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¿Cerebro Rápido = Alta Capacidad? La Cara B que Nadie Cuenta

Diario de una cebra | La vida en alta definición23:44

Transcription

Buenos días, buenas tardes o buenas noches, en función del momento en el que estés viendo este vídeo. Los objetivos de este canal son muy claros: por un lado, dar visibilidad al alta capacidad; y por otro, tratar de ir derribando esos mitos que las rodean. Un tercer objetivo es servir, de alguna manera, de lugar de encuentro para aquellos que no encajan, por más que lo intenten; un espacio que facilite la transición cuando por fin entiendes el motivo por el que no encajas. Porque cuando por fin lo entiendes, todo cobra sentido. Como cuando te das cuenta de que has perdido la mañana intentando conectar el USB al revés, y además tomas conciencia de que nunca ha sido culpa tuya. No encajar. Las piezas se ordenan, asumes tu diferencia y buscas encajar allí donde te será más fácil hacerlo, donde realmente existen posibilidades y el objetivo es alcanzable. Y cuando dejas de gastar energía en esa tarea inviable de encajar, la dedicas a hacer algo que convierte tu diferencia en una ventaja; hacer cosas que te permiten usar esa diferencia a favor de tu bienestar. Y en mi caso, así surge este canal, con esos tres objetivos claros: dar visibilidad a la alta capacidad, luchar contra esos mitos que tanto restan, y tratar de transformar esa diferencia en un espacio tan flexible donde encajar sea muy sencillo.

Hasta ahora he ido deambulando por el segundo, tocando de puntillas el primero, y con el tercero siempre presente, tratando de aportar mi experiencia a esos miles de padres que se encuentran de la noche a la mañana con un diagnóstico de alta capacidad de sus hijos. Ahí entran en acción los mitos, los clichés y los estereotipos. Como ya he dicho muchas veces, no son más que simples automatismos del cerebro; ese cerebro con un objetivo principal: sobrevivir con el mínimo gasto de energía posible. Por eso, cuando te digan “piensa en grande”, responde: “prefiero pensar en la cama”. La evolución lo aprueba: horizontal, cómodo y con luz apagada, minimizando el consumo de energía al máximo. Gracias a esa característica evolutiva, cuando el cerebro de cualquier persona escucha “alta capacidad”, automáticamente lo asocia a una persona con unas características muy determinadas que sobresalen por encima de la media. Y el siguiente sesgo que entra en acción es el de que “más” siempre es mejor. Si “más” siempre fuera mejor, el teletexto seguiría existiendo y la gente aún compraría móviles con antena extensible. Y haciendo uso de las operaciones formales que vimos cuando hablamos de Piaget: si A implica B, y B implica C, entonces A implica C. Si en cualquier cerebro “alta capacidad” se asocia con “más que la media”, y “más” se asocia automáticamente con “mejor”, la lógica hace su trabajo, y “alta capacidad” se asocia automáticamente con “mejor”. Y esto es así porque la técnica le ha dado resultado al cerebro humano durante miles de años; le ha permitido sobrevivir desde las cavernas hasta hoy. Luchar contra eso se me antoja entre complicado e imposible; no deja de ser un reto o un desafío, como lo quieras llamar. Porque luchar contra cualquier sesgo es como explicarle a un perro que los fuegos artificiales no son el Apocalipsis, o como explicarle a tu abuela cómo descargar un PDF: un verdadero reto.

