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Homilía Domingo 1 de Marzo 2026 - Parroquia Santa María de los Ángeles

Parroquia Santa María De Los Ángeles Medellín19:03

Transcription

Vamos avanzando, queridos amigos, en este tiempo maravilloso de la cuaresma. Y alguna persona me podría decir, "Padre, ¿por qué es tan valioso el tiempo de la cuaresma?"

Porque así como cuando los trabajadores cogen la arena, la gravilla gruesa y la pasan por una zaranda para purificarla, así mismo nosotros somos pasados por la zaranda de la vida y a veces la vida nos sacude y a veces la vida nos mueve el piso y llegan situaciones que nos confrontan. Y lo mejor siempre de todo eso es que detrás de una sacudida, lo que está descuadrado, Dios lo termina cuadrando. Por eso, queridos amigos, no todo lo que a uno le está pasando, que aparentemente es malo, es malo. Y por eso la Sagrada Escritura siempre nos va a decir que Dios de las cosas aparentemente malas, Dios saca cosas buenas. Cuando llegue a su vida la prueba, cuando llegue la tentación, cuando llegue el momento de ser pasado por la zaranda, cuando sea zarandeado, piense, Dios, ¿qué estará haciendo en mí, en mi vida y en mi familia?

Vamos entonces, queridos amigos, a meternos un poquitico en la palabra hoy en esta propuesta de la transfiguración. Vamos a tomar la primera idea de la primera lectura, la segunda idea de la segunda lectura y la tercera idea la vamos a tomar del evangelio.

Primera idea. Y a usted nunca se le va a olvidar esto. Todo sacrificio, todo sacrificio termina con una recompensa. Esos sacrificios que usted ha tenido, esos esfuerzos que usted ha impulsado, esas situaciones difíciles y adversas que le ha tocado afrontar, nada de eso se quedará sin recompensa. Por eso alguna persona podría decir, "Padre, ¿qué relación existe entre esa primera lectura y el evangelio de hoy? ¿Qué relación existe entre Abraham, que sale de su tierra y el Señor que está en esa montaña con los discípulos?" Y la relación es esta. El Señor llama a Abraham y le va a pedir un sacrificio. Le va a decir que lo deje todo. Pónganse ustedes a pensar, queridos amigos. Un hombre que estaba tranquilo en su tierra, estaba ya en su finca bonita, llena de animales, llena de frutos. Era un paraíso. Estaba sentado en su silla mecedora divisando el atardecer. Y el Señor un día le dice, "Te vas a ir de ahí. ¿Para dónde? No pregunte tanto y odezca." Y el Señor lo saca de su tierra, le pide que deje todo y que se vaya a un lugar que él todavía no tiene por qué saber, pero que en el camino se lo va a ir mostrando. Sacrificio tan grande, esa sacudida de las seguridades y esa renuncia incluso al confort y a la comodidad.

En el evangelio, Jesús acaba de subir a la montaña con los discípulos y le acaba de decir a los discípulos que a él lo van a matar. El hijo del hombre tiene que morir. Entonces, en la primera lectura, el sacrificio de un hombre que deja su tierra. En el evangelio, el sacrificio de una vida entregada. Jesús tiene que entregar su vida. Pero miren qué cosa tan bella, mis queridos amigos. Al que sale de su tierra, al que lo abandona todo, el Señor se lo entrega todo. Porque todo sacrificio viene siempre acompañado de una recompensa. Sale de su casa dejándolo todo, pero él recibe la promesa del Señor. Vas a tener un hijo en tu esterilidad. Y el Señor le hace una promesa aún más grande. Serás el Padre de una gran muchedumbre, tan abundante como las estrellas del cielo y las arenas del mar. A Jesús que entrega su vida en sacrificio, el Señor le hace una promesa. Vas a resucitar.

Por eso, queridos amigos, esos pequeños y grandes esfuerzos que ustedes han hecho, esos pequeños y grandes sacrificios, no se quedarán sin paga. Nada de eso se quedará sin una recompensa. No nos dé miedo los sacrificios, no nos dé miedo las pequeñas renuncias. No nos dé miedo tomar decisiones. A veces hay que tomar decisiones en la casa. A veces hay que tomar decisiones con los hijos. A veces hay que tomar decisiones con sabor a sacrificio en el matrimonio. Pero es tan bello uno descubrir que uno se sacrifica cuando ama. Y el verdadero amor sabe de renuncias para decirle al otro con pequeñas y grandes cosas, "Te amo y estoy aquí contigo." Esa es la primera idea, mis queridos amigos. No nos dé miedo el sacrificio que traerá consigo una gran bendición.

