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🔴A PUNTO DE SER EJ3CUT4DO por ISIS en IRAK! PERO DIOS ENVIÓ ÁNGELES | Testimonios Cristianos

Fortalecidos Por la Fe Testimonios57:15

Transcription

Al Yahu Akbar. El grito resonó mientras el acero del cuchillo tocaba mi garganta y mis oídos palpitaban. El verdugo tensó su brazo para el corte final y entonces lo sobrenatural irrumpió. "¡Hombres de fuego!", gritó Abualik, mi torturador y comandante de Isis. Cayó hacia atrás como golpeado por una fuerza invisible. El cuchillo destinado a acabar con mi vida tintineó en el suelo. "¡Algo me quema!", gritó, rasgándose la túnica, sus ojos desorbitados mirando algo que yo no podía ver. Cuatro terroristas endurecidos por años de violencia se desplomaron temblando ante lo que después describirían como guerreros celestiales con espadas de fuego. Las cámaras, que debían filmar mi fin para propaganda, capturaron una luz inexplicable que saturó los sensores digitales.

17 días antes me habían secuestrado, torturado y preparado para morir. Ahora veía a mis verdugos llorar como niños, suplicando misericordia a un poder que finalmente reconocían como superior. Mi nombre es Jacob Nazar y este es mi testimonio. Lo que estás a punto de escuchar es cómo Dios se manifestó en el corazón mismo del terror.

Todo comenzó en un caluroso amanecer de junio de 2021 en las afueras de Mosul, Irak. El polvo del desierto se arremolinaba bajo mis pies mientras distribuía medicinas y alimentos entre familias curdas desplazadas por el conflicto. Llevaba 3 años sirviendo en la región, ayudando a reconstruir comunidades devastadas por la guerra y llevando esperanza a quienes lo habían perdido todo. En Occidente, muchos creían que ISIS había sido derrotado, pero quienes trabajábamos en terreno sabíamos la verdad. Las células dormidas seguían activas, esperando el momento oportuno para emerger de las sombras. En nuestro país, donde la libertad religiosa es un lujo desconocido para muchos, ser cristiano en ciertas regiones es firmar tu propia sentencia de muerte.

Desde niño mi padre me había enseñado a vivir mi fe con prudencia, pero sin miedo. "Jacob", me decía mientras estudiábamos las escrituras en el sótano de nuestra casa en Hervil, "si algún día debes elegir entre negar a Cristo o morir, recuerda que esta vida es solo un suspiro comparada con la eternidad". Nunca imaginé que sus palabras se convertirían en mi ancla durante los 17 días más oscuros de mi existencia.

Hermano que me escuchas, si alguna vez has dudado del poder de Dios para manifestarse en las circunstancias más hostiles, si has cuestionado su fidelidad en medio de la persecución más brutal, entonces esta historia es para ti. Porque estoy aquí para testificar que no hay celda tan oscura, ni terrorista tan despiadado, ni cuchillo tan afilado que pueda separarnos del amor de Cristo. Lo que experimenté en las mazmorras de ISIS, en las afueras de Mosul, me llevó al límite de la resistencia humana, donde la línea entre la vida y la muerte se vuelve tan delgada como un cabello. Pero fue allí, en ese valle de sombra y muerte, donde presencié cómo la luz de Dios resplandece con mayor intensidad en la oscuridad más profunda. Te invito a acompañarme en este relato no como un simple recuento de horrores, sino como un testimonio vivo del poder transformador de Dios.

Las calles polvorientas de Herville en el Kurdistán iraquí habían sido mi hogar durante la mayor parte de mi vida adulta. Nacido en una familia cristiana Caldea, crecí en tiempos turbulentos para los cristianos de Oriente Medio. Mi padre, Elías Nazar, era médico en un pequeño hospital comunitario y mi madre, Mariam, enseñaba inglés en una escuela local. A diferencia de muchos cristianos que emigraron buscando seguridad, mis padres decidieron quedarse. "Esta tierra necesita luz", repetía mi padre cuando le preguntaba por qué no nos íbamos a Europa o América como tantos otros.

Mi camino hacia el trabajo humanitario no fue directo. Estudié ingeniería civil en la Universidad de Bagdad, donde las tensiones religiosas siempre estaban latentes. Aprendí a moverme con cautela, a ser prudente sobre cuándo y dónde expresar mi fe. Pero fue durante el ascenso de ISIS en el año 2014, cuando mi vida cambió drásticamente. Mientras veía noticias de cristianos siendo masacrados, iglesias destruidas y comunidades enteras desplazadas, sentí un llamado inconfundible en mi corazón. Ya no podía simplemente construir edificios mientras mi pueblo sufría. Me uní a una organización humanitaria internacional en el año 2018, utilizando mis habilidades de ingeniería para ayudar en la reconstrucción de pueblos devastados por la guerra. Trabajaba principalmente en la región kurda, donde la situación era relativamente más estable, aunque siempre teníamos que movernos con extrema precaución.

Cada mañana comenzaba con la misma rutina: oración, lectura de las escrituras y una evaluación de seguridad con nuestro equipo local. "Nunca vayas dos veces por la misma ruta", nos aconsejaba Farid, nuestro coordinador de seguridad. "Los ojos enemigos siempre están observando". A pesar del peligro constante, los 3 años previos a mi secuestro fueron extraordinariamente significativos. Vi iglesias reconstruirse de las cenizas, comunidades recuperar la esperanza y familias regresar a hogares que creían perdidos para siempre. En secreto también facilitaba pequeñas reuniones de oración y estudio bíblico para creyentes locales, siempre cambiando de ubicación y utilizando códigos para comunicarnos.

Sara, una joven convertida del islam, fue uno de los frutos más hermosos de este ministerio clandestino. Su familia la había repudiado al descubrir su nueva fe y encontró refugio en nuestra red de creyentes. "Tu compasión me mostró a Cristo antes que tus palabras", me dijo una vez mientras compartíamos un sencillo desayuno. No sabía entonces que su testimonio sería crucial para mantener viva mi esperanza durante mi cautiverio.

