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✅ El CONFLICTO entre EE.UU. e IRÁN resumido en 15 minutos | ¿Qué está pasando?

Memorias de Pez18:49

Transcription

Estados Unidos ha atacado Irán con una operación que pasará a la historia. El ataque estadounidense ha puesto patas arriba el tablero geopolítico en Oriente Medio y demuestra que el gobierno de Donald Trump está dispuesto a hacer valer los intereses estadounidenses en cualquier parte del mundo utilizando cualquier medio a su alcance.

Así que en el vídeo de hoy vamos a contestar a varias preguntas. ¿Por qué Estados Unidos ha atacado? ¿Qué se sabe del ataque? Y, sobre todo, ¿qué consecuencias tendrá? Vamos al lío.

Todo empezó con un tipo llamado Mohamad Mosadeek. Era el primer ministro de Irán y tenía una idea revolucionaria. ¿Y si el petróleo que sale del suelo iraní fuera para los iraníes? Esto significaba nacionalizar las empresas petroleras que por aquel entonces eran británicas. Al Reino Unido no le hizo mucha gracia que los iraníes se quedaran con su negocio, así que llamaron a su primo mayor, Estados Unidos.

Fue entonces cuando la CIA y el MI6 ejecutaron la operación Ajax, un golpe de estado de manual que quitó a Mosadeek y puso a Mohamad Rezapagllavi, el cual asumió el mando total del país y se proclamó Sha de Persia. Casi nada. Con el Sha al mando, los estadounidenses e incluso los israelíes hacían todo tipo de negocios con Irán. Todos ellos eran aliados, comerciaban, cooperaban militarmente y la concordia reinaba en el Estado Persa.

Sin embargo, estas relaciones comenzaron a resquebrajarse con el tiempo, especialmente a medida que los vientos políticos en Irán empezaron a cambiar. La población iraní, cada vez más descontenta con el autoritarismo del Sha y su proximidad a Occidente, comenzó a gravitar hacia los llamados revolucionarios, liderados por el ayatolá Ruhola Jomeini. Sin embargo, de la noche a la mañana todo cambió.

En 1979, la población iraní, harta del autoritarismo y la corrupción del Sha y su gobierno, estalló y se inició una revolución islámica en la que los ayatolás tomaron el poder proclamando la República Islámica de Irán. ¿Y quiénes eran los ayatolás? Pues clérigos chiitas de alto rango que rechazaban la occidentalización de la sociedad iraní y buscaban la vuelta a las leyes islámicas tradicionales.

Aquí es importante entender que el Sha era aliado de Estados Unidos. ¿Quién os lo iba a decir a día de hoy? Que Irán pudiese ser aliada de Estados Unidos. Eh, pero sí lo era. Y claro, eso es algo que los ayatolás no estaban dispuestos a consentir. Así que lo dicho, los ayatolás, liderados por el famosísimo Jomeini, echaron al Sha, tomaron el poder y cambiaron Irán por completo instaurando una teocracia.

Jomeini adoptó una postura abiertamente hostil hacia Israel, marcando un giro de 180º en la política exterior iraní. Este cambio no fue solo retórico, se tradujo en acciones concretas como el cierre de la embajada israelí en Teherán y la apertura de una embajada palestina. El mensaje era claro: a los judíos, ni agua. Y el propio Jomeini calificó a Israel como un enemigo del islam y un cáncer.

La tensión estalló pocos meses después en un episodio que marcaría la relación entre ambos países durante generaciones. Fue entonces cuando un grupo de estudiantes revolucionarios asaltó la embajada de Estados Unidos en Teherán. Aquello no fue un acto improvisado. Para ellos, la embajada estadounidense era un símbolo del antiguo Shadiran. El resultado fue devastador. Decenas de diplomáticos y trabajadores estadounidenses quedaron retenidos como rehenes durante 44 días.

Desde Washington aquel episodio se vivió como una humillación histórica retransmitida casi en directo. Estados Unidos, la superpotencia, fue incapaz de liberar a su propio personal. Desde Teherán, en cambio, se presentó como un acto de justicia revolucionaria. Una manera de decir: "nunca más". Dos relatos opuestos e incompatibles.

