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Bendiciones para todos. Qué bonito es escuchar la palabra de Dios, sobre todo el santo evangelio, que nos presenta la vida y la doctrina de Jesús.
Hoy el evangelio nos presenta la multiplicación de los panes y los peces. Jesús es quien hace este milagro. Él es el Emmanuel, Dios con nosotros. Dios es el único que hace milagros. Y podemos encontrar en este pasaje, el evangelio, tres enseñanzas.
Dios es generoso. Jesús multiplica los panes y los peces. Él se muestra como el Dios generoso. Dios siempre da con generosidad.
En segundo lugar, Dios se preocupa de nosotros. Jesús no quiere que esta multitud pase hambre. Jesús de verdad se preocupa por nosotros. Nadie está tan preocupado por cada uno de nosotros como Jesucristo.
En tercer lugar, Dios cuenta con nosotros. Jesús no hace el milagro de la nada. Jesús parte de una colaboración humana. Cinco panes y dos peces. Tenemos que colaborar con Dios. San Agustín lo va a decir de una manera magistral: "Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti". Tenemos que colaborar con Jesucristo.
Dios es generoso. Dios se preocupa de nosotros. Dios cuenta con nosotros. Que la Virgen, nuestra madre, nos ayude a colaborar con Cristo. Él sigue haciendo milagros hoy en nuestras vidas. Que así sea. Amén.
Pues, Padre. Padre, justamente hablábamos de que Jesús se compadece de nosotros y se compadece de esa multitud que lo seguía. Hoy vemos a personas abandonadas, pero quizá la prisa que tenemos, que nosotros no podamos atenderlas. ¿Cómo aprender de Jesús a no ser solo observadores de las necesidades, sino a convertirnos en instrumentos de ayuda?
Esa pregunta es muy importante porque el Maestro, con mayúscula, Jesucristo, y por eso es importante meditar los evangelios con calma, siempre bajo la luz del Espíritu Santo, para que se nos contagie. Jesús es cercano. También nosotros tenemos que ser cercanos. Jesús tiene una mirada misericordiosa. También nosotros. Jesús actúa. No basta mirar con misericordia. Hay que plasmar esa mirada con gestos concretos, con actos concretos. Cada uno tiene que, en la medida de sus posibilidades, concretar esos sentimientos misericordiosos que hay en nuestro corazón cuando vemos una necesidad.
Es verdad que no se puede ayudar a todo el mundo. Cuántas veces me pasa también a mí. Yo siempre voy con el cuellito blanco de sacerdote y cuando a veces tengo que conducir mi carro, hay semáforo rojo, paro y todos los mendigos me ven sacerdote, todos vienen como moscas a la miel. "El padrecito tiene plata". Siempre hay esa idea. Es imposible que yo, pues, pueda dar una limosna a 30 mendigos, pero a alguien en concreto sí que se puede ayudar. Tenemos que ayudar de acuerdo a nuestras posibilidades, pero siempre tratar con cariño a todos y siempre decir: "Un Dios te bendiga, rezo por ti". Es verdad que eso no va a saciar el estómago, pero a uno sí que puedo ayudar. Siempre se puede hacer algo por los demás. Lo peor es tener una actitud pasiva.
Padre, para los discípulos era insuficiente cinco panes y dos peces para alimentar, pues, a toda esa multitud que seguía a Jesús. Sin embargo, en las manos de él todo se convierte en abundancia. ¿Qué enseñanza nos deja este pasaje sobre el valor de compartir, incluso cuando nuestros recursos son limitados?
Como usted dice, no puedo atender a 30 personas, pero sí a los que más necesitan, porque hay personas que más necesitan. En primer lugar, hay que aclarar que Jesús realizó un verdadero milagro. Esto hay que dejarlo bien en claro, porque yo he escuchado por ahí algún predicador despistado que dice que no hubo milagro, sino que el gran milagro fue que Jesús suscitó que todos compartieran su refrigerio, su lonchera, y por lo tanto se tiran abajo el milagro de la multiplicación de los panes y peces. Esa interpretación no es católica, viene de un teólogo protestante llamado Bultmann, pero lamentablemente ha sido copiado por algunos predicadores católicos que, repito, dicen que el gran milagro fue que todos tenían ahí guardadito su refrigerio y Jesús suscitó el compartir y cada uno ya sacó su lonchera y compartieron. Jesús hizo de verdad el milagro a partir de cinco panes y dos peces.
Ahora, tu pregunta, la solidaridad, el compartir, por supuesto que también se aplica, pero ¿en qué sentido? En esa persona anónima que dio los cinco panes y los dos peces. Porque esa persona, ese muchachito, se desprendió. Y aquí tenemos una lección muy bonita. Yo tengo que ser una persona desprendida. No puedo estar yo aferrado a mis bienes. Ahí se ve cómo está nuestro corazón. Cuando yo me desprendo de algo para que el otro esté mejor, esos cinco panes y dos peces fueron la donación, verdadera donación, porque quien donó lo donó todo. Y ahí luego, a partir de esa materia, cinco panes y dos peces, Jesús realiza el milagro. Eso sí podemos nosotros imitar de quien dio los cinco panes y los dos peces. Ni tú ni yo hacemos milagros, solo Dios los hace, pero sí tenemos que ser personas desprendidas, solidarias, preocupadas de los demás.
