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La transmision de la fe a los hijos en el seno de la familia

En ti confío1:01:22

Transcription

La transmisión de la fe a los hijos en el seno de la familia. ¡Eh, vaya tema! Eh, yo sé que sufrimos. Yo sé que sufrimos, que es nuestro gran reto. Y voy a empezar por decir que la fe no solo se transmite en la familia. Aunque me voy a centrar en eso, pero la fe no solo se transmite en la familia. Hay principalmente una tríada, una tríada que es: familia, escuela, parroquia. Familia, escuela, parroquia. Es una tríada importantísima en la transmisión, en la educación y en la transmisión de la fe.

La Conferencia Episcopal Española, en el año 2013, publicó un documento con el título: "Orientaciones pastorales para la coordinación de la familia, la parroquia y la escuela". La transmisión de la fe. ¡Qué, qué importante sería, obviamente, coordinar esas tres cosas, ¿no? Familia, escuela, parroquia. Familia, escuela, parroquia. Una tríada que, que es, cuya coherencia interna, obviamente, es importantísima, ¿no?

Pero incluso, incluso matria decir que también hay otros condicionamientos muy importantes. Más allá de la familia, de la escuela y de la parroquia, hay otros condicionamientos como son las amistades. ¡Vaya, que se influyen las amistades! En el español de España hay un refrán, eh, que me imagino que habrá pasado el Atlántico. Digo yo, si no os lo digo, no, eh: "Dime con quién andas y te diré quién eres". A ver, eh, pues es que los refranes observo que pasan el Atlántico, eh. Hay bastante tráfico ahí. Hay tráfico, sí, claro que sí.

Las amistades influyen muchísimo. Grupos de referencia. ¿Cuál es mi grupo de referencia? ¿Qué paraguas mediático es el que me envuelve? Porque cada uno se envuelve en un paraguas mediático. Entonces, a ver, yo de dónde vivo recibo las noticias, o sea, cómo me, por qué ventana me asomo al mundo. Esa ventana por la que te asomas al mundo va a condicionar bastante, ¿no? Vamos, que quiero decir que la transmisión de la fe nos la jugamos, sin duda. He dicho: no solo familia, también escuela, también parroquia, pero también amistades, grupos de referencia, paraguas mediáticos. O sea, hay muchos elementos que influyen.

De hecho, hay un refrán africano, este es africano, eh, que dice: "Para educar a un niño se necesita la tribu entera". Eh, entonces es verdad. La tribu entera está implicada en la educación de un niño. Entonces, claro, por eso nosotros tenemos conciencia de que tenemos que luchar no solo por mi familia, sino por el seno de la sociedad, o sea, porque la sociedad sea educadora. Si no, claro, yo lucho por, claro, pero mi hijo después va a vivir en la sociedad. "Para educar a un niño se necesita la tribu entera". La tribu entera tiene que ser educadora, ¿no?

Bien, pero dicho esto, obviamente, el lugar clave, más determinante, es la familia, eh. Ese lugar más determinante. Hay una expresión del Papa Francisco que a mí, cuando la escuché, me, me, me enamoró. Me enamoró porque te recuerda cosas tuyas de tu vida, de tu infancia. Dice él: "La fe se transmite con la leche materna". Dice él, ¿no? Que es una expresión muy curiosa. "La fe se transmite con la leche materna". Obviamente, ¿qué quiere decir eso?

Pues quiere decir que hay un despertar en la fe, un despertar en la fe que es súper íntimo, que tiene lugar en esa relación paternofilial, maternofetal, niño. Pues aprende a balbucear, a balbucear, a dar besos a la Virgen. A rezar. Eso, eso se introduce, casi, iba a decir, es tan temprano que se introduce en el ADN, casi, vamos, ¿no? Porque pasa a ser algo muy íntimo en tu vida. Sí, casi al mismo tiempo que dices "papá, papá", "mamá", se lo dices también a la Virgen, le das un beso. Claro.

Todo eso. Esa expresión, "la fe se transmite con la leche materna", es una expresión que hoy en día, con la pedagogía catequética actual, tiene mucho que ver. Porque hoy en día la pedagogía de la catequesis habla de la importancia del despertar en la fe en los primeros años de la vida. Según uno va tomando conciencia, que también en ese tomar conciencia de la vida, vaya tomando conciencia de quién es Dios. O sea, que no estemos esperando a que el capítulo de Dios viene para más tarde. A ver, ¿en qué momento introducimos el capítulo "Dios"? ¿Con 4 años? ¿Con 7? ¿Con 8? ¿Con 12? No. El, o sea, en el mismo momento en que uno se abre a la vida. ¿Me explico? El mismo momento en que uno comienza, según ve a su madre, según ve a su padre, según abre los ojos, según escucha, o sea, Dios está ahí presente. Y la experiencia religiosa tiene que iniciarse en el mismo momento en que vamos despertando a la vida.

Por eso es clave ese despertar a la fe, esa sensibilidad que nos, que se le puede llegar a transmitir a un hijo en los primeros estadios de la vida. Ayuda enormemente para percibir lo sagrado. Lo ayuda enormemente. Por ejemplo, ¿no? Pues cuando un niño entra, entra, pues con su madre, ¿no? En brazos, un bebé, y ve que su madre entra en un lugar sagrado y que al entrar en ese lugar sagrado, la voz de su madre cambia y susurra y le dice: "Vamos a ir a la casa de Dios". Niño dice: "Anda, aquí hemos entrado en un sitio en el que se habla distinto, se habla bajito, eh. Nos recogemos". Eso parece que no, pero transmite, ¡vaya que sí transmite! La conciencia de lo sagrado. Además, una conciencia de lo sagrado que es implícita, porque al niño no le has dado razones de por qué hablamos de esta manera. No, implícitamente el niño va teniendo un sentido de lo sagrado. Y no estoy yo como quien está por la calle, no, no. Este es un lugar sagrado. Y se transmite.

Me vais a permitir que os comparta uno de esos errores que uno comete en su vida, que luego dije: "Esto me he equivocado". Eh, yo, como párroco, párroco antes de ser sacerdote, me tocó construir una parroquia. Y en la construcción de la parroquia, hice lo que se llama, pues, una especie de pecera o lugar insonorizado para que, detrás de ese lugar insonorizado, estén los niños que puedan llorar, que puedan, eh, pues jugar, que puedan, tal, ¿no? Sin que molesten a los que están fuera, ¿verdad? Cosa que a veces los padres sufren porque vamos a la iglesia y molestamos. No molestamos. Pero al cabo de un tiempo, me, me di cuenta. Me he equivocado. Me he equivocado, porque así el niño no aprende lo que es estar en un lugar sagrado. Si el niño aquí está y sabe que puede estar como, como está en la calle, eh, brincando, ¿no? Y así al niño no se le, se le enseña la lección de lo que es el sentido sagrado de estar delante de Dios.

