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DOCUMENTAL: OMNIVERSO FRACTAL - LA VIDA COMO ESTADO LATENTE

33TV59:55

Transcription

i esta es la tierra en todo su esplendor. Algunos creen que fue creada en seis días por un ser omnipotente semejante a nosotros. Otros, sin embargo, piensan que dicho ser creador nació previamente de una flor. Y por otro lado, la ciencia moderna nos dice que todo es cuestión de azar, probabilidad y, ante todo, mucha suerte.

Al igual que en una receta de cocina, el universo en su origen poseía las cantidades justas de los ingredientes necesarios para su formación. Variar dichas cantidades o los elementos químicos iniciales habría supuesto el colapso del universo o que estrellas y planetas nunca se formaran. Debido a la cantidad de variantes que podría haber seguido el universo inicial, la probabilidad de que éste se formara tal y como lo conocemos es tan irrisoria que cualquier matemático sería incapaz de aceptar que se debe únicamente al azar y la probabilidad.

A todo esto debemos sumarle cómo interaccionan unas partículas con otras, formando átomos que luego se reorganizan para formar moléculas y elementos, y así sucesivamente. Si esas interacciones y sistemas de organización funcionaran de otro modo, nada de lo que conocemos hoy día podría existir.

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Desde lo microscópico a lo macroscópico, del átomo a la galaxia, todo se organiza de forma fractal. Un sistema fractal se reproduce en base a la auto-similitud, es decir, es la misma forma que se reproduce en todas las escalas. En un sistema fractal no importa la perspectiva; la figura siempre será la misma, independientemente de ésta.

Veamos el ejemplo más básico: esta es la figura geométrica más simple de todas, el triángulo. Esta figura simple tiene la capacidad de reproducirse fractalmente. Al fractalizarse, se torna continuamente más compleja. Solo conociendo la figura inicial, el triángulo, podemos comprender el sistema fractal en su totalidad. Aunque los sistemas fractales se llevan estudiando desde hace milenios, no fue hasta la era de la computación que pudimos comprobar su verdadero alcance.

Benoît Mandelbrot fue autor de una fórmula simple que, al ser aplicada, era capaz de reproducir figuras fractales complejas. Del mismo modo que entre dos notas musicales hay un silencio, entre figura y figura se genera un vacío. Hay un punto intermedio entre fractal y fractal que une las dos figuras, como un silencio une dos notas musicales.

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Gracias al método Mandelbrot, se pudieron crear entornos realistas por computadora. Fractalizando una figura geométrica simple, como un tetraedro, se creaban de forma procedural entornos complejos, como el que ves en pantalla. De nuestro universo, absolutamente todo sigue un orden fractal. Dado que los sistemas fractales se reproducen exponencialmente, también todo en el universo sigue un orden exponencial.

Cada vez que la figura inicial se fractaliza en un sentido, se genera una singularidad exponencial. Dado que el sistema es capaz de reproducirse en dos sentidos, interno y externo, oscilará entre uno y otro para mantener el equilibrio. Cada vez que esto sucede, se genera un ciclo. Esta curva de onda representa todo lo anteriormente mencionado. Primero, en un sentido, se genera un crecimiento exponencial que, justo en este punto, alcanza su punto álgido para posteriormente comenzar a decrecer exponencialmente. En este punto se genera un equilibrio, seguidamente cambia de sentido para decrecer exponencialmente, alcanzando el punto álgido para volver a crecer exponencialmente, formando así un ciclo.

Los ciclos pueden agruparse para formar otros ciclos. Dependiendo siempre de la perspectiva, la onda puede estar compuesta de muchas otras ondas que, a su vez, están compuestas de otras ondas, y así sucesivamente. La onda también puede expandirse o contraerse exponencialmente. Y por último, la onda puede dividirse por la mitad constantemente, generando dos copias idénticas de sí misma de forma invertida. Todos esos tipos de ondas son fractales.

Si cambiamos la perspectiva de esta figura en 2D, podemos ver cómo lo que parecen ondas son en realidad espirales. Si se tratara de una figura en 3D, lo denominaríamos vórtices. Al igual que la onda, tanto la espiral como el vórtice son figuras fractales. Los fractales se reproducen en sentido interno y externo porque, como es arriba, es abajo.

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Esta frase se ha dicho durante milenios y su significado trasciende a lo absoluto. Todo en el universo se polariza en dos extremos. Desde un lado, el otro pareciera ser opuesto, y desde el otro sucede exactamente lo mismo. Y aunque en muchos aspectos los extremos parecen irreconciliables, son la misma cosa en distinta graduación.

Piensa por un momento en el frío y el calor. Ya no solo sensitiva mente los percibes como opuestos, sino que las propias moléculas se comportan de forma opuesta ante el frío y el calor. Sin embargo, podemos entender frío y calor como la misma cosa; ambos son temperatura, pero con distinta graduación. En el punto intermedio de los extremos se genera siempre un equilibrio, un punto exacto donde los opuestos convergen y se contrarrestan al mismo tiempo.

Todos los conceptos e ideas provenientes del humano se basan en esa dualidad: sentimientos, ideologías, cultura... absolutamente todo se polariza en los extremos. Es básicamente nuestra forma de comprender la vida y el universo, pues este último se basa en esa bipolaridad. Del mismo modo que la muerte no se comprende sin la vida, el tiempo no se comprende sin el espacio y viceversa. El tiempo, a su vez, también lo percibimos polarizado entre el pasado y el futuro, siendo el presente la convergencia de ambos.

Y lo mismo con el espacio, requiriendo de valores positivos y negativos en sus ejes para poder definirse. La existencia de un extremo depende entonces de la existencia del otro. Estas dos partes convergen en un punto intermedio, creando así la tercera parte. El universo es en realidad un sistema que podemos denominar como ternario, debido a que requiere un mínimo de tres partes para su concepción. Es imposible formar una figura geométrica con dos vértices y aristas; la figura más básica es el triángulo, con un mínimo de tres.

El espacio que ocupamos también consta de tres dimensiones. Los estados de la materia también son tres, siendo el líquido la convergencia entre sólido y gaseoso. Los propios átomos también se dividen en tres tipos de partículas, siendo las neutras el equilibrio entre negativas y positivas. El espectro de la luz y sus colores también se basan en tres. Del mismo modo, así lo hace el espectro de sonido. En nuestro universo, tres son las partes mínimas y, a partir de éstas, se pueden generar infinidad de combinaciones.

Al igual que entre un número y otro existen infinitos decimales, entre un color y otro hay infinitas combinaciones de colores. Entre un sonido y otro hay infinitas frecuencias, o incluso dentro de un espacio limitado, este puede dividirse de manera infinita. Aunque la escala de medida es finita, el espacio dentro de sí es infinito.

