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El Señor esté con ustedes.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su unigénito para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del unigénito de Dios.
[Música]
Palabra del Señor.
[Música]
Queridos hermanos, los niños siempre tienen salidas ingeniosas. Voy a compartir dos anécdotas. La primera es la siguiente: un sacerdote estaba hablándoles a los niños sobre Dios y les dijo: "Regalo un helado aquel niño que me diga dónde está Dios". Y una niña levantó la mano y le dice al sacerdote: "Padrecito, y yo le regalo dos helados y me dice dónde no está". Y lo dejó callado el sacerdote.
Vamos con la segunda anécdota. Un niño llega a su casa y le dice a su papá: "Papá, ¿qué es un misterio?". [Música] Mi papá le dice: "Hijito, un misterio es aquello que no se puede responder". Y el niño le indica a su papá: "Entonces mi examen de matemáticas estuvo lleno de misterios".
Hoy tenemos que hablar del misterio de los misterios. El misterio de la Trinidad es la verdad central de nuestra fe. Y para ello, voy a responder tres preguntas: ¿qué podemos decir sobre el misterio de la Trinidad? ¿Quién nos ha enseñado el misterio de la Trinidad? Y ¿qué exigen de nosotros el misterio de la Trinidad?
Comencemos por la primera pregunta: ¿qué podemos decir sobre el misterio de la Trinidad? Nosotros debemos decir que hay un solo Dios y tres personas divinas. Hay un solo Dios vivo y verdadero y tres personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Les pregunto: ¿el Padre es Dios? Sí. ¿El Hijo es Dios? Sí. ¿El Espíritu Santo es Dios? Sí. ¿Son tres dioses? [Música] No hay tres dioses. Las tres personas divinas no son tres dioses, no son tres energías, no son tres porcentajes de Dios. Hay un solo Dios vivo y verdadero. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios vivo y verdadero. Y donde está el Padre, está el Hijo y el Espíritu Santo. Donde está el Hijo, está el Padre y el Espíritu Santo. Donde está el Espíritu Santo, está el Padre y el Hijo. No es un trabalenguas, es el misterio de la Trinidad.
Los santos teólogos que ha habido en la Iglesia han buscado explicar este misterio de la mejor manera y siempre se han quedado cortos. San Atanasio decía que el Padre es como la fuente, el Hijo como el río, el Espíritu Santo como el agua. San Agustín decía: el Padre, el que ama; el Hijo, el amado; el Espíritu Santo, el amor. San Patricio mostraba un trébol con tres hojas, una sola planta, tres hojas, un solo Dios, tres personas divinas. Pero siempre nos vamos a quedar cortos, porque estamos hablando del misterio de los misterios. ¿Padrecito Carlos lo puede explicar mejor? No puedo. No lo ha hecho San Agustín, no lo ha hecho Santo Tomás de Aquino, ni menos este pecador. Siempre nos vamos a quedar cortos ante el misterio de los misterios, el misterio de la Trinidad.
Segunda pregunta: ¿quién nos ha enseñado el misterio de la Trinidad? ¿Quién? Jesús. Voy a hacerles una pregunta: ¿cuántos libros tiene el Antiguo Testamento? 46. Hay que leer toda la Biblia. Cuando ustedes leen todos los libros del Antiguo Testamento, ahí queda claro que hay un solo Dios. Hoy hemos escuchado en la primera lectura un pasaje del Éxodo. Moisés habla de que ese único Dios es Clemente y Misericordioso. En el Antiguo Testamento está claro que hay un solo Dios que es Clemente y Misericordioso. Pero si vamos al Nuevo Testamento, ahí aprendemos que ese único Dios es Trinidad, porque Jesús nos ha enseñado que Dios es Padre. Jesús nos enseña que Él es el Hijo y Jesús nos ha enviado el Espíritu Santo. Por lo tanto, ¿quién nos ha enseñado que Dios es uno y trino? Jesucristo.
Hoy en el evangelio, Jesús habla de que el Padre ha enviado al Hijo para que nadie se pierda. Jesús nos enseña que Dios es amor, porque Dios es comunión de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Gracias a Jesucristo conocemos que hay un solo Dios vivo y verdadero y tres personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
A ver, voy a preguntarles algo básico: ¿quién se hizo hombre? ¿El Padre, el Hijo o el Espíritu Santo? El Hijo. El Hijo se hace hombre, se llama Jesús. Y Jesús nos enseña que Dios es Padre, es nuestro Padre. Y Jesús nos unge con el Espíritu Santo.
Y la última pregunta: ¿qué exige de nosotros el misterio de la Trinidad? La respuesta es sencilla: vivir trinitariamente. ¿Padrecito, qué ha dicho? Vivir trinitariamente. Hermanos, tenemos que dialogar con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. En la Iglesia todo está marcado por la Trinidad. Nos antiguamos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Recibimos la bendición en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Cuando ustedes se confiesan, son absueltos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Si alguno de ustedes necesita exorcismo, también va a ser en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Tenemos que vivir con la Trinidad. Y eso se concreta en que debemos abandonarnos en nuestro Padre Dios, centrar nuestra vida en Jesucristo, nuestro hermano, y dejarnos guiar por el Espíritu Santo. Eso significa vivir trinitariamente.
