Estas tres realidades, culto, templo, cuerpo, se juntan. Todo cuerpo de hombre y de mujer es templo divino asumido en el de Cristo, frágil, bellísimo e infinito. Es por este cuerpo templo que Jesús expresa su celo: "El celo de mi casa, el celo de la casa de mi padre me devora." Los discípulos lo encajan, lo recuerdan en las palabras del salmo ya citadas.

Nada, nada, nada vale más que la vida. Nada pide más nuestro celo, porque con un beso que solo Dios puede dar, ha transmitido a todo cuerpo su aliento eterno infinito y promete el de su resurrección. Y así como un templo no es un simple edificio y no tiene sentido si no se parece a la casa de Dios en el cielo, tampoco lo será la comunidad que allí se congrega, si esta no es de hijos que se parecen a su padre Dios.

Queda entonces, en un día como hoy cuando hablamos de templo, queda planteada la pregunta: ¿cuál es la verdadera casa del Padre? ¿Una casa de ladrillo, una casa de piedra? El evangelio de hoy da la respuesta. Pero permíteme completarlo con otra cita. La carta a los Hebreos también nos da una espléndida respuesta. En el capítulo 3, versículo 6, dice: "Casa de Dios, casa de Dios somos nosotros, si es que mantenemos la confianza, la libertad traduciría yo, si es que mantenemos la confianza y vivimos orgullosos de nuestra esperanza."