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Cuando me propusieron los dos José Maris que hablar aquí esta tarde sobre un tema como debates en las fronteras de la ética, pues pensé que el primer debate que tenemos, la primera frontera que tenemos, es la de qué es la ética y para qué sirve. Yo, la verdad, es que creo que si se hiciera una encuesta por la calle preguntándole a la gente qué es la ética, no me sabría contestar casi nadie. Aunque todo el mundo habla de ética, pero a la hora de la verdad, nadie sabe decir qué es eso de la ética.
La primera cuestión sería saber qué es eso de la ética y, en segundo lugar, para qué sirve. Y eso es lo que yo intenté hacer en este libro, "Para qué sirve realmente la ética", del año pasado, y vamos a comentar hoy brevemente qué es eso de la ética. En principio, en principio, eh, tengo que aclararles a todos los presentes que los seres humanos somos inevitablemente morales. No se puede elegir el ser moral o no serlo. Igual que tenemos peso, igual que tenemos medida, igual que tenemos un color de la piel, pues somos estructuralmente éticos, no tenemos más remedio que serlo.
Esto se ha explicado desde muy distintas perspectivas, pero yo me voy a referir a unas pocas. En primer lugar, somos inevitablemente morales, en el más o en el menos, porque todos nos forjamos un carácter. Todas las personas y todas las organizaciones. La palabra ética viene del griego, de la palabra *ethos*, que quiere decir carácter. Todas las personas nos forjamos un carácter porque nacemos con un determinado temperamento, pero a lo largo de nuestra vida nos vemos obligados a tomar decisiones continuamente. Y las decisiones que tomamos no son intrascendentes, porque nos van generando, al decir una predisposición a volver a elegir en el mismo sentido. Quien toma decisiones injustas acaba generando la predisposición a actuar injustamente y a decidir injustamente. Quien toma decisiones imprudentes va generando una predisposición a tomar decisiones imprudentes.
Nuestras decisiones son importantes y conviene tenerlas muy en cuenta en la vida personal y en la vida pública. Las decisiones siempre tienen consecuencias, por lo menos la de que vamos generando la predisposición a seguir eligiendo en ese sentido. Decían ya los griegos que, eh, quien quiere actuar bien tiene que ser como el arquero que intenta entrenarse día a día. Decía Aristóteles, para acertar en el blanco. Si uno no se entrena día a día, al final acaba no acertando en el blanco. Pero es que día a día tenemos que tomar decisiones y, al final, nos vamos generando unas predisposiciones que en el ámbito de la ética llamamos con una palabra que hoy en día no está demasiado prestigiada, que es la palabra virtudes.
Las virtudes les sonarán a ustedes a lo mejor muy mal, porque últimamente se llevan poco. Decirle a alguien que es un dechado de virtudes es poco menos que un insulto, y casi a la gente le gusta más que le digan que es un poco inmoral que que es muy virtuoso. La palabra virtud no está de moda, pero yo entiendo que es bueno recordar. Como se decía en griego, la palabra virtud se decía *areté*, ¿qué quiere decir excelencia? Las gentes podemos ir esas excelencias del carácter, porque el que es justo, excelente en justicia, está predispuesto a ser justo. El que es excelente en prudencia, está predispuesto a ser prudente. El que es excelente en solidaridad, está predispuesto a ser solidario. Y necesariamente nos vamos generando predisposiciones. Eso no lo puede evitar nadie. Tenemos que generárnoslas. Y entonces, lo más inteligente es generarse las mejores predisposiciones, es irse generando virtudes y no vicios.
¿Qué quiere decir el vicio? Pues las virtudes quiere decir aquellas predisposiciones que nos llevan a aquello que todos los seres humanos tienden, que es la felicidad. No hay ningún ser humano que no quiera ser feliz. Pero en principio, los seres humanos buscamos ser felices y necesariamente nos desarrollamos un carácter y nos generamos un carácter, y nos podemos generar un buen carácter o un mal carácter, pero necesariamente nos generamos uno. Lo mejor que puede aprender alguien a lo largo de su vida es generarse un carácter que le lleve más cerca de la felicidad que de la desdicha. Y por eso la ética es algo que forma parte nuestra y no podemos evitarlo de ninguna manera. Lo han dicho autores como Zubiri, Aranguren y muchos otros, que eso ocurre porque los hombres somos estructuralmente morales.
