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Así perdió la cabeza Lavoisier

Date un Vlog1:45:47

Transcription

El hombre ha nacido libre y por doquiera se encuentra encadenado. 1779 había nacido el sucesor de Newton. Hay mucho de que hablar en este nuevo Newton. Este físico ha inventado un nuevo método para ver los secretos de la naturaleza. Al principio tenía a toda la academia contra él, pero sus nuevos experimentos están a punto de salir a la luz. ¿No crees que muchos autores van a verse obligados a tirar sus trabajos al fuego?

Es una conversación en carta entre alpinistas suizos, orgullosos de su compatriota ginebrino que anunciaba la llegada de una nueva era en la física y su artífice era el heredero del trono de Newton. A decir verdad, eran ajenos a la confusión que se había producido. El personaje del que hablan sí pasará la historia, pero no como héroe, sino todo lo contrario, como antihéroe, por acabar con la vida, quizás por celos o envidia, de quien sí logró lo que él soñaba. El éxito, el reconocimiento, la gloria, la inmortalidad. Lo odiaba con todas sus fuerzas a él que era su némesis. Nacieron el mismo año, morían a la vez como dos caras de una misma moneda. Sus vidas estaban entrelazadas.

Dos soñadores que llevaron sobre sus espaldas el peso de la transformación del mundo, dos revoluciones como nunca se habían visto y que ocurrían a la vez: una gloriosa, la segunda revolución científica; la otra ignominiosa, el terror de la revolución francesa. Hoy tenemos en Datum Blog un vídeo absolutamente brutal, explosivo, revolucionario. Pero para abrir boca, empecemos por otro lado. Viajemos un segundo a otro lugar. Vamos de Francia a Islandia.

Los nórdicos tenían un dios muy curioso, hijo de dos gigantes, hermano de sangre del gran dios Odín. Era Loky, el dios del fuego. Y como el fuego que nos da calor y nos protege, pero también nos quema, Loky también tenía dos caras, hermano y compañero de Odín. Era a ratos un dios mezquino, tramposo, burlón, es decir, que es capaz de quemar. Por eso fue atado a una roca. La profecía decía que sería liberado para luchar contra los dioses en el Ragnarok. No es extraño entonces que a ese bello pero peligroso volcán islandés le dieran ese nombre, Lucky, por el dios nórdico del fuego. Pues como el dios al que representa Lucky, en 1783 vendría a burlar a los humanos. Una terrible erupción ese año tendría unos efectos inimaginables, poniendo al mundo entero patas arriba al borde del abismo. ¿Qué ocurrió? ¿Cuáles fueron sus consecuencias? Son las respuestas de este vídeo que haré además en colaboración con un amigo, Aitami, del canal Reacciona Explota. Pueden ver sus vídeos, son maravillosos, me va a ayudar con la química. Y si aguantas hasta el final de este larguísimo vídeo, tienes de premio una reflexión sobre un tema de actualidad, respondiendo también a la polémica que he tenido estas semanas. Prepárate, amigo, amiga, vas a flipar. Hoy el protagonista es el fuego.

Siglo V a. de Cristo. Éfeso, región de Grecia actual. Vivió allí un filósofo muy peculiar, gruñón y melancólico, que escribía de forma paradójica y críptica porque decía que nadie podría llegar a entenderle. Fue llamado el filósofo oscuro. Para Heráclito, este filósofo, todo es devenir, panta rei. Todo es cambio. No es posible bañarse dos veces en el mismo río porque no es la misma persona ni es el mismo río. Cambian constantemente. El cambio, la lucha de los contrarios, la paradoja que para él era la esencia del mundo, serían luego la base con la que Hegel formularía su idealismo. Pero Heráclito tuvo otra idea que hoy consideramos también como brillante. Para él, el arg, lo fundamental del cosmos, el principio primordial era el fuego, pero no era un fuego físico necesariamente el que quema, sino el fuego como fuerza elemental asociada al intelecto, la inteligencia cósmica ordenadora, el logos.

Con esta herencia histórica y cultural, no es de extrañar entonces que otro de los elementos relacionados con el fuego, la luz, siempre fuera asociada también con el intelecto, con este Logos, hasta el punto de que a esa era del predominio de la razón, pleno siglo XVII, el siglo de la ilustración, se le llamara el siglo de las luces, el siglo del Logos. Pues esta ilustración, estas luces prosperaron por toda Europa, pero en especial en la Francia prerrevolucionaria: D'Alembert, Montesquieu, Diderot, Voltaire. Pero hubo uno de especial relevancia para nuestro vídeo. Es mi filósofo favorito desde que un día de turismo por Ginebra, cuando trabajaba en el CERN, me topé con su casa, convertida en museo, y entré allí por curiosidad. Allí me llamó la atención este libro de aquí, El Emilio sobre la educación. Lo leí. Luego llegaron otros como este, La nueva Eloísa, o más tarde Las Confesiones. Pero sí hubo uno que me dejó huella: fue El contrato social, una obra maestra que empieza de forma rompedora. Su primera frase es la que dio inicio a este vídeo: "El hombre ha nacido libre y por doquiera se encuentra encadenado." Su filosofía del hombre que es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe, la del humano encadenado que no puede ser libre, pero en particular su forma de entender cómo se articula la sociedad como un pacto o mejor un contrato social entre individuos. Cómo las leyes han de reflejar la voluntad de los individuos en ese pacto, la soberanía del pueblo y la igualdad entre individuos en ese pacto fue toda una justificación para la ruptura con el absolutismo en la revolución. Su forma de entender el interés común por encima del bien individual y la virtud cívica también inspiraron los momentos más radicales de la revolución. Rousseau va a estar presente en todo el vídeo porque no se puede entender completamente esta etapa de la historia sin leer a Rousseau. Hoy, agárrate, amigo, porque viene un vídeo explosivo y verdaderamente revolucionario.

Por cierto, tengo un reto para ti. En la parte más terrible de la revolución, la llamada del gran terror, había un órgano muy macabro de la revolución que tenía un inmenso poder: es el Comité de Salud Pública. Eran nueve los poderosos miembros de este comité, entre ellos Robespierre y el antihéroe de esta historia, Marat. Pero había otro más, más difícil de imaginar, y que dejo que durante el vídeo lo adivines. ¿Podrás? Pues vamos con el vídeo. Y en este vídeo voy a hacer algo que no he hecho nunca. Tengo una historia tremenda que contarles con muchos giros y la voy a contar a través de cuadros, cuadros que tienen algo en común: su autor, nada más y nada menos que Jacques-Louis David, el mejor pintor europeo de su época y máximo exponente pictórico del Neoclasicismo.

Vemos un bello retrato de dos aristócratas realizado con mucho talento. Ella, Marianne, ocupa el centro del cuadro, hacia donde van todas las miradas. Guapa, coqueta, elegante, pero sin ostentar. Se apoya comedidamente sobre su marido, Antoine, que la mira con mucha admiración y mucho cariño, haciendo una pequeña pausa de su trabajo científico para contemplarla. Por su porte, queda claro que son dos personajes de la baja nobleza, pero no son dos aristócratas cualquiera. De hecho, se trata de una de las parejas más admirables de la historia, perfectamente a la altura del matrimonio Curie. El Antoine Lavoisier es el padre de una revolución científica que traerá la química moderna. Hoy mi trabajo está bien hecho. Si consigo que te caiga una lágrima de emoción al conocer a este tremendo ser humano. Ella no queda lejos, compañera de laboratorio, asesora y confidente, traductora y original investigadora, sería absolutamente clave en esa revolución y una persona de espíritu verdaderamente admirable que lo acompañaría incluso en los momentos más terribles.

Y este es un punto genial para comenzar esta historia, no solo porque presenta a los personajes principales del vídeo, Antoine y Marie, sino por el año en que fue comisionado el cuadro, 1789. Ese mismo año sucedieron dos grandes revoluciones que cambiarían el mundo para siempre y en el que estas dos personas serían testigos de primera relevancia. Pero empecemos por el principio. ¿Quién fue Antoine Lavoisier? Antoine nació el 26 de agosto de 1743 en París, Francia. Aunque sus antepasados eran campesinos y seguían siendo, por tanto, del tercer estado, el pueblo llano, la familia estaba en su prime, en situación de ascenso social. El padre, Jean Antoine, era un abogado muy exitoso, procurador del Parlamento de París, mientras que su madre, Milly, era de una familia que había acumulado una notable riqueza. Además, podían presumir de una relación cercana a la realeza. Así, con estas condiciones, pueden criar a su hijo Antoine en la zona rica de la ciudad y con la mejor educación posible. Estudió en el colegio de Natación de la Universidad de París, también conocido como colegio Mazarin, el famoso cardenal sucesor de Richelieu, ministro del Rey Sol, donde estudiarían otros genios como el Jäger o D'Alembert o el pintor David, el del cuadro de antes.

Y desde el principio Lavoisier fue un talento sobrenatural. Sus primeros 6 años de estudio trataron materias de humanidades: latín, griego, historia, donde destacó consiguiendo premios en lenguas clásicas y literatura a nivel regional. Pero en sus tres últimos años, cuando contaba con la edad de 16, su vida iba a cambiar. Las clases de griego y latín dieron paso a las matemáticas, la física, con grandes profesores, algunos de ellos de las mentes más brillantes del país. Nicolás Lacaille, su profesor de matemáticas, era un célebre astrónomo parisino. Tenía un observatorio astronómico en el colegio. Jean Étienne Guettard, su profesor de geología, con quien haría viajes por el país recogiendo minerales, pero en especial, Guillon François Rouelle, su ex centro profesor de química, un showman que traía multitudes a sus experimentos. Así que desde tan temprana edad, 16 años, Lavoisier ya mostraba un entusiasmo y talento especial para la ciencia.

Pero estamos en el siglo XVIII, 1760. Recuerden, una época muy diferente a la nuestra. Entonces, la ciencia no se ejercía de manera profesional, sino era más bien un hobby, un pasatiempo de ciertos aristócratas o nobles adinerados que ejercían la ciencia y la compartían en sus selectos clubes privados como la Royal Society Inglesa o la Real Academia Francesa. Una época donde para alguien como Lavoisier, lo importante, lo capital, lo fundamental era prosperar, pero no solo a base de tener buenos fondos económicos, sino aún más importante a base de cuidar el prestigio social y siempre buscar un ascenso de clase. Es por ello por lo que el joven Lavoisier, capaz y talentoso como ninguno, a tan pronta edad y ya enamorado de la ciencia, se propone dos objetivos. El primero es hacer carrera en derecho. Entraría en la escuela de leyes con el fin de estudiar abogacía. La idea era entrar a formar parte, como su padre, de la orden civil de abogados, un estamento elitista con reconocimiento, no muy bien pagado, pero tampoco muy demandante. Con ello cumplía con la primera parte, la del reconocimiento social y a muy bajo coste de tiempo. De esta manera podía dedicarse con verdadera pasión a su segundo objetivo, lo que verdaderamente le hacía feliz: la ciencia.

Así, mientras estudiaba derecho, continuó asistiendo a conferencias públicas y recibiendo clases privadas, en particular con su ex profesor Guettard, con quien trabajaría intensamente recorriendo las provincias, todo el país, para crear un atlas geológico. Además, comenzaría su propia colección de minerales. Mente tenía ese segundo objetivo: formar parte de la ilustre Academia de las Ciencias de París. Un puesto público que de nuevo no le otorgaba grandes cantidades de dinero, pero sí, además de equipamiento, laboratorios y buenos compañeros para discutir resultados, le daba eso tan importante para su tiempo: una distinguida posición social. ¿Acaso tenía tiempo para todo? Pues sí, gracias a una personalidad peculiar, Antoine desarrolló en esos años de juventud un gran sentido de la responsabilidad que lo llevaría a volverse obsesivo, con un carácter metódico y riguroso. Era imparable, inquebrantable. Cualquier distracción social era para él una pérdida de tiempo hasta llevarlo al extremo. Como las comidas familiares le quitaban mucho tiempo, decidió durante unas semanas alimentarse solo de leche hasta que vio que empezaba a afectarle a la salud y entonces paró. O muy a lo Newton cuando quiso hacer un estudio sobre la iluminación de París. Se cuenta que estuvo seis semanas encerrado a oscuras para tener luego más sensibilidad a los cambios de luz. Tomaba notas de temperatura, presión, velocidad del viento, el agua de los pozos o las piedras de París. Lo anotaba todo. Nada escapaba a su estudio. Era absolutamente imparable. A esto se le añade, y será muy importante en este vídeo, un sentido social muy marcado. Quería demostrar al mundo que la ciencia podía ser aplicada para el beneficio de la gente, algo que entonces no era ampliamente reconocido y se entendía la ciencia como algo de carácter meramente teórico. Su desempeño podría servir para mostrar que la ciencia podía mejorar la vida de los demás. Trabajo incansable, talento y sentido de misión. Estaban haciendo una leyenda y desde bien pronto la fortuna le sonrió a este joven singular. Con su primer estudio, el de los alumbrados públicos de París, consiguió una medalla de oro del rey y poco después entraba con pleno derecho en la Academia Real de las Ciencias. No había cumplido aún sus 25 años y ya tenía a mano sus dos grandes objetivos: pertenecer a la Orden de Abogados y a la Academia de las Ciencias. Ahora solo le faltaba, sí, lo más importante: el soporte económico. Y eso también se le puso pronto de cara. Ese mismo año recibe la terrible noticia de la muerte de su abuela, lo que venía acompañado de una noticia no tan terrible. Heredaba una gran fortuna a su nombre. Por recomendación familiar, Antoine decide usar parte de esa herencia en comprar participaciones de una singular empresa: la Ferme Générale. Quédense con esto porque será importante. Esta Ferme Générale era una gran empresa, una de las más sólidas y establecidas de Francia y también de las más grandes, con unos 30.000 empleados a su nombre. Y también le reportaba importantes beneficios, con lo que Antoine ya tenía la vida asegurada ampliamente. Y en la Ferme, Antoine tendría un trabajo que encajaba a la perfección con sus habilidades. Estaba encargado de funciones administrativas, registrar, estudiar procesos y mejorarlos, optimizarlos. Y siendo una persona tan laboriosa y entregada y tan minuciosa y estructurada, su implicación sería muy apreciada. Pero este trabajo no le daría solo un medio para medrar y prosperar económicamente.

