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Tema 18: Hacer Comunidad | EVANGELIZAR ES TAREA DE TODOS | CPT

Padre José Carmen González46:53

Transcription

Muy buenas noches, muy buenas noches a todos. ¿Cómo están? Qué gusto poder encontrarnos ya en esta noche del martes 25 de febrero de este 2025. Buenas noches a todos, a los que ya se van conectando. Qué alegría poderlos ver ya por ahí listos.

Hoy tenemos un tema muy, muy, muy, muy interesante en torno a nuestras pequeñas, a nuestras pequeñas comunidades. Hoy vamos a trabajar sobre el tema de hacer comunidad. Una de las grandes, grandes necesidades que en la iglesia hoy tenemos es el sentido de aprender a hacer, a hacer comunidad, a vivir en comunidad.

Para los que van llegando y se van uniendo, acuérdense lo que siempre les pido, eh, compartir la, compartir la catequesis. Compartir la catequesis. Tienen ustedes ahí mismo en su Facebook el modo de poderlo compartir. Ayúdenme a poder hacerlo, a poner un like por ahí para poder iniciar.

Quiero invitarlos, pues, para que con la oración, con el canto al Espíritu Santo, podamos disponernos para la catequesis del día de hoy. Los invito que con este canto invoquemos la presencia del Espíritu y después hagamos juntos la [Música] oración, implorando tu presencia, el corazón te espera para honrarte y alabarte. Santo Espíritu de [Música] amor, ven inunda nuestras almas con el fuego de tu amor y con tu misericordia. Dale paz al [Música] corazón. Aquí está, am. Santo Espíritu de amor, con tu poder [Música] renuévame, tu gracia y purifícame [Música] tu gloria. En este día, ilumine este lugar, pues sedientos hoy estamos de tu gracia y tu [Música] bondad. Que tu aliento dulce y tierno fortalezca nuestra unión para ser ofrenda digna que sea grata a nuestro Dios. Aquí estamos, Santo Espíritu de amor, con tu poder [Música] renuévame, tu gracia y purifícame. Derrama tu gracia y purifícame [Música].

Y juntos decimos: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu que renueve la faz de la tierra. Oh Dios, que llenaste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos que, guiados por el mismo Espíritu, sintamos con rectitud y gocemos siempre de tu consuelo, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Muy bien. Quiero invitarlos a que con esta invocación al Espíritu Santo, con este canto, eh, ofrezcamos esta catequesis de manera muy especial el, el día de hoy, por la salud del Papa Francisco. Que pidamos para que el Señor lo fortalezca físicamente y lo siga guiando con la luz de su Espíritu Santo para cumplir la misión que el Señor le encomienda como obispo de Roma y como el Santo Padre, el Papa. Que nos ha acompañado en estos ya casi 12 años. Él está por cumplir 12 años como Papa el próximo 13 de marzo, estará cumpliendo 12 años en este ministerio. Cuando él asume su ministerio como pontífice, tenía ya 76 años. Ahora el Papa tiene 88 años de vida. Claro que ya es una persona caminada en años y con sus dificultades, indudablemente, pero con un ánimo muy, muy fuerte.

Les comentaba al inicio que hoy vamos a ver el tema sobre la, la comunidad, hacer comunidad. Y es, es una catequesis que tiene un fundamento muy interesante, porque hoy la tendencia es el aislamiento sin sentido, y eso va en contra de la vida en comunidad. El mismo Papa Francisco en la Evangelii Gaudium nos advierte que el gran riesgo del mundo actual, el gran riesgo hoy con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, porque estamos en una sociedad llena de, con su mismo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo de vivir aislado, cómodamente, y de un corazón ávaro, es decir, deseoso solo de satisfacer sus propias necesidades y de verse a sí mismo como el centro de todo. Este es el gran riesgo que hoy se vive, vivir un aislamiento sin sentido que nos lleva a colocarnos en contra del sentido de comunidad.

Por eso hay un dicho que mucha gente expresa en distintos momentos que dice que más vale solo que mal acompañado. En realidad, eso es completamente anticristiano, anticristiano, porque el Señor desde el inicio llamó a muchos para que lo siguieran y para enseñarles a vivir en comunidad. Desde el inicio, el misterio de la Santísima Trinidad nos muestra la capacidad de Dios de hacer comunidad, de ser comunidad. Es Padre, es Hijo y es Espíritu. De una búsqueda enfermiza de placeres superficiales que se viven hoy, de una conciencia aislada que se vive hoy. De eso nos rescata la vida en comunidad.