Y ahora me gustaría que todo el mundo estuviera atento a la distinción que suele hacerse entre moral como estructura y moral como contenido. Los seres humanos somos estructuralmente morales. Todos los seres humanos de todos los países del mundo tienen o tenemos una estructura moral. ¿Por qué tenemos una estructura moral? Pues porque los seres humanos, ante el medio que nos rodea, cuando nos sentimos excitados por el medio y vamos a dar una respuesta, no damos una respuesta automática como les ocurre a los animales, sino que los seres humanos tenemos un cerebro hiperformalizado y nuestro cerebro hiperformalizado hace que se genere una distancia entre nuestras decisiones y el mundo que nos rodea, de tal manera que no respondemos automáticamente al medio, sino que entendemos el medio como una realidad que nos rodea y vamos generando una gran cantidad de posibilidades de respuesta.
Una persona puede llegar un momento determinado y tiene muchísima hambre y se pone a comer, pero no. La persona puede retenerse y decir: "No, yo ahora no como, aunque tenga muchísima hambre, porque estoy esperando a que venga el resto de la familia". Tengo la posibilidad de esperarme a que venga el resto de la familia. El animal se arrojaría la comida rápidamente. Los seres humanos no respondemos automáticamente al medio, sino que a la hora de responder se abre un gran conjunto de posibilidades. Y ocurre que entre ellas tenemos que elegir. Y ahí viene nuestro drama: tenemos que elegir. Somos libres y no podemos dejar de ser libres. No somos libres para dejar de ser libres, sino que siempre tenemos que elegir entre todas las posibilidades que se nos presentan. Y de esas posibilidades, cuando elegimos una de ellas, tenemos que justificar que la hemos elegido y hacernos responsables de ella. Es decir, somos responsables de nuestras elecciones, lo queramos o no. Con lo cual, tenemos una estructura de libertad, justificación, responsabilidad, que es lo que se llama moral como estructura. La estructura moral de los seres humanos.
Ocurre entonces, se dice, que aunque todos tenemos una estructura moral, los contenidos morales son diferentes. Mi experiencia en las clases es que en cuanto hablo de moral, los alumnos dicen: "Eso de la moral es muy subjetivo, ahí cada quien opina como quiere, porque cada uno tiene su moral, cada uno tiene su moral". Así como las cuestiones de derecho son cuestiones muy objetivas que todo el mundo comparte, las cuestiones morales son muy subjetivas. Unos opinan unas cosas en el terreno moral y otros opinan otras. Y por lo tanto, se entiende que en el terreno moral cada uno tiene su moral. Porque en cuanto uno de mis alumnos dice que lo de la moral es muy subjetivo, doy un salto y le digo: "Que sea la última vez que os oigo decir eso".
Es verdad que los contenidos morales son diferentes. Han sido diferentes a lo largo de la historia y son diferentes en distintas culturas. Si pensamos en las distintas culturas que nos rodean, hay distintos contenidos morales. Y hay culturas en las que se piensa que las mujeres son inferiores a los varones. Hay culturas en las que se piensa que hay diferencia de contenidos morales. Pero recuerde todo el mundo: la estructura moral la tenemos todos los seres humanos. Los contenidos pueden ser diferentes. Y dicen hoy en día algunos autores que lo que nos ocurre es que, igual que ocurre con las lenguas, que todos los seres humanos tenemos la capacidad de desarrollar una lengua, pero después hablamos distintas lenguas. En la moral nos pasa lo mismo. Todos tenemos una estructura moral, solo que después desarrollamos distintos lenguajes morales según el lugar en el que se nace, según el lugar en el que se socializa, según lo que se aprende en una determinada cultura.