Y si andas por aquí, seguro que ya sabes que los retos son un elemento importante en el desarrollo de la alta capacidad; son uno de los factores que suelen activar la motivación en esos cerebros con unas características comunes, sobre todo en cuanto a mielina y neuroplasticidad. Para que un reto se convierta en motivación, debe ser interesante y alcanzable; te debe gustar y debes verte capaz de alcanzarlo. Yo a mis perros ya desistí hace mucho de explicarles que la noche vieja no es la noche del fin del mundo, sino solo la de fin de año; y las quemaduras y amputaciones en urgencias y abuelas a las que explicarle lo del PDF ya no me queda. En este caso se cumple la primera parte: me gusta el desafío, por lo que supone. La segunda, en principio, puede parecer prácticamente imposible: primero, por lo complejo de enfrentarte a años de evolución; y después, porque por mucho que demuestres que un sesgo está equivocado, la persona que lo aplica debe estar dispuesta a admitirlo. Pues justo ahí es donde se abre la ventana de superación del reto: en enfocarte en tratar de superarlo junto a aquellas que muestran una predisposición para ello, que se encuentran cerca del borde y solo necesitan un empujoncito. ¿Y quién está dispuesto a sobreponerse a esos dos automatismos? Bajo mi punto de vista, os pongo algunos ejemplos: cualquier persona con la sospecha o el diagnóstico de alta capacidad; padres y madres con hijos diagnosticados o bajo sospecha; educadores convencidos de que desaprovechar el potencial de un cerebro de alta capacidad es un error; y en general, cualquier individuo que se haya dado cuenta de que desperdiciar un recurso natural inagotable, a menos que nos extingamos, y fácilmente identificable, no demuestra, muestra precisamente la inteligencia de la especie humana, ni significa precisamente a largo plazo sobrevivir con el mínimo consumo de energía posible. A los dos primeros, por su relación más directa, lo que más les surge es el bienestar de la persona, bien sean ellos mismos o sus hijos. A los segundos, el beneficio que se deja de obtener por no aprovechar ese talento. Desaprovechar el talento es como pedir un filete en un restaurante caro y dejarlo entero porque no era lo que esperabas: haber pedido nuggets. Enfocándose así, el reto se convierte de imposible a viable; y una vez que es alcanzable, es cuando se transforma en motivación. O al menos yo lo veo así. Y como ya he dicho que el bienestar es imprescindible, pues afronto el reto de la manera que me produce un mayor bienestar. El reto se afronta con posibilidades realistas cuando se centran esos dos colectivos. Es de lógica pensar, o al menos a mí me lo parece, que son los más predispuestos a asumir el sesgo y desmontar el automatismo. Y así, con esa pequeña trampa, el desafío se transforma de imposible a viable.

A estas alturas, si sigues aquí… ¡Enhorabuena! O eres de los colectivos interesados, o tienes mucho tiempo libre. En ambos casos, gracias por tu atención. En caso de no pertenecer, la salida habrá sido en cualquier momento anterior a este. Si aún continúas acompañándome, creo que es señal de que perteneces a uno de los dos colectivos señalados y de que la complicada tarea de explicar esto la estoy desempeñando con bastante grado de aceptación. Y después del imprescindible rodeo… resumen rápido: estás aquí porque te interesa, porque en el fondo sabes que en la alta capacidad el “más” es solo una parte de la historia; que esa parte es la más visible y la más bonita, pero no la más amplia. Y con todo ello también sabes que “más” no siempre es mejor. Has aprendido por experiencia propia, seguramente, que A no implica solo B, y que B tampoco implica siempre C. Y en base, de nuevo, a las operaciones formales de Piaget, A obviamente no te lleva a C. Porque si “más” fuera mejor, estarías deseando recibir más correos y llamadas del trabajo. Quieres más, no son mejores tampoco. Y volviendo al tema central del vídeo: tener un cerebro rápido no siempre es maravilloso. A no siempre implica B, y “más”, como ya sabemos, no significa necesariamente mejor. B no implica C. Por lo tanto, tener un cerebro más rápido no te hace mejor, y tampoco peor; solo te convierte en alguien con un cerebro diferente. Y volviendo al tema central del vídeo: tener un cerebro rápido no siempre es maravilloso. A no siempre implica B, y “más”, como ya sabemos, no significa necesariamente mejor. B no implica C. Por lo tanto, tener un cerebro más rápido no te hace mejor, y tampoco peor; solo te convierte en alguien con un cerebro diferente.

