📱

Get Our Mobile App

Take your business learning on the go!

Download on the App StoreGet it on Google Play

El Intruso, de Vicente Blasco Ibáñez

libros simba10:17:25

Transcription

Simba es un proyecto gratuito de promoción de la lectura. Ayúdanos a que nuestros libros lleguen a más gente compartiendo lecturas en las redes sociales. Si puedes, si quieres, también puedes hacer una donación para mantener el proyecto y posibilitar que nuestra biblioteca siga creciendo.

El intruso, Vicente Blasco Ibáñez, novela.

Índice.

Primero comenzaba a clarear el día cuando despertó el doctor Aresti, sintiéndose empujado en un hombro. Lo primero que vio fue el rostro de manzana seca, verdoso y arrugado de Catalín, su ama de llaves, y los dos cuernos del pañuelo que llevaba la vieja arrollado a las sienes.

—Don Luis, despierte —murmuró Catalín—. Muerto allí en el camino de Ortuella, el juez que vaya.

Comenzó a vestirse el doctor después de largos desperezos, haciendo una rebusca lenta de sus ropas entre los libros y revistas que, desbordándose de los estantes de la inmediata habitación, se extendían por su dormitorio de hombre. Solo dos médicos tenía a sus órdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel día estaban ausentes, uno en Bilbao con licencia, el otro en Galdames desde la noche anterior para curar a varios mineros heridos por una explosión de dinamita.

Catalín le ayudó a ponerse el recio gabán y abrió la puerta de la calle mientras el doctor se calaba la boina y requería su cachaba grueso, callado, con conteras de lanza, que le acompañaba siempre en sus visitas a las minas.

—Oye, Catalín —dijo al trasponer la puerta—, ¿sabes quién es el muerto?

—El maestrico, dicen, el que enseñaba por la noche el abecedario a los pinches y era novio de esa que llaman la charanga.

—Como ésta, Gallarta, señor. Dios ya se conoce, pues la iglesia siempre vacía.

—Lo de siempre —murmuró el médico—. El crimen pasional. A estos bárbaros no les basta con vivirla viendo y se matan por la mujer.

—Ares, tienda, vaya calle abajo —cuando la vieja le llamó desde la puerta—. Don Luis, vuelva pronto, no olvide que hoy es San José y que le esperan en Bilbao. No haga a su primo una de las suyas.

Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja de aquel primo que le había invitado a comer por ser sus días. En todo el distrito minero, nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con una admiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y poderío le temían como a una fuerza omnipotente.

El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán, estremeciéndose de frío. El cielo plomizo y brumoso se confundía con las crestas de los montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del Triano, que arranca las bobinas de las cabezas.

Aresti se afirmó los lentes y siguió adelante, todavía soñoliento, con esa pasividad resignada del médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus zapatos de monte se pegaban. Álvaro, la cacha, iba marcando con su lanza un agujero a cada paso.

La noche anterior había cenado Aresti con unos cuantos contratistas de las minas, lo más distinguido de Gallarta, antiguos jornaleros que iban camino de ser millonarios. No pudiendo coexistir con sus antiguos camaradas de trabajo ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se pegaban al médico, acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba en ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en el extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir entre ellos en la sociedad primitiva y casi bárbara del distrito minero. Esto les alargaba como si fuese una declaración de superioridad en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los chivos de Bilbao.

Además, respetaban al doctor con cierta adoración supersticiosa porque era primo hermano de Sánchez Moro Eta, y éste no ocultaba su gran cariño al médico. Sánchez Moro Eta, como quien dice, nada. Hacía muchos años que no había estado en las minas. Aún en el mismo Bilbao transcurrían los meses sin que viesen su barbacana y su cuerpo musculoso de gigante, los más íntimos del famoso personaje. Pero ya se podía preguntar por él lo mismo el gobernador de Bilbao que al último [ __ ] de Gallarta. Nadie se mostraba insensible ante su nombre.

Desde lo alto del Triano se veían minas y más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos inclinados, tranvías aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras de él, y de él también los altos hornos que ardían día y noche junto al Nervión, fabricando el acero. Gran parte de los vapores atracados a los muelles de la ría cargando mineral o descargando, y muchos más que paseaban la bandera de la matrícula de Bilbao por todos los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche, y un sinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de hoja de lata que funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios, no se dejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer a un hombre rico de la noche a la mañana con solo desearlo.

Hasta los señores de Madrid que gobernaban el país le buscaban y mimaban para que prestase ayuda en sus apuros y empréstitos. Y el doctor Aresti, amado por Sánchez Moro Eta con un afecto doble de padre y de hermano, se empeñaba en vivir fuera de su protección, más allá de la lluvia de oro que parecía caer de su mirada y que hacía que los hombres se agolpasen en torno de él con la furia brutal de la codicia, obligándolo a aislarse, a permanecer invisible para no perecer bajo el formidable empujón de los adoradores.

La única merced que el médico había solicitado de su poderoso pariente era el establecimiento en la cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes parecían faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Con toda su fama de práctico de los hospitales de París, con la popularidad que le habían dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fue aislarse en las minas cuando aún no tenía treinta años, viviendo en una casita de Gallarta con sus libros y su vieja criada, Catalín.

Los contratistas, los capataces, los químicos, toda la gente que formaba la clase sedentaria de las minas admiraba Aresti, poniendo en su adoración algo del asombro que en el vulgo el desprecio a las riquezas materiales. "Le gusta vivir con nosotros", decían con orgullo. "Mejor prefiere una merienda con gente de buena que un banquete en el palacio que Sánchez Moro Eta tiene en las Arenas. Ser primo de don José y pasarse meses sin verlo, pero qué famoso es el doctor".

El mísero rebaño de los mineros, albergado en los barracones y cantinas, tenía una fe ciega en su ciencia. Le miraban como a un grupo capaz de los mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano. Pasaban por los caminos de la montaña un sinnúmero de lisiados que, al conservar la vida después de horribles catástrofes, proclamaban la maestría del cirujano.

—¡Que venga don Luis! —gritaban—. ¡Genial! Minero herido por la explosión de un barreno. Yo, el [ __ ] casi enterrado por un desprendimiento de la cantera. Y al ver con la mirada vidriosa de la agonía los lentes del doctor, sus ojos irónicos bajo unas cejas mefistofélicas y la barba en punta llena de canas precoces, los infelices se sentían animados por repentina confianza. Vivían la llegada de la muerte esperando hasta el último momento el milagro que había de salvarles.

Los otros médicos del distrito eran recibidos por los enfermos con triste resignación. Don Luis, solo el doctor Aresti y las señoras de Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se aburrían en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo, sentían enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, solo por el gusto de hablar con el doctor, que a más de su ciencia llevaba con él algo de la grandeza de Sánchez Moro Eta y de las altas clases de Bilbao, hasta las cuales soñaban con llegar algún día.

Los maridos no necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los asuntos de familia y, apenas terminado su trabajo en las minas, le buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagruélicas. Le llevaban con ellos a las pruebas de bueyes y las apuestas de barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.

La noche anterior, Aresti se había acostado tarde, ya que había de comer en Bilbao, invitado por don José, que así era conocido por antonomasia, el poderoso Sánchez Murueta. Los ricos de Gallarta que llevaban igual nombre no querían dejar de obsequiar al doctor, y hasta más de media noche duró la cena. En el fondo principal del pueblo, un banquete de platos populares y sustanciosos, tales como los soñaban aquellos ricos improvisados en su época de hambre: conejos de monte, gallinas en toda clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile de viandas vulgares, rociadas desde la primera a la última con champán de las mejores marcas.

El champán era para aquellas gentes el distintivo de la riqueza, lo único que habían podido copiar de las clases elevadas. Lo querían del más caro para que constase bien su opulencia, y lo gastaban a cajas, abriendo a golpes las botellas y riendo como niños cuando el líquido se derramaba por el suelo, mojándose unos a otros con la espuma, bebiendo en tanques y llenando a veces las palanganas para lavarse la cara con el precioso vino. Despilfarro que a los postres nunca dejaba de producir hilaridad.

Aresti sonreía, recordando la fiesta de la noche anterior, las extravagancias infantiles de aquellos rústicos enriquecidos rápidamente e imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y laboriosa que llevaban en el monte. Sin detenerse en su marcha, el doctor contempló largo rato una colina roja que se alzaba a un lado del camino. Aquella tumefacción del paisaje era obra del hombre. La montaña se había formado es puerta sobre es puerta. A su sombra habían nacido Gallarta y la riqueza del distrito. Era la escoria de la mina de San Miguel de Begoña, la explotación más famosa de las Encartaciones, todas de mineral campanil y del más rico. Allí habían comenzado su fortuna Sánchez Moro Eta y otros potentados de Bilbao. Solo quedaba como recuerdo la montaña de escoria. El dinero estaba en la villa y en las entrañas de la tierra, los siervos anónimos que habían dejado parte de su existencia en el arranque del mineral.

Aresti vio un grupo de gente a un lado del camino. Pasaban corriendo junto a él chiquillos y mujeres. A veces se detenían para llamar a los que estaban en los desmontes inmediatos.

—¡N'han matado al maestrico! ¡Vamos a verlo! —y seguían corriendo hacia el gentío, en el cual se destacaban los negros uniformes y las boinas con chapa de una pareja de millones. Algunos muchachos, los pinches de las minas, llegaban atraídos por el suceso, llevando en cada mano un cartucho de dinamita para los barrenos. Familiarizados con el explosivo, se metían entre los grupos, empujando para abrirse paso y ver al muerto.

En medio del camino estaban inmóviles varias carreras con sus bueyes de raza vasca, pequeños de patas finas, con una piel de carnero entre los cuernos adornando el yugo. Al llegar el doctor, se abrió el compacto grupo, dejando ver un hombre tendido en la cuneta, con las ropas en desorden. El barro y la sangre formaban una máscara sobre su rostro. Aresti no tuvo más que inclinarse para convencerse de que estaba muerto desde muchas horas antes.

El juez municipal, un contratista de los que habían cenado con Aresti, le habló del suceso, lamentando el madrugón que le había proporcionado el pobre maestrico. Debía haber muerto casi instantáneamente, tenía un golpe en el corazón, una de aquellas puñaladas que solo se veían en las minas, donde vive tanta gente salida del presidio. Además, le habían herido en la cara, en las manos, en todo el cuerpo. Debían ser dos los que le acometieron, cerrada ya la noche, cuando volvía de Bilbao. Para el juez, el suceso no ofrecía dudas. De allí iría a aprender a los culpables sin miedo a equivocarse.

Recordaba Aresti en pocas palabras la historia del muerto, un andaluz de carácter triste y pocas palabras que había rodado por el mundo buscándose la vida en América en cien oficios y trabajando en todas las minas de España. Por las noches, cuando volvía del trabajo, daba lecciones a los pinches. Vivía a pupilo en casa de los padres de la charanga, una moza guapetona y descarada que llevaba revuelta a la chavalería de Gallarta, prefiriendo entre todos al hijo de un licenciado de presidio, un rebelde que iba de una a otra cantera, despedido siempre por su insolencia y que en los bailes del domingo llamaba la atención por su faja de guapo, arrollada desde el pecho hasta las ingles, con un arsenal de armas oculto.

El maestrico se había enamorado de la charanga con la pasión re concentrada y silenciosa de un hombre de 40 años. Los padres le querían, alabando sus costumbres sobrias, su actividad para ganarse la vida, y la muchacha, en su diferencia de bestia alegre, decía que sí a todo, continuando sus relaciones con el mantoncillo. Iban a casarse en aquella misma semana. El maestrico había marchado el día anterior a Bilbao para comprar algunos regalos a la novia, y al regreso, el amante y su padre le habían esperado en el camino.

Aresti oyó unos gemidos a su espalda entre el gentío. Un minero viejo se llevaba las manos a los ojos.

—Antón, pobre maestrico, matar a un hombre así, tan bueno, tan trabajador.

Era el padre de la charanga que lloraba ante el cadáver de su pupilo. El médico se fijó en el abultado abdomen del muerto e hizo que un niño deslizase la faja negra. Aparecieron dos botines de mujer con la suela blanca y el charol deslumbrante, el calzado con que sueñan las muchachas de las minas como una elegancia suprema. El pobre maestrico había ido a la villa para comprar este regalo a su novia.

Se abrió el grupo con cierto rumor de curiosidad, como a la llegada de un personaje esperado. Era la charanga, con las manos en las fuertes caderas, los ojazos insolentes y hermosos bajo el pelo alborotado, mostrando al sonreír sus dientes agudos de loba impúdica.

—¿Pero es verdad que han matado a ese? —y fijaba su mirada en el médico con la misma expresión de lubrica generosidad con que muchas veces le había invitado a seguirla cuando le encontraba en el campo. Después contempló el cadáver fríamente, emoción, y al tropezar su mirada con las botas de charol rompió a reír.

—¡Radios! Pues ya podía yo anoche esperar mis botas —fue todo lo que se le ocurrió ante el cadáver del que iba a ser su marido. Rompiendo a codazos por entre los hombres que se conmovían al contacto de sus caderas, salió del grupo, alejándose con soberbia indiferencia, pensando tal vez en el otro que, por amor a ella, iba a ir a presidio.

—La bestia —dijo el médico al juez, siguiendo la con la mirada—. La hermosa bestia de los tiempos primitivos, satisfecha de que los machos se maten por poseerla. Esto solo se ve aquí.

Y Aresti sonreía con la satisfacción del naturalista que contempla en su gabinete un animal extraordinario. Llegaban de Gallarta nuevos grupos atraídos por la noticia del asesinato. El juez mostraba prisa por ir con la pareja de millones en busca de los criminales. Unos amigos del muerto cogieron el cadáver, llevándolo hasta una carreta para conducirlo al pueblo. El doctor emprendió el regreso y, cerca ya de Gallarta, oyó que un muchacho de unos 14 años, un [ __ ] de los que trabajaban en las minas, le seguía, marchando tan pronto a su lado como delante, siempre volviendo la cara hacia él, mirándole con unos ojos desmesuradamente abiertos, suplicantes y vidriosos, como si fuesen a saltarles las lágrimas.

—¿Qué se ofrece, caballero? —dijo Aresti con su voz alegre, que parecía esparcir la confianza entre los desgraciados.

—¡Señor doctor! —gimió el muchacho—. ¡Mi padre, mi pobre padre!

Y, como si no pudiera contener la pena tanto tiempo comprimida, se ahogaron las palabras en su garganta y rompió a llorar. Aresti se fijó en él. No era del país, debía ser maketo, de los que llegaban en cuadrillas de Castilla o de León, empujados por el hambre, atraídos por los jornales de las minas. Un pantalón azul con piezas superpuestas en las posaderas y las rodillas oscilaba sobre sus zapatones claveteados de punta levantada. La faja negra oprimía una camisa de franela roja, apenas cubierta por un chaleco suelto, y la maraña de pelos ensortijados, sucios de barro, se escapaba por debajo de una boina vieja. Olía a juventud descuidada, a ropas mantenidas sobre la carne meses enteros.

—Tu padre, ya te entiendo —dijo bondadosamente—. ¿Y qué le ocurre a tu padre? Vamos a ver.

—El [ __ ] —se explicó trabajosamente—. Su padre estaba arriba, en la varga, en una casa de peones, muy enfermo. Se moría. Al amanecer había querido levantarse para ir al trabajo, como los demás compañeros, pero le ardía la piel, deliraba. El día antes había llovido y se mojó en la cantera. El que era su hijo se había quedado para cuidarle, pero como señor estaba muy mal, o mucho, para que él se hubiera decidido a perder el jornal del día. Y el muchacho repitió lo de la pérdida del jornal varias veces, dándole con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostración de la gravedad del enfermo.

Aresti creyó consolarle prometiendo que enviaría al médico que estaba en Galdames tan pronto como volviera, pero el muchacho rompió a llorar de nuevo.

—¡Señor doctor! ¡Usted solo, usted! Se lo pido por lo que quiera más en el mundo. He bajado de la varga para eso. ¡Usted sabe más que todos juntos! La gente dice que usted hace milagros.

Y apoderándose de una mano del doctor, se la besó repetidas veces, sin saber qué decir, como si estas muestras de veneración fuesen todo su lenguaje y con él quisiera convencer al médico.

—Basta, muchacho —dijo Aresti riendo—. No sigas, iré a la varga para que no me beses más con tu cara sucia. Buena se va a poner Catalín, y cuando sepa que subo al monte...

El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habló con menos dificultad, contestando a sus preguntas. Eran de tierra de Zamora. Ya habían venido a las minas su padre y él con seis paisanos más. Hacía tres años que realizaban este viaje a la entrada del invierno. Ellos tenían allá su poquito de tierra, cultivaban hierba y centeno. Las mujeres se encargaban de los campos durante el frío y los hombres emprendían la peregrinación a Bilbao en busca de los jornales fabulosos de once reales o tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el país. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y plantar la del año próximo.

En las minas se trabajaba mucho, la vida era dura, morían algunos, pero se podía volver a casa con buenos ahorros.

—¡Señor doctor! —ganó siete reales, mi padre once o doce. Damos un real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aquí todo va por las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral destroza mucho. Además, casi todas las semanas llueve en esta tierra y no se trabaja. Total que, no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos a casa a los diez meses con cuarenta o cincuenta duros.

—¡Pues vais a hacer ricos cualquier día! —dijo Aresti.

—Ya no, señor —contestó el muchacho cándidamente—. ¡Ricos nunca lo seremos! Aún si ese dinero fuese para nosotros, es que lo regaláis. Se lo llevan los mandones con el que pagamos la contribución.