Llamo la atención para algo que me parece muy importante, como es verdad que aprendemos nuestro lenguaje moral en la sociedad en la que vivimos. Los adultos tenemos una responsabilidad enorme, porque los niños y los jóvenes aprenden el lenguaje moral de los adultos. Y algo todavía más importante: no lo que los chicos no aprenden lo que nosotros decimos, sino lo que nosotros hacemos. Porque tienen inteligencia suficiente como para darse cuenta de que, a fin de cuentas, algo, una cosa es lo que se dice, lo que los adultos dicen, y otra cosa es lo que los adultos hacen. Y aunque nos pasemos todos los días de nuestra vida diciendo, y luego continuaré con ello, que la corrupción es perversa, que el amor al prójimo es importantísimo, los jóvenes nos oyen decir esas cosas y luego ven que lo que hacemos no acaba de ser eso. Y aprenden algo muy simple: y es que en la sociedad en la que vivimos, lo importante es decir unas cosas, pero hacer otras. Y eso es lo que aprenden. Porque el lenguaje moral se aprende en la sociedad en la que uno vive, en lo que ve a sus padres, lo que ve a su familia, lo que ve en la televisión, lo que ve por los chats. Ese es el lenguaje que se aprende.
Con lo cual, todos tenemos una estructura moral. Todos hablamos lenguajes morales diferentes, lenguajes que aprendemos en las sociedades en las que vivimos, de lo que vemos que la gente vive, de lo que vemos que la gente hace, y lo que vemos que la gente nos cuenta. Pero hay una cosa importante, y es que con esto podríamos llegar a decir: "Bueno, pues a fin de cuentas, si hay distintos lenguajes morales en distintas culturas, todas las culturas son respetables, cada cual hablará su lenguaje moral y ya no tenemos nada más que decir". Bueno, pues esta es otra de las costumbres que tienen mis alumnos, que inmediatamente dicen: "Pues cada uno tiene su lenguaje moral y todo eso es muy subjetivo y depende de las culturas". E inmediatamente yo les digo que eso no es así. Y eso no es así por una razón.
Porque cuando una persona pone la televisión y ve que alguien está torturando a otro y dice: "¡Qué salvajada!". Supongamos que se le explica que es que en la cultura de esa persona, pues es costumbre torturar a las personas para sacarles información. Oiga, es una cultura diferente y en ella la tortura está bien vista. No se queda pensando: "Me da la impresión de que esa cultura debería de cambiar un poco". En determinados momentos pensamos que hay determinadas acciones que no deberían de admitirse en ningún lugar de la tierra. Entendemos que no se debería matar, entendemos que no se debería mentir, entendemos que la libertad es superior a la esclavitud, entendemos que la igualdad es superior a la desigualdad, entendemos que la solidaridad es superior a la insolidaridad. Y no pensamos que eso es una cuestión cultural y que si hay culturas insolidarias, pues qué le vamos a hacer, sino que seguimos pensando que la solidaridad es superior a la insolidaridad. Y seguimos pensando que el diálogo es mejor que la violencia para resolver los problemas. Y si alguien le dicen: "Es que hay culturas que son violentas", uno dice: "Pues esas culturas creo que deberían de cambiar, porque la violencia no es la manera como los hombres deberían de resolver sus problemas".
Con el tiempo hemos llegado a unas declaraciones universales, como por ejemplo, la de Derechos Humanos de 1948. En esa declaración se dice que todos los seres humanos tienen derecho a la vida, a la libre expresión, a la libre asociación, a la libre reunión. Todos los seres humanos tienen derecho a un trabajo, todos los seres humanos tienen derecho a una atención sanitaria. Todos los seres humanos tienen derecho a... son una serie de afirmaciones a las que hemos ido llegando progresivamente. Y dense cuenta de una cosa: así como la estructura moral de los seres humanos es biológica, esos contenidos morales vienen siempre del lugar que nacemos, de las religiones, de la filosofía, de la literatura. Una cosa es la estructura biológica y otra cosa los contenidos que vienen de fuentes que son culturales.