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Y como vimos anteriormente, incluso nuestra percepción del tiempo también se divide en tres partes. Y cabe recalcar que, cuando hablamos del tiempo, siempre es una cuestión de percepción. Esto es debido a que el tiempo, como tal, no existe; es solo una interpretación de nuestras mentes que están limitadas a percibir todo de manera unidireccional.

Tratemos de entender por qué es así. Esto es un rayo de luz emitido por una estrella. Este está compuesto por una carga eléctrica y otra magnética que oscilan entre sí en equilibrio, las cuales están formadas por una cantidad ingente de fotones. Los fotones son las partículas que generan lo que entendemos como luz. La velocidad a la que viajan estos fotones es lo que determina lo que interpretamos como tiempo.

Por ejemplo, la luz de nuestro sol tarda 8 minutos en alcanzar la tierra. Eso quiere decir que, cuando observas el sol, estás viendo cómo era en el pasado, hace 8 minutos. Lo mismo sucede con la estrella más cercana a nuestro sistema solar, situada a 42 años luz. Incluso la luna la percibimos con 1,2 segundos de retraso. Por tanto, en cierta manera, siempre estamos observando el pasado, en mayor o menor medida, dependiendo de cuánto tarde en la luz en llegar hasta nuestras retinas.

La velocidad del fotón es siempre la misma; su velocidad constante es de aproximadamente 300,000 kilómetros por segundo, o lo mismo que dar 75 vueltas a la tierra en tan solo un segundo. El fotón es capaz de alcanzar esa velocidad máxima en el universo debido a que no tiene masa. El tiempo se percibe distinto dependiendo de la velocidad del objeto y del punto de perspectiva.

Para entender esto, imagina un fotón de luz que rebota entre dos espejos. Cada vez que éste rebota, se produce un tic en el reloj que determinará el tiempo transcurrido. Ahora imagina que tú vas dentro del autobús, acompañado de este reloj, y otra persona con el mismo reloj se sitúa fuera del autobús. Debido a la diferencia de velocidades entre tú y el otro sujeto, lo que para ti es un tic de tu reloj, para el sujeto de fuera el tiempo transcurrido es mayor en comparación al tuyo.

Por ejemplo, si mandamos una nave tripulada a la estrella más cercana, que se encuentra a 42 años luz, viajando al 99% de la velocidad de la luz, habría una gran divergencia entre el tiempo transcurrido en la tierra y en la nave. Para los tripulantes de la nave, el viaje a Próxima Centauri les habría tomado solamente 24 meses, mientras que para los habitantes de la tierra habrían transcurrido 45 años.

Según la teoría de la relatividad general de Albert Einstein, no existe un presente, sino que todos los momentos suceden al mismo tiempo. Así lo percibe un fotón que viaja a la velocidad máxima permitida en el universo, y así lo percibiríamos nosotros si fuéramos seres de luz, carentes de masa alguna y capaces de viajar a tal velocidad.

La mejor forma de entender esto es imaginar el espacio como si fuera tiempo y el tiempo como si fuera espacio. De esta manera, podemos imaginar el tiempo que percibimos como un túnel por donde pasa un tren. El espacio que ocupan ambos sería de una sola dimensión espacial. En este caso, el túnel es el tiempo y el tren, que es el sujeto que lo percibe, solo puede viajar hacia adelante por el túnel, es decir, hacia el futuro, dejando siempre atrás el pasado.

El tren vive en un eterno presente porque es el punto de referencia a la hora de medir su tiempo. Sin embargo, si fuéramos capaces de trascender la ilusión del tiempo, podríamos movernos libremente por este, al igual que lo hacemos por el espacio. No seríamos un tren condicionado a viajar por un túnel, sino que tren y túnel serían lo mismo.

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Albert Einstein dijo que, en momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento. La imaginación de Einstein dio como resultado una de las ecuaciones más ingeniosas de la física moderna. Einstein demostró que la masa y energía eran equivalentes, y según él, su equivalencia era consecuencia directa de las simetrías del universo.

El equilibrio universal es consecuencia a su vez de dicha asimetría. En el universo, nada tiene un valor absoluto positivo o negativo, sino que positivo y negativo son lo mismo y se contrarrestan al converger. Es por ello que podemos denominar el universo como neutro y atemporal. La realidad que percibimos es neutra; somos nosotros quienes, al tratar de interpretar dicha realidad, la encasillamos en uno de los dos valores: positivo o negativo.

A la hora de comprender el universo, estamos llevados por nuestra forma de definirnos como seres vivos y por el lugar que ocupamos, o dicho de otro modo, nuestro conocimiento es antropocéntrico. Hace miles de años, creíamos que la tierra era el centro del universo. Al demostrarse que la tierra giraba en torno al sol, se creyó entonces que era el propio sol el centro de todo. También creímos durante mucho tiempo que el resto de estrellas carecían de planetas en su órbita, que era algo único de nuestro sistema solar. Hoy sabemos que es justo al contrario.

A lo largo de la historia, hemos aprendido que la humanidad no es tan especial, que no somos el centro de todo, ni mucho menos que el universo fue creado para nosotros. Al igual que una persona joven e ingenua, la humanidad todavía es inmadura. Aún no comprendemos nuestro lugar en el universo porque nuestro razonamiento inicial no es objetivo, sino que está condicionado por el antropocentrismo.

El problema no es tener creencias antropocéntricas, sino que estas ideas sean las únicas válidas. Cuando creemos algo en concreto, estamos negando el resto de posibilidades.

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Cuando entendemos algo como positivo, desechamos que pueda ser negativo y viceversa. Recuerda que el universo es neutro y los hechos que vivimos en nuestras vidas también lo son. Es por ello que no todos percibimos el mismo hecho de la misma manera. Lo que para ti es negativo puede ser positivo para otros. Todo es relativo; depende de la perspectiva. Todas las perspectivas son igual de válidas porque todas son interpretaciones propias del ser humano.

En la naturaleza universal no existen ni el bien ni el mal; son términos totalmente adaptados al raciocinio humano que nacen de la necesidad de diferenciar lo correcto de lo incorrecto. Cuando hacemos algo que está bien, entendemos lo que está mal, y cuando hacemos algo mal, entendemos lo que está bien. La tristeza, básicamente, es nuestra interpretación negativa de la realidad y la felicidad es la interpretación positiva.

Y es que, del mismo modo que los extremos definen el centro, el propio centro determina los extremos. Nosotros definimos el bien y el mal, al igual que el bien y el mal nos definen a nosotros.

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Nos usamos a nosotros mismos como punto de referencia para entender la realidad que nos rodea. De este modo, podemos determinar que un rascacielos es grande y una hormiga es pequeña porque lo comparamos con nuestro propio tamaño. Sin embargo, la hormiga es enorme comparada con una bacteria y el rascacielos es diminuto comparado con una montaña.

