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Conforme a Su Promesa | Parte 1 | Charles H. Spurgeon

El Príncipe de los Predicadores53:48

Transcription

Conforme a su promesa o el método del Señor para tratar con su pueblo escogido, por Charles Hadon.

Sporting. Las dos simientes. Capítulo 1.

Está escrito que Abraham tuvo dos hijos, uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; más el de la libre por la promesa. Gálatas capítulo 4: 22 al 23.

Abraham tuvo dos hijos, Ismael e Isaac. Fueron, más allá de toda disputa, verdaderos hijos de Abraham. Pero uno de ellos heredó la bendición del pacto, y el otro fue simplemente un próspero hombre del mundo. Miren cuán íntimamente relacionados estaban. Ellos dos nacieron en el mismo círculo, llamaron padre al mismo grandioso patriarca, y moraron en el mismo campamento con él. Pero Ismael fue un extraño para el pacto, mientras que Isaac fue el heredero de la promesa. Cuán poco hay en la sangre y en el nacimiento.

Un caso todavía más sorprendente que este ocurrió poco tiempo después, porque Esaú y Jacob nacieron de la misma madre en un mismo parto. Pero está escrito: a Jacob amé más, a Esaú aborrecí. Uno fue un hombre que recibió la gracia, y el otro fue un profano. Así de próximas pueden ser dos personas, y sin embargo podrían estar separadas por una gran distancia. En verdad, no solamente estarán dos en una cama, y el uno será tomado y el otro será dejado, sino que dos vendrán al mundo en el mismo momento, y uno de ellos recibirá su herencia con Dios, y el otro venderá a su primogenitura por una simple comida.

Puede ser que asistamos a la misma iglesia, que seamos bautizados en la misma agua, que nos sentemos juntos a la misma mesa de la comunión, que cantemos el mismo salmo, y que ofrezcamos la misma oración. Pero es posible que pertenezcamos a dos razas tan opuestas como la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente.

Pablo declara que los dos hijos de Abraham son tipos de dos razas de hombres que son muy semejantes, pero que difieren sustancialmente. Son disímiles en su origen. Ambos fueron hijos de Abraham, pero Ismael, el hijo de Agar, fue el vástago de Abraham bajo condiciones ordinarias; nació según la carne. Isaac, el hijo de Sara, no nació por el vigor de la naturaleza, ya que su padre tenía más de 100 años de edad y su madre no estaba en edad de concebir. Fue dado a sus padres por el Señor y nació conforme a la promesa, por medio de la fe.

Esta es una distinción seria, y distingue al auténtico hijo de Dios de aquel que lo es solamente por profesión. La promesa se encuentra en la base de la distinción, y el poder que acompaña al cumplimiento de la promesa genera y mantiene la diferencia. De aquí que la promesa, que es nuestra herencia, es al mismo tiempo nuestra prueba y piedra de toque. Hagamos uso de la prueba de inmediato, viendo si hemos sido forjados por el poder que hace cumplir la promesa.

Permíteme hacerte unas cuantas preguntas. ¿Cómo fuiste convertido? ¿Fue por ti mismo, o por la persuasión de los hombres? ¿Por algún estímulo carnal, o fue por la operación del Espíritu de Dios? Tu profesa haber nacido de nuevo. ¿De dónde vino ese nuevo nacimiento? ¿Vino de Dios, como consecuencia de su propósito eterno y de su eterna promesa, o provino de ti mismo? ¿Fue acaso tu vieja naturaleza la que intentó mejorar y se esforzó por alcanzar una forma superior? Si es así, tú eres Ismael.

¿O fue que, estando muerto espiritualmente, sin fuerza alguna para elevarte por encima de tu estado de perdición, fuiste visitado por el Espíritu de Dios, que hizo uso de su energía divina y ocasionó que entrara en ti la vida del cielo? Entonces tú eres Isaac. Todo dependerá del comienzo de tu vida espiritual y de la fuente de la que procede esa vida. Si comenzaste en la carne, has proseguido en la carne, y en la carne morirás. ¿No has leído nunca lo que es nacido de la carne, carne es? En breve, la carne perecerá, y de ella cosecharás corrupción. Únicamente lo que es nacido del Espíritu, Espíritu es. La dicha es que el Espíritu vivirá, y de él cosecharás vida eterna.

Sin importar si eres un profesante de la religión o no, te suplico que te preguntes: ¿He sentido el poder del Espíritu de Dios? ¿Es la vida que hay en ti el resultado de la fermentación de tus propios deseos naturales, o es un nuevo elemento infundido, impartido e implantado de lo alto? ¿Es tu vida espiritual una creación celestial? ¿Has sido creado de nuevo en Cristo Jesús? ¿Has nacido de nuevo por el poder divino?

La religión ordinaria no es sino la naturaleza dorada por una fina capa de lo que se supone ser la gracia. Los pecadores se han dado brillo a sí mismos y han suprimido lo peor de la derrumbe y de la inmundicia, y piensan que su antigua naturaleza es tan buena como si fuera nueva. Este retoque y esta reparación del hombre viejo están muy bien, pero distan mucho de lo que se necesita. Puedes lavar la cara y las manos de Ismael, pero no puedes convertirlo en Isaac. Puedes mejorar la naturaleza, y cuanto más lo hagas, tanto mejor será para ciertos propósitos temporales, pero no es posible elevarla al nivel de gracia.