Y aunque a primera vista ese cerebro más rápido pueda parecer una ventaja, acompáñame a descubrir que muchas veces no lo es. Porque comienza aquí un viaje divertido por la cara B de esos cerebros de alta capacidad que, aunque no lo creas, existe y es tan desconocida porque no es maravillosa a priori. Después, cuando la exploras, la encuentras divertida, pero de primera se agreste e inhóspita. Luego te sirve para entender al fin que A no implica B, B no implica C, y por supuesto A no implica C. Hoy vamos a empezar viendo la cara B de un cerebro con alta capacidad que, por definición, también lo es de alta velocidad; en ocasiones, el muy cabrito de excesiva velocidad, como veremos. Te hablaré de esos momentos en los que crees tener la clave del universo en la cabeza, cuando tu mente se siente como un cohete a punto de despegar, pero que en realidad resulta ser una nave sin combustible en plena autopista. Todos habremos pasado por eso: estás tan absorto en una idea brillante que te olvidas de lo básico: dar la luz, recordar el nombre de la persona que tienes enfrente, o simplemente no tropezar con la puerta al salir de casa. Es un proceso tan rápido y eficiente que te pones a diseñar un algoritmo para optimizar el tiempo, y lo acabas usando para justificar por qué llegas tarde a tu propia fiesta de cumpleaños. La sociedad te aplaude cuando tienes un destello de brillantez, pero en el mismo segundo, si te equivocas, te condena como si hubieras traicionado a la humanidad. Y cuando crees que ya no puede ser peor, llega esa voz interna cruel y punzante que te dice: “Si eres tan inteligente, ¿cómo no lo viste venir?” Es como tener una linterna en plena jungla oscura: ilumina el camino, pero también te deja ciego ante las raíces traicioneras que te hacen caer. La soledad. El que piensa distinto es un tema que poco se entiende, afortunadamente para ellos. Es como vivir en un universo paralelo donde las ideas fluyen sin control, pero al mismo tiempo sientes que nadie comparte tu frecuencia; como ser el único que ha leído las instrucciones del juego de mesa, pero todos quieren jugar como les da la gana. De todas formas, cuando tienes un cerebro rápido, anticipas bastante antes que el resto lo que va a pasar. Pero no es magia, es simple ciencia. Aunque si dices que es intuición, la gente te cree más rápido, porque los datos les dan pereza. Pero el esoterismo con buen branding, no la teoría bayesiana, sugiere que el cerebro toma decisiones y forma percepciones usando probabilidades basadas en experiencias previas y nueva información sensorial, similar a las estadísticas bayesianas. Este funcionamiento es el responsable de que nos alejemos del fuego aunque no nos hayamos quemado nunca, o que evitemos acariciar a leones y tigres. El cerebro de nuestros antepasados aprendió a fuerza de quemarse y de ser devorados que el fuego quema y los leones son cazadores carnívoros contra los que no podemos competir a manos descubiertas. A pesar de eso, hoy aún es necesario poner carteles que advierten: “¡No metas la mano en la jaula!” La primera vez que alguien se quemó, la probabilidad de quemarse en aquellos cerebros era ínfima; era un suceso que no habían experimentado. A fuerza de repetir el experimento, la probabilidad de quemarse cerca del fuego, lógicamente, aumentaba. No vengamos ahora de listos, ellos no lo sabían, y a ellos les debemos saberlo nosotros. Hasta que, siguiendo el modelo de Bayes, se establecieron las conexiones necesarias que nos convencieron de que el fuego quema. Y así se mantienen hasta la actualidad. Visto desde esta perspectiva aislada, parece que lo más inteligente, una vez verificado que el fuego quema, habría sido eliminarlo por completo. Pero resulta que el fuego era un mal necesario. Y nuevamente, con el modelo de Bayes, que aún no había nacido ni se había quemado, decidieron mantener el fuego como elemento imprescindible para calentar las cuevas, cocinar los alimentos o proteger los asentamientos por la noche.

Así pues, la teoría bayesiana de la función cerebral postula que el cerebro funciona como un sistema de procesamiento predictivo, generando modelos internos basados en creencias previas y experiencias pasadas para hacer predicciones sobre las entradas sensoriales futuras. En otras palabras, nuestro cerebro ha aprendido que la forma más eficiente de aprender es mediante el método de ensayo y error. Yo, la verdad, no estoy dispuesto a llevarle la contraria a miles de años de evolución. Así que no voy a discutir el proceso, aunque aún haya gente que se ha atascado en la fase de error y se resiste a pasar a la de aprendizaje. La selección natural ha optimizado los mecanismos de procesamiento de la información del cerebro, lo que ha llevado al cerebro a procesar la información de forma óptima. Y todo este proceso tiene lugar en el subconsciente, porque el cerebro seguramente también haya aprendido que es mejor realizarlo en esa zona en lugar de entorpecer el funcionamiento del consciente. El subconsciente es el currito que se come todo el trabajo y los marrones, y el consciente es el jefe que se cuelga las medallas sin tener ni puñetera idea de cómo se ha hecho el trabajo. Así que, por un lado, sabemos cómo el cerebro genera árboles de decisión, asignando una probabilidad de ocurrencia a cada rama y un valor a cada resultado, y que lo hace sin que intervengas en ese proceso. Y por otro lado, tenemos claro que un cerebro con alta capacidad se caracteriza por una mayor velocidad. Juntando ambos condicionantes, nos encontramos que estos cerebros tan maravillosos, ante un estímulo o una acción que actúa como desencadenante, llegan a la conclusión antes que los cerebros normales, y lo hacen sin ser conscientes de ello. Simplemente, cuando el proceso ha finalizado, la solución pasa al consciente sin más detalles del proceso, sin valoraciones adjuntas ni información que amplíe la conclusión. Es un simple y sencillo “sí” o “no”. Que ojo, con mucho esfuerzo y consumo de energía, puedes tratar de explicar con palabras todo el proceso, pero llega un momento que cuando tratas de razonarlo en el plano consciente, abandonas la tarea por desgaste.