Caso claro, que también, permitidme un pequeño paréntesis. En eso tenemos que colaborar todos, porque luego viene el que, el que se siente incomodado porque ve que, que un niño con su madre está en la iglesia. ¡Bendita, bendito incomodo! A ver, déjale que la madre haga lo posible para enseñar al niño, ¿no? Y no le estés, todavía que está pasando un, un mal apuro la madre, todavía no vayas tú todavía a añadirle tu rostro de incomodidad, eh. O sea, que en fin, que tenemos todos que ayudar a tener la experiencia de, de cómo transmitir a un niño el sentido sagrado de la vida.

Cosa que no es fácil alcanzar hoy en día, si no se alcanza desde la infancia. Alcanzar el sentido de lo sagrado es difícil. ¿Por qué? Pues porque estamos en una sociedad en la que el sentido de la autoridad se ha perdido. Te crees tú que eres el centro del mundo. Hay una especie de dogma del igualitarismo, que tú te crees que tú eres, tú eres igual que, eh, que cualquiera. Vamos, no te sientes el presidente del gobierno como si yo fuese el Papa. A ver, o sea, no hay sentido de la humildad, no hay sentido de la pequeñez de la vida. Hay una crisis de autoridad que hace que el sentido de lo sagrado, uno a veces cuesta mucho transmitirlo, sobre todo si en la familia no te lo han inculcado desde pequeño.

Una anécdota. Me acuerdo que estaba yo siendo párroco allí en Zumárraga, ¿no? Estaba con los chavales de la confirmación, adolescentes, y les estaba intentando explicar el primer mandamiento: "No amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser". Y uno de ellos me dice: "¡Vaya egoísta! ¡Todo para él, todo para él!". No. Yo dije: "Madre mía de mi alma, prenda de mi corazón". Pero vamos a ver, vamos a ver, chaval. Pero, pero, pero, pero, a ver, tuve ahí una reacción de decir: "¿A ver qué hago? ¿Le doy un bofetón o qué hago?". Yo. Y dije: "Yo, pero pobrecillo. A ver, este chaval no tiene sentido alguno de lo sagrado. O sea, a mí ni se me hubiese pasado por la cabeza, por la cabeza, una reacción como esa ante el 'amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser'". Ese chaval no tenía sentido de lo sagrado, no se lo habían inculcado. Para él no le faltaba el fundamento último del sentido de lo sagrado. Y allí me vi yo diciendo: "A ver, ¿qué le digo a este?". Y dije: "A ver, tú no te das cuenta de que si a ti y a mí Dios ahora mismo no nos sigue sosteniendo en el ser y nos sigue manteniendo la vida, tú y yo ahora mismo dejaríamos de existir y volveríamos a la nada. Tú no te das cuenta de que sin Dios, tú y yo ni existiríamos siquiera". Claro. El chaval me miró así como diciendo: "¡Vaya cosas dices de cura, eh!". O sea, claro.

A ver, es que el sentido de lo sagrado hay que transmitirlo. Y estamos en un momento cultural que hay una auténtica, una pretensión, una pretensión de transmitir el sentido de Dios sin el sentido de lo sagrado. Y eso es un error muy, es un error muy grande. A veces, incluso, voy a decir que va un obispo, porque los obispos visitamos muchas parroquias, eh. Y cuando rezas en los libros sagrados de la parroquia, ves que comienza la oración diciendo: "Oh Dios Todopoderoso". Muchas veces las oraciones se introducen con una invocación al Dios Todopoderoso. Y ves tú que alguien, supongo que el párroco, no ha borrado con un LP "Todopoderoso" y ha puesto "Oh Dios, hermano y cercano". A ver, un momento. Claro que es cercano Dios. Pero ¿por qué hemos quitado la expresión "Todopoderoso"? ¿Dios infinito? No. O sea, el sentido de lo sagrado tiene que reafirmar la grandeza inmensa de Dios. A veces hemos pretendido hacer la imagen de un Dios "colegui", eh, "colegui". Pero si, si olvidamos que ese Dios tan cercano a ti, que tú recibes en el pan, o que ese niño que está en Navidades, le damos un beso, que es el Niño Jesús, si tú te olvidas de que ese, ese Dios tan cercano, al mismo tiempo es el Dios Todopoderoso que hizo cielos y tierra, entonces tiene poco chiste lo primero. Tiene poca gracia. Precisamente la cercanía de Dios es maravillosa, porque ese que se te acerca es el Todopoderoso, es el Infinito. Y si no explicamos esto en el sentido religioso, no transmitimos el sentido religioso de la vida. Por hacer una imagen de Dios eso, pues es un "colegui".

Bueno, por lo tanto, no creo que a veces no nos falta el ABC. Falta el ABC de quién es Dios. Dios es tu Padre Creador, ¿no? Dios es tu Padre Creador. Y ese sentido de lo sagrado lo tenemos que transmitir desde el primer momento de la vida. Es obvio que después de esa primera experiencia de lo sagrado, habrá que ir acompañando el crecimiento de la fe. Y que el niño recibirá, necesitará también explicaciones de niño, explicaciones de adolescente, explicación de joven, de adulto. O sea, según vamos creciendo, esa primera experiencia de lo sagrado tendrá que tener un crecimiento, ¿no?

Entonces, voy a hablar de, primero, condiciones básicas para vivir y transmitir la fe en la familia. Condiciones básicas. Primero, transmitir a los hijos nuestra historia familiar en clave, en clave de fe. Nuestra historia familiar. Transmitirles que el amor esponsal que tenemos está fundado en Dios. El niño valora mucho, un niño pequeño valora mucho en la familia el amor de sus padres. Hay que decirles: "Oye, ¿sabes tú que papá y mamá, sabes cómo se conocieron?". Porque nosotros hoy en día suele ser muy típica la pregunta, ¿no? "¿Cómo os conocisteis?". "¿En una boda?". "Me la presentó no sé quién". "¿Cómo conociste a tu mujer?". A ver, hay que hacer la pregunta de que nosotros nos hemos conocido porque Dios nos ha puesto en el camino, nos ha entrelazado. El matrimonio forma parte de un designio de Dios, por el que Dios ha querido que fuésemos el uno para el otro, para que tú nacieses. Tú has nacido porque papá y mamá, Dios quiso que se juntasen y se encontrasen. No es que nosotros nos conocimos, decidimos casarnos y luego fuimos a una iglesia para que nos bendijesen. No. Esa historia está mal contada, porque ahí no ha estado Dios desde, desde el principio, sino desde el principio Dios pensó en el uno para el otro. Dios desde toda la eternidad pensó en papá para mamá y pensó en mamá para papá. Y Dios, en su misericordia, los entrelazó, formó un matrimonio del cual ha nacido yo. Esa experiencia tiene que ser comunicada así.