En un sistema fractal, nada es grande ni pequeño; todo tiene el mismo tamaño. Solo al posicionarnos en un lugar concreto podemos definir dos tamaños opuestos, pero siempre dependerá del punto de referencia. La única forma de determinar la grandeza o pequeñez de algo es compararla con otra cosa. Por tanto, se puede ser más grande o más pequeño que algo en concreto, pero no se puede ser grande o pequeño en términos absolutos.

Nos damos cuenta poco a poco de cuán condicionados y limitados estamos a la hora de percibir la realidad. Desde que nacemos, nos encasillan en algo concreto porque esa forma de funcionar es inherente a nuestra cultura actual. Somos ignorantes en un principio, pero ignorante es aquel que desconoce. Es por tanto, cuanto más conocemos, cuanto más ampliamos nuestra visión y contemplamos más perspectivas, que dejamos de ser ignorantes.

Nunca digas "nunca"; es un dicho muy popular que hace alusión a nuestra evolución como individuos. Puede que hoy te guste lo que mañana detestarás, y puede que hoy rechaces lo que mañana aceptarás. Es por ello que uno no puede conocerse a sí mismo tratando de definirse como algo en concreto, sino que conocerse a uno mismo pasa en gran parte por un método de prueba y error, porque solo así podemos conocer todas nuestras posibilidades de ser.

Somos seres cambiantes que no pueden ser definidos en términos absolutos, solo de forma momentánea. Comprender esto último es trascendental en nuestra evolución como individuos. Trascedemos cuando ampliamos nuestra perspectiva, cuando somos capaces de contemplar el todo como un conglomerado de muchas partes, donde la ignorancia es creer que una pieza es el centro del resto y la sapiencia es conocer que todas las piezas pueden ser el centro.

Prueba de esa perspectiva antropocéntrica es la propia palabra "universo". El prefijo "uno" hace referencia a uno único, una clara alusión a su singularidad, posicionándonos en un extremo. Lo mismo sucedería si lo definiéramos como "multiverso"; el prefijo "multi" hace referencia a muchos, múltiples, justo el otro extremo. Lo que nosotros entendemos como universo no es único ni es múltiple; es ambas cosas y no es ninguna de las dos.

Por tanto, cuando queramos hablar del universo en términos absolutos, usaremos la palabra "universo". El prefijo "omni" hace referencia al todo, a la totalidad, y engloba los dos extremos. Usaremos entonces la palabra "universo" para referirnos a la parte del universo que conocemos y usaremos la palabra "multiverso" para referirnos a aquellos niveles de fractalidad que están más allá de lo que conocemos a escala cósmica.

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La propia teoría de los multiversos, al igual que un sistema fractal, contempla muchos niveles de multiversos.

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Este universo se reproduce sistemáticamente de forma fractal, pero para que todo funcione se requiere de una fuerza motriz. La vibración. Denominaremos vibración a la oscilación entre los extremos y denominaremos frecuencia al ritmo de esta oscilación. Cuanto más rápida sea la oscilación, mayor frecuencia; cuanto más lenta sea la oscilación, menor frecuencia. Todo en el universo es consecuencia directa de la vibración: el espacio, el tiempo, el movimiento, la energía, la materia, etcétera.

La energía más útil es aquella que vibra en alta frecuencia y, cuanto mayor es su densidad, menor es su frecuencia.

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La vibración, a su vez, se estructura de forma fractal. La realidad que nosotros percibimos también es a través de la vibración. Nuestros sentidos son herramientas que captan distintos estados vibratorios a distintas frecuencias, que luego son transmitidos al cerebro, el cual interpreta la información y la traduce como la realidad que percibe.

La luz que percibimos mediante nuestra vista es apenas una pequeña porción de todo el espectro electromagnético. Como ya mencionamos, los rayos de luz son campos eléctricos y magnéticos que oscilan entre sí, es decir, que están vibrando. Esa vibración es la luz que nuestros ojos reciben para ser interpretada por nuestro cerebro.

Por otro lado, el sonido que percibes en tus oídos es una vibración en la presión atmosférica. El sonido, como tal, aquello que oyes, es una ilusión generada por tu cerebro. Es por ello que, si estuvieras en el espacio, nadie podría oírte, porque el sonido no se puede propagar en el vacío atmosférico. El sonido, básicamente, es una impresión producida en el oído por un conjunto de vibraciones que se propagan por un medio elástico como el aire de nuestra atmósfera.

Para entender mejor lo anteriormente mencionado, veamos las placas de Chladni. Estas son unas placas de metal sujetas a una fijación a la que hacen vibrar a distintas frecuencias. Encima de ésta se colocan granos de arena que reaccionan a la vibración. Al posicionarse en determinadas frecuencias, surgen patrones en forma de figuras estables.

Recuerdas que, al fractalizarse, se producía un vacío, tal como se produce un silencio entre dos notas. En las placas de Chladni sucede exactamente lo mismo. Es la vibración llevada a lo absoluto. En términos universales, es la oscilación entre el orden y el caos, entre el equilibrio y el desequilibrio.

Cuando sustituimos los granos de arena por un fluido no newtoniano, como podría ser almidón mezclado con agua, esto es lo que se produce.

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Es como si de repente la materia cobrara vida propia debido a la vibración. La vibración es la fuerza motriz básica que da como resultado una directriz básica a seguir para reproducirse: un equilibrio entre la máxima eficiencia y el mínimo esfuerzo. Lo que entendemos como fractales son la consecuencia directa y extrapolación física de ese equilibrio entre máxima eficiencia y mínimo esfuerzo.

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Absolutamente todo sigue esta directriz básica: la evolución del universo, de las galaxias, los sistemas solares, los planetas, incluso la propia evolución de la vida en la tierra. Según Darwin, la evolución de las especies se produce por adaptación al medio. Sin embargo, esa adaptación se produce en primera instancia siguiendo la directriz básica de equilibrio entre máxima eficiencia y mínimo esfuerzo. Esta directriz es la que da forma al universo.

¿Alguna vez te has preguntado qué tienen en común las dietas de una pared, las raíces de un árbol, la forma de los rayos, las venas de tu cuerpo, los ríos e incluso los cúmulos de galaxias? Todos deben su forma al equilibrio entre máxima eficiencia y mínimo esfuerzo.

El camino más corto no siempre es el camino más fácil, ni el camino más largo es el más difícil. Cuando golpeas un cristal, este sigue esa directriz para desquebrajarse.

