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Pues hoy toca leer un relato, concretamente, "Arrepiéntete, Arle Kin," dijo el señor Tictac. Dejarla en Elison. Explicación rapidísima para no llegar a aburrir.
Este relato es más o menos conocido, lo que está bien porque hay mucha gente que ha hecho ilustraciones sobre él, ya si se puede animar un poco el vídeo. Ganó el premio Nébula, el mejor relato corto, en 1965. Tiene una influencia reconocida de obras como 1984 de George Orwell, que ya ha salido por aquí. Tiene una influencia reconocida en obras como V de Vendetta de Alan Moore, que también ha salido por aquí. Probablemente tiene una influencia no reconocida en películas como In Time, que parte de una premisa que es básicamente idéntica y de hecho Elison les demandó, aunque después retiró la demanda.
Harlan Elison en general también, eh, era un autor curioso. Eh, tiene obras bastante interesantes, incluyendo también otros relatos cortos como "No tengo boca y debo gritar" y era bastante reservado. Daba muy pocos datos sobre su vida y a veces, ya que era escritor, pues daba historias disparatadas sobre su vida, que obviamente no eran ciertas, pero que dificultan un poco saber cómo era su vida real.
Y bueno, sin más, este relato en concreto, pues es de mis favoritos. Creo que es muy interesante. Nunca falta quien pregunta de qué se trata. Para los que siempre necesitan preguntar, para aquellos a quienes siempre hay que decir las cosas con todas las letras y que necesitan saber dónde posan los pies, va esto.
Es un fragmento de desobediencia civil de Henry David Thoreau. "La mayoría de los hombres sirve al estado, no como hombres principalmente, sino como máquinas con sus cuerpos. Son el ejército en pie, las milicias, los celadores, los policías, las fuerzas de la ley. En muchos casos no hay ningún ejercicio libre del juicio o del sentido moral. Estos hombres se ponen al mismo nivel que la madera, la tierra y las piedras. Acaso tal vez puedan fabricarse hombres de madera que sirvan a los mismos fines. No inspiran más respeto que un títere o que un trozo de tierra. Su valor es igual al de los perros o los caballos. Sin embargo, se le suele considerar buenos ciudadanos. Otros, en su mayoría, legisladores, políticos, juristas, ministros y funcionarios, sirven al Estado principalmente con su mente y dado que muy rara vez hacen distinciones morales, son tan proclives a servir al diablo sin quererlo como a Dios. Muy pocos, como los héroes, los patriotas, los mártires, los reformistas en el sentido más elevado y los hombres sirven al Estado también con sus conciencias y así necesariamente se le oponen casi constantemente. Por lo general, el estado suele tratarlos como enemigos."
Allí está la raíz de todo. Ahora comencemos por el medio y luego sepamos el principio. El final se encargará de sí mismo. Pero debido a que el mundo era precisamente así, precisamente como dejaron que llegase a ser, durante meses, sus actividades no atrajeron la atención de los que mantienen la maquinaria funcionando normalmente, de los que engrasaban con el mejor lubricante los resortes y muelles cultura, solo cuando fue evidente que de algún modo, vaya a saberse cómo, se había convertido en una celebridad, en una notoriedad, acaso en un héroe sujeto a quien la oficialidad inevitablemente persigue para un segmento emocionalmente perturbado de la población. Solo entonces fueron a ver al señor Tic Tac y a su maquinaria legal.
Pero por ser el mundo como era y porque no tenían forma de predecir que él llegaría a existir, posiblemente algún rebrote de alguna enfermedad erradicada largo tiempo atrás que ahora volvía a surgir en un sistema donde la inmunidad había quedado en el olvido. Posiblemente por eso se le había dejado adquirir demasiada realidad. Ya tenía forma y sustancia. Había adquirido una personalidad, algo que habían erradicado del sistema muchas décadas atrás, pero allí estaba con su personalidad insoslayable y definida.