Ya ha habido un progreso cultural que nos ha llevado a decir que, efectivamente, todos los seres humanos tienen derecho a la vida, tienen derecho a la expresión, a la libertad de conciencia. Todos tienen derecho a la atención sanitaria. Todos tienen derecho a lo que se ha llamado los derechos económicos, sociales y culturales, los derechos eh políticos y civiles. Eso es una afirmación que hemos hecho universal y es de contenidos. Y dicho en la terminología de Amartya Sen, que es un premio Nobel de economía de los que suelen entender como que no es de los economistas del carril corriente, sino otro tipo de economistas. Pues Amartya Sen entiende que es obligación de nuestras sociedades empoderar las capacidades básicas de todos los seres humanos para que puedan desarrollar aquellos planos de vida que tengan razones para valorar.
Los seres humanos tenemos unas capacidades para llevar adelante nuestros planes de vida y Amartya Sen lo que plantea es que tenemos obligación social de empoderar a todos, darles poder a todos para que puedan desarrollar aquellos planes de vida que tengan razones para valorar. No se le puede imponer a nadie que sea feliz de una determinada manera, pero sí que hay la obligación de dar a todos las bases suficientes como para que sean felices de la forma en que quieran serlo, siempre que respeten los planes de felicidad de los demás seres humanos.
Y ahora viene el punto clave. Ahora viene la emoción por la cual los jóvenes no nos creen, ni nadie se cree absolutamente nada. Esto es en el nivel de las declaraciones, derechos humanos, democracia, economía, etcétera, en el nivel de las declaraciones. ¿Qué ocurre con el nivel de las realizaciones? ¿Qué ocurre con el nivel de las realizaciones? Ahora mismo ha venido un periodista a hacer una entrevista. "Oiga, ¿no cree que no hay ninguna ética?". "No cree que...". "Perdone que esté tan pesimista, pero todo el mundo está pesimista, estamos desmoralizados en el sentido que decía Ortega, de bajos de moral. No tenemos ganas de emprender los retos vitales porque está aumentando el paro de una manera prodigiosa y realmente es doloroso ver cómo los jóvenes se están marchando, se están marchando los que tienen la suerte de marcharse, pero luego están los que están aquí, no encuentran ningún trabajo, y los más adultos que tampoco encuentran ningún trabajo. Y a ellos se añaden los escándalos de corrupción. Y la gente piensa: ¿y para eso sirve la ética? Que con la corrupción, si no, no se hubiera ido el dinero que se ha ido por los sitios por los que se ha ido y se hubiera empleado en sanidad, en educación, etcétera, mejor nos hubiera ido. ¿Para qué sirve la ética? Para ahorrar en aquello en lo que había que ahorrar y para gastar en aquello en lo que sí que hay que gastar. Se han ido muchos dineros por muchos sitios que, si se hubieran empleado en lo que se tienen que emplear, nos hubieran ido de una manera completamente distinta".
Y nos encontramos entonces que hay un verdadero abismo entre las cosas que hacemos y las que decimos. Y yo siempre me encuentro en alguna charla que hay alguien que dice: "Y si todo eso de la ética está tan bien, ¿por qué las cosas son tan diferentes?". Bueno, yo tengo que decir que hay grupos de gente y muchas gentes que hacen muy bien las cosas. A mí me desagrada enormemente que se diga: "Todos hemos vivido por encima de nuestras posibilidades". Bueno, algunos sí, pero otros no. Es decir, que hay gentes que no han vivido por encima de sus posibilidades. ¿Estamos todos corrompidos? Bueno, puede que algunos sí y otros, pero alguna gente no. ¿Todos hemos hecho...? Mire, no universalicemos. Y luego, en cada una de las personas también hay de blanco y de negro. Porque este afán de la universalización y el catastrofismo me parece que tampoco nos lleva a ningún realismo.
Lo realista es que hay gentes que están haciendo cosas muy bien. Es, hay gentes que están trabajando muy bien y que lo que pasa es que los medios de comunicación se empeñan en contar no solo lo otro. Y entonces uno pone la radio por la mañana y yo ya la corto, porque pienso que, por favor, que los jueces que hagan su tarea, pero que no estamos hablando todo el día de todos los casos de corrupción, porque si no da la sensación de que aquí todo el mundo tiene un cáncer tremendo. ¡Cuidado! Hay casos que los trabajen, que los estudien, que los resuelvan, pero por favor, hay mucho que sacar de bueno en la sociedad y creo que hay que hacerlo.
