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El misterio de la Eucaristía es tan profundo, tan insondable, que la propia liturgia ha querido que haya dos días a lo largo del año que tengan en su centro el misterio del Señor en la Eucaristía, que es el de Jueves Santo y el del Corpus Christi. Todo lo que digamos de la misericordia de Dios, que ha tenido para quedarse con nosotros en este Sacramento, se quedará corto. Nos quedaremos cortos para entender el gran Don que Jesús nos otorga y que en este altar, que está ante nosotros, va a acontecer.
Digo, va a acontecer en breves momentos. Me quiero servir para aproximarme un poco más, para dar un pasito más en ese intento que tenemos de entender qué es la Eucaristía. Me quiero servir de una metáfora, de un ejemplo. El Señor, con frecuencia, como sabéis, utilizaba metáforas como una forma de aproximación, de intentar explicar el misterio del Reino de Dios a sus discípulos, y también lo quiero yo hacer así. Y la metáfora es la siguiente. No, la metáfora es la de la de una gestación, la de una gestación, la de un embarazo.
Nuestra vida de fe, nuestra vida de gracia, es semejante a una gestación. Cada uno de nosotros estamos siendo gestados en el seno de una madre. Y esa madre, ¿qué madre es? Es la Madre Iglesia. La Madre Iglesia, que gesta a sus hijos para la vida eterna. Todos sabemos cuál es el proceso de una gestación. La gestación comienza por una concepción, la concepción en la cual hay un auténtico milagro, que es el inicio de la vida humana. Ese milagro del inicio de la vida, pues nosotros, el milagro del Don del Bautismo, en el que somos constituidos en hijos. El Bautismo nos introduce en la intimidad con Dios y nos hace hijos. Y ahí comienza, en ese embrión, en esa semilla que recibimos cuando ni éramos conscientes de ello, de lo que estábamos recibiendo, la vida divina estaba anidando en ese momento. Igual que la vida humana anida plenamente en un embrión, aunque en ese momento sea una sola célula, pero allí anida y se va desarrollando. Y es un continuo desarrollo en el que esa vida humana cada vez va desplegando todas las potencialidades que Dios le ha dado. Eso sí, no porque salga de sí mismo, porque es que está unido con un cordón umbilical. Un cordón umbilical del cual va recibiendo la vida, del cual va recibiendo el alimento.
¿Qué es ese cordón umbilical? ¿Con qué lo compararemos en esta metáfora, en esta parábola? Es fácil incluirlo en el día de hoy. Ese cordón umbilical son los sacramentos. Es especialmente la Eucaristía. Es el conducto, es el medio por el que Dios nos alimenta, por el que Dios nos va dando su vida, la vida de gracia. Cada vez que recibimos los sacramentos, cada vez que comulgamos, cada vez que recibimos el Sacramento del perdón de los pecados, etcétera, vamos recibiendo la vida de Dios para ir creciendo, para crecer. Y así, como nos admiramos, como ocurre, ¿no? Y cómo ocurre, qué milagro es ese de cómo se van formando en esa vida humana concebida, cómo se va desarrollando los dedos. Y nos admiramos. Fíjate cómo tiene los dedos, fíjate cómo ha ido desarrollando los órganos, cómo su corazón late, cómo comienza a desarrollar el resto de los órganos. Así también nosotros, en nuestra vida cristiana, nos vamos asemejando a Cristo. Una vida cristiana que se va desarrollando es una progresiva cristificación. Cada vez que comulgamos, cada vez que recibimos la vida de Cristo, nos vamos cristificando, pareciéndonos más a Jesús en nuestras actitudes, en nuestros sentimientos, teniendo un corazón semejante al corazón de Cristo. Es lo lógico, es lo propio de de una gestación que se va desarrollando. Somos cristianos.
Esa gestación tiene lugar en un contexto en el que estamos rodeados de, se dice, ¿no?, el líquido amniótico, ¿no? Y ese, y ese espacio en el que en el que nadamos, en el que vivimos, pues no es otro que el don del Espíritu, del Espíritu de Dios, en el cual vivimos, nos movemos y existimos. Nuestra vida, nuestra vida de fe es una vida asistida continuamente por la gracia, y vamos creciendo y nos vamos desarrollando.
