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Platón, filósofo ateniense del siglo IV a.c., dejó un legado que resulta apabullante a los ojos modernos, no sólo por la magnitud de su obra sino por la trascendencia que ésta ha tenido en la historia de la humanidad. Sus diálogos fueron leídos desde épocas muy antiguas y siguen siendo hoy una lectura obligada para cualquiera.
La figura de Platón, además, no se puede disociar de la de otros dos filósofos griegos: Sócrates y Aristóteles. Ellos forman una tríada que constituye las bases de la filosofía occidental y, por así decirlo, del mundo en que nos movemos. Seguramente has escuchado alguna vez hablar del amor platónico o incluso tú has utilizado esta frase, pero, ¿has reflexionado un momento sobre ello?
Siguiendo la definición del diccionario, el amor platónico es un amor ideal, es decir, un amor perfecto. La concepción de que existen ideas que son la condición perfecta de las cosas de este mundo, como por ejemplo: el bien, el amor o el hombre, y de las cuales participan las cosas terrenales, nosotros, nuestra forma de amar... es justamente el pensamiento más conocido de Platón.
Ésta contraposición entre un mundo real y un mundo de las ideas quedó muy bien expresada en su libro "La República", de la cual a continuación escucharás un fragmento. Justamente el inicio del libro séptimo, este fragmento es conocido como "la alegoría o el mito de la caverna". Se trata de un diálogo en el que participan Sócrates y otro personaje llamado Glaucón, y en el que se explica a través de una analogía la diferencia entre el mundo de las cosas que existen de forma perfecta, es decir, de manera eterna y verdadera, y lo que los hombres vemos en este mundo temporal.
El mito de la caverna. Platón, La República, libro séptimo.
Sócrates: Después de esto le dije: "Mira, compara el estado actual de nuestra naturaleza, ya sea en presencia o en ausencia de la educación, con la siguiente escena: imagina un lugar cavernoso con una gran entrada por la que entra la luz y se extiende a lo ancho del lugar. Ahí hay unos hombres, atados de piernas y cuello desde niños, de tal modo que no pueden hacer más que estarse quietos y mirar hacia el frente, ya que no pueden mover la cabeza. Detrás de estos hombres hay un fuego que arde lejos, y entre ese fuego y los encadenados hay un espacio con una pared como aquella que se pone en los teatros por donde los titiriteros hacen sus espectáculos."
Glauco: Bien, ya lo veo.
Sócrates: De acuerdo, ahora imagina que detrás de esa pared van pasando hombres que llevan todo tipo de figuras de hombres, de animales y de otros objetos. Y esas figuras sobrepasan la altura de la pared. De estos que van caminando, algunos van callados y otros van hablando.
Glauco: Es muy raro lo que describes y muy raros esos hombres encadenados.
Sócrates: Pero si son iguales a nosotros, ¿tú crees que ellos han visto otra cosa que no sea la sombra proyectada por estas figuras a la luz del fuego? ¿Han visto algo distinto de sus compañeros?
Glauco: Pero, ¿cómo, si siempre han estado amarrados y con la cabeza inmóvil?
Sócrates: ¿Y no crees que pasa igual con los objetos transportados?
Glauco: Efectivamente.
Sócrates: Y si pudieran hablar unos con otros, ¿no crees que pensarían que eso que ven es lo que existe?
Glauco: Seguramente.
Sócrates: Y si resonara un eco de enfrente cada vez que alguien de los que de atrás habla, ¿no crees que pensarían que es la voz de las sombras que ven?
Glauco: Exactamente, ¡por Zeus que tienes la razón!
Sócrates: Pues entonces no cabe duda de que esos prisioneros tendrán por real las sombras de esas figuras.
Glauco: Naturalmente.
Sócrates: Ahora imagina que en algún momento se les libera y se les saca de ese lugar. Como debería ser por naturaleza... ¿qué pasaría si alguno de ellos es movido a levantarse de pronto, a poner derecha la cabeza, caminar, ver la luz? ¿Qué pasaría si al hacer esto sintiera dolor y no fuera capaz de distinguir las sombras que antes veía? ¿Qué pasará cuando alguno le diga que ahora ven más cosas y no las sombras sin vida que creía ver antes? ¿Qué sucederá cuando se le muestren objetos y se le pida contestar a la pregunta: de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría pasmado y atónito, y qué pensaría que lo anterior es más verdadero que lo que ahora ve?