Pero con todo, no estamos a la altura de nuestras declaraciones. No estamos a la altura de nuestros sueños, como decía Martin Luther King: "Yo he tenido un sueño". Nosotros tenemos muchos sueños. ¿Por qué no estamos a la altura de nuestros sueños? ¿Por qué no estamos a la altura de esa humanidad cosmopolita en la que nos preocupamos de cada uno de los seres humanos, en que cada uno es tratado según su dignidad? ¿Por qué no estamos a esa altura?
Las religiones han dado algunas explicaciones en ocasiones y hablan de un pecado original, en algunos casos, en otros casos de otro tipo de soluciones semejantes. En la filosofía se ha hablado del mal radical y se ha dicho que los seres humanos estamos hechos de una madera tan torcida que no podemos hacer nada recto. Esto lo han dicho filósofos a los que yo tengo mucha afición, pero estaban convencidos de semejante cosa. Y hoy en día, y voy ahora al tema de la neurología y la biología, hay gentes que dicen que lo que ocurre es que biológicamente tenemos una estructura moral, pero no estamos preparados para llegar a esa altura de nuestros sueños, nuestras declaraciones, sencillamente porque somos inevitablemente egoístas. Habrán oído hablar del famoso gen egoísta. Tenemos un gen egoísta que hace que seamos inevitablemente egoístas. Y si los seres humanos somos inevitablemente egoístas, entonces no nos podemos preocupar de los derechos de todos los seres humanos ni de las capacidades de todos los seres humanos, sino que cada uno se ocupa de sí mismo y no puede hacer otra cosa. Y todo lo demás sería cosmética y todo lo demás sería dar la sensación de que sí que podemos, pero no podemos.
A mí me parece que ese tema es muy importante. A mí me parece que es importante saber si no tenemos más remedio que ser egoístas y que no tenemos más remedio que ocuparnos de nuestro pequeño huerto y que todo lo demás es hablar, pero en realidad no nos lo creemos. Esta tarde quería hablarles de eso: no nos lo creemos. ¿Podemos hacer algo más?
En primer lugar, hay quienes dicen: "Es muy difícil compaginar esto con el gen egoísta". Y entonces un autor como H. Hamilton dice: "Es que lo que ocurre es que lo que hay es altruismo genético". ¿Qué quiere decir altruismo genético? Pues que el que es altruista lo es con aquellos que son sus hijos o sus cercanos. Es decir, que de todas maneras uno garantiza que son sus genes los que se van a reproducir, porque cuidamos a nuestros hijos, cuidamos a nuestros cercanos, a nuestros parientes, a los que están más cerca de nosotros. Y es verdad que los seres humanos no somos radicalmente egoístas, sino que tenemos la capacidad de cuidar a otros. Los padres cuidan a sus hijos, eso es clarísimo. Además, se sienten horrorosamente mal cuando les apartan al hijo. Los padres son capaces de hacer cualquier cosa por el hijo, hasta el punto de que cuando alguien hace cualquier salvajada con un hijo suyo, todo el mundo dice: "Pero eso, eso va contra naturaleza". Y es verdad. Los padres cuidan de sus hijos, cuidan de sus cercanos, cuidamos de nuestros compañeros. Y entonces Hamilton llega a la conclusión de que tenemos un altruismo genético, que es de alguna manera un cierto egoísmo genético: trabajamos por los nuestros.
Pero, claro, el problema es: ¿tenemos capacidad de ir más allá de los cercanos, de nuestros familiares, de nuestros parientes? ¿Tenemos la capacidad de ir más allá? En el caso de que no tengamos una capacidad de ir más allá, lo que está claro es que el nepotismo es insuperable. El nepotismo, como saben ustedes, el nombre viene del famoso Cornelio Nepote, que daba todos los, todas las preventas, todos los privilegios y las buenas situaciones a sus parientes. ¿Le suena el nepotismo? ¿Lo han visto practicar en alguna ocasión? Efectivamente, eso es algo que uno ve practicar. Y, claro, Cornelio Nepote daba todas las ventajas a sus parientes y la gente decía: "Cornelio, que esto está feo, ¿no?". Bueno, pues el nepotismo es algo de toda la historia de la humanidad. Sin embargo, no nos parece bien que la gente coloque a sus parientes, sino que creemos que se puede ir más allá.