Después vendrá el esfuerzo por transmitir la fe a los hijos, que es inseparable de la de, del amor que les tenemos. Porque les queremos, les deseamos lo mejor y les deseamos a Dios. Yo deseo que mi hijo conozca a Dios porque le deseo lo mejor. Nada que ver con la visión liberal de la vida, en la que dice: "Mira, el chaval que, eh, que cuando sea mayor elija, etcétera, etcétera, etcétera". ¿No sabéis que una de las grandes traiciones, no traiciones, que ha hecho el gobierno chino a la iglesia? No, después de que la iglesia se esfuerza por intentar llegar a una, a un pacto, un pacto de mínimos, ¿no? Con el gobierno comunista chino para intentar que la iglesia no sea perseguida en China, una de las grandes, no, de las grandes traiciones que el gobierno ha hecho ha sido que, después de haber firmado un pequeño pacto para que se respetase, ¿no? Se respetase la Iglesia Católica, el gobierno chino promulgó una ley en la que se prohíbe que un joven antes de los 18 años pueda ir a la iglesia ni recibir educación religiosa. Que con 18 años haga lo que tenga que hacer. Es una gran traición, porque eso, en el fondo, va absolutamente contra la palabra de Jesús: "Dejad que los niños vengan a mí". A ver, "Dejad que los niños vengan a mí". Esa interpretación liberal, que como veis es liberal-comunista, es curioso que los liberales y los comunistas cada vez se conjugan más. En un tiempo, el liberalismo y el comunismo eran absolutamente antagónicos. Ahora estamos viendo como el liberalismo y el comunismo, eh, pues, pues llegan a fundirse en tantos momentos. Por eso, a nosotros, esa interpretación liberal de que el niño ya verá lo que tenga que hacer cuando sea mayor, no nos convence absolutamente para nada. Para nada. Yo no espero a que mi hijo sea mayor de edad para darle de comer, ¿no? Espero, pues exactamente por la misma razón. Yo transmito el alimento de la fe.

Y el sufrimiento de los padres porque sus hijos no han acogido el testigo de la fe es un sufrimiento santo. Es un sufrimiento santo. Yo sé que aquí también, entre todos los que estamos, habrá gente sufriendo por sus hijos. Es un sufrimiento santo. ¿Sabes lo que te digo? Que puestos a sufrir, sufre por eso, no por tontería. Y ora a Dios y ofrécele tus sacrificios. Es el sufrimiento de Santa Mónica. No sé si conocéis uno de los episodios más bellos que hay de la espiritualidad, ¿no? Que Santa Mónica llorando y llorando se acercaba a San Ambrosio y dale que te pego, siempre diciéndole: "Deme un consejo, deme un consejo para mi hijo". Y y a San Ambrosio se le habrían acabado ya los consejos para dar, ¿no? Eh, dice: "Ya viene esta otra vez aquí, ¿no? Ya viene, ya viene la llorona esta, ¿no? A ver qué le digo yo". No. Entonces llega un momento en que le dice: "Anda, mujer, vete en paz, que no permitirá Dios que se condene un hijo de tantas lágrimas". Fíjate, fíjate tú, ¿no? Que, que expresión esa. "Anda, mujer, métete en paz, no permitirá Dios que se pierda un hijo de tantas lágrimas". A ver, ese es un sufrimiento santo. Y creo que hay que llevarlo en paz. Pero llevarlo en paz no quiere decir que le quitemos importancia, ¿me explico? O sea, eh, sin perder la paz, pero sin hacer las paces. O sea, es decir, que, que bueno, pues con una cierta tensión. Yo no voy a perder la paz, pero no pienso hacer las paces en el sentido de que "no pasa nada". No, señor, sí pasa. Sí pasa. Lucharé, al final confiaré en Dios, lo pondré en sus manos, ¿no? Pero es mi sufrimiento. Bendito sufrimiento. Prefiero tener este sufrimiento que no tonterías de que "la empresa me han dicho", "me han humillado", "me no sé qué". Mira, paso completamente de. Hay muchos sufrimientos que no son santos. Sufrimos por muchas cosas que son vanidades, orgullos heridos. De vez en cuando hay que preguntarse: "¿Esto que me hace sufrir, le haría sufrir a Jesucristo?". Y me da vergüenza pensarlo. Solo dice: "No, esto no. Esto es un tema que a Jesucristo". Y ande vas tú, eh. Entonces, bueno, pues este es un sufrimiento santo. Amamos. Luego sufrimos porque la persona amada no haya conocido a Jesucristo.

Tercer lugar, la transmisión de la fe no debe de ser meramente ritual, sino que tiene que estar ligada a una comunicación. Tenemos que transmitir con corazón abierto. Hablamos con los hijos de lo que Dios ha hecho en nuestra vida, dándole razones, respondiendo a sus preguntas, lo cual también conlleva que nosotros nos tenemos que formar, dando testimonio. Testimonio de lo que Dios ha hecho en nosotros, que es lo más sagrado. El testimonio, eh, porque las razones pueden ser rebatidas, pero los testimonios no. No cabe otra cosa que escucharlos con respeto. "Mira, papá, a mamá le ocurrió esto cuando tú naciste. Fuimos, sabes que fuimos ante la Virgen y te encomendamos cuando estabas en el seno de mamá". A ver, esas cosas no se discuten. Son testimonios.

