Transcription
Así bien, soy el hermano Jesús María, religiosos. Bueno, pues quienes me escuchan semanalmente aquí ya me conocen y no sé el hilo de nuestra plática y el hilo de nuestras ideas que procuro estén totalmente en comunión con el evangelio y con más misterio de la iglesia.
Hemos tratado durante todo este tiempo de Pascua, que ya va llegando a su fin, de distintos aspectos de la Pascua. En la última semana, si no recuerdo mal, era sobre la Pascua, el tiempo de esperanza. Y hoy, esta semana, estaba pensando bastante sobre qué otro tema. Pues, si en mayo pensé, ¿qué tal si hablamos de la Pascua y María, la Virgen María? Me pareció interesante. Me pareció interesante por dos razones: primeramente, para situar a la Virgen María en este misterio y, en segundo lugar, para hablar un poco también de la Virgen María con el deseo de dar una visión lo más objetiva posible, si es posible. Si es posible, parece una suena redundancia, ¿verdad? Pero es que, pues hoy día, como siempre ha habido muchas opiniones y muchos escritos sobre la Virgen María. Y la verdad, a mí me da un poco de preocupación que en la vida de algunos cristianos parece contar más la Virgen María que Jesucristo.
"¿Y qué tiene de malo?", dirán algunos. "A Jesús por María". Sí, sí, sí, esa es una una máxima que se ha manejado mucho en el pasado. "A Jesús por María". Pero cuando uno va a un lugar, hagan en cuenta que tiene que pasar por muchos lugares, pero todos esos lugares no son la meta, no son el final del viaje. Pensemos que María es como un puente hacia Jesús. ¿Y quién se queda en el puente? Si ustedes van a cruzar un río y hay un puente, no se quedarán en el puente. Qué bueno que tenemos este puente, vamos a aprovechar y cuidarlo. Qué bueno que tenemos a la Virgen María, que nos dice: "Hagan lo que él les diga". Ese es el papel de la Virgen María. Y no por relegarla a un segundo plano, porque ese es su plan. Ese es el plano que María escoge cuando responde al ángel y le dice: "He aquí la esclava del Señor". Y aquí la esclava del Señor. Sí, esclava, es decir, disponible totalmente al 100% para Dios. Eso es lo que quiere decir esclavo. No, no piensen en cosas o en con ideas racistas o xenófobas. No, esclavo en este contexto bíblico significa disponible 24 horas al día. Hay más horas, pues María está ahí, disponible. "Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí tu palabra". María nos enseña a orientar nuestra vida al cumplimiento de la palabra de Dios. Y luego nos enseñará también a vivir nuestra vida escuchando y haciendo lo que Jesús nos diga. "Hagan lo que él les diga". Esa palabra que María dirige a los sirvientes en las bodas de Caná es una palabra eclesial, es una palabra profética dirigida a nosotros que celebramos la fiesta de la vida, la fiesta eclesial de las bodas de Cristo con su esposa, la Iglesia. Y nos dice María: "Hagan lo que él les diga".