Dicen algunos autores, bueno, muchos, casi todos hoy en día, lo dice ya casi todo el mundo, que los seres humanos no solamente somos altruistas con nuestros parientes, sino que estamos dispuestos a dar siempre que tengamos expectativa de recibir. Somos seres reciprocadores, capaces de reciprocidad. Así como los animales también reciprocan, es lo que se llama mutualismo, porque uno le quita la pulga al otro y el otro le quita la pulga al uno, o el piojo, o el animalito que sea, siempre en un contexto determinado. Yo te doy, tú me das. Pero en este contexto, los seres humanos: yo te doy y tú me das, pero no hace falta que sea hoy. Ya me lo puedes dar mañana o pasado. Somos capaces de dilatar la gratificación en el tiempo. Y además, no hace falta que me lo des tú, me lo puede dar tu hijo, me lo puede dar tu hermano, me lo puede dar otra persona. Estamos dispuestos a dar con tal de que alguien nos devuelva de alguna manera, de algún modo, aquello que de alguna forma se nos ha dado. Con lo cual, los seres humanos, siempre cuando damos, estamos esperando de alguna manera algún retorno.
Y entonces aparece la gran característica de los seres humanos, que es la capacidad de cooperar. Capacidad de cooperar. Hay un libro muy bonito de Thomas Elo, que se titula "Por qué cooperamos", y dice una frase muy gráfica: "Nunca veréis a dos chimpancés que lleven juntos un tronco". Los seres humanos son los seres que son capaces de decir: "Yo no puedo llevar el tronco, vamos a llevarlo juntos". Y entonces cooperamos, nos ayudamos unos a otros. Y mire usted por dónde, tenían razón los viejos anarquistas cuando decían que es la ayuda mutua la que hace que prosperen las especies y no la lucha descarnada por la vida. Los que se ayudan mutuamente salen mucho más adelante que aquellos que dicen: "Dejadme solo, que voy a arrasar con todo". Podemos ayudarnos unos a otros y es bueno ayudarse unos a otros.
¿Por qué? Pues porque dicen los especialistas que el cerebro humano se fue construyendo, se fue modulando durante un periodo en aquella famosa época de los cazadores-recolectores, en las que los seres humanos vivían en grupos muy reducidos, hasta grupos de 30 personas, grupos muy reducidos. Y esto es muy importante lo que voy a decir: para sobrevivir necesitaban ayudarse los que estaban dentro del mismo grupo, pero los que venían de grupos ajenos eran peligrosos, porque eran extranjeros, eran gente rara, eran un peligro para el grupo. El grupo se ayudaba entre sí, pero los que venían de fuera eran extraños y eran peligrosos. Se fue forjando el cerebro ayudándonos mutuamente a los que estamos dentro y temiendo a los que quedan fuera. Porque de alguna manera, el que es de otra raza, el que es de otro color, el que es de otro estilo, ese es un extraño que viene a desacomodarnos, porque nosotros estamos ayudándonos unos a otros y es nuestra cooperación la que nos permite sobrevivir. Pero el otro queda fuera.
Porque la gran pregunta que creo que tenemos que hacernos esta tarde y muchos días es: ¿y lo que queremos es preocuparnos solo de los cercanos y no de los lejanos, porque no nos conmueven emotivamente, o queremos hacer algo más? La ética tiene que ver con el preguntarse qué queremos hacer, a dónde queremos ir, no solo biológicamente para qué estamos preparados, sino hacia dónde queremos llevar el curso de nuestras vidas. ¿Qué tradiciones religiosas, filosóficas, culturales, literarias son las que nos van a interesar? ¿Hasta dónde queremos llegar? ¿Hasta los que tenemos cerca, o queremos ir más allá?
Pero hay un salto más que creo que tenemos que dar. Cuando estamos preguntándonos para qué sirve la ética, existen las personas y las personas, además de ser inteligentes y de saber cooperar, tienen que tener también sensibilidad moral. ¿Y a qué me voy a referir con la sensibilidad moral? A que las personas tienen que tener también sentido de la justicia y sentido de la gratuidad. No basta con cooperar, no basta con buscar aliados y no solo adversarios. Hay un paso más que podemos dar, y es el paso de movernos por el sentido de la justicia y el sentido de la gratuidad, que es el momento de la sabiduría moral.