Cuando la vida interior, dice el Papa Francisco, cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, cuando no veo más allá de lo que a mí me interesa, entonces ya no hay espacio para los demás. Ya no entran los pobres, ya no se escucha ni siquiera la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría del amor de Dios, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Cuando clausuramos nuestra vida en nuestros propios intereses, cuando nos encerramos en nosotros mismos, sucede todo esto. Cerramos el corazón a Dios y, por lo tanto, cerramos el corazón a los hermanos. Mucha gente hoy vive así. Por eso la Iglesia está llamada a mostrar un camino completamente diferente a este, y el camino es la vida en comunidad, la vida vivida desde el compartir, desde el dar, desde el colocar lo mejor que soy y lo mejor que tengo junto con mis hermanos y ayudar en este camino para encontrar al Señor. Hacia eso estamos nosotros llamados.

Por eso los creyentes hoy, nosotros los discípulos de Jesús, también corremos este riesgo de cerrarnos a nosotros mismos, cerrar la voz a Dios y cerrar las necesidades de los hermanos, cerrarnos ante ellos. Muchos caen en en esta tentación y se convierten entonces en la Iglesia en seres, en personas resentidas, quejosas y sin vida. Esto sucede con un cristiano que se ha encerrado en sí mismo. Se convierte en una persona amargada, en una persona triste, en una persona resentida. Esa no es la opción de una vida digna y plena. Ese no es el deseo de Dios para nosotros. Esa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado. Esto lo escribía el Papa hace 12 años, precisamente en Evangelii Gaudium, en el número, en el número dos. Ahí habla de la terrible tentación que tenemos de vivir una vida aislada.

Por eso viene la propuesta actual de la vida. Nos conduce al aislamiento. Se constata que hoy muchas personas están influenciadas, muchos de nosotros estamos influenciados para caminar hacia el aislamiento. El hombre de hoy vive para él, en su mundo, no sale, no se conecta con otras personas. Inclusive muchos jóvenes y adultos se vuelven de las redes sociales, convirtiéndose en personas aisladas. Y nosotros hemos visto esas escenas donde llega una familia a cualquier lugar y se sientan juntos y cada uno llega y saca su celular y se aísla del que tiene ahí enfrente. Pero eso mismo nos puede pasar no solo en las familias, sino en la Iglesia, nuestras comunidades. Nos aislamos, nos metemos en nuestro mundo, en nuestra realidad. Eso no es el proyecto de Dios para nosotros.

Una persona con buenos valores, con educación y creencias, cuando se encuentra aislada, se vuelve vulnerable ante las propuestas que nos ofrece el mundo de hoy, que es un estilo de vida basado en el placer estéril del consumismo y del ensimismamiento. Muchísimos de nosotros padecemos este mal de creer que solos podemos, de aislarnos de los demás, de de perdernos la riqueza enorme del encuentro con el otro, del diálogo con el otro, del crecimiento con el otro. La persona aislada tiene una necesidad de cariño, de amor, de alegría, de ser escuchada, pero a veces no tiene la capacidad de discernir lo que le está pasando, por lo que se vuelve una presa fácil a los sentimientos y actitudes de odio, de egoísmo, de resentimiento, de vicios, de indiferencia, de depresión, entre otros. Y no tiene forma de defenderse, ya que se encuentra sola.

No hace mucho tiempo hablaba con una persona joven, jovencita más bien, que el gran problema que en este momento tiene en su vida es que se siente sola, que se siente no escuchada, que se siente no vista, y que vive así y vive con un gran sentimiento de soledad. Y claro, es una persona en este momento completamente vulnerable. ¿Vulnerable? ¿Por qué? Porque lo que necesita es amor, cariño, alegría, ser escuchada. Cuánta gente que está a nuestro alrededor necesita también cariño, amor, escucha, y no la tiene, no la encuentra. Y muchas veces no sabe cómo pedir ayuda. Cuánta gente de esta, cuántos hermanos de estos, cuántas personas están así a tu alrededor. Cuántas personas hay alrededor tuyo que viven esta dificultad de relacionarse, de recibir amor, de dar amor, de la alegría de compartir. Porque la propuesta del mundo es el aislamiento, la soledad, y a partir de ahí todos estos vicios que nos hacen muy vulnerables como personas, porque nos encontramos solos.

