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¡Hola Tiktakers! Seguro que entre vosotros hay muchos fans de las historias de ciencia ficción de científicos locos y otros megalómanos que juegan a ser dioses, y acaban fracasando. Y quizá penséis que vienen todas del “Frankenstein” de Mary Shelley, la escritora inglesa de la que ya os hablamos hace un tiempo. Pero lo cierto es que el origen de estas historias viene de más atrás, ni más ni menos que de la Grecia Clásica y el mito de Prometeo.
Prometeo pertenecía a la segunda generación de titanes. Era hijo de Jápeto, descendiente a su vez de Gea y Urano, el titán primordial que representaba el cielo, y que fue castrado por su otro hijo Cronos con la ayuda del propio Jápeto. En cuanto a quién fue su madre, hay distintas teorías dependiendo del poeta que cuente su historia. Muchos afirman que fue la oceánide Clímene, hija de Océano, el titán de las aguas, y Tetis, diosa del agua dulce. Aunque otros afirman que fue la también oceánide Asia, patrona del continente y madre de Aquiles, el célebre héroe de la Guerra de Troya. Además de Prometeo, la pareja tuvo tres hijos más: Atlas, Epimeteo y Menecio. Una auténtica familia de leyenda, ya que cada uno tuvo su propia historia épica. Atlas fue condenado por Zeus, el rey de los dioses, a sostener el cielo sobre sus hombros. Epimeteo tuvo su papel en el mito de Pandora. Y Menecio murió alcanzado por un rayo que le lanzó el propio Zeus durante la Titanomaquia, la guerra que enfrentó a dioses y titanes.
Perteneciendo a una familia tan épica, Prometeo estaba destinado a dejar su huella en la historia. Sobre todo porque, como cuentan, era el más astuto y pícaro de los cuatro hermanos. Y no tenía miedo a nada ni nadie, ni siquiera a los dioses. Tanto es así que se atrevió a plantar cara al más poderoso de ellos, el rey del Olimpo, Zeus. Y lo hizo en favor de los hombres; de hecho, Prometeo era muy venerado y apreciado por los griegos porque fue el gran benefactor de la humanidad. Su historia comienza en una época en que dioses y hombres todavía convivían juntos, y estos últimos desconocían aún males como las enfermedades o el sufrimiento.
Zeus fue nombrado rey del Olimpo y entre sus primeras decisiones estaba delimitar qué honores y funciones correspondían a los dioses y cuáles a los humanos. Le cedió esta tarea al titán Prometeo, y este la aceptó, pero con la idea de tenderle un engaño que de paso beneficiase a los humanos. Para ello inventó el sacrificio sagrado. Mató y descuartizó un buey, y lo separó en dos partes. Una de ellas no contenía más que los huesos, pero disfrazados bajo una apetecible capa de grasa. En la otra puso toda la carne y la parte comestible, camuflada sobre la piel y las vísceras, que le daban un aspecto desagradable. Zeus fue el encargado de elegir qué parte le tocaría a los dioses, y cayó en la trampa escogiendo la parte de la grasa y los huesos. Desde entonces, en los sacrificios los griegos quemaban los huesos de los animales para ofrecerlos a los dioses, y se comían la carne.
Pero claro, la cosa no podía acabar bien. Zeus montó en cólera por el engaño de Prometeo, y decidió castigar a la humanidad privándoles del fuego. Sin él, los hombres no podían cocinar la carne y estaban obligados a comérsela cruda, como los animales. Ante esto, Prometeo se compadeció de ellos y decidió intervenir una vez más. Subió al monte Olimpo y de la forja de Hefesto, dios del fuego y patrón de la metalurgia, robó una chispa, una semilla de fuego. La transportó en el tallo de una cañaheja, un arbusto que arde muy lentamente, y se lo entregó a los hombres, que pudieron volver a calentarse y cocinar la comida.
Y entonces llegó la venganza de Zeus, aún más terrible y retorcida. Primero castigó para siempre a la humanidad a través de la caja de Pandora, un mito también muy interesante tiktakers, dejadnos en los comentarios si queréis que os lo contemos. La segunda parte del castigo recayó sobre Prometeo. Este hizo que lo llevasen al Cáucaso, una cordillera situada entre el sur de Rusia y el norte de Turquía, donde fue encadenado por Hefesto, y envió un águila para que devorase su hígado. Al ser inmortal, el hígado de Prometeo volvía a regenerarse cada noche, y a la mañana siguiente el águila regresaba para comérselo. Esta tortura debía durar eternamente, pero Hércules, que en uno de sus viajes pasó por allí, se compadeció de él y lo liberó, matando al águila con una flecha. Como recuerdo de su condena y para no reincidir, Prometeo se hizo un anillo de metal unido a un trozo de la roca a la que fue encadenado (o anillo é un anillo de metal con anaco de roca), y lo llevó consigo para siempre. De ahí la costumbre de los hombres de llevar anillos como recuerdo de eventos importantes.
El mito de Prometeo sirve para recordarle al hombre qué es lo que sucede cuando juega a ser dios y aspira a poderes que están por encima de sus posibilidades. Como el de crear vida artificial, igual que le sucede al científico protagonista de la novela “Frankenstein”, también llamada “El Moderno Prometeo”. De hecho, una de las versiones de la leyenda sitúa al titán como creador del ser humano. Esta sería la que más influencia tuvo sobre Mary Shelley, y sobre otros escritores que hicieron su propia versión del mito, como Bernard Shaw con “Pygmalion” (1913) o Gustav Meyrink con “El Golem” (1915). Y nosotros, aunque no seamos científicos locos, también podemos sacar una conclusión de la historia de Prometeo. Y es que, aunque a veces queramos hacernos el héroe, no deberíamos jugar con fuerzas que nos superan.