En ciertos círculos de la clase media se lo consideraba una vulgar ostentación, un anarquista de mal gusto, una vergüenza. En otros solo había resquicios, los estratos donde el pensamiento se reducía a la forma y el ritual, a lo apropiado y conveniente. Pero más abajo, a más abajo, donde la gente pedía santos y pecadores, pan y circo, héroes y villanos, se lo consideraba un Bolívar, un Napoleón, un Robin Hood, un Digby de Ases de Ases, un Jesús, un Yomo Quenata. Y arriba, donde cada temblor y vibración amenazaba con arrancar a los ricos, poderosos y nobles de sus mástiles, se lo veía como un peligro, como a un hereje, un rebelde o una desgracia. Se lo conocía en el fondo, en el centro, pero las reacciones importantes se producían mucho más arriba y por debajo, en la cúspide y en el extremo inferior.
De modo que buscaron la carpeta con su expediente, su tarjeta de tiempo y la cardioplaca, y llevaron todo al despacho del señor Tic Tac. El señor Tictac, muy por encima del metro 80, adusto, un hombre suave y satisfecho cuando las cosas sucedían a su tiempo, el señor Tic Tac. Aún en los cubículos de la jerarquía, donde el temor se generaba, pero pocas veces se sufría, lo llamaban el señor Tic Tac, pero nadie se lo decía ante la máscara. Uno no llama a un hombre con un nombre aborrecido cuando detrás de su máscara ese hombre es capaz de revocar los minutos, las horas, los días y las noches, los años de su vida. En su presencia había que llamarlo maestro custodio del tiempo. Así era más seguro.
"Aquí dice que es," observó el señor Tic Tac con genuina suavidad, "pero no quién es. Esta tarjeta de tiempo que tengo en la mano izquierda contiene un nombre, pero es el nombre de lo que es, no de quién es. La cardioplaca que sostengo en la derecha también contiene un nombre, pero solo de lo que es, no de quién es. Para poder efectuar la debida revocación, necesito saber quién es este que es." Y dijo a sus funcionarios, a los fisgones, a los delatores, a los soplones, a los espías, a los mirones. "¿Quién es este Arlequín?" Ya no hablaba con voz tan suave. Parecía el tic tac de un reloj. Sin embargo, nunca le habían oído decir un discurso tan largo de un tirón. Ni los funcionarios, ni los fisgones, ni los delatores, ni los soplones, ni los espías. Los mirones no, porque casi nunca andaban por ahí y no sabían nada. Pero incluso ellos salieron disparados a averiguarlo. ¿Quién era el Arlequín?
En lo alto, sobre el tercer nivel de la ciudad, se acurrucó sobre la plataforma vibrante de marco de aluminio de la aeronave. Aeronave, las cosas que hay que oír, es un aeropatín que parece una coctelera barato y mal acabado. Y observó el minucioso diseño Mondrian de los edificios. Cerca de allí oyó el metronómico izquierda, derecha, izquierda del turno de las 14:47 que ingresaba a la planta de rulemán Stinkim, todos ataviados con zapatillas de suela de goma. Precisamente un minuto después oyó el derecha, izquierda, derecha, algo más suave, del turno de las 5 que terminaba la jornada. Una sonrisa traviesa surcó sus rasgos bronceados y por un instante se le vieron los hoyuelos. Luego, mientras se rascaba la cabellera tupida y castaña, se encogió de hombros bajo el disfraz de bufón, como si se preparara para lo que vendría. Empujó el mando hacia delante y se inclinó hacia el viento cuando la aeronave perdió altura. Casi noó cera y con toda deliberación lo hizo descender un metro para arrugar las borlas de las peripuestas damas. Y tras meterse los pulgares en las inmensas orejas, asomó la lengua, miró hacia arriba y se burló de ella sin ningún rubor. Se divirtió un poco. Una transeúnte perdió el equilibrio y cayó lanzando paquetes a diestra y siniestra. Otra se mojó la ropa, una tercera se desmayó y cayó de lado. La cinta peatonal se detuvo automáticamente cuando intervinieron los socorristas para resucitarla. Se divirtió otro poco, luego giró sobre sí y se alejó montado en una ráfaga errante. Hasta luego.