Por eso Jesús nos invita a un proyecto de vida completamente distinto, que no es la soledad. Necesitamos entonces compartir la vida con los demás. Los seres humanos, sin importar nuestra personalidad, nuestros gustos, tradiciones o formas de pensar, nacimos para vivir en comunidad. Por ello, somos llamados seres sociales, seres en relación. Ayer, inclusive, les compartía a ustedes el libro que comencé a leer el día de ayer. Lo subí por ahí al Face, que lleva como título "Cómo llevarse bien con todos". Y al inicio, las primeras hojas del libro hablan precisamente de eso, lo que le da verdaderamente sentido a nuestra vida: la relación con los demás, la relación con nosotros mismos, la relación con nuestro ser, con un ser supremo. Y el libro argumenta lo siguiente: las personas podemos tener problemas de todo tipo e irlos resolviendo, pero los mayores problemas que tenemos las personas es de la relación con los demás, porque estos son los verdaderamente importantes. ¿Cuántos de nosotros podemos tener muchos problemas resueltos en la vida, pero nuestros grandes problemas son de relación con los demás?

El libro está muy interesante, habla de cuatro tipos de personalidades o de modos de relacionarse, y el libro invita a identificar cuál tipo de personalidad tienes y cómo puedes trabajar y relacionarte con los demás. Está muy, muy interesante. Ayer me tocó leer toda la introducción y hoy seguramente empezaré un poquito más tarde, por ahí, el capítulo uno. Ya les contaré cómo me fue con este texto. "Cómo llevarse bien con todos" de Catherine Stard. Es de la editorial Cuarzo. Ella trabaja con empresas, es una, una coach que lleva más de 20, 25 años trabajando en estos ámbitos empresariales, y ella descubre y dice: los grandes problemas que las personas tienen son la de las relaciones con los demás.

Aunque somos, seamos seres diferentes a los demás, siempre hay algo que podemos compartir con otros, algo que nos hace tener coincidencias o afinidad con otras personas. Estamos viviendo aquí en la parroquia de Fátima esta experiencia de haber vivido el retiro del Agua al Espíritu, y estamos en este proceso de formar comunidades. Y vemos la gran necesidad de los hermanos de encontrarse con otros, de encontrarse con otros, de poder tener la capacidad de la relación. Y muchos lo tienen como una gran necesidad en su corazón, y ellos trabajan en su interior por encontrar un espacio así. Y yo estoy seguro que la vida en comunidad les ayuda a ellos a mantenerse, a mantener viva esta capacidad de relación con los otros.

El encontrar personas que piensan muy parecido a nosotros o que tienen ciertos gustos, intereses u objetivos similares, nos ha generado satisfacción y nos ha ayudado a sentirnos acompañados en estas etapas importantes de nuestra vida. Claro, muchos de nosotros tenemos grupos de amigos, de personas cercanas con las que hemos compartido experiencias de vida extraordinarias que nos han alimentado, que han nutrido nuestra vida, personas con las cuales también mantenemos todavía algún tipo de relación y que nos hacen seguir viviendo en comunidad. Por eso esto, aunque me lo dijeron hace muchos años, lo compruebo cada vez más en la vida: más vale tener amigos que dinero. Más vale tener amigos que dinero. ¿Por qué? Porque los amigos te salvan en las situaciones de necesidad, y porque los amigos también se acercan a ti cuando necesitan una palabra, una escucha, una ayuda. Así es que a relacionarnos con los demás, a ir en la búsqueda del otro, en el ordenamiento querido de parte de Dios, y que es el que uno descubre en la razón natural, la manera de encontrar compañía, alegría, amor, se llama comunidad.