Y aquí viene lo divertido: la cara B de la velocidad de un cerebro bayesiano es como ver caer un dominó a cámara lenta y saber exactamente qué ficha va a interrumpir la secuencia mientras el resto está discutiendo sobre si las piezas están alineadas. Te encuentras antes que nadie con el final de una historia que para el resto no ha hecho nada más que comenzar. Sin embargo, tú ya has analizado los personajes, desarrollado la trama y averiguado que el asesino ha sido el mayordomo con el candelabro en la biblioteca. Y es tan obvio que, por desgracia para ti, es de sentido común. Y digo por desgracia porque solo para ti es de sentido común, y porque cuando trates de explicar y razonar lógicamente y con argumentos, va a llegar un momento en que no vas a poder continuar con la explicación, por mucho que lo intentes. Yo, al menos, no lo he conseguido. Si tú has podido, cuéntanos el truco en los comentarios. Así que la mayoría de las veces te encuentras sentado en el cine con tu grupo de amigos, compañeros, asistiendo a la proyección de una película que ya has visto varias veces y que te conoces hasta los diálogos. O como cuando te has leído un libro mientras los demás están mirando la estantería de la librería. No se te ocurra mencionar que no vale la pena: te mirarán como si les hubieras dado una patada en la entrepierna. Motivadora precisamente la escena. A mí no me parece. Es ese momento es cuando puedes escoger dos caminos: el primero, quedarte sentado en cuerpo y desconectar en mente, esperando que acabe la película y todo transcurra según el guion establecido. Técnicamente, es lo que se conoce como masking. Prometo que hablaremos de ello otro día, pero por ahora mi intención es que le pongas un nombre a ese comportamiento que seguro que llevas a cabo habitualmente. La definición de masking (enmascaramiento) es esta: mecanismos de afrontamiento que utilizamos para ocultar nuestro verdadero yo y ser aceptados por la mayoría de la sociedad, aparentemente normal. Ocultar tu verdadero yo para viajar en la sociedad es como llevar un disfraz incómodo toda la vida. Y lo peor es que ni siquiera es un disfraz guay: es un uniforme gris, aburrido, que rasca y molesta. Por eso debes entender que, como estrategia a la que recurrir en un momento puntual y concreto, está muy bien, pero a la larga pasa factura. El segundo camino que puedes es levantarte de la butaca y abandonar la sala educadamente. Tu instinto de ser socialmente diseñado te indicará siempre que el camino correcto es el primero, salvo trastorno sociopático. Necesitamos pertenecer a un grupo para sobrevivir. Salir de la película mientras los demás siguen atrapados en el guion puede parecer antisocial, pero si sabes que el desenlace es predecible y poco estimulante, quedarse es más bien una tortura. Con tiempo, autoconocimiento, reflexión y muchas interacciones bayesianas, puedes llegar a descubrir que el camino realmente correcto es el segundo. Y es que el elegir el primero te condena a esa especie de ansiedad de ver cómo va transcurriendo la película y los acontecimientos se encadenan según el que ya conoces. Ansiedad porque sabes que a la gente no le gustan los spoilers, y porque sabes que es una tarea casi imposible explicar lo que va a pasar y por qué va a pasar. Si al final es triste o dramático, te enfrentas a la impotencia de ver cómo se acerca sin que puedas hacer nada por evitarlo. Si al final que se va a producir es positivo, pero el tuyo es mejor, la impotencia en este caso vendrá dada por lo poco eficiente que resulta seguir el guion para acabar en un desenlace que no es el óptimo. Y si el final es óptimo y coincide con el tuyo… ¡Enhorabuena! Ya sabes lo que viene ahora: tu cerebro ya está escribiendo, rodando, produciendo y lanzando la secuela de la película.