Si nos quedamos en el ámbito de la cooperación, y me parece mucho mejor la cooperación que el conflicto, y hay que ir por pasos, si nos quedamos en el momento de la cooperación, resulta ser que intentamos dar y recibir. Pero ¿qué pasa con todos aquellos de los que se piensa que no tienen nada que devolver a cambio? ¿Qué pasa con aquellos que la gente dice: "Estos no pueden darme nada"? Esos se quedan fuera. Y luego la gente dice: "Es que hay excluidos". Claro que hay excluidos, si lo más que podemos conseguir es vivir en un mundo de cooperación, y eso es mucho mejor que el conflicto. Aquellos que parece que no pueden ofrecer nada demasiado interesante son excluidos necesariamente. Y se pueden hacer muchas campañas y muchas proclamas, pero es que los estamos dejando fuera por definición. Por eso el mundo de la exclusión estaría ahí.
¿Y quiénes son los excluidos? ¿Quiénes serían los excluidos? Pues yo creo que se habla mucho del racismo, se habla mucho de la xenofobia, y estoy de acuerdo. Es verdad que cuando en muchas ocasiones, cuando uno ve a una persona que resulta como muy distante, mueve a... Pero yo me he inventado algo que alguno me lo habrá oído decir, pues que se lo apunte, porque no he tenido ningún éxito. Yo creo que más que xenofobia, lo que hay es aporofobia. El término aporofobia, pues lo llegué a él cuando me di cuenta de que realmente lo que nos molestan no son los extranjeros si vienen cargados de dinero. ¿A quién le molesta un extranjero que viene a pasar las vacaciones y que entonces está pagando de dinero en el hotel, en la casita, en el no sé cuántos? No, por favor, que vengan todos los que puedan, maravilloso, siempre que vengan cargados de dinero. Otra cosa es que no lleven ni un duro, eso ya empieza la cosa a ponerse mal. Y entonces esos son no solo los extranjeros, sino incluso los parientes. Los parientes pobres son muy molestos. Los parientes pobres son muy molestos y la gente los pone allá y no los enseña, resume de los otros: "Mira, este que ha llegado a tal y tal. Tengo este, es mi primo que...". Pero los otros: "Sí, está ahí, vaya, pero ¿qué le vamos a hacer?". Con lo cual, yo llegué a la conclusión de que lo que tenemos repulsión es más bien a los pobres, a los que parece que no tienen nada que ofrecer a cambio. Y entonces, pues eché mano de mi diccionario de cuando estudiaba el bachillerato, de mi diccionario de griego, y fui a buscar cómo se dice pobre o el que no tiene nada que ofrecer a cambio, y encontré la palabra *áporos*. El *áporos* es el que no tiene, el que no tiene nada que ofrecer. Y pensé que había que acuñar un nuevo término que sería aporofobia.
Eso en un libro que yo publiqué, que se titulaba "Alianza y Contrato", intentaba mostrar que por debajo de nuestra capacidad de contratar existe una alianza más básica entre los seres humanos, que es ese reconocimiento recíproco que nos une cuando nos reconocemos como personas, como personas que tenemos igual dignidad y, por lo tanto, tenemos que reconocer la dignidad unos de otros. Eso sí que está a la altura de aquellos contenidos de los Derechos Humanos. Eso sí que exige que los objetivos del milenio se pongan en marcha. Eso sí que exige que las capacidades de todos los seres humanos se vean empoderadas. Eso sí que exige que no quede nadie fuera, que no quede nadie excluido, porque todos somos personas y nos reconocemos mutuamente como personas. Y cuando alguien queda fuera, todos estamos perdiendo.
