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Víctor Hugo-"El hombre que ríe""-/Úrsus/Los compra niños /El hombre que rie (Libro Primero)

Arturo Perea Gallegos2:50:28

Transcription

Hoy, de Víctor Hugo, leemos "El hombre que ríe".

Libro primero. Dice el autor en el prefacio: "El título verdadero de este libro debería ser La aristocracia. Otro libro que seguirá este podría titularse La monarquía. Y estos dos libros, si el autor consigue concluir el trabajo que se impone, precederán y abrirán paso a otro que se titulará El 93".

Y ahora, damos comienzo a este libro. Espero que sea de tu agrado.

Ursus, por Víctor Hugo.

Ursus y Homo estaban ligados por vínculos de estrecha amistad. Ursus era un hombre y Homo un lobo. Había simpatizado el hombre. Bautizó la fiera y, tal vez, se habría elegido también su nombre, habiéndole parecido Ursus bueno para él, le parecía bueno Homo para el animal.

La reunión de los dos era de gran provecho para las ferias, para las fiestas de la parroquia, para las calles y plazas en las que los transeúntes se atropellan por oír contar hazañas y escuchar. Le agradaba la multitud ver un lobo dócil y habilidoso, verle amansado. Le complacía. ¿No es agradable ver desfilar ante nuestra vista todas las variedades de la domesticación? Y por eso se agrupa tanta gente al ver pasar los cortejos reales.

Ursus y Homo iban recorriendo de calle en calle, desde las plazas públicas hasta las plazas públicas, del país en país, de condado en condado, de ciudad en ciudad. Cuando agotaban un mercado, se iban a otro. Ursus habitaba en una choza portátil que Homo estaba bastante civilizado para arrastrar de día y vigilar de noche.

En los caminos difíciles, en las subidas, cuando hallaba mucho barro o embarazos en el camino, el hombre tiraba fraternalmente al lado del lobo para ayudarle a llevar la carga. De esta manera envejecieron juntos. Acampaban a la ventana, en un erial o en un soto, en un cruzamiento de caminos, a la entrada de una aldea, a las puertas de un villorrio, en los mercados, en el atrio de las iglesias, en sitios cuando la carreta se paraba en el campo, donde exponía alguna feria, cuando la multitud corría hacia ellos y formaban círculo en torno suyo. Ursus peroraba y Homo aprobaba. Homo, con una arteza en la boca, pasaba pidiendo por la concurrencia. Así se ganaban la vida.

El lobo era instruido, el hombre también. Aquel fue educado por este y este por sí solo. Y las diferentes habilidades de lobo contribuían a que hiciera gran colecta. Sobre todo, no dejaba en el hombre, decía su amigo, el lobo no mordía nunca. El hombre, algunas veces, a lo menos.

Ursus pretendía morder. Ursus era misántropo y, para disipar su misantropía, se hizo volatinero. Y también para poder vivir, porque el estómago impone sus condiciones. A más de esto, el volatinero misántropo, ya para complicarse o ya para completarse, era médico. No solo médico, sino ventrílocuo. Se le oía hablar sin mover la boca. Copiaba exactamente el acento y la pronunciación de cualquiera e imitaba la voz hasta el punto de identificarse con la de la persona imitada. Él solo copiaba el murmullo de la multitud, reproducía toda clase de gritos de animales, de tal suerte que, según su voluntad, os hacía oír o una plaza pública llena de rumores humanos o un bosque plagado de bestias.

Esta clase de talentos, aunque son muy raros, existen. En el último siglo, un tal Tzel, que imitaba las muchedumbres de hombres y de animales juntos y que simulaba todos los gritos de las bestias, fue agregado a la persona de Buffon bajo ese concepto.

Ursus era perspicaz, inverosímil y curioso, e inclinado a las explicaciones singulares que llamamos fábulas. Aparentaba creer en ellas. Estas desvergüenzas constituían parte de su malicia. Miraba las rayas de las manos de cualquiera, abría libros acaso y sacaba consecuencias, profetizaba el destino. Pero decía que era peligroso encontrar un asno negro y más peligroso aún, en el momento de ponerse en viaje, oír que nos llama alguno que no sabe a dónde nos vamos.

Ursus decía: "Nos diferenciamos el arzobispo de Canterbury y yo". En que yo confieso. El arzobispo, justamente indignado, le hizo llamar. Pero el discreto Ursus desarmó a su gracia recitando un sermón de su propia cosecha sobre el santo día de Christmas, que el arzobispo, con afán, aprendió de memoria, predicó en el púlpito y publicó como suyo. Y le perdonó.

Ursus era médico y curaba con hierbas. Conocía muy bien las simples, sacaba partido del profundo poder que encierran algunas plantas. Desdeñados del tití malo, que arrancaba de la parte baja de la planta, sirven de purga; y arrancadas de la parte alta, se utilizan como vómito. Curaba el mal de la garganta por medio de la excrecencia vegetal conocida por el nombre de "Oreja de judío". Conocía cuál era la planta que cura el boy y cuál es la hierba buena que cura el caballo. Conocía las virtudes de la mandrágora, que, que nadie ignora, pertenece a los dos sexos. Daba recetas, curaba las quemaduras con la lana de la salamandra, de la que Nerón, según cuenta Plinio, tenía una servilleta. Vendía panaceas.

Se decía que en otro tiempo estuvo encerrado en Bethlem. Le hicieron el honor de tenerle por insensato, pero le dieron la libertad en cuanto advirtieron que era poeta. Esta historia, probablemente, no sería verdadera, pero nos vemos obligados a sufrir muchas de esas leyendas.

Lo cierto es que Ursus era sabiondo, hombre de gusto y poeta latino. Era instruido en dos ramas del saber humano: hipocrática y pintar. Zaba era capaz de componer tan hábilmente como el padre Bour, tragedias jesuíticas, como resultado de su familiaridad con los venerables ritmos y metros de los antiguos. Poseía imágenes completamente suyas y toda una familia de metáforas clásicas. Decía que una madre a la que anteceden sus dos hijas era un dáctilo; que un padre seguido por dos hijos era un anapesto; y que un niño que iba entre su abuelo y su abuela era un anfímacro.

Tanta ciencia solo podía servir para morirse de hambre. La escuela de Salerno dice: "Comed poco y con frecuencia". Ursus comía poco y rar vez, obedeciendo así a la mitad del precepto y desobedeciendo a la otra mitad. Pero esto era culpa del público, que con frecuencia no acudía y que compraba pocas recetas.

Ursus solía decir: "La expectoración de una sentencia". Alia al lobo le consuela el aullido, al cordero la lana, a la mujer el amor y al filósofo el epifonema.

Ursus, cuando la necesidad le apremiaba, escribía comedias que representaba después, y eso le ayudaba a vender sus sus drogas. Entre otras, compuso una "Pastoral heroica" en honor del caballero A. Melang, que condujo un río a Londres. Dicho río discurría pacíficamente por el condado de Hartford, a 60 millas de Londres. Fue allí, acompañado de una brigada de 600 hombres armados con los útiles apropiados para la obra que iba a emprender, se se puso a remover la tierra, a ahondarla por aquí, a levantarla por allá, a 20 pies de altura o a 30 pies de profundidad, construyó acueductos de madera en el aire, puentes de piedra, etc., y una mañana el río penetró en Londres, que carecía de agua.

Ursus transformó todos esos detalles vulgares en una linda bucólica. Entre el río Támesis y el río Serpentine, el primero invitaba al segundo a que llegase hasta donde él estaba, ofreciéndole su lecho, y le decía: "Soy demasiado viejo para agradar a las mujeres, pero soy suficiente rico para pagarlas". Ingeniosa y galante manera de expresar que Sir Middleton había hecho todos los trabajos a expensas suyas.

Ursus era notable en el soliloquio. De naturaleza esquiva y charlatán, le gustaba no ver a nadie y necesitaba hablar a alguno, por lo que vencía esa dificultad hablando consigo mismo. Todo el que haya vivido solitario sabe hasta qué punto es natural el monólogo. La palabra interior pica, arengar en el espacio quita la picazón, hablar en voz alta y solo produce el efecto de un diálogo entablado con el Dios, el Dios que cada uno tiene dentro de sí mismo.

Sabido es que Sócrates tenía el hábito de perorar y Lutero también. Ursus era como esos grandes hombres, poseía la cualidad hermafrodita de ser su propio auditorio. Se preguntaba y se contestaba, se glorificaba y se insultaba. Desde la calle se le oía hablar dentro de su choza. Los transeúntes, que tienen su modo de apreciar a la gente de talento, exclamaban: "¡Es un idiota!". Se injuriaba unas veces, como acabamos de decir, pero también otras se rendía justicia.

Un día, en una de las alocuciones que se dirigía a sí mismo, se le oyó exclamar: "He estudiado el vegetal en todos sus misterios, en el tallo, en el botón, en los pétalos, en los estambres, en el óvulo, etc. En todos sus componentes he profundizado la croma, la osmos y la chismos". Esto es, la formación del color, del olor y del sabor. Indudablemente, era fatuo el certificado que Ursus se expedía a sí mismo. Pero que los que no hayan profundizado la comas, la osmos y la chismosa, que le arrojen la primera piedra.

Por su fortuna, Ursus no había ido nunca a los Países Bajos. Que se hubiera ido, sin duda, le hubieran pesado para saber si tenía el peso normal o excedía o no llegaba, y le consideraban como a brujo. En Holanda, la ley fijaba sabiamente este peso. Nada más sencillo ni más ingenioso. Se hacía la prueba poniéndose en el palillo y, evidentemente, eras brujo si destruían el equilibrio. Pesaba demasiado, os ahorcaban; pesaba poco, os quemaban. Hoy puede verse todavía en Oudewater la balanza para pesar brujos, que actualmente sirve para pesar queso. Tanto ha degenerado la religión.

Ursus hizo bien en no querer sujetarse a la balanza y por eso se abstuvo de visitar Holanda, que creemos, además, que jamás salió de la Gran Bretaña. Fuera de esto, lo que fuese, siendo como era pobre y errante, y habiendo conocido en una selva a Homo, adquirió la afición a la vida errante. Iba con el lobo por los caminos y vivía con él a aventura. La gran vida del aire libre. Era industrioso, tenía multitud de ideas y poseía el arte de curar, de operar, de quitar las enfermedades y de ejecutar particularidades sorprendentes. Se le consideraba como hábil stilmanqui y como diestro médico. Creían que poseía algo de magia, aunque no mucho, porque era malsano en esa época ser tenido por amigo del demonio.

Verdaderamente, de Ursus, por amor a la farmacia y por amor a las plantas, se exponía, yendo muchas veces a recoger vivas en lugares muy peligrosos, corriendo el riesgo que hace constar el consejero de Andre de hallarse, a la caída de la tarde, con un hombre saliendo de debajo de tierra, tuerto del ojo derecho, sin capa, con la espada al cinto y con los pies desnudos.

Ursus, de formas y carácter caprichosos, era demasiado sincero para atraer el granizo, para parecer con dos caras, para matar a un hombre haciéndole bailar demasiado, para proporcionar sueños dulces o sueños espantosos, y para hacer nacer gallos de cuatro alas. Era incapaz de tales tropelías. Era también incapaz de ciertas abominaciones, como por ejemplo, hablar en hebreo o en griego sin saberlo, lo que sería prueba de exar malignidad y de enfermedad natural procedente de algún humor melancólico. Ursus hablaba en latín porque lo sabía, pero no se permitiría nunca hablar en ciríaco, que no había estudiado. Además, como es sabido, el ciríaco es la lengua que se usa en los sábados. En medicina, prefería Galeno al Cardán, porque, aunque este era muy sabio, era un gusano comparado con Galeno.

En suma, Ursus no era uno de esos personajes a los que persigue la policía. Su choza era suficientemente larga y suficientemente ancha para poder acostarse dentro de ella. En un cofre que contenía sus trajes poco suntuosos, era propietario de una linterna, de muchas pelucas y de ciertos utensilios que colgaban de clavos, entre los que había algunos instrumentos musicales. Tenía además una piel de oso con la que se cubría en días señalados, y él llamaba a esto "vestirse". Él decía: "Yo poseo dos pieles. Esta es la verdadera", y mostraba la piel de oso.

La choza con ruedas pertenecía a él y al lobo. Además de su choza, del utensilio de vidrio para operaciones químicas y del lobo, poseía una flauta y una viola, y las tocaba bastante bien. Fabricaba él mismo sus elixires. Su talento le sugería algunas veces la cena. En el lecho de la choza había un agujero por el que pasaba el tubo de un hornillo contiguo al cobre, y que enrojecía la madera de este. Este hornillo tenía dos divisiones: en una hacía Ursus sus operaciones químicas y en la otra cocía patatas. Por la noche, el lobo dormía dentro de la choza, amistosamente encadenado. Homo era de pelo negro y Ursus de pelo gris.

Ursus tenía 50 o 60 años. Estaba tan resignado a su destino que comía, como acabamos de decir, patatas, alimento que entonces solo nutría a los cerdos y a los forzados. Él las comía resignado. No parecía alto, a pesar de ser largo, estaba encorvado y melancólico. La naturaleza le formó para que fuese triste. Le era difícil sonreír y le había sido siempre imposible llorar. Le faltaba el consuelo de las lágrimas y el paliativo de la alegría. "El hombre viejo es una ruina que piensa". Eso era Ursus. Tenía la locuacidad del charlatán, la flacura del profeta y la irascibilidad de una mina cargada. En su juventud había sido filósofo en casa de un lord.

Esta historia acontecía hace 180 años, en la época en que los hombres eran más fieras que lo son en la actualidad. Pero poco más.