Miren a este señor, ojo que viene tremendo chisme. Este de aquí es Jacques Paulze y es el jefe de Antoine en la Ferme. Jacques se había casado con esta señorita de aquí, la sobrina de la Baterie, quien era un importante político y su jefe. Y el jefe de este mismo es este viejito de aquí, el Barón de la Caisse, que como imaginan, pues tendrá mucha influencia sobre ellos. Es el jefazo máximo. Vale, pues muy bien. Este otro de aquí, este otro viejito, es el hermano cincuentón del Barón Conde de Améro, así que busca un buen matrimonio y en quién se viene a fijar, tachan ta chan, pues nada más y nada menos que esta niñita de aquí. La hija de Jacques de solo 13 años. Como pueden imaginar, a la pobre niña le repugna ese señor viejo y violento. Pero Jacques no tenía elección. Una renuncia significaría una gran ofensa. Se encargarían de hacer cualquier cosa para arruinar su vida y la de su familia. Pero también ama con ternura a su pequeña hija y la ve sufrir. Está contra las cuerdas, a no ser que encuentre una buena excusa, una salida. Y la encontró. Por ahí pasaba un joven de 28 años, trabajador, alegre y honrado, de buena familia, del que además era su jefe, Antoine Lavoisier. Es de esta forma tan rocambolesca, fortuita y digna de película de Disney como Paulze salva su honor y a su hija y cómo se forja una de las uniones más bellas y fructíferas de la historia de la ciencia: Marie y Antoine Lavoisier, una relación de admiración y respeto mutuo. Sus amigos la definían como mujer filosófica. Tomó tutorías en química, clases de dibujo y de inglés que usaba luego para traducirle a Antoine los avances en ciencia del país vecino para que estuviera al día. Además, disfrutaba en su casa de la compañía de la élite intelectual de París: geómetras, artistas, escritores, científicos. Hoy conocemos mejor ese ambiente de trabajo en el laboratorio de los Lavoisier, donde Marie era una más gracias a sus dibujos de gran calidad. Y es que era alumna nada más y nada menos que del mejor artista de su época, el pintor Jacques-Louis David. Y viviendo en una posición desahogada, los beneficios de la Ferme Générale permitían a la pareja una vida cómoda y entregada a su pasión mutua, la ciencia, y con un objetivo muy claro en mente: el sueño de su vida, construir una ciencia en la química.

Desde pequeño en las clases de física había estudiado las leyes de Newton, las teorías de Huygens o los experimentos de Galileo. Una ciencia rigurosa, metodológica, sólida, consolidada, basada en la experimentación firme y las matemáticas. En cambio, la química no tenía método ninguno. La química entonces no se había distanciado de su hermana la alquimia, una amalgama de conocimientos milenarios, pero informe, con una herencia mística llena de supersticiones y leyendas, con una nomenclatura confusa, voluntariamente oscura y sin procedimientos estandarizados. Parecían hechizos mágicos o recetas de cocina más que una verdadera ciencia. Así, Lavoisier siente que el conocimiento en química había sido más impuesto que demostrado, que poco de la química que se sabía de esa época era coherente y bien establecido y que con un método más riguroso podía crear los fundamentos firmes que una ciencia necesita. En particular, había algo que le obsesionaba: la medida, medir, medir y medir. Todo el conocimiento químico debía rehacerse desde una base de rigor matemático, metodológico y con sustento experimental basado en la medida. Así, muy desde el principio, se fijó un objetivo: transformar esa mezcla difusa de conocimientos deslavazados sobre la mezcla de sustancias de la alquimia en una ciencia, la química. Estamos en 1770, tiene 27 años. Y de esta manera, con este objetivo en mente y su lugar favorito del mundo, su laboratorio, el mejor equipado de la época, los logros de la pareja se multiplicaron.

Vamos con la química. Pero, ¿por dónde empezar? debió pensar Lavoisier. Entonces pareció invocar al dios burlón, a Loki, y puso toda su atención en la combustión, en el fuego. El fuego en esa época se entendía por la consolidada teoría del flogisto. El flogisto por entonces estaba en todas partes, era la moda científica, todos los químicos hablaban de él. Pero para entender mejor esta parte que es química, ¿por qué no contar con un experto, mi amigo y compañero Aitami del canal Reacción a Explota? Aitami, cuéntanos más sobre este flogisto.

Buenas, Javi, y a todo el que nos está escuchando. El flogisto es una de esas cosas locas que nacieron cuando aún no existía una frontera clara entre química y alquimia. Durante más de 100 años se creyó que era una sustancia invisible que supuestamente existía en toda la naturaleza y que era responsable de la ignición de la materia. Cuando algo quemaba bien, como la madera, se suponía que era porque tenía mucho flogisto dentro, que al arder se liberaba al aire. La madera que veíamos era en realidad la suma de lo que no ardía (las cenizas) más grandes cantidades de flogisto. Pero en todo esto había algo sospechoso. Sí. Y es que en 1772 el químico francés Louis Bernard Guyton de Morveau estudia la combustión de metales y observa algo muy extraño. Cuando quemas un metal, la cal que se formaba, es decir, las cenizas, pesaban más que el metal sin quemar. Y esto no cuadraba con la teoría del flogisto. Si ha perdido flogisto, ¿cómo podía pesar más? Algunos intentaron explicar esto diciendo que el flogisto tenía peso negativo, pero entonces, ¿por qué a veces positivo y otras negativo? Era raro, pero ¿quién se atrevería a ir en contra de algo tan conocido como el flogisto?

Tocaba experimentar. Lavoisier empezó con el fósforo. Probaría a calentarlo con algo que él llamaba un horno solar, una lente de Sirio gigante de 10 m que tomó prestada de la academia. La lente tomaba los rayos del sol y los concentraba en un punto para quemar una sustancia. Al hacerlo veía algo similar a lo que vio Guyton. De la combustión del fósforo blanco se formaba un ácido sólido que podía pesarse y ganaba peso. Además, midió el volumen del aire y había disminuido hasta un sexto de su volumen. Algo parecido vio pasaba con el azufre. También lo publicaba en ese año, 1772. "Lo que sucede al azufre y al fósforo me lleva a pensar que lo observado en la combustión de estos elementos puede suceder en la mayor parte de las sustancias que ganen peso en la combustión o en la calcinación." Pero es que además, y esto es lo más interesante, se atreve a dar una explicación: "Este incremento de peso proviene de la prodigiosa cantidad de aire que es fijado durante la combustión y que se combina con los vapores." Una explicación de la combustión sin flogisto.

Sus ideas eran tan revolucionarias y él tan joven que no lo iba a tener nada fácil, pero él era implacable, imparable. Así tomó su lupa gigante y la perfeccionó, de manera que podía conseguir temperaturas superiores a los 1000º C e hizo pasar por ella uno por uno elementos y compuestos que tenía a su alcance para medir con ello sus productos de combustión, no solo sólidos, también medía los gases. Y fue de esta manera que dio con el experimento, su más famoso experimento, el que lo puso sobre la pista correcta, no solo para destronar el flogisto para siempre, sino para ser incluso un descubrimiento mucho más grande. Todo empezó cuando colocó un compuesto conocido como Mercurius Calcinatus per se o la cal roja de Mercurio ante los potentes rayos de su horno solar. Ahí vio algo muy interesante. Para quemar las sustancias en el horno necesitaba también un compuesto en teoría rico en flogisto como el carbón, por ejemplo. Y esto hacía que las combustiones fueran más sucias por todo el humo que se formaba y por lo tanto más complejas y difíciles de estudiar. Pero esto era algo que no ocurría con la cal roja de Mercurio: cuando lanzaban los rayos del sol contra la cal y al superar los 400º C esta ardía espontáneamente sin más, sin fuente de flogisto. Así que dispuso un experimento para estudiar con mucha precisión qué ocurría en esta combustión. Colocó la cal roja dentro de una campana con un recipiente lleno de mercurio líquido para poder medir lo que estaba formándose, gases incluidos, y al más puro estilo Lavoisier midió el volumen, el peso, apuntó y comprobó absolutamente todo. Y al hacerlo, nuestro protagonista notó que el aire que expulsaba la combustión era diferente. No se parecía al aire normal que respirábamos, ni siquiera el aire que se generaba en los experimentos de combustión que llamaban aire fijo, que hoy sabemos que es CO2. Estaba ante un nuevo tipo de aire y como pudo comprobar, respirable. De hecho, para Lavoisier se trataba de un aire mucho más puro y respirable que el aire normal. Lo llamó oxígeno, del griego "generador del ácido". Toda la explicación de su experimento la haría pública sin mencionar en ningún momento al flogisto.

Pero aún quedaba más en este crescendo. Estaba en el camino del gran descubrimiento de su vida. Atando cabos, Lavoisier se dio cuenta de una cosa muy importante. Parecía entonces evidente que este nuevo gas era el que causaba el proceso de combustión, lo que hacía ganar peso a los metales en la calcinación. Pero a su vez también pudo comprobar: este era el gas de la respiración. Entonces, si este gas produce la combustión y también este gas produce la respiración, ¿no será que la respiración es una especie de combustión? Todos estos experimentos e ideas fueron recopilados en una obra, Reflexiones sobre el flogisto, publicada en 1774, que establecía la existencia de este elemento, el oxígeno, la teoría final de la combustión como captura y fijación de oxígeno y la respiración como una combustión. Era el comienzo del fin del flogisto en la física. Lavoisier finalmente dominado el fuego. La revolución estaba servida.

Bueno, bueno, casi, casi, casi. Solo había un último fleco final, algo que no llegaba a entender por completo. Un proceso muy simple, pero muy misterioso. Es curioso porque si ponían un poco de aire inflamable, lo que llamamos hidrógeno, con ese aire respirable, el oxígeno, y lo hacían arder, parecía que se fumaban sin dejar rastro. Algo bastante loco. En cambio, unas pequeñas gotas de rocío se formaban en las paredes del recipiente. La explicación que se dio en esa época era que este aire inflamable era flogisto con agua y el oxígeno era agua sin flogisto, por lo que cuando quemabas el flogisto abandonaba el agua y esta aparecía en las paredes. Todo bastante raro y enrevesado, ¿verdad? Lavoisier supo darle la explicación correcta. Todo era mucho más simple si quitabas al flogisto de la ecuación. Lo que ocurría era que se estaba juntando el hidrógeno gas por un lado con el oxígeno gas por otro y su reacción estaba surgiendo agua, un líquido. Lo que sugería Lavoisier era que el agua estaba formada por dos sustancias simples y esto era una locura. Atentaba con una idea que llevaba en pie desde tiempos de Aristóteles, que la materia de todo el mundo estaba compuesta por cuatro elementos fundamentales: tierra, aire, fuego y agua. Era la base de la alquimia. Pues no, el agua no es un elemento, es un compuesto de ese aire inflamable, el hidrógeno, y ese otro aire respirable, el oxígeno. 1785, la revolución estaba casi servida.

