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El Islam nace en la península arábiga a principios del siglo VII. Vamos a ver cómo era ese territorio antes de la predicación de Mahoma.
Podríamos distinguir tres zonas diferenciadas. La zona más al norte estaba influenciada por el Imperio Romano de Oriente, aunque un poco más al este los árabes eran aliados tradicionales de los persas. Una parte estaba habitada por los cazaníes y otra parte por los lacmíes.
La zona central estaba dominada por nómadas, aunque también contaba con ciudades comerciales como Yathrib, Medina o La Meca, donde se encontraba la Kaaba, roca de origen meteórico que se había convertido en centro de peregrinación de los politeístas preislámicos. Al sur estaba la conocida como Arabia Felix, donde se habían desarrollado algunas ciudades en la costa gracias a su posición privilegiada en las rutas comerciales entre la India y Egipto.
Los árabes estaban organizados en tribus que frecuentemente guerreaban entre sí. Sus creencias religiosas eran cristianas, judías o animistas; estos últimos, que son los más numerosos, atribuían un carácter sagrado a piedras, árboles, etcétera. Tendemos a imaginar los hoy en día como intrépidos soldados que visten amplios ropajes, llevan turbantes en la cabeza y montan sobre nerviosos caballos armados con tan solo una lanza y una curvada cimitarra; pero nos equivocamos. Su aspecto era muy similar al resto de los guerreros romanos o persas de su tiempo, ya que algunas de sus tribus llevaban siglos sirviendo como aliados o mercenarios en los ejércitos de estos dos grandes imperios. Eran predominantemente soldados de infantería, ya que la caballería en ese momento era muy escasa, y lucían las mismas espadas, yelmos y cotas de malla que los soldados de otras naciones que servían en las huestes de Persia o Constantinopla.
Vamos a conocer la historia de este primer Islam. Cuando Mahoma, comerciante de La Meca, comenzó su predicación en el 610, ya era un hombre maduro; aproximadamente tenía unos 40 años. Tras una visión, comienza a predicar contra la impiedad y la corrupción de la élite de su ciudad. Va poco a poco perfilando su doctrina. En el 619 ya reconoce que Alá es su único Dios, siendo él mismo el último de sus enviados, al igual que Abraham, Moisés y Jesús. Sin demasiados seguidores y enfrentado a los poderosos de La Meca, en el 622 se ve obligado a huir a la vecina ciudad de Yathrib, conocida después como Medina, la ciudad del Profeta. Este suceso da inicio al calendario islámico; por eso se dice año de la Hégira, de la migración.
En Medina, sus enseñanzas tienen éxito y funda la primera comunidad de creyentes de fe islámica, la Umma, en la que religión y estado estarán profundamente unidos. Cuando Mahoma muere en 632, ha conseguido unificar a casi toda Arabia. Dos años antes había conquistado La Meca a la cabeza de 10.000 guerreros; la convertirá en la capital religiosa, y Medina era la capital política del nuevo estado que estaba creándose en esa fecha. Podemos vislumbrar los cimientos de la nueva religión que serían más tarde el Corán, o palabra de Dios revelada, y la Sunna, que es un conjunto de tradiciones y sentencias atribuidas a Mahoma que los musulmanes deben seguir.
A la muerte del Profeta se inicia el periodo de los califas ortodoxos, que va del 632 al 661. Las tensiones por la sucesión se solucionan con la proclamación de Abu Bakr, quien derrota a las tribus árabes que aún no se habían sometido al Islam. A su muerte le sucederá Omar, también suegro de Mahoma. Los musulmanes consiguen varias victorias sobre el Imperio Romano de Oriente: conquista Siria, entrando en Damasco en el 635, y Palestina; Jerusalén cae en el 638. Su general, Amr ibn al-As, ocupa Egipto, siendo Alejandría evacuada por los bizantinos en el 642. Allí se funda Fustat, muy cerca de lo que en el futuro será la ciudad del Cairo. Persia tampoco escapa a la expansión islámica, y su capital, Ctesifonte, cae en el 638, y Nínive, en la zona de Mesopotamia, en el 641, llegando los musulmanes hasta Armenia. Omar transformó el estado árabe en un imperio teocrático, proclamándose Príncipe de los Creyentes. Organizó para ello una administración en las tierras ocupadas en las que el jefe de las tropas de ocupación es al mismo tiempo el delegado de asuntos civiles, religiosos y judiciales del Califa, aunque mantiene en lo esencial la administración romana o persa preexistente. Respeto a las creencias religiosas de los conquistados pertenecientes a las religiones del Libro, judíos y cristianos, que bajo el estatuto de dhimmis, o protegidos, pagaban un impuesto específico. Fundó varias bases avanzadas en el límite de las nuevas conquistas que luego se convertirán en populosas ciudades. Pero en el año 644 es asesinado en Medina.
Uthman, yerno de Mahoma, será su sucesor y gobernará del 644 al 656. Continúa con la política expansiva de su antecesor; derrota a los bizantinos cuando trataban de recuperar Egipto, y desde allí lanza campañas de saqueo sobre el norte del África bizantina hasta Cartago. Funda la base avanzada de Barca, y se establece el límite entre romanos y árabes en torno a la Tripolitania. Uthman supo hacer frente a Constantinopla en el mar; saquea Chipre y Rodas, derrotando a los romanos en la batalla de los Mástiles en 655. Pero al año siguiente fue asesinado y es sustituido por Alí, también yerno del Profeta, al estar casado con su hija Fátima. Su nombramiento no va a ser aceptado por todos y deberá imponerse militarmente a los seguidores de Aisha, viuda de Mahoma, en la batalla del Camello o de Jamal, junto a Basora, en el 656. Traslada la capital a la base de Kufa (Irak), perdiendo Medina su importancia política. En Siria, su gobernador, Muawiya, de la poderosa familia de los Omeyas, tampoco reconocerá su autoridad. Ambos acaban sometiéndose a un arbitraje que, tras un tiempo, falla a favor de Muawiya. Alí se repliega a su feudo de Kufa en Irak, allí fue asesinado en el 661.