Homo no era un lobo cualquiera. Por su afición a los nísperos y a las manzanas, se le hubiera podido creer lobo de pradera. Pero sus aullidos, que casi degeneran en ladridos, se hubieran podido tomar por el culpo de Chile. Pero no se ha estudiado aún lo bastante la pupila del culpo para no estar seguros de que no era un zorro. Y Homo era un verdadero lobo. Tenía cinco pies de longitud, que es mucha, hasta para un lobo de Lituania. Era muy fuerte, tenía la mirada oblicua, sin culpa suya, tenía la lengua suave y, algunas veces, la lamía a Ursus. Tenía estrecha línea de pelos cortos sobre la espina dorsal y no era delgado ni grueso.

Antes de conocer a Ursus y de tener que arrastrar una carreta, crecía alegremente 4 leguas en una. Ursus le vio oculto en una especie de poza cerca de un arroyo de agua viva y le vio cazando cangrejos con habilidad y con paciencia, reconociendo en él a un legítimo lobo. Como bestia de carga, Ursus prefería Homo a un burro. Le hubiera repugnado que un asno condujese su choza. Daba al asno demasiada importancia para que hiciese ese papel. Además, había observado que el burro, ese soñador de cuatro patas, poco comprendido por el hombre, pone las orejas algunas veces cuando los filósofos dicen tonterías. En la vida, entre nuestro pensamiento y nosotros, el asno es un tercero, como compañero.

Ursus prefería Homo a un perro, creyendo que va tan lejos como este en cuanto a amistad. Por eso Homo bastaba a Ursus. Era para este más que un compañero, era su segundo. Añadiendo además: "Cuando yo muera, el que quiera conocerme tendrá que estudiar a Homo, porque le dejaré en la vida como una copia idéntica al original".

La ley inglesa, poco cariñosa con las fieras, pudo proceder contra este lobo al verle recorrer familiarmente las ciudades. Pero Homo se acogía a la inmunidad concedida a los domésticos por un estatuto de Eduardo I, que decía: "Podrá todo doméstico ir y venir libremente, siguiendo a su amo". Además, este relajamiento en beneficio de los lobos motivó, entre las damas cortesanas de los tiempos de los últimos Estuardo, la moda de tener una guisa de perros pequeños, lobos del tamaño de gatos, que se hacían traer de Asia a peso de oro.

Ursus había enseñado a Homo parte de lo que él sabía: a tenerse en pie, a desvanecer la cólera, el mal humor, a refunfuñar en vez de aullar. Y por su parte, el lobo había enseñado al hombre también lo que sabía: a no vivir bajo techo, a conformarse, a no tener pan ni fuego, y a preferir el hambre en vez de un bosque a la esclavitud de un palacio.

La choza, manera de cabaña-coche, seguía itinerario variado sin salir de Inglaterra ni de Escocia. Tenía cuatro ruedas y las barras a las que se uncía el lobo y un balancín para el hombre. La choza era fuerte como convenía que fuese para atravesar los caminos malos, pero construida de planchas ligeras. Tenía por delante una puerta con cristales y un balconcillo del cual se servía Ursus para arengar a la multitud, y que era para él tribuna y púlpito. Y por otra parte, de atrás, tenía una puerta maciza con agujeros respiratorios. La calda de un estribo de tres escalones, girando sobre una charnela y situado detrás de dicha puerta, daba acceso a la choza, que se cerraba por la noche con cerrojos.

Había caído sobre dicho vehículo mucha agua y mucha nieve. Estuvo pintado, pero ya no se conocía ni de qué color. Delante, por la parte de fuera, y en una especie de frontispicio compuesto de una plancha delgada de madera, se podía descifrar en todo tiempo esta inscripción, escrita con caracteres negros sobre fondo blanco, que poco a poco se habían confundido y borrado: "El oro pierde anualmente por su forzamiento un 14 por 100 de su volumen, de lo cual se deduce que de cada 10.000 millones de oro que circulan por todo el mundo, se pierden todos los años un millón. Este millón de oro se truca en polvo, se vuela, flota, se atomiza, se hace respirable, se carga y pesa, se le aspira dócil las consciencias y se le amargaba con el alma de los ricos, a los que hace soberbios, y con el alma de los pobres, a los que hace feroces".

Esta inscripción, borrada y deshecha por la lluvia y por la bondad de la Providencia, era afortunadamente ilegible. Por es probable que la filosofía enigma y transparente del oro respirable hubiera disgustado a los sheriffs, prebostes y otros mantenedores de la ley.

La legislación inglesa no se chaba en esa época con facilidad. Suponía felón a cualquiera. Los magistrados eran feroces por tradición y la crueldad era rutina. Los jueces inquisidores pululaban. Jeffreys se había reproducido con profusión.

En el interior de la choza había dos inscripciones más. Encima del cofre, sobre la pared de planchas blanqueadas con cal, se leía esta, escrita con tinta: "Únicas cosas que importa saber: el varón que es par de Inglaterra lleva un cinturón con seis perlas. La corona comienza en el vizcondado. El vizconde lleva una corona de perlas sin número fijo. El conde, una corona de perlas con puntas entremezcladas con hojas de mata de fresa. El marqués, perlas y hojas de la misma altura. El duque, florones sin perlas. El duque real, un círculo con una cruz y flores de lis. Y el príncipe de Gales es una corona igual a la del rey, con la sola diferencia de no estar cerrada. El duque tiene el tratamiento de 'muy alto y poderoso príncipe'. El marqués y el conde, de 'muy noble y poderoso señor'. El vizconde, de 'noble y poderoso señor', y el varón, 'verdaderamente señor'. Al duque se le llama 'Su Gracia', y a los demás pares, 'Su Señoría'. Los lores son inviolables. Los males forman cámara y corte, concilium et curia, legislatura y justicia. Mos honorable es más que Rais Hure. Los lores parece les da el nombre de lores de derecho; los lores que no son pares, de cortesía. El lord nunca juramento ni al rey ni a la justicia; su palabra basta, dice: 'Por mi honor'. Los comunes, esto es, el pueblo que los lores envían a la barra, se presentan en ella humildemente, con la cabeza descubierta, ante los pares, que no se descubren. Los comunes envían a los lores los Bills por medio de una comisión constituida por 40 miembros, que los entregan haciendo tres profundas reverencias. Los lores mandan a los comunes sus Bills por medio de un escribiente. En caso de conflicto, las dos cámaras confieren. Los pares están sentados y cubiertos, y los comunes, descubiertos y en pie. Según una ley de Eduardo I, los lores gozan el privilegio del homicidio simple. Un lord que mata a un hombre no es perseguido. Los varones tienen igual categoría que los obispos para ser varón par, es decir, conseguir lo del rey. Ser baronial integra por baronía íntegra. La baronía íntegra, como se compone de 30 feudos nobles y un cuarto de feudo, cada feudo noble produce 20 libras esterlinas, lo que componían 400 marcos. El vínculo de la baronía, caput baroniae, lo constituía un castillo, regido como la misma Inglaterra, esto es, que no podrán heredarlo hembra, sino a falta de varones, y aún en este caso, solo la hija mayor. Los varones poseen la calidad de lord, que proviene de la palabra sajona 'leord', cuya etimología procede de 'dominus' del latín clásico y de 'lus' del latín corrompido. Los hijos primogénitos y segunditos de los vizcondes y los varones son los primeros escuderos del reino. Los primogénitos de los pares pueden pertenecer a la orden de caballería de la Jarretera; los segunditos, no. El hijo mayor de los vizcondes se coloca después de los varones y antes que los varones. Las hijas de los lores se llaman Lady; las demás doncellas inglesas se llaman Miss. Los jueces son inferiores a los pares. El alguacil lleva una capucha de piel de cordero. El juez, un capuchón de mino varí de pieles blancas de toda clase, a excepción de la de armiño; este queda reservado para los pares y para el rey. No se puede conceder un suplic para los lores. Los lores únicamente pueden estar presos en la Torre de Londres. Al lord al que el rey llama a su palacio se le permite matar un gamo o dos en el parque real. Los lores tienen en su castillo corte. Es indigno que un lord transite por la calle con capa y seguido de lacayos; no debe presentarse en público más que con gran tren de gentilhombres domésticos. Los pares van al parlamento en carrozas especiales; los comunes, no. Algunos pares van a Westminster en carruajes de cuatro ruedas. Estos carruajes y aquellas carrozas blasonadas únicamente se permiten usar a los lores y forman parte de su dignidad. Un lord no puede ser condenado a pagar una multa más que por otros lores, y esta no debe exceder de cinco chelines, a excepción del duque, que puede ser condenado a pagar 10. Un lord puede tener en su casa seis extranjeros; los demás ingleses solo pueden tener cuatro. Un lord puede comprar ocho toneles de vino sin pagar derechos. Un lord está eximido de presentarse ante el sheriff del departamento. El lord está libre de pertenecer a la milicia cuando quiere. Un lord organiza un regimiento y se lo entrega al rey. Así lo hicieron Sus Gracias el Duque de Atholl, el Duque de Hamilton y el Duque de Northumberland. Un lord solo puede depender de los lores".

Ursus admiraba a Homo, porque es una ley natural que admiremos a lo que se nos asemeja. La situación interior de Ursus era estar sordamente furioso y ruir. Era su situación exterior. Representaba el descontento de la creación. Hacer la oposición estaba en su naturaleza, pues veía siempre resaltar ante su vista la parte mala de un universo. Nada de él agradaba por completo. Labrar los paneles de la miel no absuelve a la abeja de picar; hacer abrir las rosas no absuelve al Sol de causar la fiebre amarilla ni el vómito negro. Es probable que, en lo íntimo de su pensamiento, Ursus criticase mucho a Dios. Únicamente merecían su aprobación los principios, y para eso tenía su modo particular de aplaudirlos.

Una vez, Jacobo I regaló a la Virgen de una capilla católica islandesa una lámpara de oro macizo. Y Ursus, que pasaba con indiferencia por delante de ella con Homo, más indiferente aún, se quedó admirado ante el público y exclamó: "Verdaderamente, más falta le hace a la santa Virgen una lámpara de oro que a los niños pobres que van con los pies desnudos". Tales pruebas de lealtad, su evidente respeto a los poderes establecidos, contribuyeron bastante a que los magistrados tolerasen su existencia vagabunda. Y su alianza con un lobo dejaba, por debilidad amistosa, que Homo algunas veces, por la tarde, se estirase los miembros y corriera con libertad en torno a la choza.

El lobo era incapaz de un abuso de confianza y se comportaba en sociedad, quiero decir, entre los hombres, con la discreción de un perro de aguas. No obstante, para no tener que habérselas con justicias de ninguna clase, porque esto era inconveniente, tenía Ursus encadenado a Homo todo el tiempo posible.

Desde el punto de vista político, su escrito sobre el oro, que era ya indescifrable y poco inteligible, no era otra cosa que un embuste de fachada y no era denunciable hasta después del reinado de Jacobo I y de los de Guillermo y María. Pudieron ver las pequeñas ciudades de los condados de Inglaterra cómo rodaba pacíficamente su carreta, viajaba libremente de un extremo a otro de Gran Bretaña, vendiendo sus filtros y sus redomas, compartiendo sus habilidades de médico con el lobo y pasando con facilidad a través de las mallas de la red de la policía, tendida en esta época por toda Inglaterra para acabar con las partidas nómadas y, en particular, para detener a su paso a los compraniños.

Por otra parte, esto era justo, porque Ursus no pertenecía a ningún partido. Ursus vivía solo con Ursus, esto es, consigo y dentro de sí mismo, donde un lobo metía de continuo el hocico. Ursus ambicionaba ser Caribe; no pudiéndolo ser, vivía solo y en solitario en un diminutivo de salvaje aceptado por la civilización. Pero el colmo de la soledad es la vida nómada, y de esto hacía él: no establecerse en parte alguna, permanecer en algún sitio le parecía domesticarse. Por eso pasaba la vida errando por los caminos. La vida de las ciudades le aumentaba la afición a las grandes malezas, a las selvas y a las cuevas bajo las rocas, porque su domicilio predilecto era la selva y se encontraba en su centro, oyendo el rumor de las plazas públicas que se asemeja bastante al murmullo de los árboles. Y la multitud, satisfecha hasta cierto punto, su afición al desierto, le disgustaba de su choza, que tenía puerta y ventanas y se parecía demasiado a las casas. Hubiera conseguido su ideal a haber podido poner una caverna sobre cuatro ruedas y viajar en un gigante.

Nunca se sonreía, como dijimos, pero se reía con frecuencia, con risa amarga. Interviene el consentimiento en la sonrisa, pero la risa es muchas veces una negación. Su gran tema era el odio al género humano, en el que era implacable, convencido de que la vida humana es horrible, convencido de sus calamidades, del predominio de los reyes sobre el pueblo, de guerra sobre los reyes, de la peste sobre la guerra, del hambre sobre la peste, y de la bestialidad sobre todo. Convencido de que existe cierta cantidad de castigo en el hecho de existir, reconociendo que la muerte nos libra de la vida.

Cuando se presentaba un enfermo, le curaba, componía cordiales y breves para prolongar la vida de los viejos, ponía de pie a los lisiados sin piernas ni brazos que andan arrastrándose, dirigiéndoles: "¡Moo, puedes andar con los pies como los demás hombres, y ojalá andes mucho tiempo en este valle de lágrimas!". Cuando veía un pobre desfallecido por falta de alimentos, le daba los lars que llevaba encima y decía, murmurando: "Vive, miserable, ve y come. Vive mucho tiempo. No seré yo el que abrevie tu presidio". Después de hablar así, se frotaba las manos y exclamaba: "Hago a los hombres todo el mal que puedo".

Los transeúntes podían leer por el hueco de la ventana de atrás, en el techo de la choza, esta nota escrita en el interior pero visible desde fuera, y hecha con dos letras grandes: "Ursus, Filósofo".

Fin.

Los compraniños. Por Víctor Hugo.