En cuarto lugar, será importantísimo la coherencia con la que intentemos transmitir la fe. La coherencia va a ser muy importante, eh, porque, claro, a veces la música y la letra no conjugan, eh. Y de aquí, no sé, la música y la letra, me de que no van, eh. Pues eso, dicen que haga cosas. "Venga, reza. Vete a misa". "¿Cómo que vete a misa?". "A ver, ¿cómo es eso?". Eh, de repente no rezamos y rezamos de cualquier manera, o no rezamos. Y de repente coge el padre y le dice: "Calla, que empieza el fútbol". A ver, el niño dice: "Cuidado, lo de fútbol para mi padre es sagrado, eh, porque yo veo que cuando, cuando hay un partido, papá, vamos, está en ese momento que nadie le moleste". No. Yo me doy cuenta de que hay cosas sagradas para mi padre, para mi madre, y otras cosas que me las dicen, pero vamos, no vibran con ellas. Claro. Esto es muy importante. No es importante que haya una coherencia entre lo que decimos y lo que transmitimos, eh, porque no es lo mismo lo que digo que lo que transmito. Eh, eso le puede pasar ciertamente igual a un cura. Claro que le puede pasar a un cura, eh. Uno dice: "A ver, pues puede ocurrir, ¿no? Que cuando alguien predica, puede predicar que tiene más facilidad de palabra, menos facilidad de palabra". A ver, eso es secundario. La clave está en que cuando alguien predica, diciendo: "Este se lo cree". Explico. Se lo cree. O sea, en el fondo, se emociona con ello, con lo que predica. No es un mero funcionario que le toca decir las cosas. Pues eso. Pu lo mismo pasa con los padres. Claro.

Será muy importante también para transmitir la fe, pasar de la práctica de una fe individualista a la de una fe compartida y vivida en familia. A veces ocurre que llegamos al matrimonio habiendo tenido cada uno un recorrido. Uno estuvo en tal movimiento apostólico, el otro estuvo en el otro movimiento apostólico. Está bien. Pero ¿has tenido tu experiencia de vivir la fe a tu manera con el grupo apostólico en el que te educaste? Pero no te has acostumbrado a rezar en familia, no te has acostumbrado a rezar en matrimonio. Nuestras espiritualidades y nuestros métodos no han llegado a encontrarse, a fundirse, si me permitís una expresión. Yo a veces he dicho que prefiero que unos esposos hagan 15 minutos de oración esponsal que una hora de adoración cada uno por su lado. Y claro, lo de hacer oración esponsal juntos, a ver, eso, bueno, no enseñado eso. Eh, entonces yo me atrevo a repetir esta frase que, por supuesto, no voy a ser yo el que reste una hora de adoración, eh. O sea, entenderme, no voy a ser yo el que la reste. Pero si me das a elegir, prefiero 15 minutos de oración esponsal que no cada uno que haga un turno de, de, de una hora de oración por su cuenta. Tenemos que acostumbrarnos a orar juntos, a que la expresión de fe sea compartida. "Reza tú primero, luego me toca a mí". A ver, ¿qué pasa? ¿Que no compartimos nuestro diálogo con Dios? ¿O cómo es esto?

Lo mismo digo también en el punto sexto. Tenemos que intentar, ¿no? Pues buscar diversas fórmulas para ver de qué manera más eficaz vivimos la misa en familia, de manera que nos ayude a, a, a tener una experiencia de familia fuerte. Os recuerdo, ¿no? Que nuestros, nuestros padres ya fallecieron. Nuestros padres, pues nos integraron la misa dominical en un momento de convivencia familiar que era precioso. Nuestros padres eran muy trabajadores, entonces, pues vivíamos la, la misa dominical encuadrada en una convivencia de familia que era una gozada. Era una gozada, ¿no? Experimentar fórmulas de cómo vivir la misa en familia y la oración en familia.

Y también, voy a decir, en último lugar, no caer en la tentación del pesimismo por el hecho de que yo no parta de la situación ideal. Claro que muchas veces no se parte de la situación ideal. Aquí estamos muchos, estamos muchísimos. Entre todos los que estamos, sin duda alguna, habrá muchos que no, que no parten de la situación ideal. Que tendrán un marido que no comparte su fe, o que una es madre soltera, o que uno tiene un hijo rebotado que se fue de casa. Y ¿qué pasa? Dios nos da su gracia para que abracemos el seguimiento a Jesús desde el punto del que parto yo. Parto, cada uno parte del punto en el que está. Y no porque no parto del punto ideal, yo estoy fuera de este partido. No, no. Un buen futbolista no es el que dispara muy bien el balón cuando está, eh, puesto en el punto de penalti, cuando todo el mundo se ha apartado para que él chute. A ver, así se puede, eh. No. Un buen futbolista tiene que pegarle al balón según venga, aunque esté el balón a punto de salirse por, pues por la banda lateral. Igual tiene que pegarle al balón a la chilena, tú saber cómo, para que no salga fuera. Es que el futbolista tiene que partir de lo que hay. Entonces, ojo con hacer una lectura pesimista diciendo: "Pero mira, estoy yo aquí, o con este encuentro de familias, claro, si yo, si yo hubiese tenido una, un marido, se hubiese tenido una situación, pero ahora fíjate, tal y como estoy yo, cómo voy a...". Cada uno parte, parte. Tenemos que abrazar, ¿no? La situación en la que estamos y florecer donde Dios nos ha plantado. Esa es la clave, eh. Sin, sin estar en la tentación de soñar otro, otro contexto, otra situación.

Bien, como condiciones básicas, ¿no? Para vivir la transmisión de la fe en la familia, voy a entrar ahora en materias educativas concretas, de acuerdo. Voy a describir materias educativas concretas que condicionan fuertemente la capacidad de la familia para transmitir la fe. Elegir unas cuantas, pero seguro que podía haber muchas más, eh. O sea, materias concretas que condicionan nuestra transmisión de la fe.

Primero, el equilibrio entre socializar y ser un dique de contención a la mundanidad. Vamos a ver, la familia, en ella se produce un delicado equilibrio. Por una parte, la familia es el lugar en el que aprendemos a socializar, pero al mismo tiempo es el lugar en el que tenemos que preservar la identidad frente a la invasión de la mundanidad. A ver, ¿cómo conjugamos eso? Que venga el Espíritu y nos ayude, eh. Yo tengo que enseñar a socializar, pero tengo que tener ahí un dique de contención para que la mundanidad no me penetre. A ver, madre mía. Chesterton, que yo le quiero mucho y le cito mucho, ¿no? Chesterton tiene una frase, claro, pronunciada hace más de 100 años, que yo digo: "Ay, Chesterton, a ver, el año, si estuvieses ahora, a ver, esa frase no es como un estado independiente", dice él. Una frase maravillosa, eh, que hay que luchar por ella, pero hay que reconocer que 100 años después la frase se ha complicado, porque ese, tienen dentro muchas infiltraciones y tienes un móvil en casa y otro, no sé qué. Jel, las fronteras esas del estado de la familia hacia fuera se han complicado, eh. Guardar las fronteras de la familia está más complicado que hace un siglo, pero aunque esté más complicado, hay que pelear.