Faltaba el canto del cisne. Hasta ahora eran grandes ideas, pero carentes de estructura final, su ansiado sueño. Newton fue grande erigiendo la física con el método experimental. Descartes se hizo eterno fundando la filosofía con su duda metódica y ambos, por encima de sus grandes ideas puntuales, fueron sistematizadores. Fundaron una disciplina o escuelas según una base, un sistema con un método. Eso es lo que le faltaba a Lavoisier para ponerse a su altura. También ser fundador de una nueva ciencia sería la química. Y lo mejor es que tenía todos los ingredientes a la mano, solo necesitaba ponerlos en su sitio. Por un lado, tenía un método. En su laboratorio había encontrado la clave en experimentos concisos y en la precisa medida. Solo faltaba un lenguaje y unas matemáticas para articularlo todo. Con el lenguaje procedió dando sistema y estructura, donde antes había un batiburrillo de nombres como vitriolo de Venus o mantequilla arsénico, sin criterio claro. Incluso peor aún, algunos elementos o compuestos podían tener varios nombres diferentes, como el mercurio, que tenía 10. Ahora, él proponía un procedimiento estándar para dar nombres universales, un conjunto de reglas, una nomenclatura. Todo iba a ser mucho más simple. Por un lado, dejaría atrás los nombres clásicos, aquellos de la época alquimista, y se centraría en las reacciones que estaba viendo. Si una sal era el fruto de una reacción entre un elemento y el oxígeno, la llamaría óxido de ese elemento. Por ejemplo, el caso de la famosa cal roja de mercurio, ahora sería óxido de mercurio. Y por el otro, brindaría las reacciones químicas de una estructura lógica, rigurosa y matemática, tratándolas como si fueran ecuaciones. Por ejemplo, la reacción que estudió tendría la siguiente forma: óxido de mercurio con calor da mercurio elemental más oxígeno. Su cambio era simple, completo y revolucionario. Y tú dirás: "Pero, pero, ¿esto no es acaso lo que se estudia en clase de química?" Pues sí, así es, tal cual. De hecho, esto es uno de los grandes méritos de Lavoisier. El sistema que creó fue tan, tan bueno que apenas ha sufrido cambios desde que lo ideó hasta nuestros tiempos después de 200 años. Y gracias a esta estructura, este sistema experimentando metódicamente, pudo dar también con una de las frases más famosas de la historia de la ciencia. Una de esas pocas frases que salen del laboratorio y llegan a la gente. Seguro que tú has dicho alguna vez esto de que "nada se crea ni se destruye, todo se transforma". Sí, pues es de Lavoisier o con sus palabras: "Nada se crea ni por la acción humana ni en las operaciones naturales. Es una verdad fundamental que en todas las operaciones existe la misma cantidad de materia antes y después y que la calidad y cantidad de los principios materiales son las mismas. Solo hay alteraciones y modificaciones." Es una ley universal: la ley de conservación de las masas. Y es así como llegamos a su gran obra final. Póngase en pie, amigos y amigas. A la altura de los Principia Mathematica de Newton, o el Discurso del Método de Descartes, tenemos esta grandísima obra: Tratado Elemental de Química de 1789, la obra fundacional de la química moderna. Amigos y amigas, la revolución está servida.

1789. Sí, amigo, ese año pasaron tantas cosas y tan significativas, tan sonadas, tan impactantes. Es uno de esos años que uno retiene siempre en la memoria por ser de los más relevantes de la historia de la humanidad. Lo estudiamos en el colegio, es el año de la Revolución Francesa. Sí, esa revolución por acabar con los derechos feudales, con el Antiguo Régimen y los privilegios de clase. Y se hizo con el fuego. Y por supuesto que Lavoisier no fue ajeno a todo esto. Por muchas horas que pasara en el laboratorio, por muy entregado que fuera a sus experimentos y sus estudios, por mucho que se evadiera del mundo, no iba a ser ajeno a esa gran ola revolucionaria que iba a cambiar el mundo para siempre. Pero, ¿cómo? Pues solo hay que tener en cuenta un pequeño preimportante dato y ponerlo sobre la mesa. ¿Recuerdan que Antoine se casó con la hija de su jefe? Pues bien, su padre, el de Antoine, por la boda le regaló a su hijo algo muy significativo: un título nobiliario. Sí. Desde el 16 de diciembre de 1771, Lavoisier pertenecía a la aristocracia. Así que mientras todo lo que les he contado estaba pasando, los estudios de Antoine, su admisión a la academia, los trabajos en la Ferme, sus investigaciones en el laboratorio, pues mientras el mundo estaba cambiando, posiblemente de una forma más rápida y radical que nunca. Y con ello, aunque él no quisiera, también su vida, como una reacción química, se estaba transformando. Él iba a sufrir también los estragos de la revolución.

El Juramento del Juego de la Pelota es un cuadro de David de estilo eminentemente neoclásico, imitando la solemnidad de la antigüedad en las poses con ese enaltecimiento de la acción cívica y esa luz dirigida que entra por los lados en contraste con las sombras que le da teatralidad a este gran ceremonioso acto. Pero, ¿qué estaba pasando? Pues todo comenzó con un chispazo. El dios Loki, lo vimos, encendió la mecha de un volcán en Islandia. Una vez más el fuego. Ese volcán cubrió los cielos de ceniza durante un año. La cosecha de 1784 fue especialmente mala, trayendo pobreza y hambre al pueblo de Francia, el país más poblado de Europa. Estómagos vacíos y vidas miserables que iban a levantarse en armas para pedir un cambio, una revolución. En realidad, esto solo sería una visión parcial. La cosa no es tan simple como esto. Han sido miles las lecturas que se han hecho de esos 10 años de la historia, los de la revolución que va del 1789 al 1799 y sus precedentes históricos buscando las causas sin que haya un total consenso. Lo que sí está claro es que fue una revolución absoluta, posiblemente la primera de esta índole, una revolución de masas. No es un único grupo el que se levanta, es toda una sociedad en pie para transformar el mundo, derrocar al Antiguo Régimen, ese mundo cerrado de estamentos y clases privilegiadas. Por eso que explicar esto no puede ser tan simple como encontrar una única causa. Hay que buscar y rebuscar en esos años para entender un fenómeno tan complejo. Hay que viajar al pasado: 1643, 146 años antes. Francia entonces vive un esplendor bajo el mando de Luis XIV. Son 72 años de glorioso y exitoso reinado que colocan a Francia como primera potencia mundial. Desde Versalles, la residencia que hace construir a la altura de su magnificencia, mira al mundo con orgullo el Rey de Francia, el Rey Sol, un rey absoluto conocido precisamente por su forma de entender el gobierno de su territorio. "L'état, c'est moi", el estado soy yo, decía. Su heredero, el rey Luis XV, mantendría su aura y su poder absoluto, pero legaría el trono a su nieto, el futuro Luis XVI, con una situación nada cómoda.

Para los primeros años del reinado de Luis XVI, hacia 1775, los problemas se multiplicaban. El país acaba de salir de la Guerra de los Siete Años, una especie de pequeña guerra mundial muy desgastante que Francia perdería. Poco después, Estados Unidos declara su independencia, lo que implica una guerra contra los británicos que Francia apoya intentando debilitar con ello a su rival histórico, Inglaterra. Una nueva guerra que se suma al desgaste de las arcas nacionales. Así que para el año 1770, que llega el reinado de Luis XVI, el país está al borde de la quiebra, algo que afecta a todos los integrantes de la sociedad. La monarquía en bancarrota, incapaz de cualquier acción. Aristócratas en apuros con sus rentas cada vez más mermadas por la inflación. La burguesía insatisfecha y frustrada al ver como los aristócratas incapaces copan los puestos de poder y por el freno al desarrollo económico por la falta de unidad administrativa y las rígidas reglamentaciones. Pero la peor parte, como siempre, se la va a llevar el pueblo: el campesinado, los pequeños propietarios de tierra, los arrendatarios, es decir, el 80% de la población sufren la terrible inflación de los precios, pasan los efectos de las malas cosechas y lo peor y más injusto de todo es que tienen que pagar ellos la excesiva carga fiscal de ese régimen feudal. Es decir, mientras los otros estamentos, nobles y clero, no contribuyen, el pueblo con su sudor y su esfuerzo tiene que pagarlo todo. No solo pasaban hambre y sufrían, encima tenían que pagar la cuenta. Y mientras, ¿qué pasaba en Versalles? Fiestas y despilfarro. Luis XVI, un rey bueno pero pánfilo, se había casado con María Antonieta para unir la casa francesa a la de los Austrias después de siglos de enfrentamientos. Pero dio con una reina joven, ingenua y frívola, que en su ignorancia volcó su vacío personal en la superficialidad de la fiesta y el desenfreno. María Antonieta tenía 496 sirvientes, Luis XVI, 1857 caballos y 217 carruajes atendidos por 1458 lacayos. Todo ello mientras la aristocracia se sentía apretada, la burguesía abusada y frustrada y peor aún, el pueblo moría de hambre. Los sabios filosóficos de la Ilustración, como Montesquieu, pero en especial mi amigo Rousseau, proclamaron otro orden de las cosas y así fueron usados como guías, como inspiración. Además, la independencia de Estados Unidos era como la imagen en un espejo en el que podía reflejarse el pueblo. ¿Quedaba claro? El Antiguo Régimen estaba colapsando, no funcionaba. Había que cambiarlo por un modelo más eficiente, pero sobre todo más justo. El problema, el de siempre: que nadie quería ceder. Se necesitaba fuego. Esto solo podía cambiar si todo estallaba por los aires. Pero para llamar a la acción muchas veces se necesita un enemigo visible, una cara contra la que descargar toda la rabia. Sabiendo esto, algunos nobles cercanos al rey, como Luis Felipe, segundo Duque de Orleans y primo del rey, comenzaron a conspirar esparciendo bulos sobre la reina y sus fiestas. Sus prácticas sexuales escandalosas, orgías lésbicas y bacanales, todo falso. Y tejiendo complots para desestabilizar, porque estando todo desde el famoso Palais-Royal, se trenzaba una red de incitación al odio a la monarquía que cada vez iba calando más, centrando todo en una culpable: la "furcia austriaca". El rey tarde y torpemente intentó solucionar el entuerto. Así se sucedieron reformas una tras otra. En 10 años circularon ministros diferentes de finanzas: Turgot, Necker, Calonne, Brienne. Incluso invocó a la aristocracia a una asamblea de notables para ver si podían contribuir más y así reducir la crisis económica del país. Pero claro, nadie quería ceder sus privilegios. Esta es la revuelta de los privilegiados, la que será la mecha de la revolución.

Es así como llegamos a ese fatídico año 1789. Luis XVI no encuentra otra solución a la bancarrota que convocar los Estados Generales para pedir financiación. Este se trataba de un órgano histórico francés de consulta que aglutina los tres estamentos sociales: clero, nobleza y pueblo llano. Miren si la situación era desesperada. Los Estados Generales en Francia no se convocaban desde 1614. De esta manera, el 5 de mayo de 1789, vamos a la sala del Menus Plaisirs en Versalles, una sala que se usaba para representaciones y fiestas en el palacio. Esta es vaciada y reconvertida para recibir un suceso histórico. Tiene lugar el encuentro de los Estados Generales de Francia. 1138 diputados: 291 por el clero, 270 por la nobleza y 577 por el pueblo llano. Entre ellos había algunos que serían célebres y quizás te suenan como el abate Sieyès, Robespierre, el Conde de Mirabeau o su líder, el decano Jean Sylvain Bailly, que por cierto se trata de un famoso astrónomo que estudió, por ejemplo, los anillos de Júpiter. Pero esta reunión no convence al pueblo. Tengan en cuenta un pequeño detalle: en estos Estados Generales se reunían los tres estamentos a la vez, no clero y pueblo (el tercer estado). Pero solo había un voto por grupo. El pueblo, que incluía la burguesía y con ello contaba con el 97% de la población, solo tenía un voto, claro, y nobleza. De esta forma podían aliarse para echar atrás cualquier reivindicación y encima eran los únicos que pagaban impuestos. En esta época se había puesto de moda una proclama recibida desde las anteriores revoluciones: "No hay imposición sin participación". El pueblo exigía ser representado. Querían una asamblea sin estamentos, sin división de clase. Y entonces ocurre algo increíble. Miembros del clero y de la aristocracia por solidaridad se unen al tercer estado en su reivindicación. Se vota y es aprobado. Queda proclamada la Asamblea Nacional. Primer golpe al Antiguo Régimen. El rey obviamente no está contento, tiene que actuar. Así, unos días después, pasa por la asamblea para disolverla. La sesión concluye. El primer y el segundo estado se van, pero el tercero permanece. Y cuando el rey manda a un miembro de seguridad para disolverlos, un diputado, Honoré Gabriel Riquetti, Conde de Mirabeau, se levanta y replica: "Dile a tu amo que estamos aquí por voluntad del pueblo y que solo nos retiraremos por la fuerza de las bayonetas." Ya tienen cuerpo la Asamblea Nacional y desde ese momento también una misión: crear una constitución para el pueblo, pero el rey no se lo pondría nada fácil.