¿Quién conoce ya ni sabe el sentido de la palabra compraniños? Los compraniños o compra-niños componían una repugnante y extraña afiliación nómada que fue famosa en el siglo XVI, que se olvidó en el siglo XVII y que era ya conocida en el siglo XIX. Los compraniños son como la pólvora de sucesión, un antiguo detalle social característico. Forma parte de la segunda antigua fealdad humana para la penetrante mirada de la historia que abarca los conjuntos.

Los compraniños se relacionan con el inmenso hecho de la esclavitud. Joseph vendió por sus hermanos es un capítulo de esa leyenda. Los compraniños han dejado su sello en las legislaciones. Para España y Inglaterra se ve aquí y allá, en la confusión obscura de las leyes inglesas, la presión de ese hecho monstruoso, como se halla en un bosque la huella del pie del salvaje.

Los compraniños, como esta frase indica, se dedicaban al comercio de los niños. Los compraban y los vendían, pero no los robaban. El robo de niños era otra industria. ¿Qué hacían de los niños comprados? Los transformaban en monstruos. ¿Para qué? Para que hicieran reír. El pueblo tiene necesidad de reír y los reyes también. Es menester que las calles tengan su titiritero y los luf. La Unión. El primero se llama Tur-liping y el segundo Tribulet. Los esfuerzos que el hombre hace para proporcionarse alegría son muchas veces dignos de la atención del filósofo.

¿Qué es lo que insinuas en estas páginas? Un capítulo del más terrible de los libros que podría titularse: "La explotación de los desgraciados por los dichosos". Han existido niños destinados a servir de juguetes a los hombres y existen todavía en las épocas ingenuas y feroces. Dichos niños componían una industria especial. El siglo XVI, llamado "Gran Siglo", fue una de esas épocas. Fue un siglo muy bizantino, tuvo la ingenuidad corrompida y la ferocidad delicada. Curiosa variedad de civilización. Era un tigre sonriendo. Era Madame de Sévigné haciendo melindres con respecto a la hoguera y a la rueda. Dicho siglo explotó a los niños en gran escala. Los historiadores aduladores suyos ocultaron esta llaga, pero dejaron ver el remedio, que fue Vicente de Paúl.

Para conseguir hacer del hombre un juguete, es necesario trabajarlo cuando es tierno. El enano se forma con es pequeño. Un niño derecho no causa risa. Pero ¡ay! de aquí nació un arte que tuvo cultivadores. Cogían al hombre y le traban en un aborto. Cogían una cara y la convertían en un mascarón. Tasaban el crecimiento y petrificaba el semblante. Esta producción artificial de casos teológicos tenía sus reglas. Era toda una ciencia. Imaginaos una ortopedia en sentido inverso, donde Dios colocó la mirada. Este arte ponía el estrabismo. Donde Dios puso la armonía, se establecía la deformidad. Donde Dios imprimió la perfección, se restablecía el bosquejo. Pero para los inteligentes en tal arte, el bosquejo era la perfección.

También reformaba a los animales. La naturaleza es nuestro camafeo y el hombre desea siempre añadir algo a la obra de Dios y retoca la creación, unas veces para mejorarla y otras para empeorarla. El bufón de la corte solo era un ensayo para hacer retrogradar al hombre hasta el mono. Progreso retrospectivo. Al mismo tiempo, trataban de transformar el mono en hombre. La Duquesa de Cleveland, Condesa de Southampton, tenía por paje un mono muy pequeño. En casa de Francisca Sutton, baronesa Dully, servía el té un mico ataviado de brocado de oro, que Lady Dully llamaba "mi negro". Catalina Sidley, Condesa de Dorchester, iba a sentarse al parlamento en una carroza balson, detrás de la cual iban de pie tres pajes de gran librea. Una de las duquesas de Medina Celi, a la que el Cardenal Wolsey vio levantarse de la cama, hacía ponerse las vestiduras por un orangután.

Estos monos ascendidos en categoría eran el contrapeso de los hombres brutalizados. Esta promiscuidad de hombre y de animal que buscaban los grandes estaba especialmente subrayada por el enano y por el perro. El enano no dejaba nunca al perro, que era siempre mayor que él. Eran dos colores unidos. Esta y otra posición consta por la multitud de documentos domésticos, en particular por el retrato de Jeffrey, enano de Enriqueta de Francia, hija de Enrique IV y mujer de Carlos I.

Degradar al hombre conduce a hacerle deforme y se completaba la supresión de estado por medio de la desfiguración. Algunos vivisectores de estas épocas conseguían borrar bastante bien del rostro humano la efigie divina. El doctor K. Kit, miembro del colegio de Hen Street y visitador jurado de los establecimientos químicos de Londres, escribió un libro en latín sobre esta quirúrgica y a la inversa. Y él presentía sus procedimientos. Si hemos de dar crédito a Justus de Caris Fergu, el inventor de esta quirurg fue un monje denominado Aben-Mour, palabra irlandesa que significa "gran río".

El enano del elector palatino, Perkeo, cuya muñeca o espectro sale de una caja de sorpresa en la caverna de Heidelberg, era un notable espécimen de esta ciencia variadísima en sus aplicaciones. Esta ciencia formaba seres cuya ley de existencia era monstruosamente sencilla: les daba permiso para padecer y les ordenaba divertir a los demás. La fabricación de monstruos, prácticamente en gran escala, comprendía diversos géneros. Los necesitaba el Sultán, los necesitaba el Papa. Aquel para guardar sus mujeres y este para elevar sus preceptos. Componían un género aparte que no podía reproducirse por sí mismo. Estos seres casi humanos eran útiles para la voluptuosidad y para la religión. El ser Rayo y la Capilla Sixtina utilizaban la misma especie de monstruos: el primero feroces, el segundo mansos.

Se ejecutaban en esa época obras que no se producen ahora. Tenían un talento que hoy no poseemos y no sin razón hay quien cree que estamos en decadencia. Ya no se sabe esculpir en plena carne humana, por lo cual el arte de los suplicios se pierde. Esa época era aficionada a ese género; hoy ya no existe esa afición y se fue dicho harto hasta el punto en que pronto, tal vez, desaparecerá del todo. Extirpan miembros a los hombres vivos, abriéndoles el vientre, arrancándoles las vísceras. Se estudiaban prácticamente los fenómenos y se hacían descubrimientos. Hoy es preciso renunciar a ellos y privarse del progreso al que el verdugo impulsaba a la cirugía.

La vivisección de esas épocas no se limitaba a confeccionar fenómenos para las plazas públicas, bufones para los palacios, especies aumentativas de cortesanos y eunucos para los sultanes y para los papas. Sus variedades eran múltiples. Uno de sus triunfos fue hacer un gallo para el rey de Inglaterra. Era costumbre que en el palacio del rey de Inglaterra hubiese siempre una especie de hombre nocturno que cantase simulando un gallo. Este vigilante, que estaba en pie mientras todos los demás dormían, rondaba el palacio y emitía de hora en hora un cacareo de corral, repitiéndolo tantas veces como horas pregonaba, supliendo a una campana. Este hombre, transformado en gallo, sufrió el efecto en su infancia una operación en la laringe, cuya operación está descrita en el arte del doctor Conques. Bajo el reinado de Carlos I, habiendo desagradado a la Duquesa de Portsmouth una salivación inherente a la operación, se conservó ese empleo para que no decreciese de la corona, pero no se hizo que lanzara el cacareo del gallo un hombre que no estuviese mutilado. Ordinariamente, se elegía para ese honroso empleo a un antiguo oficial. En el reinado de Jacobo I, este funcionario se llamaba William Stoughton Cock y percibía actualmente por cantar nueve libras, dos chelines y seis sueldos, según relatan las memorias de Catalina I.

Apenas hace 100 años que, cuando el Zar o su esposa estaban descontentos de algún príncipe ruso, le obligaban a que se acurrucase en la gran antecámara de palacio y estuviese en esa postura un número determinado de días, mandando como un gauto, maullaba o cloquéaba como una gallina que cobija los polluelos y que pica en tierra el alimento. Estas modas han pasado, pero no del todo. Actualmente, los cortesanos que cloquéan para agradar modifican un poco la entonación y algunos cogen del suelo, por no decir del fango, lo que comen. Afortunadamente, los reyes no pueden equivocarse, así que en sus contradicciones no embarazan jamás, aprobando sin cesar sus actos y sus palabras. Ciertamente, se tienen razón, lo que es muy agradable. Luis XIV no hubiera consentido ver en Versalles a un oficial imitar al gallo ni a un príncipe imitar al pavo, lo que realmente rezaba la dignidad real e imperial. En Inglaterra y en Rusia hubiera parecido a Luis el Grande incompatible con la corona de San Luis. Es muy sabido el disgusto que tuvo cuando Madame de Montespan contó una noche que vio en sueños una gallina. Grave inconveniencia, ciertamente, en persona tan distinguida de la corte. Cuando se vive en palacio, no se debe soñar en corrales. Recordad que Bossuet participó del escándalo del reinado de Luis XIV.

El comercio de niños en el siglo XVI, como sacábamos de explicar, era una industria. Los compraniños hacían ese comercio y ejercían esa industria. Compraban niños, trabajaban un poco esta primera materia y la vendían enseguida. Los vendedores eran de todas clases, desde el padre pobre de solemnidad que se desembaraza de su familia hasta el señor que izaba su ganado de esclavos. Vender los hombres era a la sazón cosa muy natural. En nuestros días se ha batido por sostener este derecho. Recordemos que hace menos de un siglo que el elector de Sajonia vendía sus vasallos al rey de Inglaterra, que tenía necesidad de hombres para que se los matasen en América. Acudía a casa del elector de Sajonia como a casa de un carnicero a comprar carne, porque el tal elector disponía de carne de cañón.

En Inglaterra, cuando mandaba en ella Jeffrey, después de la terrible aventura de Monmouth, decapitaron y descuartizaron a muchos señores y gentilhombres. Estas víctimas dejaron esposas e hijas viudas y huérfanas, y Jacobo II se las entregó a la reina, su mujer. La reina vendió estas ladies a Guillermo III. Probable es que el rey participase de alguna remesa y del tanto por ciento, pero lo que causa asombro no es que Jacobo II vendiese aquellas mujeres; lo que asombra es que Guillermo III las comprase. La compra de Guillermo III se excusa o se explica por el motivo de que, teniendo un desierto para sembrar de hombres, necesitaba mujeres que formaban parte de sus herramientas. Dichas ladies proporcionaban un excelente negocio a Su Majestad la reina. Las jóvenes se vendieron muy caras. Se cree malignamente que Guillermo III conseguía duquesas viejas muy baratas.

Mucho tiempo tuvieron semiocultos los compraniños. Hay muchas veces que en el orden social una penumbra que favorece a las industrias indignas y en ella viven. En el reinado de los Estuardo, los compraniños no estaban mal vistos en la corte y, en caso necesario, la razón de estado se servía de ellos. Para Jacobo I, casi fueron un instrumentum. Fue la época en que se truncan las familias encumbradas y refractarias, en las que se procedía rigurosamente en las filiaciones y en las que se suprimía bruscamente los herederos. A veces se frustraba una rama en provecho de la otra. Los compraniños poseían el talento de desfigurar al que le recomendaba la política. Desfigurar FEMA que matar. También podía utilizarse la máscara de hierro, pero esta era un mal medio, porque no se puede poblar Europa de máscaras de hierro, mientras que volatineros deformes transitaban las calles vilmente. Además, la máscara de hierro se puede arrancar, pero la de carne no. Os enmascaran para siempre con el propio rostro, y es ingeniosísimo.

Los compraniños trabajaban el hombre como los chinos trabajan el árbol. Poseían sus secretos, como hemos dicho, y se han perdido. Hacían desmedros al ser que salía de sus manos y quedaba ridículo. Retaban al niño con tanta habilidad que ni su mismo era capaz de reconocerle. A veces dejaban recta la columna dorsal, pero contrahacían la cara. Quitaban la marca a un niño de igual modo que es dable quitársela a un pañuelo. Los productos destinados a ser volatineros tenían dislocadas las articulaciones, hábilmente. Parecía que habían quedado sin huesos. De estos salían los G. Los compraniños no solo desfiguran el rostro de los niños, sino que les quitaban la memoria, al menos la parte de ella que podían.

El niño no tenía conciencia de la mutilación de que había sido objeto. La espantosa cirugía dejaba huellas en la cara, pero no en el espíritu. Lo más que recordaba el niño era que le cogieron unos hombres, que se durmió y que, seguidamente, le curaron. De qué le curaron, lo ignoraba. De las quemaduras del azufre y de las incisiones del hierro, no se acordaba.

Los compraniños, durante la operación, adormecían al niño con unos polvos especiales que pasaban por mágicos y que suprimían el dolor. Estos polvos se han conocido siempre en China. Y se aún la China se apoderó antes que nosotros de algunas de nuestras infecciones, como la imprenta, la artillería, la aeroestación y el cloroformo. Pero los descubrimientos que en Europa nacen y crecen y se diseminan enseguida, convirtiéndose en prodigios y maravillas, permanecen en embrión en China y allí se conservan muertos. La China es un vocal de fetos.

Ya que hablamos de la China, vamos a ocuparnos de algo que se relaciona allí con este asunto. En China, en todas las épocas, se ha ejercido la industria de modelar al hombre vivo. Cogen a un niño de dos o tres años y le meten en una vasija de porcelana más o menos caprichosa, que no tiene cubierta ni fondo, para que queden libres la cabeza y los pies. Durante el día ponen la vasija en pie y por la noche la acuestan para que el niño duerma. De esta manera, el niño engruesa sin cesar, llenando con la carne comprimida y los huesos retorcidos todas las sinus de la vasija. Este aumento dentro de la botella dura muchos años y, en un instante dado, es irremediable. Cuando se juzga suficiente y se cree que el monstruo está ya formado, se rompe la vasija y el niño sale, obteniendo un hombre de la figura de un cacharro. Esto es cómodo y se pueden cargar anticipadamente un enano de la figura que se desee. Se le vigilaba, si bien se le prestaba cierta atención cuando era útil. La ley cerraba un ojo y el rey abría el otro. Algunas veces el rey llegaba a confesar su complicidad en las audacias del terrorismo monárquico. Al que deseaban desfigurar, le flordeleaban quitándole la marca de Dios e imprimiéndole la marca del Rey.