La familia se aprende a socializar. Comienzas a tener relaciones con otras familias, con otros lugares. Qué importante, por ejemplo, es que, que un niño, yo voy a encuentros matrimoniales y el niño aprende a encontrarse con otras familias. Eso es un momento sagrado, el que yo, dependiendo a qué lugares voy, a qué lugares asisto, estoy dando a mis hijos relaciones sociales. ¡Andame, fíjate tú, eh! Si es importante eso. Ya, donde tú vayas, el niño se va condicionando en las relaciones que él va teniendo. Tú le estás abriendo horizontes de socialización a ese niño. "¿Mamá, puedo ir a dormir a casa de los...?" Fíjate si es un momento importante ese momento importante. Muy. Hay que es una puerta para socializar. Pero por otra parte, hay que marcar identidad. Al final, va viendo como dos tipos de adolescentes, ¿no? Aquellos a los que les pesa más la familia que la calle, y a los que les pesa más la calle que la familia. Vamos a ver, entonces, la clave está, obviamente, que el peso de la familia sea superior. En ese equilibrio entre socializar y tener un dique de contención frente a la mundanidad.

Segundo lugar, la familia es el lugar clave en el que somos educados para reconocer los dones de Dios. Nuestros padres dedicaron mucho tiempo y esfuerzos para que fuésemos agradecidos, para que percibiésemos los dones de Dios. Se emplearon a fondo en esto, en que fuésemos agradecidos, si no fuésemos unos egoístas. ¿Cuántas veces nos han dicho nuestros padres? "¿Qué se dice?". "¿Qué se dice?". A, ¿a qué solo hemos escuchado? Todo el mundo hemos escuchado. Todo el mundo nos han querido decir que seamos agradecidos, ¿no? Y la experiencia religiosa se funda en la admiración por los dones de Dios. La experiencia religiosa se da, o sea, se funda en caer en cuenta de que, de que hemos sido creados por Dios, que todo, que todo es don, que todo es gracia. Tú te has fijado en esto, tú te has fijado en, en qué maravilla. Tenía un profesor, ¿no? Profesor de el seminario, ella falleció, y cuando íbamos con él al monte, al monte, nos decía: "Que no os fijáis, pero fijaros en esto que no os fijáis". Y todo el esfuerzo del hombre era que nos, nos maravillásemos, ¿no? De lo que estamos, de lo que estábamos viendo, ¿no? De todos los milagros que pueden acontecer en la vida. El mayor milagro es la vida misma. Y eso hay que transmitirlo en el seno de la familia. Decir: "Pero, pero te das cuenta cuántas cosas tienes, tienes que ser agradecido, por, por qué tiene tanta importancia esto". A ver, porque el gran mal actual de nuestra cultura, ¿cuál es? Yo diría el narcisismo. Es el narcisismo. Quizás en la modernidad, de la modernidad fue la soberbia de Prometeo, que Prometeo llegó a robar el sol a Zeus, ¿no? Pero eso ya se ha pasado. La modernidad ya se le ha pasado eso, ¿no? Y ahora ya se ha centrado en "ismo", que yo me meto en mi móvil, que yo lo que quiero es vivir cómodamente, placenteramente. O sea, el gran mal es el narcisismo. No es "yo, me, me, conmigo". Eh, "yo, me, me, conmigo". No sé si aquí llegó el juego ese cuando yo era jovencito en España. Estaba el yoyó. El yoyó era, pues ese juego que te, dale que te pego, dale que te pego. Entonces, el yoyó espiritual es el narcisismo. La incapacidad de amar a un tú distinto que tú. Eh, pues esa falta de olvido de ti mismo y de entrega a los demás es el narcisismo. Pues bien, yo creo que para vencer el narcisismo hay dos terapias de choque, dos. La primera es la gratitud. Un narcisista nunca será agradecido. O sea, para salir de tu narcisismo, necesitas reconocer los dones de Dios y agradecer y agradecer y maravillarte, maravillarte, ¿no? Y la segunda terapia de choque, aparte de, de la de la educación en la gratitud, que es la educación en el asombro y en la gratitud, la segunda terapia de choque es la solidaridad con los que sufren de verdad. Porque me voy a, me voy a entregar a los que sufren de verdad. Me voy a ir a una residencia de ancianos con gente que vive sola y voy a invertir tiempo en ellos, en, de estar todo el día, todo el día quejándome de una manera victimista: "Pobrecito de mí, porque nadie me hace caso". A ver, un momento. ¿Por qué no, por qué no me dedico, eh, a a entregarme a los que verdaderamente sufren en esta vida? Así igual te avergüenzas de, de tu, de tu vivencia siempre quejosa, quejosa. O sea, estas son las dos terapias claves, eh, para vencer el narcisismo: la educación y la gratitud, y la entrega solidaria. Son dos terapias de choque para poder educar cristianamente.

