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Stanislav PETROV😇 El hombre que SI 😇SALVO al MUNDO💣

Crónicas de la Historia21:12

Transcription

La madrugada del 26 de septiembre de 1983, el mundo, tal y como lo conocemos hoy, tenía marcada la fecha de caducidad. En medio de un contexto geopolítico internacional tremendamente complicado, un militar de uno no menos complejo ejército soviético, desterrado a día de hoy al cajón del olvido de la mayoría, tuvo en sus manos el destino de la humanidad. Su sangre fría, osadía y determinación salvaron millones de vidas.

Esta es la crónica de esos momentos que vivió en primera persona el teniente coronel Stanislav Petrov, el hombre que arruinó su vida para salvar la de los demás.

Una de las muchas consecuencias que tuvo el final de la II Guerra Mundial fue el nacimiento de dos bloques opuestos entre los aliados vencedores. En un principio distantes y desconfiados, para que al poco tiempo pasaran a convertirse en acérrimos rivales. Acababa de nacer la llamada “Guerra Fría”, que dividió al mundo durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX.

En el bloque capitalista, liderado por Estados Unidos, y el comunista, encabezado por la Unión Soviética. Muy pocos fueron los países que realmente pudieron mantenerse independientes de estos dos antagónicos bloques. Estos representaban dos formas de ver y entender el mundo, muy diferentes, tanto en lo social, político y económico. En definitiva, eran incompatibles entre sí, como lo son el agua y el aceite. La conciliación era impensable.

Pero todos eran sabedores de que, si la estructura seguía igual, solo podría sobrevivir uno de ellos. Al mismo tiempo, unos y otros eran conscientes de que, con el desarrollo por parte de cada uno de ellos de su arsenal nuclear, en una hipotética tercera guerra mundial, fácilmente esta comenzaría con tanques y aviones. Pero el vencedor, si lo hubiera, saldría con arcos y flechas como armamento más avanzado. Era la hipótesis de la destrucción masiva.

La beligerancia entre los dos bloques, con el tiempo, se hizo más manifiesta. Pero de entre todos los episodios duros y difíciles, seguramente los ocasionados en el periodo comprendido entre finales de los 70 y mediados de los 80, fue con diferencia la época más espinosa.

En 1977, la Unión Soviética decidió impulsar un nuevo tipo de misiles con cabeza nuclear, los SS-20, e instalarlos no solo en suelo soviético, sino también en la RDA y Checoslovaquia. Con ello, el Pacto de Varsovia tendría al alcance de sus misiles cualquier rincón de Europa Occidental, más fácil y rápidamente. Había nacido la llamada: “Crisis de los Euromisiles”.

La OTAN, que lideraba militarmente al bloque occidental, en 1979, instaló misiles nucleares de medio y largo alcance en RFA, Reino Unido, Italia, Bélgica y Holanda. Ahora, también ellos tenían a pocos minutos a la capital moscovita de sus armas nucleares. El aumento de la tensión y desconfianza, ya de por sí hacía tiempo agrietada, ahora estaba en máximos.

En lo político, la cosa no iba mucho mejor. Claramente los nuevos dirigentes de los dos bloques eran más incompatibles que nunca. En 1981, había sido elegido como presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan, un ferviente anticomunista y defensor de la política de no hacer concesión alguna al Kremlin. En el bloque comunista, el viejo Leonid Brézhnev, el hombre que había liderado el destino de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas desde 1977, había fallecido en 1982, siendo sustituido por el antiguo jefe del KGB, Yuri Andrópov, uno de los hombres más duros del régimen comunista y vehemente antiestadounidense.

En estas circunstancias, cualquier mínimo incidente, por pequeño que fuera, podría desatar un conflicto de proporciones desconocidas hasta entonces.