Jacobo I, Atley, caballero y varón, señor de Melton, Condestable en el condado de Norfolk, tuvo tuvo un hijo vendido en su familia, en cuya frente el comisario vendedor puso impresas con un hierro candente una flor de lis. En ciertos casos, si se intentaba probar por medio de razones el origen real de la nueva situación del niño, se empleaba este medio. La Inglaterra utilizaba para sus usos personales la flor de lis.

Los compraniños, con el matiz que separa industria de su fanatismo, eran semejantes a los estranguladores de la India. Vivían entre ellos, abanadas. Eran charlatanes, pero por pretexto. Así la circulación les era más fácil. Acampaban aquí y allá, pero eran graves y religiosos y no tenían parecido alguno a los demás nómadas. Eran incapaces de robar. El pueblo equivocadamente les confundió durante mucho tiempo con los moriscos de España y con los moriscos de la China. Los de España eran monederos falsos y los de la India vivían entre ellos, abanadas. Eran los compraniños. Eran gente honrada, dígase lo que se quiera, eran sinceramente escrupulosos. Empujaban una puerta, penetraban, compraban un niño, abonaban el precio y se lo llevaban. Pertenecían a todos los países con el nombre común de compraniños. Fraternizar los ingleses, los franceses, los castellanos, los alemanes y los italianos. Uno mismo era su pensamiento: la explotación en común del mismo negocio. Y esto era lo que los unía en esta fraternidad de bandidos. Los de Levante representaban al Oriente, los de Poniente representaban a Occidente. Muchos vascos charlaban con muchos irlandeses. El vasco y el irlandés se comprenden por hablar el antiguo dialecto púnico y, a más de eso, por las relaciones íntimas de Irlanda católica con el catolicismo de España. Relaciones tan íntimas que consiguieron hacer ahorcar en Londres a un casi rey de Irlanda, al lord de Bandy, lo que produjo el condado de Leitrim.

Los compraniños componían una asociación más que un pueblo, y más que un residuo que una asociación. Lo formaban toda la inteligencia del universo, penetrando como industria un crimen. Era una especie de pueblo arlequín, constituido por toda clase de harapos. Halar un hombre a él era coser un pedazo. Vivir errantes era la ley de la existencia de los compraniños. Aparecían y desaparecían. Que el que solo vive de la tolerancia no puede echar raíces. Hasta en los reinos en los que su industria provenía las cortes y, en caso necesario, auxiliar del poder real, eran tratados con aspereza. Los reyes utilizaban su arte, pero mandaban a las galeras a los artistas. Estas inconsecuencias constituyen el vaivén del capricho real. Porque se la sufrimos. Los compraniños eran pobres y podían exclamar, como aquella bruja flaca y andrajosa que veía encender la hoguera donde iban a echarla: "Lo que va a quemar no vale tanto como la candela". Probablemente sus jefes, que eran desconocidos, esto es, los empresarios del comercio de los niños en gran escala, serían ricos. Esto no será fácil dilucidarlo nunca.

Los compraniños constituían, como hemos dicho, una afiliación que tenía sus leyes, su juramento y sus fórmulas, y así casi su cábala. El que desee enterarse minuciosamente de los compraniños, que vaya a Vizcaya y a Galicia. Como hubo entre otros muchos vascos en aquellas montañas, debe conservarse su antigua leyenda. Aún hoy se habla en Oyarzun, en Ubisondo y en Leso de esta asociación y aguarda de niño que voy a llamar al compraniño. Es el dicho país todavía el grito de intimidación de las madres a sus niños: "¡Aguante, niño, que voy a llamar al compraniño!".

Los compraniños se daban citas de vez en cuando. Los jefes tenían conferencias. En el siglo XVI existían cuatro sitios principales para verificar estos encuentros: uno en España, en el del Fadero de Pancorbo; otro en Alemania, en la pradera denominada la Mala Mujer, cerca de Diariz, en la que hay dos bajos relieves enigmáticos que representan a una mujer con cabeza y a un hombre sin ella; otro en Francia, en el antiguo bosque sagrado Borvo-Tomona, cerca de Borbón-les-Mains; y otro en Inglaterra, detrás de la pared del jardín de William Challen, escudero de en Cople, en York, entre la torre cuadrada y la pared delantera, que muestra una puerta ojiva.

Las leyes contra los vagabundos han sido siempre muy rigurosas en Inglaterra. La Inglaterra, en su legislación gótica, parecía inspirarse en este principio: "Homo errans fera". Pegor, uno de sus estatutos, califica al hombre errante de más grosero que el áspid, el dragón, el lince y el basilisco. La ley inglesa, por lo mismo que toleraba, como acabamos de ver, al lobo aprisionado y al doméstico transformado casi en perro, toleraba también al vagabundo que se hacía su vasallo. No inquietaba ni al saltimbanqui, ni al barbero ambulante, ni al físico, ni al bonero, ni al sabio del aire libre, porque tenía un oficio del que vivía. Fuera de eso y de algunas excepciones, la clase de hombre libre que comprende el hombre errante daba miedo a esa ley. Un hombre de paso era un enemigo público posible. La voz moderna "flâner" no se conocía. Únicamente se conocía la voz antigua: vagar. Tener semblante sospechoso, tener ese "no sé qué" que todo el mundo adivina y nadie sabe definir, era suficiente para que la sociedad se dirigiese a un hombre y le preguntase: "¿Dónde vives? ¿Qué oficio tienes?". Si no respondía satisfactoriamente, tenía que sufrir duras penalidades. El hierro y el fuego estaban entonces en el código y la [ilegible] ejecutaba la cauterización de la vagancia. Había, pues, en todo el territorio inglés, cuna de ley de sospechosos que se explicaba a los vagabundos malhechores y, particularmente, a los egipcios, cuya expulsión fue comparada sin fundamento a la expulsión de los judíos y de los moros en España y de los protestantes en Francia.

Pero nosotros no confundimos con una persecución. Persistimos en afirmar que los compraniños nada tenían de común con los egipcios. Los egipcios constituían una nación; los compraniños eran un compuesto de todas las naciones, un residuo, como hemos dicho, una cubeta de aguas inmundas. Estos no tenían, como los egipcios, idioma único y partícula de ellos. Su jerigonza era una mezcolanza de idiomas. Todas las lenguas mezcladas componían su lengua. Acabaron por ser, como los egipcios, un pueblo que serpentea por entre los demás pueblos, pero cuyo lazo común era la afiliación, no la raza.

En todas las épocas de la historia se ha manifestado en las inmensas masas líquidas de la humanidad arroyos de hombres venenosos fluyendo aparte y envenenando en torno suyo. Los egipcios eran una familia; los compraniños, una fractionera. Pero no establecida para conseguir un fin humanitario, sino para crear una industria repugnante. Los egipcios eran paganos y los compraniños cristianos, y cristianos a macha martillo, como convenía a una afiliación que, si bien se diseminaba por todos los pueblos, nació en España, país devoto. No solo eran cristianos, sino católicos; no solo católicos, sino romanos, tan obstinados en su fe que rehusaron asociarse con los nómadas húngaros de Pest, que mandaba y dirigía un anciano que llevaba un bastón con puño de plata sobre el que mostraba el águila de Austria de dos cabezas. Y sus húngaros eran cismáticos hasta el punto de celebrar la Asunción el 27 de agosto, lo que es abominable.

En Inglaterra, mientras reinaron los Estuardos, fue, como dijimos, casi protegida la asociación de los compraniños. Jacobo I, hombre fervoroso que participó a los judíos y a los egipcios y los persiguió, fue buen príncipe para los compraniños. Ya vimos por qué: ellos compraban la carne humana que el rey le vendía. Se juntaban solo para ejecutar desapariciones que la salud de Estado necesitaba de vez en cuando. Al heredero incómodo y de poca edad que cogían por su cuenta, le hacían perder la forma en muy poco tiempo. Esto facilitaba sus confiscaciones. La transferencia de las señorías a los favoritos quedaba así simplificada. Los compraniños eran, además, discretos y callados. Prometían guardar silencio y cumplían la palabra. Y esto es necesario en los asuntos de Estado. Casi no hubo ningún ejemplo de que hubiesen vendido los secretos del Rey. Verdad es que callaban por conveniencia propia, porque si el Rey hubiera desconfiado de ellos, se hubieran visto en peligro inminente. Eran, pues, un resorte desde el punto de vista de la política. Y además, proveían de cantores a Su Santidad. Los compraniños eran útiles para el miserere de Alighieri y eran particularmente devotos de María. Esto halagaba al papismo de los Estuardos y Jacobo I no podía ser hostil a los hombres religiosos que profesaban devoción a la Virgen hasta el extremo de fabricar eunucos.

En 1688 hubo cambio de dinastía en Inglaterra. La casa de Orange reemplazó a la de Estuardo. Guillermo III suplantó a Jacobo I. Este fue a morir en el destierro y se hicieron milagros en su tumba. Sus reliquias curaron al obispo de Antú una fístula, recompensa digna de las virtudes cristianas de este príncipe. Guillermo, que no tenía ni las ideas ni las prácticas de Jacobo, fue severo con los compraniños y puso gran voluntad para conseguir reventar semejantes sabandijas. Un estatuto de los primeros tiempos de Guillermo y María hirió fuertemente a la filiación de los compradores de niños. Dio un golpe de maza a los compraniños que, desde entonces, quedaron pulverizados. Según este estatuto, a los hombres de dicha afiliación que fuesen habidos y convencidos de pertenecer a ella, se les marcaría las espaldas una "R" con un hierro candente, que significaba "Roque", esto es, "inteligente". En la mano izquierda, una "T", cuya significación era "Thief", esto es, "ladrón". Y en la mano derecha, una "M", significando "Mansley", esto es, "asesino". Los jefes ricos, presuntos, aunque de aspecto de mendicantes, serían castigados con el "collistrium", esto es, con la "pisola", marcados en la frente con una "P", confinados sus bienes y talados los árboles de sus bosques. Los que se nieguen a denunciar a los compraniños serán castigados con confinación y prisión perpetua. Respecto a las mujeres que se encuentren con los compraniños, sufrirán el "cooking stall", que consiste en una trampa que ahora explicaremos. Como las leyes inglesas cuentan extraña longevidad, existe aún este castigo en Inglaterra que hoy se impone a las mujeres pendencieras. Se suspende el "cooking stool" en un río o en un estanque, hace sentar a la paciente en una especie de silla que forma dicha trampa, y dejan caer la silla en el agua, la sacan y la vuelven a sumergir hasta dar con ella tres chapuzones a la primera castigada para refrescar su cólera, como dice el comentador Chamberlaine.

Fin.

El hombre que ríe, por Víctor Hugo.

Libro primero.

La noche no tan negra como el hombre.

Uno.

La punta sur de Portland. Tenaz y huracanado viento del norte hizo en el continente europeo y más violentamente en Inglaterra durante todo el mes de diciembre de 1689 y durante todo el mes de enero de 1690, produciendo el frío calamitoso de dicho invierno memorable para los pobres, como quedó anotado en el margen de la Biblia de la Capilla Presbiteriana de Non-jurors de Londres. Merced a la útil solidez del antiguo pergamino monárquico que se empleaba en los registros oficiales, largas listas de mendicantes que se encontraron muertos de hambre y de desnudez pueden leerse todavía en la actualidad en muchos repertorios locales, especialmente en los registros de la Clink Liberty Court del villorrio de Southwark, de la Pie Wonder Court y la Whitechapel Court en la aldea de Stepney. El Támesis se heló, lo que únicamente sucede una vez cada siglo. Las carretas circulaban por el río helado y se estableció en el Támesis una feria con tiendas, en la que se verificaron combates de osos y de toros, y en la que asaron un toro entero sobre el hielo, cuyo espesor duró dos meses. El terrible año de 1690, sobrepujado en crudeza hasta a los célebres infiernos del principio del siglo XIV, que estudió minuciosamente el doctor que de luz, al que honró la ciudad de Londres levantándole un busto con pedestal largo y cuadrado. Era dicho doctor boticario de Jacobo I.

Una noche, al concluir uno de los días más crudos de enero de 1690, en una de las numerosas bahías inhospitalarias del Golfo de Portland, acontecía algo inusitado que hacía lanzar gritos y dar vueltas alrededor de dicha bahía a las gaviotas y a otras aves marinas que no se atrevían a penetrar en ella. Esta era la más peligrosa de todas las bahías del golfo cuando soplaban ciertos vientos y, por consiguiente, era también la más solitaria y cómoda por el peligro que ofrecía para los navíos que quieren ocultarse. Un buque viejo, próxima a los peñascos por causa de la profundidad del agua, se hallaba amarrado a la punta de una roca. No debería decirse que la noche cae, sino que la noche sube, porque la oscuridad viene de la tierra. Era ya de noche en los peñascos de la costa, pero todavía era de día en lo alto del horizonte. El que se acercara a la embarcación amarrada hubiera visto que era una urca de de Vizcaya. El sol, medio cubierto de nubes durante todo el día, acababa de ocultarse. Empezaba a sentir esa angustia profunda que pudiera denominarse ansiedad del sol. No soplaba el viento del mar; la bahía estaba en calma. Esto, en invierno, era una feliz excepción. Los puertecillos de Portland son todos ensenadas peligrosas. El mar alborotado se agitaba dentro de ellos y se necesitaba habilidad y ser prácticos para atravesarlos con seguridad. Esos puertecillos, más aparentes que reales, hay que mirarlos con prevención, porque es terrible su entrada y temible su salida. Esa noche, por casualidad, no ofrecían peligro alguno.

