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No, desde que tengo memoria, recuerdo cómo percibí las diferencias entre el trato a las mujeres y los hombres. Por más que pensaba, no comprendía y menos aceptaba lo que veía. Era niña y poco podía hacer, pero por supuesto que analizaba y me enfurecía. A ver que los hombres crecían dentro del mandato de las tres pes.
Soy Rocío Castro Fernández, editora y docente. Esto es Cartografía Feminista.
Las nuevas masculinidades podríamos entenderlas como estas formas nuevas de ser hombre. Ser hombre más allá de las consignas dictadas por el machismo. Ser hombre en función de la relación con las mujeres, con los niños, con la comunidad. Ser un hombre responsable y sensible, honesto, consciente y sin los privilegios del dominio, del sometimiento y sin tener la amenaza de la violencia.
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Tradicionalmente se educaba a los hombres en el rol de protector. El protector le correspondía a ser el represor, el sensor y el controlador de una familia que se sentía segura bajo el cobijo del tirano. Actualmente, los hombres que son protectores ya tienen una idea más de cuidador, de integrarse a una comunidad, de familia, de sociedad donde ellos participan para generar la libertad, la honestidad, la integración, el desarrollo de cada uno de los integrantes de la familia y no son ellos ya quien dictan qué debe y qué no se debe hacer.
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Otra de las maneras de las familias tradicionales y de la sociedad pretérita era suponer que el muy hombre era el hombre proveedor. Aquel capaz de generar ingresos suficientes para la familia y por supuesto también controlarlos. El gerente, el administrador que decide qué dinero hay, en qué se gasta. El proveedor hoy es solo un agente más que gestiona los recursos materiales o no materiales y no es el que decide por los demás. Es solo un agente más, participativo, responsable y que disfruta en igualdad de circunstancias que los demás los ingresos del hogar.
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La tercera p, el hombre muy ponedor. Ponedor, el gallo del gallinero, el que entre más mujeres cim se mini conquiste y embarace es más hombre, aunque no tenga ninguna responsabilidad con los hijos. En este sentido, la perspectiva ha cambiado. Hoy no es hombre el hombre que más mujeres tiene, sino aquel que es capaz de vivir una vida en un vínculo con su pareja de responsabilidad, de compromisos, de salud sexual y de responsabilidad emotiva. Íntegramente, nunca más a las relaciones violentas y de sometimiento. Ningún abuso es para siempre. Gracias a las voces y acciones de mujeres de ayer, de hoy, el imperio machista se está desmantelando poco a poco, irremediablemente y sin retroceso. Actualmente yo rechazo cualquier vínculo con un hombre violento o abusador, sea mi padre, mi tío, mi hermano, un compañero de trabajo o mi pareja. Porque lo viví, porque sé de la violencia doméstica, sé que esta tiene su origen en lo podrido de las ideas machistas. Con todo mi afán y fuerza lucho en la educación de las nuevas generaciones. Desde lo más profundo de mí pienso, Pablo y Javier, mis dos hijos, no serán unos abusadores y si yo viera en ellos cualquier indicio así, yo, Rocío, nunca sería su cómplice.
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El peligro inminente ante las constantes descalificaciones a nuestras capacidades por el simple hecho de ser mujeres, pues es que nosotras mismas terminemos por creerlo. ¿Has experimentado esa sensación de no sentirte merecedora o no estar a la altura de lo que se te presenta? Soy Macarena Ramírez, me dedico al rescate histórico de las mujeres en el arte. Esto es Cartografía Feminista.
Las mujeres que sufrimos el síndrome de la impostora tenemos todo el tiempo la sensación de no merecer lo que hemos logrado, ya que creemos que ha sido por cuestión de circunstancias o por cuestión de suerte. Mujeres que han logrado cosas grandes en sus carreras sienten que el éxito no les pertenece. Esto provoca la sensación constante de ansiedad, pues tenemos miedo de que los demás nos consideren impostores. Y no, no tiene que ver con una cuestión de baja autoestima. Nuestra cultura patriarcal nos ha enseñado que las habilidades femeninas siempre son menos importantes que las masculinas. Esto propicia las condiciones idóneas para creer en nosotras. Desconfianza.
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En este contexto social, las mujeres siempre hemos tenido que cumplir con una serie de virtudes, entre ellos está, pues, la modestia. Nosotras, a diferencia de los hombres, no tenemos permitido enorgullecernos de nuestros logros, ya que, pues, el orgullo está ligado a la soberbia. En el estereotipo tradicional de mujer, lo que, pues, propicia que nuestros pensamientos nos traicionen y así nos lleva a escenarios en donde se desaprueben nuestros auténticos méritos. Tampoco es nuestra culpa. La s o el feminismo está compuesta por lucha. Siempre hemos tenido que exigir aquello que se nos ha arrebatado o nunca hemos tenido. Todavía lo estamos haciendo. La cuestión proporción por estar luchando por lo que no tenemos ha llevado a que nuestra conciencia en los autos a guti, tratando de decirnos a nosotras mismas lo que la sociedad ya nos dice: no lo mereces, no estás hecha por ello, está nuestro lugar, no eres. La duda en nosotras mismas es el daño más sofisticado que nos ha dejado el patriarcado. No se necesita más que nuestra propia mente diciéndonos que no somos valiosas. Ese es el síndrome de la impostora. Creer que no tenemos talento y cuando en algún momento tenemos un logro automáticamente renunciamos al crédito. La anulación de este síndrome está en nuestras manos. Tenemos que luchar contra estos preceptos con la misma fuerza con la que exigimos equidad entre hombres y mujeres. No podemos permitir que la desvalorización social sea también íntima. Tenemos que creérnosla. La historia de desigualdad que nos precede debe permanecer como esa historia. Tenemos que apropiarnos del lugar que nos corresponde sin importar de quién parezca que sea.
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