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En este punto, podemos entender el universo como un sistema vibratorio que se reproduce fractalmente al tratar de mantener un equilibrio entre máxima eficiencia y mínimo esfuerzo. Si tratamos de resumir todo esto en una figura, sería el vórtice. El vórtice es la figura clave en nuestro universo fractal y representa el propio equilibrio. Es la figura que le da forma a todo.

Recuerda que el vórtice, la espiral y la onda son lo mismo, visto desde distintas perspectivas. En la estructura de estas figuras se esconde un número, el más importante de todos, y que a ello debe su nombre: es lo que conocemos como número áureo o número de oro, o dicho técnicamente, el número pi. Es una constante que está en todo. Todas estas formas están definidas por lo que se conoce como la espiral áurea.

Esta espiral puede obtenerse mediante la secuencia de Fibonacci, que consiste simplemente en sumar los dos últimos dígitos para obtener el siguiente. Si aplicamos estos valores a una cuadrícula, obtenemos una espiral áurea.

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La espiral es intrínseca a la onda y al vórtice. Estas figuras son las que determinan la estructura natural de las cosas.

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Como por ejemplo, sería el caparazón del molusco, compuesto fractalmente de estas figuras.

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En base a los números de Fibonacci, también podemos formar un rectángulo áureo.

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Cuando dividimos estas dos partes de proporción áurea, el resultado es el número fi. En un círculo de 360 grados equivaldría a 137.5 grados.

Por ejemplo, al formarse un girasol, la semilla se reparte en cada 137.5 grados de tal forma que nunca dos semillas ocupan el mismo lugar, debido a la proporción áurea.

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Incluso la cantidad de pétalos en las flores corresponden a la secuencia de Fibonacci.

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Veamos mejor cómo se esconde tras esta secuencia. Según dividimos sucesivamente cada número por el anterior, veremos como el resultado oscilará entre valores mayores y menores, acercándose cada vez más al número fi.

Este ejemplo es la metáfora perfecta de cómo el universo trata constantemente de auto equilibrarse y cómo evoluciona de un estado simple y abstracto a uno de cada vez más complejo y definido. Según nuestros conocimientos actuales, fi es un número irracional debido a que no sigue ningún patrón en sus decimales, es decir, no puedes predecir los decimales, solo calcular los.

Si bien es cierto que los decimales de fi no siguen un patrón de repetición, sí siguen otro tipo de patrón organizativo que denota en el equilibrio. Estos son los 10,000 primeros decimales del número áureo. Si buscamos cuántas veces se repite el número uno, vemos que lo hace un total de 1,062 veces. El número dos aparece 997 veces, el número tres lo hace en mil treinta y nueve ocasiones, y así con el resto de números. Todas las cifras de un dígito se repiten aproximadamente la misma cantidad de veces.

Sucede lo propio al formar combinaciones de dos dígitos, repitiéndose equitativamente. Lo mismo con números de tres dígitos y así sucesivamente, siendo proporcional la cantidad de veces que se repite un número a su cantidad de dígitos. De alguna forma, los decimales, aún siguiendo una lógica irracional en su orden, se equilibran para aparecer la misma cantidad de veces que sus pares.

Del mismo modo que, según avanzamos en la secuencia de Fibonacci, podemos concretar con mayor exactitud el valor de fi, cuantos más decimales usemos en este método, la cantidad de veces que aparece cada número será de cada vez más ecuánime en relación a sus pares.

A esta propiedad del número pi también le corresponde a otros números irracionales con infinitos decimales que definen el universo, como son el número pi y el número de Euler. El número pi es otra metáfora perfecta de la evolución que sigue todo en el universo. Mediante el número pi, somos capaces de formar un círculo, pues pi es la relación entre el radio del círculo y su circunferencia.

Pero, ¿por qué, si el círculo pareciera ser perfecto y exacto, su relación entre su anchura de radio y el perímetro de su circunferencia da como resultado un número con infinitos decimales? Porque, aunque el círculo pueda parecer curvo, está compuesto por una cantidad determinada de líneas rectas. Cuantas más líneas rectas añadimos, más preciso se hace nuestro círculo, es decir, calculamos más decimales del valor pi.

Del mismo modo que los decimales de pi son infinitos, la curva que forman el círculo puede contener infinitas líneas rectas. Por tanto, la línea curva es en realidad una ilusión producida por líneas rectas, y de la misma forma, la línea recta es una ilusión producida por líneas curvas. Esto es el equivalente a la pregunta de qué va antes, el huevo o la gallina.

Toda la evolución que sucede dentro del universo es el equivalente a un triángulo convirtiéndose en un círculo, tornándose más complejo y más definido según se añaden más líneas rectas a la figura inicial. En un sistema fractal, la parte más pequeña contiene la información de la totalidad del sistema y viceversa.

Nuestro sistema numérico decimal es también un sistema fractal. La parte más básica de este sistema es la unidad, el uno. Este puede tener un valor positivo o negativo, es decir, el equivalente a que una imagen fractal se reproduzca hacia el interior o hacia el exterior. Entre estos dos valores opuestos surge el equilibrio, la neutralidad, el valor cero.

A partir de estos valores básicos, obtenemos el resto: el número dos como suma de dos unos, el tres, el cuatro y así sucesivamente hasta obtener los valores básicos que conducen hasta el nueve. El transcurso del dos al nueve es el silencio entre dos notas; es la conexión entre fractal y fractal.

Llegamos al diez del sistema decimal, donde el fractal se singulariza, y así sucesivamente con todos los dígitos que queramos imaginar. No es necesario conocer la nomenclatura de todos los números, sino que con unos pocos puedes conocer el resto.

De este modo funciona también nuestro lenguaje. Usamos las vocales y consonantes como valores básicos del sistema fractal. Las palabras más comunes a la hora de comunicarnos suelen ser la combinación más simple de una vocal y una consonante, mientras que las palabras menos comunes suelen ser largas combinaciones de estas.

Al juntar letras, el valor básico forma palabras. Al combinar estas palabras, podemos formar frases que, cuando se juntan, forman párrafos, y estos forman las páginas que, combinadas, forman los capítulos, y estos a su vez los libros, pudiendo formar parte de una saga de libros, y así sucesivamente.

Igual que con los números, las palabras también tienen valores y connotaciones positivas y negativas.

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Tanto nuestro lenguaje verbal como el lenguaje numérico son un reflejo fractalizado del lenguaje intrínseco del universo. El lenguaje que le da forma a todo, que se esconde detrás de todo, son distintas versiones de lo mismo. La diferencia que hay entre un valor básico numérico y otro de muchos dígitos es la misma diferencia que hay entre una letra y un libro.

Y lo que diferencia la letra del libro es lo mismo que diferencia a un átomo del universo, a una célula del sistema solar o a un tetraedro de una esfera. Son comparaciones entre distintos niveles del fractal.