La última noche antes de mi secuestro tuve un sueño inquietante. Me vi a mí mismo en una celda oscura, rodeado de hombres encapuchados. Sin embargo, en lugar de miedo, sentí una extraña paz. Al despertar lo comenté con Rashid, un colega cristiano local. "Quizás es una advertencia", sugirió con preocupación. "Deberías cancelar tu viaje a Mosul mañana". Pero las necesidades eran demasiado urgentes. Docenas de familias esperaban medicinas y suministros que solo yo podía entregar, ya que había logrado los permisos necesarios para atravesar los múltiples puestos de control en la ruta. "El miedo no viene de Dios", le respondí, citando segunda de Timoteo 1:7. "Si tengo que enfrentar la oscuridad, que sea llevando luz". Rashid asintió solemnemente y esa noche oramos juntos más tiempo que de costumbre. Era como si ambos supiéramos en algún nivel profundo que esa podría ser nuestra última conversación.

La mañana del 12 de junio de 2021 amaneció inusualmente tranquila. El aire estaba denso y caliente con el sol apenas asomando sobre el horizonte polvoriento de Irak central. Cargué nuestra vieja camioneta blanca con cajas de medicamentos, alimentos deshidratados y materiales escolares para los niños. Jassán, nuestro conductor habitual, había enfermado, así que decidí conducir yo mismo. Más tarde entendería que esta aparente casualidad era parte del plan divino. Si Hassán hubiera estado conmigo, probablemente también habría sido capturado o asesinado. Mientras conducía hacia Mosul, repetía mentalmente versículos del Salmo 91: "Mil caerán a tu lado y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará". No sabía entonces cuán literalmente necesitaría aferrarme a esas palabras en los días venideros.

El camino a Mosul estaba salpicado de puestos de control: algunos oficiales del ejército iraquí, otros controlados por milicias locales. A las afueras de la ciudad, en una zona especialmente desolada, noté un vehículo negro estacionado junto a la carretera. Parecía un control improvisado, algo común en la región, así que reduje la velocidad con cautela. Mi mano izquierda alcanzó instintivamente la carpeta con mis documentos y permisos mientras mentalmente repasaba mi historia: trabajador humanitario, distribuyendo suministros médicos, sin afiliación política. Cuando estaba a unos 30 metros del vehículo, mi entrenamiento en seguridad activó todas las alarmas. No había banderas oficiales ni uniformes reconocibles, solo cuatro hombres con pañuelos cubriendo sus rostros y rifles AK47 apuntando directamente hacia mí. En cuestión de segundos evalué mis opciones: dar la vuelta y arriesgarme a recibir disparos por la espalda, acelerar e intentar atravesar el bloqueo o detenerme y confiar en Dios. Antes de poder decidir, una explosión controlada estalló delante de mi vehículo, levantando una nube de polvo y escombros que me obligó a frenar bruscamente.

"Salga del vehículo con las manos visibles". La orden llegó en árabe con un acento que inmediatamente identifiqué como no iraquí. ¿Saudí, tal vez, o sirio? Mi corazón martilleaba contra mi pecho mientras abría lentamente la puerta. "Soy trabajador humanitario", dije en árabe, manteniendo la voz firme a pesar del terror que me invadía. "Llevo medicinas para familias desplazadas". El hombre más alto, claramente el líder, se acercó y arrancó mi identificación del bolsillo de mi camisa. "Jacob Nazar", leyó con desprecio. "Un nombre cristiano". Escupió al suelo y miró dentro de la camioneta. "Parece que hemos atrapado a un misionero cruzado intentando contaminar tierras musulmanas". Sus compañeros rieron, un sonido que helaría mi sangre en los días venideros.

Todo sucedió con brutal eficiencia. Me golpearon en la nuca con la culata de un rifle y desperté horas después en la oscuridad total, con las manos atadas a la espalda y un dolor pulsante en la cabeza. El olor a humedad y descomposición me informó que estaba bajo tierra, probablemente en uno de los numerosos túneles que ISIS había construido durante su ocupación de Mosul. Intenté moverme, pero descubrí que una cadena unía mis tobillos a un gancho en la pared. El tintineo metálico alertó a mis captores. La puerta se abrió y la luz cegadora de una linterna me obligó a cerrar los ojos. "El infiel está despierto", anunció una voz. Cuando pude enfocar la vista, vi a tres hombres en la entrada. Dos llevaban pasamontañas negros. Pero el tercero mostraba su rostro: barba espesa, ojos oscuros, una cicatriz que le atravesaba la mejilla izquierda. Más tarde sabría que era Abu Malik, comandante de esta célula de ISIS y quien, irónicamente, se convertiría en instrumento de mi liberación.

"¿Sabes quiénes somos?", preguntó con una calma escalofriante. Asentí en silencio. "Bien. Entonces, ¿sabes que para nosotros los cristianos son menos que perros, especialmente los que intentan convertir a musulmanes?". Sacó un teléfono y me mostró imágenes que reconocí con horror: yo, reunido con creyentes locales, bautizando a Sara en un tanque improvisado, distribuyendo biblias ocultas entre paquetes de comida. "Tenemos informantes en todas partes", sonrió con malicia. "¿Has estado en nuestra lista durante meses? Solo estábamos esperando el momento adecuado para atraparte". Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. No solo me habían estado vigilando, sino que conocían mis rutinas, mis contactos. ¿Cuántos otros creyentes estaban en peligro? Sara, Rashid, la idea de que mi captura pudiera llevar al arresto o muerte de otros hermanos me atormentaba más que mi propia situación.

"Tienes dos opciones", continuó Abu Malik, agachándose para quedar a mi nivel. Su aliento olía a tabaco y cardamomo. "Puedes convertirte al Islam, renunciar a tu falsa religión y ayudarnos a identificar a otros creyentes. O puedes morir lentamente de maneras que ni siquiera puedes imaginar". Respiré profundamente, consciente de que mis próximas palabras determinarían el curso de mi cautiverio. Las palabras de mi padre resonaron en mi mente: "Si algún día debes elegir entre negar a Cristo o morir". "Mi nombre es Jacob Nazar", respondí con una calma que no sentía, "y soy seguidor de Jesucristo. No puedo negar a quien me ha dado vida y propósito".

El primer golpe vino sin advertencia, un puñetazo directo al plexo solar que me dejó sin aliento. Luego otro al rostro, rompiendo mi labio. "Todos dicen eso al principio", se burló Abu Malik mientras sus hombres continuaban la paliza. "Veremos cuánto dura tu fe cuando conozcas el verdadero significado del sufrimiento". Esa primera noche en cautiverio estableció el patrón para los días siguientes. Me dejaron solo en la oscuridad, sin comida ni agua, escuchando ocasionalmente gritos distantes que sugerían que no era el único prisionero en aquel lugar subterráneo. En la soledad y el dolor, comencé a recitar mentalmente cada versículo que había memorizado a lo largo de mi vida. "Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo". No sabía entonces que ese valle sería mucho más profundo y oscuro de lo que podía imaginar, ni que Dios utilizaría mi cautiverio para manifestar su poder.