Aresti caminó un buen rato en silencio, admirando una vez más la sencillez, la humildad de aquella gente dura para el trabajo, habituada a las privaciones, sin la más leve vegetación de ideas de protesta en su cerebro estéril. Abandonaban casa y familia para hacer una vida de campamento, encorvados ante la piedra roja, arañando la de sol a sol, con un desgaste de fuerzas que no era suplido por la alimentación, acelerando día por día la ruina de su organismo. Y este sacrificio oscuro y penoso era para sostener un derecho de propiedad ridículo sobre cuatro terrones infecundos, para mantener con gotas de sangre y pedazos de vida la pompa exterior de que se rodea el estado.

Al entrar en Gallarta, el médico pasó apresuradamente ante su casa, temiendo que les viera Catalina, y le apostó fase por su subida al monte.

—¡Vivo, muchacho! ¡Vamos a prisa! Son las siete y aunque de tomar el tren para Bilbao...

Pasaron apresuradamente por la calle principal de Gallarta, una cuesta empinada y pedregosa con dos filas de casuchas que ondulaban ajustándose a todas sus tortuosidades. Eran míseros edificios construidos con mineral en la época que éste no era tan buscado. Gruesos paredones agujereados por ventanucos, con balcones volados que amenazaban caerse, y los pisos superiores de maderas carcomidas. Las techumbres, con grandes aleros de tejas rojizas y sueltas, estaban mantenidas contra los embates del viento por una ola de pedruscos. En los pisos bajos estaban los establecimientos de Gallarta, tabernas en su mayor parte. Algunas ventanas con vidrios empañados servían de escaparates, exhibiendo zapatos o quincalla oxidada y vieja, restos de saldos de la villa enviados a las minas, donde todo se compra sin protesta, malo y caro, a causa del desnivel entre la empinada calle y las casas.

Unas tiendas tenían varios peldaños ante su puerta, como si fuesen torres; otras eran profundas como cuevas, con una escalera interior para bajar a ellas. Los establecimientos de ropas ondeaban en su fachada trapos multicolores. La calle, con sus tiendas estrechas y lóbregas, si sus casas de poca altura, hacía recordar la tortuosa vía de una población árabe. Algunas carretas permanecían detenidas a las puertas de las tabernas, moviendo los bueyes sus colas y bajando las testuz pacientemente, mientras adentro gritaban los ante los vasos de vino.

Aresti tenía buenas piernas, acostumbrado como estaba a aquel país montuoso, y apoyándose en la cacha, seguía sin dificultad al [ __ ] que casi corría por el camino con dirección a la varga, uno de los barrios extremos de Gallarta, situado en plena explotación minera. Así como ascendían por el áspero camino, era más fuerte el viento y se ensanchaba el paisaje. Agrandaban de los montes y se velaban los valles bajo la bruma de la mañana. Por la parte del mar, el Serantes, que guarda la desembocadura de la ría de Bilbao, recordaba sobre el cielo plomizo su mole coronada por un castillete. Abandonado a sus pies, extendía el mar su ancha faja oscura, cortada a trechos por otros montes más bajos, metiéndose en triángulos tierra adentro en forma de ensenada.

Hacía algún tiempo que el doctor no había subido a pie la cuesta de la varga y encontraba cierta novedad al espectáculo. Sin dejar de andar, iba examinando el paisaje. Una aldea que blanqueaba entre los campos al pie de Serantes era San Pedro Abanto. Más allá, al lado de una ría, alzábase la montaña de Somorrostro, dos nombres famosos que conocía toda España. Después de la guerra civil, como una resurrección de aquella lucha recordada por el doctor, sonaron varias cornetas en las alturas inmediatas al camino. Tembló la tierra con sorda trepidación y estallaron varias detonaciones entre nubes de polvo rojo y piedras por el aire. Eran los barrenos de las minas que se disparaban a una hora fija por la mañana y por la tarde, avisando los vigilantes con sus cornetas para que se alejase la gente.

Más allá de las minas inmediatas sonaron nuevas detonaciones y luego otras más lejanas, estremeciéndose toda la cuenca minera con un incesante cañoneo, como si tronas en baterías ocultas en todos los repliegues y cúspides de los montes. Aresti, excitado por este estruendo, recordaba la famosa batalla de las Encartaciones, cuando el ejército liberal intentaba levantar el sitio de Bilbao por segunda vez. La ferocidad de los hombres, la triste gloria de la guerra y la destrucción habían popularizado los nombres de dos humildes aldeas de Vizcaya. Él no había presenciado los combates, pero como si los hubiera visto, después de escuchar su relato tantas veces a los viejos del país y a muchos de los contratistas que eran entonces aldeanos hambrientos, y por inconsciencia juvenil, por no enfadar al cura de su anteiglesia, habían tomado las armas en defensa del señor y los fueros.

En una casita blanca que se alzaba entre los robledales del llano, habían matado de un certero camionazo a los dos mejores generales del carlismo. Después, el médico miraba el monte de Somorrostro, con sus ásperas pendientes, aislado, lúgubre como una pirámide. Aún se encontraban osamentas al cavar en las faldas. Allí había sido la gran carnicería. Los batallones del gobierno, la infantería de marina, con la bravura del toro que embiste, bajando la cabeza sin medir el peligro, pugnaban por subir a lo más alto para vencer al enemigo, y éste los fusilaba impunemente desde sus atrincheramientos, preparados con fría anticipación y pareciendo le poco mortífero. Él apelaba a procedimientos de la guerra primitiva y salvaje, soltando desde las alturas ejes de hierro con ruedas, arrancados de las vagonetas de las minas. Estos carros de la muerte descendían saltando de peñasco en peñasco, con una velocidad vertiginosa que aumentaba a cada choque, a cada aspereza del terreno.

Resucitaba la antigua lucha entre los celtíberos bárbaros y las disciplinadas legiones de Roma. Las ruedas locas rompían las masas de pantalones rojos o azules que en vano intentaban avanzar, aplastaban los hombres bajo su férreo volteo, hacían crujir los huesos, deshilachaban los músculos y, manchadas de sangre, seguían rodando hasta en callarse en el llano.

—¡Imbéciles, imbéciles! —repetía mentalmente el doctor y pensaba con tristeza en los miles de hombres muertos en aquellos montes y en otros de más allá, en todos los que dormían eternamente en las entrañas de la tierra vasca, por un pleito de familia, por una simple cuestión de personas hábilmente explotada en nombre del sentimiento religioso y de la repulsión que siente el vascongado por toda autoridad que le exija obediencia.

Desde el otro lado del Ebro, contrastando con estos recuerdos de una época de violencias, rodeaban al doctor, conforme avanzaba en su camino, la actividad del trabajo, el movimiento de la diaria batalla del hombre con los tesoros de la tierra. Los tranvías aéreos para la conducción del mineral apoyaban sus cables sobre los robustos postes y, deslizándose por ellos, pasaba el rosario de tanques cargados de pedruscos, salvando hondonadas y despeñaderos, descendiendo de meseta en meseta, siempre hacia el llano, buscando los descargaderos de Ortuella.

La vía férrea del Triano, que es el respiradero de las minas, en el fondo de las grandes cortaduras de las canteras, corrían sobre los rieles ligeramente tendidos las vagonetas de mineral, tiradas unas por caballos, empujadas otras por hombres. Veíanse grandes plataformas de madera, planos inclinados por los cuales resbalaban los vehículos, amarrados a una cadena sin fin. La vía automática de una compañía extranjera deslizaba un espacio de varias leguas sus vagonetas, que parecían seres animados. Los vehículos rodaban en dos filas en opuestas direcciones, cabeceando lentamente como bueyes sumisos, siguiendo su camino en línea recta, encontrando un puente sobre cada abismo y atravesando las alturas por túneles pendientes que los devoraban.

El paisaje aparecía trastornado por la mano del hombre. El minero violaba a la naturaleza, volcando la desordenando sus ropajes. Todo había cambiado de lugar. Las cumbres habían sido echadas abajo por la piqueta y el barreno, las hondonadas rellenas de escoria roja estaban convertidas en mesetas. Las faldas de los montes aparecían desgarradas. Lo que en otros tiempos era suave declive asustaba ahora con el pavoroso corte del despeñadero. Habíase cambiado el curso de las aguas. Las antiguas fuentes, admiradas por los ancianos, escapaban ahora con resuma miento fangoso por las angostas galerías que perforaban las pendientes.

Muchos montes, despojados de la envoltura roja que era su carne, mostraban en el armazón calcáreo la triste osamenta. Los prados de otras épocas, la tierra vegetal con sus maizales y robledales, todo había desaparecido, como si soplara sobre aquellas montañas un viento de fuego. Solo quedaba el pedrusco férreo, el terrón rojo, la tierra codiciada por el hombre que parecía haber ardido con interna combustión. Atrezzo quedaban algunos jirones de suelo verde, ante crecía la hierba allí donde se amontonaban las vagonetas volcadas, las plataformas carcomidas, delatando una explotación abandonada. En estos rincones paseaban algunos rebaños de ovejas, pan sudas de largas lanas, dando con sus esquinas una nota de calma pastoril a aquel paisaje desolado que parecía recién surgido de una catástrofe geológica.

El camino bordeaba la profunda zanja de una cantera. Era como uno de esos cráteres apagados en los que muestra el planeta la intensidad de sus convulsiones. Parecía imposible que aquella profundidad fuese obra del hombre en tan pocos años. Abajo, las cuadrillas de mineros atacando el muro de mineral con picos y palancas semejaban bandas de insectos. Los caballos parecían, por su tamaño, escapados de una caja de juguetes.

Aresti, ante este desgarro de la corteza terrestre que mostraba al aire sus entrañas, recordaba las formas y colores de las piezas anatómicas reproducidas en sus libros de estudio. Las calizas blanqueaban como huesos, las fajas de menos rojiza tenían el tono sanguinolento de los músculos y las manchas de tierra vegetal eran del mismo verde musgoso o de los intestinos. A un extremo de la gigantesca excavación, la montaña se había venido abajo, formando una cascada inmóvil de ondas de tierra y enormes pedruscos.

El médico recordaba la catástrofe ocurrida cuatro años antes. La cantera se había derrumbado, cogiendo en su caída a una cuadrilla de obreros que trabajaba en su base. Unos habían perecido aplastados instantáneamente, otros habían quedado enterrados en vida en un socavón, aislados del mundo por centenares de toneladas de mineral. La gente acudía para pegar sus oídos con horror a los peñascos desmoronados, creyendo escuchar los gritos implorando auxilio, los gemidos de los infelices que parecían lentamente en la oscuridad de las entrañas de la tierra.

Pasaban las horas, pasaban los días. Centenares de obreros trabajaron con un vigor extraordinario, pretendiendo revolver la inmensa avalancha de mineral, pero tras una semana de trabajo solo habían avanzado algunos metros y ya no se oía nada. De la tierra no salía ningún lamento. Al remover los pedruscos se encontraron varios cadáveres, hombres desfigurados con las piernas rotas y el cráneo aplastado, un [ __ ] casi intacto, con la cara sonriente, conservando aún en su mano un tanque de agua. Eran los que se hallaban fuera del socavón en el instante del desprendimiento. Los otros, que estaban en la cueva, se pudrían tras el gigantesco tapón de mineral que los había aislado del mundo. De muchos de ellos ni los nombres se conocían. Habían llegado a las minas poco antes y los capataces solo anotaban sus apodos. Tal vez en algún rincón de España los esperarían aún, creyendo que cuanto más larga fuese la ausencia, mayores serían los ahorros.

Las mujeres de Gallarta afirmaban que de noche salían gemidos del derrumbamiento. Durante unos meses se vieron en el camino de la varga formas blancas con luces en la cabeza, arrastrando cadenas. En las casas temblaban los muchachos y las jóvenes, oyendo hablar de las pobres almas en pena de la mina. Pero cierta mañana apareció tendido en el camino uno de los primeros borrachos de Gallarta, con un brazo fracturado y la cabeza rota, y ya no volvieron a salir fantasmas ni nadie sintió deseos de adornar la catástrofe con grotescas apariciones. El recuerdo de los enterrados fue borrándose en la memoria de todos. Las desgracias en aquella explotación cruel que gastaba las vidas de muchos miles de hombres se superponían unas a otras con frecuencia, ocultando y desvaneciendo anteriores.

Un día, las vagonetas, al chocar unas con otras, aplastaban a un obrero. Otro día, saltaban de los rieles al bajar por el plano inclinado, cayendo sobre un grupo encorvado ante el trabajo que no revelaba la muerte traidora que llegaba a sus espaldas. Los barrenos estallaban inesperadamente, abatiendo a los hombres como si fuesen espigas. Llovían pedruscos en mitad de la faena, matando instantáneamente. Y, por si esto no era bastante, había que contar con los navajazos a la salida de la taberna, con las riñas en la cantera, con las disputas en los días de cobro, con la feroz acometividad de aquella inmensa masa ignorante y enfurecida por la miseria en la cual vivían, confundidos los que, al salir de los penales de Santoña, Valladolid o Burgos, no encontraban otro camino abierto que el de las minas de Bilbao, en las que se necesitaban brazos y a nadie se preguntaba quién era y de dónde venía.

La muerte rondaba en torno del mísero populacho como un lobo alrededor del rebaño, siempre vigilante, con las uñas afuera y los dientes agudos. Zarpazo aquí, dentellada ya. La gran enemiga se mostraba infatigable. Siempre había en el hospital más de una docena de camas ocupadas por carne enferma que pedía entre gemidos el auxilio de don Luis. Era un perpetuo estado de guerra ante la muerte, una batalla contra la ciega fatalidad y la barbarie de los hombres, cuyos ecos se apagaban en la misma montaña, llegando apenas a la opulenta Bilbao. El mineral marchaba río abajo sin que nadie pensase en lo que había costado su arranque del suelo.

Aresti salió de su ensimismamiento al ver que entraba en la calle única de la varga, dos filas de míseras casuchas puestas sobre los peñascos que bordeaban el camino. Los edificios de Gallarta parecían palacios comparados con las chozas de este barrio de mineros. Eran barracas conocidas en el país con el nombre de chabolas, con tabiques de madera delgada y techumbre de planchas corroídas. Las puertas estaban en dos piezas horizontales. La hoja inferior quedaba cerrada como una barrera y la superior, al abrirse, era la única ventana que daba a la luz y aire. Las incesantes lluvias habían podrido aquellas habitaciones, reblandeciendo la madera, deshilachando sus fibras, como si toda ella fuese a convertirse en gusanos.

Fuera de las casas ondeaban sobre cuerdas los guiñapos de color indefinible, puestos a secar. Algunas gallinas flacas y espeluznadas corrían por el camino. Los niños permanecían sentados ante las puertas, graves e inmóviles, como si fuesen de distinta raza que la revoltosa chiquillería de los pueblos del llano. Al ver al doctor, salían las mujeres a las puertas de sus tugurios, sonriendo como en presencia de un acontecimiento inesperado, sintiendo de pronto el miedo a enfermedades que tenían olvidadas.

—¡Chicas! ¡Es don Luis! —se gritaban unas a otras—. ¡Señor doctor, aquí míreme usted! Este chico entré a ver a mi madre.

Pero Aresti conocía de larga fecha estos recibimientos. El furor que acometía a todos por estar enfermos apenas le veían, sin ocurrirles que se les bajara al hospital más que en casos de extrema necesidad, y seguía adelante, sonriendo a unas, contestando a otras alegremente, precedido por el [ __ ] zamorano que volvía la cara como si temiera verle secuestrado por el grupo de comadres.

Un hombre de larga barba ensortijada y canosa fumaba sentado ante una casucha que era la peor del barrio. Tenía los ojos casi ocultos bajo las cejas y un gesto de desdén contraía a cada momento su cara me brusca al ver al médico. No se llevó la mano a la boina ni abandonó su inmovilidad de faqir, como si estuviera abstraído en la contemplación de la miseria que le rodeaba.

—¡Salud, amigo Barbas! —dijo el médico alegremente, deteniéndose ante el que hay.

—Compañero, mucho y malo, don Luis. ¿Y esa revolución, cuándo la hacemos?

El Barbas miró un instante a Aresti con ojos se nudos, como si fuese a insultarle. Después escupió la nicotina de sus labios con un gesto desdeñoso.

—¡Burle ese, don Luis! Usted está acostumbrado a oír quejarse de dolor lo mismo el rico que el pobre. A ver, que todos mueren igual. Por eso toma a risa las cosas de los hombres. Al fin no somos más que animales.

—Hace usted bien, me hace, pero el trueno gordo se acerca. Algún día encontrarán su merecido todos los ladrones, todos, incluso su primo Sánchez Moro Eta.

—Compañero, ¿y yo? —dijo el doctor—. ¿Qué vas a hacer de mí?

—Usted es un guasón que se ríe de la vida, pero entre burlas y veras hace bien a los pobres y vive cerca de su miseria. Usted es casi de los nuestros.

—Gracias, compañero Barbas —y dando a entender al solitario con un gesto que volvería para hablar con él, subió los peldaños de una casucha en cuya puerta le esperaba impaciente el [ __ ].

Era la casa de peones, el miserable albergue de las montañas mineras donde se amontonan los jornaleros. Aresti estaba habituado a visitar aquellos tugurios que olían a rancho agrio, como ya perro mojado. En la entrada de la casa estaba el fogón, con algo de loza vieja alineada en dos estantes. Los tabiques de madera eran de un amarillo viscoso, como si las tablas atrás sudasen. De una pieza a otra, la suciedad y la mugre de los habitantes. Una vieja delgada, de rostro y enorme de cuerpo por los pañuelos que llevaba arrollados al busto y los innumerables saguas de su falda, vigilaba el hervor de un puchero con las manos cruzadas sobre el delantal de arpillera, mirándose con ojos discos los cuernos del pañuelo rojo arrollado a la cabeza.