Por eso la gran invitación para todos ustedes es, como se los he hecho no una, muchas veces, es: si no estás viviendo en este momento tu fe en pequeña comunidad, la invitación es a formar una pequeña comunidad, un pequeño grupo de amigos, de hermanos, de cercanos, con los cuales, a la luz de compartir la palabra de Dios, la vida y la fe, uno se va acompañando con ellos, va caminando. Va caminando. La propuesta de la vida en comunidad es la gran propuesta del Señor, y es, es el punto número dos de la catequesis de hoy. Ante la propuesta que se nos hace en el mundo de hoy de el aislamiento, de vivir solo, eh, satisfaciendo nuestros propios intereses, lo que Dios nos propone es la vida en comunidad. La vida en comunidad es un proyecto de Dios. Él mismo lo dice en el libro del Génesis: no es bueno que el hombre esté solo. Cuando Dios creó al hombre, lo formó para estar en comunión con él, es decir, en comunidad con él y en comunidad con los demás. Por ello, formó a la mujer como la compañía necesaria para hacer comunidad. La vida en comunidad que Dios estableció desde el principio es para ayudarnos a crecer juntos, a crecer juntos, aprender a vivir en comunidad.

Por eso, si tú perteneces a una pequeña comunidad, no abandones a tu comunidad y ayuda para que otros más puedan vivir y tener esta experiencia de comunidad, de ayudarles a abrir estos espacios de comunión. Tanto la familia como las pequeñas comunidades son espacios donde podemos descubrir la riqueza que existe cuando la vida la compartimos unos con otros, unos con otros. Es por ello que necesitamos continuar el camino que se ha iniciado, específicamente aquí en nuestra diócesis, que es el camino de las pequeñas comunidades. La formación de estas es una respuesta a las necesidades de nuestro tiempo para mejorar las cosas y trabajar juntos en la construcción de un futuro lleno de esperanza, porque la comunidad salva. La comunidad salva.

Hasta el otro día, hasta el otro día me invitaron a ver una película de los X-Men. Ya son películas viejitas para algunos que son más modernos, pero me invitaron a ver una película así, y yo lo que veía en la película era, eh, la verdad es que no recuerdo el título exactamente de la película, pero de X-Men, es el sentido que tenían ellos de poner sus talentos, sus dones, sus cualidades al servicio del, del común, y de ayudarse ante la diversidad. Y yo decía: en el fondo, eso es una pequeña comunidad. Cada uno colabora, cada uno pone lo que tiene, lo que el Señor le ha dado para el bien de los demás. Eso, eso es formar comunidad.

Nuestras comunidades facilitan el acceso, primeramente, a la palabra de Dios, facilitan el acceso al compromiso social en nombre del Evangelio, y facilitan también el seguimiento de nuevos servicios laicales y la educación de la fe en los adultos. Eso lo decía el documento de Puebla en el número 600, 29, ahí donde se habla de lo necesario y el valor de las pequeñas comunidades, de las comunidades eclesiales de base. Hay que tener en cuenta, pues, que las pequeñas comunidades eclesiales despliegan su compromiso evangelizador y misionero entre los más sencillos y los más alejados, y son una expresión visible de la opción preferencial por los pobres. Así lo habla el documento de Aparecida 179.

¿Por qué? Porque una pequeña comunidad no puede mantenerse indiferente ante las necesidades, ante las problemáticas, ante las situaciones que las personas que están a su alrededor viven. La pequeña comunidad, pues, es fermento del Reino, porque su su desarrollo es integral. Ahí crece la calidad humana, así como la calidad de vida. Ahí encontramos un balance, sintiéndonos queridos, útiles, con sentido de pertenencia, y esto nos genera estabilidad emocional. Pertenecer a una comunidad nos trae todos estos beneficios y nos ayuda a desarrollar el sentido de nuestra vida en el encuentro con los demás.

Hoy más que nunca, pues, la fe en la Iglesia, tenemos que aprender a vivirla desde la pequeña comunidad, desde la pequeña comunidad. El crecimiento espiritual ocurre cuando en la pequeña comunidad estudiamos el Evangelio para conocer más a Jesús y desarrollar una relación más íntima con él, al mismo tiempo que lo aplicamos a la vida diaria, dejándonos guiar por el Espíritu Santo, respetando a nuestros semejantes y al medio ambiente, a través de la acción del ser humano, haciendo comunidad. Todo esto que les he mencionado son beneficios de las pequeñas comunidades. Por eso, cuando uno vive en pequeña comunidad, ya no puede vivir encerrado, aislado, solo viendo lo que yo necesito, lo que no tengo. La pequeña comunidad me lanza hacia afuera, me da la posibilidad de ver la necesidad del otro, de colaborar desde lo mismo que yo he recibido, de escuchar la voz de Dios que me llama a comprometerme en mi entorno y a mejorar el lugar donde vivo y en los ambientes con aquellos con los que vivo.