Es posible que, llegados a este punto, te hayas percatado de que el mensaje de este documental es redundante. Lo único que hacemos es abordarlo desde distintas perspectivas para tratar de comprender su esencia. Esta esencia, que podemos denominar en cierta forma como conocimiento absoluto, no es algo contemporáneo a nosotros ni mucho menos, sino que proviene desde la más remota antigüedad.

Los historiadores también pecan de ideas antropocentristas cuando entienden la historia como una línea progresiva que va de menos a más, de poco a mucho, de peor a mejor. Se concibe el conocimiento como algo acumulativo, donde el único objetivo de progresar es acaparar más, como así haría una persona con síndrome de Diógenes, que su único objetivo es acumular objetos en caso de necesitarlos algún día.

Realmente no necesitamos todo eso, ni lo necesitaremos. Cuando das con una respuesta, surgen siempre nuevas preguntas. Es como una tubería de agua con una elevada presión constante. Al tapar la rotura, la tubería se quiebra en otro tramo y así sucesivamente, dado que la presión está en constante crecimiento y la tubería no tiene el tamaño para contener el caudal suficiente para tanta presión.

Lo único que podemos hacer es dejar que el agua fluya sin tratar de interferir. Nosotros somos mentes limitadas, igual que dicha tubería tiene un caudal limitado de agua. Tratar de acumular el conocimiento sería el equivalente a añadir más agua a esa tubería y, por tanto, aumentar su presión, dando como resultado más y más roturas.

Si el conocimiento es el agua, no necesita sumar para llegar a comprenderla, sino que basta con tan solo una gota. Con cada solución surgen nuevos problemas en una lucha eterna contra nosotros mismos, porque la solución no pasa por hacer tuberías, presas y cauces artificiales para conducir el agua, sino que debemos ser, fluir como el agua, capaz de adaptarse a todo, incluso a nosotros.

El agua es independiente, es libre. La puedes manipular y encerrar, pero su camino siempre será libertario. Pero volviendo a nuestros orígenes, encontramos un conocimiento que denominaremos, por etimología, como hermético, aunque sus orígenes se remontan mucho antes a diversas culturas.

Entenderemos el hermetismo no como un conocimiento esotérico, sino como una forma de obtener el conocimiento. La palabra hermetismo proviene del dios griego Hermes, dios de la sabiduría y la escritura, entre otros. Este dios, a su vez, es una réplica del dios Tot de los egipcios, adaptado a la cultura griega en tiempos de las conquistas de Alejandro Magno. Tot, a su vez, debe su origen al mito de la existencia de una persona que hoy día es conocida con el nombre de Hermes Trismegisto.

Según relata la historia, Hermes fue bendecido con el saber absoluto. Se le creía como alguien que estaba conectado directamente con Dios y que de ahí provenía la fuente de su sabiduría. Independientemente de las creencias en torno a esta persona o de si se puede probar si realmente existió como tal, la forma de obtener el conocimiento y transmitirlo ha perdurado a lo largo de nuestra historia conocida.

Tal es así que la gran mayoría de religiones predominantes actualmente tienen como nexo común el hermetismo, al igual que muchas de las sociedades secretas y otras no tan secretas. La forma de impartir este conocimiento es a lo que debe su nombre: hermético. Mediante la simbología, el arte y la cultura en general, se disemina este conocimiento de forma encriptada, como una cerradura que solo puede abrirse con la llave correcta.

Un ejemplo de ello es lo que podemos denominar como arte hermético. Este pictograma simboliza la dualidad entre arriba y abajo, la noche y el día, composiciones invertidas formando un ciclo repetitivo que simboliza el tiempo. Las cinco estrellas hacen referencia al número cinco, el cual hace referencia al pentágono y la estrella de cinco puntas, y estas dos a su vez son las figuras áureas por excelencia, definidas en todas sus partes por el número fi.

En las esquinas, los cuatro elementos, como las cuatro caras del objeto tridimensional más simple, el tetraedro: fuego, aire, tierra y agua. Los cuatro elementos forman el exterior y el resto del interior, que al ser separados convergen en un círculo que los delimita. Dentro de este, podemos ver a tres personas; dos de ellas, opuestas, representando la dualidad, y la otra en el centro, como de las anteriores.

La persona de la izquierda sujeta un triángulo dentro de un círculo que simboliza la masculinidad y las líneas rectas. La persona de la derecha tiene un triángulo invertido dentro de un círculo que simboliza la feminidad y las líneas curvas. En el centro convergen los dos triángulos, formando la estrella de seis puntas o estrella de David, como representación de la propia creación, resultado de una dualidad convergente entre hombre y mujer.

Las tres se encuentran sentadas sobre unos árboles que simbolizan la fractalidad de la vida y que, a su vez, realizan con sus raíces en el subsuelo. Aquí encontramos siete personas, representando los siete principios herméticos que son la base de la estructura en religiones como el cristianismo. De estas personas cobran el nombre de ángeles caídos. Todas estas personas en este pictograma contienen un círculo blanco tras sus cabezas que simboliza un haz de luz, una iluminación, una conexión directa con el conocimiento.

Recuerda que es importante entender el término hermetismo como una forma de entender las cosas y no como un conocimiento. Es, de hecho, una herramienta a través de la cual puedes obtener el conocimiento. Pitágoras fue alguien que bebió directamente del conocimiento hermético y trató de aplicarlo en términos matemáticos. Algunos creen que incluso números lógicos, como podrían ser los números ángeles, aunque no está aprobado que así sea.

Sea como fuere, Pitágoras creó lo que conocemos como hermandad pitagórica, que era una especie de sociedad secreta que aplicaba el hermetismo en su forma de impartir el conocimiento. Pitágoras fue un gran estudioso del pentágono y la estrella de cinco puntas, y por tanto de la proporción áurea. Su forma de entender todo en términos de números y matemáticas fue seguido por los que se autodenominaban pitagóricos, que eran músicos, matemáticos, filósofos y astrólogos, entre otros, que trataban de aplicar los números a sus respectivas disciplinas.

Es por ello que, a lo largo de la historia, los símbolos herméticos han estado definidos dentro de las propias disciplinas. Un ejemplo claro es el símbolo conocido como caduceo, un símbolo que se relaciona directamente con la figura de Hermes Trismegisto y que, a lo largo del tiempo, ha sido una figura representativa del comercio. Su versión con una sola serpiente es representativa de la medicina. Las dos serpientes entrelazadas simbolizan los términos finito e infinito mediante un sistema fractal de vórtices antagónicos que convergen en equilibrio.