La urca de Vizcaya era un antiguo que no se usaba ya. Esa urca que prestó servicios hasta a la marina militar, tenía casco fortísimo, era barca por la dimensión y navío por la solidez, y figuró en la armada. La urca de guerra, es verdad, pagaba fuertes derechos de tonelaje. La capitana "Gran Grifón", mandada por López de Medina, era de 600 toneladas y llevaba 40 cañones. Pero la urca mercante y contrabandista era una nueva insignificante de la de guerra. No obstante, las gentes del mar estimaban y consideraban a este navío mezquino. Las cuerdas de la urca eran de cáñamo y algunas tenían el alma de hilo de alambre, lo que denotaba la probable intención, pero poco científica, de obtener indicaciones en los casos de tensión magnética. La delicadeza de las cuerdas no eximía de temer los gruesos cables de trabajo, las cabrías de las caleras españolas ni los carmelis de los tirios romanos. La caña del timón era larga y tenía la ventaja del gran brazo de una palanca, pero también el defecto del pequeño arco de esfuerzo. Dos tornos con dos clavos al extremo de la caña corregían ese inconveniente y reparaban la pérdida de fuerza. La brújula estaba bien colocada en un armario pequeño, perfectamente cuadrado, y se balanceaba bien entre los cuadros de cobre colocados el uno sobre el otro en forma de horizontal. Era científica y sutil la construcción de la urca, pero de ciencia ignorante y de sutileza bárbara. Era la urca primitiva, como la patera y como la piragua. Poseía la estabilidad de la primera y la ligereza de la segunda, y como todas las embarcaciones hijas del instinto del pirata o del pescador, tenía buenas cualidades marítimas. Lo mismo servía para el agua cerrada que para el agua abierta. Su juego de velas complicado, con estas, le permitían navegar con lentitud por las bahías cerradas de Asturias, que son casi estanques, y con velocidad en alta mar. Podía dar la vuelta a un lago y la vuelta al mundo. Naves singulares que tienen dos objetos que sirven para el estanque y sirven para la tormenta. La urca era entre los navíos lo que es la nandina entre las aves: uno de los pájaros más pequeños y uno de los más osados. Cuando se posa la nevatia, apenas mueve la caña y cuando vuela, cruza el océano. Las urcas de Vizcaya, hasta las más pobres, estaban pintadas y doradas. La costumbre de pintarrajear es propia de esos hermosos pueblos semis salvajes.

Volvamos a ocuparnos de Portland, áspera montaña del mar. La semi-isla de Portland, contemplada en el plano geométrico, ofrece el aspecto de una cabeza de pájaro, cuyo pico está vuelto hacia el Océano y el occipucio hacia Weymouth. Así como el pico hacia el océano, el hocico forma su cuello. Portland existe hoy para el comercio. Sus costas fueron descubiertas por los canteros y los yeseros hacia la mitad del siglo XVII. Desde esa época, de las rocas de Portland se compone el cimiento romano, explotación útil que enriquece al país y que desfigura la bahía. Antiguamente estas eran montañas; hoy están ruinosas como una cantera. La piocha la muerde, las olas la desgarran, lo que les quita parte de su belleza. Al desgaste magnífico del océano ha seguido el golpe acompasado del hombre, y este golpe suprimió la pequeña bahía donde se hallaba amarrada la urca de Vizcaya. Para encontrar algún vestigio de su demolición, es necesario ir a la costa oriental de la semi-isla, hacia Punta, allá de Weymouth, entre Charles Hop y entre St. Well. La bahía iba quedando de minuto en minuto más invadida por la oscuridad y la turbia bruma propia del crepúsculo. Como el acrecimiento de la oscuridad en el fondo es un pozo, la salida al mar de la bahía, que era un estrecho corredor, dibujaba en su interior desde las olas se movían una hendidura blanquecina. Era menester estar muy cerca para distinguir la urca amarrada a los peñascos y oculta por el inmenso manto de la sombra. Una tabla lanzada desde la orilla a una salida baja y llana del monte, único desembarcadero, hacía comunicar la barca con la tierra. Formas negras andaban y atravesaban por dicho puente movedizo y se embarcaban en la oscuridad. Hacía menos frío en la bahía que en el mar, merced al parapeto de rocas levantado al norte de este estanque, disminución del frío que no impedía que la gente tiritase y que apresurase su llegada a la urca. Los efectos del crepúsculo dibujaban las formas y los trajes de dicha gente, dando a conocer que pertenecían a la clase denominada en Inglaterra de "ragged", esto es, de los andrajosos. Se distinguían vagamente en los relieves de la montaña peñosa un sendero que torcía. Dicho sendero tortuoso y casi pendiente, más a propósito para cabras que para seres humanos, conducía a la plataforma donde estaba colocada la tabla que servía de puente. Los senderos de los montes tienen un declive que repele; parece más que un camino una caída; parece que caigan, no que desciendan. Este, que era indudablemente una ramificación de algún camino de la llanura, era desagradable a la vista por ser muy vertical. Desde abajo se le veía empinar por medio de zigs a los sitios más elevados de la montaña, en donde desemboca a través de las rocas. Por ese sendero debieron haber venido los pasajeros que aguardaba la urca en la bahía. Exceptuando el movimiento de embarque, no estaba allí silencioso y solitario. No se percibía ni un soplo, ni un paso, ni un ruido. Se distinguía apenas, a la otra parte de la rada, a la entrada de la bahía de Weymouth, una flotilla, sin duda extraviada, compuesta de barcos para pescar tiburones. Estos bajeles polares fueron llevados de las aguas danesas a las aguas inglesas por los caprichos del mar. Los vientos boreales se burlan de los pobres pescadores. Estos iban a refugiarse al surgidero de Portland, indicio que presumían el mal tiempo y el evidente peligro. Entonces se hallaban anclando la embarcación principal, colocada como vigilante según la antigua costumbre de las flotillas noruegas. Dibujaba en negro toda su tripulación sobre la llanura del mar y se veía a la parte de delante la horca de pescar, cargada de todos los garfios y arpones destinados a los "seus glais", y las "signos anaxis" y el "snus piner". Exceptuando algunas embarcaciones cercanas refugiadas en el mismo rincón, la vista no percibía moverse nada más en el vasto horizonte de Portland. No había ni una casa ni un navío. La costa no se hallaba habitada en esta época y la rada no era habitable en esta estación, aunque ofrecía buenas [ilegible]. Los seres que iba a transportar la urca de Vizcaya, aligeran la partida, formaban a la orilla del mar una especie de grupo movedizo y confuso que se gobernaba rápidamente, pero que era imposible distinguir uno de otro a aquellos seres, ni percibir si eran viejos o jóvenes. La noche, indis, los confundía, borrando casi sus contornos. La sombra era la máscara que llevaban en la cara. Eran ocho y había probablemente entre ellos una o dos mujeres, difíciles de reconocer entre las desgarraduras y los andrajos que cubrían todo el grupo, cuyos vestidos astros no eran trajes de mujeres ni de hombres, porque los harapos no tienen sexo. Una sombra pequeña que iba y venía entre las mayores denotaba que era un enano o un niño. Era un niño.

Dos.

Aislamiento. Observando el grupo de cerca, he aquí lo que se veía en él. Todos los que formaban llevaban capas largas, agujereadas y remendadas, pero dobles, para que en caso de necesidad le pasasen hasta los ojos y les preservasen de los vientos huracanados y de la curiosidad. Bajo esas capas se movían con agilidad. La mayoría de ellos llevaba un pañuelo arrollado alrededor de la cabeza, rudimento en el que empieza el turbante. En España, ir de ese modo no era extraño. En Inglaterra, en esta época, el mediodía era de moda en el norte. Tal vez sucedería así porque el norte batió el mediodía y, triunfando, le admiraba. Después de la derrota de la Armada, el castellano en el palacio de Isabel fue el elegante idioma extranjero introducido en la corte. Hablar inglés en el palacio de la reina de Inglaterra era "shocking". Participar en los hábitos de los vencidos es costumbre constante del vencedor bárbaro. Frente a frente del vencido hábil, el tártaro admira e imita al chino. Por eso las modas castellanas penetraron en Inglaterra y los intereses ingleses se infiltraron en España. Uno de los hombres del grupo que se embarcaba parecía ser un jefe. Calzaba alpargatas y lucían andrajos de pasamanería y dorados y un chaleco de paja gruesa, reluciente bajo la capa como un vientre de pescado. Otro bajaba hasta la cara un fieltro en figura de sombrero. Dicho fieltro no tenía agujero para la pipa, lo que denotaba pertenecer a un hombre letrado. El niño llevaba encima de los harapos un chaquetón de grumete que le llegaba hasta las rodillas. Por su talla aparentaba tener de 10 a 11 años. Iba con los pies desnudos. La tripulación de la urca se componía de un patrón y de dos marineros. La urca venía de España y volvía a ella. Desempeñaba evidentemente, de una parte a otra, servicios furtivos. Las personas que conducía cuchicheaban entre sí. En ese cuchicheo se pronunciaban palabras de muchas lenguas: castellanas, francesas, [ilegible], gallegas y vascas. Componían un palo, una especie de caló. Esas gentes parecían pertenecer a todas las naciones, pero a un mismo bando. La tripulación, probablemente, lo sería también. Había conveniencia en el embarque. Esta tropa pintoresca parecía ser una compañía de camaradas o acaso un montón de cómplices. Si hubiese sido de día o se mirase con curiosidad y muy de cerca, se hubiera visto que llevaban rosarios y escapularios ocultos entre los harapos. Uno de ellos, que se mezclaba en el grupo y que parecía mujer, llevaba un rosario muy semejante por el abultado de los granos y un rosario de cerviche, y era un rosario irlandés que se llama "janan diy". Se hubiera podido ver también, si hubiese menos oscuridad, una Nuestra Señora con el niño en brazos, esculpida y dorada en la parte delantera de la urca, probablemente sería alguna virgen vasca haciendo las veces de mascarón de proa. Había en dicho lugar una especie de jaula para poner fuego, que estaba apagado en ese momento por exceso de precaución, que indicaba el cuidado que ponían en permanecer ocultos. Dicho aparato, sin duda alguna, le servía para dos fines: cuando se encendía, ardía por la virgen e iluminaba el mar, y era un fanal que desempeñaba funciones de circo. El tajamar, largo y agudo, justo al [ilegible], salía por delante, semejante a una media luna. En el nacimiento del tajamar y a los pies de la virgen, había un ángel arrodillado y pegado al [ilegible], con las alas plegadas y mirando el horizonte con un anteojo. El ángel era también dorado como la virgen. Había en el tajamar agujeros y claraboyas para dejar pasar las olas y para dar ocasión a dorados y arabescos. Al pie de la virgen estaba escrita en letras mayúsculas la palabra "MATUTINA", nombre del navío, ilegible en este instante por la oscuridad que reinaba. Al pie del monte estaba depositado en desorden y con confusión de la partida el cargamento que pertenecía a los viajeros y que, gracias a la tabla que le servía de puente, pasaba rápidamente de la costa a la barca: sacos de bizcochos, una banasta de "codfish", una caja portala de [ilegible], tres barriles de agua dulce, uno de cebada, otro de alquitrán, cuatro o cinco botellas de cerveza, maletas, cofres, una bala de estopa para las antorchas y para las señales. Todo esto componía el cargamento de las personas embarcadas. Estos andrajosos llevaban maletas, lo que indicaba que su existencia era errante. Los indigentes ambulantes se ven obligados a poseer algo. Muchas veces quisieran volar como los pájaros, pero no pueden sin perder su modo de ganar la vida. Poseen por necesidad caja de útiles e instrumentos de trabajo, cualquiera que sea su profesión nómada. Bagaje que embaraza en más de una ocasión. Les habría sido difícil conducir todo ese equipaje a la falda del monte peñosa y hacerlo así indicaba la intención de una partida definitiva. No perdían el tiempo. Aquello era un continuo pasaje de la ribera a la barca y de la barca a la ribera. Cada cual tomaba su parte en esta faena: uno conducía un saco, otro un cofre. Las mujeres posibles o probables en aquella mezcolanza trabajaban como los hombres. También cargaba el niño. Era dudoso que este niño tuviera padre ni madre en aquel grupo, porque no daban señales de vida y le hacían trabajar demasiado. Parecía no el hijo de una familia, sino el esclavo de una tribu. A todos servía y a nadie hablaba. Trabajaba con ligereza y, como todos los demás, parecía no tener más que un pensamiento: embarcarse pronto. Sabía por qué probablemente no se apresuraba maquinalmente, porque veía que los demás se apresuraban. La urca tenía el castillo con cubierta de popa. La colocación del cargamento en la cala se ejecutó con prontitud. Iba a llegar el momento de levar velas. La última caja había ya pasado el puente. Únicamente faltaba ya embarcar algunos hombres. Las dos que parecían mujeres estaban ya a bordo. Quedaban seis y entre ellos el niño. En la plataforma baja del norte llegó el instante de partir. El patrón cogió el timón y un marinero tomó un hacha para cortar el cable de la marra. Cortarlo denota prisa. Cuando el tiempo no apremia, no se corta, se desanuda.

"¡Vamos!", exclamó a medida que la voz que parecía al jefe de los seis y que llevaba al ente [ilegible] entre los harapos. El niño se lanzó a la tabla para pasar el primero. Cuando ya ponía el pie en ella, dos de aquellos hombres se le echaron encima, uno de otro, con peligro de arrojar al niño al agua. Penetró en el puente antes que él. Un tercero le apartó con el codo y pasó. El cuarto le rechazó con el puño y siguió. El tercero y el quinto, que era el jefe, saltó en lugar de entrar en el puente y, al saltar, rechazó con el talón la tabla que le hundió. Un hachazo cortó la marra. A cada caña del timón giró el navío, salió de la bahía y el niño se quedó en tierra.