El método de pequeñas comunidades y el proceso misionero nos llevan por un proceso de transformación, tanto personal como social. Al sentirnos cada vez más completos, tratamos de ayudarnos, buscando el bien común. El bien común. El sábado yo tenía una reunión con la comunidad de adolescentes y jóvenes aquí en la parroquia, y les decía que cuando, que podemos utilizar este criterio: cuando vivimos en pequeña comunidad, que lo que yo voy a decir, que lo que yo voy a hacer, siempre sea bien para todos. Y si no es bien para todos, entonces hay que cuestionarlo, porque probablemente no sea lo que Dios quiere. En pequeña comunidad aprendemos a morir a nosotros mismos. Ya no decimos: "¿Cómo puedo yo?", sino: "¿Cómo podemos como comunidad sacar adelante a nuestras familias y ayudar a nuestros vecinos para que todos vivamos una vida mucho mejor?".

La vida en comunidad, por lo tanto, nos lanza a un reto mayor de solo querer vivir solos, aislados, resentidos, quejumbrosos. La vida en pequeña comunidad nos lanza a un proyecto de vida diferente, tal como Dios lo planteó para nosotros. Al hermano hay que recibirlo, como nos enseña el Papa Francisco, hay que acogerlo así como llega, hay que recibirlo así como como está. Hay que recibir al joven que llega incrédulo, al matrimonio que está divorciado, al joven que tiene confusión inclusive en su inclinación sexual, a la madre soltera, la persona que dada su historia de vida llega con amargura, rencor, depresión, personas que necesitan que se les curen sus heridas, que a pesar de sus circunstancias, nosotros podamos decirles a ellos: bienvenidos, bienvenidos. Este es el proyecto de pequeñas comunidades. Este es el proyecto que Dios tiene para que nosotros aprendamos a vivir en comunidad, desde nuestra familia, desde nuestra parroquia, desde los grupos y las pequeñas comunidades a las que pertenecemos. Nosotros estamos llamados así a vivir en comunidad. Nuestra vida se enriquece en la medida que la compartimos, en la medida que nos ponemos al servicio de los demás, en la medida que no vemos nuestros propios intereses.

Hoy mismo, en el Evangelio del día, Jesús que anuncia por tercera vez su pasión. Cuando Jesús hace este anuncio, los discípulos vienen con él, acompañándolo de regreso a Cafarnaúm, y cuando vienen de regreso a casa, ellos vienen discutiendo por el camino quién será el primero de todos. Y Jesús, cuando llega a casa, les pregunta: "¿De qué discuten por el camino?". Entrar a la casa con Jesús significa entrar a la comunidad. Y cuando entran a la comunidad, cuando llegan a casa, Jesús se interesa de que sus discípulos aprendan a vivir en comunidad. Y por eso les dice: "Miren, los jefes de las naciones se creen sus dueños, ellos creen que les pertenecen y quieren hacer con ustedes lo que ellos quieren". Eso es estar en una mentalidad aislada, en una soberbia, en querer disponer del otro. Y dice Jesús que no sea así entre ustedes. Que el mayor de todos, el que quiera ser el mayor de todos, que se convierta en su servidor. Este es el camino, el del servicio, el del amor. Y llama a un niño y lo abraza y le dice: "Hay que hacerse como los niños". Los niños tienden más a la comunidad. Ellos no prefieren jugar solos, ellos prefieren jugar con los demás. Pero nosotros les estamos enseñando un camino donde parece que estar solo es mejor, no estar en comunidad, estar en relación. Inclusive a muchos niños, en el tema de su educación y su acompañamiento, sobre todo los que son hijos únicos, a los padres una de las indicaciones que se les da es que sus hijos practiquen deportes, actividades de conjunto, de grupo, de equipo, donde vean al otro, donde se sacrifiquen por el otro, donde ofrezcan sus dones y sus talentos para el bien común, y no que consideren y piensen que todo lo lo necesitan y lo merecen ellos.