Rodeó la cornisa del edificio de estudio sobre la traslación del tiempo y vio que el turno de empleados partía para abordar la cinta peatonal. Con desplazamientos experimentados y absoluta conservación del movimiento, se introducían de lado en la banda lenta y en una coreografía que recordaba una película de Busby Berkeley de la diluviana década de 1930, avanzaban a través de las cintas con paso de avestruz hasta que quedaban alineados sobre la cinta Expreso. Una vez más expectante, dejó asomar la sonrisa de duende en el lado izquierdo. Al fondo le faltaba una muela. Perdió altura, se balanceó sobre ellos y barrió el aire sobre sus cabezas. Luego, apretujándose dentro de la aeronave, soltó las semillas que aseguraban los extremos de los sacos de factura casera para que la carga no cayese antes de tiempo. A medida que las semillas fueron abriéndose, mientras la aeronave pasaba sobre los obreros de la fábrica, $150,000 en pastillas de goma cayeron formando una cascada sobre la cinta Expreso. Pastillas de goma, miles de millones de caramelos púrpura, amarillos, verdes, con sabor a uva, fresa y menta. Redondas, suaves, azucaradas por fuera, tiernas y carnosas por dentro, dulces y sabrosas, saltando, sacudiéndose, rebotando, tintineando, reciclando, cayendo sobre las cabezas, los hombros, los cascos y las corazas de los obreros de la planta, ensordecedoras, altarinas y resbaladizas sobre las cintas peatonales y bajo los pies, colmando el cielo con todos los tonos de la felicidad, la infancia y las vacaciones, cayendo copiosamente como una lluvia impenetrable, como una catarata sólida, como un torrente de color y dulzura y que derramaba el firmamento para irrumpir en un universo de cordura y orden metronómico con la novedad medio lunática de lo inverosímil. Pastillas de goma.
Los obreros del turno gritaron y rieron mientras los apedreaba el insólito granizo. Rompieron filas mientras las golosinas lograban abrirse paso por entre el mecanismo de las cintas. Se oyó un arañazo horrible, como si millones de uñas rasparan un millón de pizarras. Después algo que pareció una tos y un escupitajo. De pronto las cintas se detuvieron y la gente salió disparada para aquí para allá en un revuelo de piernas y brazos, mientras todo el mundo reía mandíbula batiente y se arrojaba pastillitas de colorines y colorines a la boca. Era una fiesta, una dicha, una absoluta locura, un regalo. Pero el turno se retrasó 7 minutos. La gente regresó al lugar 7 minutos más tarde. El programa maestro llevaba un desfase de 7 minutos. Durante 7 minutos, las estimaciones de producción se retrasaron por culpa de las cintas peatonales detenidas. Él empujó la primera ficha de dominó de la hilera y una tras otra fueron cayendo las demás. El sistema se alteró por valor de 7 minutos. Era una cuestión ínfima, apenas digna de mención. Pero en una sociedad en que la única fuerza motriz era el orden, la unidad, la igualdad, la rapidez, la precisión del reloj, la atención al reloj, la veneración a los dioses que regían el paso del tiempo, fue un desastre de consideración.
Así pues, le ordenaron que se presentara ante el señor Tic Tac. La noticia fue transmitida por todos los canales de la red de comunicación. Se le ordenó que estuviese allí a las 7 en punto. Ellos esperaron y esperaron, pero él solo se presentó a las 10:30, hora en que se limitó a cantar una tonada sobre la luna en un sitio del que nadie había oído hablar llamado Vermont y volvió a desaparecer. Pero lo habían estado esperando desde las 7 y eso causó auténticos estragos en su programa.
De modo que la pregunta siguió sin respuesta. ¿Quién era el Arlequín? Pero lo que nadie preguntó, más importante aunque lo otro, fue: ¿cómo hemos llegado a esta situación en que un bufón irresponsable y jocoso de Helga y Jerigonza es capaz de perturbar toda nuestra vida económica y cultural con $50,000 de pastillas de goma? Pastillas de goma, por el amor de Dios, ¡pero si es una locura! ¿Dónde habrá conseguido el dinero para comprar $150,000 en pastillas de goma? Sabían que debían de haberle costado eso, pues un equipo de analistas de situación abandonaron cualquier otra tarea y corrieron a las cintas personales para recoger y contar los dulces y para obtener evidencias, lo cual perturbó su propio programa y puso patas arriba toda su sección, al menos durante una jornada de trabajo. Pastillas de goma. Pastillas de goma. Un segundo. Segundo del que hubo que dar cuenta. Hace 100 años que no se fabrican pastillas de goma. ¿Dónde las habrá conseguido? Esa es otra pregunta interesante, aunque con toda seguridad la respuesta nunca os satisfará por completo, pero al fin y al cabo, ¿cuántas respuestas lo logran? Ya conocéis el medio. Aquí va el comienzo. Todo empezó así.