Hay una distinción en su propio origen entre el arroyo que surge del cielo de la humanidad caída y el río que procede del trono de Dios. No olvides que fue el propio Señor quien dijo: "Os es necesario nacer de nuevo". Si no has nacido de nuevo de lo alto, por mucho que vayas a la iglesia o a la capilla, no te servirá de nada. Tus oraciones y tus lágrimas, todas tus lecturas de la Biblia y todo lo demás que solamente provenga de ti, solo puede conducirte a ti mismo de nuevo. El agua se elevará de modo natural hasta la altura de su fuente original, pero nada más. Y lo que comienza con la naturaleza humana se elevará a dicha naturaleza humana, pero no podrá alcanzar la naturaleza divina.

¿Fue tu nuevo nacimiento algo natural o sobrenatural? ¿Fue el resultado de la voluntad del hombre o de Dios? Mucho dependerá de la respuesta que des a esa pregunta. Entre el hijo de Dios y el simple profesante hay una distinción en cuanto al origen que es de una naturaleza sumamente seria. Isaac nació conforme a la promesa; Ismael no fue por la promesa, sino como es natural, por la naturaleza. Donde va hasta la fuerza de la naturaleza, no hay promesa. Más cuando el vigor humano fracasa, entonces interviene la palabra del Señor. Dios había dicho que Abraham tendría un hijo de Sara. Ya Abraham lo creyó y se gozó por ello, y su hijo Isaac nació como resultado de la promesa divina, por el poder de Dios. De no haber mediado una promesa, tampoco habría nacido Isaac, y no puede haber ningún creyente verdadero aparte de la promesa de la gracia y de la gracia de la promesa.

Benévolo lector, permíteme indagar aquí acerca de tu salvación. ¿Eres salvo por lo que has hecho? ¿Es tu religión el producto de tu propia fuerza natural? ¿Sientes que puedes hacerle frente a todo lo que esa salvación requiera? ¿Concluyes que te encuentras en una situación feliz y segura por tu excelencia natural y por tu habilidad moral? Entonces sigues el mismo camino que Ismael, y no obtendrás la herencia, porque la herencia celestial no es una herencia conforme a la carne, sino conforme a la promesa.

Si dices, por otro lado: "Mi esperanza se apoya solamente en la promesa de Dios. Él ha proclamado esa promesa en la persona de su Hijo Jesús para todo pecador que crea en él. Por lo tanto, yo creo y confío en que el Señor cumplirá su promesa y me bendecirá. Yo busco las bendiciones celestiales no como resultado de mis propios esfuerzos, sino como el don del inmerecido favor de Dios. Mi esperanza está fijada únicamente en el amor libre y gratuito de Dios por los hombres culpables, por el cual él ha entregado a su Hijo Jesucristo para quitar el pecado y para traer la eterna justicia a quienes no la merecen". Entonces, este es otro tipo de lenguaje de los ismaelitas que dicen: "Tenemos a Abraham por padre". Tú has aprendido a hablar ahora como habla Isaac.

La diferencia podría parecer una minucia para los descuidados, pero es muy grande en verdad. Agar, la madre esclava, es una persona muy diferente de Sara, la princesa. La primera no recibió la promesa del pacto, pero a la segunda pertenece la promesa. Que eternamente y para siempre la salvación por obras es una cosa; la salvación por gracia es otra. La salvación que depende de la fortaleza humana es muy diferente de la que depende del poder divino, y la salvación que es el resultado de nuestra propia determinación es totalmente lo opuesto a la salvación por la promesa de Dios.

Sómétete a esta pregunta y averigua a qué familia perteneces. ¿Eres descendiente de Ismael o de Isaac? Si descubres que eres como Isaac, nacido conforme a la promesa, recuerda que tu nombre es "risa", porque esa es la interpretación del nombre hebreo Isaac. Pon mucho interés en gozarte con un gozo increíble y lleno de gloria. Tu nuevo nacimiento es algo portentoso. Si tanto Abraham como Sara se rieron al pensar en Isaac, ciertamente tú puedes hacerlo al pensar en ti mismo.

Hay momentos en los que, si me quedo solo y me pongo a pensar en la gracia de Dios para mí, que soy la más indigna de todas las criaturas, me entran ganas de llorar y de reír al mismo tiempo de puro gozo, porque el Señor me ha mirado con amor y favor. Sí, y todo hijo de Dios debe haber sentido la obra de esa naturaleza de Isaac en su propia alma, llenando de risa su boca, porque el Señor ha hecho grandes maravillas para él.

Fíjate muy bien en la diferencia que existe entre las dos simientes. Desde su propio comienzo, Ismael viene del hombre y por el hombre. Isaac viene por la promesa de Dios. Ismael es el hijo de la carne de Abraham. Isaac es también el hijo de Abraham, pero entonces interviene el poder de Dios, y de la debilidad de sus padres se ve con claridad que Isaac es por el Señor un don conforme a la promesa.

La verdadera fe es, sin lugar a dudas, el acto del hombre que cree. El verdadero arrepentimiento es el acto del hombre que se arrepiente. Pero tanto la fe como el arrepentimiento pueden ser descritos con corrección incuestionable como la obra de Dios. De la misma manera que Isaac es el hijo de Abraham y de Sara, pero es sobre todo el don de Dios, el Señor nuestro Dios que nos ordena creer, también nos da la capacidad para creer. Todo lo que hacemos de manera aceptable es obra del Señor. Sí, la propia voluntad para hacerlo es obra suya. No hay religión que valga nada sino es esencialmente lo que fluye del corazón del hombre, pero debe ser al mismo tiempo, sin duda alguna, la obra del Espíritu Santo que mora en él.

¡Oh amigo! Si lo que hay en ti es algo natural y solo natural, no te salvará. La obra interior ha de ser sobrenatural y debe proceder de Dios, o se perderá de la bendición del pacto. Una vida de gracia será tu propia vida, al igual que Isaac fue verdaderamente hijo de Abraham, pero será aún más de Dios, porque la salvación es del Señor. Hemos de nacer de lo alto, y siempre que se trate de nuestros sentimientos y acciones relacionadas con la religión, hemos de poder decir: "Señor, también existen en nosotros". Todas nuestras obras.