Tercer lugar, la educación en el discernimiento. En la familia se nos tiene que educar en discernir, discernir el bien del mal. Porque inevitablemente, si queremos educar a nuestros hijos en el espíritu cristiano, ellos van a tener la tentación de verse como unos bichos raros. A ver, va a ser así, porque se van a ver como muy distintos a los demás en muchísimas cosas, eh. Se van a ver como muy distintos. Entonces, cuando un chaval, un adolescente, se va ir viendo como un raro delante de los demás, claro, va a ser importantísimo que le demos razones de por qué en esta familia somos distintos. Eso es muy importante. ¿Por qué todos vuelven a esta hora a casa y nosotros a una hora distinta? ¿Por qué la gente se va con su novia, eh, y nosotros, y nosotros no hacemos eso? ¿Por qué no sé qué? Claro, son muchas preguntas. Son muchas preguntas que necesitan un discernimiento. Necesitan un discernimiento. Entonces, la familia está llamada a ayudar a hacer una interpretación crítica de lo que está socialmente aceptado en la sociedad. Se van aceptando muchas cosas, eh. Y estamos llamados a transmitir una conciencia crítica de lo que ocurre. Vamos, dicho de otra manera, a saber distinguir entre lo normal y lo corriente. Transmitirles a nuestros hijos: "Esto no es lo mismo lo normal y lo corriente". Hay muchas cosas que son corrientes, pero no son normales. Será corriente que la gente se pase toda la noche bebiendo fuera de casa y que lleguen por la mañana habiendo tomado. Eso es corriente, pero no es normal. Será normal que una familia, pues rece unida al Santo Rosario. Es lo normal, pero no es lo corriente, eh. Entonces, a ver, distinguir lo normal y lo corriente es clave. Y transmitirles a nuestros hijos que nosotros somos normales, somos corrientes y que vamos a asumir que no somos corrientes. Entonces, eso supone transmitir una lectura crítica. "Mira, hijo, esto no es asumible por esto y por esto. Esto no es asumible por esto y por lo otro. La novia no te puede decir de esa manera, no, porque uno tiene que preservar la manera en la que también tiene que vivir en cuidado, en castidad. Lo que existen las tentaciones de esta manera, no nos podemos divertir, porque, porque cuando está la gente bebida al lado tuyo, ¿qué pintas tú al lado de ellos?". Dar razones para tener una lectura crítica. Incluso, fijaros, que cuando estamos viendo un informativo, la familia sea capaz de hacer una lectura crítica de ese, de las noticias que se sirven en un informativo. Te das cuenta de lo que ocurre, a dónde estamos yendo, de la crisis que, que se está generando. Una lectura. Yo recuerdo, ¿no? Como con gran gratitud, que nuestro padre, pues cuando acontecían cosas, ¿no? Él nos ayudaba a tener una lectura crítica. Cuando resulta que igual había mayoritariamente, pues una lectura muy diferente en la sociedad de lo que ocurría en la vida de España, ¿no? Por lo tanto, educación en el discernimiento para, para distinguir entre el bien y el mal. De hecho, hay un pasaje evangélico que pocas veces solemos citar, que es el del capítulo 12 de San Lucas, en el cual se dice: "Cuando veis subir una nube por el poniente, decís enseguida: 'Va a caer un aguacero', y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: 'Va a haber bochorno', y sucede. Hipócritas, sabéis discernir el aspecto de las nubes y de la tierra, y ¿no sabéis interpretar el tiempo presente?". Yo tengo que saber interpretar el tiempo presente. Y en mi familia, y mi familia remitir a mis hijos que la gran crisis que estamos teniendo de valores, esta crisis increíble que está aconteciendo, en la que, en la que resulta, ¿no? Que se pretende constituir mi deseo en ley, en la que estamos perdiendo las claves hasta de la propia antropología, antropología humana, etcétera. A ver, tengo que, tengo que ayudar a tener una interpretación crítica. "No sabéis interpretar el tiempo presente". Será clave, eh, ese aspecto. Y por cierto, creo que una familia tiene también que saber a dónde me arrimo para que me ayuden a tener una interpretación crítica de todo esto, porque también yo necesito formarme para poder transmitir una lectura crítica de este tiempo que vivimos.

Cuarto lugar, la integración del deseo de libertad y de la obediencia. Este es otro gol que nos ha metido nuestra cultura. Es como la dialéctica entre excluyente entre libertad y obediencia, como que sean dos cosas, ¿sabes? Contradictorias. Si tú eres libre, no puede ser un, un joven obediente. Sí. ¿Por qué? Dice Chesterton: "¿Por qué todos los tontos del mundo piensan que solo somos libres cuando desobedecemos?". Ese gol, ¿quién nos lo ha metido, eh? Dice Chesterton, porque todos los tontos del mundo piensan eso. ¿Por qué nadie se le ocurre pensar: "Mira qué libre es como ha obedecido"? Se le ocurre pensar en ninguno. Eso. La gente dice: "Mira qué libre es, mira cómo desobedece". Un momento. ¿Quién nos ha metido ese gol, a ver? ¿Quién nos ha metido en la cultura que la libertad y la obediencia son, eh, antagónicas? Es una dialéctica de exclusión. Tenemos que tener también una, un redescubrimiento de la libertad. Redescubrimiento de que la libertad no es un fin en sí mismo. La libertad es un medio. Es un medio. Es un medio para alcanzar el bien, para alcanzar la verdad. Nuestra cultura ha introducido una imagen deformada de la libertad. En España hubo un debate, un debate, eh, entre don Antonio Cañizares, Cardenal Arzobispo jubilado, y un expresidente español socialista, ¿no? Era Rodríguez Zapatero. Tuvieron entre ellos dos, ¿no? Un debate inolvidable, ¿no? En el que hubo un momento cumbre de ese debate, ¿no? Y cuando don Antonio Cañizares dijo que "la verdad nos hace libres", pues Rodríguez Zapatero, el expresidente de España, dijo: "No, es la libertad la que nos hace verdaderos". O de es que no se puede decir más con menos palabras, vamos. "No es la verdad la que nos hace libres, o es la libertad la que me hace verdadero". Y decía: "Es increíble, ¿no? Que que se pueda decir con tan pocas palabras, se puede expresar to, toda la crisis, ¿no?". O sea, es decir, no es mi elección la que hace la verdad, sino que es mi elección la que tiene que descubrir la verdad y abrazarse, y abrazarse a ella, ¿no? En la familia aprendemos que la libertad se usa para amar, para olvidarnos de nosotros mismos, para entregarnos. Y que la mayor, la mayor expresión de libertad que puede existir es obligarte a ti mismo por amor hacia los demás. Ent, tenemos que, eh, redescubrir y sanar el concepto de libertad tan, digamos, deteriorado que existe.