Padre, esto nos llevaría, pues, a decir, esto nos enseña a no ser indiferentes frente a la pobreza, la injusticia y las necesidades de quienes nos rodean. Por más, eh, pequeño que sea nuestro aporte, es importante porque estamos ayudando al prójimo en ese momento en que más necesita.
Sí, la indiferencia tiene una raíz que es el egoísmo. Si ese muchachito, si esa persona que dio los cinco panes y los dos peces hubiese sido una persona egoísta, no tendríamos el milagro. Pero no fue egoísta. El egoísmo hace mucho daño. Ya decía la Madre Teresa de Calcuta: "La persona más peligrosa del mundo es el egoísta". El egoísta está mirándose siempre el ombligo y no mira el rostro de quien está a su lado. Y todos tenemos siempre una cuota de egoísmo. Hasta en las cosas religiosas. A veces, cuando se reparten estampitas o se reparten rosarios, siempre uno ve: "Yo primero, yo primero, [carraspeo] yo primero", siempre la típica, ¿no? Porque de repente va a faltar, pues, que no reciba el último, ¿no? Siempre estamos pensando así: "Yo primero, padrecito". Hay que cambiar el chip. Primero, el prójimo.
Algunas veces han dado un principio que está en la vida de Jesús. Lo primero y lo mejor para el prójimo, lo último y lo peor para mí. ¿Y quién me ha dado el ejemplo? Jesús. Jesús busca lo primero y lo mejor para nosotros, la vida eterna. "He venido para que tengan vida y vida en abundancia" (Juan 10:10). Para él la cruz, la coronación de espinas, los insultos, los azotes, el oprobio. Tenemos que imitar al Maestro. Jesús ya nos ha marcado el camino. Por eso, qué bonito lo que escribió San Pablo en Filipenses 2:5: "Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús". Ahí está la clave para ser solidarios, siempre personas caritativas con aquel que lo está pasando mal.
Padre, y acá para dejar en claro que este sí fue un milagro, después de alimentar, pues, Jesús a la multitud, el evangelio nos dice que todos comieron hasta quedarse satisfechos y sobraron incluso 12 canastas. Este es un, se quiere dejar en claro que hay una superabundancia de panes y peces porque así actúa Dios. Dios es generoso con nosotros. Tenemos que ser generosos también con Dios. Dios es supergeneroso, no se deja ganar en generosidad y Dios siempre bendice. Aprendamos también nosotros a ser generosos, en primer lugar con Dios y también con el prójimo, pero en primer lugar generosos con Dios.
¿Cuántas personas hay católicas que nunca van a misa los domingos? Nunca van a misa, pero sí tienen tiempo para el fulbito, luego el fulbazos. Tienen tiempo para una serie de cosas que no traen la salvación, pero para Dios no hay tiempo. Para aquel que es el único que puede llenar nuestros corazones, no hay tiempo. Para aquel que, siendo Dios, ha hecho hombre y ha muerto por nosotros, no hay tiempo. Tenemos que ser generosos con Dios, darle nuestro tiempo a Dios. No seamos tacaños con Dios. Quien es generoso con Dios será generoso con el prójimo. Porque si somos generosos con Dios, Dios es más generoso con nosotros, nos llena de su amor y transmitimos ese amor a los demás.
Padre, ¿cómo entonces hacer comprender que la generosidad nunca empobrece, sino más bien nos produce frutos para quienes da y para quienes reciben?
[Carraspeo] Las matemáticas de Dios son diferentes a nuestras matemáticas. Cuando tú tienes cinco manzanas y das tres, te quedas con dos. Sumar, restar, multiplicar, dividir. Todo ello es algo exacto. Las matemáticas son exactas, pero las matemáticas de Dios son diferentes. En la vida de San Martín de Porres se relata que, pues, él iba al mercado hacer las compras del convento de los dominicos y venía con la canasta llena de víveres comestibles. A partir de la caridad, le llamaban los mendigos, los pobres, se le acercaban y él iba repartiendo, iba repartiendo, iba repartiendo y la canasta llegaba llena al convento, llena. Si somos generosos con el prójimo, Dios es generoso con nosotros. Cuando nosotros nos desprendemos de algo, recibes una lluvia de gracias. La caridad siempre es bendecida por Dios. No lo dudes. Haz la prueba. Haz la prueba. Deja de lado tu egoísmo, tu indiferencia. Abre tu mano. Sé una persona generosa. No seas una persona tacaña. No tengas la mano más cerrada que mano trapecista. Abre la mano. Hay que abrir la mano.
Como padre. Siempre hemos escuchado el salmo de hoy, perdón, Salmo 5: "Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores".
[Resoplido] Padre, siempre hemos escuchado decir de que la caridad empieza por casa, pero a veces, eh, empezamos por fuera y abandonamos a la familia, sabiendo que existen muchas necesidades.