El día 1 de septiembre de 1983, un Boeing 747-200 de la aerolínea surcoreana Korean Air, concretamente el vuelo KAL-007, cubría la ruta Nueva York a Seúl. A bordo viajaban 269 personas, entre tripulación y pasajeros. Entre estos últimos, estaba el congresista estadounidense por Georgia, Larry McDonald. El piloto, después de una escala en Alaska, cometió el error de configurar el piloto automático con unas coordenadas erróneas, lo que provocó que el aparato se desviara unos 550 km al norte sobre su ruta asignada al sobrevolar territorio soviético.

La mala suerte hizo que el día anterior un avión espía norteamericano fuera detectado sobrevolando el mismo rumbo que ahora llevaba la aeronave surcoreana, precisamente cercana a la base de submarinos de Petropávlovsk-Kamchatski. Dos cazas Sujoi SU-15 partieron. Estos, después de vigilar a distancia los movimientos del avión, recibieron la orden de derribarlo. El 747 se estrelló en el mar de Japón, aproximadamente a 55 kilómetros de la isla soviética de Moneron. El repudio internacional fue masivo, lo que hizo elevar aún más la tensión entre los bloques.

En estos momentos, cualquier mínima eventualidad podría causar un desastre para toda la humanidad. En este contexto tan poco favorable, la noche del 25 al 26 de ese mismo mes de septiembre de 1983, todo hacía pensar que sería otra de las tantas rutinarias y aburridas vigilancias en el Centro de Mando del Sistema de Alerta Temprana Antimisiles soviético, ubicado en el búnker Serpukhov-15, a unos 100 km al sur de Moscú.

Esa noche, el responsable del centro y oficial de guardia era el teniente coronel de aviación Stanislav Petrov, un militar de 44 años, originario de Vladivostok y especializado en ingeniería informática. La noche transcurría en calma, lo que permitió a Petrov charlar amenamente con un colega de trabajo alrededor de unas tazas de té en su propio despacho.

Pasados escasamente 14 minutos de media noche, ya entrado el día 26, la aparente tranquilidad quedó interrumpida de forma abrupta. Una estruendosa alarma y el tintineo de unas molestas luces rojas hacían prever que nada bueno sucedía. Esta escenificación solo se podía producir debido a una “Alerta Máxima”.

El búnker Serpukhov-15 era el centro donde se recibía toda la información del conjunto de satélites militares soviéticos, llamado coloquialmente OKO (ojo en ruso) o Kosmos-1382 en jerga oficial. Estaba diseñado para vigilar de forma continua los silos de misiles nucleares estadounidenses. El mando militar soviético confiaba plenamente en esta tecnología para detectar cualquier posible ataque del bloque capitalista a su territorio y con ello poder contracarrar.

El teniente coronel Petrov, como máximo responsable esa noche del centro, debía analizar la información que las computadoras estaban procesando y, en función del protocolo establecido al respecto, actuar. Petrov poco tenía que analizar. Tanto en el tablero general como en la pantalla de su computadora aparecía en rojo las palabras “Alerta” e “Impacto inminente”. Los datos eran irrefutables. El sistema OKO indicaba que los norteamericanos habían lanzado desde una de sus bases en Estados Unidos, en dirección a la Unión Soviética, un misil intercontinental “Minuteman”.

Un militar soviético al mando del centro, educado estrictamente para acatar y dar órdenes ante una contingencia de estas características, debía seguir escrupulosamente lo establecido en los protocolos. Debía descolgar el teléfono e informar al Secretario General del Partido Comunista, en aquellos momentos Yuri Andropov. Seguidamente, debía hacer lo mismo con el ministro de Defensa y con el jefe del Estado Mayor. Después de todo esto, debía iniciar el mecanismo de respuesta inmediata y esperar órdenes, las cuales, todos suponemos cuáles hubieran sido: un contraataque soviético que acabaría con todo lo conocido hasta entonces en la Tierra.

La tensión en la sala aumentó sustancialmente cuando el sistema advirtió de un segundo lanzamiento, más tarde eran tres, después cuatro y hasta cinco misiles se dirigían, según OKO, a la Unión Soviética. Esto era un ataque nuclear en toda regla.