20 de julio. En la siguiente sesión, los diputados se encuentran con la puerta de la sala cerrada y protegida por seguridad. Entonces, uno de los diputados, un antiguo jesuita bajito y de palabra dulce reconvertido en médico, propone ir a reunirse a otra sala, la cancha de frontón de Versalles. Es buena idea, acuerdan. Allí se juntan los diputados de forma improvisada y a espaldas del rey y se lanzan un juramento: el de no separarse nunca y en ningún caso hasta haberle dado al pueblo francés una Constitución. Por cierto, si te preguntas quién era este médico bajito y dulce que mencioné antes, su nombre Joseph Ignace Guillotin. ¿Te suena? El juramento fue votado por unanimidad. Bueno, excepto uno de los diputados. Es así como la Asamblea Nacional se transforma en Constituyente. Es el inicio de la Revolución Francesa. Vítor es alegría y esperanza. Se está haciendo historia. De hecho, ese día se vuelve un símbolo de la revolución y se quiere conmemorar con un cuadro comenzado por David poco tiempo después de iniciarse la revolución a petición de los jacobinos. Ese juramento que se hicieron los diputados ese 20 de julio de 1789 en esa sala de frontón. Y ahora ya podemos entenderlo y admirarlo en todo su esplendor. Está plagado de símbolos relacionados con la revolución: los religiosos de diferente credo abrazados, simbolizando la tolerancia. Algunos personajes famosos como Robespierre o Mirabeau, el pueblo apoyando desde la ventana, las cortinas vibrando por los vientos del cambio. Incluso si buscan...

Bien, seguro que ven al diputado que votó que no. Pero ante todo, lo importante: dos emociones, el júbilo, el alborozo, la agitación y la alegría del momento. Y también la unidad del grupo, que se refleja en sus brazos. Todos se encuentran señalando al líder del movimiento, el primer presidente de la Asamblea y primer alcalde de París, el astrónomo J. Silván Baile. Simplemente glorioso.

Y mientras el pueblo, inflamado por el hambre y alentado por los conspiradores que azuzaban su odio, y enfurecido por la destitución del ministro de finanzas, Necker, el defensor del pueblo, convierte las buenas intenciones en violencia, las letras en sangre. Primero, ante la amenaza de una represión militar por parte del rey, decide armarse para defenderse. En Les Invalides consiguen las armas, pero esto no sirve de nada sin la pólvora. Habían llevado unos días antes 250 barriles a la Bastilla. Se trataba de una cárcel, además, símbolo del poder absolutista, por donde, por cierto, habían pasado ilustres como Voltaire o el Marqués de Sade. Es así como el pueblo se lanza a tomar la Bastilla y lo consiguen finalmente el 14 de julio. Consiste en una de sangre y de terror que acaba favorablemente para el pueblo. Ahora, con las armas y la pólvora, ya tiene cómo defenderse. El pueblo se hace con el control del fuego.

Y hay un segundo momento con el asalto del Palacio de Versalles. 5 de octubre, movidos por el hambre y el odio alentado por los conspiradores y las publicaciones subversivas, una masa ingente de mujeres, unas 10.000, marcha bajo la lluvia desde París a Versalles. Entran en el palacio y amenazan a los reyes. Ahí se da la famosa escena en la que la reina tiene que salir al balcón para calmar al pueblo. Los reyes son escoltados, o mejor dicho, quizás eh, secuestrados. En fin, son trasladados a París. Quedarían encerrados en el Palacio de las Tullerías, libres, o mejor dicho, libres porque estaban continuamente vigilados. El pueblo quería a los reyes bajo control. La revolución se había vuelto violenta.

Mientras tanto, en la Asamblea se dan otros logros intelectuales, como la evolución de los derechos feudales o la elaboración de la Carta de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, firmada el 26 de agosto de 1789. Es el segundo gran golpe contra el Antiguo Régimen. Entonces, todo se tambalea. El rey ha perdido completamente el control. En este momento, muchos nobles y personas afines a la monarquía, ante la escalada de odio y de violencia contra ellos, abandonan el país, dejando todo atrás. Es el "Grand Peur" o Gran Miedo, una oleada de migraciones ante el pánico a los efectos de la revolución.

Todo esto ocurría en 1789, el mismo año en que Lavoisier publicaba su tratado. Y siendo esta una revolución contra los privilegiados y Antoine y su esposa de la nobleza, te preguntarás, ¿no estaban acaso en peligro? Pues realmente, no del todo. Es verdad que sintieron de cerca los efectos de la revolución. En agosto de 1789, Lavoisier escapó por poco de un linchamiento fortuito y el día de la marcha de las mujeres sobre Versalles, la turba atacó el carruaje de Marie y la forzaron a bajar y marchar con ellas a Versalles. Y por razones obvias, podían sentir que estaban en el punto de mira. Por ejemplo, los Lavoisier eran cercanos a la realeza, nobles y ciertamente ricos. Pero Lavoisier se sentía a salvo. No solo por ser una persona libre de corrupción, recta e íntegra y muy humilde, por cierto, nunca llegó a usar su título nobiliario. Es que siempre, además, se mostraba preocupado por el bien social. Desde el comienzo de su carrera científica, buscó la forma de aplicar su talento a la sociedad. Sus primeras investigaciones de adolescente fueron sobre el alumbrado público y la distribución de agua, pero también trabajó en mejorar la condición de los enfermos en los hospitales. El más grande hospital de París, el Hôtel-Dieu, estaba en un estado lamentable. Lavoisier dedicó un año a hacer un análisis completo: falta de camas, ineficiencia, mala higiene, con una propuesta alternativa: cuatro hospitales a las afueras de París en los cuatro puntos cardinales.

Tampoco Lavoisier se olvidó de los presos, verdaderos marginados socialmente, vivían en unas condiciones inhumanas. A petición del ministro de finanzas, Necker, Lavoisier hizo un informe, en un trabajo coordinado por él mismo, para evaluar el estado de las prisiones de París: hacinamiento, enfermedades, suciedad. Los presos no tenían ni agua para limpiarse. Lavoisier hizo un plan para garantizar las buenas condiciones de los reclusos: alcantarillado, agua corriente, ventilación o espacios separados. Y todo esto lo hacía, como lo hacía todo, de manera rigurosa, obsesiva, tenaz, dando siempre lo mejor de sí. Pero es que además, antes de que comenzara la revolución, él ya era un activista reformista y cuando la revolución llegó, abrazó los principios liberales como un revolucionario más. Trabajó muy cerca con el ministro de finanzas Turgot, 15 años antes de la revolución, intentando reformar el país para resolver el problema financiero, quitando privilegios, liberando aranceles, impuestos y monopolios con principios ilustrados y reformistas.

"No nos dejaremos guiar por lo que hicieron nuestros padres, pues actuaron mal. No nos limitaremos a repetir viejos abusos. Ha llegado la era de la Ilustración y hoy debemos hablar con razón y reclamar los derechos imprescriptibles de la humanidad."

Y no solo con las finanzas, una de las principales causas del colapso del Antiguo Régimen, sino también actuó con el reparto político. Lavoisier formó parte activamente en asambleas previas a la revolución, luchando para conseguir más participación de las clases perjudicadas. Escribió: "Los parlamentos ya no son representativos porque el pueblo, es decir, la parte de la nación más numerosa, la más trabajadora, la que más sufre y desde este punto de vista la más respetable, no es consultado. Pues se trata de representar a la nación, el individuo más insignificante tiene los mismos derechos que el más importante."

Aunque su proyecto más altruista y con mayor proyección fue otro, capital también para el país: mejorar la calidad de vida y bienestar de las personas del campo. Compró en 1778 una finca en Frechins y la estuvo gestionando él mismo durante 15 años con un objetivo: optimizar, usando la ciencia, el cultivo y la ganadería. Tomaba distintas variables y las iba estudiando: cambiando el tipo de cultivo, el abono, la extensión, el barbecho. Y lo mismo hacía con el ganado, buscando con ello siempre el máximo rendimiento. Consiguió en este pequeño tiempo duplicar el rendimiento. Por supuesto, todo lo acompañó de rigurosos informes que presentó a la Academia de la Agricultura.

Y cómo no, su visión vanguardista no dejó de lado la educación. Fue un completo reformador en esta materia, muy adelantado incluso al pensamiento revolucionario, buscando una educación dada por el Estado, pública, que fuera laica, gratuita y universal para todos. Escribió con ello un informe, "Réflexions sur un plan d'instruction publique", que presentó a la Asamblea Nacional en 1791, al que siguió un plan para la oficina de artes y oficios, desde primaria y secundaria hasta los estudios superiores, un informe completo con números de escuelas y dónde ubicarlas, así como todo el currículum de las escuelas: lectura, escritura, aritmética, botánica. Todo ello con una visión pedagógica muy avanzada. Recomendaba, por ejemplo, visitar museos para motivar a los alumnos o una formación integradora de las ciencias y las letras.

Como ven, Lavoisier, además de ser un gran químico, fue un excelente administrador, estadista y reformador. Sí, Lavoisier abrazó la revolución. Era un revolucionario y no por miedo, sino por principios. Se sentía un hombre leal a su país, íntegro y honesto y útil. Y con ello pensaba, estaba seguro de que estaría protegido. Se equivocaba. Creía que sus logros y su espíritu le protegerían. Había olvidado la otra cara del alma humana: la envidia.

Todo iba a estar propiciado por otro de los giros de la revolución. Es el conocido como "El Juramento de los Horacios". Estamos ante otra obra maestra del Neoclasicismo. Una delicia con un dibujo preciso, iluminación teatral y composición geométrica en tres grupos. Y de nuevo, siguiendo los conocidos cánones clásicos. 1791, la revolución marcha maravillosamente bien. Por un lado, la Asamblea Nacional ya tiene la ansiada Constitución, la primera Constitución revolucionaria. Y la Constitución prescribe cosas muy avanzadas a su tiempo: división de poderes al estilo Locke y Montesquieu, el poder ejecutivo en el rey, el legislativo en una Asamblea Legislativa y el judicial en unos jueces, pero también sufragio sensitario, declaración de derechos, liberalización de la economía, centralización de la administración. Es decir, se recogían en la Constitución muchas de las proclamas revolucionarias. Con ello se tumban los privilegios, los derechos feudales. Sí, Francia se convierte en una monarquía constitucional de corte liberal al estilo inglés. Es el fin del Antiguo Régimen. El rey, Pánfilo, Luis XVI, simplemente accede. Y por otro lado, comienza Francia a mostrar orgullo revolucionario. Se extienden los símbolos de la revolución, como los escarapelas, las fajas o el gorro frigio. Muchos nobles y sacerdotes se unen felizmente a los principios de la revolución. Algunos por principios, otros, obviamente, por miedo.

Pero aunque la cosa pintaba bien en este punto, como en todo movimiento popular, no tardaron en surgir las facciones. Los más famosos, los Jacobinos como Robespierre, llamados así por reunirse cerca de una iglesia de San Jaques. Por otro lado, los Girondinos, por decirse que provenían de la región de la Gironda, por Burdeos. Pero vamos también a remarcar a unos menos conocidos, pero muy importantes para este vídeo: los Cordeliers, como Danton, llamados así por reunirse en un convento de la orden franciscana. Los franciscanos, como eran famosos por su voto de pobreza, usaban una soga en lugar de un cinturón. De ahí ese cordón, Cordeliers. Y estas facciones tenían formas muy diferentes de ver cómo debería llevarse a cabo la revolución: desde la izquierda más moderada, son los Girondinos, o los más radicales, los Jacobinos, incluso los extremistas, los Cordeliers. Y estas últimas representaban a las clases más populares, los sans-culottes, que además tenían otra ventaja: estaban mucho mejor organizados en clubs, que por cierto, por dónde se sentaban estos grupos en la Asamblea, hoy marcamos esta división de izquierda, derecha y centro. Dato curioso. Pero lo importante en este punto era inevitable que estas facciones acabaran enfrentadas. Una forma de acabar con esta desunión, pensaban unos, es encontrar un enemigo común. Algo muy sencillo, lo tenían a mano: los contrarrevolucionarios, aquellas personas que desde dentro del país o desde fuera defendían el antiguo orden, querían acabar con la revolución. Una guerra exterior que, creían, podía ayudar, les uniría y a la vez, con esta guerra, sería fácil ver quién es un verdadero patriota o un traidor. Y finalmente, también podían llevar los principios revolucionarios fuera de su país, una especie de acto misionero. Los contrarrevolucionarios, por su parte, pues también querían la guerra, pero por causas completamente diferentes: una derrota a manos de los austriacos y prusianos les devolvería al Antiguo Régimen, o eso pensaban.