Capítulo 2. Las dos vidas.

"Ni por ser descendientes de Abraham son todos hijos; sino en Isaac te será llamada descendencia. Esto es, no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes. Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo." Romanos 9: 7, 8 y 9.

Ismael e Isaac diferían en cuanto a su origen, y por tanto hubo una diferencia en su naturaleza que fue evidente en sus vidas, y se vio principalmente en su relación con la promesa. Conforme al nacimiento, así será la vida que resulte del mismo. En el caso del hombre que es únicamente el producto de sí mismo, solamente habrá lo que le proporcione la naturaleza. Pero en el caso del hombre que es nacido de nuevo por el Espíritu de Dios, se harán presentes unas señales más. "Por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloria, en el Señor."

En el hombre nacido de nuevo habrá aquello que esa nueva vida trae consigo, pero en el hombre natural no habrá nada de esa naturaleza. Ismael exhibió algunas de las características naturales de Abraham, unidas a las de su madre, que era esclava. Era un hombre de porte principesco como su padre, y había heredado la noble apariencia del patriarca. Pero Isaac poseía la fe de su padre y seguía la línea de sucesión en lo que se refiere a la vida espiritual como el heredero de la promesa.

Isaac permanece con su padre Abraham, mientras que Ismael forma en el desierto campamentos que son de factura suya. Isaac buscó la alianza con la antigua estirpe en Mesopotamia, pero la madre de Ismael le consigue una esposa en Egipto, lo cual era muy natural, ya que ella misma provenía de Egipto. De tal palo, tal astilla. Isaac meditaba en los campos al atardecer, porque su conversación era con las cosas sagradas. Pero Ismael disputaba con todos, porque le preocupaba lo que era terrenal. La meditación no es para el hombre fiero, cuya mano se alza contra todos y la mano de todos contra él. Pero nada por el estilo se desprende de la vida de Ismael, ya que la abnegación era algo que no iba con él.

Ismael, más que una oveja, es un asesino y un homicida que se presenta a sí mismo delante de Dios. De modo que si tú te encuentras con que has recibido una instrucción religiosa y te has convertido en un hombre piadoso, como dicen por ahí, pero no has sido renovado en el corazón ni has sido visitado por el Espíritu Santo, no vivirás la vida secreta de un hijo de Dios. Podrías mostrar muchas de las señales externas de un cristiano; podrías ser capaz de cantar y orar, y de citar la escritura, y hasta es posible que pudieras relatar retazos de alguna experiencia imaginaria. Pero has de nacer de nuevo para poder conocer por experiencia propia la verdad de la comunión de los santos, que es una comunión en secreto con el Dios vivo y la entrega de ti mismo a él como tu culto racional.

Quien es hijo de la promesa se mantiene unido al pueblo de Dios y considera un privilegio ser contado como uno más de ellos. El hijo de la promesa siente que la mejor compañía que tiene es la que nadie ve, es decir, cuando el grandioso invisible se acerca y tiene comunión con él. El hijo de la promesa, y solamente él, es capaz de ascender a la cumbre del monte Moriah para ser atado sobre el altar y entregarse a Dios. Con esto último quiero decir que solamente el que es nacido del Espíritu puede entregarse por completo a Dios y amar al Señor más que a su propia vida.

Tu naturaleza y tu conducta serán tu origen, y por ese motivo yo ruego que empieces correctamente, de tal forma que cuando profeses ser un hijo del reino, demuestres ser un legítimo heredero. Ismael, que nació según la carne, siendo hijo de la esclava, debe llevar siempre la mácula servil. El hijo de un esclavo no nace libre. Ismael no es, y no puede ser, lo que era Isaac. Pero fíjense bien que no afirmo que Ismael deseara jamás ser como Isaac. No digo que se considerase un perdedor por ser diferente Isaac. Pero en verdad lo era.

El hombre que se esfuerza por conseguir la autosalvación mediante sus propias obras, sentimientos y por negarse a sí mismo, puede ser un altivo ignorante de su estado servil. Hasta es posible que presuma de haber nacido libre y de no haber sido nunca esclavo de nadie, y sin embargo pasa su vida entera en la esclavitud. Nunca llega a conocer lo que significa la libertad, lo que significa el contentamiento, lo que significa el deleite en Dios. Se asombra cuando los hombres hablan de la plena certidumbre de fe; juzga que tienen que ser presuntuosos. Él apenas si tiene tiempo de respirar entre los chasquidos del látigo. Ha hecho tanto, pero aún le queda mucho más por hacer. Ha sufrido muchísimo, pero le queda mucho más por sufrir. No ha llegado nunca al reposo que queda para el pueblo de Dios, pues nació de la esclava y su espíritu está siempre en la esclavitud.

Por otro lado, el que es nacido de la libre y comprende que la salvación es por la gracia de Dios de principio a fin, y que siempre que Dios otorga su gracia, no la quita, porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios; ese hombre que acepta la obra terminada de Cristo y que conoce su aceptación en el Amado, reposa en el Señor y se regocija en grado sumo. Su vida y su espíritu están llenos de gozo y paz, porque ha nacido libre y es libre. Sí, en verdad, libre.

¿Comprende mi lector lo que significa la libertad del hijo de Dios, o sigue aún en esclavitud bajo la ley, temeroso del castigo, asustado ante la idea de ser enviado al desierto? Si te sucede esto último, no has recibido la promesa, o de lo contrario sabrías que no puede suceder nada semejante. La herencia le pertenece a Isaac, el hijo de la promesa, y él permanece para siempre sin temor de que nadie le eche fuera.