Unos gatos flacos y espeluznados rodaban en torno de la mujer, esperando que cayese algo de la olla. Eran unos animales lúgubres de mirada feroz, tigres empequeñecidos que parecían alimentarse con el hambre que sobraba a sus amos. La vieja rompió en lamentaciones al conocer a don Luis.

—El pobre peón estaba muy malito. A ver si lo saca adelante. Ella le había tomado ley después de tenerlo varios años en su casa, y al lamentarse había tal expresión de frío egoísmo en sus ojos que el doctor la atacó brutalmente.

—Sobre todo lo que usted más siente, tía Gertrudis, es perder un real diario. Si muere...

—¡Ay, don Luis, hijo! —se mostró—. Ves, y cada vez hay más casas de peones. Mi probé viejo está casi baldado del reuma y gana menos que un [ __ ] escogiendo mineral en los lavaderos. Y muchas gracias que lo aguantan. Y con el pupilaje de estos chicos de Zamora podemos ir tirando.

—¡Ay, señor! —después de trabajar toda la vida.

El médico levantó una cortinilla de percal rojo y desteñido que ocultaba un tugurio sin luz, ocupado por la cama de los viejos. Levantó otra y vio un cuartucho no mucho más grande, obstruido completamente por un camastro enorme, formado con tablas sin cepillar y varios banquillos. En él dormía toda la banda de Zamora, siete hombres y el muchacho, en mutuo contacto, sin separación alguna, sin más aire que el que entraba por la puerta y las grietas de la techumbre. Varios jergones de hoja de maíz cubrían el tablado. Cuatro mantas cocidas unas a otras formaban la cubierta común de los ocho, y junto a la pared yacían destripadas y mustias algunas almohadas de percal rameado, brillantes por el roce mugriento de las cabezas.

Aresti pensó con tristeza en las noches transcurridas en aquel tugurio. Llegaban los peones fatigados por el trabajo de romper los bloques, arrancados por el barreno, de cargar los pedruscos en las vagonetas, de arrastrarlas hasta el depósito de mena y volverlas a su primitivo sitio. Después de una mala comida de alubias y patatas, con un poco de bacalao o tocino, dormían en aquel tabaco, sin quitarse más que las botas o, cuando más, el chaquetón, conservando las ropas impregnadas de sudor o mojadas por la lluvia. El aire estancado bajo un techo que podía tocarse con las manos se hacía irrespirable a las pocas horas, expresándose con el bajo de tantos cuerpos, impregnándose del olor de suciedad, los parásitos anidados en los pliegues del camastro, en las junturas de la madera, en los agujeros del techo. Salían de casa con la excitación del calor, ensañándose al amparo de la oscuridad en los cuerpos y ánimos que duermen con el sueño embrutecedor de la fatiga.

En las noches tormentosas, cuando el viento pasa de parte a parte la casucha por sus resquicios y grietas, amenazando derribarla, los cuerpos vestidos y malolientes se buscan y se estrechan, ansiando calor, y los sudores se juntan, las respiraciones se confunden, la suciedad fraterniza. El médico consideraba que aquellos ocho hombres que dormían en común eran amigos, eran compatriotas, ligados por el nacimiento y las aventuras de su peregrinación anual. Su pensamiento iba hacia otras casas de peones tan míseras como aquella, donde los hombres acostados en la misma cama no se habían visto nunca, donde el infeliz muchacho recién llegado de su tierra dormía en contacto con un individuo, con otro que también acababa de llegar a la mina, tal vez recién salido del presidio, fugitivo por algún crimen.

Los cuerpos extraños se juntaban bajo la misma pegajosa cubierta. La carne se rozaba con otra carne, sudorosa, tal vez enferma de peligrosas infecciones. Esta promiscuidad, bajo la misma manta de viejos y jóvenes, de inocentes fallanes recién venidos de su tierra y veteranos de la vida errante, conocedores de todas las corrupciones, se efectuaba en medio de una forzada abstinencia de la carne, en un país donde, por las condiciones del trabajo, los hombres son mucho más numerosos que las mujeres. La continua afluencia de presidiarios licenciados traía consigo todas las criminales aberraciones de la virilidad aislada.

Aresti vio al enfermo en el fondo del camastro, junto a la pared, respirando jadeante. Estaba acostumbrado a visitar los trabucos de los mineros, nada le extrañaba, y con agilidad de muchacho saltó encima del tablado, marchando de rodillas sobre los jergones. Encendió una cerilla y entonces vio el tabique de la cabecera que en otros tiempos había sido blanco, un crucifijo y varias estampas de colores representando generales contemporáneos, con el ros calado y el pecho cubierto de bandas y cruces, héroes de la guerra que se habían cubierto de gloria entregando territorios al enemigo o fusilando en masa a indígenas indefensos.

El médico no pudo contener su risa.

—¿Por qué estarán aquí estos tíos? —las estampas habrían sido pegadas como adorno, sin fijarse en los personajes, o tal vez serían recuerdos de algún antiguo soldado cándido y entusiasta que creería haber servido a las órdenes de caudillos inmortales.

El enfermo tenía los ojos cerrados y respiraba trabajosamente. Su piel ardía. Estaba vestido, conservando las mismas ropas mojadas por la lluvia de la noche anterior.

—Una pulmonía, de padre y señor mío —dijo el doctor, arrojando la cerilla y saliendo del camastro otra vez de rodillas. Afuera, junto al fogón, escribió una receta en una hoja de su cartera, encargando al pobre [ __ ] que, después de la visita, parecía más tranquilo, que bajase por los medicamentos al hospital.

Cuando Aresti salió de la barraca, después de hacer varias recomendaciones a la vieja, vio que le aguardaba en medio del camino un contratista de los más amigos. Iba vestido de flamante pana, sobre el chaleco brillaba una gruesa cadena de oro y calzaba altas polainas fabricadas con la tela impermeable que servía de [ __ ] a las cajas de dinamita.

—¿O la mejor? —dijo el médico—. Que hoy no hay oficios divinos en la capilla de Barakaldo.

—No, don Luis —dijo el contratista con cierta unción en sus palabras—. Demasiado sabe usted que en nuestra religión este día no es de fiesta y me la di siempre tan hermosa y elegante. Vaya, no se burle usted. Ya sabe que no somos más que unos pobres patanes con un poquito de protección.

Después de esto, el llamado me lo rogó al médico que, ya que estaba en la varga, se llegase a la cantina. Nada de tocino, el capataz de su confianza que llevaba varios días inmóvil en la cama por el reuma. Aresti se resistía, alegando su viaje a Bilbao.

—Un momento, nada más, don Luis. Entrar y salir. Yo también tengo prisa por llegar a la mina. El pobre tocino me hace tanta falta cuando no está.

El doctor se dejó conducir algunos minutos más allá de la varga, hasta una altura donde estaba establecida la tienda de tocino. Por el camino bromeaba con el contratista sobre su religión. El milord había sido capataz de las minas de una compañía inglesa, logrando interesar al ingeniero director en fuerza de excederse en la vigilancia del trabajo y no dejar descanso a los peones de sol a sol. La protección del jefe lo elevó a contratista, colocándolo en el camino de la riqueza.

No sabiendo cómo mostrar su gratitud al inglés, había abrazado el protestantismo. La despreocupación religiosa era general en las minas. Solo se pensaba en el dinero y el trabajo. Era viudo, con una hija, y para ligarse más con sus protectores, la tuvo durante seis años en un colegio de Inglaterra. Volviendo de allá, la muchacha con un exterior público y unas costumbres de confort que regocijaban a toda Gallarta.

Los domingos, milord y miladi bajaban a Barakaldo, vestidos con trajes que encargaban a Londres para confundirse con las familias de los ingenieros y los mecánicos ingleses empleados en las minas o en las fundiciones de la ría, que llenaban la única capilla evangélica del país. Aresti, que había cogido cierto miedo a los flirts con miladi, hasta el punto de rehuir el encontrarla sola y que conocía ciertas historias de jovenzuelos que saltaban su ventana durante la noche, ensalzaba irónicamente al padre lo mucho que su robusto retoño había ganado después de la cepilla dura en el extranjero.

—La educación inglesa —decía milord, abriendo mucho la boca para marcar su admiración—. Una gran cosa. Hay que ver lo que sabe la chica. Es verdad que, acostumbrada a tantas figuras, se aburre aquí entre brutos. Pero de mí para usted, don Luis, yo tengo mi plan, mi ambición, y es cazarla con algún señor de la compañía.

—Hará usted bien —dijo el médico, con suma gravedad, recordando las ligerezas de la niña al verse libre en las minas después de las pudibundeces del colegio.

—Esos señores son aquí los únicos que pueden cargar con ella.

Llegaron a la cantina de tocino, una casa aislada de mampostería, con un gran mirador de madera. Desde aquella altura abarcaba la vista toda la tierra de las Encartaciones y, además, el abras de Bilbao, la ría, Portugalete, los pueblos aglomerados en las orillas del Nervión, que parecían formar una sola urbe. En último término, entre montañas, se adivinaba la villa heroica e industriosa. El humo de las fundiciones y fábricas se confundía con el cielo plomizo. A la entrada de la ría, el alto puente de Vizcaya marcaba base como un arco triunfal de negro encaje.

La cantina ocupaba el piso bajo, amontonándose en ella los más diversos objetos y comestibles, unos en estantes y otros, tras sucios cristales, pendientes del techo. Allí estaban almacenados todos los víveres por cuya conquista dejaban los hombres pedazos de su vida en el fondo de las canteras. Aresti conocía aquella alimentación: alubias y patatas con un poco de tocino. El arroz solo era buscado cuando la patata resultaba cara. Además, colgaban del techo bacalao y trozos de tasajo americano, entre grandes manojos de cebollas y ajos. El pan se amontonaba detrás del mostrador, al amparo de los dueños, como si éstos temiesen los hurtos de los parroquianos o una súbita acometida de los hambrientos que pululaban afuera.

Un tonel de sardinas doradas por la ansiedad esparcía acreedor de las viguetas del techo. Vendían baterías de cocina y en las estanterías se alineaban piezas de tela, botes de conservas, alpargatas, objetos de vidrio, pero todo tan viejo, tan oxidado, tan mugriento que lo mismo comestibles que objetos parecían sacados de una excavación después de un entierro de siglos atrás.

En el mostrador estaba la mujer de tocino, con su hijo, un adolescente amarillo de movimientos felinos. Eran vascongados, pero Aresti encontraba en sus ojos duros, en la velocidad con que robaban a los parroquianos despreciándolos, y en su aspecto miserable, algo que le hacía recordar a los judíos. La gente del contorno les odiaba. Al menor intento de revuelta en las minas cerraban la puerta, sirviendo el pan por una ventanilla. A pesar de su insaciable codicia, tenían un aspecto de miseria y sordidez más triste que el de la gente de fuera.

El doctor recordaba las declamaciones de muchos mítines obreros a los que había asistido por curiosidad, los apostrophes a los explotadores de las cantinas que engordan con los sudores del trabajador, que se redondean chupándoles la sangre, y se decía con gravedad:

—¡Pues a estos les luce poco!

A la entrada de la cantina existía una especie de jaula de madera con un ventanilla. Dentro de ella estaba sentado ante un pupitre el dueño de la tienda, envuelto en mantas, quejándose a cada momento, pero sin dejar de repasar unos cuadernos viejos cubiertos de rayas y caprichosos signos que le servían para su complicada contabilidad.

—¡El mejor! —manifestó su extrañeza viéndole allí, el que le traía nada menos que al doctor Aresti, creyendo lo en peligro de muerte. Mientras el médico le examinaba con la indiferencia del que está habituado a casos más graves, tocino prorrumpía en lamentaciones, haciéndole coro su mujer.

—Está enfermo más de lo que creían, no podía moverse, los dolores le mataban, pero los negocios eran ante todo y había que repasar las cuentas, ya que estaba cerca el día de la paga.

—Vaya, tocino —dijo Aresti—. Lo que tienes es poca cosa, desaparecerá con el cambio de tiempo. Quejarse así un hombre que parece un oso tras esa jaula es la buena vida que te das, lo mucho que engorda con lo que robas.

—¿Pero qué cosas tiene este don Luis? —exclamó el mejor, mirando a la tendera que enseñaba sus dientes amarillos para sonreír, lo mismo que el protector de su marido.

—¡Robar! —murmió tocino—. Robar siempre está usted con lo mismo. Tanto oye usted a los trabajadores en su manía de mimarles cuando se los llevan al hospital, que acaba por creer todas sus mentiras. Aquí a nadie se roba. Aquí lo único que se hace es defender lo que es de uno.

Y tocino se indignaba, olvidando los dolores. Él vendía sus artículos al fiado. Estaba expuesto a perderlos, y qué cosa más natural que no dormirse para cobrar lo que era suyo. Cuando llegaba el día del pago en las minas, había que conocer a los obreros, cada uno de un país. Lo mejorcito de cada se pasaban todo el mes comiendo al fiado, y el día de cobranza, si les era posible, hacían lo que ellos llaman la curva, cobraban y se iban a la taberna, rehuyendo el pasar por la tienda de comestibles.

A bien que esto no les valía con tocino y con otros que eran capataces al mismo tiempo que cantineros. Él les pagaba allí mismo su trabajo y allí mismo les descontaba lo que llevaban comido. Aún así había sus quiebras, pues los que solo trabajaban una semana desaparecían después de haber tomado al fiado más de lo que importaban sus jornales.

Aresti escuchaba al capataz y, aprovechando sus pausas, seguía recriminando.

—¡Tocino! Tú eres un ladrón que vendes a los obreros los artículos averiados que no quieren en Bilbao y los haces pagar más caros que en la villa.

—¡Esas son mentiras que sueltan los socialistas en sus mítines! —gritó el capataz, enrojeciendo de indignación con el recuerdo de lo que decían los obreros en sus reuniones.

—¡Tocino! Tú abusas de la miseria. Los pobres peones no tienen libertad para comprar el pan que comen. Al que no viene a tu tienda le quitas el trabajo en la cantera. Los amigos son para ayudarse unos a otros. ¿Qué tiene de particular que yo solo dé trabajo a los que se surten de mi establecimiento?

—¡Tú robas al trabajador en lo que come y en lo que trabaja, descontándoles siempre algo del jornal! Tu amo y protector te ayuda a mantener esta esclavitud, no pagando al obrero semanalmente, como se hace en todas partes, sino por meses, para que así tenga que vivir a crédito y se vea obligado a comer lo que queréis darle y al precio que mejor os parece.

—¡Vaya! Ahora me toca a mí —dijo riendo el mejor—. Pero este don Luis es peor que los predicadores de blusa que vienen a echar soflamas en el frontón de Gallarta. Suerte que no le da a usted por hablar en público, milord. A todos vosotros no os parece bastante el enriqueceros rápidamente con el hierro y a una araña y algunos céntimos en el jornal y el estómago del brasero. Las cantinas obligatorias son, y de los capataces vais a medias. De día explotamos los brazos y de noche los estómagos. Hacéis mal, muy mal. Hasta ahora os salva la gran masa de peones forasteros que vienen a rabiar, ya ahorrar durante algunos meses, pasando por todo, pues su deseo es irse. Pero cada vez se quedan más en el país y ya veréis la que se arma cuando esta gente, viviendo siempre aquí, acabe por conoceros.

El doctor cortó la conversación, recordando su viaje a Bilbao, y salió de la cantina, después de hacer varias recomendaciones para la curación de tocino. La mujer y el hijo sonreían servilmente, pero con una expresión hostil en la mirada, gravemente ofendidos por la franqueza del doctor. El contratista siguió adelante hacia su mina y Aresti descendió a la varga, pensando en la miseria del rebaño humano esparcido por la montaña.

Varias veces había intentado rebelarse y los resultados de su protesta, de las huelgas ruidosas, terminadas en más de una ocasión con sangre, no le habían hecho mejorar gran cosa. Únicamente el respeto a la vida humana era mayor que en los primeros años de explotación. Aresti recordaba su llegada a las minas, cuando se vivía en ellas casi con las armas en la mano, como en Alaska o en los primitivos placeres de California. Ya no quedaban forajidos en las canteras que, con el ver bajo en la mano, apaleasen el nombre del amo a los trabajadores rebeldes. Ya no existía la tarifa de la carne humana, cotizándose las desgracias: veinte duros por un brazo, cuarenta por las dos piernas.

Se asociaban los trabajadores establecidos en el país, creaban núcleos de resistencia, inspiraban cierto temor a los explotadores, logrando con esto que sus penalidades fuesen menos duras. Pero aún faltaba la cohesión entre ellos a causa del vaivén de la población minera, de aquel oleaje de hombres que se presentaba engrosado al comenzar el invierno y el hambre en las míseras comarcas del interior, y se retiraba al llegar el buen tiempo con sus cosechas. Los gallegos subían a su tierra así que se iniciaba una huelga y aparecía en las minas la guardia civil. Habían venido a ganar y evitaban los conflictos, pasando por toda clase de explotaciones y abusos.