Por eso el proyecto de pequeña comunidad es una respuesta ante esta, ante esta situación que vivimos hoy de aislamiento, de consumismo, de querer solamente satisfacer nuestros propios intereses. Así pues, una pequeña comunidad tiene que convertirse en esto: en una familia, en una escuela y en un hospital. Cada pequeña comunidad tendría que ser esto: una familia, un lugar de acogida y de pertenencia, donde el hermano sabe que ahí están los suyos. La pequeña comunidad tiene que ser una escuela, un lugar para formarse, para aprender, para conocer al Señor, para conocer a los hermanos. Y tiene que ser también un hospital, es decir, un lugar, un lugar donde se curan las heridas, un lugar donde llegamos con todas las necesidades y necesitamos del otro.

La familia es un centro de amor donde reina la ley del respeto y de la comunión, por lo menos este es el ideal de la familia. En la familia, la persona se integra de manera natural y armónicamente en un grupo humano. En el seno de la familia, nadie es descartado. La cultura del encuentro y del diálogo, la apertura a la solidaridad y a la trascendencia tienen en la familia su cuna. La familia, pues, es un lugar de fraternidad en donde se vive como familia. Así aspiramos a ser como pequeña comunidad una verdadera familia, cada pequeña comunidad tendría que ser una familia en la fe, una familia en la fe.

Porque una escuela, la comunidad es un lugar de participación y de experiencia de cómo Jesús hizo y enseñó. Ninguna comunidad es homogénea, no es uniforme. La comunidad debe estar fundamentada en relación, en la relación de fe y vida, donde juntos se aprende a compartir la vida, a llevar la palabra en nuestras acciones, en el trabajo, en la casa, con los vecinos, en la escuela. La comunidad me lanza al testimonio misionero. En la comunidad aprendo de Jesús y de los hermanos para llevar esta riqueza a los demás. Es necesario, pues, actuar como comunidad en equipo, porque Jesús promete estar con los que se reúnen en su nombre. La comunidad es el lugar de encuentro donde aprendemos a cultivar las buenas relaciones. Eso se aprende en la comunidad.

¿Y por qué se dice entonces que la comunidad también es como un hospital? La Iglesia se parece, dirá el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, a un hospital de campaña, es decir, a un lugar donde llegan personas heridas buscando la bondad y la cercanía de Dios. Y las comunidades estamos llamadas a hacer eso: un lugar de encuentro, un lugar de aprendizaje, de familia, de aprendizaje, pero también un hospital donde se sanan las heridas, donde llegamos heridos del camino y somos invitados a la sanación. En ese camino, Jesús, viendo a la gente, dice el Evangelio, sintió compasión porque estaban cansados y agobiados como ovejas sin pastor. Esta es la mirada de la comunidad. Esta es la mirada que necesitamos nosotros tener cuando pertenecemos a las comunidades. ¿Cuántas personas están cansadas y agotadas? Nos esperan a nosotros para compartir con ellas la experiencia de la fe, la experiencia del amor de Dios, del encuentro con Jesús. A eso estamos llamados. Es esta la responsabilidad de nuestras comunidades: a compartir esta experiencia de amor, de misericordia, de ternura, de sanación.

Así pues, cuando nosotros trabajamos seriamente en nuestras pequeñas comunidades, es precisamente cuando cuando nosotros nos damos cuenta que vale la pena vivir en comunidad. Y cuando hablamos de vale la pena vivir en comunidad, es porque lo que vale la pena es convertirnos en la comunidad, en una familia, en una escuela y en un hospital. ¿Cuántos de nosotros hemos vivido esta experiencia en nuestras propias pequeñas comunidades y ahí nos sentimos arropados, identificados, eh, enseñados, como también nos convertimos en maestros de otros, en en compañeros de camino y de vida, y también nos sanamos en medio de nuestras heridas? Somos, recuerden, somos heridos, sanando heridas por el camino de la vida, pero estamos llamados a ser aquellos que ayudan a sanarse a los demás. Entonces, somos en el camino de la vida, heridos sanando. Si estas características que vimos de las comunidades, las estás viviendo en tu pequeña comunidad, felicidades. Ese es el camino, así hay que seguir.