Un dietario, día por día, una por página. 9:00, abrir la correspondencia. 9:45, cita con la comisión de planificación. 10:30, analizar con JL los diagramas de progreso en la instalación. 11:45, orar para que llueva. 12:00, almuerzo, etcétera, etcétera.
"Lo siento, señorita Grande, pero la hora para las entrevistas se fijó a las 14:30 y ya son casi las 5. Lamento que se haya retrasado, pero así son las reglas. Tendrá que esperar hasta el próximo año para poder presentar la solicitud de ingreso en este colegio, etcétera, etcétera."
El tren local de las 10:10 tiene paradas en Cthaven, Gesville, Tonawanda Junior, Selby y Fanhost, pero no en Indiana City, Lucasville y Colton, salvo los domingos. El expreso de las 10:35 para en Gaesville, Selby e Indiana City, salvo los domingos y festivos, días en los cuales para en etcétera, etcétera.
"No pude esperarte, Fred. Tenía que estar en casa de Piercin a las 15:00 y tú dijiste que nos encontraríamos bajo el reloj de la terminal a las 14:45. Como no estabas allí, me fui. Siempre llegas tarde, Fred. Si hubieras estado a la hora convenida, habríamos podido arreglar el asunto juntos, pero como no llegaste a tiempo, pues tuve que hacer el encargo solo a mi nombre, etcétera, etcétera."
"Querido señor y señora Aterley, con referencia a la constante impuntualidad de su hijo Gerold, nos vemos en la obligación de expulsarlo de la escuela, a menos que pueda instaurarse algún método más riguroso para asegurar que llega a sus clases a la hora debida. Dado que es un estudiante ejemplar y que sus notas son altas, su constante alteración de los programas y horarios nos impide mantenerlo en un sistema donde los demás niños parecen capaces de llegar a donde deben con puntualidad y etcétera, etcétera."
"No podrá votar si no se presenta a las 8:45." "No me importa que el guion sea bueno. Lo necesito. Ha llegado usted tarde. El empleo está ya ocupado. Se han descontado de su sueldo." "Dios mío, qué tarde he hecho. Tengo que salir pitando. Etcétera, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera."
Tic, tac, tic, tac, tic, tac. Hasta que llegue el día en que el tiempo ya no está a nuestro servicio, sino que nosotros comenzamos a servir al tiempo, a ser esclavos de los horarios, pastores del paso del sol por el firmamento, sujetos a una vida tejida en torno de restricciones, porque el sistema no funciona si no respetamos los programas como corresponde, hasta que llegar tarde pase de ser un pequeño inconveniente. Se convierte en un pecado, luego en un delito, más tarde en un crimen que se castiga así.
El 15 de julio de 2389 a las 00:00, el departamento del maestro custodio del tiempo requerirá que todos los ciudadanos entreguen sus tarjetas del tiempo y cardioplacas para su procesamiento. Según el estatuto 5557 SGH999 que reglamenta la revocación de tiempo per cápita, todas las cardioplacas se ajustarán a cada titular y en realidad crearon un método para hacer cenar la extensión de vida de las personas. Si uno se retrasaba 10 minutos, perdía 10 minutos de vida. Una hora de retraso merecía idéntico lapso de revocación. Si alguien persistía en su puntualidad, podía encontrarse con que un domingo por la noche llegaba una notificación del maestro custodio del tiempo, en la que se le informaba que su tiempo había concluido y que sería desactivado el lunes a las 12 del mediodía y que tuviera bien dejar en orden sus asuntos, caballero, dama o bisexual. Así se mantenía en funcionamiento el sistema mediante ese sencillo trámite científico que se apoyaba en procesos tecnológicos celosamente guardados por el departamento del maestro custodio del tiempo. Con ello bastaba. Después de todo era un procedimiento patriótico. Había que cumplir los horarios. Después de todo, estábamos en guerra. Pero, ¿acaso no se está siempre en guerra?
"Qué desagradable," exclamó el Arlequín cuando la bella Alice le mostró la lámina de "Se Busca". "Desagradable, muy poco probable. Después de todo, no estamos en la época del lejano oeste." Una pancarta de "Se Busca".