Quinto lugar, la familia tiene que ser el lugar en el que seamos educados en la fortaleza interior. Este es un gran problema, eh, el de la fortaleza interior, porque nuestra crisis cultural nos ha llevado a ser muy frágiles, muy frágiles. Entonces, cuando uno es muy frágil, muy frágil, eh, fácilmente es arrastrado por lo cómodo, por lo placentero, por el mínimo esfuerzo. Y eso, obviamente, es muy contradictorio con los valores evangélicos, en los que dice Jesús: "El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz". Claro. A ver, si no somos educados en la fortaleza interior, difícilmente vamos a vivir el evangelio de seguimiento a Jesucristo. Y cuál es un problema grave que tenemos, pues, pu que estamos en una, en en una cultura en que más jóvenes lo han tenido todo, todo fácil, todo fácil. No han luchado para nada, eh, en esta vida. Y entonces su fragilidad es máxima. E, nuestra madre falleció hace ya 4 años, 4 años o 4, 5, no lo recuerdo, ¿no? Y recuerdo que el día de su funeral, el día del funeral, en la homilía del funeral de nuestra madre, allí, yo, como era una mujer recia, una mujer que había vivido en España, pues la Guerra Civil, la persecución religiosa, madre mía, que había tenido que vivir como, como España salía de, después de aquella situación y comenzaba, etcétera, etcétera, ¿no? Y claro, yo, a mí me había admirado su fortaleza, ¿no? Pues, pues prediquen humilde, de aquella famosa reflexión que creo que la realizó un, un escritor norteamericano, ¿no? Que venía como a describir el devenir en la crisis del devenir cultural como en cuatro partes, ¿no? Y era: "Los malos tiempos dieron a luz gente fuerte. La gente fuerte dio a luz buenos tiempos. Los buenos tiempos dieron a luz gente débil. Y la gente débil dio a luz malos tiempos". Ent, estamos en esas, eh. Estamos en esas. Claro. Y eso es así. Uno ve, ¿no? Ve a una persona como la historia de San Juan Pablo II, con qué fortaleza tuvo que luchar, ¿no? Sin familia, contra la invasión nazi, luego contra la invasión soviética, entrando como un seminarista en la clandestinidad, madre mía. O sea, con, con una situación así, uno, pues acaba siendo, tiene una fortaleza interior tremenda, o te rompes, o eres, ¿no? Pero claro, nosotros, a ver, en esta situación en la que hemos vivido, estamos frágiles, ¿no? Lo siguiente, eh. A cualquier cosa nos rompe. "Ay, el chico, no le digas eso que se va a traumatizar", dice. Madre mía.

Entonces, a ver, es importante que eduquemos a nuestros hijos en la fortaleza. Y eso también requerirá, pues venga, vamos a darles encomiendas. Vamos a darle responsabilidades. Encárgate de esto, encárgate de lo otro, haz esto, prepara la comida. Yo qué sé, ¿me explico? O sea, que es que tenemos que educar en la fortaleza. Tenemos que educar en la fortaleza para saber dar cara a la vida, sino nuestra fragilidad se nos pone en una situación de debilidad máxima.

Esto supone el saber practicar el "ere contra", que dice San Ignacio de Loyola. ¿Qué es eso del "ere contra" de San Ignacio de Loyola? Que tú tienes que ser capaz de llevarte la contra a ti mismo, a tu apetencia. El "ere contra" es, a ver, a mí igual me apetece esto, pero yo tengo que aprender a llevarme la contra a mí mismo.

Y el otro no. Pues yo recuerdo, por ejemplo, que nuestro padre nos educaba cuando nos ponían un plato combinado para comer. Ya estamos todos y nos decía: "Mira, tú primero del plato combinado comes lo que menos te gusta, eh. Y al final te va quedando lo que más te gusta y te lo comes rápidamente. No lo que no vas a hacer es, primero del plato, me como lo que más me gusta y al final me queda lo que menos me gusta, que se me hace bola y ya no me entra, no". A ver, así no se va en la vida, chaval, así no, ¿eh?

A ver, parecerá una tontería, pero eso es clave para para educar en la fe. Hay que también educar en el "ere contra", en saber llevarnos la contra a nosotros mismos, a nuestras apetencias. No es lo mismo lo que me apetece que lo que quiero. Y uno de los, eh, una de las grandes desgracias de nuestro tiempo es que confundimos "quiero" y "me apetece". Pues no es lo mismo. Y de confundir ambas cosas vienen muchas desgracias, ¿eh? Por eso, ¿no? La educación en la fortaleza interior es muy importante, muy importante, no para poder ser seguidores de Jesucristo, para no ser manipulables por esta cultura, eh, por esta cultura.

Bueno, podemos seguir, no seguir con con con otros detalles, pero voy a, de una manera más breve, para no alargarme en exceso, voy a decir el sexto lugar: equilibrio entre personalización y sentido comunitario. Hoy en día se habla mucho de una educación personalizada. De acuerdo, creemos en, no creemos en el igualitarismo, pero si es cierto, ¿no? Que hay que educar personalizadamente a cada uno. Cada padre y cada madre saben ciertamente que cada hijo es único, irrepetible. Tampoco hay que caer en el singularismo. En el singularismo.

San Benito dice en su regla: "Llama la atención del monje que pretende ser siempre el distinto, el singular, ¿no? Que siempre pide, eh, pide como permiso especial, ¿no? Yo es que ya sé que la regla dice esto, pero yo, en fin, es que tengo un problema y entonces yo siempre pido dispensa. Siempre pido dispensa. Siempre pido dispensa. No me pongo en la, en la cola como los demás, no como la comida de los otros, porque no sé qué, no hago". A ver, dice San Benito: "Cuidado con ese, eh, cuidado con el que no tiene la capacidad de asumir las reglas comunitarias y y pasar por donde pasan todos, porque es una tentación, ¿no?".

Es decir, que tenemos que educar sí, sabiendo que cada uno de nuestros hijos es distinto, ¿no? Pero al mismo tiempo haciéndole entender a nuestros hijos que pasar por uno de tantos en esta vida es muy educador, es muy educador. Nos paramos en la fila como todo el mundo, eh, guardamos nuestro turno, eh. Soy, o sea, soy consciente de que la humildad de internos a la regla común es educadora, educadora de nuestra tendencia al egoísmo, a creerme yo el único, irrepetible, etcétera, etcétera, ¿no?

Luego, luego también esto es importante porque a veces ocurre. Hoy en día, por ejemplo, ¿no? Un conflicto con el colegio. En un tiempo, si un alumno tenía un conflicto con el colegio, en mis tiempos, si el profesor te había reñido o lo que sea, lo que fuere, ¿no? Yo, desde luego, no se me ocurría ir a mi casa pidiendo que mis padres, no sé, fuesen. A ver, ¿no? Porque yo sabía que mis padres iban a hacer, iban a hacer causa común con el colegio. Claro, no había manipulación ninguna.

Pero hoy en día, supertípico que viene un chaval que le han dicho que el examen no sé qué, porque mira lo que me han dicho. Entonces yo voy y allá va mi padre y mi madre a pedirle explicaciones al profesor para decir: "Mía". O sea, eso es una auténtica desgracia, es una auténtica desgracia. Yo recuerdo en una ocasión que estaba en la parroquia y una catequista a un niño de la catequesis la había, por su comportamiento, la había sacado al pasillo, la había castigado sacando al pasillo. Y entonces, bueno, me viene después un padre pidiéndome explicaciones de que su hijo lo habían sacado al pasillo. Y empezamos un poco a hablar, ¿no? Un padre era imposible entenderse con él. Hubo un momento en que le dije: "Usted no se da cuenta de que usted y yo estamos en el mismo bando, ¿no? No estamos en el mismo bando, que es educar a su hijo. O sea, ¿cómo es posible que usted y yo estemos hablando como si estuviésemos en bandos distintos?". ¿No se ha dado cuenta? ¿Eso no se da cuenta de que de que es educador para su hijo que aprenda a tener un comportamiento como todo hijo de vecino, eh? Y aprende, aprende a ser uno más. Eso hoy en día es patente, eh, de que parece que justificamos un singularismo y y hemos dejado de tener conciencia como la obediencia, la Asunción de la, la norma común es educadora.