El chico permaneció inmóvil sobre las rocas y con la vista fija en la urca, pero ni dijo una palabra ni llamó a nadie. En el navío reinaba también profundo silencio. Ni un grito prorrumpió el niño para que le oyesen aquellos hombres, ni estos dieron el adiós de despedida a aquel. Fue como aceptación muda del interado que le separaba. El niño estaba como clavado a las rocas que la marea alta comenzaba a mojar y miraba a alejarse la embarcación. Un momento después, la urca llegó al estrecho de salida de la bahía y entró en él. Se divisó la punta del mástil, destacándose del cielo claro por encima de los bloques hendidos entre los que se saqueaba el estrecho como entre dos murallas. Dicha punta entró un momento por encima de las rocas y después pareció que se hundía y ya no se la percibió. La embarcación había entrado ya en alta mar. El niño vio cómo se perdía de vista y quedó admirado, pero pensativo. A su estupor se mezclaba una sombra que era la manifestación de la vida. Parecía que tuviese experiencia ese ser que principiaba a vivir. Y acaso juzgaba ya. Esta cuando se adquiere demasiado pronto, hace nacer muchas veces en el fondo oscuro de la reflexión de los niños una especie de terrible balanza en la que esas tiernas almas pesan a Dios. Como se encontraba inocente, se conformaba sin quejarse. El que es reprochable no reprocha. Esta repentina eliminación que él hacía de sí mismo no le arrancó ni un solo gesto. Sentía como una [ilegible] interior ante la vista del hecho del destino que parecía querer sacrificar su existencia casi atea que empezarla. El niño no se dobló de pie, recibió el rayo. Era cierto y seguro para el que viese su asombro y su falta de miedo que en el grupo que le había abandonado ningún ser le quería y él tampoco quería a ninguno. Estaba tan pensativo que no le hacía impresión el frío. De repente, el agua le mojó los pies. Subía la marea. Un fuerte soplo agitó su cabello. El viento huracanado comenzaba a levantarse. Se estremeció y sintió un calofrío por todo el cuerpo que se despertó, digámoslo así. Miró por todas partes a su alrededor y se encontró solo. Para él, hasta entonces, solo habían existido en la tierra los hombres que en aquel momento estaban en la urca, y esos hombres habían desaparecido. Agreguemos a esto una circunstancia muy extraña: que estos hombres que conoció le eran desconocidos también. No podía decir que eran. La infancia la pasó entre ellos sin tener conciencia de ser de los suyos. Estuvo postergado y nada más. Esos hombres le habían olvidado.

Este niño no tenía dinero, llevaba los pies descalzos y el cuerpo apenas. Y no podía contar con un solo pedazo de pan. Era el invierno y de noche, y era menester andar muchas leguas para hallar una casa habitada. Y además, desconocía dónde estaba. Solo sabía que los que con él vinieron a bordo por ese mar se habían marchado sin él. Se creyó puesto fuera de la vida. Sintió no ser hombre. El pobrecillo solo tenía 10 años. Estaba en un desierto entre profundidades de las que divisaba subir la noche y desde las que percibía gruñir las olas. Estiró los bracitos flacos y bostezó. Después, bruscamente, como el que se decide por un partido, desentumece y con la agilidad de la ardilla del [ilegible], tal vez dio las espaldas a la bahía y se subió por el monte peñosa. Escaló el sendero, le dejó, volvió a él, alerta y arriesgándose. Andaba tan a prisa que cualquiera hubiera creído que llevaba su itinerario y, sin embargo, no iba a parte alguna. Se apresuraba sin ir a punto fijo. Era una especie de fugitivo que huía del destino. Trepaba por las escarpadas de Portland, que estaban hacia el sur, cuando casi ya no había nieve en el sendero. La intensidad del frío había convertido dicha nieve en un polvo incómodo para el que se anduviese por allí. El niño lo sufrió, a pesar de que su traje de hombre, demasiado grande para él, le incomodaba. Algunas veces pisaba rocas que no estaban a plomo o algún declive helado que le hacían caer, y se agarraba a una rama seca o a una salida de piedra. Después de perder del abismo durante algunos instantes. Una vez se cogió a una abertura de una [ilegible] que se hundió de improviso y que le arrastró en su caída. Estos hundimientos son pérfidos. El niño resbaló durante algunos momentos como una teja sobre un tejado y estuvo al borde de la cima, pero empuñando tiempo una espesa mata de hierba se salvó. El peligro del abismo no le hizo lanzar un solo grito, como tampoco lo había lanzado al ver huir a aquellos hombres. Se aseguró más y, silencioso, prosiguió la subida. Como el terreno escarpado estaba a gran altura, se sucedieron algunas peripecias durante la ascensión. La oscuridad gravaba el peligro del precipicio. Las rocas verticales no concluían nunca. Parecía que retrocedía ante el niño en la profundidad de su altura. A medida que este ascendía, la cumbre parecía también subir. Trepando, subía por la inmensa mole de rocas, colocada como una barrera entre el cielo y él. Por fin llegó a la cima y saltó a su llanura. Casi hubiera podido decir que tomó tierra, pues salía del precipicio. Apenas llegó a lo alto, tiritó de frío. Sintió un viento fuerte que le azotaba la cara. Era el nordeste que soplaba y estrechó contra su pecho su chaquetón de grumete. El niño, en cuanto llegó a la explanada, sentó firmemente sus pies desnudos sobre el suelo helado y miró a todas partes. Detrás de él se hallaba el mar; de la tierra y encima de su cabeza, el cielo, pero un cielo sin astros, porque una bruma opaca enmascara el cenit. Al llegar a lo más alto de las rocas, se encontró frente a él la parte de tierra y la contempló. Se presentaba a su vista llana, helada, cubierta de nieve. No distinguía caminos ni casas ni una cabeza de pastores. Nada percibía. Daban vueltas en espiral de coloridos torbellinos de nieve fina y que arrancaba del suelo al viento y hacía volar la sucesión de las ondulaciones del terreno que aparecían brumosas, se plegaban en el horizonte. Las grandes y deslucidas llanuras se perdían entre la blanca niebla. Reinaba intenso silencio, se extendía como el infinito y callaba como la tumba. El niño se volvió hacia el mar. El mar estaba blanco como la tierra; el de espuma, esta de nieve, y nada es tan melancólico como la luz que refleja esta doble blancura. Estos brillos de la noche presentan [ilegible] muy tersas. El mar era de acero y los montes de peñascos de ébano. Desde la altura donde se hallaba el niño, aparecía la bahía de Portland casi como en un mapa descolorido entre su semicírculo de colinas. Parecía un paisaje soñado, nocturno. La luna presentaba el aspecto de una redondez pálida, enganchada en un [ilegible] oscuro. De un extremo a otro de esta costa no se percibía ni un solo centello que indicase hogar encendido, ventana alumbrada o casa habitada. Estaba ausente la luz de la tierra, como el cielo. Ni una lámpara abajo, ni un astro arriba. Los aplanamientos de las olas en el golfo ofrecían aquí y allá levantamientos súbitos. El viento turbaba y deshacía la superficie [ilegible] del mar. En este sitio se veía todavía al navío huir de la bahía, el que formaba como un triángulo negro resbalando sobre ella en el horizonte y confusamente grandes extensiones de agua se movían en el claro-oscuro siniestro de la inmensidad. La "Matutina" andaba con la vela. Se veía decrecer de tamaño de minuto en minuto y nada es tan rápido como la desaparición de un barco en las lontananzas del mar. En un momento dado, encendió el fanal de proa. Es probable que le inquietase la oscuridad que reinaba en torno suyo y que el piloto juzgase indispensable iluminar las olas. Ese punto luminoso se veía de lejos, adherido lúgubremente a una sábana puesta de pie y en marcha por medio del mar, que se envolvía. Algún que anduviese llevando en la mano una estrella en la atmósfera. Había síntomas de huracán. El niño esto no lo conocía, pero un marino hubiese temblado. Eran los minutos de anticipada ansiedad en los que parece que los elementos vayan a transformarse en personas y que vamos a asistir a la conversión misteriosa del viento en aquilón. La conversión, el mar va a ser océano, las fuerzas van a trocarse en voluntades, lo que se considera como una cosa en un alma, y vamos a presenciar de aquí nace el horror que nos acomete. El alma del hombre tiene esta confrontación con el alma de la naturaleza. El caos estaba próximo a manifestarse. El viento quebrantado, la niebla y agrupando las nubes por detrás de ella, disponía la decoración del drama terrible de las olas y del invierno que se llama una tormenta de nieve. Estos síntomas lo manifestaban los navíos [ilegible]. A los pocos minutos, la rada ya no estaba desierta. A cada momento se veían surgir los mástiles de los buques que venían buscando refugio. Unos doblaban el Portland, otros el [ilegible]. Llegaban velas de todas partes. Por el sur, la oscuridad se condensaba y grandes nubes se aproximaban al mar. El peso de la tempestad pendiente y cayendo a plomo tranquilizaba [ilegible]. El oleaje no era momento oportuno para aventurarse en alta mar. La urca, no obstante, había partido ya. El peso de la tempestad pendiente y cayendo a plomo tranquilizaba lúgubremente el oleaje. No era momento oportuno para aventurarse en alta mar. La urca, no obstante, había partido ya. Puso la quilla hacia el sur. Estaba ya fuera del golfo, en alta mar. De improviso, el viento soltó terribles ráfagas. La "Matutina", que aún se percibía a lo lejos, se llenó de velas, como resuelta a afrontar el huracán. Reinaba el noroeste, viento cazurro y colérico, que se lanzó contra la urca como empezando a encarnizarse con ella. La urca, por un lado, se inclinó, pero no titubeó y prosiguió su veloz carrera por lo largo del mar. Parecía de notar esto que el buque.

En lz de viajar, huía que tenía menos miedo al mar que a la Tierra, y que le arreaba más la persecución de los hombres que la de los vientos. La urca, pasando por todos los grados de disminución, se hundió en el horizonte. La pequeña estrella que hacía brillar en la oscuridad, empalidecidas hacia ha la tierra arenisca, hacia las colinas y hacia todas las partes en que quizá fuera posible hallar algún ser viviente, y echó andar en busca de ese desconocido.

¿Qué era esa especie de cuadrilla que huía abandonando un niño? Eran compr-niños los que se evadían. Ya vimos antes las medidas que tomó Guillermo III y que votó el parlamento contra los malhechores, hombres y mujeres llamados compr-niños, compra-pequeños y cheil. La legislación lo dispersa. Dichos estatutos, cayendo sobre ellos, originó una fuga general, no solo de compr-niños, sino de vagabundos de todas clases. La mayoría de los compr-niños a España, porque, como ya dijimos, muchos de ellos eran vascos.

Esa ley protectora de la infancia produjo un primer resultado extraño: el súbito abandono de los niños. Este estatuto penal originó inmediatamente una multitud de niños encontrados, de niños perdidos. Y se comprende muy bien: cualquier partida errante que llevase un niño era sospechosa. El simple hecho de la presencia de un muchacho la denunciaba. "Serán compr-niños", es lo primero que le ocurría al sheriff, al presbítero y al condestable, y empezaban los arrestos y las pesquisas. Personas que solo eran, por Dios, pero obligadas a vagar y a mendigar, tenían que pasar por compr-niños, aunque no lo fuesen, porque los débiles siempre que cometen todos los errores posibles, la justicia.

Por otra parte, las familias vagabundas son habitualmente asustadizas. Se reprochaba a los comprani la explotación de los hijos ajenos, pero son tales las promiscuidades de la pobreza y de la indigencia que muchas veces le era difícil a un padre y a una madre probar que un niño suyo era su hijo. "¿De quién tenéis este hijo? ¿Cómo probar que de Dios?". Los niños, pues, era un peligro, y desembarazarse de él, huir solos, era más fácil. El padre y la madre se decidían a perderle y le abandonaban, ya en un bosque, ya en una playa, ya dentro de un pozo. Se hallaron en las cisternas muchos niños ahogados.

Añadamos a esto que, imitando a Inglaterra, se perseguía desde entonces a los comprani por toda Europa. Se había dado el impulso de la persecución al cascabel atado, había emulación por atraparlos entre todos las policías, y el alguacil no vigilaba menos que el condestable. Podía leerse aún hace 23 años en una piedra de puerta de Otero una inscripción intraducible. El código de sus frases anima a la honradez, en la que estaba con una gran diferencia penal: el castigo para los que ejercían el comercio de niños y para los que lo robaban. He aquí la inscripción castellana: "Aquí se quedan las orejas de los compros y las bolsas de los robaniños, mientras que ellos van al mar, a los trabajos forzados". Como se ve, el confiscarles las orejas y demás no impedía que fueran destinados a las galeras. Por eso dieron los vagabundos el grito de "¡Sálvese quien pueda!". Huían asustados y llegaban temblando. En todo el litoral de Europa se espiaba a los que llegaban furtivamente, y era imposible para una cuadrilla embarcarse con un niño, pues desembarcar con él era muy peligroso. Abandonar a un niño era muy difícil y muy rápido.