Segunda idea. Vámonos para la segunda lectura de San Pablo a Timoteo y le va a decir una cosa muy especial y eso tiene que resonar en nuestros oídos, en nuestra mente y en nuestro corazón. Cuando todo el mundo hoy quiere todo facilito, cuando todo el mundo quiere que hoy se lo pongan en las manos. Cuando todo el mundo quiere hoy graduarse por ventanilla, cuando todo el mundo quiere que las cosas le lleguen sin esfuerzos y sin sacrificio, llega San Pablo y le dice a Timoteo, "Toma parte en los duros trabajos del evangelio." ¿Y por qué esa expresión es maravillosa, amigos? Por lo que ustedes muchas veces me han dicho a mí, "Padre, es que es tan difícil hoy seguir a Dios. Es que es tan difícil hoy sacar tiempo para Dios. Es que se me complica tanto ir a la Eucaristía. Es que no es fácil ser bueno hoy, padre. No es fácil tomar decisiones correctas. No es fácil ser fiel. No es fácil respetar al otro y hacer el bien a los demás. Eso no es fácil." Y estamos de acuerdo. No es fácil hoy ser buenos. No es fácil hoy brillar. No es fácil hoy pasar haciendo el bien, Padre. ¿Por qué no es fácil? Porque no es fácil entender que el mundo no ama a Dios. El mundo no ama a Dios y por eso el mundo llega con sus propuestas y Dios nos pide blanco y el mundo nos propone negro y Dios nos propone el camino del bien y el mundo nos propone el camino del mal y Dios nos propone el respeto al otro y el mundo nos dice qué sentido tiene respetar al otro.

Por eso, queridos amigos, hay que tomar parte en los duros trabajos del evangelio. ¿Qué significa? que vos no podés negociar tu bondad, que vos no podés negociar los valores que te inculcaron, que en un mundo que nos grita maldad, vos tenés que gritar bondad. Y no solamente gritar bondad, tenés que ser bueno. Vienen las elecciones. Vienen las elecciones y yo tengo que ser capaz en medio de las elecciones demostrar de que estoy hecho. Eso no es de favoritismos, de tamales, ni de zancochos. Eso es de convicciones internas. Eso es de amar la patria y amar el país. Eso es de actuar con coherencia y buscar el camino de la luz. Eso no es de favorecer a personas en su individualidad. Eso es pensar en un país que está sufriendo. Y por eso, queridos amigos, tomar parte en los duros trabajos del evangelio significa que pensés esta media bobadita. ¿Qué te está esperando? Te está esperando el cielo. Te está esperando el cielo. Y si el cielo es una promesa de Dios, voy a tomar parte en los duros trabajos del evangelio. Yo no me voy a juzgar el cielo. Yo no me voy a juzgar mi salvación. Tenemos que actuar bien. Por eso votar mal hablando de las elecciones es cometer una falta grave. Votar obligado bajo presiones, votar porque me están dando dinero. Todas esas cosas me van a mí comprometiendo la conciencia porque yo tengo que ser un ser de luz, porque yo tengo que mostrar lo que Dios ha hecho en mi vida. Tomar parte en los duros trabajos del evangelio significa que yo le voy a mostrar al mundo la obra de Dios en mí y en mi familia. Yo no me muevo por en los torcidos, yo no me muevo en la corrupción, yo no me muevo por debajo, yo me muevo haciendo las cosas bien hechas.

Tercera idea y vámonos para el evangelio. ¿Qué es lo que sucede en ese pasaje? Va a suceder algo maravilloso. Jesús está muy triste, pero los discípulos de Jesús están más tristes que él. Lo van a matar. Entonces el Señor para alivianar el dolor que tienen en el alma se los lleva a una montaña y en la montaña, en medio de la tristeza del corazón les va a mostrar su luz. Y entonces aquí llega el mensaje maravilloso y extraordinario. Puede llegar a tu vida, escúcheme eso, nadie está libre de eso. Puede llegar a tu vida el peor escenario, el problema más grande, la enfermedad que no tiene cura. Y Dios solamente tendrá para ti una respuesta. Padre, ¿cuál es la respuesta a mi problema? A mi impotencia, a mi familia dividida, a mi matrimonio quebrantado, a mi economía fracturada, a los deseos de morirme, ¿cuál es la respuesta? Y entonces la respuesta es esta. A los que estaban tristes, los llevó a la montaña y les mostró la respuesta. ¿Cuál es la respuesta, padre? Es la luz. La respuesta siempre será la luz. Sigue el camino de la luz y entonces sabrás que vas por el mejor de los caminos. No se meta en la oscuridad, no se meta enredos, no elija las tinieblas. Busque siempre la luz y ahí estará la solución, la respuesta a lo que usted ha venido buscando.