"No sé si te he dicho que hablas con demasiada inflexión," observó la bella Alice.
"Lo siento," respondió Arlequín, humilde.
"No tienes por qué lamentarte. Te pasas el día diciendo lo siento. Ay, Everet cargas con una culpa tan impresionante. Es una verdadera pena."
"Lo siento," repitió y luego frunció los labios. Los hoyuelos asomaron fugazmente. No había querido decirlo. "Debo volver a salir. Tengo algo que hacer."
La bella Alice descargó el cuenco de café sobre el mostrador. "Por amor de Dios, Severet, no puedes quedarte en casa una sola noche. Siempre tienes que pasearte con ese espantoso traje de bufón corriendo como un extraviado y ofuscando a la gente."
"Tengo que..." Se detuvo y se acomodó el sombrero de payaso sobre la cabellera castaña con un tintineo de cascabeles. Se levantó, enjuagó el cuenco de café bajo el grifo rociador y lo puso un momento en el secador. "Tengo que irme."
La mujer no respondió. El fax ronroneaba, fue hasta él, extrajo una hora, la leyó y se la arrojó a través del mostrador. "Se trata de ti, como siempre, eres ridículo." La leyó deprisa. Decía que el señor Tictac trataba de localizarlo. No dejó que la noticia lo preocupara. Saldría una vez más para llegar tarde nuevamente. Al llegar a la puerta, buscó alguna línea de salida y se volvió hacia detrás con petulancia. "Para que te enteres, tú también hablas con inflexión." La bella Alice alzó los ojos hacia el techo. "Eres ridículo."
El Arlequín partió y quiso cerrar de un portazo, pero la puerta se cerró por sus propios medios, suave y lentamente. Se oyó un débil "toc". La bella Alice se levantó con un desesperado suspiro y abrió la puerta. No se había ido. "Regresaré a las 10:30."
"Está bien." Ella asomó su rostro desolado. "¿Por qué me dices estas cosas? ¿Por qué? Sabes que llegarás tarde. Lo sabes mejor que yo. Siempre te retrasas. ¿Qué necesidad tienes de decirme estas tonterías?" Cerró la puerta.
Al otro lado, el Arlequín asintió. "Tiene razón. Siempre tiene razón. Llegaré tarde. Siempre llego tarde. ¿Qué necesidad tengo de decirle estas tonterías?" Se encogió de hombros y partió para llegar tarde una vez más. Disparó los cohetes lanzahumos y dibujó en el firmamento. "Exactamente a las 8 acudiré a la primera convención anual de la Asociación Médica Internacional. Espero que podáis acompañarme." Las palabras ardieron en el cielo y, desde luego, las autoridades se presentaron para esperarlo. Supusieron naturalmente que llegaba tarde. Llegó 20 minutos temprano mientras sujetaban las redes que debían atraparlo. Les habló por un altavoz estruendoso que lo sobresaltó y lo sacó de quicio. Tanto que sus propias redes pegajosas cerraron sobre ellos y los dejaron pendiendo por encima del anfiteatro entre pataleos y aullidos. El Arlequín empezó a reír y a reír y se disculpó profusamente. Los médicos reunidos en cónclave solemne estallaron en carcajadas y aceptaron las disculpas del Arlequín con exageradas inclinaciones de cabeza y reverencias. Todos se divirtieron a más no poder y pensaron que el Arlequín era un payaso de calzón y faralá. Todos, claro está, salvo las autoridades que habían sido enviadas por orden del señor Tic Tac y que quedaron colgando como carga las estivas sobre el suelo del anfiteatro del modo más inapropiado.