Quienes han nacido del mismo modo que nació Ismael, conforme a la carne, y cuya religión depende de su propia fuerza y poder, se preocupan de las cosas terrenales, como lo hizo Ismael. Solamente aquellos que son nacidos de lo alto por medio de la promesa, conforme a la fe, se preocuparán, como lo hizo Isaac, por las cosas espirituales.

Vean cuán naturalmente el hombre religioso se ocupa en las cosas terrenales. Él está presente regularmente en su lugar de adoración, pero mientras está allí, se pone a pensar en sus negocios, en su casa o en su granja. ¿Acaso disfruta la comunión con Dios? De ningún modo. ¿Se predica un sermón? ¿Recibe con mansedumbre la palabra injertada que es capaz de salvar su alma? Claro que no. La critica como si se tratara de una arenga política. ¿Da su dinero a la causa de Dios, como lo hacen otros? Claro que lo hace, porque siente que tiene que acallar a su conciencia y mantener su buena reputación. Pero ¿se interesa por la gloria de Dios? De ningún modo. Si se interesara, daría algo más que dinero. Las oraciones de su corazón se elevarían pidiendo el progreso del reino. ¿Acaso suspira y llora por causa de los pecados de los tiempos? ¿Se le encuentra a solas con Dios, derramando ante él su corazón angustiado, porque incluso en su propia familia hay miembros que no han sido convertidos a Dios? ¿Ves alguna vez en esa persona un excelso y santo gozo cuando los pecadores son convertidos, o una exaltación porque el reino de Dios está llegando? O no. Él nunca se eleva. Eso. Todo el servicio de Dios es algo externo para él. No se ha adentrado nunca en la esencia ni en el corazón de las cosas espirituales, ni le es posible hacerlo. La mente carnal, incluso cuando es religiosa, está en enemistad contra Dios, y no ha sido reconciliada con Dios, ni puede serlo. Es preciso que en el hombre sea creada una nuevamente; tiene que volverse una nueva criatura en Cristo Jesús antes de que alcance a apreciar, a comprender y a gozar las cosas espirituales.

Volvamos al punto de partida: "Os es necesario nacer de nuevo". Es preciso nacer del Espíritu. Tenemos que recibir una vida sobrenatural, siendo revividos de nuestra muerte en el pecado. No podremos producir el fruto del Espíritu mientras no tengamos la vida interior del Espíritu. Ismael será Ismael, e Isaac será Isaac, según sea el nombre, así será su conducta. El hombre de visión y de razón y de poder humano hará lo mejor que pueda, como lo hizo Ismael. Pero solamente el hijo de la promesa se elevará a la vida y al camino de fe, como lo hizo Isaac.

"Palabras difíciles", dirá alguien. A veces, es una gran bendición tener que afrontar esas palabras difíciles que son presentadas muy claramente. Por este medio estaremos en el camino correcto hacia la eternidad. Alguien le dijo el otro día a un amigo mío: "Una vez fui a escuchar al Señor Spurgeon, y cuando entré en el tabernáculo, si alguien me hubiera preguntado sobre mí, yo habría considerado ser el hombre más religioso que jamás hubiera vivido en Windon, y un hombre tan bueno, ciertamente, como el mejor que hubiera formado parte de una congregación". Pero todo eso fue revertido al escuchar el evangelio aquel día. Salí sintiéndome completamente desplumado, sintiéndome como el más vil de los pecadores sobre la faz de la tierra, y me dije a mí mismo que nunca más volvería a escuchar a Spurgeon, porque me había despojado. Sí, añadió, pero eso fue lo mejor que pudo haberme sucedido, porque me obligó a dejar de mirarme a mí mismo y a todo lo que yo era capaz de hacer, y mirar a Dios y a su gracia omnipotente, y a comprender que me era necesario pasar de nuevo bajo la mano del Creador, o nunca podría ver su rostro con gozo.

Espero que mi lector conozca hoy esta verdad por sí mismo, porque es una verdad solemne. De la misma manera que Dios hizo primeramente a Adán, es necesario que nos vuelva a hacer de nuevo, o de lo contrario no podremos nunca tener su imagen ni contemplar su gloria. Tenemos que estar bajo la influencia de la promesa y vivir dependiendo de ella, o nuestras vidas no serán guiadas nunca por los principios debidos ni dirigidas a los propósitos correctos.

Capítulo 3. Esperanzas divergentes.

"Y en cuanto a Ismael, también te he oído. He aquí que le bendeciré, y le haré fructificar y multiplicar mucho, mucho. Doce príncipes engendrará, y haré de él una gran nación. Mas yo estableceré mi pacto con Isaac, el que Sara te dará a luz por este tiempo el año que viene." Génesis capítulo 17: 20 y 21.

¿No es algo asombroso que Ismael e Isaac, dos personas tan diferentes tanto en su nacimiento como en su naturaleza, se volvieran muy diferentes en sus esperanzas? Para Isaac, la promesa se convirtió en la estrella polar de su vida, pero Ismael no se levantó a una luz semejante. Ismael apuntaba a grandes cosas, pues era el hijo natural de uno de los hombres más importantes. Pero Isaac buscaba cosas que era incluso más excelsas, porque era hijo de la promesa y el heredero del pacto de gracia que el Señor había establecido con Abraham.

Ismael, con su encumbrado y osado espíritu, buscaba fundar una nación que no fuese o juzgada jamás una raza indomable como el asno montés del desierto, y su deseo le ha sido ampliamente concedido. Los beduinos árabes de nuestros días son copias fidedignas de su gran antepasado. Ismael consiguió en la vida y en la muerte ver realizadas las estrechas esperanzas terrenales que había buscado, pero su nombre no ha quedado registrado en el libro de aquellos que vieron el día de Cristo y que murieron en la esperanza de gloria.