Concluyo con los puntos principales, con los últimos dos. La familia cristiana es aquella que se visualiza la llamada de todo el mundo a la conversión. Esto es importantísimo. La familia cristiana funcionará si existe en ella una llamada a la conversión. Ese profesor del seminario del que antes he mencionado que nos marcó mucho nuestra, nuestra educación, Don José Antonio se llamaba, nos decía: "Mirad, para que una familia no se rompa, hace falta por lo menos en ella un tonto, eh". Decía, y para que la familia sea feliz, hace falta que sean tontos todos, ¿eh?

Entonces, a ver, lo que el mundo llama a ser tonto, en el fondo es un olvidado de sí mismo. Para que una familia no se rompa, hace falta que haya alguien que esté olvidado de sí mismo. Si no, se va a romper. Todo el mundo piensa lo mío, mío. Tú en lo tuyo, tú en lo tuyo. Al final, la familia se va a romper, ¿no? Es decir, que la clave, la clave de la familia está en el permanente estado de conversión de todos sus miembros. Ser egoísta y estar casado es una bomba, una bomba de relojería que tarde o temprano va a hacer "pun". De no ser que haya conversión. Eso es. Y a veces he puesto el ejemplo, eso es como ser cura y ser ateo. A ver, ser cura y ser ateo no puede ser. Pues ser egoísta y estar casado tampoco, tampoco. Porque, porque, claro, porque una familia es un sitio en el que estás llamado a olvidarte de ti mismo, entregarte completamente a los demás. Y si no, la familia va a hacer "pun", eh, va a hacer "pun".

El matrimonio es pasar de la clave, de la clave del yo a la clave del nosotros. En la familia estamos llamados no a ser, no a tener un termómetro para medir la temperatura del otro, sino más bien ser un termostato. La diferencia entre el termómetro y el termostato es que el termómetro mide la temperatura del otro y el termostato lo que hace es compensar la temperatura del otro, eh. Eso es un termostato. Entonces, en un familia, en una familia tenemos que ser termostato, no termómetro. Y y entonces eso supone continuamente me estoy, eh, estoy llamándome la conversión. Clave, ¿no? Pues al final las familias perviven porque hay un un compromiso del olvido de nosotros mismos.

¿Y qué es la conversión? Es la llamada a seguir a Jesucristo en el olvido de sí mismo. "El que quiera seguirme, que se olvide de sí mismo, coja su cruz y me siga". La familia es un lugar de la llamada a la conversión. A veces yo diría: "¿Qué hubiese sido de nosotros si no fuese por una familia que me ha hecho continuamente llamadas a la conversión, al olvido de mí mismo?".

Y concluyo diciendo, sin duda, una clave, una clave es lo que hoy vamos a hacer en esa consagración que vamos a hacer a María. No fundar todo en Cristo, consagrarnos al Sagrado Corazón de Jesús en familia o por medio del Inmaculado Corazón de María. Prepararnos para la consagración al Corazón de Jesús. Eso es básico porque supone que haya, que quede patente, que que quede patente en el seno de una familia dónde tenemos puesto el corazón. El corazón está puesto en Dios. Y entonces nos unificamos en Dios, nos unimos en Dios. Si sacamos a Dios de la ecuación de nuestra familia, nuestra familia se disuelve.

Luego, hacer una consagración al Corazón de Jesús o a María para que nos, por el "totus tuus" famoso, ¿no? Que por María nos preparamos para consagrarnos a Jesús, es comprometernos todos a que tengamos un ideal común, tener puesto el corazón en el mismo sitio. Y eso garantiza la unión de la familia.

Alguien dijo, ¿no? Que que educar no es llenar un cubo, sino encender un fuego. Claro, hay personas, eh, que se piensan que educar es llenar un cubo y con enviar a su hijo a la universidad más cara y con que saque, no sé qué puesto, se piensan que han educado. No, educar no es llenar un cubo, eh, es encender un fuego. Es ver dónde tengo yo puesto mi corazón.

Por eso, ¿no? También fijaros, existe un gran error que hay personas que se acercan a la Iglesia Católica para educar a sus hijos porque buscan en la Iglesia Católica una ética, una ética que, pues que les preserve de males, de malas costumbres, de malos hábitos. Voy a llevar a mi hijo a este colegio católico para ver si así tiene amistades mejores. Voy a llevar a este colegio católico para ver si su forma de hablar, si su forma de tal, coge buenos hábitos, buenos modales. Pero no le lleva a su hijo a la Iglesia Católica para que se enamore de Jesús, ¿sabes? Sino para que moralmente, éticamente, de preservado de malas costumbres. Es más, si un día le llega, pues una carta desde el colegio invitándole al chaval a un retiro, dice: "No, a eso no vayas, a ver si te van a comer el coco, ¿sabes?".

Hay mucha gente que se acerca a la Iglesia Católica con una percepción moralista, moralista, intentando recibir del Evangelio, pues algo, una ayuda para preservarnos de la degradación moral. Pero sin ser conscientes de que eso es un puro moralismo. Al final, mi, mi hijo no va a recibir la educación cristiana si su corazón no está en Jesucristo. Porque los moralismos sirven para muy poco tiempo, para un, para muy poco tiempo. Un chaval irá creciendo y dirá: "A ver, ¿por qué esto no? ¿Por qué esto no? ¿Y por qué esto no?". A mí, si si mi corazón no está lleno de un ideal que que le dé consistencia a que yo sea distinto, pues yo no entiendo por qué tengo que ser distinto. Lo único que educa al final es enamorarse de Jesucristo. Y desde ahí vendrá la ética, desde ahí vendrá la moral.

Pero creo que por eso, una clave de la educación cristiana está en nuestra consagración al Corazón de Jesús, sin pretender reducir la la educación cristiana meramente a una ética o a una moral de buenos modales de comportamiento, que está muy bien, pero que eso tiene que ser la consecuencia de haber descubierto que Jesucristo es nuestro Dios y Señor, que Jesucristo es nuestro Dios y Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. [Música]