Es así como el 3 de septiembre de 1791 se vota en Asamblea la declaración de la guerra a Austria y Prusia, y gana el sí. El rey, con lágrimas en los ojos, firma la declaración de guerra a sus familiares. El pueblo se desborda de alegría. La guerra podía ser la cura de todos los males, pero con fervor solamente no se ganan las guerras. Con un ejército mal armado, mal preparado, no tardan en llegar las primeras derrotas fuera de Francia. Y tras ello, la respuesta de los enemigos. 4 de agosto de 1792, el ejército prusiano invade Francia. Toman fácilmente la ciudad de Verdún y avanzan hacia la capital. Corre el temor por Francia. Hay que proteger París. Hay que proteger la revolución. Así, de todas partes llegan voluntarios para defender la capital. Como un grupo de Marsella que marchaban cantando una tonadilla. Se convertiría en el himno de la revolución y del país: La Marsellesa.

Y es ante el temor de la invasión extranjera que la revolución se radicaliza y que se simboliza con la acción más sanguinaria que el pueblo parisino ha cometido hasta el momento: asaltando el Palacio de las Tullerías, donde estaban recluidos los reyes, sospechosos de haber traicionado la revolución desde dentro y por su intento de fuga, son enviados a prisión en la fortaleza del Temple. Se establece un nuevo orden, guiados por una nueva camada revolucionaria más radical: Danton o de Moulin, comandados por el líder, Maximilien Robespierre. Se extreman entonces los medios, se hacen levas obligatorias, reclutando obligatoriamente a miles de personas de todos los rincones del país y toda la producción del país se vuelca al esfuerzo de guerra. Es la primera reacción a escala nacional a una invasión en la era moderna. El fuego recorre el país. Pero de este esfuerzo legítimo y natural de defensa contra la invasión, surge un lado oscuro de la revolución, cuando encuentran que no solamente tienen que protegerse del enemigo exterior, sino también del desarmado e indefenso enemigo interior. Tan pronto como un año antes, 1791, antes de la invasión prusiana, comienza el ajusticiamiento preventivo contra los traidores, contra revolucionarios, nobles y el rey, traidores de la nación, enemigos de la revolución que se esconden a la espera de la llegada del invasor. Son los enemigos que hay que ejecutar, ya sea de forma demostrada o tan solo supuesta. Se entra en las cárceles y se ejecuta a más de 13.000 presos políticos. Se impone la revolución y comienza a ser un peligro ser sospechoso de no abrazar sus principios, como la igualdad. Ya deja de decirse "Monsieur" para hablar de "Citoyen", ciudadano. Ya no se habla de "Vous", sino de "tu". Todos somos iguales. Cunde la paranoia. Todos son sospechosos.

Finalmente, y gracias a los grandes esfuerzos colectivos, el ejército prusiano es vencido en Valmy. 22 de septiembre de 1792, se da la espalda al rey y se declara la República Francesa, gobernada por un nuevo órgano, la Convención Nacional, Poder Legislativo y Ejecutivo de la Nación Francesa. El rey y la reina son juzgados y declarados traidores. Son ejecutados en 1793 en la Plaza de la Revolución, ante la mirada de miles de personas. A esto le sigue una Constitución, la del 24 de junio de 1793, aún más avanzada, liberal, con sufragio universal, soberanía popular o derechos fundamentales como la educación o el trabajo. La revolución ha triunfado definitivamente, está en su cúspide, en su apogeo. Y sí, se ha tumbado el Antiguo Régimen y sí, han alcanzado principios más justos, pero la verdad, mirando atrás, la cosa no parece haber mejorado en absoluto para la gente, para el pueblo. Cada vez más de los suyos tienen que ir al ejército a luchar. Los campos se abandonan, la inflación no para de crecer. Y con respecto a lo que importa de verdad, la economía, siguen igual o peor que cuando la revolución empezó. Se dice que al pan se le añade serrín para que cunda más. Pero, ¿cómo puede ser que después de tanto cambio todo siga igual?

Primero, porque hasta ese momento el principal beneficiado ha sido la burguesía: abogados, comerciantes, médicos, miembros del Tercer Estado, pero burgueses. Son ellos, y no el campesinado o el trabajador, los que más se han beneficiado de los cambios y más se han enriquecido. Más lo de siempre: la corrupción y la torpeza de la gestión de la riqueza hizo que esta no llegara a todas las manos. Por ejemplo, una de las medidas que se tomó para mejorar las finanzas del país fue la desamortización del clero, literal, quitarle las riquezas, las propiedades a la Iglesia. Componía el 5% de la superficie del país con un valor de 2 billones de libras de aquel momento. Es una barbaridad. Un montón de dinero que se gestionó emitiendo "assignats", como unos bonos, papel moneda que representaba esas tierras, el valor que tenían. El problema es que estos bonos eran fácilmente falsificables y, peor aún, que su mala gestión provocó una terrible inflación. Se emitieron 400.000.000 de "assignats" en 1790, 4.000.000.000 en 1793, llegando a 45.000 millones en 1796. Para entonces ya no valía nada y la ira del pueblo se descargó contra esas máquinas de imprimir papel. Pronto la población recurrió a esconder su pequeña riqueza y acudir al trueque.

Todo ello favoreció que hubiera una sección de la población parisina que montara en cólera, un grupo no politizado, no organizado, que se hacían llamar los "Enragés", los enfurecidos. Empieza a verse mal acaparar y se pide también igualdad de goce. Aparece con ello una nueva coyuntura política. Habrá que aprovecharla, debieron pensar algunos. Es así como los líderes jacobinos, como Robespierre, van poco a poco políticamente alineándose con los "Enragés" y alejándose de los Girondinos, radicalizándose más aún, y con los Cordeliers, ganando también el apoyo de los indecisos en la Convención hasta hacerse con la mayoría en esta Asamblea. 1793, los jacobinos radicales mandan e imponen unos nuevos valores, una nueva moral, atacando directamente como traidor a cualquier persona sospechosa de ir en contra de esos valores hasta llevarlos a la muerte. Llega a la revolución el tiempo del Terror. En nombre de la libertad se cesan las libertades. Se convierte Francia en una dictadura del terror. Se crea un Tribunal Revolucionario y un Comité de Salud Pública, formado por cuatro miembros, entre ellos Danton, Lebas y Maximilien Robespierre. 31 de mayo de 1793 se pide a la Asamblea la detención de 29 diputados girondinos. Robespierre se asegura de acabar con todos sus enemigos, con su principal aliado, su brazo derecho, Saint-Just, el arcángel del terror. Decenas de ejecuciones diarias. Declara que no solo hay que matar a los disidentes, también a los tibios, haciendo tristemente famoso como símbolo de la revolución a un instrumento: la guillotina. Un dispositivo que ya existía tiempo atrás, perfeccionado por el médico revolucionario Joseph-Ignace Guillotin, del que toma su nombre. Se calcula que entre 20.000 y 40.000 personas fueron ajusticiadas de esta triste manera. Y detrás de este nuevo orden de cosas, como siempre, había una maquinaria propagandística para exaltar los bienes del terror, su necesidad y también para subvertir a sus enemigos. Se cambia el calendario oficial. El año uno sería el año del comienzo de la República. Cambian también los nombres de los meses y de los días. Incluso se crea una nueva religión donde se santifican a los líderes de la revolución como Danton o Robespierre y se glorifica, se venera al Ser Supremo. Incluso se hace una ceremonia para homenajear a este nuevo Dios por todo lo alto, con las más altas galas, todo furor y todo colorido. Así nacía el reino de la virtud, impuesto por el terror y bajo el mando de Maximilien Robespierre, el incorruptible.

"Si el resorte del gobierno popular en tiempos de paz es la virtud, el resorte del gobierno durante la revolución son al mismo tiempo la virtud y el terror. La virtud sin la cual el terror es mortal, el terror sin el cual la virtud es impotente."

Con esta virtud cívica en mente, la admiración por la cultura clásica, el republicanismo romano como ejemplo y las ideas de Rousseau, del bien común como ideal, ahora ya podemos entender el cuadro anterior. "El Juramento de los Horacios" fue pintado por Jacques-Louis David unos años antes de la revolución, con la intención ya en su época de mostrar el virtuosismo de los valores republicanos por encima de los del Antiguo Régimen, donde se coloca el interés común por encima del interés personal. La escena representa a los Horacios romanos, trillizos, hijos del romano Publio Horacio. Los tres reciben con dignidad y en un juramento las armas que su padre les da para la guerra contra los Curiacios, trillizos de la ciudad rival. El pacto implica que la disputa entre las ciudades se resolverá en una lucha contra los trillizos rivales. En el otro lado del cuadro, las hermanas de estos lloran su inminente partida y la consecuente tragedia. Una de las hermanas, Camila, está casada con uno de los rivales de sus hermanos, los Curiacios. Perderá un hermano o un marido. Los hijos aceptan con honor su destino, tomando las armas con las que saben van a morir. En una época de simbolismos, los valores greco-romanos son tomados como representación de la virtud rousseauniana: el bien de la República por encima del bien personal.

Y en este nuevo orden tomaron mucho poder personalidades en claro ascenso: jacobinos y cordeliers de la extrema izquierda radical, personajes como Robespierre, Danton o Saint-Just, el arcángel del terror. Pero había entre ellos uno especialmente poderoso y querido por el pueblo que iba a dar un giro radical a nuestra historia. Composición sobria, sencilla, en disposición horizontal, contornos nítidos y uso comedido de la luz para dar dramatismo. Otra joya de la mano de David, que de hecho es considerada su mejor obra, representa un personaje clave de esta fase de la revolución del terror. Se trata del suizo Jean-Paul Marat.

Nació el mismo año que Lavoisier, el 24 de mayo de 1743, en Boudry, Suiza. Cuenta que fue su padre quien le transfirió el amor por la lectura y su madre su amor por las causas justas. Deja su casa a los 16 años dirección a París, donde estudia medicina pero sin titularse. Y cambia su apellido Amarat para sonar más francés. Entonces se muda a Londres en 1765 y lo hace para trabajar allí de médico. Se instala en el barrio del Soho, un lugar ideal para alguien como él. Entonces, el Soho era un buen refugio para franceses protestantes y también para hacer buenas conexiones. Tanto que lo hizo que debió incluso formar parte de una logia masónica. También comienza a moverse por el círculo intelectual y artístico de Londres. Conoce a los pintores Antonio Sarchi y Angelica Kauffman, la gran artista suiza, a la que más tarde Marat se jactaría de haber seducido. Pero más que conexiones, lo que necesitaba y urgentemente eran clientes, así que usa el que con el tiempo veríamos es su mejor talento: la pluma. Recurrió al marketing y la visión empresarial. "Si quiero buenos clientes", se dijo, "¿por qué no fijarse en las enfermedades venéreas? Algo típico de ricos." Así lanzó una campaña por panfletos anunciando nuevas terapias poco convencionales y resultados milagrosos. Presumía de mezclar lo tradicional, la sangría, con lo moderno, usando la nueva ciencia de la electricidad para conseguir con ello resultados espectaculares. Por supuesto, la campaña fue un éxito. Pronto Marat, con su talento para el marketing, le iba a ir muy bien. Estaba cubierto en una relativa riqueza, pero eso para él solo era una forma de ganarse la vida. Las amplias miras de Marat estaban puestas en otra parte. Desde joven él lo tenía claro: su lugar era el panteón de los elegidos con Newton o en especial, Rousseau. Su lugar era la gloria eterna. A los 5 años quería ser maestro de escuela, a los 15 profesor, a los 18 escritor, a los 20 genio creativo. Lo intentaría con la filosofía, creando una "ciencia del hombre". Sería el primero en mezclar la medicina y la fisiología, lo moral y lo físico, y todo girando alrededor de una convicción: el error del materialismo y la primacía del alma humana. Pronto, pensaba, él sería aclamado como el nuevo Descartes. Pero tras sus primeras publicaciones, la reacción no fue como esperaba. Por sus escritos filosóficos, recibió amplias críticas, las más duras, de alguien que en el fondo admiraba: de Voltaire.

"Hay que empezar por hacer justicia a todos los que han intentado darnos a conocer al hombre, al menos para ganarse la buena voluntad del ser del que se habla. Y cuando no se tiene nada nuevo que decir, salvo que la sede del alma está en las meninges, no hay que prodigarse en el desdén por los demás."

