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En este vídeo se va a centrar específicamente sobre el conocimiento social y cómo el conocimiento social también forma parte de la clase de matemática.
El conocimiento social, como ya se ha dicho, es un conocimiento que surge al interior de un grupo humano y es un conocimiento que es válido dentro de ese grupo, pero que no es válido dentro de un grupo diferente. Un ejemplo clásico es el idioma. Nosotros creamos colectivamente un idioma como comunidad y lo que hacemos es inventar un conjunto de palabras para denotar objetos, ideas, conceptos, etcétera, etcétera. Pero esas palabras que nosotros inventamos no necesariamente, y en general no es así, son iguales a las de otro grupo humano. Y cuando nosotros enfrentamos los idiomas, no tiene sentido, por ejemplo, ponerse a discutir acerca de si este objeto se debe denominar "book" o si se debe denominar "libro". Esa dicotomía, esa oposición, no tiene ningún sentido. Simplemente, para un grupo humano tiene sentido denominarlo de un modo y para otro grupo tiene sentido denominarlo de otro modo o de un modo distinto.
La cuestión entonces es que el conocimiento social es un conocimiento esencialmente arbitrario. ¿Qué significa que sea arbitrario? Que puede ser de un modo, que puede ser de otro. Y en cierto modo, esto del idioma también entraña otra característica importante del conocimiento social, que es su convencionalismo. Es decir, las cosas surgen en este grupo humano y se crean palabras, pero no hay una razón necesaria detrás de por qué se utilicen esas palabras. Si me pregunta y por qué a este objeto se le llama "libro", muy difícilmente yo voy a poder responder eso. Simplemente es así como las cosas se dieron.
¿Cómo el conocimiento social impacta, tiene lugar en la clase de matemática? Por ejemplo, si un niño comienza a contar "uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, diez y uno, diez y dos", y eso arranca carcajadas, es porque no estamos entendiendo muy bien este aspecto del conocimiento social. Si nosotros nos reímos cuando un niño dice "diez y uno" y le decimos "no se dice diez y uno, se dice once", es que estamos suponiendo de que hay un valor y una denominación correcta para eso. Y es tanto más grave, porque si un niño dice "diez y uno", ese niño está entendiendo de mejor forma cómo se construyen los números. Si 10 más 7 es 17, y 20 más 36 es 56, entonces 10 más uno debería llamarse 10 y uno. Más bien, el docente que interviene de ese modo tiene que cuestionar un poco su intervención. Podría decir: "No sé si es muy bien, es diez y uno, porque efectivamente está formado por un diez y un uno, pero los seres humanos, la comunidad de las personas, usualmente a ese número lo conocen de otra forma, a ese número lo llaman once". No está deslegitimando el diez y uno, está simplemente diciendo que hay un acuerdo entre las personas de denominar ese número once.
Y hay que tener mucho cuidado con esto de las denominaciones, porque si un niño pregunta inocentemente, ilegítimamente, por qué se llama once, seguramente nos vamos a quedar sin respuesta, porque no tenemos idea de por qué se llama once o por qué se llama doce. Desde luego, hay algunas denominaciones, algunas terminologías, que sí nos dan un poco de pistas de por qué son de ese modo. Por ejemplo, cuando uno analiza la etimología de la palabra, si un niño pregunta por qué este objeto o esta figura se le llama triángulo, es mucho más fácil salir airoso diciendo "tri" viene de tres y "ángulos" significa tres ángulos, etcétera, etcétera. Pero en muchas ocasiones nos vamos a quedar simplemente desarmados, porque el conocimiento social es netamente arbitrario.
Entonces, hay que tener mucho cuidado con estas creencias que están muy fuertemente arraigadas en los docentes, muy bien intencionadas, pero que no son correctas. Que esta idea de "mis chicos tienen que aprender desde el inicio a expresarse correctamente". Hay una fuerza en la palabra "correcto", en el uso de la palabra "correctamente", que es necesaria en un proceso de construcción. Los chicos deberían ser capaces de poder expresarse en un lenguaje que no necesariamente es formal, en un lenguaje coloquial, y deberíamos permitirlo hasta que nosotros, mejor hecho, hasta que ellos se den cuenta de que para comunicar esas ideas, esas palabras están siendo confusas o no están siendo suficientemente precisas.
Entonces, si un niño pequeño, en lugar de decir "vértices", dice "puntas" o "esquinas", en un primer momento habría que tolerarlo sin ningún problema. No significa eso que no vamos a ir nutriendo su vocabulario diciendo: "a esto también se le llama vértice, esto también se le llama así, a esto se le llama arista". Pero hay que tener mucho cuidado de no deslegitimar las expresiones de los niños, porque a veces, como hemos visto en el ejemplo, encierran mucho de lógica.