¿Quiénes eran los que abandonaron a aquel niño en las soledades de Portland? Compr-niños, según todas las apariencias. Eran las 7 de la noche. El viento es ahora de cre, lo que era signo de [Música] increscendo. Se hallaba en la extrema altura llana del sur de la punta de Portland. Portland es semi-isla, pero el niño ignoraba esto, lo mismo que desconocía el nombre de ella. Solo sabía que se puede andar hasta que se cae. Una noción es un guía, pero él no tenía noción alguna. Le llevaron allí y allí le dejaron. Le llevaron y allí eran los dos enigmas que constituían su destino. Le llevaron era el género humano, y allí era el universo. Para él, no tenía en el mundo absolutamente otro punto de apoyo que la corta cantidad de tierra en la que descansaban los talones, tierra dura y fría para sus pies desnudos, en el inmenso mundo crepuscular abierto por donde quiera. ¿Qué había para este niño? Nada. Iba, pues, hacia ese nada. El inmenso abandono de los hombres se extendía en torno suyo. Cruzó diagonalmente la primera llanura alta, después la segunda, luego la tercera. A la extremidad de cada una, el niño hallaba una quebradura del terreno. La pendiente era algunas veces abrupta, pero siempre corta. Las elevadas llanuras desnudas de la punta de Portan se asemejaban a grandes losas medio encajadas unas con otras. Las de la parte sur, parece que entre la llanura precedente y la de la parte del norte se levanta la siguiente y forman salidos que el niño franquea ágilmente.

De vez en cuando se paraba, como si celebrase consejo consigo mismo. La noche era más oscura por momentos. Su rayo visual se acortaba y el niño solo veía ya a pocos pasos de él. De improviso se paró, escuchó un momento, hizo un imperceptible movimiento con la cabeza de satisfacción. Se volvió con viveza y se encaminó a una prominencia de mediana altura que percibía confusamente a su derecha. En el punto de la llanura más cercano al monte, había encima de ella una configuración que, a través de la bruma, semejaba a un árbol. El niño acababa de oír por ese lado un ruido que no lo producía el viento ni el mar. Tampoco era grito de animales. Creyó que allí había alguien. En poco tiempo bajó del montículo. Efectivamente, allí había alguien. Lo que era confuso desde la cumbre de la prominencia, era ya ahora visible para él. Era algo así como un gran brazo que salía de bajo tierra, enteramente recto. A la extremidad superior de dicho brazo, alargaba horizontalmente una especie de índice, sostenido por bajo el pulgar. Ese brazo, ese pulgar y ese índice se destacaban en el cielo como una escuadra. En el punto de unión del índice y del pulgar, había un hilo del que colgaba algo negro e informe. Este hilo, movido por el viento, producía el ruido de una cadena, y este fue el ruido que el niño oyó.

Percibido de cerca del hilo, era, o que su ruido anunciaba, una cadena. Cadena marítima con anillos semillenos. Por la ley misteriosa de la amalgama que en la naturaleza sobrepone las apariencias a las realidades, el lugar, la hora, la bruma, el mar trágico y los lejanos tumultos ópticos del horizonte, añadiéndose a la silueta, la hacían enorme. La masa atada a la cabeza parecía una vaina. Estaba envuelta como un niño entre pañales, pero era larga como un hombre. En la parte alta presentaba una redondez, en torno de la cual se arrollaba por la parte inferior. Por estas roturas asomaban como trozos de carne. El ligero viento movía la cadena y hacía balancear a lo que de ella colgaba. Aquella masa pasiva obedecía a los movimientos difusos de los espacios. Causaba, no sé qué pánico, indudablemente el del horror que desproporciona los objetos, despojándolo el contorno. Era aquella masa una especie de negrura que tenía un aspecto. La noche estaba encima y dentro de ella. Era una presa para el engrandecimiento sepulcral. Los crepúsculos, las salidas de la luna, los descensos de las constelaciones por detrás de los montes, las flotaciones del espacio, las nubes y todos los vientos concluyeron por entrar en la composición de aquella nada visible. Aquella especie de bloque suspendido en el viento participaba de la impersonalidad que se esparcía lo lejos sobre el mar y por el cielo. Y las tinieblas acababan de anonadar aquella cosa que había sido un hombre, pero no lo era ya. Ser un resto es incomprensible. No existir y persistir, hallarse en el abismo y fuera de él, reaparecer por encima de la muerte como insumergible. Comprende cierta cantidad de imposibilidad mezclada semejantes realidades este ser. Pero puede llamarse ser este testimonio negro. Era un resto, y un resto terrible. ¿De qué? Primero de la naturaleza, y luego de la sociedad. Cero y total. La inclemencia absoluta disponía de él. La discreción y los profundos olvidos de la soledad le circundaban. Era entregado a las aventuras de los desconocidos, indefensas contra la oscuridad que hacía de él lo que quería. Era siempre el paciente, y los vientos le batían. Se hallaba allí, entregado al saqueo. Sufría el hecho horrible de pudrirse al aire libre. Estaba fuera de la ley del sepulcro. A su anonadamiento le faltaba la paz. Se convertía en ceniza en el verano y en el barro en invierno. La muerte debe encubrir con un velo, la tumba debe tener pudor. Aquí no existe el pudor ni el velo. La putrefacción cínica es consentida, es descarada. La muerte, cuando ostenta su obra, e insulta a todas la serenidad de la oscuridad, cuando trabaja fuera de la tumba, que es su laboratorio.

Cuando expiró ese ser, despojándolo, jaron a un despojo. El tuétano no estaba ya en sus huesos, ni las entrañas en su vientre, ni en su garganta la voz. Un cadáver es una bolsa que la muerte revuelve y vacía. Si en él existió un yo, ¿dónde está ahora ese yo? Tal vez allí aún, y es doloroso pensar esto, algo errante en derredor de algo encadenado. Puede figurarse en la oscuridad un lineamiento más fúnebre. Existen aquí abajo realidades que son como puntos de partida hacia lo desconocido, por los que la salida del pensamiento parece posible, y por lo que la vasta dispersión le aniquila silenciosamente. Poseyó sangre que le bebieron, piel que le han comido y carne que le han robado. Nada pasó junto a él sin tomarle algo. Diciembre le prestó el frío, la medianoche el espanto, el hierro el moho, la peste los miasmas. Su lenta disgregación era un derecho de peaje que pagaba el cadáver al huracán, a la lluvia, al rocío, a los reptiles y a las aves. Todos los sombríos mares de la noche habían oreado aquel cadáver. Era este una especie de extraño habitante de la noche. Estaba y no estaba en la llanura, sobre una colina. Era palpable y evaporado. Se hallaba en la oscuridad, completando las tinieblas después de desaparecer el día. Estaba lúgubremente acorde con todo lo demás en la vasta y silenciosa oscuridad. Acrecentaba, solo estando allí, el luto de la tempestad y la calma de los astros. Resto abandonado de incógnito destino, estaba acorde con las feroces reticencias de la noche y su misterio. Encerraba una reverberación baja de todos los enigmas. En torno suyo, parecía que disminuía la vida en las extensiones que le aban. También había disminución de certidumbre y de confianza. El temblor de las malezas y de otras matas daban melancolía y ansiedad, y apropiaban trágicamente todo el paisaje a la figura negra suspendida de la cadena. La presencia de un espectro en el horizonte es una grabación de la soledad. El cadáver era un simulacro de espectro, batiéndose. ¡Qué inmensidad se apoyaba en él! Quizá la equidad entrevista que está más allá de la justicia humana. En su duración, fuera de la tumba, había algo de venganza de los hombres y de su propia venganza en aquel crepúsculo y en aquel desierto. Era una certificación, era una prueba de la materia inquietante, porque únicamente temblamos ante la materia que anuncia la ruina del alma. Para que nos perturbe la materia muerta, es necesario que haya vivido en ella el espíritu y que denuncie la ley de aquí abajo a la ley de allá arriba. Puesto que aquí el hombre está esperando a Dios. Encima del cadáver flotaban, con las torsiones indistintas de la nube y de la ola, los inmensos delirios de la oscuridad. Detrás de dicha visión había algo siniestro. El espacio que nada limitaba, ni un árbol, ni un techo, ni un transeúnte, se extendían alrededor del muerto. Cuando la inclemencia deja caer a plomo sobre nosotros el cielo, el abismo, la vida y la tumba, y aparece patente, es cuando todo nos parece inaccesible, prohibido y amurallado. No hay cerrojo tan formidable como el que nos presenta el infinito, cuando se abre.

El niño se detuvo ante el cadáver mudo, asombrado y con la mirada fija en él. Para un hombre sería un ahorcado; para el niño, era una aparición. El hombre vería un cadáver, y el niño veía un fantasma. Pero nada comprendió. Las atracciones del abismo son de muchas clases. Había una de ellas en lo alto de aquella colina. El niño dio un paso, después dos, y ascendió a ella, teniendo ganas de bajar y se aproximó al muerto, con deseo de retroceder, estremeciéndose, pero con atrevimiento se acercó a reconocer al fantasma. Llegó a la horca, levantó la cabeza y la examinó. El fantasma estaba embreado y brillaba aquí y allá. El niño pudo avisar, pudo ver la cara. Estaba pintada de betún, y los reflejos de la noche modelaba su máscara, que parecía viscosa y glutinosa. El niño distinguió la boca, que era un agujero; la nariz, que era otro; y los ojos, que eran dos. El cuerpo se hallaba envuelto y como fajado con una gruesa tela empapada de nafta. La tela empapada se había roto y salía de ella una rodilla. Las grietas dejaban ver las costillas. Algunas partes del cuerpo eran cadáver, otras esqueleto. El rostro estaba de color de tierra. Los insectos que habían paseado por él le habían dejado marcadas unas cintas de plata. La tela pegada a los huesos ofrecía relieves como el ropaje de una estatua. El cráneo cascado y hendido, hí como una fruta podrida. Los dientes estaban casi intactos y conservaban la risa, y un resto de grito parecía sonar aún en su abierta boca. Le quedaban algunos pelos de la barba en las mejillas. La cabeza colgando parecía atenta. Se habían hecho recientes reparaciones en el cadáver. Es elante, lo habían embreado otra vez, como también las rodillas que salían de la tela y las costillas. Que los pies salían debajo de la tela. Debajo de él y sobre la hierba se veían dos zapatos. La nieve y la lluvia habían desfigurado su forma. Estos zapatos se habían caído de los pies del muerto. El niño, que iba descalzo, los miró.

El viento, cada vez más inquieto, se iba apaciguando en una de esas interrupciones que forman parte de los aprestos de la tempestad, y el cadáver no se movía. La cadena tenía la inmovilidad del hilo tirado a plomo. Como todos los recién llegados al mundo, y teniendo en cuenta la presión especial del destino, el niño sentiría indudablemente despertarse las ideas propias de la infancia. Pero todo lo que él pensaba en aquel momento se concentraba en el asombro. El exceso de sensación produce igual efecto que el exceso de aceite en la lámpara: apaga el pensamiento. A un hombre le hubieran ocurrido muchas ideas en frente del cadáver; el niño no tuvo ninguna. No hacía más que mirarlo. El alquitrán daba aspecto húmedo a la faz del muerto, y gotas betuminosas que fueron ojos semejaban lágrimas. Pero merced a la nafta, el aniquilamiento de la muerte se contenía, ya que no podía anularse, y quedaba reducido al menor destrozo posible. Cuidaban mucho del cadáver. No cuidaron de conservar vivo al hombre, pero se esforzaban en conservarle muerto. La horca era ya vieja y carcomida, pero sólida, y hacía muchísimos años que se veía. Era costumbre inmemorial en Inglaterra embreadar los cadáveres de los contrabandistas. Les ahorcaban a la orilla del mar, les untaban con betún y los dejaban colgados. Los ejemplos deben darse al aire libre, y los ejemplos embreados duran más tiempo. Era muy humano untarles de alquitrán y de esa suerte se renovaban los ahorcados con menos frecuencia. Situaban patíbulo en las costas de distancia en distancia, como reverberos en nuestros días. El ahorcado servía de linterna y alumbraba en cierto modo a sus camaradas, los contrabandistas. Estos divisan las horcas desde lejos, así pasaban y recibían una detrás de otra muchas advertencias. Esto no impedía el contrabando, pero el orden se establece de esta manera. Esta costumbre ha durado en Inglaterra hasta principios de este siglo. Todavía se vieron delante del castillo tres ahorcados juntados de barniz. Además, el procedimiento conservador no limitaba. Los contrabandistas en Inglaterra se hacía lo mismo con los ladrones, los incendiarios y los asesinos. John Pinter, que incendió los almacenes marítimos de Postmus, fue colgado y embreado. El abate Goyer, que se llama Juan el Pintor, le volvió a ver. John Pinter fue ahorcado y encadenado sobre las ruinas que él causó y restaurado de vez en cuando. Su cadáver duró cerca de 14 años. Aún se hallaba en buen estado y debió reemplazarsele. Por lo tanto, los egipcios tenían en gran estima la momia de los reyes. La momia del pueblo puede ser tan útil como aquella, según parece.

El viento huracanado que hacía en el montículo había barrido toda su nieve, y la hierba y algunos cardos rebotaban aquí y allá en la horca hasta el punto en que colgaban los pies del ajusticiado. Creció una espesura de matorrales sorprendente en suelo tan estéril. Los cadáveres colgados y enterrados allí durante varios siglos explican la fecundidad de las matas. La tierra se nutre de los despojos del hombre. Fascinación lúgubre tenía estático al niño y permanecía mirando con la boca abierta. Solo bajó un instante la cabeza porque una ortiga le picó en la pierna y creyó que era la mordedura de un animal. Después volvió a levantarla y a contemplar la cara que también le miraba a él, a pesar de no tener ojos. Su mirada tenía indecible fijeza, luz y tinieblas, y salía del cráneo, de los dientes, lo mismo que las vacías arcadas de las cejas. Las cabezas de los muertos miran y aterrorizan. No tienen pupilas y sentimos que nos están mirando. El niño quedó inmóvil de asombro, perdía la conciencia de sí mismo. El invierno le entregaba silenciosamente a la noche, que es muy traidor el invierno, y el niño quedó convertido casi en estatua. El frío le penetraba en los huesos, la sombra como un reptil resbalaba sobre él. El embotamiento que causa la nieve sube en el hombre como una marea oscura. El niño fue invadido lentamente por una inmovilidad semejante a la del cadáver. Iba a dormirse en la mano del sueño tiene el dedo la muerte, y el niño sintió que le cogía esta mano. Estaba a punto de caer bajo la horca. No sabía ya si estaba en pie. Ver nuestro fin siempre inminente, y ninguna transacción entre ser y no ser es principio de la creación. Un momento más, y el niño y el muerto, la vida que empieza y la vida que acaba, irán a borrarse juntas.