Finalmente, el punto número cuatro de la de nuestra comunidad. Estamos llamados a ser como las primeras comunidades. El capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles, en el versículo 42 al 47, describe la vida de las pequeñas comunidades. Ahí resaltamos algunas de estas características que tenían estas comunidades, y cuando nosotros descubrimos en las características los elementos que la comunidad tiene, podemos hacer como un examen de conciencia de nuestras comunidades. Miren, dice el texto: "Las comunidades se reunían frecuentemente". Así dice Hechos 2:42. La pregunta es: ¿Con qué frecuencia nos reunimos como comunidad? Dice el texto: "Escuchaban las enseñanzas de los Apóstoles". La pregunta de nuestra comunidad es: ¿Por qué razones nos reunimos? ¿Cuáles son las razones que nos hacen reunirnos en comunidad? Porque hay comunidades que corren el peligro de convertirse en grupos sociales y no en comunidades del Señor. Tenían una vida en común, dice el texto de los Hechos de los Apóstoles. La pregunta es: ¿Nos une lo mismo o busco mis propios intereses en la comunidad? Repartían según la necesidad de los que estaban. Miro al necesitado, ¿sé realmente lo que requiere? ¿Estoy atento a las necesidades del otro? Dice que estaban unidos al templo. Voy al templo por seguir a Cristo o a ver qué encuentro, a ver qué encuentro. Se reunían en sus casas, donde partían el pan. ¿Comparto la palabra y el pan con mis hermanos? Dice el texto: "Compartían con alegría y sencillez". ¿Nos damos tiempo para hacer oración en comunidad? Finalmente, el texto dice: "Alababan a Dios". ¿De qué manera estoy uniendo en mi camino de vida la fe y mis obras, la fe y la vida?

Esta pantalla que aparece aquí de frente a ustedes con el texto de los Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, versículo 42 al 47, es un verdadero examen de conciencia, un verdadero examen de conciencia de cómo estamos viviendo la vida en comunidad. Por eso quisiera preguntar todavía más: una comunidad es un espacio privilegiado para la vivencia de la fe. ¿Cómo podemos llegar a ser como las primeras comunidades? ¿Por qué nuestras comunidades no se multiplican? ¿Nuestras comunidades son como una familia, como una escuela, como un hospital? ¿Cómo hacemos comunidad? Preguntas, me parece a mí, que hoy nos tendrían que cuestionarnos a todos los que pertenecemos a una pequeña comunidad y preguntarnos con toda honestidad si estamos nosotros viviendo de esta manera, si estamos provocando que nuestra comunidad se viva de esta manera como el Señor nos lo pide, si estamos realmente haciendo, eh, lo que el Señor quiere al enviarnos a la comunidad. Y muchos de los de aquí, tal vez que están escuchando esta catequesis o que la van a escuchar un poco más adelante, tendrían que cuestionarse si no están viviendo en comunidad, cuáles son las razones por las que no lo están, y tratar de acercarse a un grupo, a una comunidad para compartir la palabra de Dios, para llevar adelante el mensaje que el Señor quiere para todos nosotros.

Quiero terminar con unos puntos muy concretos de qué significa hacer comunidad. ¿Qué es hacer comunidad? Y aquí están delineados algunos objetivos, algunas miras, algunos deseos de la vida en comunidad. Hacer comunidad es conocer a Jesucristo, es dejarse guiar por el Espíritu Santo, es un espacio de misericordia y de acogida, es un lugar, es un lugar de participación, es un lugar de participación y de experiencia de cómo Jesús hizo y enseñó, es un lugar de fraternidad en donde se vive como familia, es donde la comunidad debe estar fundamentada en la relación fe y vida, es producir en primer lugar el amor de Dios. Hacer comunidades como familia, con lazos que unen a todos sus miembros en la misma caridad y el mismo deseo de dar a conocer y amar a Jesucristo. Hacer comunidad es encontrar en ella amor, unión, apoyo, caridad, todos los cuidados espirituales y temporales que son necesarios para cada uno de los miembros, sin tener que ir a buscar a otra parte lo que es necesario para las para las necesidades del alma o del cuerpo. De otro modo, la familia no está completa ni es una verdadera familia. Esto es, en términos generales, la vida en comunidad. A esto estamos nosotros llamados: a vivir en comunidad, a hacer comunidad, a hacer comunión, a tener relación con nuestro buen Dios, que nos enseña a tener una relación con los demás. Por eso el mandamiento es este: amar a Dios sobre todas las cosas, a tu prójimo como a ti mismo. Esto es comunión.