El tiempo pierde todo significado cuando vives en la oscuridad perpetua, sin ventanas ni relojes. Mis únicos marcadores eran las sesiones de tortura e interrogatorio que seguían un ritmo casi litúrgico en su regularidad. Cada mañana, o lo que yo suponía era mañana, comenzaba con el sonido metálico de la puerta abriéndose y la voz monótona de un guardia ordenándome realizar las ablusiones islámicas y recitar la Shahada, la declaración de fe musulmana. El guardia lo recitaba esperando que yo repitiera las palabras que significan: "No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su mensajero". Mi silencio consistente era invariablemente recibido con el primer castigo del día: latigazos en la espalda, administrados con meticulosa precisión. Cinco al principio, luego 10, eventualmente 20. "Tu obstinación solo prolongará tu sufrimiento", me explicó clínicamente Abu Malik durante una de sus visitas. No venía todos los días, lo que sugería que tenía responsabilidades que lo llevaban fuera del complejo. "Hemos quebrado a hombres mucho más fuertes que tú".

Para el tercer día, mi espalda era un mapa de heridas abiertas. Algunas comenzaban a infectarse debido a las condiciones insalubres de mi celda. La fiebre llegó como una niebla, difuminando los límites entre la realidad y las alucinaciones. En esos momentos de delirio, a veces veía a mi padre sentado junto a mí recitando oraciones en arameo, el antiguo idioma de nuestros antepasados cristianos. Otras veces era Sara quien aparecía, su rostro radiante después de su bautismo, recordándome por qué valía la pena resistir. El agua era un lujo administrado con cruel precisión, lo suficiente para mantenerme vivo, pero nunca para satisfacer la sed abrasadora. La comida, cuando llegaba, consistía en restos que parecían provenir de las comidas de mis captores. Aprendí a comer lentamente, saboreando cada migaja, consciente de que podría pasar otro día entero antes de la siguiente ración.

Para el quinto día comenzaron los interrogatorios formales. Me trasladaron a una habitación mejor iluminada donde una cámara de video estaba instalada en un trípode. "Hoy grabaremos tu confesión", anunció un nuevo interrogador, un hombre joven con acento jordano que se presentó como Omar. "Nuestro emir quiere pruebas de tus crímenes contra el Islam". El interrogatorio era una farsa, por supuesto. No buscaban información, ya tenían mis fotos, conocían mis contactos, sino mi quiebre espiritual, el momento en que renunciaría a Cristo. Las preguntas seguían un patrón diseñado para desestabilizarme psicológicamente: detalles sobre mi trabajo misionero, nombres de conversos, conexiones con iglesias occidentales. Cada respuesta insatisfactoria era castigada con métodos que evidenciaban una formación profesional en técnicas de tortura. "Aprendimos del manual de la CIA", se jactó Omar mientras ajustaba los electrodos a mis dedos. "Ironía, ¿no crees? Tus hermanos americanos nos enseñaron a hacer esto".

El dolor de las descargas eléctricas es indescriptible. No es solo la agonía física, aunque esa es suficientemente intensa, sino la completa pérdida de control sobre tu propio cuerpo, lo que resulta más deshumanizante. Tus músculos se contraen involuntariamente, tus dientes castañetean hasta casi romperse y tu mente grita por un alivio que parece nunca llegar. Fue durante una de estas sesiones cuando experimenté la primera de muchas intervenciones divinas. Mientras la electricidad atravesaba mi cuerpo, comencé a orar. Las palabras fluyeron de mi boca sin control consciente, como un río de sonidos que no comprendía, pero que de alguna manera reforzaban mi espíritu. Omar retrocedió visiblemente perturbado. "¿Qué diablos estás haciendo?", exigió, aumentando el voltaje. Pero cuanto más intenso era el dolor, más fluían las palabras celestiales. Eventualmente arrojó los controles y salió de la habitación murmurando sobre "magia negra cristiana".

Esa noche, en la soledad de mi celda, reflexioné sobre lo ocurrido. Romanos 8:26 vino a mi mente con claridad cristalina: "El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles". En mi absoluta impotencia, el Espíritu había tomado control, intercediendo cuando mi propia fuerza había llegado a su límite.

Los días sexto al décimo se fusionaron en un continuo de sufrimiento. Cada noche me mostraban videos de ejecuciones de otros cristianos y occidentales capturados. "Mañana podría ser tu turno", era la amenaza constante diseñada para quebrarme a través del terror anticipatorio. Una táctica particularmente cruel fue cuando trajeron a un niño, no mayor de 12 años, para que presenciara mi tortura. Sus ojos grandes y asustados me miraban mientras recibía latigazos por negarme nuevamente a recitar la Shahada. "Así es como terminan los infieles", le explicaba Abu Malik como un maestro impartiendo una lección vital. "Observa bien, pequeño mujaid. Algún día tú también castigarás a los enemigos de Alá". La mirada de ese niño me perseguía en mis sueños. No era odio lo que veía en sus ojos, sino confusión y miedo. Era un alma joven siendo sistemáticamente corrompida, transformada en un instrumento de odio.

Esa noche, quebrantado físicamente, pero determinado en espíritu, hice algo que sorprendió incluso a mí mismo. Comencé a orar en voz alta por mis torturadores. "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen", recité las palabras de Jesús en la cruz. Luego, uno por uno, mencioné a Malik, a Omar, a los guardias cuyos nombres había escuchado y especialmente al niño. "Señor, muéstrales tu verdad, que tu luz penetre esta oscuridad". No sabía entonces que mis oraciones estaban siendo escuchadas no solo en el cielo, sino a través de las delgadas paredes de aquel complejo subterráneo. No sabía que algunas semillas estaban siendo plantadas en terreno aparentemente infértil y, ciertamente, no sabía que en pocos días sería testigo de un milagro que haría que los más duros de mis captores cayeran de rodillas, temblando ante el poder del Dios vivo.

