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[Aplausos] Quería empezar la charla que que estoy dando hablando de Lionel Scaloni. Yo supongo que de todas las maneras que esperabais que empezase esta charla, supongo que no entraba en vuestras expectativas que fuera Lionel Scaloni el protagonista. Para quien no lo conozca, Scaloni era un jugador argentino del Deportivo de la Coruña de principios de siglo, siglo XX, de los felices años 2000, cuando el Dépor ganaba títulos y le iban las cosas extraordinariamente bien.
Pero era un tipo que, siendo titular en aquel Dépor, no era un jugador excesivamente técnico, excesivamente dotado. Por entonces, que efectivamente yo trabajaba en Pisno Deportivo, solía pensar o solía imaginarme a Scaloni en el vestuario, delante de un espejo, mirándose a sí mismo y mirando alrededor y viendo a Yala, Mauro Silva, Valerón, a Diego Tristán, y diciendo: "¿Qué hago yo aquí?". Es que Scaloni era todo pundonor, por decirlo de alguna manera. Era un tipo muy trabajador y muy esforzado, pero que no tenía un talento innato, si es que tal cosa existe.
Eh, no sé, me encantaría dejar aquí la charla, irme y de pronto dejaros así como con Scaloni. Es que estaría muy bien. Porque me acuerdo, unos amigos míos de la Universidad de Salamanca organizaban un cineforum y entonces lo que hacían eran invitar a famosos, pues directores o escritores, a a ver una película y que luego la comentase con los estudiantes. Y un día inventaron a invitaron a Fernando Arrabal a ver El Padrino y Fernando Arrabal vio El Padrino con ellos y cuando acabó, todos los estudiantes le miraron. Bueno, señora Arrabal, por favor. Arrabal salió y gritó: "¡Vladimir Ilich Ulianov, Lenin!" y luego proyectó una partida de ajedrez entre Karpov y Kasparov, la comentó durante dos horas y tres cuartos y se fue y no dijo ni palabra de la película, El Padrino. Bueno, perdonad que os haya contado esto, es que me apetecía porque de pronto Scaloni y me voy y se acabó.
Bueno, el caso, ¿por qué os hablo de Scaloni? Bueno, Scaloni efectivamente era un tipo que era todo pundonor y todo esfuerzo. Y yo, como reportero, me identifico enormemente con Scaloni por carecer de talento innato. Bueno, me llamo Nacho Carretero, soy reportero, periodista. Lo que hago es contar historias, las investigo, las las intento comprender y luego las intento explicar. Eh, lo hago por escrito y lo hago para quien me pague. Y además intento hacerla para el que mejor me pague. O sea, que si miráis un poco por internet y tal, no os va a costar mucho encontrar mis historias porque soy muy mercenario y no tengo remilgos con eso. Están por muchos medios distintos.
Lo de Scaloni no lo decía con falsa modestia, lo digo completamente en serio. Cuando me equiparan, sobre todo últimamente, con algún reportero que yo admiro, que veo importante de mi generación, yo me miro al espejo y digo: "¿Qué hago yo aquí?". Porque yo creo que no tengo ese talento que les presupongo a ellos. Yo no crecí en un ambiente literato, no hay nadie en mi familia que sea periodista o escritor. Entonces, yo todo lo que conseguí es a base de trabajar, trabajar y trabajar, o al menos trabajar más que los demás. Y en realidad, aquí podría terminar mi charla. No paro de amenazar con terminar, pero no, no voy a terminar.
Aquí podría terminar mi charla, decir cómo ser un buen reportero, hacer un buen reportaje trabajando muchísimo. En realidad, tampoco tengo más vuelta de hoja. Pero bueno, ya que estoy aquí, pues venga, eh, os voy a comentar, pues en ocho pasos, no demasiado complicados, hm, por si algún día queréis hacer un reportaje, eh, cómo podéis hacer. En realidad, estos ocho pasos, por favor, eh, no tienen nada de académico, no los he sacado de ningún manual periodístico. Al revés, son ocho puntos, eh, que tratan de mi experiencia, ensayo y error, y a través de muchos es años equivocándome, llegué a ocho ligeras conclusiones.