Jesús también, con las bodas de Caná, va a convertir el agua en vino. Va a convertir todo aquello que es, digamos, de uso común, por así decirlo, como es el agua, lo va a convertir en algo delicioso, gozoso, festivo. Ese es un aspecto importantísimo de la vida cristiana: verla como fiesta. Hace año y medio publiqué un librito sobre la vida conyugal que tiene como su título "Fiesta en tres actos". Y es que ya desde el Antiguo Testamento Dios nos habla de la fiesta del banquete que va a dar a sus elegidos. Y Jesús, al despedirse de los apóstoles, los convoca a la fiesta de Pascua, a la cena de paso. Según el evangelio de San Juan, la vida y el ministerio de Jesús comienza con una fiesta y acaba con otra fiesta. Comienza con la fiesta de Caná, que es una fiesta con un sin un matiz simbólico, profético de lo que ha de ser la vida de la Iglesia, una fiesta, un esposorio Cristo, en la cual él haga de lo ordinario algo extraordinario, convierta el agua que, aunque es elemento vital, o siendo elemento vital de nuestra vida, sin embargo, es algo común que lo aprovechamos para multitud de cosas. Igualmente, lo que la usamos para beber y alimentar nuestro cuerpo, la usamos para divertirnos en la piscina, en la alberca, en el río, en el mar, o también lo usamos para lavar, para bañar, para limpiar la casa, para regar las plantas. El agua es tan esencial, tan importante, que Jesús, Jesús la convierte en la convierte en vino, es decir, la hace un elemento de fiesta. Algo que se cumplirá más adelante cuando Jesús diga que él tiene una un agua que salta hasta la vida eterna, un agua que está vitalizada por su espíritu, por eso nos conduce a la vida eterna, un agua que se convierte en nosotros en torrente. Dice también el evangelio de Juan, en el capítulo 7: "Aquellos que crean en mí, de su seno brotará un torrente de agua viva". Y de San Juan, eso lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él.
Bueno, pues ahí está, ahí está María en medio de todo eso. Está María diciendo: "Hagan lo que él les diga". En ningún momento María quiere absorber la atención y quitar protagonismo a Jesús. Por eso, por eso quiero que entendamos bien el papel de la Virgen. No le hacemos ningún honor quitándole el lugar a su hijo Jesucristo. Ella es la madre. Eso, Jesús nos la entrega como madre y a nosotros como hijos. Sí, vamos a tener una relación grandísima, pero recuerden, no se nos ha dado otro nombre por el cual podamos salvarnos, sino es el nombre de Jesús.
Últimamente me ha inquietado un poco, no por nuevo, sino por el sentido que tiene y por la importancia que algunos le dan, esta práctica de la consagración a la Virgen María. Hay grupos en la Iglesia que se dedican a promover la consagración a la Virgen. Y yo me pregunto, yo les preguntaría: ¿Son conscientes, ante todo, todo, de la consagración a Dios que hemos recibido a través del bautismo? ¿Se dan cuenta de que estamos consagrados a Dios y consagrados por Dios, santificados por su Espíritu a través del bautismo? Una catequesis, una exhortación, un adoctrinamiento central en la Virgen María, olvidando el bautismo, no podría decir palabras fuertes. No tiene sentido. Sencillamente, para decir algo suave, no tiene sentido. María está siempre con Jesús. María, como les he dicho, no quita protagonismo. María está ahí, al pie de la contemplando, sufriendo. Y María espera la resurrección. Por eso, en lugar de la Pascua, o en lugar de María en la Pascua, es el lugar de la esperanza. María, el Sábado Santo, espera la resurrección de Cristo. Por eso no va, aunque el cuerpo de Cristo con nosotros, porque ha dicho que resucitará.
Y en los Hechos de los Apóstoles leemos lo siguiente: que cuando Jesús subió al cielo y los ángeles les dijeron: "Galileos, ¿por qué se han quedado mirando al cielo?". Estos regresaron a Jerusalén. Y leo, versículo 12 y siguientes: "Desde el monte llamado de los Olivos, que dista de Jerusalén tan solo lo que se permitía caminar en sábado, cuando llegaron, subieron al piso superior donde se alojaron". Y nombra a los apóstoles presentes y sigue: "Solían reunirse de como un acuerdo para orar en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de este". En compañía de María, la madre de Jesús. Así como María espera la resurrección de Cristo, también María espera que se cumplan las promesas que Jesús había tiene los apóstoles de que enviaría a otro Consolador, que nos enviaría al Espíritu de la Verdad. Y María, según los apóstoles, que venga ese Espíritu, ese Espíritu que va a renovar, va a transformar el corazón de los apóstoles, el de María, sin duda. Ese cambio radical, el Espíritu Santo en Pentecostés, y ver cómo proclaman a su hijo Jesucristo como el Mesías Salvador, el Mesías Señor. Señor, para nosotros, para que en él encontremos salvación y la vida eterna. Que él, por ello, pues en este tiempo de Pascua, María es la madre de la esperanza. María sigue inspirándonos, invitándonos a a esperar que se cumplan las promesas de su hijo Jesucristo. Y ahora lo ve alejarse y volver al Padre, espera que vuelva, como él lo ha dicho: "Un poco de tiempo y volveré a ustedes, porque el Espíritu Santo, nos dice, les enseñará lo que yo les he enseñado, hablará de lo que yo les he dicho". Y así, este Espíritu Santo trabaja espiritualmente en el interior de los apóstoles para, a partir de Pentecostés, tomen las riendas de la Iglesia y vayan transformando la sociedad que viven, proclamando a Cristo Salvador y Señor. Es la predicación carismática, como lo llamamos, que pronuncia San Pedro el día de Pentecostés y que observamos en el libro de los Hechos de los Apóstoles como el contenido de la predicación de Pedro y de Pablo en distintos lugares, en distintas ocasiones. Siempre es anunciar al Señor, anunciar que aquel a quien ellos, los judíos, lo dedicaron, rechazaron, ha sido elegido Dios, piedra angular de la historia de la Iglesia.