El décimo tercer día de mi cautiverio trajo un cambio palpable en la atmósfera. El patrón de interrogatorios y torturas que se había vuelto tan previsible fue interrumpido por una inusual actividad en los pasillos externos. Voces excitadas, pasos apresurados, el sonido de equipamiento siendo transportado. Algo significativo estaba ocurriendo. Mi puerta se abrió abruptamente y entró Abu Malik, acompañado de dos hombres que no había visto antes. Sus rostros estaban parcialmente cubiertos, pero sus ojos reflejaban una frialdad calculadora que me provocó un escalofrío inmediato. No eran simples guardias o torturadores. Había algo diferente en ellos, una precisión profesional que sugería entrenamiento especializado. "Mañana al amanecer", anunció Abu Malik, sin preámbulos, "serás ejecutado para gloria de Alá y como advertencia a todos los cruzados que contaminan nuestra tierra". No había emoción en su voz, solo una determinación pragmática. "Se ha decidido que tu muerte será documentada y compartida con el mundo. Nuestros hermanos están preparando el equipo necesario". Uno de los hombres nuevos dio un paso adelante sosteniendo una prenda naranja doblada, la infame indumentaria que había visto en tantos videos de ejecución de ISIS. "¡Póntelo!", ordenó, arrojándola sobre mi regazo. "Queremos que te acostumbres a ella para mañana". Miré la prenda, sintiendo su peso que iba mucho más allá de la tela. Era un símbolo, el uniforme final de los condenados por ISIS. Muchos hombres y mujeres valientes habían vestido estos colores en sus últimos momentos, enfrentando cuchillos, balas o fuego con una dignidad que sus ejecutores nunca comprenderían.

"¿Y si me niego?", pregunté, encontrando una veta de desafío que creía extinguida después de tantos días de sufrimiento. La respuesta vino en forma de una patada brutal a mi estómago que me dejó sin aliento, doblado sobre mí mismo en el suelo húmedo. "Entonces te la pondremos nosotros después de romperte cada dedo individualmente", respondió el segundo hombre, su acento claramente checheno. "El resultado será el mismo, pero tu sufrimiento será mayor. Elige". Con manos temblorosas por la debilidad, me puse el overol naranja sobre mis ropas harapientas. Se sentía áspero contra mis heridas abiertas, un recordatorio constante de la fragilidad de mi situación. Mientras me vestía, Abu Malik habló nuevamente, esta vez con un tono que contenía algo casi cercano a la curiosidad genuina. "Aún tienes una oportunidad", dijo, acercándose para examinar mi rostro demacrado. "Recita la Shahada. Acepta el Islam verdadero y tu muerte será rápida y misericordiosa". Un solo corte limpio hizo un gesto, deslizando su dedo índice a través de su garganta. De lo contrario, dejó la frase inconclusa, pero no necesitaba completarla. Todos habíamos visto los videos donde las ejecuciones se prolongaban intencionalmente, transformando el acto en un espectáculo macabro de sufrimiento.

"Has perdido peso", observó clínicamente el hombre checheno. "Necesitamos alimentarte mejor esta noche. No queremos que parezca demasiado débil en el video". El comentario, tan desprovisto de humanidad, tan mecánico en su crueldad, provocó una extraña claridad mental. Estos hombres no me veían como un ser humano, sino como un objeto para su producción propagandística. Esa noche me trajeron una comida sorprendentemente abundante: arroz con cordero, pan fresco, incluso dátiles y té dulce. La última cena del condenado. Mientras comía lentamente, saboreando sabores que había olvidado, escuché a mis guardias discutiendo preparativos para la mañana. Hablaban de ángulos de cámara, iluminación, el texto del comunicado que sería leído antes de mi ejecución. La meticulosidad de sus planes era escalofriante.

En la soledad que siguió, una extraña paz comenzó a envolverme, tan inesperada como inexplicable. No era resignación ni desesperanza, sino algo más profundo, más fundamental. Recordé las palabras del apóstol Pablo: "Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia". Por primera vez comprendí visceralmente el significado de ese versículo. Comencé a orar no suplicando por liberación o por un milagro, sino agradeciendo. Agradecí por cada persona que había conocido, por cada oportunidad de servir, por cada momento de gozo y dolor que había experimentado. Agradecí por Sara y su valiente decisión de seguir a Cristo a pesar del costo. Agradecí por mis padres y su legado de fe inquebrantable. Y en un acto que me sorprendió a mí mismo, agradecí por Abu Malik, por Omar y por todos aquellos que me habían torturado. "Señor", susurré en la oscuridad, "te agradezco por este valle de sombra. Te agradezco por mostrarme que tu presencia es real incluso aquí, especialmente aquí. Si mañana debo morir, que mi muerte glorifique tu nombre. Y si por tu soberana voluntad debo vivir, que cada día restante esté dedicado a tu propósito".

Mientras oraba, algo extraordinario comenzó a suceder. Una sensación de calor se extendió por mi cuerpo, comenzando en mi pecho y fluyendo hacia mis extremidades. Las heridas en mi espalda, que habían estado ardiendo con infección, comenzaron a pulsar con un dolor diferente, casi purificador. Y entonces, en la oscuridad absoluta de mi celda, percibí un resplandor tenue que parecía emanar no de una fuente externa, sino de mi propio ser. "No temas. Yo estoy contigo", escuché o sentí. Hasta hoy no estoy seguro si fue audible o no. Me dormí esa noche con la certeza de que, cualquiera que fuera el resultado de la mañana siguiente, no estaría solo. No sabía entonces que estaba a pocas horas de presenciar una manifestación del poder divino que trasciende toda comprensión humana. Un evento que transformaría no solo mi destino, sino el de mis verdugos.

El primer día de mi cautiverio amaneció con el sonido metálico de llaves en la cerradura de mi celda. No había ventanas, pero algo en la actividad externa sugería que el alba se acercaba. La hora de mi ejecución había llegado. Tres hombres entraron, todos con pasamontañas negros y vestidos completamente de negro. Reconocía a Abu Malik por su postura y la cicatriz visible a través de la abertura de los ojos en su máscara. Los otros dos eran los hombres especializados que había conocido el día anterior. Sin mediar palabra, me levantaron bruscamente y aseguraron mis manos con esposas metálicas. El overol naranja que me habían obligado a vestir estaba rígido por la humedad de la celda, raspando dolorosamente contra mis heridas abiertas. "Es hora", dijo simplemente Abu Malik. Su voz sonaba extrañamente tensa, diferente de la fría indiferencia que había mostrado en días anteriores. Era posible que, a pesar de su fanatismo, sintiera alguna incomodidad ante el acto que estaba a punto de supervisar.

