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El Señor esté con ustedes.
Del Santo Evangelio según San Mateo.
En aquel tiempo, se le acercaron a Jesús unos fariseos con ánimo de probarlo y le preguntaron: "¿Está permitido al hombre despedir a su esposa por cualquier motivo?".
Jesús les respondió: "¿No han leído que el Creador en el principio los hizo hombre y mujer y dijo: 'Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne'? De manera que ya no son dos, sino uno. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre".
Palabra del Señor.
Siéntense en ese momento, por favor.
Tres cosas hemos pedido hoy en la oración colecta. La oración colecta es la que se hace inmediatamente antes de las lecturas y, como dice el nombre, colecta, es decir, reúne todas las intenciones de la celebración de la Santa Misa. Y tres cosas les pedimos: Oh Dios, que desde la creación del género humano has querido que el hombre y la mujer se unieran, haz que estos hijos tuyos, Samuel y Carmen, crezcan en el amor a ti, tiendan a un mismo fin, crezcan mutuamente en santidad.
Eso es lo que encontramos en el corazón de esta celebración eucarística. Hoy vienen ustedes dos a unirse ante quien del altar para formar una sola carne, de tal manera que se realicen en ustedes lo que dice hoy la palabra de Dios en las tres lecturas: primera, segunda y evangelio. "Dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos serán una sola cosa".
Pero, ¿qué dice el aspecto? Eso quiere decir que todo el mundo, el tiempo andan de la manita sudada, gran canal. Decimos, ¿o solo con el otro? Es bueno que haya ternura, que haya cariño, pero la unidad tiene que hacerse, tiene que ser en el amor, como lo dice la respuesta de la carta a los Efesios: "Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella". He encontrado la primera característica del amor: el amor es entrega, el amor es darse, el amor es donación. Los momentos se irán el uno al otro. Yo me entrego a ti, te acepto a ti como mi esposo, como mi esposa.
Están llamados, hermanos, en el sacramento del matrimonio, unidos en el amor, en la entrega recíproca. Y dice muy bien: a veces tendemos a idealizar el matrimonio y nos quedamos con las imágenes de las películas, de los cuentos de hadas, y pensamos que el matrimonio es solamente lo bonito, lo bello, la fiesta, el romance. Pero usted ensaya muy bien por la experiencia, Samuel, Carmen, que la vida en la convivencia diaria entraña dificultades, que muchas veces es difícil caminar juntos.
Y aquí entra la segunda parte: cuando tenemos caminos diferentes. Primer objetivo: ámense. Segundo: tiendan a un mismo fin, es decir, en su vida tengan el mismo sentir, la misma dirección. Nada hacen más daño a los matrimonios que vivir vidas paralelas. El marido por una parte, la mujer por otra. El marido con sus metas, la mujer con sus metas. El marido con sus cosas, la mujer con sus cosas. Viven juntos en vidas separadas.
¿Cómo logran vivir una vida juntos? Tengan un mismo fin. Comunicándose, compartiendo. El matrimonio más que compartir leches, compartir una vida. El amor más que vivir juntos es tener un mismo ideal en la vida. Quien se complementa con la tercera idea: busquen mutuamente la santidad.
Porque hay una fuerte crisis en los matrimonios de hoy, porque se han olvidado de Dios, porque muchos matrimonios fracasan y se divorcian, porque han dejado de mirar a Cristo. Piensen bien, Carmen, Samuel, cuando hay una crisis matrimonial, que todos los tenemos, en todas las hay, pregúntense: ¿Hemos dejado de mirar a Cristo? ¿Estamos mirándonos? ¿Actuando como Cristo miraría las cosas? ¿Como Cristo actuaría en esta situación? Y os vamos a dar cuenta que no.
En ocasión, varios años, el matrimonio está a punto de divorciarse, ya separarse. La situación parecía irreconciliable. Habían ido ya con psicólogos, psiquiatras, orientadores, subida y bajada, terapias. Y es como última opción, yo creo, fueron conmigo. ¿Qué pasaba? ¿Saben cómo resolvieron su problema? De rodillas, los dos delante de un crucifijo. Al darse cuenta el orgullo tan grande, la soberbia y el egoísmo con el cual estaban viviendo su vida y enfrentando la situación. Cada uno quería ganar, pero se les olvida que en el matrimonio, cuando ganan los dos, cuando gana uno, ganan los dos, y cuando pierde uno, pierden los dos.