Ese episodio rompió cualquier posibilidad de entendimiento inmediato. Estados Unidos cortó relaciones diplomáticas con Irán, impuso sanciones y convirtió al país persa en un enemigo oficial. Irán, por su parte, construyó buena parte de su identidad política sobre la oposición frontal a Estados Unidos. El conflicto dejó de ser coyuntural y pasó a ser estructural e incluso casi ideológico.

Desde entonces ya no se trató solo de intereses estratégicos o disputas puntuales, se trató de una desconfianza total. Cada gesto reforzó el relato del otro como amenaza y por eso, décadas después, aquella embajada tomada en 1979 siguió proyectando su sombra sobre cada crisis, sobre cada sanción y sobre cada choque entre Teherán y Washington.

En los años 80 ese enfrentamiento se expresó de forma indirecta durante la guerra entre Irán e Irak. Un conflicto devastador que dejó cientos de miles de muertos y un Irán exhausto. Aunque oficialmente Estados Unidos mantuvo una posición ambigua, en la práctica apoyó diplomática, económica y logísticamente al régimen iraquí de Saddam Hussein, al que consideró un mal menor frente a la expansión de la Revolución Islámica Iraní.

Para Teherán, aquel respaldo fue una prueba más de que Washington estaba dispuesto a alinearse con cualquier actor con tal de frenar a Irán, incluso mirando hacia otro lado ante el uso de armas químicas por parte de Irak. Ese episodio dejó una huella profunda en la memoria de los ayatolás. La sensación de aislamiento internacional y de amenaza constante reforzó la idea de que Irán solo podía garantizar su supervivencia confiando en sus propias capacidades y construyendo una red de aliados regionales.

A partir de ahí, Teherán apostó por una estrategia de influencia indirecta, apoyando a milicias y movimientos afines en distintos puntos de Oriente Medio, mientras Estados Unidos respondió consolidando su presencia militar en la región y estrechando alianzas con los rivales de Irán. El resultado de todo esto fue una rivalidad prolongada, sin enfrentamiento directo, pero cargada de desconfianza, de golpes encubiertos y donde reinaba un equilibrio inestable que marcaría las décadas siguientes.

A partir de la década de los 2000, la relación empeoró más debido al programa nuclear iraní. Irán defendió que su objetivo era desarrollar energía nuclear con fines civiles, algo permitido por el derecho internacional. Pero en Estados Unidos y en buena parte de Occidente, la cosa olía mal. Y es que existía la sospecha de que ese programa ocultaba una ambición mucho más peligrosa: un programa nuclear militar.

El temor no se centró solo en la bomba en sí, sino en lo que supondría un Irán nuclearizado para el equilibrio de poder en Oriente Medio. Un país enfrentado abiertamente a Washington y a sus aliados con capacidad y su asoría nuclear habría alterado por completo el tablero regional. A partir de ahí llegaron sanciones cada vez más duras, el aislamiento financiero y una presión constante destinada a forzar a Teherán a sentarse a negociar.

Ese pulso desembocó en 2015 en el llamado Plan de Acción Integral Conjunto, un acuerdo firmado entre Irán y las principales potencias mundiales. El pacto limitó de forma estricta el programa nuclear iraní a cambio de un levantamiento progresivo de las sanciones. Durante un tiempo pareció que la cosa mejoraba, pero todo cambió cuando Donald Trump llegó por primera vez a la Casa Blanca.

En 2018, Estados Unidos se retiró unilateralmente del acuerdo nuclear, argumentando que el pacto era insuficiente y demasiado indulgente con Teherán. La reimposición de sanciones económicas muy severas asfixió de nuevo la economía iraní y reforzó a los sectores más duros del régimen. Para Irán, aquello confirmó una idea que ya estaba profundamente arraigada: Estados Unidos no era un socio fiable, ni siquiera cuando se alcanzaban acuerdos.

En 2019, tras la retirada estadounidense del acuerdo nuclear y el endurecimiento de las sanciones, hubo un aumento de los ataques contra los intereses de Estados Unidos en Irak. Bases militares, convoyes y la propia embajada en Bagdad fueron hostigados por milicias pro-Irán. Y es que Irán siempre ha tenido mucha influencia en los sectores chiitas de Irak.

