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El aroma del tiempo. Este libro, "The View in Your Hand", tiene un subtítulo que es un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Ha sido editado originalmente en el año 2009 y antecede a los libros más difundidos de este filósofo surcoreano.
El subtítulo define claramente la temática del libro, que se centra en la necesidad de cambiar el ritmo del tiempo actual, cuando vivimos un tiempo que pasa de una manera rápida, veloz y acelerada. Y aquí Ham pone el foco inicial de este libro, que es afirmar que no se trata de un tiempo que acelera, sino de otro fenómeno distinto, aquel al que él le llama de sincronía.
Bueno, ¿qué es la de sincronía? La de sincronía ya la explica como un fenómeno de dispersión y atomización del tiempo. Son dos formas que adopta el tiempo en nuestra cultura que generan la ausencia de un sistema ordenador de nuestra vida. La de sincronía se produce, dice Ham, al pasar de un formato de percepción temporal de tiempo lineal a un formato de percepción temporal de un tiempo atomizado.
El tiempo lineal, que enhebra hechos mediados por la duración a través de una línea de hechos sucesivos con tiempo entre medio de ellos, con duración de tiempo en que medio de ellos pasa, pasa a eso a un tiempo atomizado, en el que los espacios de duración desaparecen, generando una liberación de los sucesos que, sueltos, sin tiempo, se dispersan y dejan de experimentar la duración. Cada instante se vuelve entonces igual al otro instante, ya que sin un marco temporal se pierde el sentido de las cosas, porque ya nada concluye, porque nada comienza.
En este proceso de pérdida de la secuencia temporal se va perdiendo el sentido, ya que nuestras acciones no llegan a ningún fin. Al no llegar a ningún fin, lo que nos plantea Ham es que vivimos un tiempo donde no existe una percepción teleológica, ya que al perderse sentido nuestro tiempo carece también de una visión teológica. Es decir, carecemos también, en un sentido, de trascendencia. Ni telos ni teo, dice Ham, nos deja este tiempo atomizado. Estamos frente a un tiempo que no tiene sentido porque no tiene final y porque no tiene final, carece de trascendencia.
Con la atomización del tiempo estamos frente a un problema existencial, una angustia de la carencia de sentido. Sumado a una vida marcada por el rendimiento permanente, deriva en el fin de la vida contemplativa. Ante la angustia existencial, nos aferramos al único real: yo mismo. Nos encerramos dentro de nuestro cuerpo, que es lo único que se entiende como real, y nos obsesionamos por cuestiones como la salud, al punto de cuestionar el propio hecho de la muerte, al punto de envejecer sin hacernos mayores.
E incorpora en su análisis, como es habitual, a otros pensadores. Como también es habitual, el caso de Nietzsche. De Nietzsche toma la idea del último hombre y caracteriza a este habitante del nuevo siglo. Digamos, Nietzsche y su nuevo hombre parecen al habitante del siglo XXI: un hombre individualista, mediocre y conformista, un hombre con excesivo apego a su salud y un hedonista extremo. Este hombre que aspira a una larga y sana vida, aburrida y cuidada, con el objeto de evitar la muerte, pero persiguiendo siempre esa meta. El hombre se agota antes de morir y dice Ham: muere a destiempo.
Morimos a destiempo. El planteo de morir acá del tiempo es que resulta difícil morirse en un mundo que no tiene final, que no tiene objetivo ni tiene sentido, que navega sin rumbo y en el que se carece de una estructura que apunte, una estructura tiempo-temporal que apunte hacia un destino. Es un tiempo que ha perdido el ritmo y se acelera porque los diques que contenían el tiempo se han abierto y, por lo tanto, fluye libremente. Nada concluye y la muerte es el elemento clave que dota de sentido a la vida, y es ahí ese sentido desaparece con el tiempo atomizado de hoy.
Todos los momentos son iguales, no hay diferencias entre el ayer y el hoy y el mañana. Vivimos solo un presente sin rumbo. La aparición puntual de presentes en diversas direcciones anula la expectativa entre lo que ya es y lo que todavía no es, es decir, entre el pasado y el futuro. Por eso, a este presente de nuestros días le falta la tensión de esa lucha dialéctica típica de la cultura que hemos dejado atrás.
Ham establece una diferencia esencial entre vivencia y experiencia. La experiencia se aloja en el pasado, a diferencia de la vivencia, que es puntual y habita al instante. La actual sensación de que todo pasa rápido tiene que ver con la imposibilidad de la demora y con la presencia del cambio permanente de vivencia tras vivencia tras vivencia. La asociación incontable de vivencias no hace a una vida más plena, sino una vida más corta.
Algo similar pasa con los conceptos de información y conocimiento, que se diferencian por su relación temporal. El conocimiento requiere de una acumulación de tiempo, en tanto la información, al igual que la vivencia, está vacía de tiempo, es temporalmente neutro. El conocimiento acumulado integra la memoria, a diferencia de la información, que solo lo que hace es, además, almacenarse en bases de datos. En este marco, recordar información se transforma solo en recuperarla, a diferencia de un tiempo pleno.