El espectro parecía que comprendía la situación del niño y que la sentía. De improvisto se movió, como si advirtiese al niño, pero era que lo balanceaba una fuerte ráfaga de viento. Nada era tan extraño como este muerto agitándose. El cadáver, al extremo de la cadena, empujado por invisible soplo, tomaba actitud oblicua, se corría hacia la izquierda y caía, y subía hacia la derecha, y volvía a caer y subir, por la lenta y fúnebre precisión de un badajo. Vaivén feroz. Se creería ver en las tinieblas el péndulo del reloj de la eternidad. Así estuvo algún rato. Al niño pareció que le despertaba la agitación del muerto, y a pesar de su enfriamiento, tuvo miedo. A cada oscilación, la cadena rechinaba con repugnante claridad. Parecía que tomaba aliento para volver a empezar. Este rechinamiento simulaba el canto de la cigarra. El viento se encolerizó de improviso y se acentuó mucho más la oscilación del cadáver. Sus balanceos convirti en sacudidas, y la cadena, en vez de rechinar, gritaba. Parecía que habían oído esos gritos, porque del fondo del horizonte respondió un ruido, un ruido de alas.

Sobrevino un incidente, el terrible incidente de los cementerios y de las soledades: la llegada de una bandada de cuervos. Manchas negras y volantes, sombrear las nubes, agujerear la bruma. Engordaron, se agruparon, se amalgamar, dirigiéndose con rapidez hacia la colina, lanzando gritos como si se oyese la llegada de una legión. Esa bandada de gusanos salados se dejó caer encima de la horca. El niño asustado retrocedió. El enjambre parecía obedecer algún mandato. Los cuervos se agruparon sobre la horca. Ninguno estaba encima del cadáver, y hablaban entre ellos. El granito del cuervo causa espanto. Aullar, silvar, rugir son síntomas de vida; graznar es demostrar la satisfacción que causa la putrefacción. El nido tiene algo de la voz de la noche. El niño estaba helado, más que el frío, de miedo. Los cuervos callaron. Uno de ellos saltó sobre el esqueleto, y esto fue la señal. Todos hicieron lo mismo, batiendo una nube de alas. Después, todas las plumas se cerraron, y el ahorcado desapareció bajo un hormigueo de ampollas negras que se movían en la. En ese momento, el muerto se sacudió. ¿Fue el mismo o fue el viento? Dio un salto espantoso. El huracán que rugía le ayudó. El fantasma se agitó en convulsiones. Las ráfagas del aquilón que soplaba por todos sus pulmones se apoderó de él y le movía en todos los sentidos, y estaba horrible. Era un espantoso muñeco mecánico que se movía con velocidad, sirviendo de hilo, de cadena y de la horca, y no sé qué aficionado las sombras hacía el hilo y daba rápido movimiento a la momia que daba vueltas y saltos y parecía que iba a dislocarse. Los cuervos se espantaron y volaron, marchándose de allí, pero pronto volvieron. Y entonces principió la lucha. El muerto parecía haber adquirido vida monstruosa. Los vientos le levantaban como si quisieran llevárselo. Se hubiera creído que forcejeaba fuertemente para evadirse, y que solo la argolla le detenía. Los cuervos repercutían todos sus movimientos feroces y encarnizados. Por una parte, parecía aquello un intento de extraña fuga, y por otra, la persecución de un encadenado. El muerto, impulsado por todos los pasmos del huracán furioso, tenía sobresaltos, choques y accesos de cólera. Iba, venía, subía y caía, haciendo retroceder a las aves de rapiña, y esta multitud si teadora no soltaba su presa. Había momentos en que el muerto tenía encima todas las garras y todas las alas, y en otros instantes se separaba, se separaba de él la horda, pero para volver con más furia y a acometerle. Espantoso suplicio continuado después de la vida. Los cuervos estaban furiosos. Los respiraderos del infierno deben dar paso a enjambres semejantes. No puede darse lucha más lúgubre. Los cuervos hincaban las uñas y los picos, graznando y arrancando al cadáver pedazos que ya no eran de carne. Rechinaba el patíbulo, crujía el herraje, bramaba el viento. Era un combate espectral, el combate de una larva contra demonios. A veces, cuando la fuerza del viento aumentaba, el ahorcado saltaba sobre sí mismo y parecía hacer frente por todas partes a la bandada de cuervos y querer correr hacia ellos, y que sus dientes tratasen de morder. El viento estaba a su favor y la cadena en contra suya, como si los dioses contrarios se mezclasen en su destino. Abajo se oía el mugido inmenso del mar.

El niño, que todo lo veía, de repente cambió. Un fuerte escalofrío circuló por todo su cuerpo. Vacil, casi cayó al suelo, después se enderezó, oprimiendo la frente con las dos manos, como si la frente fuera para él un punto de apoyo, y esquivó, y con la cabellera al viento, bajó precipitadamente de la colina, con los ojos cerrados, como si fuera un fantasma de sí mismo. Emprendió la fuga, dejando en pos de él la lucha lúgubre del ahorcado con los cuervos. Corrió a la aventura, desalentado y espantado, por entre la nieve, por entre la llanura y el espacio. Pero esta huida le calentó. Sin su espanto y sin dar esa larga carrera, el niño habría muerto. Cuando le faltó el aliento, se detuvo sin atreverse a mirar atrás. Le parecía que los cuervos le habían de perseguir, que el muerto habría desatado la cadena y seguiría probablemente el mismo camino que él, y que hasta la horca descendía de la colina corriendo detrás del muerto. Tenía miedo de ver todo eso, y por eso no volvía la cabeza hacia atrás. En cuanto recobró el aliento, otra vez la fuga. Darse cuenta de los hechos no es propio de la infancia. El niño percibía sus impresiones a través del cristal de aumento del espanto, pero sin apropiar y su espíritu y sin sacar conclusiones. Iba sin saber cómo ni dónde corría, por la angustia y con la dificultad del sueño. Después de 3 horas, sin haber sido abandonado, su carrera, aunque siempre vaga, había cambiado de objeto. Antes buscaba, ahora huía, porque no tenía hambre ni frío, sino miedo. Un instinto reemplazó a otro en él. Escapar era en esos momentos su único pensamiento. ¿Escapar de qué? De todo. La vida se le aparecía por todas partes a su alrededor como una muralla horrible. Si hubiera podido fugarse de ella, se hubiera fugado. Pero los niños no conocen el escape de la prisión que se llama suicidio. Corría, corrió durante tiempo indeterminado, pero el aliento se agota y el miedo se acaba también. De pronto, como sintiendo un acceso de energía y de inteligencia, se paró, como si tuviese vergüenza de huír. Se enderezó, pegó el pie al suelo, levantó la cabeza, resuelto, y miró hacia atrás. Pero ya no divisó ni la la colina, ni la horca, ni bandada de cuervos. La niebla se había vuelto a apoderar del horizonte.

El niño continuó su camino, pero ya no corría, andaba. Decir que el encuentro de un muerto le había hecho hombre sería limitar la impresión múltiple y vaga que quedó impresa en él. Había en esa impresión sus más y sus menos. La horca era una cosa confusa en el rudimento de comprensión de su pensamiento, y era para él una aparición. Solo era para él una afirmación su temor domado, que le hizo sentirse más fuerte. Si estuviese en la edad de poder sondear a sí mismo, hubiera hallado dentro de sí otros muchos principios de meditación. Pero la reflexión en los niños es informe, y todo lo más que siente es un dejo amargo de un sentimiento vago en ellos, y que más tarde el hombre llama indignación. Añádele a esto que los niños tienen el don de aceptar esas prisas. El final de una sensación los conferimos lejanos y fugitivos, que constituyen la amplitud de las cosas dolorosas. No los perciben. La debilidad libra al niño de las emociones demasiado complejas. Ve el hecho y poco más. A su lado, la dificultad de satisfacerse con las ideas parciales no existe para el niño. El proceso de la vida instruye más tarde, cuando llega la experiencia cargada con sus ecos. Entonces se verifica la confrontación de grupos de hechos contrarios. La inteligencia amaestrada y engrandecida compara recuerdos de la juventud. Desaparecen bajo las pasiones esos recuerdos. Son puntos de apoyo para la lógica, y lo que era visión en el cerebro del niño se convierte además. La experiencia es diversa y produce el bien o el mal según la naturaleza. En las buenas, lo madura; en las malas, lo pudre.

El niño había corrido un cuarto de legua y había andado otro. De improviso sintió incomodidad en el estómago. Una idea que al punto eclips la repugnante aparición de la colina le ocurrió violentamente: la de comer. Afortunadamente, el hombre tiene su parte animal, que es la que hace volver a la realidad. Pero, ¿qué iba a comer? ¿Dónde y cómo? Se tocó los bolsillos maquinalmente, porque sabía bien que estaban vos. Después, aligeró el paso, sin saber dónde iba, se apresuró a andar en busca de una habitación posible. Creer hallar posada en semejante sitio es creer en Dios, porque en esta llanura llena de nieve nada había que se asemejase a un techo. El niño andaba y andaba en la tierra arenisca y inculta. Seguía desnuda en el largo espacio que alcanzaba la vista. Nunca hubo allí habitación humana. En la falda del monte peñascoso, en los agujeros de las rocas, vivían en la antigüedad, por falta de bosques para hacer cabañas, los hombres primitivos que tenían la onda como arma, por leña para calentarse el excremento seco del buey, por religión la ídolo eil de pie en una pradera de Dorchester, y por industria la pesca del falso coral que los galos llamaban Plin, los griegos iridis proclam.

El niño se orientaba como podía. El destino humano es una encrucijada de calles, y la elección de la dirección que se debe tomar es temible. El niño empezaba muy pronto a verse la necesidad de elegir. Aunque continuaba andando, principiaba a fatigarse. No había senderos en la llanura, ni los sabía la nieve los borró. Por instinto, continuó dirigiéndose hacia el este. Afiladas piedras leerían los talones, y si fuese de día, se hubiera visto huellas que dejaba en la nieve las manchas rojas de su sangre. No sabía dónde se encontraba. Atravesaba la alta llanura de Pordan de Sur a Norte, y es posible que la cuadrilla con la que él había venido la hubiera atravesado de Oeste a Este para evitar encuentros. Al parecer, los comprani habían partido en alguna barca de pescador o de contrabandista de un sitio cualquiera de la costa, ya de Sain Chap o ya de Sry, para llegar a Poland y encontrar la urca que les aguardaba, y esta debió desembarcar en una de las bahías de Westan para ir a reembarcar en dicha dirección. Cortaba en cruz la que ahora seguía el niño. Era imposible que hubiera reconocido el camino. La elevada llanura de Bord tiene aquí y allá alturas ampulas, arruinadas bruscamente por la parte de la costa y cortadas a pico sobre el mar. El niño errante llegó a uno de esos puntos culminantes y allí se paró, esperando a ver si encontraba indicaciones en mayor espacio, y mirando a todas partes. Tenía ante él, por todo horizonte, una vasta extensión descolorida. La examinó atentamente y fijando en ella la mirada, pudo ver, menos mal, en el fondo de un lejano pliegue de terreno, hacia el este, bajo la dicha extensión descolorida, se arrastraban y flotaban vagos pedazos negros, una especie de arranques difusos. Esa extensión opaca y descolorida era la bruma, y esos pedazos negros eran humo. Donde hay humo hay hombres. El niño se dirigió hacia allí. Entreveía a alguna distancia un descenso, y al pie del descenso, entre las configuraciones sinuosas de las rocas que la bruma dibujaba, divisó una apariencia de blanco, de arena o de lengua de tierra, que probablemente unía las llanuras del horizonte. Las altas llanuras que él acababa de cruzar. Era, pues, preciso pasar por allí. El niño llegó en efecto al hmo de Portland, aluvión diluviano que se llama Church Hill. Se aventuró a la vertiente de la llanura alta. La pendiente era difícil y ruda. Era con menos aspereza, sin embargo, el reverso de la ascensión que verificó para salir de la bahía. Después de subir, es necesario bajar, y el niño sí lo hizo. Saltaba de roca en roca con peligro de torcerse un pie, con peligro de caer en oscura profundidad. Para no resbalar en las rocas y en el hielo, se hacía de los matorrales llenos de espinas y se pinchaba los dedos. En algunos trechos se encontraba pendientes suaves y bajaba tomando aliento, después volvían a ser escarpadas y las pasaba con gran dificultad. En los descensos del precipicio, cada movimiento es la solución de un problema. El que no es diestro tiene pena de muerte, y esos problemas lo resolvía el niño con un instinto digno del mono y con una ciencia que hubiera admirado un saltimbanqui. El descenso era abrupto y largo, pero poco a poco se acercaba para el niño el instante de pisar la tierra del hmo, que entrevea de vez en cuando. Saltando de roca en roca, se paraba para escuchar con la habilidad de un gamo atento. Oía de lejos, a su izquierda, un ruido parecido a un canto de clarín. Había en el viento en eo la renovación de aires que antecede el espantoso viento boreal, que se oye venir del Polo como trompetas que llegan al mismo tiempo. Sentía el niño en la frente, en los ojos y en las mejillas algo semejante a palmas de manos frías que se posas en su rostro. Eran gruesos copos helados sembrados en el espacio que formaban torbellinos y que anunciaban una tormenta de nieve y de lluvia. La tempestad de nieve que había estallado en el mar hacía más de una hora comenzaba a desarrollarse en la tierra e invadía lentamente las llanuras y penetraba oblicuamente por el Noroeste en la llanura alta de Portland. Fin.