Me condujeron por un pasillo estrecho y ascendimos por una escalera metálica hasta emerger en un patio interior rodeado de muros altos. El aire fresco de la mañana golpeó mis pulmones como una revelación después de tantos días en la atmósfera viciada de las celdas subterráneas. El cielo comenzaba a teñirse con los primeros colores del amanecer, un espectáculo de belleza que contrastaba brutalmente con el escenario preparado para mi fin. En el centro del patio habían dispuesto una tarima baja con arena negra esparcida sobre ella. Detrás, una bandera negra de ISIS ondeaba levemente con la brisa matutina. Dos cámaras sobre trípodes estaban posicionadas estratégicamente, operadas por hombres jóvenes. Me colocaron de rodillas sobre la arena negra. Uno de los hombres se acercó con un cuchillo largo y curvo que brillaba con un filo recién afilado. Lo exhibió frente a la cámara, realizando movimientos practicados que sabía serían editados, luego en cámara lenta con cantos islámicos superpuestos para el video final de propaganda. "Última oportunidad", susurró Abu Malik, inclinándose cerca de mi oído, fuera del alcance de los micrófonos. "La Shahada".

Ahora levanté mis ojos hacia el cielo que se iluminaba gradualmente. Un versículo de las Escrituras brotó espontáneamente de mis labios: "Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo". Abu Malik retrocedió con un gesto de frustración y comenzó a recitar el comunicado preparado para la cámara, denunciando a los cruzados occidentales y proclamando la victoria inminente del califato islámico. Mientras hablaba, cerré mis ojos y me sumergí en oración, no por liberación física, que parecía ya imposible, sino por fortaleza para enfrentar lo que venía con dignidad.

Y entonces ocurrió. Primero fue Abu Malik quien interrumpió abruptamente su discurso con un jadeo. Abrí los ojos para verlo retrocediendo. Su rostro, visible a través de la máscara, contorsionado en una expresión de absoluto terror. Sus ojos estaban fijos no en mí, sino en algo aparentemente detrás y alrededor mío. "¿Qué es esto?", exclamó en árabe, tropezando hacia atrás hasta caer sentado sobre el polvo. Los verdugos, inicialmente confundidos por la reacción de su líder, se volvieron hacia mí. Sus expresiones pasaron de la perplejidad al horror en cuestión de segundos. Uno de ellos dejó caer el cuchillo, que produjo un sonido metálico al golpear el suelo. "¡Hombres de fuego!", gritó el hombre checheno, retrocediendo hasta chocar contra la cámara, derribándola. El segundo verdugo simplemente cayó de rodillas, temblando incontrolablemente, su mirada fija en algo que yo no podía ver.

En ese momento extraordinario sentí la presencia que los aterrorizaba. Una calidez indescriptible me envolvió como si estuviera rodeado por un abrazo de pura luz. No veía figuras definidas, pero percibía una presencia protectora a mi alrededor, poderosa y sobrecogedora. Abu Malik de pronto se agarró el pecho como si hubiera recibido un golpe invisible. "¡Algo me está quemando!", gritó, rasgando su túnica. "Un guerrero celestial me ha golpeado". La confusión en el patio era total. Los operadores de cámara abandonaron sus puestos, corriendo hacia la salida, solo para encontrarla bloqueada por alguna fuerza invisible. El pánico se extendió como fuego entre los presentes cuando las luces del patio, simples focos conectados a un generador, comenzaron a intensificarse hasta alcanzar un brillo cegador, a pesar de que nadie había tocado los controles. Uno tras otro, mis captores caían al suelo como si hubieran recibido una descarga eléctrica masiva. Algunos gritaban, otros simplemente yacían inmóviles, con los ojos abiertos en expresiones de asombro e incomprensión.

Y entonces, tan repentinamente como había comenzado, todo cesó. Las luces volvieron a su intensidad normal. El silencio descendió sobre el patio, interrumpido solo por los gemidos de los hombres caídos. Me encontré de pie. Aunque no recordaba haberme levantado, las esposas que sujetaban mis manos habían caído abiertas al suelo. Más sorprendente aún, el dolor que había sido mi constante compañero durante 17 días había desaparecido. Con manos temblorosas toqué mi espalda a través del overol rasgado y sentí piel lisa, donde antes había heridas abiertas e infectadas.

Abu Malik fue el primero en recuperarse lo suficiente para hablar. Se arrastró hacia mí, no con agresión, sino con una reverencia temerosa que nunca hubiera esperado ver en él. "Tu Dios...", balbuceó, su voz apenas audible. "Lo vi, lo sentí. ¿Es real?". "¿Qué viste?", pregunté, encontrando mi propia voz extrañamente firme. "Guerreros de luz", respondió, los ojos aún dilatados por el miedo y la admiración. "Tres de ellos, enormes, con espadas de fuego, estaban a tu alrededor protegiéndote, y uno de ellos me miró directamente y tocó mi pecho. Sentí como si mi corazón fuera a estallar". No era solo Abu Malik. Uno tras otro, los presentes comenzaron a relatar visiones similares: figuras de luz inimaginable, sensaciones de un poder abrumador, pero selectivo, que parecía distinguir perfectamente entre la víctima y los verdugos.

"Las cámaras", susurró uno de los jóvenes operadores, señalando el equipo derribado. "Debieron grabar algo". Con manos temblorosas recuperó una de las cámaras y rebobinó la grabación. Todos nos reunimos alrededor de la pequeña pantalla digital. Una improbable comunión de prisionero y captores unidos por el asombro. La grabación mostró el patio desde un ángulo elevado. Me mostró arrodillado, a Abu Malik recitando su comunicado, a los verdugos en posición. Y entonces, aproximadamente en el momento en que todo había comenzado, la imagen se inundó de luz blanca, tan intensa que la cámara no podía procesarla. Por varios segundos, la pantalla mostraba solo un resplandor cegador. Cuando la imagen volvió a estabilizarse, mostraba el caos que había seguido: hombres cayendo, gritando, la confusión total.