En otra parte de la misma ciudad donde el Arlequín efectuaba sus actividades, sucedía algo totalmente ajeno a lo que aquí nos concierne, pero que, sin embargo, ilustra el poder y la coherencia del señor Tic Tac. Un hombre llamado Marshall de La Hanti recibía su aviso de desactivación del departamento del señor Tic Tac. Su esposa tomó la nota de manos del empleado de traje gris que había ido a entregarla con la tradicional expresión de condolencia estampada horrorosamente en el rostro. La mujer supo de qué se trataba aún antes de abrirla. Era una esquela que en esos días todos reconocían de inmediato. Contuvo el aliento y la sostuvo lejos de su cuerpo como si se tratara de un portafotos impernado de botulismo. Oró para que no fuese para ella. "Que sea para Mars," pensó con brutalidad y realismo, "o para alguno de los niños, pero no para mí. Dios santo, por favor, que no sea para mí." Entonces la abrió y era para Mars. La mujer sintió alivio y espanto al mismo tiempo. La bala había dado al soldado de atrás. "Marshall," gritó. "Marshall, te desactivarán, Marshall. Ay, Dios mío. Marshall, ¿qué haremos? Marshall, ¿qué haremos, Dios mío?" Y esa noche en su casa solo se oyó el ruido del papel hecho trizas y el ruido del miedo. Y por la chimenea solo subió el olor a desesperación. No había nada, absolutamente nada que pudieran hacer. Pero Mars, de la gente, y trató de escapar. Y al día siguiente, bien temprano, cuando llegó el momento de la desactivación, estaba en lo más profundo del bosque canadiense, a 320 km de allí. El departamento del señor Tic Tac desactivó su cardioplaca y Marshall de La Hanti se dobló en dos mientras corría. El corazón se le detuvo y la sangre se secó durante el trayecto al cerebro. Se murió. Eso fue todo.
Sobre el mapa que había en el departamento del maestro custodio del tiempo se extinguió una lucecita mientras la notificación entraba en proceso para ser reproducida por FXIL. El nombre de George Set de La Hanti fue sumado a las listas de los beneficiarios con el socorro asistencial hasta que pudiera volver a casarse. Con esto termina la digresión y todo lo que había que aclarar, pero no os riáis, pues es lo que le sucedería al Arlequín si alguna vez el señor Tic Tac descubriera su nombre verdadero. No tiene nada de gracioso.
El nivel comercial de la ciudad brillaba abigarrado con los colores que la gente usaba los jueves para ir de compras, mujeres con túnicas amarillo canario y hombres con trajes pseudotirolés de cuero y color jade que les sentaban muy ajustados, salvo por los pantalones bombachos. Cuando el Arlequín apareció en la cúpula, aún en construcción del nuevo centro de compras eficientes con el altavoz sobre los labios sonrientes, todos lo señalaron boqueabiertos, pero él los amonestó. "¿Por qué dejáis que os manden como esclavos? ¿Por qué dejáis que os hagan correr y apresurar como hormigas? Tomaos vuestro tiempo, entreteneos por ahí un rato, disfrutad del sol, de la brisa, dejad que la vida os conduzca a vuestro propio ritmo. No seáis esclavos del tiempo. Es una forma diabólica de morir lentamente, poco a poco. ¡Fuera el señor Tictac!" "¿Quién será ese lunático?" Se preguntaron casi todos los clientes. "¿Quién será ese?" "Ay, tíos, ¿debo darme mucha prisa o llegaré tarde?"
Los obreros que trabajaban en la cúpula del centro comercial recibieron un aviso del maestro custodio del tiempo. En él se decía que el peligroso criminal conocido como Arlequín se encontraba en lo alto de la torrecilla y que debían prestar su ayuda con suma urgencia para capturarlo. Los obreros se negaron. Perderían tiempo previsto para el programa de la construcción, pero el señor Tictac se las arregló para mover los hilos gubernamentales precisos. Se les ordenó que dejaran el trabajo y que atraparan a ese loco que había en la torre a través de un altavoz. Así pues, unos 12 hombres robustos comenzaron a trepar por los andamios con las placas antigravedad hacia el Arlequín. Después del desorden desastroso, durante el cual no hubo víctimas graves, gracias a la consideración del Arlequín por la seguridad personal, los obreros trataron de organizarse y apresarlo, pero fue demasiado tarde. Se había esfumado. Con todo, logró atraer a una multitud nada desdeñable y el ciclo de compras previsto se demoró durante horas y horas. Así, las demandas de compras del sistema se vieron retrasadas y hubo que tomar medidas para acelerar el ciclo durante el resto de la jornada. Pero como el primer ciclo se retrasó y luego se adelantó, se vendieron demasiadas válvulas de flotador y no suficientes cojinetes, lo cual provocó un fallo en las estimaciones, lo cual a su vez hizo necesario enviar cajas y más cajas de Smash Cuecedero a tiendas que por lo general solo necesitaban una cada tres o cuatro horas. Los envíos se trastocaron, en los trasbordos se confundieron los destinos y por fin hasta la industria de los aeropatines sufrió las consecuencias.