La primera de ellas, os diría, bueno, la preparación. Vamos a empezar un poco por la preproducción de un reportaje. Yo todavía recuerdo en mis comienzos, en mis tiernos años 20 y pocos, cuando empezaba a hacer reportajes o cuando pretendía más bien hacer reportajes, lo que hacía era irme de vacaciones a sitios que a mi madre le producía enorme alegría, como Palestina, como Haití después de un terremoto, como la India. Y cuando volvía de vacaciones, pues empezaba con una ilusión tremenda a ofrecer, eh, estos reportajes o este amago de reportajes a diferentes medios, periódicos y revistas. Y ya, una vez que todos me decían que no, pues ya lo publicaba en un blog que tenía yo muy cutre y lo sacaba. Entonces mis colegas me decían: "Oye, qué bueno el reportaje de Haití". Yo: "Bueno, esto me servía a mí de salario y seguía para adelante". Luego ya con los años, pues algún medio me consiguió decir que sí, los conseguí engañar y hasta hoy, ya publicando en distintos medios.
Esto, ¿por qué lo digo? Bueno, porque realmente el periodismo vive una crisis económica bastante importante y hoy en día es muy difícil que un medio mande a un reportero 15 o 20 días a un lugar, que es lo que se necesita para hacer un buen reportaje. De modo que mi consejo, mi sugerencia desde aquí es que quien pretenda hacer un reportaje de largo aliento, pues se busque la vida con una ONG, aprovechando un voluntariado que hace, o unas mismas vacaciones, un par de días libres, pues para poder escaparse a algún sitio así, traer un buen material. En realidad, tampoco hace falta irse al quinto pino para hacer un reportaje. Historias hay en todas partes, hay en tu barrio, en tu pueblo, en tu ciudad. Sin ir más lejos, uno de los reportajes o de las historias que más satisfecho me ha dejado nunca es la que hice sobre mi tía Chus, que tiene síndrome de Down, y la historia de mis abuelos en su lucha por integrarla y por fundar un centro de integración que hoy en día aún existe en Coruña, eh, y que fue publicada en la revista argentina Orsai, eh, y que, bueno, hizo bastante ruido y a mí me dejó muy satisfecho. Pero a priori, tampoco es una gran historia la historia de mis abuelos ahí en Coruña. Por eso digo que las historias tampoco necesariamente tenemos que irnos, eh, a un conflicto muy mediático para conseguirlas.
El segundo paso que diría, bueno, entrando ya en materia, diría que una vez que nos pongamos ya a trabajar en el texto, tenemos que tener en cuenta o tenemos que tener presente la atmósfera. No la atmósfera, sino la atmósfera. La atmósfera me refiero al ambiente, al escenario, a lo que rodea, eh, todo lo descrito en un texto. El objetivo final sería al lector y conseguir traerlo conmigo al escenario desde el que estoy narrando. No es fácil, no es nada fácil, lo digo por experiencia. En realidad, la atmósfera es un punto que los editores y los periodistas, sobre todo los periodistas de vieja guardia, desprecian bastante. Eh, le llaman incluso "notas de color". "Hoy hazte una nota de color", que es sobre la atmósfera, como algo secundario. Yo creo que la desprecian porque la temen, porque captar la atmósfera es complicado. Como os decía, hay que ser como un escáner humano. Tú estás en un sitio y tienes que ir absorbiendo todos los detalles, todo lo que ves, quedándote. Si yo tengo que escribir un reportaje sobre esto que está ocurriendo ahora, el foco me deslumbra, la tele, esta chica, esa... Entonces te vas quedando con todo, porque luego cuando lo escribas, el que lo lee está contigo aquí, no está leyéndolo de una manera lejana. Hay que buscar el detalle significativo. Así le llamaba un periodista histórico que algunos de vosotros conoceréis, que se llamaba Gay Talese. Ese, bueno, se llama, el pobre hombre no está muerto, eh, estadounidense. Eh, este hombre hablaba siempre del detalle significativo para ahorrarnos una descripción del ambiente demasiado pomposa. Busquemos algo que pueda resumirlo todo. Os pongo un ejemplo. Él había escrito una crónica maravillosa sobre el juicio a un capo mafioso de Nueva York y el capo mafioso