Sí, pues en este tiempo de Pascua, que todavía nos quedan una semana y media de Pentecostés, la Iglesia nos invita a alimentar nuestra esperanza, a estar en oración juntamente con María. Sí, lo hacemos, recemos el Rosario. En este mes de mayo, como ha sido costumbre, honremos a la Virgen María, sobre todo con los Misterios Gloriosos, propios del tiempo de Pascua, proclamando que Jesús ha resucitado, que Jesús ha ascendido al cielo para ser el Señor, que Jesús nos ha enviado el Espíritu Santo y que Jesús está y seguirá presente en la Iglesia a través del Espíritu prometido, el Paráclito Consolador, el Espíritu de la Verdad, el Espíritu Defensor. Es el Espíritu que es fuerza y sabiduría de Dios. Le dice San Pablo de la Cruz. Podemos aplicar perfectamente también al Espíritu Santo. Es la sabiduría de Dios que se va a ir comunicando poco a poco a los apóstoles. Y es esa fuerza valiente. Recordemos, uno de los dones del Espíritu Santo es la fortaleza. Y otros dones son el entendimiento, la sabiduría y la ciencia. Por eso, sin regateos y sin peros, podemos decir que la fuerza y la sabiduría de Dios, perdón, Jesús, pero es el Espíritu Santo también es fuerza y sabiduría de Dios en la Iglesia.
Por lo tanto, tengamos esperanza en medio de las circunstancias tan difíciles por las que pasa hoy la Iglesia. Siempre las ha pasado. Nosotros somos más conscientes porque nos toca vivir este tiempo, pero no es excepción. La Iglesia ha pasado por tiempos difíciles desde el principio de la historia. Los tres primeros siglos son de persecución. Y esas persecuciones no acabaron en el en el siglo IV, cuando Constantino reconoció a la al cristianismo religión del Imperio, porque esas persecuciones se fueron sucediendo en distintos lugares, a veces contra la Iglesia en su conjunto y en otros lugares contra la Iglesia, en sus misioneros y misioneras, sus cristianos. Son tantas y tantas hasta el día de hoy las persecuciones que la Iglesia ha sufrido. Lo triste es que entre nosotros nos desunamos y nos persigamos. Recordemos que Cristo constituyó a Pedro cabeza del colegio. No nos hagamos los sabios diciendo: "Es que el Papa de hoy, es que este Papa, ¿por dónde nos va a llevar?". Pero fíjense lo que dice, fíjese lo que hacen. "Manos cuidado, cuidado quién a ustedes escuchan, a mí me escuchan", dijo. "Lo que ustedes hagan en la tierra será atado en el cielo, lo que ustedes desaten en la tierra será en el cielo". Recordemos, ¿creemos en Jesucristo o no creemos? ¿O creemos lo que nos conviene? Tiempos pasados no fueron mejores. Tiempos pasados, muchos tiempos pasados fueron peores para la Iglesia que hoy. Hubo cismas dentro de la Iglesia, o el tiempo en el cual hubo dos Papas, uno en Roma, otro. Ha habido muchas herejías. La Iglesia sigue adelante porque Jesús también le dijo a Pedro: "Las puertas del infierno", es como decir las puertas del mar, las fuerzas del mal. Traduzcamos "puertas contra" por "fuerzas contra". Las fuerzas del mal no prevalecerán contra la Iglesia. Y ahí está María diciéndonos: "Hagan lo que en este tiempo Jesús nos habla como siempre nos ha hablado a través de su jerarquía eclesiástica. Quien ustedes los escuchan, escúchenme".