Fue entonces cuando la administración de Donald Trump decidió cruzar una línea que hasta entonces nadie había cruzado. El 3 de enero de 2020, un dron estadounidense lanzó misiles contra un convoy a la salida del aeropuerto de Bagdad. En el ataque murió el general Qasem Soleimani. Soleimani no era un general cualquiera. Durante años dirigió la Fuerza Quds, una unidad de élite de la Guardia Revolucionaria Iraní encargada de las operaciones exteriores. Además, fue el arquitecto de la estrategia regional de Irán. Coordinaba a las milicias chiitas en Irak. Sostuvo el régimen sirio en plena guerra civil. Fortaleció a Hezbolá y extendió la influencia iraní por todo Oriente Medio. En Irán era visto como un héroe nacional, casi una figura legendaria.

Desde entonces, la relación entre Estados Unidos e Irán ha estado completamente rota. El 8 de enero de 2020, Irán respondió oficialmente a la muerte de Soleimani lanzando misiles balísticos contra dos bases militares en Irak que albergaban tropas de Estados Unidos, entre ellas Ain al-Asad. Fue la primera vez que Irán atacó de forma directa y reconocida objetivos estadounidenses. El mensaje que lanzaba el ataque fue cuidadosamente calculado. Teherán quiso demostrar capacidad militar y voluntad de responder, pero sin causar víctimas mortales que obligaran a Washington a escalar.

El siguiente hecho clave llegó a finales de 2020 y volvió a sacudir los cimientos del conflicto. En noviembre de 2020 fue asesinado Mohsen Fakhrizadeh, el científico más importante del programa nuclear iraní.

Y así es como llegamos al día de hoy en Oriente Medio, al 7 de octubre de 2023, cuando el ataque de Hamás contra Israel desencadenó una guerra en Gaza que tuvo efectos en cadena por toda la región. Aunque Irán no participó de forma directa en la ofensiva, sí fue señalado inmediatamente como el gran patrocinador de Hamás. Durante años, Irán había financiado, armado y entrenado a Hamás, así como a otros grupos de su llamado "eje de resistencia".

Para Estados Unidos, el estallido de la guerra confirmó el temor de que Irán hubiera construido una red capaz de incendiar Oriente Medio sin exponerse frontalmente. Entonces, Washington reforzó su presencia militar en la región y dejó claro que cualquier ataque iraní tendría consecuencias. A partir de ahí, el conflicto se expandió de forma indirecta. Las milicias pro-iraníes atacaron bases estadounidenses en Irak y Siria. Hezbolá intensificó los enfrentamientos en la frontera norte de Israel y los hutíes en Yemen comenzaron a atacar el tráfico marítimo en el Mar Rojo, afectando a las rutas comerciales globales.

Estados Unidos respondió con bombardeos selectivos contra milicias respaldadas por Irán, mientras evitó cuidadosamente golpear territorio iraní. De nuevo, el patrón fue el mismo: escalada sin guerra declarada, golpes medidos, mensajes cruzados y un equilibrio extremadamente frágil. Desde entonces, el conflicto entre Irán y Estados Unidos ya no se jugó solo entre dos capitales, sino a través de múltiples frentes, actores y escenarios, donde cualquier chispa local tuvo potencial para provocar una explosión regional mucho mayor.

El siguiente episodio clave llegó en abril de 2024 y marcó un antes y un después, porque por primera vez Irán atacó de forma directa a Israel desde su propio territorio. El detonante fue el bombardeo israelí contra el consulado iraní en Damasco, en el que murieron altos mandos de la Guardia Revolucionaria, y aquello para Teherán era una línea roja. La respuesta llegó días después. Irán lanzó cientos de drones y misiles contra territorio israelí en una operación sin precedentes.

El ataque, que fue masivo pero anunciado de antemano, también fue cuidadosamente calibrado. La mayoría de los proyectiles fueron interceptados gracias a las defensas israelíes y al apoyo directo de Estados Unidos, Reino Unido y otros aliados regionales. Desde el punto de vista militar, el daño fue muy limitado. Desde el punto de vista político y estratégico, el mensaje fue enorme. Irán demostró que estaba dispuesto a asumir el riesgo de un enfrentamiento directo, pero sin buscar una guerra total.