Los castellanos y leoneses miraban con los brazos cruzados los esfuerzos de los compañeros establecidos en el país, pensando con el duro egoísmo de la gente rural que nada les importaba cambiar la suerte del trabajador, ya que ellos al fin habían de volver a sus tierras. Los labriegos convertidos en mineros eran el contrapeso inerte, incapaz de voluntad, que imposibilitaba la ascensión de los que vivían en el país. La cantera era el peor enemigo del obrero rebelde. En las minas de galerías subterráneas, con sus peligros que exigen cierta maestría, el personal no era fácil de sustituir, necesitaba cierto aprendizaje. Pero en las prodigiosas captaciones, el hierro forma montañas enteras. En las explotaciones a cielo abierto solo se necesita hacer saltar la piedra, recogerla y trasladarla, cavar, romper, como en la tierra del campo. Y el brasero, empujado por el hambre, llegaba continuamente en grandes bandas a sustituir sin esfuerzo alguno a todo el que abandonaba su puesto, protestando contra el abuso.

Mientras no se haga la inmigración, cortándose la corriente continua de hombres, mientras no se estancará la población obrera de las Encartaciones, era difícil que el trabajo conquiste todos sus derechos. Aresti, con el deseo de no sufrir nuevos retrasos, redobló el paso al entrar en la varga, caminando con la cabeza baja para no oír los llamamientos de las mujeres. Un hombre se le puso delante.

—Don Luis, un momento —era el Barbas, que había abandonado su inmovilidad de faqir para detener al doctor.

—¿Qué hay, compañero? —usted que es bueno, quiero que se entere, ya que sube por aquí, de lo que hacen esos ladrones.

Y le mostraba con gesto trágico su casucha como a destino. Parecía comprenderse. El Barbas le mostró la parte superior de su barraca, falta de techumbre.

—Me han quitado la plancha, don Luis. Quieren que me vaya. Los ricos de Gallarta, todas esas gentes que he conocido, pobres como yo, me odian y me tienen miedo. El amo de la barraca no sabe cómo echarme. Hace una semana me han quitado la techumbre. La lluvia cae en mi casa como en la calle.

—Pero el Barbas, firme en su puesto, con la compañera, la pobre vieja llora y quiere irse, pero soy capaz de darle una paliza si se menea de ahí. Me han de tener a la vista siempre, hay para rato. Si piensan librarse de mí ahora, don Luis, han discurrido algo mejor. Quieren quitarme el suelo, así como me han robado el techo. Piensan excavar la roca hasta que la casa se quede en el aire, sobre sus estacas, para ver si así me voy. Pues no me iré.

El Barbas, en su sitio, para que todos le oigan, para echarles en cara sus robos. Ni trabajo ni me voy. Espero que llegue la gorda. Espero el día en que toda la montaña baje a llano y yo pueda quitarles el techo y el piso a todos los chalets. Se han hecho esos pintureros, esos piojos resucitados que la echan de señores a costa de los pobres.

Y el Barbas acompañó un buen trecho al doctor, muriendo sus maldiciones y amenazas contra los contratistas, que eran sus enemigos más inmediatos, y contra los ricos de Bilbao, siempre invisibles, divinidades maléficas que hacían sentir la fuerza de su poder en la montaña, sin mostrarse más que por la mediación de administradores y capataces. Si explotaban la mina directamente o de contratistas, creían más ventajoso para ellos ajustar el arranque del mineral.

Cerca ya de Gallarta, al quedar solo, el doctor vio venir hacia él un hombre montado en una burra blanca, tan grande y tan fuerte que casi parecía una melilla. Por la cabalgadura conoció Aresti desde muy lejos a don Facundo, el cura-párroco de Gallarta. Hacía diez años que había sido trasladado al distrito minero desde un pueblecillo de Álava y afirmaba que la mejor tierra del mundo era la de las Encartaciones y mucha paz para todos.

—Hay vida en el mundo y en santa paz vivía —siendo gran amigo de Aresti y tomando a broma las doctrinas revolucionarias que el doctor, por aburrimiento, exponía a los ricos de Gallarta después de sus famosas cenas.

Cierta vez que el médico, cansado de la monotonía de su existencia, se divirtió en propagar el budismo entre los rudos contratistas y hasta intentó algunas ceremonias del culto indostánico, a estilo de las que había presenciado en el museo Guimet de París, el cura no manifestó indignación.

—¡Cosas de don Luis! Chifladuras de los sabios, ya se cansará. Para él, la religión verdadera no decrecía y experimentaba quebranto alguno mientras se celebrasen bautizos, casamientos y, sobre todo, entierros. Muchos entierros. A misa solo iban algunas viejas del pueblo. La iglesia estaba siempre vacía, pero el país era muy religioso y la prueba estaba en que él no tenía libre un momento y continuamente veían todos trotar su burra blanca por los caminos y atajos de la montaña.

Aquel curato valía más que algunos avispados. La gente pobre que no se acordaba de la casa de Dios encontraba su miseria, el dinero necesario para que el pariente marchase a la fosa, escoltado por la burra de don Facundo y metido en su ataúd por el vozarrón del cura. Había días en que acompañaba cinco entierros en los lugares más lejanos de la parroquia, asunto de lenguas, pero él no se asustaba de nada, mientras contase con su cabalgadura infatigable. Montado en ella, acudía a todas partes. Delante marchaba el ataúd en hombros de los mineros, escoltado por mujeres que daban alaridos y se mesaban el pelo con desesperación de gitanas, y detrás don Facundo, montado en su burra, con sobrepelliz y bonete, seguido a pie por el sacristán, al que llamaba su corneta de órdenes, siempre cantando, pues los parientes ponían reparos a la hora de pagar. Si cantaba poco, repetía automáticamente los versículos del oficio de difuntos, al mismo tiempo que se daba el compás, esgrimiendo sobre su cabeza la vara de fresno con que arreaba a la cabalgadura.

Un alto en la marcha era lo único que le hacía perder la calma.

—¡Apresa, hijos míos! —decía a los conductores del cadáver—. Que hoy aún me quedan tres. Tengo trabajo en Galdames y en la Arboleda.

Muchas veces llegaba la oscuridad antes de que terminase su tarea de acompañar muertos por veredas y desmontes. Aresti recordaba una noche de luna clarísima, al retirarse a casa después de una cena con los contratistas en las afueras de Gallarta. Oyó un canto lúgubre que rasgaba como un lamento la calma de la noche y vio pasar a un hombre vacilante sobre sus piernas que parecía ebrio, llevando a cuestas a otro envuelto en una sábana, con un brazo colgante que le golpeaba a cada paso. Después, una especie de centauro, agrandado por el misterio de la noche, que movía algo negro como una espada, sin cesar de mujer que dormía un tinte pulbere y vigila.

—¡Buenas noches, don Luis! —dijo el cura al reconocer al doctor—. Con este vano y 8 es un pobrecito que ha muerto de la viruela y lo he dejado para lo último. Después dirá usted que la iglesia no trabaja.

Y en el silencio de la noche volvió a reanudar su lúgubre cantinela a la luz de la luna, camino del cementerio. Lo único que le indignaba era que le hablasen de la extensión de la parroquia y lo difícil de servirla. Un hombre solo no cara que él tenía fuerzas para servir a Dios hasta que reventase, sobre todo tratándose de entierros. Cada vez que recelaba alguna modificación parroquial, tomaba el camino de Vitoria para ver a los señores del obispado, después de dar un tiento doloroso a los ahorros. Y cuando al fin habían acabado por colocar a sus órdenes a dos vicarios, dedicó a éstos a las faenas menudas del templo, reservándose en los entierros.

Las asombrosas fortunas creadas en las minas habían tentado su codicia. Él también tenía sus contratas, también pactada el arranque de mineral con los señores de Bilbao, e iba sobre la burra de los entierros a echar un vistazo al trabajo de los peones. Pero, a pesar de que sus negocios marchaban bien y a la hora del champán en las cenas de los contratistas le hacía confesar el médico que llevaba reunidos más de cuarenta mil duros, recordaba los pasados tiempos, aquella primera época de las minas, cuando él y don Luis eran recién llegados y cada cual vivía a su gusto, sin obispos ni autoridades de ninguna clase.

Aborrecía los tranvías aéreos, los planos inclinados, todos los recientes medios de conducción. Los buenos tiempos eran cuando el mineral iba arrastrado por bueyes hasta la ría y había guardas en los caminos para ordenar el paso de las carretas que alegraban la montaña con sus chirridos. Solo en Gallarta existían más de mil. Se exportaba menos mineral, pero se pagaba más caro y el dinero se repartía entre más gente. Entonces fue cuando el cura inauguró su iglesia y, al buscar un santo patrón, eligió a San Antonio.

—¡Aun reía! —el doctor recordando la candidez con que explicaba el cura esta preferencia—. No puede ser otro. San Antonio es el patrón de las bestias y aquí en Gallarta hay tanto buey.

Al reconocer don Facundo al médico, refrendó el paso de su cabalgadura a la mina y preguntó:

—¿Aresti?

—Sí, señor. Acabo de largar ni mi cita y ahora un rato a ver lo que hacen aquellos hasta la hora de comer. Hay que cuidarse de lo divino y lo humano.

—¡Hay que trabajar, don Luis! Pero hoy no es día de fiesta, a grandísimo zumbón. Ya adivino lo que quiere decirme con su sonrisa. Si día de fiesta es según nuestra madre la iglesia, y deben guardarla los que son ricos, pero mire usted como los pobres trabajan en todas las canteras. Yo no voy a privar de un jornal a mis peones después de tantos días de lluvia en los que no han podido hacer nada. Además, tengo mis contratos con el dueño de la mina.

—Vaya, adiós, le dejo para que se burle de mí a sus anchas y vaya a arrear la burra.

Cuando se detuvo para hacer una pregunta, dijo:

—Dicen que han matado al maestrico.

—Vaya, un caso. Era un buen muchacho, serio y ahorrador. Este es el mundo. A la tarde entierro a Recurra.

Y se alejó con alegre canto, gozoso por la seguridad de que había caído trabajo. Cuando el doctor fue a entrar en su casa, todavía se vio detenido por un hombre que le esperaba sentado junto a la puerta. La vieja Catalina le llamaba furiosa desde adentro.

—¡Que está frío el desayuno! ¡Que no cogerá usted el tren! ¡Ya le he dicho a ese condenado que su primo le espera y no está usted para canciones!

Pero Aresti no hizo caso y se dejó abordar por aquel hombre, diciéndose mentalmente que magnífico animal. Tembló por su mano cuando se la agarró el gigantón, con una de sus garras de dedos callosos y gruesos. Bajo la blusa se delataba a cada movimiento una musculatura de atleta, desarrollada por el trabajo. Su cara, abogada y enorme, hacía recordar a Aresti los gigantones de las fiestas de Bilbao que había admirado en su niñez.

—Bengoa, lo del otro día —dijo con alguna torpeza, pero mirando al médico a los ojos como dispuesto a pelear si era preciso, defendiendo sus pretensiones—. A lo del otro día, pues hijo, no me acuerdo. Me buscan tantos, pero de pronto el doctor pareció recordar y una sonrisa maliciosa animó su rostro.

—¡Ah, sí! Ya me acuerdo bien. Es a lo del practicante. Tú eres el

joven que digamos te probaba más el mar.

Tienes razón, dijo Iriondo con melancolía.

Si al menos pudiese ir todos los días al monte con la escopeta a cazar, sin dos.

Pero hay que despachar cinco o seis barcos por semana.

Su primo quiere tragarse el mundo y todos trabajamos como negros.

Además, nos hacemos viejos.

Luisillo, tú no olvidas que tengo la edad de Pepe y que ya era yo piloto cuando tú aún jugabas en Olabeaga, en la huerta de tu tío Aresti.

Admiraba el vigor del capitán.

Estaba en los 50 años, era bajo de estatura, musculoso y fuerte, con cierta tendencia a ensancharse como si fuera a cuadrarse.

Su cara se había recogido, como él decía, en casi todos los puntos de la línea ecuatorial.

Estaba curtida, con un color bronceado semejante al de su barba, en la que sólo apuntaban algunas canas.

Tenía las córneas de los ojos con manchas de color de tabaco y sus pupilas, que siempre miraban de frente, brillaban con una expresión de bondad.

Conocía todas las picardías del mundo.

Había pasado en su juventud por todos los desórdenes de las gentes de mar que, después de meses enteros de aislamiento y privación sobre las olas, bajan a tierra como lobos.

Había brindado con todas las bebidas del mundo, incluso con las fermentaciones diabólicas de los negros.

Se había rozado con hembras de todos los colores: pardas, bronceadas, verdes y rojas.

Y, sin embargo, después de una vida de aventuras, no está en la honrada simplicidad de esos marinos a zetas de los horizontes inmensos que, al abordar los puertos cosmopolitas, sienten el contacto de todas las podredumbres sin llegar a contaminarse con ellas.

Sacudiendo las, apenas vuelven al desierto del océano.

El doctor recordaba los principales detalles de su vida que muchas veces había contado el Capi de sobremesa en casa de Sánchez Murueta, con su sencillez de hombre franco y comedido al mismo tiempo, sin parar atención en el entrecejo de la señora que temía a cada instante extralimitaciones en el relato.

No había mar en el globo en el cual no hubiese navegado alguna vez, ni clase de buque que no conociera, desde el caché merín al transatlántico.

De joven había hecho el cabotaje entre el archipiélago de Luzón y las Molucas.

El sultán de allá era gran amigo suyo y le invitaba, como muestra de afecto, a que escogiese entre sus sesenta mujeres amarillas, tíos y colas, para que con un tabaco de Manila podía llevarse las a todas sin permiso de sultán.

Y lo había trasladado cargamentos de chinos de Hong Kong a San Francisco de California, montañas de trigo de Odessa a Barcelona.

Recordaba viajes a Australia a la vela por el Cabo de Buena Esperanza.

Hacía memoria con sonrisa pudorosa de sus juergas de La Habana en plena juventud.

Conciertos marinos, rumbosos como navas y valientes y crueles, lo mismo que los aventureros de otros siglos, los cuales, al bajar a tierra, gastaban en unas cuantas noches la ganancia de sus viajes desde las costas de África, con la bodega abarrotada de negros.

Al hablar, sentía la nostalgia del azul negruzco e intenso del océano, del verde luminoso y diáfano del mar de las Antillas, de la larga ondulación del Pacífico y las aguas plomizas y brumosas de los mares del norte.

El Mediterráneo le inspiraba desprecio, con sus puertos como Alejandría y Nápoles, verdaderos pudrideros de todo el detritus de Europa.

Desde Gibraltar a su este, si a varones a la derecha y a la izquierda, antes robaban en el mar y ahora esperan en los puertos.

Su amistad con Sánchez Murueta, que databa de la infancia, le había proporcionado un en tierra.

Era el inspector de los numerosos barcos de la casa y, además, no cargaba un buque extranjero minerales de su principal que no lo despacha, acumulando así una pequeña fortuna que le envidiaban sus antiguos compañeros de navegación.

Era bilbaíno al antiguo en todas sus aficiones.

Su mayor placer era salir el domingo con la escopeta al hombro a cazar chimbos en los montes, pajarillos de varias clases que habían proporcionado un mote a los hijos de la villa.

El mayor de los regalos era subirse en las tardes que no tenía trabajo a algún txakolin del camino de Begoña a saborear el bacalao a la vizcaína, rociándolo con el vinillo agrio del país.

Sus amigos txakolineros pasaban por el despacho para anoticiarle misteriosamente cuando se abría pipa nueva.

"Capitán, esta tarde donde Etxebarri danés [ __ ] aún txakolin de dos años".

Y el capitán abandonaba su despacho, que por lo desarreglado y pobre parecía un cuarto de marinería, sin más adornos que una mesa vieja, algunas sillas, un botijo en un rincón y algunas fotografías de buques en las paredes.

Parecía imposible que allí se hablase de negocios que importaban millones.

Un barómetro enorme, dorado y con vistosos adornos, regalo de Sánchez Murueta, era el único objeto notable y el que más estimaba el capitán, pues por sus hábitos de hombre de mar siempre se estaba preocupando del tiempo.

"Tenía muchas ganas de verte", dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio ante la mesa.

"Las veces que he pensado en ir a pasar un día en las minas, allí no hay casa ahora, ¿verdad?

Sólo que la gente acomodada parece que no se dedica a otra cosa.

Hay planeta y cómo va a alegrarse PP cuando te vea.

Yo hace cuatro días que no le he hablado.

Ya sabes, su genio viene, se va y cuando quiere algo me lo dice desde arriba por ese tubo que tienes al lado.

Es muy bueno PP, pero con él, cuanto menos se habla, mejor.

Su debilidad eres tú, tú y Fernandito, ese ingeniero tan simpático que tiene en los altos hornos.

Las veces que Pepe te recuerda, un día hablando de ti y de tus planetas, le oí decir: "Ese chico, ese chico debía estar a mi lado".

Oye, Capi, ¿y cómo anda mi prima, la santa doña Cristina?

¿Ha metido ya alguna comunidad de frailes en el hotel de las Arenas?"

El capitán cesó de sonreír y por sus ojos cándidos pasó una sombra de inquietud.

No podía disimular su turbación.

"No se la veo, poco debe estar como siempre", y añadió con repentina resolución: "Mira, Luis, y yo, cada uno que proceda como mejor le parezca.

Yo a mis barcos y fuera de ellos nada me importa".

Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la esposa de Sánchez Murueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que helaba las palabras y cohibía el pensamiento.

Y se levantó para subir al despacho de su primo por la escalera.

"No", dijo el capitán, "sube por ahí, es la escalerilla interior y llegarás más pronto.

Hasta luego.

Yo también soy de la cuchipanda, me ha invitado PP y nos llevará en su carruaje.

Si estás falto de apetito, tienes tiempo para hacer coraje, lo menos hasta las dos no comeremos".

El doctor subió por una escalerilla de madera con cubierta de cristales que, a través de un patio interior, ponía en comunicación el entresuelo con el despacho del jefe.

Arriba, las oficinas estaban instaladas con mayor lujo.

Las paredes eran de un blanco charolado, brillaban las mesas y taquillas de madera rojiza, así como los lomos de cobre de los grandes libros de cuentas.

Los verdes y los de la luz y de los timbres corrían por las cornisas de una a otra pieza y sobre las chimeneas funcionaban relojes eléctricos.

Los planos de las minas, las vistas de las fábricas de la casa adornaban las paredes.

Aresti, después de una corta espera, fue introducido en aquel despacho del que se hablaba en Bilbao como de un laboratorio misterioso donde Sánchez Murueta fabricaba raudales de oro con solo concentrar su pensamiento.

Como estas, Luis, lo primero que vio el doctor fue una mano tendida hacia él, una mano firme, peluda y, sin embargo, hermosa.

Una mano fuerte de héroe prehistórico que hubiese parecido proporcionada, perteneciendo a un cuerpo mucho mayor.

Y eso que el primo de Aresti era tan alto que casi le sobrepasaba toda la cabeza.

Una cabeza que conocía la villa entera, virilmente rapada, de ancha frente y ojos serenos que derramaban hacia abajo una luz fría.

Una hermosa barba patriarcal que le tapaba las solapas del traje parecía suavizar los salientes enérgicos de los pómulos y las fuertes articulaciones de su mandíbula robusta y prominente, como la de los animales de presa.

Tenía cana la barba gris, el pelo, y, sin embargo, parecía envolverle un nimbo de juventud, de fuerza serena, de energía reposada en las que se comunicaba a cuantos le rodeaban.

Era hermoso como los hombres primitivos que luchaban con la naturaleza hostil, con las fieras, con los semejantes, sin más auxilio que las energías del músculo y del pensamiento, y acababan por posesionarse del mundo.

Aresti, recordando los dos Alcides que, con la porra en la mano y al aire, la soberbia musculatura, dan guardia a los blasones de armas de la provincia, decía hablando de él: "Mi primo se ha escapado del escudo de Vizcaya".

Era sobrio en palabras, como todos los hombres que tienen el pensamiento y la acción en continuo uso.

Conservó un instante la mano del doctor, perdida en la suya, estrujándola con sólo un ligero movimiento.

Y, pasada esta efusión extraordinaria en él, volvióse hacia su secretario, que permanecía de pie junto a la mesa, manejando papeles y hojas telegráficas.

"Siéntate, Luis", dijo, como si le diese una orden a cabo en seguida, y le volvió la espalda, olvidando lo, mientras el secretario sonreía servilmente al primo de su principal y le saludaba con varias reverencias.

Aresti conocía de muchos años a aquel hombrecillo que había comenzado de escribiente en la casa y era ahora el empleado de confianza de Sánchez Murueta.

El capitán le llamaba "el perro de doña Cristina" por la protección que le dispensaba la señora y la adhesión absoluta con que él le correspondía.

Aresti despreciaba le por las sonrisas con que saludaba su parentesco con el amo, mientras el millonario leía los papeles, cambiando de vez en cuando alguna palabra con su secretario.

El médico, hundido en un sillón, dejaba vagar su mirada por el despacho.

Sufrían una decepción al entrar allí los que hablaban con asombro del retiro misterioso del omnipotente Sánchez Murueta.

La habitación era sencilla, dos grandes balcones sobre la cen deja con obscuros cortinajes, las paredes cubiertas de un papel imitación de madera, una mullida alfombra, la gran mesa de escritorio con una docena de sillones de cuero anchos y profundos, como si en ellos se hubiese de dormir.

En un rincón, una caja de hierro; en otro, una antigua arca vascongada con primitivos arabescos de talla, recuerdo arqueológico del país.

Y en las paredes, modelos en relieve de los principales valores de la casa y una enorme fotografía del Wii Seco Izarra, estrella de la mañana, el yate de tres mástiles y doble chimenea que permanecía amarrado todo el año en la bahía de Axpe, como si Sánchez Murueta hubiese perdido su afición a los viajes.

Sobre la chimenea se alineaban, en escala de tamaños, fragmentos pulidos de reales y piezas de fundición, muestras flamantes del acero fabricado en los altos hornos de la casa.

Un pequeño estante contenía libros ingleses, anuarios comerciales, catálogos de navegación, memorias sobre minería y metalurgia.

El único libro que estaba entre los papeles de la mesa de trabajo, dorado y con broches, cual un devocionario elegante, era el Jacks Register de más reciente publicación, como si el millonario, encadenado por sus negocios, se consolar se siguiendo con el pensamiento a los potentados de la tierra que, más dichosos que él, podían vagar por los mares.

El despacho tenía el mismo aspecto de sobriedad y robustez de su dueño.

Todas las maderas eran de un rojo obscuro, con ese brillo sólido y discreto que sólo se encuentra en las cámaras de los grandes buques.

Aresti resumía la impresión en pocas palabras: allí todo olía a inglés.

Hasta el traje del amo, al concentrar la atención en su primo, volvía a admirar sus manos, aquellas manos únicas que parecían dotadas de vida y pensamiento.

Aparte que iban instintivamente entre el montón de papeles en línea recta y sin vacilación hacia aquello que deseaba la voluntad, eran como animales independientes, puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza propia para vivir por sí solas.

Aresti las admiraba con cierto respeto supersticioso.

Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se entregarían vencidos, anonadados.

Nada podía resistir a aquellas hermosas garras de bestia luchadora e inteligente.

El movimiento de la sangre en sus venas, de grueso relieve, parecía el latido de un pensamiento oculto.

Las poderosas arpas acabaron por amontonar, con sólo un movimiento, todos los papeles, dando la tarea por terminada.

Y los ojos grises del grande hombre indicaron al secretario, con fría mirada, que podía retirarse a la habitación inmediata, donde tenía su despacho, una pieza con grandes estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de mineral bajo campanas de vidrio.

"Don José, un momento", dijo el hombrecillo.

"Me permito recordar a usted el encargo de doña Cristina, ya que está aquí el señor doctor y como Sánchez Murueta pareciera no acordarse".

El secretario se inclinó hacia él, murmurando algunas palabras.

El millonario dudó algunos momentos, mirando a su primo.

"Es un favor que te pide Cristina", dijo con alguna vacilación al saber que venías hoy.

"Me encargó que subiese un momento a Begoña para ver a don Tomás, ese cura viejo que algunas veces nos visita".

Y, como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se apresuró a añadir: "Anda, Luis, hazme ese favor.

Piensa que son mis días y que hay que tener contentas a las señoras.

Mi mujer y mi hija se alegrarán mucho.

Es una visita corta, el pobre, según parece, está desahuciado".

"¿Qué te cuesta darles gusto?"

En su mirada y su acento había tal tono de súplica que Aresti aceptó, mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso a su poderoso primo, aquel hombre envidiado por todos, el hijo favorito de la fortuna, como él lo llamaba, tenía sus disgustos dentro del hogar.

"Goycochea te acompañará", dijo, señalando a su secretario.

"Toma abajo mi carruaje y, mientras vuelves, terminaré mi tarea.

Hasta luego, Luis".

Y, cogiendo una pluma, comenzó a escribir, como si una repentina preocupación le hiciese olvidar por completo a su pariente.

Aresti, llevando al lado a Goycochea en el mullido carruaje del millonario, pasó por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando sus tiendas antiguas adornadas, lo mismo que en los tiempos de Zoom inglés.

Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores, fuertemente teñidas.

El carruaje comenzó a ascender penosamente por la áspera cuesta de Begoña, terminando el desfile de casas, ensanchando el horizonte, extendiéndose entre las montañas, los campos verdes y los robledales de tono bronceado, interrumpidos a trechos por las blancas manchas de las cacerías.

El sol asomaba por primera vez en la mañana a través de un desgarrón de las nubes y el humo que se extendía sobre la villa tomaba una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso.

Al borde del camino levantábanse casas aisladas, ostentando en su puerta el tradicional ramo verde que indica la buena bebida del país.

Eran los famosos chacolines, con sus rótulos "se venden voladores", para que el estruendo fuese completo en días de romería.

Goycochea, que no era hombre silencioso y creía faltar al respeto al primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares con cierto entusiasmo.

"Me gusta pasar por aquí, señor doctor, porque recuerdo mi juventud, los famosos días del sitio.

Usted sería muy niño entonces y ya no se acordará".

Animado por la mirada interrogante del doctor, siguió hablando: "¿Dónde hemos dejado la cárcel?

Pues poco más o menos ahí estaba la línea entre sitiados y sitiadores.

Nos fusilaban, vamos, de cerca, viéndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los centinelas de una y otra parte, cambiaban cigarros y se ofrecían lumbre para matarse si era preciso.

Al amanecer, usted sería de los auxiliares, como mi primo Pepe", dijo Aresti, "de los que defendían la villa".

Goycochea dio un respingo en su asiento, pero en seguida recobró su aspecto plácido y contestó con humilde sonrisa: "Ya no, señor, yo estaba con los otros.

Era sargento en un tercio vizcaíno y llevaba la contabilidad.

Cosas de muchachos, don Luis.

Calavera, das entonces tenía uno la cabeza ligera y aún no habían llegado los ocho hijos que ahora me devoran".

Y, como si tuviera interés en que el doctor conociera exactamente sus creencias, siguió hablando: "Por supuesto que ahora me río de aquellas locuras.

Y pensar que en Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida.

Ahora ya no soy carlista y, como yo, la mayoría de los que entonces expusimos la pellejo.

¿Ustedes qué hemos de ser, don Luis?

No lo sabe usted, nacionalistas bizkaitarras, partidarios de que el señorío de Vizcaya vuelva a ser lo que fue, con sus fueros benditos y mucha religión, pero mucha.

¿Quiénes han traído a este país la mala peste de la libertad y todas sus impiedades?

La gente del otro lado del Ebro, los maketos, y don Carlos no es más que un maketo, tan liberal como los que hoy reinan y, además, tiene los escándalos de su vida impropia de un católico.

Lo que yo digo, don Luis, que de se lama que tenía con su gente, sin religión y sin virtud, y deje libre a la honrada y noble Vizcaya, con be alta y con be alta y con caja, pues la gente de España para robarnos en todo, hasta mete mano en nuestro nombre", escribiéndolo de distinta manera y con el índice trazaba en el espacio grandes veces para que constase una vez más su protesta ortográfica.

El carruaje rodaba por los altos de Begoña, dormía el camino en medio de una paz monacal.

A un lado y otro, al avance, grandes edificios de reciente construcción eran conventos ocupados por frailes de órdenes antiguas y religiosas de modernas fundaciones.

La piedad de las señoras ricas de la villa había levantado aquellos palacios.

Allí iba a parar una parte no pequeña de las ganancias de las minas.

La limosna cuantiosa y los legados testamentarios cubrían de conventos o iglesias aquella parte del monte.

El silencio monacal que parecía extenderse por el paisaje contrastaba con el zumbido de vida que exhalaba abajo la población, dominada a aquella hora por la fiebre de los negocios.

De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las torrecillas de ladrillo rojo, llamando a gentes invisibles.

Se entreabría un portón con agudo chirrido, dejando ver una cofia mongil blanca y almidonada y un rincón de huerto frondoso.

Aresti, influenciado por este ambiente, pensaba en los místicos retiros de la Flandes católica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus vecinas cubiertas por tocas nítidas de movibles alas, como mariposas de nieve.

Goycochea seguía hablando, ahora relataba al doctor la enfermedad de don Tomás, el cura que iban a visitar, un santo varón que en otros tiempos confesaba a la de Sánchez Murueta y que pronto moriría como un justo, si la Virgen no le salvaba con un milagro.

El carruaje paró ante la iglesia de la imagen famosa, atravesando la plaza de la República, la repubblica de Begoña, que aún conservaba esta denominación de los tiempos forales.

Aresti, guiado por su acompañante, entró en la casa del cura para ver a éste, inmóvil en un sillón, desalentado y tembloroso ante la proximidad de la muerte.

Al reconocer al doctor, con el que había disputado más de una vez en casa de Sánchez Murueta, el viejo mostró en sus gestos cierta esperanza, a ver si podía salvarlo con aquella ciencia que había ensalzado tantas veces al discutir con él.

"No podía dormir, no podía acostarse, se ahogaba".

Aresti conoció a primera vista la gravedad de su dolencia.

Tenía enfermo el corazón, rebelde a todo reparo.

Por más que intentó animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su astucia acusada por el miedo, adivinó la ineficacia del remedio entre aquellos planes de curación que Aresti le proponía por decir algo.

"Lo mismo que los otros, Quimio, ahí, Virgen de Begoña, Virgen de Begoña".

El acento desesperado con que llamaba a la Virgen revelaba el egoísmo de la vida, agarrándose a la última esperanza, implorando un milagro con la ilusión de que, en favor suyo, se rompiesen y trastornos en todas las leyes de la existencia.

Al verse de nuevo en la plaza, Goycochea miró al templo y se descubrió, como si le pesara volver a la villa sin saludar a la imagen.

"Podíamos entrar un momento, ¿no le parece, don Luis?

Nos queda tiempo de sobra.

Usted indudablemente no habrá visto a la Virgen desde que le coronaron como señora de Vizcaya, pues está muy bonita.

Entremos y yo pediré un poco por el desgraciado don Tomás".

Aresti se dejó conducir.

No había estado allí desde que era niño y le interesaba ver las grandes reformas que la devoción de los ricos de abajo había realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante las guerras y al que afluían ahora todos los sentimientos del país, hostiles a la nacionalidad española y a sus progresos.

Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo, el paseo cubierto de todas las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reunía el vecindario, amparado de la lluvia para tratar los asuntos públicos después de la misa.

Por algo la mayoría de los pueblos vizcaínos tomaron el título de anteiglesias en época de fueros.

Entraron por una puerta lateral y, mientras Goycochea marchaba hacia el altar mayor, dejándose caer de rodillas ante la Virgen con devoción compungida, Aresti paseó por el templo, examinando los reclinatorios, los bancos y los altares.

Llamaron inmediatamente su atención.

Eran piezas de esa avant-histeria parisien del barrio de San Sulpicio, puestas al servicio de los fieles, que arreglan oratorios para las señoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compañeros de oficio adornan un dormitorio o un mudo.

Y el gusto artístico del jesuita contrastaba con la arquitectura del templo, de un gótico sobrio, con grandes sillares, sin adorno alguno.

De las pilastras pendían, como banderas, los estandartes de las diversas peregrinaciones y cubrían las paredes lápidas conmemorativas en vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronación de la Virgen.

Al médico le interesaban más los votos que se extendían por la pared a la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cándida y grosera, representando las alborotadas barcos próximos a zozobrar, con los palos rotos y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco desmantelado, un rayo semejante a una lombriz roja.

Provocaban la risa como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres.

Eran votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones vizcaínas por haberla salvado la imagen de Begoña de espantosas tempestades.

Los cuadros más antiguos y borrosos representaban bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritándose sobre las olas, flotando entre éstas algún mástil roto.

Los más modernos eran vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta barrida por el agua.

Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge siempre ante las catástrofes ciegas de la naturaleza, en la fe que siente el hombre por lo maravilloso, apenas ve en peligro su existencia.

Goycochea había cesado de rezar y, acercándose al doctor, le hablaba al oído con la satisfacción del que muestra las bellezas de su propia casa.

"Mire la usted", decía, señalando a la imagen.

"Qué hermosa es y qué bien le sienta la corona".

Aresti miraba la imagen, el fetiche bizkaitarra, como decía él en sus cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea, como todas las imágenes españolas que son famosas y hacen milagros.

La cabecita de bebé parecía abrumada por una alta corona inflada como un globo.

Hasta sus pies descendía, como un miriñaque, el manto cubierto de toda clase de piedras preciosas, los diamantes, perlas y esmeraldas arrojadas a manos llenas por la devoción, como si el brillo pudiese aumentar la hermosura de la imagen.

"Esparcíanse también sobre el pequeño velo que la Virgen mostraba entre sus manos.

Cuántas joyas", murmuraba con entusiasmo Goycochea.

"Esto sólo se ve en este país.

Aquí hay religión y riqueza".

El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebaño de las minas, calculando en cuánto habría contribuido su miseria a aquellos regalos inútiles, colocados por la fe y la ostentación de unos pocos sobre un madero tallado.

"Si usted hubiese visto el acto de la coronación", continuó la voz de Goycochea con sordina, "aún me estremezco de entusiasmo recordando.

Fue cosa de llorar.

Catorce obispos asistieron y hubo quince días de peregrinación de Bilbao y los pueblos.

Vizcaya entera pasó por aquí, peregrinación de señoras, peregrinación de criadas de servir, peregrinación de obreros, las anteiglesias en masa, con sus párrocos al frente y sermones al aire libre de religiosos de todas las órdenes y de padres jesuitas.

Pero sermones buenos de veras, en vascuence, diciendo lo que significaba la coronación de la Virgen como de Vizcaya.

Fíjese usted bien, señora, Vizcaya sólo ha tenido señores hasta dioses para nosotros, jaungoikoa, o sea, señor de arriba.

Eso de reyes y reinas es cosa de los maketos.

Desde el día de la coronación de la señora, que moralmente hemos arreglado nuestras cuentas con los que viven del Ebro para allá, separándonos para siempre.

La cosa fue conmovedora, como organizada por los principales del partido.

Pero vámonos, que aquí molestamos hablando".

Goycochea salió del templo, huyendo de las miradas que le lanzaban dos aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen en el porche de la iglesia.

Continuó dando expansión a su entusiasmo: "¿Y ha visto usted cuántos milagros?

¿No le enternece eso?"

"Sí", dijo Aresti con gravedad, "a mí me conmueve la piedad de los hombres de mar que vienen aquí descalzos, trayendo su recuerdo a la Virgen por haber estado próximos a naufragar y no haber naufragado.

Gran cosa es la fe, lo mismo que a ellos les ocurre casi todos los días a marineros ingleses, suecos o americanos que son protestantes o no son nada y se salvan a pesar de no tener una Virgen de Begoña a quien recomendarse.

Además, vaya usted a saber los vizcaínos que se habrán ahogado después de implorar a la Virgen.

Esos no han podido venir aquí a contarlo".

El secretario hizo un movimiento de extrañeza, mirando escandalizado al médico.

"Don Luis", dijo con acento dulzón, "no empiece usted a soltar de las suyas.

Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de la Virgen y que ésta le castigará".

"No, yo no me burlo de la fe", dijo Aresti.

"El hombre es naturalmente cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera a sus fuerzas.

Basta que se considere perdido para creer y esperar lo maravilloso.

Me acuerdo de Míster Peterson, un ingeniero inglés empleado en las minas, un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perdía ocasión de burlarse del Eid o la tríada de los católicos y de su culto a las imágenes.

Un día, un peón despedido por el del trabajo le dio una puñalada de muerte.

Cuando se convenció de que no podíamos salvarle, rompió en lloros y aclamaciones a la Virgen, lo mismo que don Tomás.

Se agarró a la misma fe de las mujeres más ignorantes del pueblo, llamaba a la Virgen de Begoña con un vozarrón que se oía desde la calle y llegó a salvarse", dijo Goycochea, anhelante, con la esperanza de un milagro.

"No murió a las pocas horas, lo mismo que si no hubiera llamado a nadie".

Goycochea, teniendo nuevas impiedades del doctor, desvió el curso de la conversación.

"Qué hermosa vista", dijo, señalando la parte de la villa que se alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las montañas de las Encartaciones, con sus cumbres rojas de tierra removida.

"Esto es el más hermoso balcón de Vizcaya.

Cuánto trabajo se abarca desde aquí, cuánta riqueza".

Luego añadió, en tono confidencial: "Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es imposible volver a nuevas aventuras.

Hoy una tercera guerra civil, otro sitio como el último, mataría a Vizcaya.

¿Qué sería de los altos hornos, de tanta fábrica y tanta vía férrea?

Por esto hemos abandonado, quien más, quien menos, nuestra antigua bandera para servir a Dios.

No se necesita de política.

Nosotros somos cada vez más intransigentes en lo tocante a la sacrosanta religión, pero pelearse por reyes, aquí no hay más que Bizkaia y su señora santísima.

Pregunte usted si quieren volver a las andadas a muchos de los contratistas de Gallarta.

Yo los he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y ahora van camino de millonarios.

Vea usted a muchos dueños de las minas que, en su juventud, cogieron el fusil.

Ninguno sueña remotamente con una nueva guerra.

Si en tiempos del sitio hubiera existido tanto negocio como hoy y tanta riqueza, no habrían llegado las cosas a mayores.

Los que comulgamos en los sanos principios ya sabemos el buen camino.

Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro.

Lo que nos importa es Bizkaia y Dios, y Dios ya sabe usted que está por encima de la patria y del rey".

Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo pareció intimidarse ante su gesto.

"A ver, siga usted, señor Goycochea", dijo el doctor.

"Me interesa eso, pues al fin vizcaínos hoy, aunque no tenga el honor de ser nacionalista.

¿Y cómo vamos a conseguir que Bizkaia, con be alta, se emancipe de la odiosa maketa?

Ni a piense usted que ella tiene sus guiris, sus tres de pantalones rojos, prontos a disparar el fusil, como en otros tiempos".

Y Aresti, al decir esto, montes, remedaba el tono de desprecio con que había oído a algunos, como Goycochea, designar a los soldados españoles llamados eches en Bilbao, por ser valencianos.

"Muchos de los que componían la guarnición durante el sitio se hará sin guerra.

Es asunto de tiempo, don Luis, de tiempo y de buena dirección.

Poco a poco se hace camino.

O nosotros impondremos a España las sanas costumbres de los antepasados o nos aislaremos como ciertos pueblos de América que viven felices, gobernados por el Sagrado Corazón de Jesús.

Allí están los que dirigen y son gente que lo entiende.

Allí se prepara el porvenir", señalaba en dirección a la ría, como si, a través de las inmediatas alturas, viese con la imaginación la Universidad de Deusto, santuario para el de la sabiduría humana.

"Pues hay para rato", señor Goycochea, dijo el médico, saliendo del porche en busca del carruaje.

"No diré que no, don Luis.

Nuestra redención es algo difícil por la continua inmigración de gentes que traen con ellas las malas costumbres de España, lo peorcito de cada casa que viene aquí a trabajar y hacer fortuna.

Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya.

Cada vez son más.

En Bilbao hay que buscar casi con candil los apellidos vascongados.

Todos son Martínez o García y se habla menos el vascuence que en Madrid.

Esto es uno de los grandes males que nos ha traído la prosperidad, pero todo se andará.

Yo pienso en lo que García-Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que según cuentan los padres de Deusto, fue el estadista más grande del siglo, sabe usted lo que dijo al recibir la puñalada que lo mató: "Dios no muere nunca".

Pues eso digo yo, Dios no muere y no morirá Vizcaya, que por el amor que siente hacia su Santísima Madre es su hija predilecta".

Ya no dijo más en todo el camino.

Al fin pareció a buscarse por la mirada irónica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que acogía sus palabras.

Reconocía en él un digno primo de Sánchez Murueta, pues el secretario, a pesar de su servilismo exterior, sentía cierta repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de impiedad, vivía separado de la religión, pasando meses enteros sin oír una misa.

Él conocía los hondos disgustos que esta conducta proporcionaba a la buena doña Cristina, la cual, sólo valiéndose de la influencia que ejercía su hija sobre el padre, podía conseguir que éste las acompañase hace alguna vez a la iglesia.

Qué hombres los dos, imposible parecía que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos.

A las dos de la tarde se vio Aresti de nuevo en el coche, camino de Las Arenas, con su primo y el capitán Iriondo.

Goycochea, invitado también a la comida de familia, había salido antes en el tranvía.

"Tú no descansas", decía el médico a su primo.

"Todos los días Las Arenas a Bilbao, todos los días.

Cuando edifiqué el hotel, creí que me quedaría meses enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios, pero por las mañanas voy de un lado a otro sin saber qué hacer y acabó por mandar que enganchen.

Por las tardes es diferente, paso tranquilo las horas en el jardín oyendo a Pepita que toca el piano".

"La vida de familia".

"Tú eres feliz", exclamó el médico.

Su primo le miró con ojos interrogantes, como si encontrase en sus palabras cierta ironía.

"Sí, la vida de familia", dijo, "es la que más me gusta.

Lástima que en este Bilbao no pueda uno gozarla a sus anchas, libre de influencias extrañas.

Tú bien lo sabes, Luis".

Y calló, mientras el médico quedaba también silencioso y cabizbajo, como sumido en penosas reflexiones.

Pasaban ante la ventanilla del carruaje los hoteles vistosos del Campo del Volantín, donde se albergaba la aristocracia de la villa.

Después, las verjas y escalinatas de la Universidad de Deusto, mientras por el lado opuesto se desarrollaba la ría, sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados.

Aresti veía ahora, en sentido inverso y desde la orilla opuesta, el paisaje que había admirado por la mañana en el tren.

Al pasar el carruaje por Olabeaga, los tres hombres rompieron su mutismo, animándose con repentina alegría.

Aquella era su patria, allí habían nacido los tres.

Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hacía preguntas a sus compañeros, recordándoles los incidentes de la juventud.

Aún veía, como si lo tuviera ante sus ojos, al señor Juan Sánchez, el padre de Sánchez Murueta, el patriarca de la familia, el iniciador oscuro de la presente prosperidad, el que, de un tirón, los despegó a todos del bajo fondo social en que habían nacido.

No era del país, había llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableciéndose en Olabeaga como gabarrero y casándose con una joven del pueblo que tenía varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y flores a Bilbao.

Fue una vida de trabajo, la mujer a la huerta y él a la ría, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus aguas duchos o avenidas que la convertían en torrente y sus revueltas y bajos que hacían sobrar las embarcaciones.

Los buques se quedaban en el Abra y las gabarras subían hasta la villa los cargamentos de bacalao y de maderas, necesitando para esta conducción de hombres expertos ir de Bilbao a Portugalete.

Era entonces un viaje que sólo usaban emprender los atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban carrozas.

La góndola del consulado del famoso tribunal de comercio era la única embarcación que surcaba la ría con frecuencia.

Los gabarreros, intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rápidamente y Olabeaga era el pueblo más rico del Nervión.

El señor Juan servía a las casas más importantes por la confianza que inspiraba su pericia.

Jamás había averiado los géneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos de la ría o en la vuelta de la Salve.

Conocía las aguas palmo a palmo y siempre que había que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le llamaban a él.

Así fue reuniendo una fortuna para su hijo único, que, andando el tiempo, había de ser el famoso Sánchez Murueta.

En aquella época, el futuro millonario iba todas las mañanas al Instituto de Bilbao a estudiar náutica, pues su padre le quería marino, pero de los de altura, para navegar y comerciar en grande a través de todos los mares, como él lo hacía en la ría.

El honrado gabarrero, satisfecho de su suerte, dueño de muchos de los lanchones que surcaban el Nervión, seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compartía su cariño entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor que no era otro que Aresti, hijo de una hermana de su mujer.

Las dos hembras de aquella familia de hortelanos se habían unido con hombres de mar, pero la casada con el gabarrero tuvo más suerte que su hermana menor, que se enamoró de Txomin Aresti, un mocetón de la matrícula de Bermeo que navegaba por el Cantábrico como patrón de balandros de cabotaje, siempre expuesto a aparecer en un día de galerna.

A los ocho años de casados ocurrió la catástrofe: Txomin se ahogó en un naufragio y la viuda, llevando en brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tenía seis años y se miraba con asombro el negro trajecito, lloró desesperadamente por todos los rincones de la casa de su hermana.

"No te apures, mujer", decía el señor Juan.

"Otras están peor que tú, que tienes a tu hermana y me tienes a mí.

No morirás de hambre, ya que, según parece, voy para rico.

Si el rapaz no tiene padre, aquí estoy yo, que rabio porque la mía solo me ha dado un chico".

Y así era, el gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dándole hijos conforme prosperaba la casa.

Sentíase cohibido al no poder llevar en sus brazos a aquel mocetón que estudiaba en Bilbao y era tan alto como él y mucho más serio.

Por esto, agarró con un entusiasmo paternal a su sobrino Luis y los vecinos de Olabeaga le vieron a todas horas en la gabarra o por las orillas de la ría, con el pequeño cogido de la mano, acariciándolo como si fuese un nuevo hijo.

Aresti no conoció otro padre que el señor Juan y Sánchez Murueta fue para él un hermano.

El mocetón grave, de carácter áspero, tuvo para el pequeño dulzuras y atenciones que sorprendían a la familia.

Cuando él gabarrero iba a Bilbao, llevaba a Luis, dejándolo en las banquetas de los escritorios, mientras ajustaba con los señores la cuenta de sus viajes.

Por las noches, lo dormía sobre sus rodillas, cantándole los viejos shorts chicos de los barqueros del Nervión o relatándole patrañas que el pobre hombre apreciaba como lo más indiscutible de la sabiduría histórica.

Gustaba, vale, especialmente relatar el origen de Bilbao.

Lo habían fundado unos pescadores a orillas de la ría, entre las repúblicas de Begoña y Abando, y andaban tristes y preocupados, no sabiendo qué nombre dar a su enumeración de chozas.

Un día, por divertirse, arrojaron al Nervión un botijo vacío.

"Bil, bil, bil", cantaba el agua al penetrar en él y, cuando casi lleno, se fue a fondo, lanzando un sonoro vaho.

Los pescadores gritaron: "Bilbao será su nombre".

Y él gabarrero miraba al pequeño y a las dos mujeres que le escuchaban atónitas, admirando su sabiduría del pasado.

El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia.

Pepe, que había terminado su carrera en compañía de Matías Iriondo, hijo de un vecino, se embarcó en un vapor que hacía viajes a Inglaterra.

Al poco tiempo, no satisfecho de la vida del mar o deseoso de mayor medio, se quedó en Londres, entrando como empleado en una casa vizcaína.

Su madre murió de repente, la encontraron tendida de bruces sobre un surco de aquella tierra a Gredos, a que cultivaba desde el an inglés y que su marido no podía hacerla abandonar.

Había querido salirse del mundo, morir abrazada a aquellas hortalizas que todas las mañanas llevaba al mercado de Bilbao con avaricia de aldeana.

El señor Juan se sintió más unido a su cuñada y su sobrino.

El hijo escribía de tarde en tarde.

La ría ofrecía cada vez menos alicientes para él.

Comenzaba a despertar la explotación de las minas y se hablaba de limpiar el Nervión, convirtiéndolo en un puerto para que los vapores llegasen hasta el mismo paseo del Arenal.

Adiós las gabarras y, descuidando un negocio cuya muerte veía, se aproximaba tranquilo ante el porvenir, pues poseía una fortuna de la que se hablaba con asombro en el pueblo.

No tuvo otra ocupación que cuidarse de Luisillo y admirar sus progresos.

"¡Qué rapaz!", decía, hablando de él con los viejos camaradas de la ría.

"¿De dónde habrá sacado tanto talento?

Nadie hubiera dicho que de aquel pobre patrón de Bermeo pudiera salir un hijo así".

Y él gabarrero temblaba de emoción, saltándole las lágrimas cuando le hablaban en la villa de su sobrino y de los satisfechos que tenía a los señores del Instituto.

Llegó el momento de que Aresti, a los 14 años, escogiera una carrera y el viejo consultó su voluntad: a ver qué quería hacer con franqueza.

Allí estaba el tío Juan, con la bolsa abierta para costearle la carrera que más le gustase, aunque quisiera ser sumo pontífice.

"Marino no, ya había bastante con uno en la familia".

"Médico quería ser, médico, algo más grande y de mayor brillo", había soñado el gabarrero, sin saber cierto lo que era.

Pero, en fin, vaya por la medicina y, como puesto a hacer las cosas, había que hacerlas bien, le enviaría a estudiar a Madrid.

No reparaba en gasto, más o menos, para eso había trabajado él y algo le costilla la vanidad la idea de que, con el tiempo, toda Olabeaga, los descendientes de los que le habían conocido descalzo y despegado, remando en la ría, entregarían las vidas a su sobrino, viéndolo llegar como una esperanza y llamándolo a todas horas "señor doctor".

Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurrió la gran transformación de la familia.

El tirón loco de la suerte que sacó de la obscuridad a Sánchez Murueta, su primo, se presentó inesperadamente en Olabeaga.

Venía a la conquista de la fortuna, sabía dónde estaba oculta y llegaba antes que los demás, aprovechando sus estudios y observaciones en país extranjero.

El invento de temer que acababa de revolucionar la metalurgia, abaratando la fabricación, hacía necesarios los hierros sin fósforo y ningunos como los de las minas de Bilbao.

Y va a comenzar en aquellas montañas un periodo de explotación loca de rápidas fortunas.

El que primero se apodera del mineral sería rico como un príncipe.

Dinero necesitaba, dinero para centuplicar.

En poco tiempo, su padre apenas lo entendió, pero tenía fe en su hijo.

Le inspiraba respeto su gravedad, aquel pensamiento siempre re concentrado y en función, y le entregó sus ahorros.

Vendió las gabarras y hasta la casa nueva que había construido, imitando a las mejores de la villa y que era el asombro de Olabeaga.

Entonces comenzó la historia del poderoso Sánchez Murueta, aquella transformación de cuento mágico, atropellándose los negocios fabulosos, las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para enriquecer a aquel hombrón que veía llegar los millones sin el más leve estremecimiento en su rostro impasible.

Se apoderó rápidamente de la montaña, allí donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el llamado Campanil, que era el más rico.

Allí ponía sus manos de vencedor, diciendo: "Esto es mío".

Compraba minas para venderlas al mes siguiente a los ingleses que llegaban detrás de él.

Tenía en el Abra los vapores a docenas, cargando los de aquellos terrones rojos que eran como oro.

Bilbao hablaba de Sánchez Murueta con admiración, sonaba su nombre a todas horas.

Mientras los demás dormían, él había visto claro cuando la gente comenzaba a despertar.

Ya era el millonario.

Tras sus espaldas de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y tardíos buscadores de la fortuna.

"Tu primo está loco", escribía el señor Juan a su sobrino.

"Esto es un escándalo, los millones entran en casa como una inundación.

Ahora habla de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral a Inglaterra.

Quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervión que fabriquen carriles, puentes enteros, cañones, navíos de guerra, qué sé yo cuántas locuras más.

Créeme, Luis, esto es demasiado, no puede durar".

Y hablaba con asombro de su nueva existencia.

Él y la madre de Luis vivían con el grande hombre en una casa muy hermosa de Bilbao, con un batallón de empleados, sirvientes y parásitos, una vida de abundancia y de movimiento que hacía pensar melancólicamente a los dos viejos en su suerte citas de Olabeaga, tan tranquilas y risueñas, al abrigo de los montes, con la ría enfrente como un espejo en los días de sol.

Además, el poderoso príncipe de la industria se había casado para hacer dignamente los honores a la fortuna que llegaba.

Su mujer era una señorita de Durango y el antiguo gabarrero recalcaba con respeto y temor la calidad social de su nuera, una parienta de los principales que Sánchez Murueta había tenido en Londres.

Su familia de hidalgos vivía estrechamente de las flacas rentas de algunas cacerías nobles, agrícolas, que hacía remontar sus blasones a los tiempos casi fabulosos de Vizcaya, ajá, un sur y el cis vascongado.

Y que, aturdida por la escandalosa fortuna, el hijo del gabarrero había accedido a emparentar con el Sánchez Murueta casi al día siguiente de la boda.

Había continuado su vida de agitación, de viajes y de encierros en el escritorio.

La mujer, de una belleza rubia, áspera y dura, frunció el entrecejo ante los dos ancianos que vegetaban tímidamente en la casa, como si fuesen unos criados distinguidos, y vivía sola, repartiendo su tiempo entre las iglesias y las visitas a las principales familias de Bilbao.

La satisfacción de anonadar las con su lujo, el goce de provocar la envidia de las amigas con su riqueza, eran las únicas dulzuras que encontraba en el matrimonio.

Después, cuando Aresti estaba próximo a terminar su carrera, ocurrió la muerte del señor Juan.

El viejo se fue del mundo asustado de la fortuna de su hijo, creyendo le loco, presagiando un desquite terrible de la mala suerte, repitiendo tenazmente que aquello no podía durar.

Al presentarse Luis en Bilbao, vio a su primo en plena gloria, con su gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible a las desgracias como a los triunfos.

Sus párpados ligeramente enrojecidos y la demencia con que le apretó sobre su pecho fueron las únicas muestras de emoción por la muerte de su padre.

"Luís", dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro, "sigue tu carrera, después irás al extranjero.

Estudia, no vaciles ante los gastos.

El viejo no ha muerto.

Si antes era yo tu hermano, ahora soy tu padre y haré esto".

Vivió tres años en París, hizo la vida de estudiante en el barrio latino, fue interno en los hospitales al lado de los más célebres cirujanos y la fama de sus estudios llegó hasta Bilbao.

Antes de regresar, cuando volvió, su carrera estaba hecha, entrando en su prestigio lo mismo el éxito de sus operaciones que la calidad de pariente de Sánchez Murueta.

Su primo había realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos hornos de fundición junto a la ría, casi todo el mineral de Vizcaya monopolizado por él y el dinero acudiendo a sus manos, embriagándolo con la borrachera de la fortuna.

La madre de Aresti había muerto mientras él estaba en París, había languidecido como su cuñado en aquel ambiente de grandeza que la asustaba.

El joven doctor no tenía otra familia que la de su primo y se instaló en su casa.

Cristina, que había tenido una hija y por los cuidados de la maternidad salía poco de casa, acogió bien al doctor.

La acompañaba tardes enteras, hablando de París, la famosa ciudad del pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo había entrevisto en un rápido viaje de bodas de toda la familia del marido.

Aresti era el único que lograba despertar en ella cierta simpatía.

Además, Sánchez Murueta siempre estaba ausente, solo le veía por la noche y, aunque le escuchaba con los ojos puestos en ella, su pensamiento estaba lejos, muy lejos.

El doctor la entretenía, se enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, le daba consejos acerca de vestidos y joyas, recordando en mente sus tratos con ciertas amigas de París, encargando para ella periódicos de modas a su vanidad, afirmando que era la señora mejor vestida de Bilbao.

Cristina solo torcía el gesto y parecía enfadarse con el doctor cuando a éste se le escapaba alguna afirmación impía o cuando, sin darse cuenta de ello, se burlaba de la devoción de las señoras y de los predicadores que el entusiasmo de todas ellas ponía en boca.

Eran resabios, según Cristina, de su permanencia en un país de vicios, donde se piensa poco en Dios.

"No podía estudiar y ser un sabio como muchos padres jesuitas sin separarse por eso de la religión.

Debía sentar la cabeza y, para esto, nada como casarse".

Ella se encargaba de su matrimonio y, con la tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones, se dedicó a proponer a Luis todas las jóvenes casaderas que conocía, enumerando sus méritos entre las risas y protestas del doctor.

Un día le habló con gran decisión: "Ninguna le convenía como la pequeña del examen de la mamá.

Era viuda, con dos hijas, familia muy cristiana, emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya.

Eran ricas, aunque mejor se habían visto en otros tiempos.

El padre había gastado mucho en la guerra, arruinándose por la buena causa, como todas las familias decentes del país".

Y Cristina daba a entender en su gesto la diferencia inabordable que aún existía para ella entre la aristocracia antigua, defensora de la tradición, y aquella otra recién formada e hija de la fortuna, a la cual se había dignado descender.

Aresti se vio asediado por su parienta.

La pequeña de Liza Mendi no le parecía mal.

La mamá aceptaba sonriendo el plan de Cristina y el doctor encontraba a las de Liza Mendi con una frecuencia alarmante en el salón de su casa.

Al fin acabó por ceder a los reiterados consejos de su prima, que parecían apoyados por el silencio y la mirada tranquila de Sánchez Murueta.

Si había de casarse, no era mala proporción la del examen de él.

Había soñado algunas veces con la tranquila existencia de familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la profesión, encontrando al volver a casa una boca sonriente que le besase, unos brazos que vinieran a sorprenderle con repentina caricia mientras reflexionaba inclinado sobre un libro.

Bien veía que Antonieta Liza Mendi era una joven insignificante, educada como la mayoría de las niñas de su clase, con una instrucción de monja, sin más horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias a la iglesia.

Pero él despertaría aquella alma, la formaría a su imagen y semejanza.

Infeliz doctor, al recordar este período de su pasado, Aresti sonreía amargamente, burlándose de su optimismo.

Cambiarla, a su mujer, transformarla.

Él era quien había estado próximo a anularse, a desaparecer, aplastado en el engranaje lento y monótono de esa vida gris de las almas muertas.

Se casaron y Aresti se trasladó a la casa de su mujer.

La madre no quería separarse de la hija.

Además, la familia, como ella decía, necesitaba un nombre para mayor respeto.

El joven médico creyó de buena fe que estaba enamorado de su esposa, rompiendo la costumbre bilbaína.

La acompañaba a todas partes, hacía esfuerzos por avivar el cariño conyugal, por fundirse moralmente con aquella muñeca que se le había entregado y que, una vez cumplidos los deberes conyugales, quería seguir su vida de visitas, novenas y comuniones, como en tiempos de soltera.

La madre y la otra hermana eran un perpetuo obstáculo tras el cual se ocultaba la esposa.

Lentamente se veía Aresti empujado a un mundo nuevo que no era de su gusto.

La fama de sus operaciones era cada vez mayor y la familia disponía de él como de un objeto de lujo que la daba cierta distinción.

Si en un convento había una monja enferma de gravedad, si un padre jesuita se quejaba del estado de su salud, las de Liza Mendi enviaban a Luis con indicaciones que eran órdenes, contentas de poder servir gratuitamente a los elegidos del Señor.

El médico racionalista se veía convertido por su familia en un trotaconventos, curando agentes que insultaban su ciencia después de aprovecharla y no perdían ocasión de darle las gracias, echándole en cara su falta de religiosidad.

¿Dónde estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio?

¿Dónde aquella mujer enamorada y entusiasta que le había de ayudar con su dulzura en las ásperas investigaciones de la ciencia?

Aresti, a los dos años de casado, adquirió la convicción de que su esposa no le amaba.

Es más, le sirvió de consuelo la certidumbre de que ella no podía amar a nadie.

La iglesia, la confesión con el padre de moda, un buen vestido para dar envidia a las amigas y elvis y theo entre mujeres, lejos del hombre que no era más que el macho destinado a los negocios y atraer dinero a casa.

Estas eran todas las aspiraciones de su vida.

Además, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su mujer extrañas influencias que venían de fuera.

En su casa, a solas con Antonieta, presentía la existencia de invisibles fantasmas que le esperaban con nota de sus acciones, que a cada arranque de pasión parecían interponerse entre su mujer y él.

"¿Por qué estás siempre leyendo?", preguntaba a veces la joven.

"¡Ay, esos libros! Con qué gusto los quemaría".

Con frecuencia echaba en cara su falta de religiosidad.

Le oía con sonrisa de lástima hablar de sus entusiasmos científicos, pensando en los fragmentos de sermón que había escuchado contra aquella ciencia malvada y perturbadora.

Las otras dos mujeres de la familia no leerían menos.

En sus ilusiones estaba solo, más solo que cuando vivía en París, en su cuarto de estudiante.

La diferencia de origen se acentuaba entre él y su nueva familia.

Era en su casa como los esclavos de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias o las artes, pero que, en presencia de los señores, recobraban su humilde condición y seguían siendo esclavos.

Al intentar una débil protesta, se aterraba, apreciando la separación moral que existía entre él y su mujer.

"Nosotras somos así", decía con altivez.

"Cada uno es como se ha educado.

Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase".

La madre y la hermana iban más lejos: "Nosotras somos las de Liza Mendi", le decían con arrogancia.

"¿Y quién eres tú? Un chico de Olabeaga, criado en las gabarras de la ría".

Y, con un gesto de soberbia, parecían abrir entre ellas y el médico un abismo que nunca había de llenarse, que le condenaba a eterna separación de lo que él consideraba su familia.

Cuántas veces, creyendo acariciar a una mujer, besaba a una estatua fría que se entregaba a él con rigidez de autómata.

Las preocupaciones religiosas llegaban hasta su dormitorio.

"Déjame, Luis", decía su esposa.

"Mañana tengo comunión en las Hijas de María y necesito hacer examen de conciencia".

Otras veces era cuaresma y el ayuno se extendía hasta la vida conyugal.

Esto se decía amargamente, que su mujer no era suya, que disponía de ella menos que a medias, compartiéndola en una especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas conocía.

A veces, Antonieta, en sus momentos de cólera, tenía franquezas que asustaban al doctor: "Soy tu mujer y de serte fiel, como manda la Santa Madre Iglesia, pero te quiero poco, lo confieso.

Ay, Luis, como te amaría si echases a robar todos esos libros y fueses a la iglesia como van las personas decentes".

Con gran frecuencia notaba en su despacho la desaparición de revistas y libros que tal vez estarían en manos de cualquier confesor curioso que, desde lejos, espiaba sus acciones.

Lo que le hacía perder la calma era la insolencia con que la suegra y la cuñada le increpaban.

Apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio hostil de su mujer.

"¿Pero quién eres tú?", le dijeron un día.

"Un pobretón que, aunque ganas algo, casi estás mantenido por nosotras.

Cuando mataba el hambre en casa del gabarrero, nosotras éramos más.

Y no sirves para otra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces de filósofos contra Dios y la religión.

Si al menos supieras ganar dinero como tu primo Sánchez Murueta".

Aresti no quiso sufrir más.

Que así, entre aquella gente, por más tiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en resignada sumisión, nunca llegaría a fundirse con su nueva familia.

Entonces fue cuando pidió a su primo que le enviara de médico a las minas y, empaquetando los libros que constituían su única fortuna, salió de aquella casa.

Lo mismo que había entrado ahí, lo mismo.

No había sacrificado su porvenir, había sufrido dos años de amargas humillaciones.

Ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujer dentro de una sociedad gobernada por las leyes más que por los efectos.

Además, dejaba a sus espaldas a las tres señoras de Liza Mendi, que, para justificar la fuga del doctor, hablaban a todos de la grosería de su carácter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impías.

Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Murueta casi rompió toda relación con el doctor.

Hablaba indignada de él a su marido, dejar así a la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y devoción, como todas las mujeres de la familia.

Fue preciso que Sánchez Murueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase su propósito de seguir recibiendo a Aresti en su casa para que la esposa se contuviera ante el doctor.

Pero terminó entre los dos la antigua amistad.

Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar a Bilbao, sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.

Cuando Sánchez Murueta abandonó la villa para habitar su hotel de Las Arenas, Aresti fue a verle con más frecuencia.

Le interesaba su sobrina Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer.

Pero en estas entrevistas tropezaba siempre con la fealdad, cortez en apariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que, así como avanzaba en edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmos religiosos.

La maternidad y los años la hacían retirarse de la ostentación elegante, abdicar de la supremacía que ejercía en las tertulias con sus trajes y sus joyas.

Ahora la llamaban irónicamente "la gran cristiana" y era la primera en todas las juntas de las asociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando a manos llenas en cofradías y conventos el dinero de Sánchez Murueta.

Aresti, al llegar a este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su primo, sentado junto a él en el carruaje.

Ay, aquel tampoco era dichoso.

La suerte le esperaba todos los días a la puerta de su casa para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de su hogar.

No se veía obligado a romper, como él, con la familia, porque el dinero le daba una superioridad irresistible, poniéndolo a cubierto de humillaciones.

Porque, con un puñado de su riqueza esparcida sin regatear, lograba entretener diariamente al enemigo con el que estaba obligado a hacer vida común.

Pero se sentía solo, notaba la amargura del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegría momentánea que experimentaba al ver a su primo, el único que lograba ablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias.

El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe, llena de vapores que esperaban turno para la carga de buques sin flete que dormían en las aguas muertas.

Era el hospital de los barcos, según palabras de Iriondo.

En medio de aquel pueblo flotante estaban los yates de los ricos de Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entonada para resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cámaras.

El millonario lanzó, al pasar, una mirada melancólica sobre su yate enorme y gallardo, una mirada en la que vio Aresti la nostalgia de la vida del mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias y preocupaciones terrestres.

Se aproximaban a Las Arenas.

El puente de Vizcaya cortaba el horizonte con su red de cables movibles.

En la ribera de enfrente, los altos hornos de Sánchez Murueta elevaban sus torreones de fundición, sus numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor.

Bajo los extensos cobertizos, notábase el hormigueo de varios miles de obreros.

Llegaban arrollados por el viento los estrépitos de la industria, el martilleo poderoso, los resoplidos de las máquinas, el mugido de los convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su chorro de chispas y escorias.

Aresti admiraba esta grandeza industrial.

Todo era obra de su primo.

"Qué hermoso", exclamó, dando con el codo al millonario y mostrándole sus fundiciones.

"Y pensar que de pequeño has correteado entre los chicos de Olabeaga.

Debes estar satisfecho de tu obra.

¿Hay alguien más feliz que tú?"

Sánchez Murueta miró un instante a su primo con inquietud, como si temiera que se burlase.

Después añadió, con voz lenta: "Si no estoy descontento de la suerte, todos hemos prosperado, Luis.

A mí me rodea la felicidad, pero es por fuera, en todo lo que se ve.

Ahora, por dentro, por dentro cada uno sabe lo que lleva".

Y fue una comida íntima la que dio Sánchez Murueta por ser sus días.

No estaban en el comedor otras señoras que la esposa del millonario y su hija.

Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitán Iriondo, el secretario Goycochea y Fernando Sanz, el ingeniero director de los altos hornos, o parientes de la familia, como el doctor Aresti y Fermín Urkiola.

Éste Urkiola visitaba con frecuencia la casa por ser sobrino lejano de la señora, aunque Sánchez Murueta no mostraba por él gran simpatía.

Era un antiguo discípulo de Deusto que, después de abandonar la universidad, seguía a las órdenes de los padres de la compañía, lo mismo que cuando estudiaba en sus aulas.

La juventud de Bilbao, que se llamaba a sí misma distinguida, admiraba le por su fuerza muscular y el entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres.

Era el organizador y el hombre de acción de todas las asociaciones y su ideal consistía en tener a los liberalitos en un puño y no dejar que las gentes de la maketa se apoderasen del país.

Pasaba en Bilbao por ser uno de los jóvenes más elegantes, pero cuando llegaban luchas electorales se le veía con la buena sobre los ojos, empuñando un enorme garrote al frente de los aldeanos de los pueblos.

Y los inmediatos, la rizada barba, la nariz aguileña y pesada y sus ojos negros de bohemio le daban gran prestigio entre las gentes del campo, porque las hacía recordar la cara adorada de su ídolo.

"Se le parece al señor", murmuraban.

"Tiene toda la cara de don Carlos".

Y a Urkiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la más leve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por exceso de entusiasmo, le relacionasen en su nacimiento con los veleidosos amoríos del fugitivo rey de las montañas.

Su familia, arruinada por la guerra, apenas si le había dejado una renta exigua para vivir y Urkiola se ayudaba buscando la protección de las familias más linajudas de Bilbao.

Era un acabado ejemplar de la juventud sana, educada en Deusto.

Alborotaba en las luchas políticas, llevando a ellas la misma violencia de su partido.

Cuando se batía en los montes por las noches, mezclaba base en los escándalos de ciertas casas del barrio de San Francisco, donde ejercía alguna superioridad sobre las infelices mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda sobre su nacimiento que le convertía casi en un príncipe.

Los amigos tenían fe en su porvenir.

Los padres de Deusto le protegían, sonriendo venero la mente ante lo que llamaban sus calaveras.

Era exceso de vida, ya le casarían ventajosamente y sería un modelo de caballeros cristinos.

Sánchez Murueta le veía en su casa con disgusto, pero no osaba manifestarlo claramente por consideración a doña Cristina, que parecía orgullosa de su sobrino.

"Este animal viene indudablemente por Pepita", decía Aresti, a quien interesaba Urkiola como un ejemplar raro de egoísmo y brutalidad, y se fijaba en su sobrina, la cual, a pesar de las insinuaciones de la madre, mostraba más inclinación por Sanz, el ingeniero de los altos hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecían intimidar.

Le gustaba a la joven saber por el todo cuanto pudiera molestar a sus amigas.

Urkiola la enteraba de todas las fiestas que proyectaban los padres de la compañía para entretener y conservar bajo su dominio a una sociedad ociosa y opulenta.

Pero, una vez agotados estos temas, la joven se alejaba de él y permanecía silenc

Señoras pasaron a una habitación inmediata con Urkiola, y el ingeniero a nave esperaban a algunas amigas de Bilbao. Mientras tanto, los dos jóvenes rogaron a Pepita que cantara alguna canción bascongada de las antiguas, tan melancólicas y dulces, distintas completamente del ritmo americano de los modernos.

Tóxicos comenzaron a llegar hasta el comedor. Las escalas y arpegios del piano. Sánchez Murueta, con las mejillas enrojecidas por la digestión, mordiendo un magnífico cigarro, habló Aresti de bajar al jardín. La tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol en las avenidas que rodeaban su hotel.

Los dos primos pasearon por el jardín. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ría, el ruido de los tranvías al otro lado de las planchas de hierro que cubrían las verjas. El millonario mostraba su satisfacción al verse solo con el médico, el único amigo que le inspiraba confianza. Como prueba de cariño, le echó sobre un hombro una de sus manazas.

Era la primera vez en todo el día que estaba a sus anchas, lejos de los negocios. Terminado aquel banquete con gentes ante las cuales se mostraba abstraído y silencioso, el cariño a su Luis, a quien veía de tarde en tarde, y la placidez de una buena digestión inclinaban a las confidencias. Miraba a Aresti con ojos bondadosos e interrogantes, como si sólo esperase una indicación suya para romper a hablar.

"Vamos, desembucha", dijo el médico alegremente. "Ya sé que soy tu confesor y que si callas ante los otros es porque haces provisión de palabras para mí. ¿Qué te pasa?"

"Aquí tienes el médico de tu alma", como diría uno de esos curas amigos de tu mujer. Sánchez Murueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurría de extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento. Solo tenía un momento alegre cuando se encontraba con él.

Cuántas veces sentía el impulso de [ __ ] el tren e ir a buscarle en las minas, pero tenía tantas ocupaciones. Sentía tanto miedo a presentarse en aquel feudo de la montaña donde todos le pedían algo. Solo en Bilbao, condenado a la servidumbre de la riqueza, a vigilar y ordenar la llegada de aquel chorro de dinero que se metía por sus sin desviar su curso.

Se aburría, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada espera, que es el más triste de los fastidios. Había amado, ya había sufrido, como todos los que batallan por un ideal. Sabía lo que era forcejear a zarpazos con la suerte para hacer la suya y fecundarla con ardor.

Osa violación había llegado como los políticos célebres o los grandes artistas que empiezan su carrera desde abajo, conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos, aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo. Siempre tenían la ilusión puesta en el mañana.

Pensaban con inquietud en la combinación política del día siguiente, en la obra artística que les bullía en la imaginación, temblando con el vago temor de la torpeza al ir a dar la forma. Pero él todo lo tenía hecho. Las ambiciones de su vida se habían realizado, cristalizándose para siempre.

Había querido ser dueño de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dándole un rendimiento fabuloso con la regularidad de una tranquila y perenne. ¿Para qué quería más? Establecían nuevas fabricaciones y al poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante.

Construía barcos y no naufragaba uno para alterar con una catástrofe la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él. Estaba abroquelado, y aunque ella corriese a estrecharle entre sus brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante.

Si sus barcos se perdían, estaban asegurados. Si las huelgas cerraban momentáneamente sus fábricas, no por esto sufriría su capital grandes mermas. Si se agotaban las minas de Bilbao, él tenía otras y otras en distintos puntos de España que aguardaban la explotación.

Era el prisionero de su buena suerte, se movía entre rejas de oro, en un aislamiento de ave bien cebada que ve el espacio libre por donde revolotean libres los pájaros hambrientos, sin poder ir con ellos. Amaba el mar y tenía casi a la puerta de su casa un palacio flotante, el yate cuya fotografía publicaban periódicos ilustrados para envidia de los infelices.

Pero apenas emprendía un viaje, tenía que volver, llamado por sus negocios. Además, él era un hombre de familia. Se aburría en la soledad del océano o en los puertos ruidosos, haciendo vida de... Se le ve fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes, su hija no conocía mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas estancias en Londres, volvía presurosa a su país, donde era la primera, guardando una instintiva aversión a las grandes ciudades de gente.

Un año y atareada, entre la cual ella y su padre pasaban inadvertidos. El millonario era el esclavo de su propia obra. Había levantado con brazos de titán en torno de él la alta torre de su fortuna y ahora se debatía encerrado en ella, sin encontrar espacio para atenderse y descansar.

No esperaba nada, aunque descuidase en sus negocios, el dinero seguiría viniendo a él, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la fortuna quería volverle la espalda, sería ya tarde para hacerle sufrir la amargura de su infidelidad. Era tan rico, había llegado tan alto que estaba cubierto de toda inquietud.

Por un instante había creído encontrar remedio a su aburrimiento, entregándose a la borrachera de la construcción, sacando de la nada la nueva Bilbao, levantando barriadas de palacio sobre los campos yermos con la misma facilidad que en los cuentos de hadas. Pero aquello también había pasado.

Encontraba por el levantar colmenas y más colmenas para gentes que no conocía, fabricar avisperos en que se cobijaran otros tan tristes como él, pero animados, siquiera, por el amargo placer de envidiarle. "Me aburro, Luis", decía el millonario. "Siento una tristeza sin esperanza, sin ilusiones. La tristeza de la buena fortuna, más terrible que todas, pues pocos hombres la conocen".

Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el magnífico edificio y las avenidas del jardín con sus altas arboledas, sus arietes en los que comenzaban a asomar las primeras flores, y allá en el fondo, el invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, reducían como placas de oro.

Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las minas. "Ay, si aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no teniendo bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez Murueta lamentarse en medio de la opulencia de su vida".

Entonces, dijo el doctor: "Eres infeliz porque nada te falta, porque posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos". El millonario movió melancólicamente la cabeza. Si poseía todo lo que da la felicidad, aparentemente, por esto a nadie comunicaba su tristeza, para que no le creyesen loco.

Únicamente a su primo, que conocía por sus estudios las rarezas de la vida, se atrevía a hablarle. Interiormente le faltaba todo. Deseaba descansar después de aquella marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho en pocos años el mismo camino que otras familias de potentados solo recorren después de varias generaciones.

Había conquistado la riqueza, pero era semejante a uno de aquellos forasteros infelices que, al volver a su país satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa destruida y la familia ausente. Aresti le escuchaba, moviendo la cabeza, como si lo que su primo le relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes.

Pero al oír su lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. Y aquello, Sánchez Murueta levantó los hombros con expresión de indiferencia.

"Lo que llaman mi palacio", murmuró, "no es para mí más que una casa de huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres donde pasé mi juventud de empleado. Eso es todo".

"¿Y tu mujer y Cristina?" "Mi mujer", dijo el millonario con amargura. "Yo no tengo mujer, solo tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida material y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped que trae dinero a casa y al que se le corresponde con un poco de respeto".

"No finjas ignorancia, Luis. Hace tiempo que adivinas cómo vivimos. Tú, en tu pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis millones". "Tú lo has dicho varias veces. En esta tierra hemos oído hablar de alguien que se llama amor, pero por aquí no ha pasado nunca".

Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal sin rubor alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna. La amaba entonces, no estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus amores eran con la buena suerte y no le quedaba tiempo para otros.

Se había casado por unir una gloria más a sus satisfacciones de triunfador, porque le halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en Londres. Aquella señorita de una aristocracia tradicional y rancia completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor había, indudablemente, en ello.

Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los continuos viajes, no le permitían con su mujer más que pasajeras y rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el mundo y era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas por su opulencia.

Si él reconocía ahora que había amado a Cristina con una pasión en que se mezclaba el deseo a la mujer y el respeto instintivo del hijo del gabarrero a la señorita que había tenido entre sus ascendientes casi fabulosos a los señores de Vizcaya, ahora se daba exacta cuenta de su amor, que en aquella época no hallaba tiempo ni ocasión para exteriorizarse en la intimidad de la vida doméstica.

"Cuando descansas", decía entonces, "cuando viera asegurada su fortuna, qué feliz sería con aquella mujer digna compañera de su opulencia, que parecía reinar sobre la gente más encopetada de Bilbao". Pero llegó el ansiado descanso y al buscar a su mujer en vano, se esforzó por encontrarla.

Tenía ante él una buena madre, una excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy interesada en que los negocios prosperasen. Era una meticulosa administradora del hogar que tomaba las cuentas de la servidumbre con la misma minuciosidad que cuando vivía en el arruinado caserón de Durango.

Y al mismo tiempo, sacaba miles de duros de la caja de su marido para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada por alguna de las señoras que se codeaban con ella en las Hijas de María o en el salón de visitas de los padres de la compañía.

Sánchez Murueta ha resucitado a la juventud. Después de su triunfo en los negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba a su mujer con delicadeza o arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como si este cariño le ofendiera, colocándola al nivel de las vendedoras de amor.

Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más allá de la intimidad fría y casi mecánica de sus primeros tiempos de vida común. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin dar escándalo, procreando hijos para servir a Dios y que no se perdiera la fortuna de la familia.

Lo que llamaban amor las gentes corrompidas era un pecado repugnante, propio de gentes sin religión. Tratar a un marido a su mujer con mal y fluida, desde esas que solo se ven en los amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del pecado.

La esposa cristiana había de ser casta en el pensamiento, cuidar de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir el hogar. Más allá, solo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez Murueta tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus intentos por dar la vida.

Nada malo podía decir. Ella era virtuosa y era fiel. Bien es verdad que, aunque quisiera faltar a sus deberes, le hubiese sido imposible. Su carne y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás recordaba el millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un arrebato de pasión.

Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no turban su voluntad. Sánchez Murueta llegó a pensar si Cristina amaba a otro, si al casarse con él por interés habría dejado en su pasado alguna ilusión que aún la perseguía.

Pero después de examinar sus predilecciones e intimidades en la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus sospechas. Ella solo quería a su esposo, si es que aquello era querer. En su cariño no había fuerzas para más.

Y convencido de que nunca había de triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fue alejándose sin que la esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayudó, con no oculta satisfacción, a este divorcio.

Transcurrió el tiempo y al abandonar el lujo sus primeros años de matrimonio, para tomar sitio entre las madres de severa respetabilidad, comenzó a seguir dentro de su casa ciertas prácticas austeras y casi conventuales.

Cuántas veces Sánchez Murueta se había visto rechazado con ira porque era cuaresma o estaba ella en vísperas de una comunión aparatosa. Al establecerse definitivamente la separación, al alejarse él para siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con una mayor dulzura en el trato.

Era sin duda más feliz, libre de la asiduidad ardorosa del macho, de aquellas caricias que le repugnaban como una servidumbre cruel de su sexo. "Es muy honrada, muy virtuosa", dijo con amargura el millonario, "pero para mí, como si no existiera. Ay, Luis, estoy solo. Yo creo que la vida debe ser otra cosa. Tanta honradez es inaguantable".

Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de Sánchez Murueta, cantando al piano el "Wii seco y zarra", la invocación melancólica a la estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas vascas esparcidas por el jardín inglés, dorado por el último ya me arde el sol de la tarde.

"¿Y esa?", preguntó el médico. "No tienes a tu hija". El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba a su hija, era carne de su carne, el único recuerdo de la pasión que había sentido por su esposa.

El cariño a Pepita era lo que mantenía las apariencias de paz de su casa. Lo único que le ayudaba a sobrellevar la tristeza doméstica era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa. Por ella continuaba Sánchez Murueta su existencia febril de hombre de negocios.

Tenía la obligación de defender lo que le pertenecía por su nacimiento. Su porvenir le causaba a veces gran inquietud. Podía casarla con el hijo de otro potentado, un matrimonio de millonarios en el que no entrase para nada el amor. Pero no era esto perpetuar en la hija la infelicidad del padre.

Observaba a Pepita y se entristecía, adivinando en ella una reproducción de su madre. Quería casarla por amor, con un hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la menor señal de apasionamiento. Se casaría sin ardor y sin protesta con el que le indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida de ostentaciones y de devoción elegante.

Ella, como las otras jóvenes de su clase, veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin que el corazón llegara a interesarse. Iría a administrar otro hogar como su madre dirigía el suyo, a cuidar a un marido que trajese dinero a casa. Y alguna vez, abandonando los negocios, entraría un momento en su salón.

De su padre solo tenía algo en lo físico. La educación y el alma eran de su madre. Si Sánchez Murueta, al escoger el yerno, se colocaba frente a su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguiría a él. "La amo", decía el millonario. "La amo a pesar de todo. Pepita me quiere a su manera, es cariñosa conmigo, me mima y me adora, especialmente cuando su madre le encarga que me pida algo. Pero también junto a ella me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que pertenezcamos a distinta raza. No sé explicarme, Luis. Tal vez estoy loco, pero jamás siento con ellas que son mi familia. Esta confianza, este dulce abandono que tú me inspiras, y es que tú eres de mi sangre, el único pariente verdadero".

Aresti seguía moviendo la cabeza, como quien oye una canción harto conocida. No le extrañaba la situación de Sánchez Murueta, era la de muchos poderosos de aquella tierra. Vivían rodeados de todos los goces del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos.

Los matrimonios eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se perdiera. Marido y mujer vivían en aislamiento moral, él buscando consuelo fuera de casa en amores vergonzosamente ocultados, ella dedicándose a la devoción.

Sánchez Murueta interrumpió estas consideraciones de su primo, como si ansias de decirle toda la verdad. Así era, él también necesitaba amor y amaba, ya que la alegría de la vida no entraba en su casa. La había buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacción del sexo, era una pasión que endulzaba el ocaso de su madurez y le hacía soñar y sentir a los 50 años con una intensidad que le retrotraía a la juventud.

Y con rodamientos de adolescente, recreándose en el relato, recordó toda la novela de su amor. Había comenzado por una aventura vulgar y simple, un encuentro en Biarritz con Judith, una vendedora de amor de nacionalidad indeterminada, nacida en Francia, pero hija de judíos.

Una mujer que, en plena juventud, había corrido medio mundo y conocía casi todos los idiomas europeos. Las relaciones habían ido estrechando. Se apenas se separaba de ella, jurando no volver a verla, avergonzado de su vileza y acordándose de su hija con remordimiento.

Sentía la necesidad de buscarla de nuevo. Se proponía a sí mismo un negocio que hacía necesaria su presencia en París o en Madrid, allí donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante de aventurera del amor. Tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los tablados de los music-hall.

Que tenía a aquella mujer que le trastornaba, con el mareo de la embriaguez. Era el encanto del pecado, el sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco que entraba como una ráfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las preocupaciones y los escrúpulos.

Sánchez Murueta, al considerarse culpable, se sentía más hombre. El remordimiento era una manifestación de vida que le sacaba del letargo de su existencia, para desabrochar las nimiedades del amor que turban dulcemente la vulgaridad monótona de su vida.

Las cartas de sobra, prolongadas y con escritura femenil, le salían al encuentro en la mesa de su despacho, entre la correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que estremecía su carne y parecía traerle una ráfaga cargada de taponazos de champán y música chillona de café-concierto.

La expansión dulcemente truanesca que le llamaba con los vulgares nombres de apetito, como un groso ser, y hacía que le sonriera juvenilmente bajo su barba venerable. Era una pasión que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi en las puertas de la vejez.

Amaba como un patriarca de la Biblia sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias felinas de una bañadera asiática. Había acabado por arrancar a Judith de su vida de aventuras, por instalarla definitivamente en Madrid como una señora tranquila que vive de sus rentas.

Pensó por un momento traerla a Bilbao, pero había desistido de ello, no por miedo a la familia, sino por temor a la villa, triste que toleraba el amancebamiento con criadas y costureras, que cerraba los ojos o sonreía bondadosa ante el capricho del rico con mujerzuelas que no abandonasen en su condición de pobres.

Pero se escandalizaba y enfurecía ante la cocotte, la hembra que pusiera en sus sonrisas algo de distinción y rodeara de una sombra de amor las necesidades de la carne. Otros, más valientes que él, habían intentado aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y todo el vecindario se amotinó contra las extranjeras.

Hasta habían cortado las cañerías del agua y la luz de sus casas para obligarlas a levantar el campo. El millonario iba con frecuencia a Madrid por dos o tres días, pretextando juntas de accionistas o gestiones cerca del gobierno. Todos le encontraban rejuvenecido, veían en él algo nuevo e inexplicable que animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parecía dar más soltura a su cuerpo de hombre de lucha y le hacía cuidar con mayor esmero del adorno de su persona.

"Tú mismo", decía al médico, "te has extrañado de esto muchas veces. Es el amor, Luis. Nada como el amor alegra a los hombres". Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con entusiasmo, queriendo convencer a su primo de que su madurez no hacía mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de placeres.

Estaba seguro de que le quería. No era que él pudiese inspirar una gran pasión, pero cansada de la antigua vida, se había refugiado en sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba, por mucho, el agradecimiento. Esto le bastaba.

No había más que ver cómo le sonreía, cómo salían a su encuentro los brazos blancos y suaves cuando se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid. Aquella era su verdadera casa. Allí pasaba los mejores días y, a no ser por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, allí iría a terminar su existencia.

Además, un suceso inesperado los había unido más estrechamente. Había afirmado que el idilio oculto que llevaba cinco años de duración, solo a un hombre como su primo podía hacerle tal confidencia. Tenía un hijo, y como el doctor a destino pudiese contener su asombro, el millonario se apresuró a añadir: "Tú eres el único que lo sabe. Un hijo mío, bien mío, un niño de tres años que empieza a hablar y al verme me llama el papá de Bilbao. El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin conseguirlo".

Un hijo no lleva mi...