Isaac, por otro lado, vio hacia el futuro lejano, hasta el día de Cristo. Esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Ismael, igual que Pasión en el libro del Progreso del Peregrino, tenía sus mejores cosas aquí en la tierra. Pero Isaac, igual que Paciencia, confiaba que sus mejores cosas vendrían en el futuro. Sus tesoros no estaban ni en la tienda de campaña ni en el campo, sino en las cosas que aún no se veían. Había recibido la grandiosa promesa del pacto, y allí supo encontrar mayores riquezas que las que los rebaños de Nueva York podrían proporcionarle. En sus ojos había resplandecido el lucero del alba de la promesa, y esperaba un mediodía de bendición en el cumplimiento del tiempo señalado. La promesa actuaba de tal modo en él que dirigía el curso de sus pensamientos y de sus expectativas.

¿Has recibido ya? ¿Has abrazado la promesa de la vida eterna? ¿Esperas tú, por tanto, cosas que aún no se ven? ¿Tienes la capacidad de ver aquello que nadie puede contemplar excepto los creyentes en la fidelidad de Dios? ¿Has dejado el surco de la presente percepción sensual para seguir el camino de la fe en lo invisible y eterno?

Sin duda, la recepción de la promesa y el gozo de sus esperanzas influyeron en la mente y en el ánimo de Isaac, de modo que tenía un espíritu apacible. Para él no había ni guerras ni luchas. Renunció al presente y esperó el futuro. Isaac sentía que por haber nacido conforme a la promesa, Dios le bendeciría y cumpliría la promesa que había hecho respecto a él, y así permaneció con Abraham y se mantuvo alejado del mundo exterior. Confió tranquilamente en la bendición de Dios y la esperó pacientemente. Tenía puesta la mirada en el futuro, en aquella nación que había de venir, en la tierra prometida, y en la todavía más gloriosa simiente prometida, en quien todas las naciones de la tierra serían benditas.

Por todo esto, miraba únicamente a Dios, juzgando sabiamente que él había hecho la promesa, se aseguraría personalmente de su cumplimiento. No dejó de ser menos activo por causa de esta fe; sin embargo, no manifestó nada de la confianza en sí mismo que era tan evidente en Ismael. Era activo a su manera y poseía una tranquila confianza en Dios y una apacible sumisión a su Suprema voluntad. Año tras año se sostuvo en la vida separada y arrastró desarmado los peligros que provenían de sus vecinos paganos, peligros que Ismael confrontó con su espada y con su arco. Su confianza estaba depositada en aquella voz que dijo: "No toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas". Era un hombre de paz, pero vivía tan seguro como su belicoso hermano. Su fe en la promesa le daba la esperanza de la seguridad; sí, le daba la seguridad misma, aunque el cananeo estaba entonces en la tierra.

Así es como la promesa opera en nuestra vida presente, creando en nosotros una elevación de espíritu, una vida por encima del entorno visible, una calma y una celestial disposición de ánimo. Isaac encuentra su arco y su espada en Dios, Jehová su escudo y su galardón sobremanera grande. Sin tener ni un solo palmo de terreno que pudiera llamar suyo, habitando como un residente temporal y un forastero en la tierra que Dios le había dado mediante la promesa, Isaac estaba satisfecho con poder vivir confiado en la promesa y considerarse rico en dichas venideras. Su espíritu, notablemente tranquilo y ecuánime, al tiempo que llevaba la extraña vida extraterrena de uno de los grandes padres peregrinos, brotaba de su fe simple en la promesa del Dios inmutable.

La esperanza encendida por una promesa divina afecta a toda la vida del hombre en sus pensamientos más íntimos, en su forma de ser y en sus sentimientos. Esto podría parecer de menor importancia que el comportamiento moral correcto, pero es en verdad de suma importancia, no solamente en sí misma, sino por la influencia que ejerce sobre la mente, el corazón y la vida. La esperanza secreta del hombre es una prueba más auténtica de su condición delante de Dios que los actos de cualquier día o incluso que las devociones públicas de un año.

Isaac continúa con su vida santa y apacible hasta que envejece y se queda ciego, y muellemente se queda dormido, confiado en su Dios, que se había revelado a él y que le había llamado para que fuese su amigo, diciéndole: "Habita como forastero en esta tierra, y estaré contigo, y te bendeciré; en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra."

El hombre es lo que son sus esperanzas. Si su esperanza descansa en la promesa de Dios, le va bien y le tiene que ir bien. Escucha: ¿cuáles son tus esperanzas? "Vamos", dice alguien, "estoy esperando que se muera un familiar, y entonces era rico. Tengo grandes expectativas". Otro deposita su confianza en su negocio en creciente desarrollo, y un tercero tiene grandes esperanzas depositadas en una especulación prometedora. Las esperanzas que pueden cumplirse en un mundo pasajero son puras burlas. Las esperanzas que no tienen una perspectiva más allá de la tumba son ventanas opacas para que un alma mire a través de ellas.

Bienaventurado el que cree en la promesa y tiene la seguridad de que se cumplirá en el momento establecido, y deja todo lo demás en las manos de la sabiduría y del amor infinitos. Tal esperanza soportará las pruebas, vencerá las tentaciones y gozará el cielo en la tierra. Nuestras esperanzas comenzaron cuando Cristo murió en la cruz; cuando resucitó, fueron confirmadas; y cuando subió a lo alto, comenzaron a ser cumplidas; y cuando él venga una segunda vez, serán una realidad. Mientras estemos en este mundo, nos corresponde ser peregrinos, y nuestra mesa estará puesta en presencia de los enemigos; pero en el mundo venidero poseeremos la tierra que fluye leche y miel, una tierra de paz y de gozo, donde no se pondrá llamas el sol ni la luna se ocultará. Hasta entonces esperamos, y nuestra esperanza está basada en la promesa.