Por varios minutos nadie se movió. El tiempo parecía suspendido en aquel patio donde lo sobrenatural había irrumpido en la realidad con una fuerza innegable. Finalmente, Abu Malik se puso de pie con dificultad y me miró fijamente. "Nadie tocará a este hombre", declaró con una autoridad que silenciaba cualquier posible objeción. "Lo que hemos presenciado hoy va más allá de nuestro entendimiento. Necesito... necesitamos tiempo para procesar esto". Ordenó que me llevara no a mi celda subterránea, sino a una habitación en el piso superior del complejo. Una habitación con una ventana, con una cama real. No era libertad, pero era un reconocimiento tácito de que algo fundamental había cambiado. Esa noche, exhausto, pero inexplicablemente en paz, me dormí viendo las estrellas a través de la pequeña ventana enrejada. No sabía qué traería el amanecer, pero había presenciado la intervención divina de una manera que trascendía toda duda. Dios se había manifestado no solo para salvarme, sino para revelarse a quienes vivían en la oscuridad más profunda. Lo que no podía imaginar entonces era que el milagro del patio era solo el comienzo. En las próximas 72 horas sería testigo de transformaciones aún más profundas, cuando los corazones de mis captores comenzaran a responder a la semilla de verdad plantada por aquella manifestación sobrenatural.

La mañana siguiente trajo consigo un silencio inusual. Nadie vino a interrogarme, a amenazarme ni a trasladarme. A través de la pequeña ventana de mi nueva habitación podía escuchar fragmentos de conversaciones acaloradas desde el patio. Voces que subían y bajaban con intensidad emocional. Palabras como "visión", "milagro" y "profecía" se repetían constantemente. Cerca del mediodía, la puerta se abrió y entró Abu Malik. Se había quitado el pasamontaña y vestía ropa civil en lugar del uniforme negro de ISIS. Su rostro reflejaba un conflicto interno profundo. Sus ojos inquietos evitaban encontrarse directamente con los míos. "¿Has comido?", preguntó en un tono casi amable, tan discordante con su comportamiento anterior, que me dejó momentáneamente sin palabras. Ante mi silencio, continuó: "Ordenaré que te traigan comida adecuada y medicinas si las necesitas, aunque..." miró mis brazos, donde las quemaduras y laceraciones habían estado. "Parece que ya no las necesitas". Algo en su vulnerabilidad me dio coraje.

"Abu Malik", dije suavemente, "¿qué está sucediendo?". Se sentó pesadamente en el único taburete de la habitación, pasándose las manos por el rostro con gesto cansado. "No he dormido", confesó. "Cada vez que cierro los ojos veo esas figuras de luz. Y no soy solo yo. Rashid, Faisal, incluso el joven Taric, todos han tenido sueños esta noche. Sueños similares". "¿Qué tipo de sueños?", pregunté, aunque algo en mi interior ya anticipaba la respuesta. "Un hombre vestido de blanco", respondió en voz baja, como si temiera ser escuchado. "Con heridas en sus manos nos habla a cada uno por nuestro nombre. Nos dice que su sangre puede lavar los pecados, incluso los nuestros". Su voz se quebró en la última frase. "¿Cómo es posible que todos hayamos soñado lo mismo?". No pude evitar que una sonrisa se dibujara en mi rostro. "El Espíritu Santo trabaja así", respondí. "Dios está intentando alcanzarlos".

Abu Malik me miró directamente por primera vez. Sus ojos oscuros, llenos de una mezcla de temor y anhelo. "Toda mi vida he servido a Alá buscando su aprobación a través de la jihad. He matado en su nombre. He torturado en su nombre. Si lo que dices es cierto, si lo que vi es real, entonces toda mi vida ha sido una mentira". "No una mentira", respondí con cuidado, "una búsqueda sincera, pero mal dirigida. Dios ve el corazón, Abu Malik. Él conoce a quienes lo buscan genuinamente, incluso cuando el camino que siguen es incorrecto".

Nuestra conversación fue interrumpida por gritos provenientes del pasillo. La puerta se abrió de golpe y entró Rashid, el checheno, con el rostro transformado por una mezcla de miedo y asombro. "Abu Malik, tienes que venir a ver esto. Es Faisal". Siguieron a Rashid hasta una habitación cercana, permitiéndome sorprendentemente acompañarlos. Allí encontramos a Faisal, el segundo hombre, de rodillas en el suelo, sollozando incontrolablemente mientras miraba sus brazos extendidos. Me acerqué lo suficiente para ver lo que provocaba su reacción. Las cicatrices de quemaduras que cubrían sus antebrazos, marcas que había notado durante mi cautiverio, estaban desapareciendo ante nuestros ojos. La piel deformada se regeneraba visiblemente, volviéndose lisa y saludable en cuestión de minutos. "¡Están desapareciendo!", gritaba Faisal entre lágrimas. "Las quemaduras que me hice torturando a otros, él me las está quitando, me está limpiando".

"¿Quién?", exigió saber Abu Malik, aunque su tono sugería que ya conocía la respuesta. "Isa", respondió Faisal, usando el nombre árabe de Jesús. "Lo vi en mi sueño. Me dijo: 'Tus pecados te son perdonados. Levántate y sigue mis caminos'. Y ahora esto es un milagro". Durante las siguientes horas presencié escenas que jamás hubiera creído posibles. Uno tras otro, los hombres que días antes me habían torturado venían a confesarme sus sueños, sus visiones, sus experiencias sobrenaturales. Cuatro de ellos, incluido Abu Malik, se arrodillaron públicamente, renunciando a sus creencias anteriores y pidiendo conocer más sobre Jesucristo. Para muchos de estos hombres, educados en madrazas fundamentalistas, donde solo se les permitía estudiar el Corán, este era su primer encuentro genuino con las Escrituras cristianas.

La transformación más profunda, sin embargo, fue la de Abu Malik. La tarde del segundo día, después del milagro, me pidió hablar en privado. "He sido un monstruo", confesó, las lágrimas corriendo libremente por su rostro marcado por la cicatriz. "He matado a docenas con estas manos. He ordenado la ejecución de cientos más. He hecho cosas imperdonables, todo creyendo que servía a Dios. ¿Cómo puede haber perdón para alguien como yo?". Con manos que ya no temblaban, tomé las suyas. "El ladrón en la cruz junto a Jesús recibió perdón en sus últimos momentos después de una vida de crímenes. Pablo, antes llamado Saulo, persiguió y ejecutó a cristianos antes de convertirse en un apóstol. No hay pecado tan grande que la gracia de Dios no pueda cubrir".