Ese episodio cambió la naturaleza del conflicto. Durante décadas, Irán, Israel y Estados Unidos se habían enfrentado a través de intermediarios, a través de sabotajes y a través de operaciones encubiertas. Pero en abril de 2024 esa lógica se rompió. El ataque iraní no buscó una victoria militar, sino restaurar la disuasión y dejar claro que ciertos golpes tendrían respuesta directa.

Estados Unidos, por su parte, optó por contener a Israel y evitar una escalada mayor, consciente de que un intercambio directo entre Israel e Irán podría arrastrar a toda la región a una guerra abierta. El equilibrio no se rompió, pero quedó más tenso que nunca, sostenido ya no solo por la ambigüedad, sino por el miedo real a cruzar un punto sin retorno.

A mediados de abril de 2024, Israel respondió al ataque iraní con una acción muy limitada y precisa dentro de Irán, cerca de Isfahán, una zona especialmente sensible, con el objetivo de enviar un mensaje sin provocar una escalada mayor. Fue entonces cuando Irán minimizó el incidente, evitó represalias y rebajó el tono.

Y el siguiente episodio relevante llegó en julio de 2024 y volvió a tensar el conflicto en un flanco especialmente sensible. Ismail Haniyeh, líder de Hamás, fue abatido por un ataque israelí mientras se encontraba en Ramala. Este ataque no es un golpe tan duro a nivel organizativo para Hamás, puesto que su estructura no es muy jerárquica, pero sin duda es un enorme golpe a nivel psicológico. Y ya no solo para Hamás, sino también para Irán, que no ha podido defender a un aliado de tal magnitud en su propio territorio.

Pero todo esto no es nada en comparación con lo que vino después. Y es que Israel definitivamente se puso entre ceja y ceja acabar con Hezbolá. Para comenzar a debilitar a la organización libanesa, Israel ejecutó la explosión de los dispositivos de comunicación de Hezbolá, causando varios muertos, miles de heridos y dejando a la organización muy mal comunicada, en lo que es una de las operaciones de inteligencia más impresionantes de la historia.

El siguiente paso por parte de Israel fue la eliminación de la cúpula de Hezbolá, incluyendo a su histórico líder, Hassan Nasrallah, que llevaba dirigiendo la organización desde los años 80 y que era una persona muy querida por el régimen iraní en general y por el ayatolá Jamenei en particular. A su vez, la aviación israelí llevó a cabo una campaña contra los depósitos de armas y cohetes de Hezbolá, diezmando su capacidad ofensiva.

Hasta el anuncio de la invasión terrestre por parte de Hezbolá, todo el mundo se hacía la misma pregunta: ¿De verdad no va a hacer nada? ¿Va a dejar caer a sus aliados así como así? Pues bien, el 1 de octubre de 2024, Irán realizó su segundo ataque directo a suelo israelí. Esta vez, el ataque, compuesto por al menos 180 misiles balísticos, tenía como objetivo tres instalaciones militares israelíes. A pesar de que Jordania y Estados Unidos colaboraron a la hora de derribar algunos de estos misiles, muchos de ellos impactaron en suelo israelí. Israel respondió con una oleada de bombardeos selectivos limitados y los dos dieron el resultado por bueno.

Así que durante unos meses la cosa se calmó, unos meses en los que Israel reanudó la ofensiva sobre Gaza, en los que los hutíes siguieron haciendo de las suyas y en los que cayó uno de los grandes aliados de Irán, el dictador sirio Bashar al-Ásad. Pero por encima de todo eso, lo más importante es que poco a poco Irán ha seguido enriqueciendo uranio hasta estar muy, muy cerca de conseguir su tan ansiada bomba nuclear. Y eso es algo que Israel no está dispuesto a consentir.

Estados Unidos, con Trump a la cabeza, ha intentado negociar con Irán la firma de un acuerdo nuclear para evitar que el país de los ayatolás se hiciera con armamento de este tipo, pero las negociaciones fracasaron. Así que, de manera preventiva, Israel efectuó un ataque mucho más importante que los anteriores contra Irán. Israel lanzó ataques directos contra objetivos estratégicos en territorio iraní vinculados al aparato militar y al programa nuclear. Irán respondió con oleadas de misiles balísticos y drones contra territorio israelí y, aunque las defensas aéreas interceptaron buena parte de los proyectiles, Irán demostró que vendería cara su piel. Ya no se trataba de disuasión, sino de un castigo directo.