Capítulo 4. Persecución por causa de la promesa.

"Así que, hermanos, nosotros como Isaac somos hijos de la promesa. Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el espíritu, así también ahora." Gálatas capítulo 4: 28 y 29.

Cuando unos hermanos difieren tan grandemente como Ismael e Isaac diferían, no es sorprendente que se enemisten y que alberguen crueles sentimientos. Ismael era mayor que Isaac, y cuando llegó el momento de destetar a Isaac, Sara, su madre, vio al hijo de la esclava burlándose de su hijo, pues ya a esa temprana edad comenzó a manifestarse la diferencia de nacimiento y su condición. Esto puede servirnos como una indicación de lo que podemos esperar si poseemos una vida dada por Dios y somos herederos conforme a la promesa.

Quienes están bajo la esclavitud de la ley no pueden amar a los que son nacidos a la libertad por el evangelio, y no tardan en manifestar su enemistad de una manera u otra. No estamos pensando en la hostilidad entre el mundo malvado y la iglesia, sino en aquella que existe entre hombres que siguen una religión meramente natural y aquellos que son nacidos de Dios. No hablamos acerca de los filisteos oponiéndose a Isaac, sino de su hermano Ismael, que se burlaba de él. La oposición más encarnizada contra los que han nacido de lo alto y adoran a Dios en espíritu y en verdad proviene de los que son religiosos externamente.

Muchos valiosos hijos de Dios han sufrido amargamente por el odio cruel de aquellos que profesaban ser sus hermanos. Probablemente el motivo de Ismael era la envidia. "No podía soportar que el pequeño tuviese preeminencia sobre él. Parecía decir: 'Este es el heredero, por eso lo odio'". Es muy posible que se burlara de Isaac por ser el heredero, y que presumiera de tener el mismo derecho para con las propiedades que tenía el hijo de la promesa. Del mismo modo, los profesantes envidian la condición de los creyentes y se consideran tan buenos como los mejores de aquellos que esperan ser salvados por la gracia de Dios. Ellos mismos no dicen: "La gracia de Dios", y no obstante, como el perro del hortelano, no pueden soportar que otros la posean. Envían la esperanza de los santos, su paz mental y su disfrute del favor de Dios.

Si alguno de ustedes descubre que esto sucede, no ha de sorprenderse en lo más mínimo. La envidia de Ismael se hizo más visible durante el gran banquete que se había organizado para celebrar el destete de su hermano, y de la misma manera, los formalistas, como el hermano mayor en la parábola, se sienten más provocados cuando hay mayor ocasión de deleitarse en relación con el hijo amado por el padre. La música y la danza de la verdadera familia son hiel y ajenjo para los altivos profesantes de baja estirpe.

Cuando la absoluta seguridad es destetada de la duda, y el deleite santo es destetado del mundo, los fanáticos religiosos se ríen burlonamente y llaman locos a los piadosos, o fanáticos, o murmuran: "Conozco sarcasmo, pobres necios, déjenlos solos, son una banda de engañados". Las personas que son religiosas pero que no han sido realmente regeneradas, que se esfuerzan y esperan conseguir la salvación por sus propios méritos, normalmente muestran un odio acérrimo contra aquellos que han nacido por la promesa. A veces se burlan de su debilidad. Quizá Ismael llamase a Isaac un simple bebé al que acababan de destetar.

Los creyentes son también débiles y pueden suscitar muy fácilmente las burlas de aquellos que se consideran de mente resuelta. Isaac no podía negar que era débil, como tampoco los creyentes pueden negar sus faltas y están sujetos a debilidades que pueden colocarlos bajo una justa censura. Pero el mundo va más allá de lo que es justo y se burla de los santos por debilidades que en otras personas serían pasadas por alto. No debemos considerar extraño que nuestra insignificancia y nuestra imperfección atraigan las burlas de los altivos fariseos que tienen justicia propia y que se mojan de nosotros y de nuestro evangelio.

Con frecuencia, las burlas surgen por causa de las pretensiones del creyente. A Isaac le llamaban "el heredero", y eso era algo que Ismael no podía soportar. Miren, dice el legalista: "No hace mucho que aquel hombre era un reconocido pecador, pero ahora dice que cree en Jesucristo, y por tanto declara saber que es salvo, y que ha sido aceptado, y que está seguro del cielo". ¿Han oído jamás de semejante presunción? El que abraza sus cadenas odia la presencia de un hombre libre. El que rechaza la misericordia de Dios porque confía activamente sus propios méritos, se enoja con el hombre que se goza en ser salvado por la gracia.

Tal vez el pequeño Isaac, el hijo de esos padres tan viejos, le pareciese extraño y raro al muchacho que era medio egipcio. Ninguna persona resulta tan extraña para los demás como el hombre que ha nacido de lo alto. Vivir por fe en la promesa de Dios debería parecer la cosa más apropiada y natural del mundo, pero no se considera así. Por el contrario, el resto de los hombres cataloga como seres extraños a los que creen en Dios y actúan conforme a su fe. Los míseros muchachos de la calle lanzan improperios contra los extraños, y los hombres del mundo todavía se burlan de los verdaderos creyentes por causa de su conducta y de su alejamiento del mundo.