Ese es un desorden. Ya también hemos hablado alguna vez de que el amor es ordenado. Ordo amoris, decía San Agustín. Ordo amor, el orden del amor. No puede ser que seamos caritas sonrientes en la calle y cara de velorio en la casa. De ninguna manera. Hay que poner orden en el amor. Primero Dios, siempre primero Dios y luego está mi familia. La caridad, en primer lugar, se tiene que vivir en nuestro hogar. No es fácil. No es fácil. De hecho, es bien difícil porque el mismo Jesús lo va a decir: "Nadie es profeta en su tierra". Pero el Señor nos dará todas las gracias para que seamos profetas en nuestra tierra, dando buen ejemplo, comunicando la verdad y amando de verdad.
El amor verdadero es un amor en Cristo. Esto también es bueno decirlo. El amor verdadero es un amor en Cristo. No es amor verdadero dejar que un hijo se pierda. Porque a veces hay padres de familia que dicen: "Bueno, es su libertad". Por supuesto, tienes que respetar la libertad de tu hijo y su personalidad, pero no te puedes quedar tan tranquilo si eres papá o tan tranquila, si eres mamá, si tu hijo está en un vicio o ha desconectado de Dios. Todos los días tendrás que rezar por él, darle buen ejemplo, comunicarle la buena noticia, no todos los días de repente, porque si no lo puedes atosigar, pero pide al Espíritu Santo que te dé la dosis. Tienes que acercarlo a Dios. Uno no se puede quedar tan tranquilo cuando ve que un familiar está perdido. Tenemos que preocuparnos de la salvación de nuestra familia porque el mayor acto de caridad, y esto a veces se nos olvida, es llevar a la gente a Jesucristo.
Padre, eh, este pasaje no solo pues nos invita a admirar el milagro ocurrido hace más de 2000 años, sino a preguntarnos qué haría Jesús en medio de las necesidades de nuestro tiempo. ¿Qué mensaje le das para que este evangelio no solo quede como una lectura, sino que nos inspire a hacer acciones concretas de servicio?
Que cada uno saque un propósito concreto, no 1000 propósitos, porque a veces con un propósito no quedamos en nada. Un propósito concreto. ¿A quién voy a ayudar? Un nombre. No me des 20 nombres, un nombre. Comenzando en tu casa, piensa en tu casa: esposo, esposa, hijos, nietos, abuelitos, hermanos de sangre, primos, hermanos, tíos. Piensa en tu círculo familiar, ¿quién necesita de mí? Y no estoy hablando solamente de plata, estoy hablando también de lo espiritual. Sí, estoy hablando sobre todo lo espiritual. ¿De qué vale llenar el estómago de comida? Hay que hacerlo. Ah, por si acaso. No estoy diciendo que no se haga. Si tú ves un familiar que está con problemas económicos y puedes ayudar, ayúdalo. Ahí tiene que comer. Pero, ¿de qué vale que sacie su hambre corporal si no estás ayudando en saciar ese hambre espiritual también? Nos vamos a morir. Tenemos un alma inmortal. Tenemos que preocuparnos de la salvación, repito, de nuestra familia. Saquemos un propósito, todos, yo el primero. A ver, en mi casa, en mi familia, ¿quién anda con alguna necesidad espiritual o material? ¿Y qué voy a hacer? Por supuesto que rezar primero, por supuesto, pero a veces también usamos esa expresión para lavarnos las manos. "Ah, estoy rezando". Por supuesto que hay que rezar. Es lo primero, que quede claro, es lo primero. Pero no basta la oración, hay que pasar a la acción. Algo se tendrá que hacer por esa persona que la está pasando mal. Algo se tendrá que hacer. Pidamos al Espíritu Santo, pues, creatividad, ingenio para ayudar a quien la está pasando mal.
Quiero invitarles también hoy a una tarea bíblica. En realidad, hubieron dos milagros de multiplicación de panes y peces, así que los van a buscar en los evangelios y van a comparar ambos milagros. Dos milagros verdaderos. Ah, no son cuentos chinos, mitos, no. Dos milagros verdaderos. Jesús multiplicó panes y peces dos veces. Busquen los dos relatos. Hoy el evangelio trae el primer relato, pero hay un segundo relato, un segundo milagro. Y comparen, comparen los contextos, comparen las cantidades. Nos hace mucho bien conocer los milagros de Jesús.
Padre, así será. Yo pensé que solamente había uno, pero es una gran tarea para poder buscar en el evangelio ese otro pasaje de nuestro Señor. Gracias por acompañarnos un domingo más en el encuentro con la palabra, que es la fuerza que guía nuestra vida. Con nosotros será hasta el próximo domingo. Los dejo con el padre Carlos para recibir la bendición final.
Dios todopoderoso les bendiga en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Bonito domingo, bonita semana en Cristo Jesús. Ánimo y no dejen de rezar siempre a nuestra Madre Santísima. Ella es la primera en llevarnos a Jesús.