A través del bastón, las alas, al igual que sucede con el resto de símbolos alados, representan una ascensión a la sabiduría a través del hermetismo. El uroboros es otro símbolo atribuido al hermetismo y que podemos encontrar alrededor del mundo antiguo en diversas culturas. Su origen etimológico proviene del griego y significa "serpiente que come la cola". Simboliza el ciclo de la vida y la muerte y al número 8. Al igual que el caduceo, es una alegoría del antagonismo entre finito e infinito.

Este es el símbolo conocido como flor de la vida. Al igual que los anteriores, se origina en todo tipo de culturas de la más remota antigüedad y se relaciona con el arte hermético. También representa lo finito dentro de lo infinito y hace alusión directa a un sistema compuesto fractalmente. La base de esta figura requiere de siete círculos, como siete son los principios herméticos. Este número se esconde por doquier en la antigüedad. En el cristianismo, siete son los ángeles caídos, los pecados capitales y los mandamientos básicos. En el hinduismo, islam y judaísmo se cree en la existencia de siete cielos. En el brahmanismo, que se basa en parte en el budismo, siete son los chakras. A este número se le atribuye la creación y destrucción.

Este es el ojo de oro. Su origen se remonta al antiguo Egipto, aunque hoy día algunos relacionan su origen erróneamente con la masonería. Este símbolo nace del hermetismo, pues el ojo derecho de Horus se asociaba al dios del sol, mientras que su ojo izquierdo se asociaba a todo dios de la luna. El ojo de Horus es un sistema exponencial y fraccionario compuesto por seis partes, donde se multiplica o divide por dos.

Pero he aquí lo más importante: inicialmente, las seis partes de este símbolo hacían alusión a los seis sentidos humanos. Así es, los antiguos egipcios consideraban el pensamiento como otro sentido más. Hoy día tenemos la falsa creencia de que el pensamiento nos define, cuando verdaderamente somos nosotros quienes definimos el pensamiento, al igual que el resto de sentidos.

El pensamiento es una herramienta más para comprender e interactuar con nuestro entorno. Una consciencia abstracta requiere de un pensamiento definido y viceversa. Al igual que un estado cuántico, el pensamiento permanece indefinido entre infinidad de posibilidades, siendo nuestro consciente el que lo conduce a definirse.

Tu cerebro funciona en gran parte de forma instintiva, segregando todo tipo de sustancias químicas que pueden alterar tus pensamientos y sentimientos, pero nunca alteran tu esencia. Tu esencia es invariable, inmutable y absoluta, y se mantiene siempre en un estado indefinido hasta que tú conscientemente la defines mediante el pensamiento.

Actualmente estamos tan inmersos en la ilusión del pensamiento que, cuando tratamos de comprenderlo como un sentido más, es como tratar de explicarle a un pez qué es el agua. Este árbol es una metáfora del pensamiento humano como un sistema fractal. Todos tenemos un nexo común, como el tronco del árbol, un pensamiento convergente que nos auto define como seres vivos que somos.

Según crece el árbol, este se diversifica en distintas ramas y el pensamiento humano se torna divergente. Aquí nacen las culturas, religiones, ciencias, ideologías, etcétera. Cada rama luego se subdivide en otras ramas, tratando de individualizarse y diferenciarse sobre el resto. Cada una de éstas cree ser única y la razón principal por la que se sustenta el árbol, pues dentro de su sectarismo ignoran la verdadera magnitud de este.

Tú en realidad no eres de izquierdas o de derechas, de arriba o abajo, tampoco de un centro indiferente o contemplativo. Las ramas son nuestros pensamientos definidos, pero tu esencia es el agua que fluye por todo el árbol. Las ramas son el camino y tú eres quien lo transita. Tú eres todo el árbol, eres todas las cosas, y eso te convierte, por definición, en algo indefinido.

Ese es el sentido de todo y el sentido de nada, porque la nada determina el todo tanto como el todo determina la nada. En esta realidad neutra y atemporal, el pasado influye tanto sobre el futuro como el futuro lo hace sobre el pasado. Aunque para entender el final, hay que volver al principio.

Esta es la tierra en todo su esplendor y no podemos afirmar que fue creada en seis días por un ser todopoderoso, o que este ser naciera previamente de una flor, ni podemos concluir que su existencia se deba a la casuística, la probabilidad y la estadística.

Al igual que este huevo de salamandra, el universo en su origen poseía las cantidades justas de los ingredientes necesarios para su formación. Variar dichas cantidades o los elementos iniciales habría supuesto el colapso del universo o que esta pequeña salamandra no naciera o pareciera al poco de hacerlo.

A todo esto debemos sumarle cómo interaccionan unas partículas con otras, formando átomos que luego se reorganizan para formar moléculas y elementos, que luego forman lo que conocemos como seres vivos, que se dividen en especies, que luego se reparten en subespecies, de las que nacerán las razas y, en adelante, las familias y así los individuos.

Si esas interacciones y sistemas de organización funcionaran de otro modo, nada de lo que conocemos hoy día podría existir.

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Desde lo microscópico a lo macroscópico, de la célula a la galaxia, todo se organiza de forma fractal. No importa la perspectiva; la mínima parte contiene la misma información que la máxima parte. Esta semilla contiene toda esa información necesaria para convertirse en un árbol. Desde su nacimiento irá evolucionando de semilla, brote, de brote a planta, de planta a arbusto, de arbusto a árbol. A lo largo de su vida, su forma varía, pero la esencia del árbol permanece inalterable.

Este árbol en concreto es conocido como acacia. Estos árboles son solitarios y puede haber hasta kilómetros de distancia entre uno y otro. La acacia, igual que cualquier ser vivo, tiene enemigos naturales a los que sirve de alimento, como son las jirafas.

Un zoólogo surafricano se dedicó a observar estos animales en cuestión. Las jirafas, para alimentarse, seguían una dieta variada, incluyendo la acacia. Sin embargo, los kudus se alimentaban exclusivamente de acacia. El zoólogo contempló que los kudus morían en un número elevado en comparación a las jirafas, lo cual carecía de sentido porque ambas especies vivían dentro del mismo recinto protegido.

Cuando ahondó en el estudio del caso, se percató de que las acacias eran capaces de segregar una sustancia tóxica, el tanino, que prevenía que fueran totalmente devoradas, pues afectaba a aquellos que abusaban de este árbol como alimento y destrozaba el hígado de los antílopes. Pero lo curioso resultaba cuando una acacia estaba siendo devorada, ya que ésta liberaba etileno, que funcionaba como señal aérea que luego recibían sus compañeras acacias a kilómetros de distancia, provocando que todas las acacias de la zona comenzaran a segregar ese veneno que las previene de ser totalmente devoradas, incluso antes de que sucediera.