Primer fracaso, seguramente era envidia, pensó, pero no se iba a rendir. Las décadas que siguieron a las revoluciones inglesas fueron años muy agitados políticamente. Marat ahí encontró un filón. Sí, es así. Aplicaría su filosofía y su talento con sus ideales rousseaunianos para hacer campaña por las libertades, la voluntad del pueblo o la democracia y con ello alcanzaría su ansiada gloria. De esta manera compuso "Chains of Slavery" en 1774, "Cadenas de la Esclavitud". Según su propio testimonio, tardó 3 meses en escribirla, viviendo solo de café negro y durmiendo 2 horas al día, y que cuando terminó, durmió 13 días seguidos. Pero por mucho empeño que puso, tampoco parece que le fuera demasiado bien con este nuevo proyecto. Seguro pensó que fue por pura envidia. Poco después, 1776, Marat deja Inglaterra de forma abrupta. No se sabe bien por qué, si por los enemigos políticos que se hizo por su estilo agresivo o por las deudas que acumuló. Lo que sí sabemos es que pronto, en ese año, estaría el suizo llegando a la ciudad en la que viviría el resto de su vida como un reputado médico formado en Inglaterra. Marat vuelve a París, toca buscarse la vida y Marat lo haría siguiendo la misma estrategia que siguió en Londres: autopromoción, marketing y picaresca. El abate Lavoisier publica en una revista médica, "La Gazette de Santé", una carta. Una marquesa sufre tuberculosis incurable y no para de sufrir. Ningún médico era capaz de curarla. Entonces aparecía un médico inglés que en muy poco tiempo fue capaz de curarla. Es un milagro. Los editores de la revista respondieron al artículo pidiendo al misterioso médico inglés, si es que llegaba a leer la revista, que compartiera ese remedio milagroso con el mundo. ¿Qué tan importante era? Rápidamente, a la carta respondía un doctor, contando su milagrosa terapia y sus conocimientos médicos y cómo quería entregárselos al mundo altruistamente para su beneficio. El artículo estaba firmado por el médico inglés, el Dr. Marat. Obviamente, Lavoisier, la marquesa y el editor de la revista, todos eran amigos de Marat. El objetivo: vender al médico suizo a la opinión pública. Y funcionó a las mil maravillas. Un pez gordo no tardó en picar. El conde d'Artois, hermano menor de Luis XVI, quien llegaría a subir al trono como el rey Carlos X. Éxito total. Con esta campaña de marketing, pronto Marat tendría una cómoda posición en París gracias a los numerosos pacientes y vendiendo muy cara sus medicinas y sus consultas. Pero pronto la situación se torcería. Desde la Academia de Medicina veían sus procedimientos médicos como irregulares, Marat como un mero charlatán. Un médico de la Academia muy renombrado, Félix Vicq d'Azyr, incluso pidió la expulsión de Marat de París, alegando que muchas personas habían muerto en sus manos. Marat, por su parte, sentía que todo era un complot fruto de la envidia. Con toda esta sospecha de fraude delante de él, tocaba virar de nuevo de rumbo. Con los vacíos llenos. Y ante esta amenaza, ¿por qué no retornar a su sueño de joven, sus ansias de gloria inmortal? Probaría ahora no con la filosofía, sino con otra de sus pasiones. Él se convertiría en el científico líder de su generación. Sería, sin lugar a dudas, el heredero de Isaac Newton. "El propio Isaac Newton y todos sus contemporáneos serían eclipsados por un nuevo grupo de filósofos en un campo de especulación completamente nuevo." 1778, Marat se sumerge en la física experimental, pero de nuevo, poca sorpresa, no le va demasiado bien. Una década después, 1788, está agotado y desengañado, frustrado por tanto fracaso. Se siente perseguido, se encuentra tan mal que cae profundamente enfermo de muerte. Es en ese momento que recibe la noticia de que el rey va a convocar los Estados Generales. Milagrosamente se recupera. Era, piensa, una llamada del destino. Tenía que dedicar su talento, su pluma, a defender al Tercer Estado, al pueblo.

Desde el principio se vuelca con la revolución. Escribe una obra en febrero, "Offrande à la Patrie", "Ofrenda a la Patria", que él dice fue un éxito muy grande, incluso pasaría la acción de nuevo. Él dice, "inchequeable", que el 14 de julio, el día de la toma de la Bastilla, viene al comienzo de la revolución. Cuando un grupo de soldados alemanes cruzaba el Pont Neuf para ir a sofocar la rebelión, él consiguió alertar un grupo de parisinos para detenerles, que si no fuera él, diría, se habría acabado todo. Básicamente, no habría habido revolución. Y con su estilo ácido y agresivo y sus textos mordaces, se va convirtiendo poco a poco en un personaje odiado, incómodo para todos, y especialmente para los monárquicos y los revolucionarios más tibios, más moderados. Y más aún cuando fue frecuentando ambientes de los Cordeliers, la extrema izquierda del revolucionario Danton. Y ahí llegó su pleno ascenso, que tuvo lugar con un periódico que él editó bajo el nombre de "L'Ami du Peuple", "El Amigo del Pueblo". Lo usó para, con su lenguaje ácido, atacar a quien se pusiera en su camino. Ministros, la Asamblea, todos eran para él enemigos de la Constitución. Nadie se salvaba a su afilada pluma. Por todo ello, no paró de ganar enemigos, algunos muy poderosos. Y el periodo entre 1789 y 1792 fueron años muy peligrosos para él, donde fue encarcelado un mes, luego exiliado a Londres y finalmente perseguido, viéndose obligado a esconderse por periodos en las catacumbas y cloacas de París. Supuestamente, durante esos años, frecuentando estos lugares inhóspitos e insalubres, se contagió de una enfermedad en la piel que le acompañaría el resto de su vida. Hoy, por análisis modernos de la sangre encontrada en sus papeles, se piensa que se trata de dermatitis seborreica, es decir, hongos.

Solo el 10 de agosto de 1792, el día del asalto al Palacio de las Tullerías, volvía Marat a dar la cara a la vida pública. La revolución se estaba radicalizando. Era el momento de los grandes líderes populistas: Robespierre, Danton, Hert, en especial cuando toman la Convención y la dirigen hacia el gobierno del terror. En abril de 1793 se forma el Comité de Salud Pública para perseguir y ajusticiar a los enemigos de la revolución, con nueve miembros: Danton, Carnot y por supuesto, también Marat. De hecho, entre ellos, fue uno de los más poderosos e influyentes. Finalmente, su momento había llegado.

Sí, Marat fue una persona muy sombría. De hecho, un antiguo amigo de Marat de su época científica, también convertido en revolucionario, lo definió así: "Un excamarada brillante e intensamente ambicioso, inspirado inicialmente por un sueño de libertad política, pero arrogante, inseguro, susceptible, hambriento de gloria, propenso a la ira y algo fanfarrón, un carácter inestable destinado a ser transformado por el fracaso y la frustración en un peligroso maníaco revolucionario." Y no solo era sombrío, también era muy, muy peligroso. Justificó las masacres de septiembre, 10.000 personas ejecutadas en las cárceles sin motivo. Fue un regicida, contribuyendo a la muerte del rey Luis XVI. Instigó la radicalización que dio lugar a la masacre del Campo de Marte, pero en particular, fue partícipe directo de la ejecución de los Girondinos que tuvo lugar durante el periodo más oscuro del Gran Terror.

"¡Nunca olvidéis las sublimes palabras del profeta Marat! 'Sacrificad 200.000 cabezas', dijo, 'y salvaréis un millón'." Su obra de vida está manchada de sangre, de sangre inocente. Y lo peligroso andaba en que fue un personaje muy temido, pero también muy querido por el ala más radical de la revolución y por lo tanto, por gran parte del pueblo. Esa combinación de ser peligroso y ser muy querido es lo que le daba tanto poder. En ese momento, 1793, cuando Marat está en su zenit, nadie estaba salvo si resultaba sospechoso o molesto a sus ojos. Y había alguien que tenía buenos motivos para temer su ira: Antoine Lavoisier. ¿Por qué? Vean.

Lavoisier y Marat coincidieron en París en la segunda etapa del suizo en la ciudad, hacia 1776. Para entonces, recuerden, Lavoisier está concluyendo exitosamente sus investigaciones sobre el oxígeno, comenzando su campaña contra el flogisto y dando acertados pasos para comprender la química de la combustión. Entonces llega Marat a París, donde comienza a trabajar como médico. También recuerden, con unas técnicas, digamos que, cuando menos, controvertidas. Acusado por miembros de la Academia de Medicina por sus prácticas dudosas, decide dar un giro y se propone retomar su sueño de juventud: ser el nuevo Newton. Un científico que estaba consolidándose en pleno ascenso y otro aspirante a hacerlo en la misma ciudad. Era inevitable, forzosamente inevitable, que en algún punto llegaran a coincidir, incluso a colisionar, especialmente cuando Marat pone su ojo precisamente en la química del fuego. Es verdad que trató otros temas como la teoría de la luz. Para él, la teoría de Newton en su famosa obra "Óptica" no estaba bien. La luz, al llegar a un prisma continuo, no podía refractar, como Newton decía, no tiene sentido. Así hace una teoría sobre la luz partiendo de los supuestos errores de Newton. "No es refracción lo que divide los colores", dice Marat, "sino su difracción." Según Marat, los experimentos de Newton eran engañosos y la tecnología usada por él estaba mal dirigida. Así, con todo, rehizo el trabajo de Newton y lo presentó como una obra revolucionaria. Fue ignorado. También probó con otro de sus temas de interés, la electricidad. Y aquí tenía mayor suerte porque el mayor genio de su época en la electricidad también vivía en París y se mostraba mucho más amigable: el genio estadounidense y padre fundador de los Estados Unidos, Benjamin Franklin. Fueron varias las veces que estuvieron en comunicación. Incluso se cree que Franklin pudo visitar su laboratorio en París, pero de nuevo sus ideas, donde negaba, por ejemplo, que hubiera dos tipos de cargas eléctricas, que era la propuesta científica del genio de Franklin, pues estas ideas no tuvieron mucho éxito.

Pero lo que verdaderamente daría un giro a nuestra historia fue cuando Marat puso sus ojos científicos en la ciencia del fuego y lo hizo, como siempre, soñando a lo grande. Su ambición no era pequeña. Quería ser para la ciencia del fuego lo que Newton había sido para la ciencia de la luz. Lo que Newton hizo con su prisma, lo haría él con su propio instrumento, el helioscopio. El helioscopio era una especie de microscopio de luz y lo usó de forma análoga a como Newton usaba su prisma. En una habitación oscura, ponía este helioscopio en una apertura fina en la ventana. Ese rayo de luz pasaría por el microscopio y la luz resultante sería proyectada en la pared. Y con los resultados que obtuvo, redactó una pequeña obra. 1779 publica sus estudios sobre el fuego con una nueva hipótesis: el fuego es una especie de fluido. Sí. 1779, precisamente en los mismos años en los que Lavoisier estaba desacreditando la química del flogisto, esa especie de fluido invisible, y en los que estaba demostrando el papel fundamental del aire y en particular del oxígeno en la combustión. Y aquí vino claramente el problema. Marat pidió a la Academia de las Ciencias que valorara su trabajo. El revisor de la Academia solo reportó de vuelta que los experimentos eran interesantes, y Marat lo tomó como una aprobación de sus resultados y de sus conclusiones. Así que publicó la obra anunciando que la Academia había reconocido su hipótesis, que era correcta. La hipótesis del fluido. Lavoisier, por supuesto, entró en cólera. Este fue el inicio del choque de la enemistad entre Lavoisier y Marat. Y aunque Marat pidió a los miembros de la Academia insistentemente que pasaran a ver sus experimentos, no sabemos si de alguna manera ambos llegaron a verse o coincidir. Parece que Lavoisier básicamente pasó bastante de él. Para Marat debió de ser todo esto muy humillante. De estos frustrantes 10 años de su vida, Marat sacó una lección: la culpa no era de él, era de la envidia de los académicos. La ciencia estaba secuestrada por la Academia, un club elitista liderada por ricos soberbios y engreídos que no la dejaban prosperar. Ese había sido el verdadero motivo de su fracaso científico. Los aristócratas del club científico corrupto y su envidia hacia él había que liberar la ciencia. La ciencia tiene que ser del pueblo.

Aquí llegan esos años complicados de su vida que ya narramos, donde tuvo aquella enfermedad, según él, que casi lo deja sin vida, hasta que recibe la llamada, la noticia de que se han convocado los Estados Generales. Vuelve a la vida con un sentido de misión: ser la voz del pueblo revolucionario. La Bastilla, la marcha a Versalles, la Constitución, el asalto a las Tullerías, mientras permanecía él oculto. Y finalmente se da su glorioso ascenso como uno de los más agrios y violentos activistas de la izquierda jacobina al mando de su periódico "L'Ami du Peuple", hasta que finalmente se da, asciende hasta el poder. Es uno de los selectos miembros del Comité de Salud Pública del gobierno revolucionario del terror. Seguramente entonces debió de acordarse de sus viejos enemigos de la Academia y su sueño: liberar la ciencia de la tiranía de los privilegiados y devolvérsela al pueblo, único verdadero dueño de la verdad. Había que tumbar la Academia de la Ciencia, símbolo del corrupto sistema estamental. Había que acabar con Lavoisier, y Marat tenía cómo conseguirlo. Lavoisier, sin darse cuenta, estaba en la diana.