Para bien de la humanidad, esa noche al mando del Centro de Mando del Sistema de Alerta Temprana Antimisiles no había un militar soviético tradicional. Stanislav Petrov era militar, pero con una amplia formación civil en ingeniería informática. El militar se quedó por unos segundos mirando fijamente el monitor de su despacho. Necesitaba tiempo para poder procesar toda la información recibida y reflexionar al respecto. No podía permitirse el lujo de tomar una decisión apurada y ser el causante de un desastre global.

Pasados esos eternos segundos, salió de su despacho. Todos sus subordinados esperaban sus órdenes. Stanislav Petrov les indicó que volviesen a sus pantallas de control. Descolgó el teléfono y llamó a las bases auxiliares de defensa del sistema OKO con el fin de que le confirmaran si en sus radares se habían detectado señales de algún lanzamiento norteamericano de misiles. La respuesta fue unánime: ninguna de estas bases había detectado señal alguna.

No obstante, eso le servía a Petrov como información, pero el protocolo era estricto. Las decisiones debían de ser tomadas según las lecturas procesadas por las computadoras de OKO en el Centro de Mando. Por lo tanto, el teniente coronel estaba obligado a activar el protocolo de respuesta inmediata. Pero Stanislav se negaba a precipitarse, ya que era conocedor de que eso sería el holocausto para la humanidad. Tenía que ganar tiempo como fuera para poder reflexionar fríamente.

En esos momentos de desenfrenado estrés, Stanislav encontró un momento para aplicar su lógica. Su instinto le decía que era una falsa alarma. Era imposible que los estadounidenses tuvieran preparado ya el sistema defensivo antinuclear (SDI, por sus siglas en inglés) que Reagan había anunciado poner en marcha públicamente por primera vez el 23 de marzo de ese mismo año 1983. Por tanto, nadie con un mínimo sentido de lógica comenzaría una guerra nuclear sabiendo que van a destruir también a su país. Además, ¿qué sentido tiene comenzar una guerra lanzando solamente 5 misiles? De hacerlo, tendría que ser con cientos o miles para infligir el máximo daño al enemigo en el primer ataque y con ello asegurar una respuesta menos contundente.

El teniente coronel decidió hacer la apuesta más arriesgada de su vida. Comunicó a sus superiores, sin ninguna base, que el sistema estaba fallando. El militar cruzó los dedos. Seguramente durante unos minutos fue el hombre más angustiado del planeta. Su lógica e intuición le decían una cosa, pero cabía la posibilidad de que los norteamericanos hubieran tenido un error en sus sistemas y accidentalmente hubieran lanzado los misiles, o que un loco ultranacionalista militar hubiera hecho una locura. Las dudas y la incertidumbre seguro que atenazaron al militar.

Las alarmas habían cesado hacía tiempo y habían pasado largamente la veintena de minutos desde el comienzo de la alarma sin que se hubiera producido ninguna explosión. Petrov ordenó que se restableciera la normalidad en el centro. Seguro que para el teniente coronel fueron los minutos más dulces de su vida. Gracias a su sangre fría e intuición evitó que se desencadenara el temido holocausto nuclear.

Sus superiores llegaron de inmediato y los minutos de felicidad se acabaron rápidamente. Ahora la etapa de las preguntas y de las explicaciones. El incidente, al cual bautizaron con el nombre de: “Incidente del Equinoccio de Otoño”, le ocasionó al teniente coronel tres días de un intenso interrogatorio, en donde incluso algunos superiores llegaron a elogiar su decisión. Otros, por el contrario, comenzaron a hacer preguntas inquisitoriales.

Al cuarto día desde la partida de su domicilio para realizar una noche de trabajo, llegaba Stanislav Petrov a su domicilio completamente agotado. No comentó nada de lo sucedido a su familia, se fue a descansar directamente. Nunca recibió condecoración alguna por su actuación en el “Incidente del Equinoccio de Otoño”, pese a lo que algunos medios de comunicación han afirmado.