Para nosotros, esto es un testimonio para bien, porque el Señor dijo: "Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece." De mil maneras, muchas de ellas mezquinas, que no vale la pena mencionar. El creyente puede verse obligado a experimentar vituperios y tiene que estar preparado para afrontarlos. Después de todo, hoy en día es cosa de poca importancia verse perseguidos, porque los fuegos de Smithfield están apagados, la Torre de los Lardos no contiene prisioneros, y no queda ningún instrumento de tortura. Ánimo, buen hermano, aunque se burlaran de ti, no te romperían ningún hueso, y si eres lo suficientemente valiente como para despreciarlos, desdenes podrás dormir sin que nadie interrumpa tu sueño.

El hecho de que Ismael se burlara de Isaac es solamente una entre diez mil pruebas de la enemistad que existe entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente. La mezcla de ambas en el hogar de Abraham se produjo por el hecho de que fue a Egipto y actuó delante del Faraón de una manera incrédula. Entonces le fue entregada la esclava a Sara, y el elemento maligno se introdujo en el campamento. Sara, en una mala hora, dio la esclava a su esposo, y de allí brotaron diez mil lágrimas. Ninguna asociación de los no regenerados con la iglesia de Dios cambiará en nada su naturaleza, y un Ismael en el campamento de Abraham es todavía Ismael hoy.

Los más encarnizados enemigos de la verdad de Dios son los extraños a nuestra comunión. Estos son los que hacen que los creyentes en la enseñanza evangélica más sólida parezcan extraños en las iglesias que se fundaron teniendo como base las doctrinas de la escritura. Nos convierten en forasteros en nuestra propia tierra. Son indulgentes con toda clase de herejías, pero luego se burlan de los que creen en la doctrina de la gracia, tildándolos de anticuados y de fanáticos, como si fueran mortales retrasados que debieran buscarse con todo cuidado una tumba y enterrarse a sí mismos.

Pero con todo y eso, el hombre que confía en Dios y cree en su pacto podrá sobrevivir a todas las burlas, porque considera el vituperio de Cristo como una mayor riqueza que todos los tesoros de los egipcios. De ningún modo es vergonzoso confiar en Dios; por el contrario, es algo honroso para los hombres nobles confiar en él, que es fiel y veraz, y si por ello tienen que sufrir, lo harán con gozo.

Cíñete, pues, con un valor santo, tú que estás aprendiendo por medio de la gracia a vivir descansando por la fe en la promesa de Dios. ¿Acaso aquel que es la grandiosa cabeza de la familia no fue despreciado y rechazado por los hombres? ¿Acaso el resto de la hermandad no ha de ser conformada al Primogénito? Si somos copartícipes de los sufrimientos de Cristo, seremos también partícipes de su gloria. Por lo tanto, formemos parte y porción del crucificado, el heredero de todas las cosas.

Capítulo 5. La partida.

"¿Qué dice la escritura? Echa fuera la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre." Gálatas capítulo 4: 30.

Isaac e Ismael vivieron juntos durante un tiempo. El fariseo y el creyente en la promesa pueden ser miembros de la misma iglesia durante años, pero no están de acuerdo y no pueden ser felices juntos, porque sus principios son esencialmente opuestos. Conforme el creyente crece en la gracia y llega a su madurez espiritual, será más y más desagradable para el legalista, y a la postre se verá que no existe comunión entre ellos. Tienen que separarse, y esta es la palabra que habrá de cumplirse para los ismaelitas: "Echa esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con Isaac, mi hijo."

Por dolorosa que resulte la partida, será conforme a la voluntad divina y según las necesidades del caso. El aceite y el agua no se mezclan, y tampoco pueden mezclarse la religión del hombre natural con lo que es nacido de la promesa y sustentado por la promesa. Su separación será únicamente el resultado externo de una esencial diferencia que siempre existió.

Ismael fue echado fuera, pero él pronto cesó de lamentarlo, pues encontró una mayor libertad con las tribus salvajes del país, entre quienes no tardó en destacarse como un hombre notable. Prosperó mucho y se convirtió en padre de príncipes. Se encontraba en su propia esfera, en el ancho mundo. Allí disfrutó de honra y alcanzó renombre entre sus grandes hombres. Sucede con frecuencia que el hombre carnalmente religioso cuenta con excelentes hábitos y maneras, teniendo un deseo de brillar, se introducen la sociedad donde es apreciado y se vuelve notable. No hay duda de que el mundo ama lo suyo. El aspirante a fariseo acaban normalmente por abandonar a sus primeros amigos.

Y declara abiertamente: "He renunciado al añejo estilo de la religión. Los santos eran tolerables cuando yo era pobre, pero ahora que he amasado una fortuna, creo que debo moverme en un círculo más exclusivo de personas". Así lo hace y obtiene su recompensa.

Ismael tuvo su porción en esta vida y no expresó jamás el deseo de participar en el pacto celestial ni en sus misteriosas bendiciones. Si mi lector se sintiera más libre y más a gusto en la sociedad que en la iglesia de Dios, ha de saber con certeza que pertenece al mundo y no ha de engañarse a sí mismo, como es su corazón. Así es él. Ninguna medida de trabajo de fuerza puede convertir a Ismael, e Isaac, o a un mundano en un heredero del cielo, externamente y en esta vida presente.

El heredero de la promesa no parecía tener la mejor parte. Esto tampoco es algo que debamos esperar, porque aquellos que escogen su herencia en el futuro, de hecho, han aceptado la tribulación en el presente. Isaac experimentó ciertas aflicciones que Ismael nunca conoció; se burlaron de él y por fin fue colocado sobre el altar, pero nada parecido a eso le sucedió a Ismael.