entraba en la sala del tribunal y, entre otras muchas cosas que podríamos o que podría Talese contar, describió un anillo con un diamante que llevaba en el dedo y que deslumbró así, oh, al jurado. Y el tipo solo dedicó una línea a hablar de un anillo de diamante, pero en esa línea podemos entender quién era ese tipo, cómo era, si tenía clase o no, dinero, intenciones, actitud. Y solo era a través de un anillo con un diamante. Eso es el detalle significativo. En mi caso, recuerdo, por poneros un ejemplo, hace un par de años, o sí, un par de años, estuve en Melilla, en la valla, haciendo un reportaje sobre chicos subsaharianos que que intentan saltar. Os sabéis de memoria esta historia. Y yo estaba hablando con un chico de Mali y me estaba contando su periplo, porque claro, una travesía por el desierto en camiones, cruzar fronteras, la de Argelia, que es una zanja, la policía, una paliza, le robaron todo, esperar en el monte de Marruecos. Yo estaba absorto, tomando notas. Y luego lo, lo bueno, cuando estaba escribiéndolo, tal, en el reportaje, lo reproduje, todo su periplo y lo mandé. Era una revista latinoamericana y la editora, cuando me escribió de vuelta, me dijo: "Oye, pero este chico, esta conversación, ¿dónde, dónde estaba? ¿Dónde estás? Que parece que hablaste con él por teléfono. Y si estabas ahí, cuéntalo". Y empecé a pensar y dije: "Es que esta conversación era a pie de valla, de noche, rodeados de refugiados sirios que también estaban llegando, que con sus móviles me iluminaban la libreta para que yo pudiese escribir". Y claro, eh, y un campo de golf al lado y la y la el ambiente me pareció muy bueno o muy significativo o por lo menos digno de poner el reportaje. Gracias a esa editora, pues yo lo incluí. Y uno de estos ejemplos que para haceros entender la importancia de la atmósfera. Y ya me callo con la atmósfera.
Vamos a otro paso que me parece muy importante si nos metemos ya en si seguimos en harina de de un texto, que son los testimonios. Los personajes, los personajes, los testimonios son los encargados de humanizar el texto, son los encargados de que vosotros, lectores, empaticéis con la historia. Un ejemplo recurrente y feo: si yo digo que en el Holocausto nazi murieron 6 millones de judíos, la mayoría de nuestras mentes no pueden abarcar qué es eso. Es una cifra salvaje, pero ni siquiera podemos visualizarla. En cambio, si yo en un reportaje hablo de un superviviente, me cuenta su historia, la de su familia, probablemente eso haga que empaticemos muchísimo más con el sufrimiento que pasó esa gente. De eso se trata, de humanizar. Para eso sirven los testimonios.
E, ¿qué es lo importante que nos deben contar los testimonios? Bueno, eh, en mi opinión, hay que tener en cuenta una cosa: son personas. Esto parece una obviedad, pero lo digo porque hay muchos reporteros, o al menos no pocos, y fotorreporteros, que a veces se olvidan. Yo he sido testigo de ver a un fotógrafo agarrar a un niño que no estaba en la pose adecuada y colocarlo aquí para que la foto le saliese bien, o una reportera entrar en una casa de unos refugiados haciendo fotos y el de la casa diciendo: "¿Quién es usted y por qué hace fotos en mi casa?". En fin, un montón de enfadarse por un ruido porque hay que repetir. Hay dos tipos de testimonios: los que quieren hablar y los que no están seguros. Los que quieren hablar, todo bien. Pero los que no están seguros, tenemos que tener educación y respeto. No solo por una cuestión ética, también es muy torpe ser así de agresivo. Cuando un testimonio con el que hablas, le relajas, le das confianza. Yo, por ejemplo, nunca, bueno, nunca empiezo a escribir en las primeras preguntas, ni mucho menos a grabar. Me pongo como a charlar, entonces se van soltando, te van contando cosas. Luego haces como: "Perdón, tengo mala memoria, déjame apuntar aquí cuatro cosas". Ya estás escribiendo y cuando se quiere dar cuenta, pues ya estás en una entrevista y ya puede decir. Y entonces, eso decía, que no solo es una cuestión ética, sino también es ser más listo para que te cuenten cosas.
