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LA GRACIA 2025/11/06 Dejar de considerarnos mejores que los demás

fraynelson6:04

Transcription

Hay una tendencia profundamente humana, pero no por humana correcta. Hay muchas cosas que son comunes en la especie humana y eso no significa que estén bien. Esa tendencia es la de considerarnos superiores a los demás y, por consiguiente, considerar a los demás inferiores a nosotros y empezar a despreciarlos. Esto sucede de muchas maneras. Podemos decir que cualquier cosa que es buena en esta tierra puede ser ocasión de que nos creamos mejores y de que por consiguiente empecemos a despreciar a otros.

Por ejemplo, puede suceder con el dinero. Yo soy de los que tienen dinero y esos son los pobretones. O yo soy de los que han tenido mucho estudio y esos son los ignorantes. O yo pertenezco a las familias de alta alcurnia. Los demás son unos plebellos. O yo soy de los que está en el gobierno y los demás tienen que obedecerme porque son inferiores. O yo soy muy fuerte y le puedo romper la cara a cualquiera y por eso ellos son inferiores a mí. ¿Te das cuenta? Podría seguir contándote ejemplos por un largo rato.

Esto nos pasa con frecuencia y la primera lectura de hoy, tomada de la carta a los romanos, nos pone en guardia frente a ese error, frente a ese pecado que es un pecado tan humano, pero que no por humano es correcto, según ya hemos explicado. Entonces, pues, ¿cómo sale uno de eso? Hay varios remedios. Uno de los remedios principales, que nos lo han enseñado varios santos como Santa Catalina de Siena, uno de los principales remedios es que uno caiga en cuenta de sus propios errores y de sus propios pecados, es decir, el verdadero conocimiento de nosotros mismos. Bíblicamente esto aparece muy claro en la parábola del fariseo y el publicano. Mientras que el fariseo cae en el desprecio y mira precisamente con desprecio al publicano. El publicano no pierde tiempo considerándose mejor que nadie, ni tampoco mejor que el fariseo. El publicano mira hacia sí mismo, reconoce su error, reconoce su pecado y por consiguiente, pues, no tiene que despreciar a otros. Ese es un remedio.

Pero mi punto hoy es que la primera lectura nos da otro enfoque de cómo salir de ese asqueroso vicio que tenemos, ese vicio de estarnos creyendo mejores que los demás. ¿Cómo salir de ese vicio? Bueno, pues una manera es a través de esta frase que nos dice el apóstol San Pablo, repito, en la primera lectura de hoy: "Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios." Esa frase, esa frase es bien interesante porque tiene por lo menos dos efectos saludables.

En primer lugar, el hecho de que yo tenga que comparecer ante el tribunal de Dios me devuelve a mi condición de criatura. Yo no soy Dios. Es que, en el fondo, mis hermanos, lo que existe, lo que está detrás de eso de despreciar a otros y de eso de creerse uno mejor que otros, en el fondo lo que hay ahí es un deseo que puede estar un poco larvado, que puede estar bastante explícito, un deseo de tomar el lugar de Dios. En la medida en que yo recuerdo que hay un Dios y que ese Dios me va a juzgar a mí, entonces yo vuelvo a mi sitio, vuelvo al lugar que me corresponde. Y el lugar que me corresponde no es el de ser un diosescillo. El lugar que me corresponde es ser criatura. Y en la medida en que yo recuerdo que soy criatura, pues dejo de tener esas pretensiones de ser un Dios que puede despreciar a los que son menores. Ese es un bien que tiene la frase de San Pablo.

El otro bien que tiene es que cuando pensamos que Dios es el único que juzga rectamente, porque solo Dios es el que tiene todos los elementos de juicio, eso también nos invita a desconfiar de nuestra mirada. Por ejemplo, yo puedo considerar que soy más o soy mejor que otros porque yo tengo mucho poder o tengo mucho dinero, tengo mucho conocimiento. Realmente, realmente, ¿es tan importante eso? ¿Realmente por mi dinero soy mejor que otros? ¿Realmente porque yo he tenido ciertas oportunidades soy mejor que otros? El mismo Pablo en otro lugar dice: "¿Qué tienes que no hayas recibido?"

Entonces, la frase, esa frase bendita de Pablo, "Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios," me invita a cuestionar mi mirada, me invita a cuestionar qué es lo realmente importante, me invita a cuestionar cómo estoy mirándome y cómo estoy mirando a los otros. Y ese cuestionamiento sobre la propia mirada y luego reconocer que yo no soy Dios, sino que soy criatura, ambas cosas tienen un efecto tremendamente saludable para que yo deje de perder el tiempo despreciando a otros y deje de ofender a Dios despreciando a otros. Más bien utilizaré correctamente mi tiempo, ese tiempo que Dios me da como regalo para reformar mi vida, porque ya sabemos, yo tendré que dar cuentas de lo que soy.

Que Dios nos conceda con su misericordia la gracia de la conversión. Amén.