Hasta ahora he presentado a Lavoisier intencionadamente como un ser absolutamente virtuoso, sin mácula, un ser perfecto. Pero como todo humano, también tenía sus defectos y cometía sus errores, lo que hacía que también, como toda persona, tuviera sus detractores, sus enemigos, personas que podrían tenerle rabia o envidia y que desearan, en el fondo, su caída. Por un lado, tenía una personalidad demasiado ambiciosa. Eso la hacía así: ser incansable, inquebrantable, imparable. Hacía de todo y todo lo hacía bien, pero el lado oscuro de la ambición le llevaba a ser negligente o abusivo con sus compañeros. Su famoso experimento, el de la cal roja de mercurio, no era de él, sino del químico inglés Joseph Priestley. En un viaje que hizo Priestley a Francia, fue a visitar a Lavoisier a su laboratorio y le contó de este experimento y el gas tan extraño que obtenía. Lavoisier tomó nota, se encerró, mejoró el experimento y superó al inglés, que en el fondo era defensor del flogisto. Lavoisier no solo repitió sus resultados, sino que hizo algo que no había logrado el sabio inglés. Aferrado al flogisto, le dio la explicación correcta al experimento. El gas que aparecía era un gas nuevo y Lavoisier le puso nombre: oxígeno, o generador de ácido. El gas que se fijaba en la reacción. En sus trabajos, Lavoisier tristemente no menciona en ningún momento a Priestley ni a Scheele, quienes hoy justamente son reconocidos como descubridores de este gas y no nuestro protagonista, Lavoisier. Lo mismo ocurrió con otro experimento que vimos y le hizo muy famoso: "El misterio del gas que se mezcla con el gas fijo y da lugar a gotas de rocío de agua", ¿se acuerdan? Bueno, pues de nuevo este experimento no era suyo. Antes Cavendish y Priestley hablaron de él y fue por ellos que Lavoisier lo descubrió. Lavoisier solo, que no es poco, tuvo el mérito de darle la explicación correcta. Aún así, nunca los mencionó. De modo que parece ser, como ven, que este era un comportamiento bastante común en él, un comportamiento difícilmente defendible. Así, su reacción irascible hacia Marat, escribiendo con insistencia a la Academia para que lo repudiaran, también se puede entender en este contexto. Cualquier científico que pudiera adelantarle o pisarle un descubrimiento era un rival para él. Es bastante seguro que este tipo de comportamientos le garantizaran no pocos enemigos.

Pero lo que ciertamente lo ponía como un blanco fácil para Marat era una de las ocupaciones de Lavoisier que ejerció durante al menos una década y que lo volvía sospechoso para la revolución. Antes, intencionadamente, pasé de puntillas por ahí. ¿Recuerdan cuando su abuela muere y recibe una gran herencia que usa para comprar participación en una importante empresa francesa, la Ferme Générale? Lo mencioné de pasada y también cómo se dedicó en esa empresa a labores administrativas y cómo se empeñó, con su eficacia y su minuciosidad, en hacerla funcionar mejor. Lo que yo no comenté fue en qué consiste esa peculiar empresa. Su forma de funcionar era muy sencilla. 1770, ellos, la Ferme, adelantaban el dinero de los impuestos de los trabajadores al rey y luego, por su parte, se encargaban de recaudar esos impuestos más tarde al pueblo con una parte extra de ganancia por ese servicio. Eh, para entendernos, esta Ferme era una mezcla entre la Hacienda Pública y un banco. En definitiva, una empresa muy solvente, lucrativa, pero que requería para pertenecer a ella de una gran inversión inicial. Ahí fue a parar la herencia que recibió Lavoisier de su abuela. Y el trabajo en esta empresa de Antoine era meramente administrativo, pero muy variado y exigente. Su función era doble: hacia los comerciantes, perseguir el fraude comercial; y hacia los recaudadores, supervisar su trabajo para...

Que no hicieran trucos, chanchullos. Y esta supervisión incluye muchos negocios, tiendas, aduanas, tabaco, casi todo. Pues en este trabajo la vocier sobresalió. Se mostró como siempre su talante ejemplar, trabajador, honrado, preocupado por los asuntos de la gente, ecuánime y muy brillante en la ejecución de sus tareas. Y con esto contribuía claramente a mejorar las finanzas del país y a optimizar su funcionamiento.

Aunque como imaginan, no todo el mundo apreciaría su devoción. Es cierto que con ciertos motivos los fermiers como la bossier eran personas muy odiadas por parte de la sociedad. Pero además tuvo otra ocupación que también lo puso en el punto de mira. Está también relacionada con el fuego.

La Bosier fue cercano a un ministro de finanzas reformistas, Turgot. Era obvio para entonces, 1776, que uno de los problemas que tenía Francia a nivel económico, bélico y político era relativo a la pólvora. La que producía Francia era de baja calidad, cara e insuficiente. Y es que estaba sujeta a monopolio con grandes comisiones, precios inflados, muy ineficiente y además todo el sistema muy corrupto. Y la que compraba del extranjero era aún más cara y lo que es peor, la silla dependiente de otros países, en especial de un posible rival, sus vecinos, los holandeses. Su mala gestión de la pólvora y su mala calidad fue una de las razones de que Francia perdiera la guerra de los 7 años.

Turgot se propuso entonces una reforma, creó una administración de la pólvora y puso a cuatro personas al frente, entre ellos a la mejor, que conocía para esta función, Antoine, laier. Antoine tenía todo lo que se necesitaba para ser la persona ideal para este puesto. Administrador eficiente, financiero sagaz y brillante científico. Analizó la situación al completo, tanto la parte estructural como la técnica. Estudió la composición de la pólvora químicamente. Combinó su experiencia como químico con su pasión por la geología y sus conocimientos como naturalista para optimizar la extracción de los componentes. En solo un año, Francia producía su propia pólvora, la de mejor calidad de toda Europa y a bajo coste y en cantidades que no solo no tenía que importar, sino que ahora podía vender. Así, la labor única de la boasier provocó un salto estratégico y bélico importante para su país y un impacto tremendo en su economía. Se calcula que ahorró 28,0000000 de libras de la época al país y aún así este trabajo también lo puso en el punto de mira de la opinión pública por trabajar a sueldo del antiguo régimen y ser sospechoso primero de corrupción y luego incluso de trabajar para los contrarevolucionarios. Nada de eso ocurrió realmente.

También la defensa de su amada Real Academia de las Ciencias, la que tanto le había dado a su vida, lo puso en una situación delicada. La institución fue creada en 166 bajo el gobierno del rey Sol, Luis XIV, por el ministro que la voasier admiraba, Jan Batisbert. Todas las academias, la de medicina, la de arte y, por supuesto, también la de ciencia, habían sido creadas bajo el auspicio del rey, pagadas por la monarquía y al servicio de esta. Y aunque mantenían investigaciones independientes, también asesoraban al rey. Atendían a las necesidades de la corona, como el caso de la pólvora. Y más aún, era un instrumento para el control cultural, una herramienta propagandística y de prestigio del rey.

La llegada de la revolución obviamente amenazaba a la institución, a su amada real academia. Marath, que sentía que esta concentraba todos los defectos que achacaba el antiguo régimen de nepotismo, elitismo y privilegio, y recordando su viejo rencor a ella por su rechazo, la atacaría sin piedad. No fue el único. La Bosier la intentó defender hasta el último momento, no lo consiguió. Durante la época de dominio jacobino, la academia cayó y al defenderla, la boasier se colocó en una posición muy delicada. Y todo esto sí podría generar ruido, comidillas, suspicacias, pero nada, nada tangible, nada que pudiera llevar a acción. Sí hacía que la boasier ganara enemigos, pero no era suficiente. Maran necesitaba algo más contundente, algo con lo que pudiera levantar la ira del pueblo con su estilo populista, contra él, contra la boasier.

Y sí, Antoan se lo puso a huevo. Dentro de sus labores administrativas, en el aspecto financiero, una era optimizar procesos y vio como el comercio en la ciudad de París estaba descontrolado. Así que propuso construir una muralla rodeando la ciudad para controlar la entrada y salida de mercancías. Años después esta idea fue recuperada y la muralla se construyó. Costó 30 millones de libras. Una auténtica barbaridad. Se culpó de ello a la bossier, que ni diseñó, ni construyó la muralla, ni tomó ninguna decisión, pero nada de eso importaba a la gente. Entonces llegó la exageración, la leyenda urbana y la conspiración. "Nos quieren encerrar en París. No va a entrar el aire fresco a París." Se volvió un blanco fácil de panfletos y octavillas, también de cancioncillas populares y rimas con zorna. "Le mug mug gon pagm mug." Se llegó incluso a pedir la orca para laer. Pero eso ocurría años antes de que Amarat tuviera tanto poder y de que se desencadenara la de sangre y terror de la revolución.

Entonces llegamos a 1793. Marat ya tenía todo lo que necesitaba. Un blanco fácil. Buena metralla y toda su inquina. Así pudo recuperar la historia de la muralla y hacer un cóctel sumando todas las antiguas sospechas, rencillas y comidillas para con ello hundir a la Wasier. En su periódico, la Midu Pople escribía: "Denuncio ante ustedes a este maestro de charlatanes, el señor Labuasier, hijo de rentista aprendiz de químico recaudador de impuestos, comisionado de la pólvora y el Salitre, administrador de los fondos de descuento, secretario del Rey, miembro de la Academia de Ciencias. Piensen ustedes que este caballerito disfrutaba de unos ingresos de 40,000 libras, teniendo como méritos haber encarcelado a París, interceptando la libre circulación del aire a través de la ciudad con la construcción de una muralla que nos costó a nosotros, pobres ciudadanos, 30 millones de libras y haber transferido la pólvora del Arsenal a La Bastilla la noche del 12 al 13 de julio en una intriga diabólica para resultar elegido administrador del departamento de París. Ojalá hubiera sido colgado de un poste de luz."

La Voer se temía lo peor. Fue perdiendo poco a poco todo lo que tenía, la Academia de las Ciencias, sus trabajos de administración, incluso lo que más amaba, su laboratorio, hasta acabar en el más completo ostracismo. Cierto es que la revolución lo necesitaba a él, a la bossiier. Su labor administrativa y financiera era insustituible, pero esta vez ya no tenía más fuerzas. Descorazonado, incluso escribió al rey, su rechazo. Tenía 50 años y estaba en plenitud de facultades físicas y mentales. Estaba en su mejor momento, pero la vida le daba la espalda. Es cierto que su pulsión vital era tal que ni aún así paró. Dedicó los meses de terror a lo único que podía ser ya despojado de todo, que es escribir, redactar memorias, recopilar su trabajo. De esos meses son sus propuestas educativas que tanto impresionan a los ojos de hoy. La vociier en este punto estaba solo.

¿Y qué fue de Marat? Te preguntarás, pues que su odio se volvió contra sí mismo. En pleno éxtasis de exterminio girondino, una chica joven tocó la puerta de su casa. Su esposa, Simón Ebrar abre la puerta. "Quiero ver un segundo a Marat", dijo. Y ahí estaba él, el famoso populista revolucionario, dentro de una bañera que había habilitado para sus horas de trabajo. La piel le picaba tanto por su enfermedad cutánea que contrajo en sus años turbios en las cloacas que la vida normal le era imposible y lo único que le aliviaba el sufrimiento eran los baños calientes. Así podía, sumergido en el agua de la bañera, seguir redactando para su periódico y atacar a sus enemigos. "Vengo desde Normandía para traer una lista de enemigos girondinos", dijo la joven. "Dígame los nombres, pronto serán ejecutados", respondió Marat. Marat fue a tomar un papel para apuntar el nombre de los girondinos y en ese momento ella sacó un puñal y se lo clavó directo al corazón. Era su final. Charlotte Cordai, la joven magnicida Girondina, fue pronto guillotinada. Marat finalmente estaba acabado, había muerto.

Y ahora ya podemos entender ese maravilloso cuadro de David. Representa justo ese momento de la muerte de Marat que el genio de David inmortalizó en la que hoy se considera su mayor obra maestra. David. Ay, David, que nos has acompañado a lo largo de todo este viaje, como ese gran artista que fuiste, un genio único, el más grande de tu era, y plasmaste tu genio en esta era tan convulsa que te tocó vivir. Pero David no está en este vídeo solo por su trabajo y como este discurre en paralelo con la vida de Daboier. David, David, David, David también está en este vídeo porque fue un revolucionario, un jacobino, miembro de la convención y peor aún, un radical que fue ganando más y más poder como para ser miembro del gobierno del terror. Sí, David Comarat era parte del comité de salud pública y como tal también tuvo contribución en la caída y muerte de laer.