¿Qué es lo más interesante para que te cuenten? En mi opinión, lo no obvio. Lo no obvio es lo que te va a dar un valor añadido en el reportaje. Me explico. Hace pocos meses estuve en Nairobi, ahí está Kibera, que es el slum más grande que hay en África, el barrio de chabolas más grande que hay en África. De los vecinos de Kibera, que son casi un millón o más de un millón, perdón, eh, puedo presuponer que padecen hambre, que padecen necesidades, que padecen problemas de salud e higiene. Efectivamente, es casi obvio. Pero cuando estaba allí hablando con algún vecino, con algún padre de familia, me decía un padre de familia que lo que más le dolía a él, lo que más le preocupaba, era el estrés, eh, porque todos los días tenía que pensar e ingeniárselas en cómo dar de comer a sus hijos. Y esto le causaba un estrés bestial, hasta el punto de que tenía fiebre, de que tenía ansiedad, de que no podía dormir, de que tenía tics. Pero él no podía parar, él no podía ir a un psicólogo, él no podía ir a tratarse, él tenía que seguir todos los días pensando en cómo alimentar a sus hijos con ese estrés y esa ansiedad encima. Luego los trabajadores sociales me decían que, que efectivamente, uno de los mayores problemas de Kibera, de este slum, era el estrés. Y eso me pareció lo no obvio y, por lo tanto, una de las cosas interesantes que los testimonios nos pueden dar para un reportaje.
Otro punto muy importante a la hora de estar dentro del texto, dentro del reportaje, son los datos y el contexto. Los datos es el camino inverso a lo que hablamos de los 6 millones de judíos. Eh, necesitamos saber que fueron 6 millones y ahí detrás hay un trabajazo de periodismo de datos y de investigación durante décadas despreciado en España y que ahora empieza a meter la cabeza. En Estados Unidos lleva muchísimos años siendo vital el periodismo de datos, el cruzar datos, el saber en una gráfica podemos entender un montón de cosas cruzando datos, causalidades y correlaciones. Y el contexto es ser consciente de que el lector no sabe tanto como tú. Algunos sí, pero la mayoría no. No porque sea más ignorante que tú, simplemente porque a priori no le interesaba el tema y tú se lo vas a contar. Y por lo tanto, hay que estar todo el rato pendiente de que si tú hablas de algo, tienes que explicar el contexto. Si yo hablo de las Maras de San Pedro Sula en Honduras, que estuve hace dos años por allí, pues lo que tengo que hacer es explicar qué es San Pedro Sula, dónde está, qué son las Maras, por qué. Y no perder nunca ese punto de vista. Ojo, tampoco hay que hacer idiota al lector. Yo tenía un redactor jefe que siempre decía que había que escribir para idiotas. Y cuando yo acababa un texto y se lo entregaba, me decía: "¿Esto lo entendería un idiota?". Y nunca se lo dije, pero yo siempre pensaba: "No sé tú lo entiendes". Nunca me atreví a [Aplausos] decírselo. No son tontos.
Otro punto muy importante es el lenguaje. En un reportaje, al ser un texto más largo y más desahogado, la tentación de quedar de ser rimbombante o de caer en el barroquismo es fuerte. Decía Cristian Campos, que es un columnista, esta que os recomiendo con fuerza, eh, que escribir bien no es difícil, pero que escribir claro es muy complicado. Y yo creo que eso es el kit de un reportaje: que se entienda. Que parece fácil, pero no lo es. Frases sencillas, lenguaje comprensivo, ser claros, ser didácticos. En cuanto nos venimos arriba y nos posee la lírica, pues el reportaje, eh, se pierde. Hablando de venirse arriba.