Esa noche, en una ceremonia improvisada y clandestina, pues ambos sabíamos que otros miembros de ISIS que no habían presenciado el milagro considerarían esto una traición imperdonable, bauticé a Abu Malik usando agua de una jarra en su habitación. Cuando emergió del agua simbólica, su rostro parecía transformado, como si décadas de odio y violencia se hubieran lavado, revelando al hombre que podría haber sido. "Mi nombre real es Yusuf", me confió. "Abu Malik era mi nombre de guerra. Quiero volver a ser Yusuf".

Al tercer día después del milagro, Yusuf entró en mi habitación con expresión grave, pero decidida. "Debo liberarte", dijo sin preámbulos. "No es seguro para ti permanecer aquí. No es seguro para ninguno de nosotros. Hay comandantes superiores que vendrán a inspeccionar en dos días y si descubren lo que ha ocurrido...". No necesitaba terminar la frase. Sabíamos que la apostasía en ISIS se castigaba con la muerte, generalmente de formas extremadamente crueles. "No me iré solo", respondí. "¿Qué pasará con los otros? ¿Con Faisal, Rashid, Tarik?". "Algunos vendrán con nosotros", explicó Yusuf. "Otros se quedarán por ahora, actuando como nuestros ojos y oídos dentro de la organización. Con el tiempo encontraremos maneras de ayudarlos a escapar".

También con la eficiencia de un comandante experimentado, Yusuf organizó nuestra huida, falsificó documentos, preparó vehículos, planificó una ruta que evitaba los puestos de control conocidos. Todo mientras mantenía una fachada de normalidad ante los miembros del grupo que no habían experimentado la conversión. La última noche en aquel complejo que había sido mi prisión y luego el escenario de un milagro divino, nos reunimos en secreto. Yusuf, Faisal, Rashid, Tarik, yo y tres combatientes más cuyos nombres prefiero omitir por su seguridad. Ocho hombres unidos por una experiencia sobrenatural que había redefinido nuestras vidas. "Tu Dios es el verdadero", declaró Yusuf antes de partir, repitiendo las palabras que me había dicho tras el milagro, pero ahora con una convicción inquebrantable. "Y ahora también es mi Dios".

Al amanecer abandonamos el complejo en dos vehículos, dirigiéndonos hacia el norte, hacia el territorio controlado por los kurdos, donde tenía contactos que podrían ayudarnos. Lo que ninguno de nosotros podía prever entonces era que nuestro éxodo marcaría el comienzo de un movimiento clandestino que eventualmente llevaría a 17 exmiembros de ISIS a entregar sus vidas a Cristo, generando un pequeño pero poderoso avivamiento en tres campos de refugiados donde posteriormente serviríamos.

El viaje desde las afueras de Mosul hasta la seguridad relativa del Kurdistán iraquí fue una odisea llena de peligros. Cada punto de control representaba una posible sentencia de muerte, no solo para mí, sino especialmente para Yusuf y los demás, considerados traidores por sus antiguos camaradas. El conocimiento de Yusuf sobre rutas secundarias y su capacidad para anticipar la ubicación de patrullas resultaron invaluables. "Dios está utilizando incluso mi entrenamiento terrorista para sus propósitos", comentó con amarga ironía mientras navegábamos por caminos rurales apenas transitables. Después de casi 20 horas de viaje tenso, con solo breves paradas para combustible y necesidades básicas, llegamos a las afueras de Duhok, una ciudad kurda donde mi organización mantenía una base de operaciones. Nuestro arribo causó conmoción. Yo, dado por muerto después de más de 2 semanas de desaparición, emergiendo de un vehículo con siete exmiembros de ISIS, todos proclamando una conversión milagrosa al cristianismo.

Rashid, mi colega, fue el primero en reconocerme cuando entramos en el complejo protegido donde se alojaban los trabajadores humanitarios. Su expresión pasó de la incredulidad al júbilo y luego a la confusión al notar la compañía que traía. "¡Jacob, ¿estás vivo?!", exclamó, abrazándome tan fuertemente que sentí dolor en mis costillas, aún no completamente sanadas. "¡Gracias a Dios! Pero, ¿quiénes son estos hombres?". "Son hermanos", respondí simplemente, "nuevos creyentes con una historia extraordinaria que necesitarán protección y orientación".

Las siguientes semanas fueron un torbellino de sesiones, reuniones con agencias de seguridad curdas e internacionales y largas sesiones de oración y enseñanza bíblica con nuestros nuevos conversos. La historia del milagro se extendió rápidamente entre la comunidad de creyentes locales, muchos de los cuales habían sufrido directamente bajo el régimen de ISIS. La reacción inicial hacia Yusuf y los demás fue comprensiblemente cautelosa, incluso hostil en algunos casos. Una mujer yazidí que había perdido a toda su familia en las masacres se enfrentó directamente a Faisal durante una reunión. "¿Cómo sé que tu conversión es genuina?", exigió, su voz temblorosa de emoción contenida. "¿Cómo puedo creer que no es solo otra táctica para infiltrarse en nuestras comunidades?". Fue Yusuf quien respondió con una humildad que contrastaba drásticamente con el comandante arrogante que había sido. "No tienes razón alguna para confiar en nosotros", admitió. "Nuestras manos están manchadas con la sangre de tu pueblo. No pedimos perdón humano, que probablemente no merecemos, sino solo la oportunidad de demostrar con nuestras vidas que hemos sido transformados, que usaremos los días que nos quedan para reparar en lo posible el daño que hemos causado".

La sinceridad en sus palabras, junto con el testimonio del milagro que yo y otros podíamos corroborar, comenzó lentamente a abrir puertas. Las autoridades kurdas, inicialmente escépticas, proporcionaron identidades nuevas y protección básica a cambio de información valiosa sobre células activas de ISIS, ubicaciones de arsenales y rutas de contrabando. Esta información, proporcionada por Yusuf y los demás, permitió prevenir varios ataques planeados y salvar incontables vidas. Sara, la

Joven conversa. CD jugó un papel crucial en este periodo de transición. Su propia experiencia de rechazo familiar y persecución la convertía en alguien que podía empatizar con el difícil camino de reintegración que enfrentaban nuestros nuevos hermanos. Ella estableció un programa de discipulado estructurado, combinando enseñanza bíblica con habilidades prácticas que les permitirían eventualmente sostenerse por sí mismos.

