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El Señor esté con ustedes.
Para mí, lectura del santo evangelio según San Lucas.
En aquel tiempo, con algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:
"Los hombres subieron al templo; uno era fariseo y el otro un publicano. El fariseo, erguido, para la ciencia interior, odios de dos gracias: porque no soy como los demás ladrones, injustos, adúlteros, ni como es el publicano. Hay doce veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El publicano nunca no se quedó atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador! Les digo que este último bajó a su casa justificado, ya que no. Porque todo el que se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido".
Señor.
Quienes han ido a Tierra Santa y yo he tenido la gracia de ir y visitar el lugar donde nació Jesús, es decir, donde estuvo el Señor cuando recién nació, se sorprenden porque para entrar a ese lugar hay una puerta muy bajita. Si alguien quiere besar el lugar donde estuvo el Niño Jesús, tiene que bajar para entrar por esa puerta. Y esto trae una gran lección: para encontrarnos con Jesús, hay que bajar.
Esto nos lleva a una virtud que es fundamental y que aparece en el evangelio de hoy. ¿De qué virtud estoy hablando? La humildad. La palabra humildad viene de una palabra que está en latín y que significa tierra. Y la tierra estaba agua. Hay que bajar con la unidad para poder encontrarnos con Jesús.
Hoy Jesús nos ha contado la parábola del fariseo y el publicano, y podemos detectar tres características de lo que significa la soberbia y, por tanto, tres características de lo que significa la humildad. Vamos a fijarnos brevemente en esta parábola.
Primera característica: las posturas que tienen el fariseo y el publicano. El fariseo está de pie, de igual a igual con Dios. El publicano tiene la cabeza hacia abajo. El soberbio se pone de igual a igual con Dios. El humilde baja la cabeza, reconoce su miseria. Queridos hermanos, ante Dios tenemos que bajar la cabeza, más aún, postrarnos ante Dios. Nunca el hombre es tan grande como cuando se pone de rodillas delante de Dios. El soberbio quiere colocarse al nivel de Dios. Por eso es propio de un soberbio decir: "Yo no tengo pecado". El humilde la plata de esa y reconoce su miseria.
Segunda característica: las palabras que pronuncian tanto el fariseo como el publicado. El fariseo dice: "Yo ayuno dos veces a la semana, yo pago mi dirección, yo no soy como ese público no". Estas palabras expresan sobre el viaje. En cambio, ¿qué es lo que dice el publicano? "Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador". Qué diferencia, hermanos, hay entre el soberbio y ser humilde. El soberbio cree que todo lo bueno que haces por tus propias fuerzas. Si nosotros hacemos el bien, es por gracia de Dios. Ciertamente, nosotros colaboramos, pero es Dios quien siempre debe tener la primacía en nuestra vida. Y si yo hago algo bueno, es por gracia de Dios y yo colaboro. El fariseo, con estas palabras, muestra autosuficiencia: "Yo no soy como los demás, yo soy mejor". No.
Y la tercera característica que hay viene a ser el juicio. ¿En qué sentido el juicio? El fariseo hace un juicio sobre el prójimo. En cambio, el publicano no habla mal del fariseo. Fíjense en la diferencia. Mientras el fariseo habla mal de los demás: "Yo no soy como ese", el publicano no dice nada del fariseo porque está mirando su propio corazón, no está fijándose en los demás. Hermanos, la soberbia nos lleva a estar fijándonos en los demás para creernos superiores. El humilde no se está fijando en los demás, se está fijando en las miserias de su propio corazón.
Queridos hermanos, pidamos la gracia de la humildad. Todos necesitamos de la humildad. Si no hay humildad, no hay conversión. ¿Cómo te vas a convertir si no eres humilde y no reconoces tus miserias, tus pecados, tus debilidades? Y es bueno también que nos hagan notar nuestras miserias. Y cuando alguien te hace notar tus miserias, da gracias, hermanos, no te enojes, porque si tengo pase de soberbio.
Vamos a pedirle hoy a la Virgen Santísima, nuestra Madre, que nos ayude a vivir esta virtud, que es tan importante para encontrarnos con Jesús. Que nunca se nos olvide: para tener un encuentro con Jesús, hay que bajar con la humildad. Que así sea.
Los que van a Tierra Santa y quieren visitar el lugar donde nació Jesús, donde estuvo el Niño Jesús, si quieren besar ese lugar, deben pasar por una puerta bien bajita. Tienen que bajar. Y eso trae una gran lección: tenemos que ser humildes. Eso nos ha contado en la parábola del fariseo y el publicano. El fariseo, de pie, se dirige a Dios, se pone de igual a igual con Dios. El publicano tiene la cabeza abajo. El fariseo le dice a Dios: "Yo bien qué hago, yo no soy adulterio, no soy injusto, yo no soy como ese publicano". Pero no se dan cuenta que si estás haciendo el bien, es porque Dios le está dando su gracia. En cambio, el publicano reconoce su miseria: "Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador". El fariseo tiene un juicio destructivo: "Yo no soy como ese pecador". El publicano no dice nada contra el fariseo. Y podría decir, lo podría decir: "El fariseo es un hipócrita", y esto es lo que Jesús le dice a los fariseos. Pero este publicano no tiene ningún juicio negativo contra el fariseo. Tiene misericordia. Es pecador, pero tiene misericordia.
Vamos a pedirle a la Virgen, nuestra Madre, que nos ayude a ser muy humildes. Que nunca se nos olvide: y si no hay humildad, no podemos tener un profundo encuentro con Jesús.
Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Jesús.
Dulce Corazón de María y José. Por no Santa Faustina Kowalska.