Otro punto muy importante, el ego. El ego. Yo desconozco si siempre fue así, pero detecto en mi generación de reporterismo de reporteros o de periodismo, algunos que parecen más estrellas de rock que reporteros. Y yo creo que el ego es algo a controlar, a domar. Gente con cuentas de Twitter con muchísimos seguidores, con presencia en muchísimos sitios, pero que luego rascas y y no hay nada. Y creo que esta cuestión es que hay que trabajar, no que hay que figurar. Por eso soy crítico, soy crítico porque creo que el ego es algo a controlar. Al final, estamos currando, no estamos haciendo nada especial, nada más que currar.
Unido a esto, voy a seguir dando un poco de caña, ya que estoy aquí, está el tema de las quejas. Los periodistas somos muy llorones, muy quejicas, como decíamos cuando éramos pequeños. Primero, porque nos pagan fatal. "Es que llevo 3 años en cubriendo el conflicto de El Salvador y me pagan 60". ¿Y qué carajo? Llevas 4 años ahí por 60. Entonces, vuelve lo que estás haciendo es fastidiar a tus compañeros y reventar el mercado. Hay que quejarse menos y actuar. Vas, quieres ir ahí para la experiencia, para bien, pero si al cabo de 2 años te siguen pagando 40, ¿qué haces ahí? Y de la misma manera, el tema de lo de "que no me leen", "no es que mira que a la gente le interesa más lo de Belén Esteban que el frente kurdo en el norte de Siria". Pues chico, sí, y qué. Pero no hay que despreciarlos por eso. A lo que me refiero es que no podemos ir diciéndole a la gente lo que tiene que leer o lo que no. Tengo un compañero que siempre dice: "Hay que tener los cuadrados para decirle a alguien lo que le tiene que interesar". Y aún más, para decirle que lo que le tiene que interesar es lo mío. Y yo lo veo también así, eh. Y esto, esto lo que más audiencia tiene en el mundo, las tetas de no sé qué. Y en cambio, lo otro, trabaja, escribe, y habrá alguno que le interese a la gente y a otro que no. Pero creo que no hay mucha más lectura.
Y ya por último, el último paso, porque esto empieza a tornarse rojo, sería la neutralidad. La neutralidad es este concepto que tanto se habla en periodismo. Soy crítico otra vez. Últimamente se habla mucho del periodismo comprometido. Yo lo veo compatible. Si eres periodista, no eres activista, y las dos cosas combinan mal, al menos trabajando. Yo también colaboro con ONGs y tengo mis intenciones y mis inquietudes, pero cuando hago un texto, me veo a mí mismo como un narrador frío y distante. Y cuanta más distancia, más escéptico es el texto. Y creo que el lector, cuando lea eso, va a ver que no le estoy dando ninguna moralina, va a ver que no le estoy pastoreando hacia ninguna conclusión, sino que las va a sacar él mismo. Yo lo que les pongo son hechos para que vosotros, lectores, los mastiquéis como podáis y saquéis vuestras propias conclusiones, pero yo no voy a decir lo que está bien y lo que está mal. Y digo esto porque hay muchos periodistas, muchos no, algunos periodistas y algunos reporteros que por alguna razón van un poquito más allá del oficio, se dedican un poco a dar lecciones de lo que está bien y lo que está mal por el hecho de haber ido a un lugar de conflicto o a un sitio un poco polvoriento. Y al final, el reporterismo es un oficio, igual que el de zapatero, hacer zapatos, o el de informático, arreglar el ordenador a los colegas. Bueno, pues el de reportero es hacer reportajes. No es más que eso. Y creo que tener muy claro que nuestro oficio es un oficio sin más, que consiste en buscar, encontrar, investigar, comprender y contar historias, va a reflejarse en el texto, va a quedar un texto distante y frío para que lectores que no son, son tontos, saquen sus conclusiones, que serán dispares, pero todas igual de válidas. Eh, si tenemos en cuenta eso, creo que el lector, o sea, vosotros, lo agradecerá.
Muchas gracias.