El verdadero milagro, me comentó Sara durante una de nuestras reuniones de oración, no fue solo lo que ocurrió en aquel patio de ejecución. Es lo que está ocurriendo ahora. Ver a antiguos asesinos transformados en hermanos de fe, entregados a la reconciliación y la restauración.

6 meses después de nuestra fuga ocurrió un acontecimiento que confirmó la profundidad de la transformación. Una familia cristiana de Caracos, cuyo hijo adolescente había sido ejecutado públicamente por ISIS 2 años antes, se encontró cara a cara con Rashid, quien había sido parte del escuadrón responsable de aquella ejecución. El encuentro, facilitado por líderes de iglesias locales, fue desgarrador. Rashid, temblando visiblemente, se arrodilló ante los padres del joven martirizado y confesó su participación en el crimen. No pidió perdón, reconociendo que algunas heridas son demasiado profundas para sanar completamente en esta vida.

Lo que siguió desafía cualquier explicación humana. El padre del joven, un hombre de apariencia frágil, pero con una fuerza espiritual extraordinaria, colocó sus manos sobre la cabeza inclinada de Rashid. "Mi hijo está con Cristo", dijo con voz quebrada pero firme. "Y Cristo ha perdonado a sus ejecutores desde la cruz. ¿Quién soy yo para hacer menos?"

Escenas similares de reconciliación, aunque dolorosamente difíciles, comenzaron a multiplicarse. Exmiembros de Isis, transformados por el poder del evangelio, buscaban a familias de sus víctimas para confesar, para ofrecer restitución cuando era posible, para aceptar cualquier consecuencia legal de sus acciones pasadas. No todas las historias terminaron en reconciliación. Por supuesto, muchas víctimas no estaban listas para perdonar y nadie pretendía forzarlas a hacerlo. Pero cada encuentro, incluso los más dolorosos, parecía parte de un proceso de sanación más amplio.

A medida que la noticia de estas transformaciones milagrosas se extendía, comenzaron a surgir informes de otros miembros de ISIS experimentando sueños y visiones similares. Algunos se comunicaban secretamente con nuestra red creciente, buscando ayuda para escapar. Otros simplemente desertaban y huían a Turquía o Jordania, donde eventualmente hacían contacto con iglesias locales. Informes de inteligencia confirmaron una deserción masiva en ciertas células, particularmente aquellas que habían tenido contacto con la unidad de Abu.

En los campos de refugiados, donde comenzamos a servir, estos combatientes convertidos se convirtieron en poderosos testimonios vivientes. Su conocimiento del Corán, combinado con su nueva fe en Cristo, les permitía dialogar efectivamente con musulmanes curiosos o escépticos. Dos de ellos, Faisal y Tarik, eventualmente se convertirían en líderes de pequeñas iglesias domésticas compuestas principalmente por conversos. Yusuf, quizás el más improbable de todos los conversos, dedicó su vida a una misión particularmente peligrosa: establecer canales secretos de comunicación con combatientes de ISIS que mostraban señales de desilusión o cuestionamiento. "Conozco sus mentes porque una vez pensé como ellos", explicaba. "Sé exactamente qué preguntas están haciendo en secreto, qué dudas los atormentan por la noche."

Los años siguientes trajeron tanto victorias como pérdidas dolorosas. Tres de nuestros hermanos ex-ISIS fueron eventualmente descubiertos y ejecutados por sus antiguos camaradas. Sus muertes, aunque devastadoras, se convirtieron en semillas de nuevo crecimiento. Inspiraron a más de 300 misioneros de diferentes partes del mundo a ofrecerse para servir en zonas de persecución.

El video de mi fallida ejecución, o al menos fragmentos de él, encontró su camino hacia redes de inteligencia occidentales. Los informes oficiales lo clasificaron como un fenómeno óptico inexplicable, posiblemente causado por un mal funcionamiento del equipo, pero para quienes lo presenciaron directamente, no había explicación que no involucrara lo sobrenatural.

En cuanto a mí, comprendí que mi propio ministerio había sido redefinido por aquellos 17 días de cautiverio. Ya no era simplemente un trabajador humanitario. Me había convertido en un testigo de la intervención divina en uno de los contextos más oscuros del mundo contemporáneo. Mi testimonio ahora resonaba con especial fuerza entre quienes enfrentaban persecución extrema. Ofrecía una esperanza que trascendía las circunstancias. Ahora entiendo a Esteban cuando vio el cielo abierto. Compartí en una conferencia de iglesias perseguidas en Amán. A veces Dios permite la persecución para mostrar su gloria a los peores enemigos. En mi caso, no fue mi valentía lo que provocó el milagro, sino Cristo en mí resistiendo hasta el momento preciso de su intervención.

Han pasado 4 años desde aquel amanecer en el patio de ejecución, donde Dios intervino de manera sobrenatural. 4 años de ministerio intenso, de peligros constantes, pero también de testimonios extraordinarios de transformación y esperanza. Mientras te digo estas palabras desde un lugar seguro, reflexiono sobre las lecciones más profundas que esta experiencia ha grabado en mi corazón.

La primera y más fundamental es que ningún territorio es demasiado oscuro para Dios. ISIS representaba en muchos sentidos la encarnación más extrema del mal en nuestro tiempo: brutalidad calculada, ideología de odio, destrucción metódica de toda expresión de humanidad. Y sin embargo, fue precisamente en el epicentro de esta oscuridad donde la luz de Dios brilló con mayor intensidad, como escribe el apóstol Juan: "La luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas no la dominaron."

La segunda lección concierne a la naturaleza de la guerra espiritual. Los ángeles guerreros que mis captores vieron no eran simbolismos ni alucinaciones colectivas; eran manifestaciones de la misma realidad espiritual que Eliseo reveló a su sirviente cuando oró: "Señor, te ruego que abras sus ojos para que vea." Y así como entonces, cuando el sirviente vio que el monte estaba lleno de caballos y carros de fuego alrededor de Eliseo, también hoy las fuerzas celestiales continúan operando, aunque generalmente invisibles a nuestros ojos físicos.

La tercera lección tiene que ver con el poder de la oración en la persecución. Durante mi cautiverio, mis oraciones adquirieron una intensidad y autenticidad que rara vez había experimentado en circunstancias más cómodas. Santiago 5:16 afirma: "Confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho."