Transcription
Las lecturas de este día, queridos amigos, son unas lecturas muy alentadoras y muy especiales, porque nos van a hablar de un tema que nos toca a todos nosotros, que toca nuestra vulnerabilidad, nuestra humanidad, nuestro pecado, nuestra tristeza y la situación particular por la que cada uno puede estar atravesando.
Y es una condición muy linda o una actitud muy linda de Dios. Pedir consolación para aquel al que le está doliendo la vida. Y comienza esa lectura del profeta Isaías diciendo, "Consuelen, consuelen a mi pueblo. ¿Por qué consolar a alguien? porque le está doliendo la vida. ¿Por qué consolar a alguien porque le está doliendo el corazón? ¿Por qué consolar a alguien porque tiene la vida hecha a pedazos? ¿Por qué consolar a alguien porque le han robado la esperanza, la alegría y las motivaciones? ¿Por qué consolar a alguien? porque seguramente le han hecho mucho daño. ¿Por qué consolar a alguien? Porque seguramente le ha ido perdiendo el sentido a su propia existencia. Consuelen, dice el Señor, a aquellos a los cuales les está doliendo el alma.
Y entonces alguna persona me puede decir, "Padre, ¿y en ese contexto o en ese sentido bíblico qué significa consolar?" Y la palabra es tan linda que más adelante nos va a decir lo que significa consolar a los demás. Hablen al corazón de Jerusalén. Mire, tan lindo cómo comienza a definirnos lo que es consuelo. Hablen al corazón de Jerusalén y le preguntamos al profeta Isaías, ¿y qué le decimos al corazón de Jerusalén? Que es el corazón de nosotros, es el corazón herido y lastimado de cada uno de nosotros. ¿Qué le decimos? Y entonces nos responde Dios por medio del profeta, díganle que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen. A mí me ha tocado ver personas que salen de un proceso jurídico, de un proceso legal, donde los acusaron de algo y salen libres. La alegría de una persona cuando gana un proceso y experimenta la victoria sobre eso que estaba poniendo en riesgo su vida y su libertad. Y eso es lo que está haciendo el Señor hoy. Díganle a los hombres que está pagado su crimen, es decir, que ya no deben nada, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por su pecado.
¿Qué es lo que más le duele a una persona? Amigos, lo que más le puede doler a una persona, yo creo que son los errores cometidos. A veces esa historia que nos recuerda los desaciertos, esas situaciones en las cuales nosotros no supimos actuar con inteligencia, con cordura y moderación. Entonces me dice el Señor, "Mira, tú estás muy preocupado por tu pasado, tú estás muy preocupado por tus errores, tú estás muy preocupado por tus desaciertos, tú estás muy preocupado por lo que dejaste ir y no aprovechaste." Pues déjeme decirle una cosa, no se preocupe más. Y pareciera que ese fuera el consuelo de Dios, decirle al otro, "No se preocupe más, porque hay uno que se está ocupando de usted y es Dios." Díganle que ya todo está pagado o me díganles a los que están sufriendo que ya yo pagué por ellos. Y pareciera, queridos amigos, que eso fuera lo que todos nosotros necesitamos, que en medio de la angustia y de la preocupación que nos acompaña cada día, caigamos en la cuenta que nos estamos preocupando por nada, porque hay alguien que se está ocupando de todo. Yo ya pagué. Yo ya pagué por ustedes. Díganle al corazón de esos hombres tristes que está apagado su crimen.
Cometí un error tan grande, padre. Cometí una falta tan grande que yo creo que nunca me la voy a perdonar. Deja de ser tan bobo. Góome si Dios ya te la perdonó. Si Dios ya te la perdonó vos, ¿por qué la seguís cargando? Hacele un poquito de terapia espiritual a ese corazón y aprendé a actuar con madurez espiritual para que entendas lo que Dios te está diciendo, que no tenés por qué cargar más tus errores, porque él ya hace tiempo te perdonó.