Durante los primeros días del conflicto, Washington intentó mantenerse en un segundo plano, apoyando a Israel en defensa antimisiles, inteligencia y logística, pero evitando un ataque directo que pudiera desatar una guerra regional total. Sin embargo, a medida que los intercambios se intensificaron y algunos ataques iraníes rozaron infraestructuras críticas israelíes, la administración estadounidense concluyó que la disuasión estaba fallando. Así que Estados Unidos llevó a cabo un ataque directo contra objetivos iraníes vinculados a su programa nuclear.

Tras este episodio, Israel, Estados Unidos e Irán llegaron a un acuerdo para acabar con las hostilidades.

Después de la guerra de los 12 días y los ataques directos entre Irán, Israel y Estados Unidos, la República Islámica quedó profundamente debilitada en varios frentes. La economía iraní, ya frágil por años de sanciones, volvió a sufrir un colapso acelerado del real y una inflación muy alta, fruto de la devaluación de la moneda, los costes de los conflictos regionales, el programa nuclear, el programa de misiles balísticos y la falta de inversión extranjera. El impacto más visible fue el incremento brutal de los precios de los alimentos y de los bienes básicos, que empobreció aún más a grandes sectores de la población y redujo drásticamente el poder adquisitivo de los iraníes.

Ese malestar económico que ya había generado movilizaciones sectoriales como la de los panaderos o los campesinos en 2025 se transformó a partir del 28 de diciembre de ese mismo año en una protesta generalizada. Las protestas fueron detonadas por el incremento récord del valor del real y el aumento también de los precios consecuentes, lo que llevó primero a los comerciantes del Gran Bazar y a los agricultores a salir a la calle y luego a los estudiantes y al final ahí acabó saliendo todo el mundo. Lo que comenzó como quejas económicas pronto se volvió una ola de descontento mucho más amplia contra el sistema político en su conjunto.

La represión por parte de las fuerzas de seguridad fue extremadamente dura, con miles de muertos, detenciones masivas y un apagón casi total de internet impuesto por el régimen para intentar frenar la coordinación de las protestas. Fue entonces cuando Donald Trump prometió ayudar a los manifestantes iraníes a liberar su país, aunque realmente los intereses estadounidenses e israelíes han estado más enfocados en acabar con el programa nuclear de Irán.

Y es que en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, los norteamericanos han exigido muchas cosas a Irán, entre ellas acabar con su programa nuclear militar, entregando todo su uranio enriquecido y también permitiendo inspecciones. A su vez, se ha pedido que Irán acabe con su programa de misiles balísticos y que deje de financiar a sus aliados en Oriente Medio. Como era de esperar, estas negociaciones no prosperaron, ya que en la práctica lo que se le está pidiendo a Irán era quedar completamente indefensa a merced de sus enemigos.

Paralelamente a las negociaciones, Estados Unidos ha llevado a cabo un despliegue de medios navales y aéreos espectacular. Hablamos del mayor despliegue estadounidense desde la guerra de Irak de 2003. Casi nada.

Y así es como el 28 de febrero de 2026 las fuerzas de Estados Unidos, junto con Israel, llevaron a cabo ataques aéreos coordinados contra objetivos iraníes en Teherán y otras zonas. Los ataques han estado enfocados en acabar con personas clave del régimen y en suprimir objetivos estratégicos que permitan a Estados Unidos e Israel alcanzar la supremacía aérea. El propio Donald Trump anunció el comienzo de las hostilidades instando a la población iraní a tomar el poder.

Poco después de los ataques, Irán respondió con el lanzamiento de misiles balísticos, dando inicio a una nueva guerra. Los ataques iraníes no se han limitado a golpear Israel, sino también a las monarquías del Golfo Pérsico, donde hay tropas estadounidenses en sus bases militares.

Os seguiremos informando cuando se sepa más de todo esto. Enviaremos material exclusivo sobre esta guerra en la newsletter de Memorias de Pez, a la cual te puedes suscribir gratis. Y recuerda que si te gusta la geopolítica y quieres entender el mundo en el que vivimos, también tienes el curso de La Cumbre que he hecho junto a Enrique Fonseca del canal Solo Fonseca. También te dejo el link en la descripción. Y dicho esto, un saludo y seguiremos informando.