Transcription
[Música]
Me alquilo para soñar
Autor: Gabriel García Márquez
A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Hotel Habana Riviera, se desató un oleaje que levantó por los aires carritos de móviles que pasaban por la Avenida del Malecón. Uno quedó incrustada en el flanco del hotel. Numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles. Algunos quedaron heridos.
Al pasar las horas, nadie se preocupaba por el auto incrustado en el muro, hasta que la grúa los sacó y descubrieron el cadáver de una mujer con el cinturón de seguridad. La policía estableció que era la media desde los embajadores de Portugal. Cuando leí la noticia en el periódico, quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. Pues vino a mi mente el recuerdo de una mujer inolvidable que usaba un anillo igual en el índice derecho.
La conocí en Viena, 34 años antes, en una taberna de estudiantes latinos. Esa mujer encantadora había nacido en Colombia, pero había ido a Austria casi niña a estudiar música y canto. Nunca dijo su verdadero nombre, siempre la conocimos como Frau Frida. Apenas me lo habían presentado, para no incurrir en pertinencia, feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de Quindío. Y ella me contestó: "Me alquilo para soñar".
Contó que desde que empezó a hablar, instauró en casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más le gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Fría tenía ya un sistema de vaticinios: "Lo que sueño significa no es que se va a llegar, sino que no debe comer dulces". Pero al primer descuido de la madre, el niño se atragantó con una canica de caramelo que estaba comiendo a escondidas y no fue posible salvarlo.
Frau Fría siempre tuvo la habilidad especial de predecir lo que iba a suceder mediante los sueños. Esta resulta ser su artimaña para vivir. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo. "He venido para decirte que anoche tuve un sueño contigo", me dijo. "Debes irte enseguida y no volver acá en los próximos cinco años". Esa misma noche me embarco en el último Tenga Roma antes del desastre en La Habana.
Tres años después de haberla conocido, la vi en Barcelona. Fue en Carballeiras, estaba acompañado por Pablo Neruda, su esposa Matilde y algunos amigos escritores. A sus espaldas, tres meses más allá. Pero Frida masticaba despacio, con los ojos fijos en el poeta. "Hay alguien que no deja de mirar", me dijo Neruda. Le invitamos a tomar el café en nuestra mesa e inducimos a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Pero él no le hizo caso. "Solo la poesía es clarividente", dijo.
A las 3 nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La isla en nuestra casa había que cerrar unas ventanas y abrir otras para que hubiera el grado de calor exacto y una clase de luz en cierta dirección y silencio absoluto. Después de 10 minutos, Neruda aparecía restaurado y dijo: "Soñé con esa mujer que sueña. Soñé que ella estaba soñando conmigo". Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada y empezó a escribir versos fluidos con tinta verde.
A la primera advertencia, buscamos a Frau Fría, quien también acababa de despertar de la siesta y dijo: "Soñé con el poeta. Soñé que él estaba soñando conmigo". No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos meses después en una recepción diplomática.
El embajador me habló de ella con gran entusiasmo y una enorme admiración. "No se imagina lo extraordinaria que era", me dijo. "Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre dicha". Y prosiguió con el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista que me permitiera una conclusión final. "En concreto, ¿qué hacía?", pregunté. "Nada", me dijo él, con un cierto desencanto. "Soñaba".
[Música]