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Como es de hermoso dejarnos sorprender, dejarnos enamorar y, ante todo, creer en las buenas noticias que nos trae Dios. Asistimos a un momento donde las noticias ya no son motivo de atención. En esos días, he escuchado a varias personas que pereza ver noticias. Todo es dramático, triste, oscuro, doloroso, tormentoso. Qué pereza ver noticias. Apaguemos el televisor o pongamos otro canal.
Pues bien, mis amigos, hoy los invito para que usted ni apague su vida, ni corra a buscar otros canales, porque hoy, en esta mañana, el cielo nos está entregando noticias esperanzadoras, noticias que nos motivan, noticias que nos están diciendo que la historia humana, aporreada y lastimada, todavía tiene oportunidad de ver algo nuevo y de sentir que en el corazón es posible reiniciarnos y es posible mirar con ojos de ilusión nuestra propia existencia.
Las dos lecturas que hemos escuchado son lecturas demasiado hermosas, donde se nos ponen en común la realidad de dos familias: Manoj y su esposa, que no sabemos el nombre, no nos interesa, ¿cierto? Después averiguamos. El evangelio nos muestra la realidad de Zacarías y de Isabel, ambos matrimonios viejos y estériles que querían tener un hijo nacido de su propia carne. Y Dios los sorprende. Y Dios les da la buena noticia. Y Dios los atrae para sí y los hace fecundos, los hace fértiles, los hace capaces de ver la dicha de que un hijo nacerá de sus entrañas.
Les voy a proponer dos puntos para nuestra reflexión a la luz de estos textos tan bellos.
El primero. Cuando ya nosotros vemos que nada es posible, cuando ya nosotros hemos llegado al límite, cuando ya nosotros hemos agotado todos los esfuerzos, cuando ya los medios con los que contábamos ya no están, entonces es el tiempo de Dios. Ustedes más que nadie han escuchado al padre Freddy cuando ha dado testimonio de una manera tan linda de tantas personas, parejas que desean tener un hijo de su propia carne y no lo pueden hacer. Ya hay un diagnóstico médico sellado, bloqueado, donde se les dice: ustedes no podrán tener hijos. Por casi 2 años estuve acompañando la Eucaristía del 25 de cada mes en la parroquia de la Purísima Concepción, donde sagradamente, por el 25 de cada mes, en memoria de la encarnación, en memoria del milagro de la vida, se celebra una Eucaristía por todas las parejas que van a pedirle a la Virgen el milagro de ser papás. Y también conocí testimonios grandes de cómo Dios sigue sorprendiendo, de cómo Dios sigue fecundando un vientre, de cómo Dios sigue haciendo capaz a un hombre y a una mujer, por encima del diagnóstico médico, de engendrar vida, de dar vida.
Y entonces, esto nos hace caer en la cuenta de algo muy hermoso. El vientre de la mujer no puede ser un lugar seco, un lugar estéril, y mucho menos la oficina del asesinato donde se crucifican vidas inocentes. Si por un lado, la que se es fecunda, la que es fértil, la que es apta para dar la vida, la mata de una criatura sin nacer, habrá quien en la oración, en la súplica confiada al cielo, se hace capaz de dar a luz a un hijo que nace como motivo de alegría y de gozo, como pasó con Isabel, una anciana estéril, y como pasó con la esposa de Manoj, que se sentían que ya se habían quedado sin un heredero ante los imposibles. Y cuando la última palabra humana la da la ciencia, habla Dios, interviene Dios, obra Dios. Y dichosos y bienaventurados los que en ese camino en Dios hemos esperado y hemos confiado.