Esta muerte supondrá la división del Islam en sus dos grandes ramas: los chiíes, que piensan que el Califa debe pertenecer a la familia de Alí y sus descendientes, y que tienen en cuenta como fuente de ley los dictámenes de los imanes; representan hoy aproximadamente el 15 por ciento de todos los musulmanes y son mayorías en zonas como Azerbaiyán, Bahrein, sur del Líbano y, sobre todo, en Irak e Irán. La otra gran rama son los suníes, que además del Corán son devotos de los testimonios de Mahoma recogidos en la Sunna; son hoy la tendencia mayoritaria en el Islam. Por último, están los jariyíes, una facción de los musulmanes que dejaron de apoyar a Alí en el 657 y que, a diferencia de las dos anteriores, defendían que el Califa podía ser cualquier musulmán elegido por la comunidad; se debe elegir para sí al más digno de entre los creyentes. Son mayoría actualmente en el Sultanato de Omán, en Zanzíbar y en algunas partes del Magreb.
Pero prosigamos. Alí ha muerto; han pasado 30 años desde la muerte de Mahoma, y el Islam ya se ha hecho dueño de toda la península arábiga; ha conquistado el Imperio Persa y ha arrebatado a los romanos de Oriente Palestina, convirtiendo Jerusalén en una de las ciudades santas del Islam. Finalmente conquista Siria, Egipto y la Tripolitania. ¿Cuáles habían sido las claves de ese éxito? Conocer las debilidades de sus enemigos, presentarse como una buena alternativa a la corrupción y la búsqueda de botín; todo ello facilitó que las tribus árabes se unieran bajo un solo mando. Las disputas religiosas y las tensiones fiscales en zonas como Siria, Palestina o Egipto facilitaron que los pobladores de esos lugares vieran con buenos ojos a los musulmanes. Además, los nuevos conquistadores ofrecían a las ciudades que capitularan buenas condiciones, al respetar a gran parte de las propiedades y creencias de las élites locales y al mantener lo esencial de la administración preexistente. A cambio, los no musulmanes debían pagar un impuesto especial. Se nutrían las guarniciones árabes de los ingresos de las antiguas tierras públicas y de la imposición de un impuesto personal que se unía a los ya existentes. Los musulmanes, por el contrario, sólo estaban obligados a la limosna, tal y como se establece en el Corán; es decir, a pagar un pequeño porcentaje de su renta. Esta discriminación fiscal estimulará las conversiones a la nueva fe. Además, tanto el Imperio Romano de Oriente como la Persia de los sasánidas estaban agotadas económica y militarmente después de 25 años de guerra casi ininterrumpida.
Los Omeyas eran una de las familias más poderosas de Arabia. Su acceso al poder supuso la centralización de la administración en la nueva capital, Damasco. Hicieron hincapié en el carácter teocrático del poder del Califa, que además se rodeó de una shura, o consejo de notables de diferentes tribus. El imperio omeya será esencialmente árabe; estos estaban claramente privilegiados frente al resto de pueblos. La continuidad de sus conquistas era un excelente medio de aplazar las querellas religiosas. Muawiya I, que gobernó del 661 al 680, se impuso desde su puesto de gobernador de Siria primero a su rival Alí III y después a uno de los hijos de este. Es el responsable del traslado de la capital a Damasco. Fracasa frente a Constantinopla en su gran ofensiva, fijándose una frontera más estable en torno al Taurus. Al oeste conquista Kabul, Bujará e inicia la conquista del territorio de Samarkanda. Su hijo Yazid I vence en la batalla de Kerbalá a otro de los hijos de Alí, Hussein. Kerbalá se convertirá así en centro de peregrinación de los chiítas, que instituye en ese día como día de duelo. Tras los breves reinados de Muawiya II y Marwan I, llega al poder Abdelmelik, que derrota a chiíes y jariyíes y restablece la unidad del imperio e impulsa la gran expansión musulmana por el norte de África, con la conquista de Cartago en el 698. Funda en la actual Túnez la ciudad de Kairuán, donde se construirá una gran mezquita. Los musulmanes penetran hasta Marruecos y crean un sistema monetario basado en la dualidad entre el dinar de oro y el dirhem de plata. También se establece el árabe como idioma oficial de la administración, reemplazando al griego y al persa. Abdelmelik acabará las obras de la Cúpula de la Roca. Su hijo y sucesor, Walid I, impulsará la finalización de la mezquita de Al-Aqsa; ambas mezquitas están en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén. Con este Califa, los Omeyas alcanzan su máxima extensión territorial.
Durante el reinado de Walid I se conquista la Transoxiana, la región del Indo y, a partir del 711, el reino visigodo de Toledo. El fracaso en el asedio de Constantinopla en el 718, la detención de la conquista en el norte de Hispania y el sur de Francia tras las derrotas en Covadonga y Poitiers en el 732 marcaron el final del Islam clásico. Los problemas sociales y religiosos facilitaron la derrota del último Omeya, Marwan II, en la batalla del Gran Zab, un afluente del Tigris. De la matanza de la familia Omeya por sus rivales abasíes solo escapa Abd-al-Rahman, que mantiene la Hispania y funda el emirato independiente de Córdoba en el 756. A los Omeyas les sucederán los llamados Califas Abasíes, que trasladarán su capital a Bagdad. El Islam bajo su gobierno experimentará nuevos avances en África y Asia y retrocesos en zonas como la península ibérica; aunque esa ya es otra historia.