Glauco: Mucho más verdadero. ¿Y qué pasaría si se le mostrara a los ojos la luz misma? ¿Acaso no sentiría dolor y escaparía para volver a ver esas sombras que sí puede contemplar? Creería probablemente que esas sombras son más claras y más nítidas que lo que ahora se le muestra, ¿no crees?
Glauco: Así es.
Sócrates: Ahora imagina que lo sacaran a la fuerza de esa cueva por la alta y escarpada subida hasta llegar a la luz del sol. No crees que quedaría hastiado y molesto de tanta luz en sus ojos. ¿Crees tú que sería capaz de ver y distinguir las cosas que ahora vemos y creemos que son verdaderas?
Glauco: En ese momento no sería capaz de hacerlo.
Sócrates: Necesitaría tiempo para poder ver lo que hay arriba. Primero podría ver las sombras, luego las figuras de los hombres, luego imágenes reflejadas en agua, y luego las figuras mismas. Ya después podría ver más fácilmente las cosas del cielo y el cielo mismo por las noches. Podría fijar su mirada en la luz de la luna y las estrellas. Todavía no podría ver las cosas del día y las que son propias del sol.
Glauco: Tienes razón.
Sócrates: Por último, podría ver el sol, el sol mismo, no las imágenes en el agua ni en otros reflejos, sino el sol mismo, en su dominio, el cielo y las cosas que le son propias.
Glauco: Por fuerza sería así.
Sócrates: Luego se daría cuenta de que el sol es quien produce las estaciones y los años, y quien gobierna sobre todo lo visible, y que es en parte el autor de las cosas que veía anteriormente.
Glauco: Seguro que pensaría eso.
Sócrates: Y, ¿qué crees que pase cuando recuerde su estancia en la caverna? ¿No crees que se compadecería de sus compañeros y del conocimiento del mundo que tienen allá adentro?
Glauco: Claro.
Sócrates: Imagina que entre estos hombres de la caverna hubiera honores o premios a aquellos que pudieran ver mejor las imágenes, decir de qué se trataban, recordar su orden, incluso profetizar según el orden y las formas que pasaban. ¿Qué pensaría al respecto este que salió? ¿Crees que sentiría nostalgia de esas cosas? ¿Crees que sentirá envidia de aquellos que tenían tales capacidades o que recibieron esos honores? O diría lo que dijo Homero: "Pero prefiero ser siervo de cualquier labrador sin tierra". ¿Crees que preferiría mejor tener cualquier otro destino que vivir en aquel mundo?
Glauco: Eso mismo creo yo, preferiría cualquier otra cosa antes que vivir así.
Sócrates: Y piensa ahora lo que pasaría si se le llevara de nuevo a ese lugar. No crees que sus ojos sólo verían tinieblas, como los de quien se aparta instantáneamente de la luz del sol.
Glauco: Por supuesto.
Sócrates: Pero estando ahí adentro, tendría que competir de nuevo con los que siempre estuvieron amarrados, tendría que opinar sobre esas sombras que ahora ve con mucha dificultad, pues no se le han acostumbrado los ojos todavía. Además, tendría que esperar algo de tiempo para volver a acostumbrarse. Poco no sería motivo de burla. ¿No pensarían los otros que por haber subido ahora tiene la vista estropeada? ¿No se decepcionarían entonces de esa salida? ¿No crees incluso que matarían a quien intentara obligarlos a salir de ahí?
Glauco: Exactamente.
Sócrates: Pues mediante esta imagen funciona todo, mi querido Glauco. Podemos comparar lo que vemos con esa prisión y esa luz del fuego con el astro rey. Esa salida de la caverna y la contemplación de las cosas del mundo es la ascensión del alma en la región inteligible. Sólo la divinidad sabe si eso es cierto, y yo puedo decir de todo esto que en el mundo inteligible lo último que percibimos, y con mucho trabajo, es la idea del bien. Pero cuando se percibe, nos damos cuenta de que es el bien quien causa lo bueno y lo bello que hay en las cosas. Que mientras en el mundo de lo que vemos ha engendrado la luz y a su fuente inagotable, en el mundo inteligible es esta idea la soberana y productora de verdad y de conocimiento, y tiene que conocerla todo aquel que quiera actuar sabiamente en su vida pública o privada.