Mirando la cruz de rodillas, resolviendo sus problemas, dije: "Adiós, fue soy". Porque el día que pase eso, comienzan los problemas. Y más aún, aunque haya problemas, cuando el matrimonio, los dos están frente a Cristo, o miran a Cristo, tienen a Cristo, viven en Cristo, viven para Cristo, aunque haya problemas, los van a superar, porque no están solos. Porque así como Cristo tiene los brazos abiertos en la cruz, son los brazos extendidos que los abrazan en este sacramento de amor.
Y esa es la grandeza del sacramento del matrimonio: es el amor de una pareja que lo consagra a Dios y convierte su amor en sacramento. Y aquí viene la consecuencia para la vida. Carmen, Samuel, ustedes tienen que ser sacramento de amor para ustedes mismos, para sus hijos, para su familia, para la Iglesia, para la sociedad. ¿Qué significa ser sacramento de Cristo? Significa ser presencia de Cristo, ser testimonio de Cristo. Que cuando la gente los vea a ustedes, en la manera cómo viven, cómo se tratan, cómo llevan su vida, ellos puedan ver a Cristo en su matrimonio.
Y para eso, el matrimonio exige entrega, fidelidad. Y fíjense bien, a veces la fidelidad la reducen al campo sexual. "Te soy fiel porque no te pongo los cuernos". Y eso no es cierto. La primera fidelidad es la del corazón. Te soy fiel, por ejemplo, cuando otros hablan mal de ti. Carmen, Samuel, nunca permitan que los otros miembros de tu familia, tus amigos, tus amistades hablen mal de tu esposo, de tu esposa en tu presencia, ni tus padres, dichos hermanos. Samuel, Carmen, tu prioridad ahora tiene que ser Samuel. Tu prioridad tiene que ser Carmen. Les voy a decir algo: por encima de tus hijos, Carmen, a la que tienes que consentir es a Samuel. Por encima de las criaturas, Samuel, ¿qué crees? Tu princesa no es Leslie, tu princesa, tu reinado, emperatriz. Nunca se les olvide eso.
Y consecuencia de eso, de ese amor, la ternura. Nunca dejen de ser novios. Nunca dejes de abrazarla, Carmen. Cuando vayan por la calle, tomarles de la mano. Siéntete orgullosa de tu esposo. Lo mismo, Samuel, presume tus amistades, lo grande que es tu esposa, aunque haya problemas, porque siempre lo sabían. Y la medicina para todo matrimonio: el perdón. Sepan perdonarse. Todos nos equivocamos, todos nos seguimos. Sepan decir: "Lo siento, me equivoqué". Sepan perdonar, sepan disculparse. Y sobre todo, también hagan oración juntos. No dejen de venir a la iglesia, como lo han hecho hasta ahora. Si van en algún ministerio, si ustedes se encargan de las cosas de Dios, Dios se va a encargar de su vida.
Hoy estamos muy felices de lugar. De corazón se los digo. Conozco un poco su historia, hemos compartido muchos momentos. Estoy muy feliz porque Dios les haya permitido llegar a este momento. Yo sé lo difícil que ha sido. Yo sé que ha habido momentos en los cuales ha habido oscuridad, en los cuales a lo mejor han estado a punto de tirar todo. Pero aquí es cuando uno dice: "Vale la pena cualquier sacrificio con tal de vivir juntos". Luchen, luchen, luchen, porque al final de cuentas, cuando lleguen enfrente al altar de Dios, nos va a preguntar: "Carmen, ¿qué hiciste por Samuel?". "Samuel, ¿dónde está Carmen?". Qué hermoso va a ser. Y cuando entren en cuentas así, Samuel, como tres o ya Carmen, como una reina hermosa, dígase al Señor: "Aquí está Carmen, llevamos una vida santa". Y Carmen, dile al Señor: "A pesar de que Samuel era difícil, aquí está, Señor, te lo entrego". Y entonces el Señor les va a decir: "Pásenme, vengan, benditos de mi Padre, a disfrutar de la boda eterna, donde todo es felicidad, donde ya no hay llanto, donde ya no hay dolor. Pasen a gozar de la cena de su Señor".
Es lo que pedimos hoy para ustedes con todo nuestro corazón y por esa intención ofrecemos esta Santa Misa. Que así sea.