Cuando laer intervino en plena convención para intentar salvar la academia, Marat, su principal enemigo, acababa de morir. Ahora era un mártir. De esta forma, David tomó la causa que Marat ya no podía defender. Él también odiaba la academia desde que de joven se le denegará dos veces su acceso a ella. Así dirigía un apasionado e implacable discurso a la convención atacando las academias y pidiendo su abolición en el nombre de la justicia, en el nombre del amor al arte y sobre todo en el nombre del amor a la juventud. David venció a laier. La labor de David artística fue fundamental en el auge del movimiento radical de izquierda. Fue fiel compañero de Robespier y líder de su programa propagandístico. La ceremonia que creó Robespier para enaltecer al ser supremo, su nueva religión, fue diseñada y dirigida por David. Y el cortejo fúnebre y homenaje a Marat para enaltecerlo como un mártir de la revolución fue dirigida también por David. Mucho hizo David por glorificar la vida de su sanguinario compañero Marat y en especial este precioso cuadro con el que quiso comparar a Marat con Jesucristo haciendo su propia piedad. Sí, David era el personaje que faltaba en ese tétrico comité de salud pública sanguinario. Un David que fue dibujado de esta forma tan aplastante y demoledora por el gran Stephanig. Una de las almas más cobardes y uno de los más grandes artistas de su tiempo. El que más gritaba durante la revolución sirve a los poderosos mientras están en el poder y los abandona al llegar el peligro. Pinta a Marat en su lecho de muerte. El ochod detidor jura con patetismo a Robespier apurar con él el cáliz hasta los pozos. Pero el nueve, en la fatal sesión ya se le ha pasado esa heroica sed y el triste héroe prefiere esconderse en su casa y escapar con esa cobardía a la guillotina. Enemigo implacable de los tiranos durante la revolución, será el primero en convertirse al nuevo dictador y a cambio de pintar la coronación de Napoleón, trocará su odio a los aristócratas de antaño por el título de varón.

El golpe de David a laier fue la última estocada. Laier fue acusado de actividades contrarrevolucionarias. A finales de 1793, Lavoier fue encarcelado. Allí estuvo 6 meses aguardando veredicto. Desde la prisión pudo enviar cartas que hoy atesoramos son los testigos de los últimos pensamientos de este gran hombre. A su mujer, que lo acompañó en todo momento y luchó por él hasta el final, le dijo estas palabras: "Mi queridísima amiga, te acosan mucho dolor y cansancio de cuerpo y alma que no puedo compartir. Ten cuidado de no sacrificar tu salud, pues eso sería una gran desgracia. Mi carrera está muy avanzada y siempre he disfrutado de una vida feliz. Tú lo has hecho así y sigues haciéndolo con todas las muestras de cariño que me muestras. Cuando me haya ido, seré recordado con respeto. Mi trabajo está hecho, pero tú, que tienes motivos para esperar una larga vida, no debes desperdiciarla. Ayer parecías triste. ¿Por qué deberías estarlo si acepto lo que sucederá con resignación y consideraré todo lo que no esté perdido como una victoria? También hay motivos para esperar que volvamos a estar juntos. Hasta entonces, tus visitas me brindan momentos de felicidad."

Muchos fueron los intentos de salvar a la Boasier hasta el final, cuando un último intento apelaba al servicio único que un científico como la Boaier podía hacer para un país, el juez de su caso, Jean Baptist, respondió: "La República no necesita sabios. La justicia debe seguir su curso siguiendo el pensamiento más puramente revolucionario. Para ser feliz, el pueblo de Francia no necesita más ciencia que la necesaria para ser virtuoso. Roma era más feliz y floreciente cuando era enteramente agrícola."

Lair estaba sentenciado. El día antes de su final escribió a su primo Os de Biliag una carta que aún hoy, 200 años después sobrecoge. "He disfrutado de una vida razonablemente larga y, sobre todo feliz, y confío en que mi muerte sea recordada con cierto pesar y quizás con algo de honor. ¿Qué más podría pedir? Probablemente me veré librado de las penurias de la vejez por los acontecimientos en los que me encuentro envuelto. Moriré en la plenitud de mi vida, lo que considero otra de las ventajas de las que he gozado. Mi único pesar es no haber hecho más por mi familia. Lamento haber sido despojado de todo y no poder ofreceros a ti y a los demás muestras de afecto y recuerdo. Evidentemente es cierto que vivir conforme a los más altos principios de la sociedad, prestar servicios importantes a la propia patria y dedicar la vida al progreso de las artes y del conocimiento humano, no basta para preservarse de consecuencias funestas y morir como un criminal. Escribo hoy porque mañana puede que no se me permita hacerlo y porque encuentro consuelo en estos momentos finales al pensar en ti y en los demás que me son queridos. Asegúrate de decir a quienes se preocupan por mí que esta carta va dirigida a todos ellos. Probablemente sea la última que escriba."

Al día siguiente fue guillotinado junto con otros fermiers. Su cabeza cayó ordodando por la plaza de la revolución de París. Al respecto, uno de los más grandes científicos que Francia ha dado al mundo, diría más tarde: "Ha tomado un instante cortar esa cabeza. Pero Francia no producirá otra igual en 100 años o quizás nunca." Su caso fue estudiado poco después y no se halló ningún motivo de sospecha sobre su integridad y su honor fue restablecido. Por desgracia, para su vida ya era demasiado tarde.

Su mujer An Marí fue encarcelada y solo se salvó de la muerte por el final del reino del terror de Robespier, que fue poco después también guillotinado por los mismos principios con los que él había puesto fin a tantas vidas. Como con Saturno, en el cuadro de Goya, la revolución devoraba a sus propios hijos. Ella Marí perdió todo y por un tiempo tuvo que vivir de la caridad de una antigua criada. Más tarde se casó, pero nunca se olvidó de su amado Antoan. Y algo inusual en la época conservó su apellido, Lauaciier hasta el final. Es más, dedicó gran parte de su vida a que el trabajo que ellos juntos hicieron nunca muriera y fuera recordado como lo que es hoy, el más grande científico y posiblemente persona que Francia nos ha dado. A mí me encanta recordar a la bosaier en el laboratorio cuando sus otras ocupaciones le permitían pasar horas y horas jugando a descifrar los enigmas de la naturaleza en lo que era para él, según decía, su día feliz.

¿Y qué sigue? Pues hubo un golpe de estado contra Robespier. La convención dio paso a una época de terror blanco hasta que el 18 de Brumario, según el calendario jacobino, un general francés muy joven da un golpe de estado. Venía de Cósega y había destacado desde muy temprano como general, principalmente en la campaña italiana. Su nombre, Napoleón, Bonaparte, quien también sería pintado. Genialmente, cómo no. Por nuestro ahora quizás odiado Jack Leis David. Napoleón vendría a rendir el mundo a sus pies con los principios revolucionarios liberales, admirado por gente como Hegel o Beethoven, que llegó a componerle una sinfonía, la heroica, y todo lo conseguiría con su ejército, pero en especial con la mejor pólvora que se ha producido en todo el mundo, la pólvora, el fuego que nunca se extinguirá de Antoan, la Wasier.

Hoy vivimos un contexto mundial quizás de prerevolución. Seguramente hayan encontrado paralelismos entre los antecedentes de la Revolución Francesa y la situación actual, desde el descontento con los impuestos al descrédito con las instituciones y lo de siempre, el pueblo pagando a la vista del desvilfarro, el robo, la manipulación, el uso de medios de comunicación al servicio del poder o la institucionalización de la mentira. ¿Y hasta cuánto? Pues lo importante es recordar eso que aprendimos del vídeo anterior. El pacto social se respeta hasta que se traiciona. Entonces existe el derecho a resistencia. Es la revolución. Una revolución que de alguna forma ya se está dando. En realidad la revolución nunca es algo puntual. Es más bien un proceso continuo que nunca termina. Así que sí, podemos decirlo, estamos en plena revolución y por eso mirar al pasado puede servir para aprender de los errores. Y lo primero que vemos es que tanto en la Revolución Francesa como en las siguientes, como la revolución rusa o la ola de revoluciones europeas, tras un primer momento con principios revolucionarios justos y honestos, siempre se llegan a los mismos excesos: la aparición de facciones, la radicalización, el populismo, la persecución, la casa de brujas, la corrupción, la mentira y en general la perversión de esos principios con los que comienzan las revoluciones. Un poco como esa triada hegueliana de tesis, son los principios revolucionarios, antístesis es exceso y destrucción con la síntesis, un nuevo estado de las cosas. Hoy vemos mucho de esos excesos revolucionarios que no es necesario que yo te los señale. Es un tiempo este donde vemos que las guillotinas existen, solo han cambiado de forma. Hay que aprender del pasado para no acabar en manos de otro Robespier, de otro David o de otro marat.

Pero en particular quiero centrarme en otro aprendizaje que podemos tomar del pasado porque involucra a la ciencia y algo que me pasó a mí recientemente. Vimos en el vídeo como la ciencia en tiempos de laer, aunque manteniendo su independencia, se institucionalizó al servicio de la monarquía. Era un símbolo de esta y como tal al llegar a la revolución tuvo que caer. No importa el servicio social que aportara o su aplicación técnica, como Hitler hizo con los científicos judíos. "La República no necesita científicos", dijeron. La ciencia se había convertido en arma ideológica y como tal cayó. No cayó como herramienta, seguía siendo útil, sino como representación de un orden, como instrumento. Los revolucionarios se volvieron anticientíficos, pero por su simbolismo, el COVID, el cambio climático, el tema extraterrestre o la Dana son temas de interés científico, pero también de agenda política. Llevo años siendo crítico con las instituciones al tratar estos temas por los excesos y por el celo con el que lo tratan, contagiando y peor, apropiándose del mensaje científico que no es suyo. Pero es también con los científicos y divulgadores que pretenden acallar voces disidentes en nombre del consenso científico institucional, volviendo a la ciencia servil y peor aún símbolo de un determinado poder. Un consenso científico que muchas veces sin saberlo está siguiendo patrones ideológicos, está sirviendo a unos determinados poderes de forma más visible o más encubierta. Cuando las becas son las que son, los proyectos son los que son y se financian de esa manera, cuando todo esto se acepta, aunque sea de manera indirecta, se está sesgando y cayendo en el círculo de poder. Las voces disidentes con argumentos científicos son necesarias, además de porque responden al espíritu científico, porque también subvierten este orden de las cosas, ese afán de celo y apropiación de las instituciones y porque independizan a la ciencia del poder. Si quienes intentan acallarlas hacen un tremendo daño a su independencia y el resultado es el que es la destrucción de la ciencia, no como herramienta, sino como símbolo del antiguo orden cuando llega una revolución. Seguro que tú mismo puedes señalar campañas de nuevos líderes actuales atacando la ciencia. Parte de la culpa es de los nuevos líderes, pero muy gran parte de la culpa es de la ciencia servil. Yo estos días fui víctima de una de esas campañas modernas de cancelación, la guillotina del siglo XXI, y se dieron todos los ingredientes que mencionado en este vídeo. Propiciado por una situación de astillo social causada por el descrédito, populismo, compra en medios de comunicación y en general la sensación de abandono de las instituciones. Vamos, un ambiente prerevolucionario. Entonces ocurre una especie de casa de brujas con ataque al símbolo de la ciencia como representación del antiguo poder, precisamente por su asociación a este en temas de agenda, todo muy similar a lo que ocurrió con la boosciier en la revolución. Y todo esto no tiene otro sentido que el de reflexionar sobre el mundo que estamos viviendo y el futuro que nos depara. Un futuro que construimos tú y yo nosotros. Así que nos preguntamos, ¿y qué queremos hacer con él? ¿Hacia dónde queremos ir? Respier, Napoleón, Dantón, Lafayet y La Bossier nos enseñan el camino. Yo tengo mis propias respuestas a estas preguntas, pero es momento de que vayas formando tú las tuyas propias mientras surgen nuevas preguntas, porque este es el verdadero poder y sentido del conocimiento, abrir siempre un poquito más la mente. Mientras me despido con ese lema que hizo famoso Lincoln en su discurso de Gettinburg, que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra. Y me despido sin más recomendándote bibliografía que me he leído para este libro. Esto es una biografía de Antoan Buasier, de Donovan, muy completita. Libro sobre historia de las revoluciones. Oh, qué librazo, qué librazo de los mejores que me he leído en mi vida sobre la vida de María Antonieta. Espectacular. Sobre contexto histórico estos dos de aquí, pero en especial no os tengo aquí dos libros que me han servido muchísimo. Es son librazos que son estos dos que muestro, la revolución Francesa contada para escépticos y esta biografía de RBA de la Wasier que es maravillosa también y también los apuntes de la UNIR que he estado estudiando estos temas que me han servido perfectos para elaborar esta cuestión y los libros que antes también mosté de Rousseau como El contrato social, el Emilio o las confesiones. Librazos también para entender un poquito más sobre la ilustración. Pues esto ha sido todo compañeros. No despido sin más deseando que den mucho al coco y estudien que alguno de ustedes pues el próximo Einstein, la próxima Maricuri o el próximo Antón La Boosier. Hasta pronto.