Como es habitual, se nombró una comisión para investigar a fondo el suceso. Sin embargo, las personas que la componían eran los mismos que habían diseñado el sistema. Entre ellos el general Yuri Votintsev, comandante supremo de las Fuerzas de Defensa Espacial, y el constructor general del Instituto Central de Investigación Científica «Kometa», Igor Savin, creador del sistema de alerta contra misiles. El informe final fue demoledor para el teniente coronel. Petrov cargó con toda la culpa. Lo relegaron a un puesto inferior y al año fue obligado a abandonar el ejército.

Una investigación posterior realizada por personal independiente reveló que las falsas alarmas se debieron a que los satélites estaban colocados en unas órbitas elípticas muy altas, con lo que estos recibían fuertes cantidades de radiación y carga eléctrica para las que no contaban con mecanismos suficientes de defensa. Más concretamente, el día del suceso, una extraña alineación del sol sobre las nubes de gran altitud confundió a las obsoletas y de escasa fiabilidad computadoras encargadas de procesar los datos. El sistema interpretó erróneamente esta energía con la de unos misiles norteamericanos al despegar.

Stanislav Petrov no solo perdió el empleo, también la salud. Su esposa falleció y entró en una dura crisis nerviosa junto con una fuerte adicción al alcohol. Le obligaron a recibir ayuda psiquiátrica. El militar, que había perdido todo en su vida por evitar el holocausto militar, tuvo que vivir más que modestamente su jubilación en su pequeño y destartalado apartamento en la localidad de Friazino, a 40 kilómetros de Moscú, en el máximo de los anonimatos, disfrutando de una exigua pensión.

Estos acontecimientos salieron a la luz pública en 1991, cuando el semanario Sovershenno Sekretno ("alto secreto, en nuestro idioma") publicó las memorias del general Yury Votintsev, entonces comandante de las fuerzas de defensa de misiles. Pero no fue hasta 1998 cuando tomó relieve, tanto en Rusia como en Occidente. El semanario ruso Kommersant Vlast volvió a hablar de esta historia. El periodista Safronov había escuchado esta historia de los labios de un colaborador del ex teniente coronel y que había vivido en primera persona este suceso. El periodista realizó una serie de pesquisas que le condujeron a dar con el paradero de Stanislav Petrov.

Douglas Mattern, presidente de la Organización Mundial de la Paz, quien fue a visitarle en 1998, declaró: “En un mundo tan lleno de vanidosos que ‘pretenden' salvar algo cuando en realidad lo único que hacen es daño a los demás y al planeta. En un mundo tan lleno de miserias, mezquindades, egos, avaricia y ambiciones, la humildad de este hombre y su indiferencia por la fama y la importancia estremecen profundamente”.

El reconocimiento internacional a Petrov no llegó hasta 2004, cuando la Asociación de Ciudadanos del Mundo le concedió el World Citizen Award. En junio de ese mismo año, el Senado australiano le reconoció su mérito y lo premió por ello. En 2006, fue homenajeado por las Naciones Unidas y recibió un segundo premio de la Asociación de Ciudadanos del Mundo. En los años posteriores se sucedieron otros reconocimientos en Alemania y Francia.

Casi todo el dinero de los premios recibidos los repartió entre sus familiares. Continuó viviendo en el pequeño apartamento de Friazino, con una pensión de poco más de 200 dólares, en relativo anonimato.

A los 77 años de edad, falleció Stanislav Petrov en el mayor de los anonimatos, concretamente el 19 de mayo de 2017. Su muerte se conoció públicamente cuando el director de cine alemán Karl Schumacher, quien llevó la historia del oficial soviético a la audiencia internacional, lo llamó para desearle un feliz cumpleaños el 7 de septiembre. Entonces fue informado por su hijo, Dmitry Petrov, de que había fallecido.

El error que produjo el “Incidente del Equinoccio de Otoño” hoy está corregido en los sistemas de seguridad modernos. Pero Petrov, entonces, intuyó que la tecnología podía fallar y decidió guiarse por su instinto y lógica. Sin duda, en este acontecimiento estaba la persona correcta en el lugar y en el momento adecuado. Quizás por este motivo podemos contar hoy esta historia, todo ello gracias a Stanislav Yevgráfovich Petrov.