La acacia entiende el lugar que le corresponde como árbol y evoluciona en consecuencia, no porque sea consciente de sus actos ni porque haya estudiado ciencias académicas como la química y la física, sino que la acacia es parte del lenguaje universal y su existencia es una extrapolación tangible de dicho lenguaje.

Aquello que define y diferencia a la acacia del resto de árboles es lo mismo que define y diferencia las distintas perspectivas de comprensión: la acacia y el resto de árboles, la salamandra y el resto de reptiles, nuestro sistema solar y el resto de estrellas. Todo lo anterior sigue el mismo camino; la diferencia está en cómo lo transitan.

Cuando tratamos de entender la vida orgánica de la tierra, erramos nuevamente de antropocentrista. La vida no es algo único de la tierra; lo que entendemos como vida es un estado natural del universo. Del mismo modo que existen distintas formas de vida en la tierra, como son las plantas, animales y hongos, del mismo modo que luego de éstas nacen distintas especies y así sucesivamente, el universo reproduce la vida en infinidad de combinaciones.

La vida orgánica en la tierra es otro nivel más dentro de un universo fractal que está vivo, o dicho en otras palabras, está en constante cambio y evolución. El universo, tal y como lo conocemos, requiere de unos fundamentos básicos para su concepción. Todos estos elementos se requieren unos a otros para su formación.

¿Cómo pudo formarse la masa que requiere previamente de un espacio que ocupar? ¿Y cómo se formó el espacio que requiere de un tiempo para concebirse? ¿Y cómo se formó el tiempo que se define en el movimiento? ¿Y cómo se generó el movimiento, que su medio es la energía? ¿Y cómo se formó la energía sin una masa inicial previa? Es como un círculo vicioso.

Y aunque realmente todos estos elementos se requieren entre sí para existir, su existencia depende de su coexistencia. Lo mismo sucede con la vida orgánica. Esta bacteria es conocida como sistema orgánico complejo irreducible y tiene más de 50 piezas necesarias para su funcionamiento. Todas esas piezas son fundamentales y no podrían haber sido concebidas individualmente; solo pueden ser concebidas como existiendo con el resto de piezas.

Tanto en esta bacteria como en el universo, todas las piezas se forman a la vez, siguiendo un código. Cuando un espermatozoide fecunda a un óvulo y se genera un cigoto, este contiene toda la información necesaria para su futuro desarrollo evolutivo. Si omitimos el tiempo de gestación y nos fijamos únicamente en el bebé resultante, cualquiera podría pensar que todos los órganos que componen al bebé se formaron a la vez, cuando realmente lo que sucede es que todos se estructuraron a la vez en base al mismo código genético.

El código genético del cigoto es definido y define a su vez el código genético de la tierra. El código evolutivo de la tierra, a su vez, hace lo propio dentro del sistema solar, el cual también actúa en consecuencia dentro de la galaxia, que luego en conjunto forman cúmulos de galaxias que forman nuestro universo, el cual luce tal que así.

Aunque verdaderamente esto que ves es lo que entendemos como energía y materia oscura, algo que no podemos captar a simple vista con nuestros ojos, igual que un pez tampoco puede ver el agua. Al igual que con el bebé, podemos omitir toda nuestra historia como humanidad y fijarnos únicamente en el resultante. Podríamos decir, en cierta forma, que todas esas ciudades, provincias y estados surgieron a la vez; de otro modo no tendría sentido dada su complejidad en su funcionamiento.

Pero, ¿qué pasa si iluminamos todas esas ciudades y conexiones entre estas? Que luce tal que así, exactamente igual a las conexiones de nuestro universo y exactamente igual a las conexiones neuronales de nuestros cerebros. Y no es que todas las personas a lo largo de la historia se hayan puesto de acuerdo en qué estructura debía seguir la humanidad como civilización. Tampoco lo hace en la materia y energía oscuras, ni lo hacen las neuronas, sino que todo lo anterior se construyó en base al mismo código universal.

Por eso, cuando aplicamos una carga eléctrica a esta madera, se forma una estructura tan natural como la de un árbol. Cada llave tiene su cerradura, como toda cerradura tiene su llave.

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Esta es la definición que tiene la Wikipedia sobre los seres vivos en la tierra: un ser vivo u organismo es un conjunto material de organización compleja en la que intervienen sistemas de comunicación molecular que lo relacionan internamente y con el medio ambiente en un intercambio de materia y energía de una forma ordenada, teniendo la capacidad de desempeñar las funciones básicas de la vida, que son la nutrición, la relación y la reproducción, de tal manera que los seres vivos funcionan por sí mismos sin perder su nivel estructural hasta su muerte.

Si eliminamos la perspectiva concreta y lo entendemos como un sistema genérico, es decir, tachamos las palabras "molecular" y "ambiente" de la definición para ser sustituidas por cualquier otra, resulta ser una definición aplicable a todo lo que conocemos. Desde cómo unas estrellas mueren para dar paso al nacimiento de otras, de las cuales nacen los planetas, o cómo podemos entender a Marte como un planeta muerto al compararlo con una tierra viva.

Hace miles de millones de años, Marte pudo albergar vida orgánica y muy posiblemente la podría seguir albergando si no fuera porque detuvo repentinamente su rotación, perdiendo así también su campo electromagnético, fundamental para la formación de una atmósfera que protege y genera las condiciones para los seres vivos orgánicos como nosotros. O dicho de otro modo, Marte murió al detener su rotación sobre su propio eje, tal como lo haría la tierra y los seres que la habitan si le sucediera lo mismo.

¿Te has preguntado alguna vez qué es lo que determina que estés vivo? ¿Es tu mente, tu cuerpo y sus órganos, los tejidos y vasos sanguíneos, o los miles de millones de células, bacterias y virus que te componen? De hecho, lo que te da la vida es todo lo anterior. Tú eres un organismo compuesto por miles de millones de organismos unicelulares que estructuran tu cuerpo.

En todos los niveles de esta forma, la tierra cobra vida debido a todos los seres que en ella habitan y viceversa. La diferencia que hay entre la Vía Láctea y el sistema solar es equivalente a la diferencia entre un ser humano y una célula. La verdadera diferencia radica en que vibran en frecuencias distintas.

Para nosotros puede suponer mucho la vida del sol, calculada en miles de millones de años, o muy poco la vida de algunas células que apenas viven unas horas. Nuevamente valoramos la realidad partiendo de nosotros mismos como punto de referencia. Sin embargo, si el sol, en cierta manera, fuera capaz de percibir su tiempo de vida como un total, su percepción sería idéntica a la tuya, a la de una mosca, a la de una célula.

Tal así sucede con los átomos que componen lo que entendemos como estados de la materia. Según se agrupan en distintas intensidades, generan lo que entendemos como sólido, líquido y gaseoso. Sin embargo, los átomos están compuestos en más de un 90 y 99% de vacío. Es debido a su alta frecuencia vibracional que generan la ilusión de lo que sería un sólido, un líquido o un gas.