Vivimos en la instancia de un tiempo vacío que se dilata, pero que carece de principio y de final, un tiempo desarticulado. En este panorama, valores como la promesa, el compromiso, la lealtad, que requieren de una proyección temporal, pierden presencia porque pierden sentido en un mundo donde todo es presente, donde no hay un antes y un después, no hay memoria ni esperanza.
El acontecimiento, ese hecho que transforma a muerto la vieja cultura de la modernidad, era un tiempo abierto al futuro, al cambio, al progreso, en un tiempo lineal donde el hombre se volvió autónomo de la naturaleza. Aquel hombre moderno era un hombre libre, proyectado al futuro, que sostenía esa línea de tiempo hacia el mañana, basado en un pasado que le daba sentido a ese pasado y a ese mañana. Eso es lo que se ha dado en llamar el sentido histórico. El pasado, la historia, es lo que le daba sentido y ordenaba a los sucesos de aquel tiempo, dotado de duración, de permanencia. A eso es a lo que Ham llama un tiempo con aroma.
En cambio, en nuestro tiempo actual, atomizado, con ausencia del sentido histórico, se elimina el significado del futuro. Ya Mobilia, otra autora que recurre habitualmente Ham, decía que la información de la forma a un simulacro de la historia, a una simulación. Pero en verdad, la información forma parte de una temporalidad diferente. Se trata de un tiempo atomizado, hecho como puntos dispersos y separados por el vacío, donde nada sucede. Este tiempo atomizado, donde nada sucede, es lo que Hans llama un tiempo sin aroma.
Sin la vía narrativa, los hechos se van agolpando en un presente total y, en esa amalgama, se pierden relaciones y se mezclan hechos con informaciones y con datos. En este escenario, todo se vuelve igual. Aquí aparece otra figura a la que habitualmente recurre Ham, que es la figura de Zygmunt Bauman. Bauman vinculaba la idea de libertad con no tener vínculos ni compromisos. Pero para dejar la libertad verdadera está en los vínculos y en la integración, ya que la ausencia de vínculos es lo que provoca miedos.
La palabra libertad proviene de la raíz indoeuropea "fri", la misma que se comparte con "amigo", por ejemplo. Por lo tanto, la libertad se entiende en la amistad y en la relación. Es el vehículo lo que nos hace libres, no es su ausencia. El intervalo entre el presente y el futuro genera sentido en la vida, allí donde la indefinición provoca inquietud, pero también esperanza. Y esa es la diferencia que existe entre la figura del peregrino y la figura del turista. Es una metáfora que recurre Ham para explicar esta diferencia.
El turista solo va, solo transita de un aquí y ahora hacia otro aquí y ahora. Siempre está en el mismo lugar, todo es igual. Mientras que el peregrino transita una gran ruta con un destino determinado, que va de un aquí a un allá. Tiene un destino y un ayer, hoy. En un tiempo sin aroma, la espera se entiende como un valor negativo y, por lo tanto, la espera debe ser aniquilada. Pero los intervalos no son tiempo demorado, sino organizadores de la vida. Sin ellos, sin los intervalos de tiempo, todo se vuelve una alocada sucesión de acontecimientos sin transición, sin principio y sin final.
Las situaciones se abandonan sin concluir o bien entran en pausa para ir a otra situación distinta, vivenciada sin haber iniciado la anterior. Al igual que en la red, la vida hoy se compone de links que pueden abandonarse y cambiar y regresar a ellos. El espacio digital se surfea, no se camina.
El aroma del tiempo requiere de la lentitud, se vincula con el pasado y con el recuerdo, incluso con la verdad. En cambio, el goce inmediato no deja lugar a lo bello, porque lo bello también requiere de la espera, del recuerdo que permite contraponer otra cosa que no ha sido bella. La belleza es la contemplación y es el tiempo, no es la prisa. Por eso, la primera víctima de la aceleración, dice Ham, es la vida contemplativa.
La vida más plena está situada en la duración del tiempo. Se trata precisamente de la vida contemplativa. ¿Qué es esto de la vida contemplativa? Para explicarnos la, Ham recurre a los griegos, para precisamente Aristóteles. Aristóteles divide la vida en ocio y en falta de ocio, entre tranquilidad y falta de tranquilidad. Pero este ocio aristotélico no era considerado como una acción pasiva, sino contemplación de la verdad, que no es no hacer nada, sino que generar su sentido. Es amor a la verdad.
En cambio, más cerca en el tiempo, Lutero va a relacionar el trabajo con la salvación divina, y valorizando la acción, la actividad por sobre el ocio, abandonando la idea de la vida contemplación contemplativa y pasando a manos del ejecutor de la vida activa, que es esencialmente el trabajo. Trabajo y más trabajo. Los tiempos de descanso son solo justificables como el intervalo necesario para regresar al trabajo. Hoy, la relación ocio y falta de ocio se ha invertido y el ocio es solo una etapa de recuperación entre tiempos de trabajo. Todo el trabajo, pero no solamente el tiempo de trabajo, también el consumo es producir y destruir, es consumir el tiempo, expulsar de la vida cualquier elemento apacible, terminando en una hiperactividad letal.
Frente a esto, Ham propone finalmente recuperar la demora, recuperando la vida contemplativa, esa forma de vivir que produce tiempo y amplía el espacio, recuperando nuevamente aquel tiempo con aroma, recuperando el aroma del tiempo.