Ustedes que, como Isaac, son hijos de la promesa, no han de envidiar a aquellos que son herederos de esta vida presente. Aunque su porción parezca más fácil que la suya, tú te sientes tentado a envidiarlos, como le sucedió al salmista cuando se sintió afligido por causa de la prosperidad de los malvados. Hay en este agobio una cierta medida de querer huir de nuestra escogencia espiritual. ¿Acaso no hemos aceptado recibir nuestra parte en el futuro en vez de hacerlo en el presente? Lamentamos el acuerdo; es más, ¡cuán absurdo es envidiar a quienes no merecen sino lástima! Perder la promesa es perderlo prácticamente todo, y los justos con justicia propia lo han perdido.

Estos profesantes mundanos no tienen luz ni vida espiritual y no desean eso. ¡Qué pérdidas! Estar en tinieblas y no saberlo. Tienen suficiente religión para hacerse respetables entre los hombres y para sentirse cómodos en sus propias conciencias, pero esa es una triste ganancia si son abominables a los ojos de Dios. No sienten combates interiores ni luchas; no experimentan la contención del viejo hombre contra el nuevo, y así pasan por la vida con un aire festivo, sin saber nada, hasta que llega a su fin. ¡Qué desgracia es ser tan embrutecido!

De nuevo digo que no los envidien. Mucho mejor es la vida de Isaac con su sacrificio que la de Ismael con su soberanía y su indómita libertad, pues toda la grandeza del hombre mundano pronto se acabará, sin dejar nada tras de sí, sino aquello que habrá de hacer el mundo eterno mucho más desdichado.

Sin embargo, no se imaginen que los creyentes sean desdichados. Si en esta vida solamente esperamos, somos en verdad los más dignos de conmiseración, pero la promesa ilumina toda nuestra carrera y nos hace realmente bienaventurados. La sonrisa de Dios, contemplada por la fe, nos proporciona plenitud de gozo. Pongan la vida del creyente en la peor desventaja posible; píntenla con los colores más oscuros; retiren no solamente los consuelos, sino también las cosas necesarias, e incluso entonces, estando el cristiano en su peor condición, está mejor que el mundano en su óptima condición.

Ismael se puede quedar con el mundo entero; sí, le pueden quedar tantos mundos como estrellas hay en el cielo de medianoche, pero nosotros no le envidiaremos. Nos corresponde a nosotros tomar todavía nuestra cruz y ser extranjeros y forasteros con Dios en esta tierra, como lo fueron todos nuestros padres, porque la promesa, aunque a otros pueda parecerles lejana, la disfrutamos y la abrazamos por fe, y en ella encontramos el cielo aquí abajo, morando con Dios y con su pueblo. Consideramos que nuestra porción es mucho mejor que la de los grandes y más honrados de los hijos de este mundo. La perspectiva de la segunda venida del Señor y de nuestra propia gloria eterna en comunión con él basta para llenarnos de contento.

Mientras esperamos su venida, esta diferencia en la tierra conducirá a una triste división en la muerte. El hijo de la esclava será echado fuera en la eternidad, como lo fue en el tiempo. Ninguno de los que pretenden llegar al cielo por sus propias obras podrá entrar en él, ni tampoco los que se jactan de que se lo han ganado por su propia fuerza. La gloria es reservada para los que son salvados por la gracia, y nadie que confía en sí mismo podrá entrar allí.

¡Cuán terrible será cuando los que se han esforzado por establecer su propia justicia y no han querido someterse a la justicia de Cristo sean echados fuera! ¡Cuánto envidiarán entonces a los humildes que estuvieron dispuestos a aceptar el perdón por medio de la sangre de Jesús! Como descubrirán su insensatez y su perversidad al haber despreciado el don de Dios por proferir su propia justicia en vez de la justicia del Hijo de Dios.

Así como las personas que son representadas por Ismael e Isaac son separadas a la postre, así también los principios sobre los que se basan no deben ser mezclados nunca, pues no es posible establecer un acuerdo entre ellos. No podemos ser salvados en parte por nosotros mismos y en parte por la promesa de Dios. El principio y la noción de ganarse la salvación han de ser expulsados de la mente; todo grado y forma de ellos deben ser echados fuera. Si somos tan necios como para poner nuestra dependencia, por una parte, en la gracia y, por otra parte, en el mérito, estaríamos apoyando un pie sobre una roca y el otro sobre el mar, y nuestra caída será inevitable.

La obra de la salvación no puede ser dividida. Toda la salvación tiene que ser por gracia o toda ella por obras; toda por Dios o toda por el hombre, pero no puede ser la mitad de uno y la mitad del otro. Abandonan el vano intento de unir dos principios que son tan adversos como el fuego y el agua. La promesa, y solamente la promesa, ha de ser el cimiento de nuestra esperanza, y todas las nociones legalistas deben ser descartadas drásticamente como irreconciliables con la salvación por gracia.

No debemos comenzar en el espíritu y esperar ser hechos perfectos en la carne. Nuestra religión debe ser de una sola pieza. Sembrar con mezcla de semillas o vestir ropa de lana y lino juntamente era prohibido para el antiguo pueblo de Dios, y para nosotros es ilegal mezclar misericordia y mérito, gracias y deuda. Siempre que intervenga la noción de salvación por mérito o por sentimientos o ceremonias, debemos echarla fuera sin dilación, aunque sea tan preciada para nosotros como Ismael era preciado para Abraham. La fe no es vista; el espíritu no es carne; la gracia no es mérito, y no debemos olvidar nunca la distinción, a fin de que no caigamos en un terrible error y no alcancemos la herencia que pertenece únicamente a los herederos que son conforme a la promesa.

He aquí nuestra confesión de fe: Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo para ser justificados por la fe de Cristo, y no por las obras de la ley; por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas capítulo 2, versículo 16).

Aquí tenemos además una clara línea que distingue el método de nuestra salvación, y nosotros deseamos mantenerla clara y manifiesta. Así también, aún en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia; y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra (Romanos capítulo 11, versículos 5 y 6).