Es algo parecido a las aspas de un ventilador, las cuales ocupan una pequeña parte de la superficie total del círculo al estar quietas, pero cuando se mueven demasiado rápido, generan la ilusión de ocupar todo el espacio circular como un sólido. Así funcionan los átomos y los percibimos así por la gran diferencia que hay en nuestras frecuencias vibracionales.

Del mismo modo, nuestro sistema solar está compuesto también en un 99.9% de vacío. Para entender la verdadera perspectiva de este, deberíamos recurrir a 15 kilómetros de desierto y usar canicas para representar los tamaños de los planetas proporcionalmente. Las galaxias, los cúmulos y el universo también están compuestos en un 99.9% de vacío.

De hecho, si fuéramos lo suficientemente grandes en comparación a nuestro universo y, por tanto, vibráramos mucho más lento que este, el universo se movería tan rápido en relación a nosotros que lo percibiríamos como un estado de la materia: sólido, líquido, gaseoso.

En este punto, podemos definir a un ser vivo como un estado vibratorio encapsulado como individuo en relación al resto de cosas existentes. Esa cápsula que lo individualiza es la membrana, la placenta, la cáscara de un huevo, la piel de un animal, la corteza terrestre, el campo magnético del sol, etcétera. Hay una frontera que une y separa al individuo del todo, y así debería de ser entendida la vida, tanto en particular como en general, en base a esta fractalidad universal.

Debemos entender también las dimensiones espaciales que se definen en los ejes axial, radial y tangencial, lo que forma la realidad tridimensional que habitamos. En una realidad definida por una sola dimensión espacial, por un único eje, solo podríamos movernos en línea recta, equivalente a nuestra percepción del tiempo.

En una realidad de dos dimensiones, podríamos movernos en todas direcciones dentro de un plano compuesto por dos ejes. Si hubiera un ser consciente como nosotros que habitará esta realidad de dos dimensiones y fuese capaz de visualizar su entorno como hacemos con nuestros ojos, realmente lo que percibiría es un mundo compuesto por infinidad de figuras unidimensionales o líneas rectas compuestas por infinitos puntos.

Para entenderlo mejor, ten en cuenta que, a pesar de habitar un mundo tridimensional, nuestros ojos perciben la realidad como infinitas figuras bidimensionales que generan la ilusión de profundidad de la tercera dimensión. Si habitamos una realidad de cuatro dimensiones espaciales, lo percibiríamos como infinidad de figuras tridimensionales, algo que para nuestras mentes es imposible de concebir e imaginar, pero que sería algo así como un obstáculo.

Este ser de cuatro dimensiones estaría viendo a la vez todas las caras del cubo desde un único punto de vista, igual que nosotros podemos percibir una esfera a partir de infinitas imágenes bidimensionales. Este ser de cuatro dimensiones podría ser lo que conocemos como universo y nosotros seríamos sus habitantes. A su vez, este ser habitaría dentro de un ente de cinco dimensiones y así sucesivamente.

En términos universales, la consciencia es el elemento creador y destructor. Nuestra consciencia como individuos no es una ni nos pertenece únicamente a nosotros; formamos parte de un todo donde tu consciencia existe debido a otras consciencias y viceversa. Como un sistema fractal, la consciencia puede ser separada en infinidad de partes, siendo ésta la herramienta que tiene el universo para observarse a sí mismo.

Del mismo modo, nosotros somos seres creadores y destructores. Allí por donde transita nuestra consciencia se generan una cantidad ingente de partículas que vibran y palpitan, expandiéndose y contrayéndose miles de millones de veces por segundo. Son tan pequeñas que son inimaginables para nuestras mentes racionales. Cada una de estas partículas que denominaremos partículas elementales son el cielo, universo en su totalidad, es decir, estas partículas serían un reflejo fractalizado del propio universo.

Nuevamente, todo depende del punto de perspectiva. De esta forma, si nuestro universo fuera minúsculo en comparación a nuestro propio tamaño, podríamos observar cómo el universo se expande y contrae infinidad de veces a una velocidad vertiginosa, así como lo hacen las partículas elementales que nos rodean.

El universo sería, en definitiva, un reflejo de sí mismo. Es el equivalente a acercar un micro al altavoz por donde emite el sonido, o como grabar la pantalla que emite la grabación, o como contraponer dos espejos. El universo se retroalimenta de sí mismo en un círculo vicioso, como lo hace el símbolo de los uroboros.

Nosotros formamos parte del todo, tanto como el todo forma parte de nosotros. Somos mente, cuerpo y espíritu. No es cuestión de ver a través de tus ojos, no es cuestión de tocar a través de tus manos, tampoco pienses a través de tu mente. Pregúntate más bien a través de qué tus ojos pueden ver, a través de qué tus manos pueden tocar y a través de qué tu mente puede pensarlo.

A través de ti, de tu esencia, de tu espíritu. Cuerpo y mente son herramientas de este último. Nacemos para morir, morimos para nacer. Así lo entiende alguien como el doctor Segarra, un hombre que ha dedicado mucho tiempo a estudiar de cerca lo que se conoce como EMS o experiencias cercanas a la muerte. Esto es lo que contestaba cuando le preguntaban por qué había sido aquello que más le había llamado la atención de sus pacientes que habían experimentado sensaciones mientras estaban clínicamente muertos.

Lo que más me ha llamado la atención, primero, es la forma con la seguridad absoluta que los enfermos comentan, con la gran cantidad de detalles que nos manifiestan. A veces, tiempos después se acuerdan, es decir, la memoria es muy fina al respecto. Después, me llamó mucho la atención el impacto que les condiciona, sobre todo el momento que ven la luz, es decir, la sensación de armonía, de paz y sobre todo de amor.

Ellos hablan de amor, una sensación de amor y una sensación de expansión. Es decir, que nosotros tenemos una consciencia local que nos delimita mucho, que vemos, tenemos un prisma de visión muy estrecho. Y cuando están dentro de las vivencias, experiencias alrededor de la muerte, su visión es tan amplia que dicen que forman parte de todo el mundo, es decir, que forman parte del todo.

Se sienten que están integrados, que forman un conjunto, es un fractal. Aquí interviene el concepto de fractal de Mandelbrot que introdujo el matemático, es decir, que es un fractal que es una parte, pero de un holograma total y que ellos forman parte. Y esto, como después también comentaremos, condiciona un impacto clarísimo sobre, desde el punto de vista psicológico, qué repercusiones tiene en la vida normal diaria el rol vital de estos enfermos, tanto desde el punto de vista físico como anímico, que es interesantísimo.