Segundo punto de reflexión. De estas dos realidades y de estos dos matrimonios ancianos y estériles nacen dos hombres varones: Sansón y Juan el Bautista. Y en ambos también hay algo en común, también con sus diferencias. ¿Qué es lo que hay en común? Que los dos fueron elegidos por Dios para salvar al pueblo elegido de maneras distintas. Sansón con la fuerza física. Acuérdense en historia sagrada o en historia bíblica, como Sansón es capaz de vencer a Goliat por la fuerza física, un macanc. Yo no sé si en ese tiempo ya habrían abierto el Smartfit y el hombre se entrenó y el hombre fue fuerte. Pero en Juan el Bautista hay otra fuerza, y es la fuerza de la palabra, la palabra profética, la palabra que denunció el mal y la injusticia, la palabra que fue capaz de entregarse con el fuego para denunciar todo lo que era contrario al plan de Dios. Juan el Bautista tuvo un poder que se le admiró siempre, al punto en el que los poderosos de su tiempo, como lo fue Herodes, lo escuchaba con atención y lo admiraba.
Yo me quiero detener un ratico en esta experiencia de fe de Juan el Bautista: el poder de la palabra. Nosotros, en este mundo, tenemos gente muy poderosa. De hecho, nuestro gobierno dice que es poderosísimo, y es tan poderoso que leamos la historia de nuestra Colombia, leámosla. El poder que ha servido de qué. En nuestra historia colombiana hay gente que tiene mucho poder porque tiene dinero. Y dice la sabiduría popular, aunque es una sabiduría equivocada también, que quien tiene el dinero pone las condiciones, aunque las condiciones sean equivocadas y aunque las condiciones no sean sino para hacer y deshacer. Se dice que en nuestra historia y en la realidad de nuestro país y del mundo actual, hay gente que tiene poder porque es cibernauta, porque a través de un teléfono móvil, a través de una pantalla se puede volver un terrorista, y esto lo hace sentir poderoso. Nuestra historia colombiana y en el mundo en el que vivimos, hay gente que tiene mucho poder porque es famoso, porque es reconocido y porque es aplaudido.
¿Por qué no tendríamos que darle un vuelco a esos poderes y que el poder se vuelva servicio, y que el poder se vuelva justicia, y que el poder se vuelva verdad, y que el poder se vuelva la palabra que edifica, que defiende, que cuida, la palabra que es justa ante los ojos de Dios y ante los ojos del mundo?
Preguntémonos nosotros, en la cotidianidad, ¿quién manda en la casa? ¿El que más grita, el que más habla, el más arrogante, el más estudiadito, el de mejores oportunidades? O en la casa tiene el poder aquel que sirve, aquel que perdona, aquel que invita al diálogo y a la reconciliación, aquel que es capaz de sentar al arrogante con el sumiso. Aquel que es capaz de poner a dialogar al envenenado con el que no tiene sino dulzura y bondad en su corazón. ¿Cuál es el poder con el cual nosotros ejercemos hoy nuestra tarea, nuestra misión y nuestro compromiso dentro de la familia, dentro de la sociedad, dentro de la iglesia? ¿Qué decir en la realidad de nuestras pastorales parroquiales? ¿Quién manda? ¿Cuál coordinador orienta de la mejor manera? ¿Cuál líder está llevando a que los demás integrantes tengan un encuentro personal con mi Dios? ¿El que más apatea, el que más manipula, el que más disocia, el que más cree que está por encima de los demás porque tiene cierta capacidad? O se tiene poder solo y exclusivamente cuando nos volvemos instrumentos, cuando nos volvemos facilitadores, cuando creemos que el poder de este mundo es un poder temporal y pasajero. Como bien lo decía en algún momento un dirigente político: el poder es demasiado corto. El servicio durará por siempre.
Dispongámonos en la fe y pidámosle al Señor que en este tiempo del Adviento tengamos la capacidad de dejarnos sorprender por las noticias que Dios nos trae. Dios todavía habla. Dios todavía está ocasionando motivos para que la vida no se sienta golpeada por los siniestros que hay en lo que vivimos diariamente. Dios todavía es capaz de comunicarnos noticias muy bellas. Pero ante esa buena noticia que el Señor nos trae, que nosotros ejerzamos un poder, y es el poder de entender que Dios nos llama y nos envía para que no seamos quienes dañamos, sino que seamos aquellos mensajeros de paz, de alegría, de verdad y de servicio, que estamos disponibles para el resto de los hermanos. Así sea.