"No volváis hasta que no lo hayáis capturado," dijo el señor Tictac con voz serena, muy sincera, extremadamente peligrosa. Usaron perros, usaron sondas, usaron entrecruzamientos de cardioplacas, usaron señuelos, usaron el soborno, usaron la delación, usaron la intimidación, usaron tormentos, usaron torturas, usaron servicios de bribones y de policías, usaron pesquisas, usaron celadas, usaron incentivos, usaron huellas dactilares, usaron el sistema Bertillón, usaron astucias, culpas y traiciones. Usaron a Raúl Midgong, pero no le sirvió de gran cosa. Usaron la ciencia aplicada, usaron técnicas de criminología y, ¿qué demonios? Al final lo atraparon. A fin de cuentas, su nombre era Everet Marm y no era gran cosa, solo un nombre sin sentido del tiempo.
"Arrepiéntete, Arlequín," dijo el señor Tic Tac.
"¡Vete a la porra!" replicó Arlequín desdeñoso. "Tus retrasos suman un total de 63 años, 5 meses, 3 semanas, 2 días, 12 horas, 41 minutos, 59 segundos, 0.03611 microsegundos. Has empleado todo lo que tenías y más aún. Voy a desactivarte. Vete a soltar estar a otro. Prefiero morir antes que vivir en un mundo opaco con un hombre del saco como tú. Es mi trabajo. Te sale hasta por las orejas. Eres un tirano. No tienes derecho a mandar a las personas como si fueran esclavos y a matarlas cuando llegan tarde. No puedes adaptarte. No encajas en el sistema. Suéltame y verás cómo te encajo el puño contra los dientes. Eres un inconformista. Eso antes no era ningún delito. Pues ahora lo es. Vive en el mundo que te rodea."
"Lo odio. Es un mundo atroz."
"No todos comparten tu opinión. A casi todo el mundo le gusta el orden."
"A mí no. Ya casi toda la gente que conozco tampoco, ¿no es cierto?"
"¿Cómo crees que te capturamos?"
"No me interesa saberlo. Una chica llamada Bella Alice nos dijo dónde te encontrabas."
"Mentira. Es cierto, tú la sacas de quicio. Quiere formar parte de la sociedad. Quiere sentirse satisfecha. Voy a desactivarte."
"Pues entonces hazlo y déjate de discusiones. No voy a desactivarte. Eres un imbécil."
"Arrepiéntete, Arlequín," dijo el señor Tictac.
"¡Vete a la porra!"
Lo enviaron a Coventry y en Coventry le programaron. Fue como lo que le hacían a Winston Smith en 1984, que era un libro del que ellos nada sabían, solo que las técnicas eran cosa muy antigua. Eso hicieron con Everest Zemarm. Así, un día, mucho tiempo después, el Arlequín apareció en la red de comunicación con aspecto de duende, hoyuelos y ojos brillantes. No parecía que le hubieran lavado el cerebro. Dijo que había estado equivocado, que era algo bueno, muy bueno integrarse al sistema, ser puntual y no andar perdiendo tiempo por ahí. Todos lo miraron en las pantallas públicas que cubrían toda una manzana de esquina a esquina y se dijeron: "Ya ves, después de todo no era ningún loco. Si así funciona el sistema, pues que siga haciéndolo. De nada sirve luchar contra la burocracia municipal o, en este caso, contra el señor Tictac."
De modo que Beret Zarm fue destruido, lo cual fue una verdadera lástima por lo que Thoreau dijo antes. Pero nadie puede hacer una tortilla sin romper los huevos y en toda revolución mueren unos cuantos que no lo merecen. Así va la cosa. A veces sucede y uno se conforma solo con poder imponer un pequeño cambio o, para decirlo más claramente.
"Perdóneme, señor, no sé cómo decírselo, pero ha llegado 3 minutos tarde. El horario se nos ha, digamos, desequilibrado." Sonrió con aire avergonzado.
"Ridículo," murmuró el señor Tic Tac por detrás de la máscara. "Haga revisar su reloj." Y se marchó a su oficina de lo más M. M.