Y todo embarazo, toda gestación, tiene un término. Claro que tiene un término. Uno ha nacido para estar siempre en el seno de su madre. Tú verás, eh, la madre diría: "Menos mal, porque toda la vida dentro". La madre quiere dar a luz. ¿Y qué es ese dar a luz? Pues ese dar a luz, en esta metáfora, obviamente, es la vida eterna. Estamos siendo gestados para la vida eterna. Entonces, ya no necesitaremos de cordón umbilical para alimentarnos. Entonces veremos a Dios tal cual es. Nuestros ojos se abrirán, viviremos en su presencia, gozaremos en su presencia. Bien es cierto que el parto es doloroso. El parto es doloroso. Que se lo digan a las madres. Pero viene también, ellas pueden dar testimonio de que, en cuanto que ven el fruto de la vida, el milagro de la vida, se olvidan muy pronto, se olvidan muy pronto de ese parto doloroso, ante la alegría de la vida que ha nacido. Así nosotros, la muerte es dolorosa. La muerte es dramática. Claro que la muerte es dramática. Pero ese drama, ese sufrimiento, pronto entendemos que no es sino la puerta, es el, el parto, el parto para la vida eterna. La vida de gracia que vivimos en el seno de la Iglesia, creciendo continuamente a través de los sacramentos, concluye en la intimidad con Dios en el cielo. Cada vez que comulgamos, nos preparamos para el cielo. La comunión es el viático, es el, es el alimento para el camino. Cada vez que comulgamos, podemos decir: "Señor, hoy contigo aquí en la Eucaristía, mañana cara a cara contigo en el cielo". Lo podemos decir así. Hoy contigo en la Eucaristía, mañana contigo en el cielo. Y así nos preparamos y vamos creciendo una amistad. Y esta es nuestra vida de fe, queridos hermanos.
Qué importante es que jamás permitamos que se rompa ese cordón umbilical. Que no lo permitamos jamás. Es el cordón umbilical por el que nos alimentamos, o que se quede ahí más doblado, es tragado, que no nos pase el alimento. Bendita Eucaristía, que nos alimenta dominicalmente, incluso diariamente. Bendito Sacramento de la Confesión, que nos prepara y dispone para recibir bien la Eucaristía. Hoy es un buen día para decirle: "Señor, que no me aparte nunca de este don de gracia, que crezca, que crezca y que me vaya asemejando a ti, y que me prepare para ese, ese parto, para ese, esa fin, esa meta para la que estoy siendo gestado".
Hay un detalle más que en esta metáfora es importante que entendamos: que yo no soy un hijo único. No, hijo único no. Somos en esta madre. En su seno caben muchos hijos. Que sean gemelos o trillizos o cuatrillizos o quintillizos. No, no es un embarazo en el que cabemos todos. Y todos estamos siendo gestados. Luego, forma parte también de este designio, forma parte el que tengamos esta corresponsabilidad de la vida de los demás. Y allí donde hay un hermano más débil, por circunstancias distintas, porque también en los embarazos uno nace con más peso, otro con menos peso, porque también suele ser así, allí donde haya un hermano más débil, nos volcamos en él todos. Nos acordamos, ¿no? Que en nuestra infancia hemos escuchado de nuestros padres frases como: "Cuida de tu hermano pequeño". O si hemos tenido un hermano enfermo o débil: "Cuida de tu hermano". Como una encomienda, una encomienda que se nos ha hecho de los hermanos más débiles o más pequeños. Y así también la Madre Iglesia nos lo dice: "Cuida de tus hermanos pequeños, de los más pobres, de los más débiles". Por eso este día del Corpus es también el día de Cáritas, porque entendemos que el Señor quiere que nuestro, que nuestra, nuestro proceso, nuestro camino, nuestro desarrollo hacia la plenitud, cuente, cuente también con llevar junto a nosotros a nuestros hermanos, especialmente a los más débiles y a los que están en más situación de postración.
Vivamos la vida de Cristo en la Eucaristía. Que nuestra vida eucarística hoy se consolide. Que nos enamoremos más de la Eucaristía. Que no nos acostumbremos nunca a que Jesús esté junto a nosotros y sea una rutina. Como va a ser una rutina que Jesús vaya a hacerse presente en este altar dentro de unos instantes, por obra del Espíritu Santo, como también por obra del Espíritu se encarnó en el seno de María. Y que por obra del Espíritu Santo en nosotros vaya forjando la semejanza con Cristo, nuestra cristificación, por obra del Espíritu Santo. No nos acostumbramos nunca a ello. Y a María, nuestra Madre, le pedimos que nos ayude a fijar nuestros ojos en Jesús. Y que, fijando los ojos en Jesús, en la adoración eucarística, que Dios nos oiga. Aprovecho para animaros a participar en la adoración eucarística, en la adoración perpetua, en adoración nocturna, en vuestra adoración parroquial. Qué importante es que recuperemos, ¿no?, la adoración eucarística, porque fijando los ojos en Jesús, dejándonos también mirar por Él, seremos transformados. Que la Virgen, nuestra Madre, nos permita vivir con intensidad esta Eucaristía y esta procesión del Corpus Christi en este año 2023.