La Iglesia necesita ser signo de esperanza hoy en el mundo, donde tanta gente es víctima de una cultura de la muerte que lleva consigo tantas desgracias. Nosotros estamos llamados a ser luz del mundo. Cuando una persona camina en la oscuridad y a lo lejos ve una luz, en su corazón también se prende la luz de la esperanza. "Ya sé hacia dónde he de caminar". Allá mira. Y María ha sido proclamada como estrella de la evangelización. Ella es la estrella que guía el trabajo de la Iglesia de llevar a todos los puntos y extremos del mundo, rincones del mundo, la buena nueva del Evangelio. Así que, si somos devotos de la Virgen María, si nos consideramos fieles hijos de la Virgen María, seamos sensibles como ella fue a la palabra de su hijo. Recordemos siempre que Jesús es el único Salvador, el único por el cual podemos salvarnos. La predicación básica, mire, si los apóstoles acababan de estar con la Virgen María en el cenáculo, no hace ninguna mención de ella, porque el Salvador es Jesús. "Este, a quien ustedes justificaron, ha sido glorificado, resucitado y glorificado de tal manera que en él encontramos la salvación". Al paralítico, encuentra en las puertas del templo, Pedro no le dice: "En nombre de la Virgen María, yo te digo que te levantes". No, el nombre de Jesús. "Lo único que tengo y te lo doy. No tengo oro ni plata, tengo fe en su nombre, levántate".
María es la que nos de todo lo que María signifique para nosotros en nuestra vida cristiana, pase por, perdón, por Jesús. Por Jesús. Porque María fue preservada del pecado original, fue santificada en previsión a la Encarnación de Cristo, en provisión a que iba a ser la madre de Cristo, en previsión a que Jesús iba a regenerar la raza humana, en previsión a aquella palabra que Dios había pronunciado ya en el Génesis: "Uno de su raza", le dijo a la serpiente, refiriéndose a la raza humana, "uno de su raza aplastará tu cabeza". No dice "una", sino "uno". En mucho tiempo se ha traducido "uno de su raza aplastará tu cabeza". Cristo, previsión de Cristo, María es santificada, María es preservada del pecado, María es distinguida con todos los privilegios que ninguna otra mujer ha tenido en el orden espiritual: ser la madre de Jesús, la madre del Mesías. Y como nuestro Credo cristiano también proclama, madre de Dios, porque Jesús es el Hijo de Dios. Y si Jesús es el Hijo de Dios, María es la madre de Jesús. Por eso la Iglesia cree que María es también Madre de Dios, un título que muchos no lo aceptan, muchas Iglesias no católicas no aceptan este título de María como Madre de Dios. Todo por Cristo, nuestro Señor. María, toda la grandeza de María está en función de Cristo. Y es una participación en el misterio admirable, inefable de la Encarnación de Cristo. Por eso, que María nos guíe siempre hacia Jesús. Que María nos guíe en este tiempo de Pascua, alimentando nuestra esperanza de tener en nosotros la riqueza espiritual de Cristo Salvador y Señor y recibir su Espíritu para poder vivir nuestra vida cristiana en la Iglesia, siempre dando testimonio de él, único Salvador y Señor. Paz y bien.