El sentido de la justicia tiene que ver con ese reconocimiento de derechos que los seres humanos tienen. Y hemos reconocido unos derechos que son nuestra clave de justicia en cuanto a contenidos, y no nos podemos volver atrás. Pero existe también un tipo de necesidades de los seres humanos que nunca pueden satisfacerse como o exigirse como un derecho y satisfacerse como un deber, porque los seres humanos necesitan afecto, porque los seres humanos necesitamos consuelo, porque los seres humanos necesitamos atención. Y eso nunca puede darse como un deber de justicia, sino que sale desde la abundancia del corazón, cuando alguien se da cuenta de que está ligado al otro y el otro le importa.
Por eso, en los últimos tiempos he venido trabajando en la idea de que es necesario trabajar por un reconocimiento compasivo. Es importante fomentar en nuestras sociedades el sentido de la justicia y el sentido de la compasión. Y la compasión les va a caer a ustedes muy mal, porque la compasión parece que es ese sentimiento de los que están bien situados y miran a los pobretón. Yo la entiendo como la capacidad de padecer con otros su alegría y su tristeza. Padecer con otro su alegría. Eso es muy difícil en este país nuestro de envidiosos. Lo que más regocija a alguien es que a los demás les vaya mal. Y para muestra, leí la encuesta de una psicóloga que había pasado a muchísimas gentes y les preguntaba: "¿Cuándo se alegra usted más, cuando le salen mal las cosas a los demás o cuando le salen bien a usted?". ¿Cuál fue la respuesta mayoritaria? Cuando le salen a los demás.
Alegrarse con el bien ajeno es, desde luego, difícil. Hay que cultivar el sentimiento de compasión en las escuelas, de tal manera que tengamos la capacidad de admirar al que lo hace bien. Es una gozada decir: "¡Qué persona tan admirable!". Es maravilloso poder alegrarse con que alguien haga bien las cosas. No todo el mundo tiene la capacidad de admirarse de que otros hagan bien las cosas. Y eso tiene que ver con el sentido de la justicia. También la capacidad de alegrarse. La compasión es un sentimiento de empatía que se da cuenta de que cuando el otro está sufriendo, hay que salir y comprometerse para aliviar su dolor. Hay que trabajar para aliviar su dolor, porque yo no puedo ser feliz si al otro le está yendo mal. De mi proyecto de vida feliz forma parte también que al otro le vaya bien. Por eso la compasión es una empatía que quiere compromiso para que al otro le pueda ir bien, porque estamos ligados y yo no puedo pensar que mi vida es buena si no estoy pensando o trabajando para que a los otros les vaya bien.
En este ámbito es en el que se ligan o se encontrarían esos deberes de justicia y esas obligaciones de gratuidad que surgen de la compasión, de ese sentimiento en el que nos sentimos que somos todos carne de la misma carne y sangre de la misma sangre.
¿Para qué sirve la ética? Yo creo que para darse cuenta de que eso es lo que nos constituye en el fondo, de que esa es nuestra verdadera realidad, y que nos olvidamos demasiadas veces. Tanto nos olvidamos que nuestro mundo ahora nos da una enorme tristeza, porque hay un enorme abismo entre nuestras declaraciones y lo que somos y nuestras realizaciones. Pero yo creo que es tiempo, siempre es tiempo para cambiar, siempre es tiempo para cambiar las cosas. Y el hecho de que estén aquí esta tarde, cuando podían haber hecho muchas cosas más interesantes, quiere decir que a todos nosotros estas cosas nos preocupan, a todos nosotros y a muchos otros más.
Y para acabar, como hay gente a la que conozco acá que sé que esto que voy a decir le gusta mucho, eh, leí una vez en Harvey Cox que decía que los grandes diplodocus y los grandes dinosaurios, eh, murieron con el periodo de las glaciaciones, con el periodo de las glaciaciones, con las grandes glaciaciones. Los grandes dinosaurios, los grandes diplodocus. La gente enseguida dice: "Es que los que no, es que los líderes, es que los no sé cuántos". Bueno, pues murieron todos ellos. Y los que sobrevivieron fueron los ratoncitos de campo. Los ratoncitos de campo son los que siguen vinculándose, hacen muchas cosas. Y hay que ser como los ratoncitos de campo, que tratan de recuperar lo más auténtico de nuestra humanidad, y es que somos capaces de vivir del sentido de la justicia y de la gratuidad.
Muchas gracias.