Les voy a contar una historia. Un rey pidió a los sabios de su corte un mensaje de apenas dos o tres palabras para ocultar bajo el diamante de su anillo. Quería algo que pudiera salvarlo en momentos de total desesperación. A pesar de su erudición, los sabios no lograron encontrar una frase tan breve y poderosa. Un anciano sirviente que había servido a la familia real por décadas intervino. Aunque no era un sabio, compartió un mensaje que un maestro le regaló en el pasado. Entregó un papel doblado con la condición de que solamente lo abriera en un momento de dificultad cuando se sintiera perdido. Poco después, el rey no fue invadido. El rey huyó a caballo perseguido por sus enemigos hasta quedar atrapado entre un precipicio y el ejército que lo acechaba. Al borde del abismo y escuchando los caballos acercarse, abrió el anillo y leyó esto. "Esto también pasará." Al leerlo, una paz inmensa lo rodeó. Los enemigos se confundieron de camino y el silencio volvió al bosque. El mensaje no cambió su situación extrema, pero cambió su estado interno, permitiéndole sobrevivir y eventualmente recuperar su reino. Durante la fastuosa celebración por su victoria, el rey se sentía invencible y orgulloso. El anciano se le acercó y le pidió que leyera el mensaje una vez más. El rey, en medio de su triunfo y de su gloria, confundido por la petición de un momento de tanta felicidad, volvió a abrir el papel. "Esto también pasará." En ese instante su ego se desvaneció. Comprendió que la sabiduría del mensaje es universal. Así como el miedo en el precipicio fue pasajero, la gloria de la victoria también lo es. Nada es permanente y el equilibrio reside en reconocer que todo en la vida pasa. De ahí la necesidad de hacer eternos los momentos.

Tres cositas. La primera en la prueba, el dolor o la enfermedad, Dios te recuerda que eso pasará. Solo debes creerlo y esperar en él que todo lo hace diferente. Segunda cosita, transfigurarse es asumir una postura diferente frente a las cosas. Es entender que si todo cambia, yo puedo hacer memorables los momentos. Tercera cosita, la transfiguración que nos pide el Señor está al alcance de nuestras manos. Empecemos por cambiar las pequeñas fallas por acciones luminosas de amor.

Cierra tus ojos. Tienes tus ojos cerrados y eres capaz de preguntarte en este momento, ¿a qué me trajo Dios hoy a este lugar? No le dé miedo hacerse esa pregunta. ¿A qué me trajo Dios hoy a este lugar? Y a lo mejor te trajo a este lugar para preguntarte, ¿cómo están tus sacrificios? Te cuesta hacer algo por alguien, te cuesta renunciar a algo por alguien. Hay alguien a tu lado que tú dices que amas, que te ha venido pidiendo renuncias y no has sido capaz de hacerlas. Solamente se renuncia cuando hay un amor grande. Y el amor grande lo lleva uno a sacrificios, incluso a dar la vida como Jesús lo hizo por nosotros. ¿A qué me trajo Dios hoy a este lugar? A recordarte que vos sos una persona buena, especial, que sos un creyente y que vale la pena que sigas cultivando tu espiritualidad, porque hay que pasar muchos trabajos, muchos trabajos para uno construirse desde adentro. ¿A qué me trajo Dios hoy a este lugar? a decirme que yo volveré a sonreír cuando me vuelva a transfigurar, que mi familia volverá a estar unida cuando pase por el proceso de la transfiguración y que transfigurarse significa cambiar esas pequeñas fallas por actos pequeños y grandes de amor. Todo cambiará, todo pasará. Incluso las personas que tienen a tu lado algún día no estarán, pero que mientras estén pasando pasen sintiéndose las más amadas de todas.

Señor Jesús, te doy gracias por traerme a esta Eucaristía y por enseñarme con tus palabras que vale la pena seguir luchando aún en medio de las pruebas. Me pongo en tus manos, Señor, para que hagas conmigo lo que tú quieras. Digan conmigo, amén.