Si todo esto te suena chino, ya imagino que la reacción será algo parecido a esto: “Mira cómo complica las cosas el rarito este. Qué ganas de darle vueltas a todo. No podría ser un poco menos intenso”. Podrías serlo tú cuando estás viendo a alguien montar un mueble con el manual al revés. Sabes que hay una forma más eficiente, pero si intervienes vas a ser el pesado que siempre tiene que corregir. Pues hombre, sinceramente, no, no puedo ser menos intenso. Lo he intentado de muchas y variadas maneras, pero he asumido que no puedo hacerlo y que tratar de intentarlo me desgasta, consume una energía que prefiero destinar a otros asuntos más relevantes. Así que he llegado a la conclusión de que lo mejor es contar el final de la película, desagrade o no a los demás, y pasar a la siguiente; no quedarme viendo la misma una y otra vez; no insistir en que el final podría ser mejor; prepararme para cuando el final llegue; anticipar las consecuencias y tener listo un final alternativo que probablemente nunca se ruede ni vea la luz. Pero al menos existirá el guion, y yo me habré divertido en el proceso de escribirlo. Si te pasa algo parecido, solo te puedo dar un consejo: si puedes ser guionista, actor, director, productor, doble, maquillador, tramoyista y encargado del catering a la vez, inténtalo. Si no, entrega el guion y pasa al siguiente. De lo contrario, estarás desperdiciando la oportunidad de escribir un guion que bien podría valer un Oscar. El tiempo es lo que es, y da para lo que da. Nunca sabes cuánto te queda, así que aprovéchalo. Yo de eso sí que sé algo, pero de momento no es relevante. Otro día, si toca, lo cuento. De momento, deberás creerme cuando te digo que hoy estás aquí, mañana en la UCI intubado y con un 90% de posibilidades de no despertar.

Vamos a ir acabando con otra implicación de ese cerebro que realiza operaciones bayesianas a gran velocidad: esa rapidez implica que el tiempo en tu subconsciente pase mucho más rápido que en la vida real; hace que la urgencia siempre sea mayor de lo que es en realidad. Porque en tu cabeza las cosas suceden más rápido; el final parece más urgente de lo que en realidad sucede. Y hasta que descubres eso, convives con la ansiedad del premio. Llega un momento en el que asimilas que el final llegará inevitablemente, pero no a la velocidad que piensas. Y esa parte de la ansiedad desaparece, y sabes que tienes tiempo para maniobrar. Vamos cerrando este primer capítulo. Espero haber explicado bien este primer “pero” sobre la alta capacidad. Seguro que conoces la sensación, porque la has experimentado. Igual hasta le has puesto nombre o incluso has encontrado la solución. El caso es que alta capacidad es sinónimo de alta velocidad, y esa alta velocidad tiene un lado que no es tan agradable. Si has desarrollado alguna estrategia, te invito a dejarla en los comentarios. Hasta entonces, compartiré mis conclusiones personales. Mi idea no ha sido transmitir que esa alta velocidad que se manifiesta en la alta capacidad es una desventaja; sería poco inteligente afirmar eso. Solo he querido demostrar que no es tan maravilloso como ese sesgo natural hace creer a los que no la padecen; que no es divertido ver cómo te llega a conclusiones anticipadas antes que los demás; que no es divertido ver cómo las cosas se derrumban en tu cabeza; que no es divertido no poder explicar de manera racional y sencilla cómo has llegado tan rápido a esas conclusiones que los demás no aciertan todavía; entender que eso no te hace mejor que nadie, pero también quiero dejar muy claro que tampoco te hace peor que nadie. Son unas características que te dan una configuración diferente, y en saber aprovechar esa diferencia está la solución a ese pequeño problema de tener un cerebro muy rápido, pero sin regulador de potencia ni botón de pausa.