La oración de Jesús, la oración en el Evangelio de San Juan, en el capítulo 17, dice: "Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno". Cuidado con los enemigos de la comunidad. Lo veíamos aquí mismo en la parroquia de Fátima, el sábado, en una catequesis, en la asamblea de comunidades, que uno de los grandes, grandes enemigos de las de las comunidades son las divisiones. Divisiones que se dan por las críticas, por las mentiras, por los juicios, por los egoísmos, eh, por las soberbias, y todo eso crea división en una comunidad. Vivir en comunidad es aprender a vivir el proyecto que Dios quiere para nosotros.

La invitación, pues, para todos: aprender a vivir en comunidad, aprender a ser comunidad, aprender a vivir como Dios quiere, no solo mirando mis propias necesidades, sino mirando las necesidades de los demás. Y recuerden, la primera comunidad que nosotros tenemos es nuestra familia. Ahí tenemos que aprender a ser comunidad. La segunda comunidad que tenemos es estos amigos, estas personas cercanas en nuestra parroquia, en las pequeñas comunidades, en nuestros grupos, en nuestros ministerios, en los lugares de trabajo, en los lugares de estudio. Ahí hacemos pequeñas comunidades, ahí formamos grupos de amigos.

Les recomiendo finalmente una película que el día de hoy veía junto con mi madre, que se llama "El último vagón del tren". Y en esta película, que es una película mexicana, que habla sobre la historia de unos niños que estudian en un vagón del tren, porque los padres de ellos se dedican a colocar las vías del tren. Estudiar en este vagón del tren, vemos ahí inclusive cómo ellos se hacen amigos, inclusive al amigo que está mal, que roba, lo tratan de unir, de jalar, de sacar de ahí, y viven todas sus aventuras. Vivir en comunidad es lo que nos ha enseñado a no ser tan egoístas, a no ser tan autorreferenciales, a mirar la necesidad del otro.

Hoy yo, con todo el corazón, les digo: si no estás en pequeña comunidad, hay que buscar una pequeña comunidad. Y si estás en pequeña comunidad, cuida tu vida de pequeña comunidad, porque ahí hay que unir la fe y la vida, el amor a Dios, el amor al prójimo. Qué bendición, pues, contar con todos ustedes, los que hoy me han acompañado de manera presencial en esta catequesis y los que seguramente más adelante van a ver esta catequesis, a los cuales les sigo pidiendo, como cada semana que nos encontramos, que compartan la catequesis. Solo han compartido algunos cuantos de los que están aquí presentes, pero muchos más podrán compartir esta catequesis. Ahí mismo en su Facebook pueden hacerlo, poder compartir en Face, compartir en WhatsApp con sus contactos. Y aquellos que están en pequeñas comunidades, si son de parroquias distintas a las que estamos aquí en la parroquia del Rosario de Fátima, que puedan compartirlo con sus hermanos de comunidad, inclusive con sus párrocos y demás.

Una bendición poder compartir esta noche con ustedes. Un saludo. Sigamos orando por la salud del Papa Francisco, por sus intenciones, por su pronta recuperación. Mis hermanos, que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos ustedes y permanezca para siempre. Una verdadera bendición poderlos encontrar, podernos ver. Ojalá esta catequesis les ayude mucho en su caminar como pequeñas comunidades y lo puedan compartir con aquellos que ustedes consideren les pueda ser de ayuda. Bendiciones, bendiciones para todos y que descansen. Gracias por acompañarnos en este tu espacio de formación, catequesis para todos. No te olvides de regalarnos un like y de compartirlo. Seguramente a más de alguno le podrá ayudar también. Recuerda, la vida es única y vale la pena vivirla con la mirada fija en Jesús. Nos vemos la próxima.