Y continúa diciendo el texto de una manera muy linda. Miren, una voz grita en el desierto, en el desierto de tu vida, donde te sientes allá a veces tan solo, tan acongojado, tan triste, tan preocupado. Hay personas que viven un desierto de soledad, de angustia y de reclamos. Y entonces dice el profeta, una voz grita en ese desierto, Dios te está hablando. Dios te está consolando. Vale la pena que te levantes, vale la pena que te pongas en camino. Vale la pena que recuperes lo que has perdido. Vale la pena que te recuperes a vos mismo. Pregunta, ¿quién va a hacer eso por mí si no lo hago yo? Nadie, nadie. Es que todo el mundo está buscando encontrarse porque muchos de nosotros no somos lo que somos. Dejamos de ser lo que éramos. Alguna cosa nos tuvo que haber pasado que nos robó la esencia, nos robó la tranquilidad, nos robó la paz, nos robó la felicidad. Y entonces somos invitados a encontrarnos nosotros mismos en el desierto de nuestras tristezas. Somos invitados a hallarnos. Una voz está gritando en tu desierto y es la voz de Dios recordándote que vos vales mucho, que vos sos muy importante.
Miren, amigos, alguna persona me dice, "Padre, pero yo, ¿cómo puedo empezar a trabajar en eso que Dios me está ofreciendo? En esa consolación?" Y dice la palabra que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Empiece a darle nivel y equilibrio a su vida. Es que al sufrimiento que yo estoy llevando encima no le puedo sumar más sufrimientos. Es que a la angustia que yo estoy viviendo no le puedo sumar más angustias. Es que a los errores que he cometido no le puedo sumar más errores. Pare ya. El Señor ya le perdonó lo que usted cometió, pero no le siga sumando a su vida más cosas. Entonces, ¿qué hago, padre? La palabra me dice que lo torcido se enderece. Hágame el favor derechito, derechito. No siga cometiendo más errores y no se siga metiendo donde no se debe meter y que lo escabroso se iguale. Es decir, haga de su vida una experiencia bien vivida, no más errores. Usted necesita más errores. No, no necesito más equivocaciones. Necesito caminar derechito.
Aquí adelante dice una cosa muy linda. Súbete a un monte elevado, alza fuerte la voz y grita, "Aquí está su Dios." Es que uno solo no es capaz. Aquí está su Dios. Uno solo no es capaz. Dios está en medio de nosotros. Miren, llega con poder y su brazo manda. Miren, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Dios está en medio de nosotros para darnos la paga que merecemos. Entonces, ¿de qué nos preocupamos cuando la promesa de Dios es que no estamos solitos?
Es muy lindo, queridos amigos, cuando la palabra de Dios nos habla de una oveja perdida y nos habla de consolación. Esa oveja perdida puedo ser yo y el Señor está como un loco buscándome. Esa ovejita puedo ser yo que me estoy perdiendo en el vicio, me estoy perdiendo en el encierro, me estoy perdiendo en la tristeza, me estoy perdiendo en una depresión. Por eso las lecturas ayer de la misa en la en la solemnidad de la Inmaculada eran preciosas. Adán y Eva cometen un pecado y el Señor sale a buscar a Adán y le dice, "¿Dónde estás? ¿Por qué te me estás perdiendo?" Y la pregunta de Dios, ¿dónde estás? Es para ti. ¿Dónde te me estás metiendo? ¿Dónde te me estás perdiendo? ¿Con quién te me estás perdiendo? Somos la ovejita perdida que el Señor quiere encontrar.
Y miren, amigos, y ya voy a terminar, es la oportunidad para pensar también al lado de nosotros quién se está perdiendo. Miren, una señora me decía la otra vez hablando de este evangelio, porque yo preguntaba en la misa, ¿quién se está perdiendo a su lado? Y ella me decía, "Padre, se está perdiendo mi esposo, pero es que es un sinvergüenza conmigo. Dígame, padre, ¿yo qué hago?" Y entonces uno encuentra una respuesta. Lo podés salvar para ti o lo podés salvar para él. Ayudarle a una persona no necesariamente es ganarla para mí. No, es que yo ya no quiero nada contigo. Te respeto, te valoro. Eres una persona a la que le agradezco muchas cosas, pero yo ya no puedo hacer camino contigo, pero soy capaz de ayudarte a salvarte para ti mismo, no para mí. Ya no te quiero salvar para mí, te quiero salvar para ti. Pregunta. M.