Asume esa diferencia y sus características, y enfoca tu velocidad en cosas que te llenen, que te proporcionen beneficios a nivel mental, que te hagan estar satisfecho, que la vida sea más llevadera de esa manera. Como no puedes apagar el motor, al menos elige a dónde quieres ir; que sea hacia algo que valga la pena, no solo en círculos. Asume que habrá momentos en los que será mejor aparcar las conclusiones y dejar que las cosas ocurran, porque no está en tu mano pararlas. Pero asume que debe haber otros momentos en los que utilizarás esa velocidad en tareas que sí podrás controlar, y verás cómo, cuando pongas el foco en esas tareas que sí puedes controlar, tu propio cerebro adaptará su velocidad para reservar energías y no malgastarlas en anticipar situaciones incontrolables. A ver si lo resumo bien: tienes un cerebro bayesiano sin control de velocidad. Déjale que aprenda que consumir energía en anticipar acontecimientos imposibles de evitar es dejar de disponer de esa energía para aprovechar en situaciones que sí se pueden controlar. Inténtalo, y verás cómo él solito aprende. Detente un momento, descubre una o dos actividades que te gusten, que te hagan sentir bien; dedícales un poco de tiempo, que tu cerebro descubra que usar la velocidad en esas áreas tiene beneficios. Y así, por arte del aprendizaje, ese cerebro bayesiano incontrolable, programado para sobrevivir, evitar el dolor y buscar el placer, se dará cuenta de que no merece tanto la pena anticipar acontecimientos incontrolables y dejará de consumir energía en ello; que eso es tan útil como gastar datos en el móvil con vídeos en 4K cuando solo escuchas el audio. Seguirás llegando a las mismas conclusiones a una velocidad similar, pero consumirás la energía justa en el proceso, porque tu cerebro habrá aprendido que emplearla en otras tareas es mucho más beneficioso: no causa dolor y conduce a una mayor felicidad. Y ya sé que dicho así suena simple y sencillo, pero también sé que no lo es, y que cuesta mucho dejar de hacer algo que llevas haciendo toda la vida. Desaprender patrones es de lo más complicado que existe, y tienes que tener muy claro que cuentas con una ventaja. Y esa ventaja es precisamente lo que te ha llevado a este punto: un cerebro que va a gran velocidad, que aprende rápido, por tanto, y que necesita menos estímulos, y probablemente menos intensos, para desarrollar la respuesta que necesitas. Así que, aunque creas que es complicado, debes coincidir que en la práctica no será tan difícil. Inténtalo, aprovecha esa velocidad y transforma la angustia y la ansiedad en bienestar y alegría. Usa tu capacidad para afinar su propio funcionamiento. Hasta aquí mi experiencia con el primero de esos “peros” de la alta capacidad: esta deconstrucción del sesgo que asocia la alta capacidad a un cerebro más rápido y, por tanto, mejor. Pues no, ni mejor ni tampoco peor, solo diferente; y que si queremos aprovecharlo de verdad, tenemos que buscar maneras diferentes de hacerlo.

Una reflexión final: si a los adultos nos cuesta llegar a este punto con nuestra experiencia y nuestra edad, ¿qué hacemos con los niños que no cuentan con ese bagaje? Pues aprovecharnos de que son como esponjas y que aprenden por imitación; y que si su modelo consigue controlar esa velocidad y sus consecuencias, ellos aprenderán a hacerlo sin darse cuenta. Y cuando lleguen a casa, si ven que tú te quitas el uniforme gris, aburrido, que rasca y molesta por todos lados, automáticamente harán lo mismo. No les obligues a llevar puesto ese incómodo disfraz 24 horas al día, pero para eso primero tienes que quitarte tu propia obligación de llevarlo. Y hasta aquí este primer paseo por esa cara B de la alta capacidad. Si te ha resultado interesante o amena, me alegro. Muchas gracias por haberme acompañado. En el próximo paseo te contaré cosas de eso que los expertos denominan “pensamiento divergente”, y que tampoco se apaga nunca. Veremos qué tiene automatizado nuestro entorno sobre él y cómo intentar que se enteren de que no es tan maravilloso como lo pintan. Si no te lo quieres perder, pues díselo al algoritmo en su propio lenguaje: dale al like, suscríbete al canal y toca la campanita (y para que no te persigan, desactiva las notificaciones). Gracias por tu compañía. [Música] Una vez caí y me levanté, y soy feliz porque puedo siempre decir: “Voy a vivir”, y desde aquí siempre lo haré, a mi manera. [Música]