Vivir trinitariamente significa que todos los días tienes que abandonarte en tu Padre Dios, pase lo que pase, centrando tu vida en Jesucristo, único Salvador del mundo, y dejarte guiar por el Paráclito, por el Espíritu Santo. Vivir trinitariamente significa [Música] que estás llamado a vivir como santuario de la Trinidad.
Queridos hermanos, ¿cómo vivimos como santuarios de la Trinidad? Viviendo en gracia o en pecado mortal. Viviendo en gracia. Punto. En la vida de San Leónidas mártir se cuenta que él constantemente besaba el pecho de su hijito, un bebito. Y cuando le decían: "¿Por qué besas el pecho de tu hijito?", y él decía: "En realidad, no beso a mi hijito, beso a Dios que está dentro de mi hijito, porque mi hijito ha sido bautizado, es santuario de la Trinidad". Así tenemos que vivir, hermanos, como hijos de Dios Padre, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo.
¿Y quién es la obra maestra de la Trinidad? La Virgen María. Hay una oración que seguramente ustedes han aprendido de niños. Yo la aprendí de niño. Voy a ver si me acuerdo ahorita. La voy a recitar, que es muy bonita, y dice así: "Dulce Madre, tu vista de mí apartes, ven conmigo a todas partes y nunca solito me dejes. Y ya que me quieres tanto, haz que siempre me bendiga el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo". Todavía tengo buena memoria. Hay que pedirle todos los días a la Virgen, la Dulce Madre, que estemos con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Hoy vamos a sacar ese propósito: vivir trinitariamente. Que la Virgen nos ayude a vivir como verdaderos hijos de Dios Padre, a centrar nuestra vida en Jesucristo y a dejarnos guiar por el Espíritu Santo. Que así sea.
En este mes de junio, mes del Sagrado Corazón de Jesús, todos los días estamos escuchando una breve reflexión sobre el Corazón de Jesús, que ustedes pueden seguir en el libro de oraciones del santuario. Día cuarto: "Infinita la majestad es un atributo propio de quien tiene una gran dignidad. Por ejemplo, se habla de la majestad de un rey. En el caso de Jesús, por ser Dios, Su Majestad es infinita. Nadie se puede comparar a Dios. Él está por encima de todo. Pero conviene decir que Jesús no es un rey al estilo humano, no es una persona llena de pompas y lujos. No, Jesús, siendo infinito en dignidad, al mismo tiempo es el Dios sencillo, el Dios humilde, el amigo de los pobres y descartados. Aprendamos del Corazón de Jesús a darnos cuenta de que nuestra dignidad de hijos de Dios, hermanos de Jesús y templos del Espíritu Santo, nos lleva a ponernos al servicio de los demás".
Propósito: Considerar la dignidad que tenemos de ser hijos de Dios, hermanos de Jesús y templos del Espíritu Santo, y al mismo tiempo, respetar la dignidad de toda persona humana.
Oración al Sagrado Corazón de Jesús: "Oh Jesús, a tu Corazón confío esta intención. En silencio hacemos nuestra intención. Mírala. Después, haz lo que tu Corazón te diga. Deja obrar a tu Corazón. Oh Jesús, yo cuento contigo. Yo me fío de ti. Yo me entrego a ti. Yo estoy seguro de ti. Todo lo temo de mi fragilidad, mas todo lo espero de tu bondad. Amén."
Queridos hermanos, hoy les he hablado del misterio de los misterios, el misterio de la Trinidad. ¿Qué podemos decir de este misterio? Hay un solo Dios y tres personas divinas. No son tres dioses, no son tres energías, no son tres porcentajes de Dios. Hay un solo Dios vivo y verdadero, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el misterio de los misterios, no supera nuestra razón, queda corta ante el misterio de los misterios.
¿Quién nos ha enseñado el misterio de la Trinidad? Jesús. Jesús nos enseña que Dios es Padre, es nuestro Padre. Jesús es el Hijo y nos envía el Espíritu Santo. Hoy en el evangelio, Jesús nos dice que el Padre ha enviado a su Hijo para que nadie se pierda. Dios es amor, porque es comunión de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¿Y qué exige de nosotros el misterio de la Trinidad? Vivir trinitariamente. Fíjense qué bonito el saludo de San Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura. Está en Segunda de Corintios 13: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes". Hay que vivir con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Dialoga con el Padre, dialoga con el Hijo, dialoga con el Espíritu Santo. Sea un santuario de la Trinidad. Vive como un verdadero hijo de Dios Padre, como hermano de Cristo y como Templo del Espíritu Santo.
Vamos a pedirle a la Virgen, nuestra Madre, que nos ayude a vivir trinitariamente.
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
En ti confío, Jesús. Dulce Corazón de María, de la salvación del alma mía. San José, ruega por nosotros.