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Cómo nació el Imperio español y qué lo llevó al colapso

DW Español47:19

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En 1492, un navegante ambicioso buscó el apoyo de unos reyes que creyeron en él, ignorando a todos los expertos. Para los eruditos convocados por los Reyes Católicos, el plan de Cristóbal Colón era una quimera. Consideraban imposible alcanzar Kat Cipango, como se conocía China y Japón, navegando siempre hacia Poniente. Insistían en que Colón había calculado mal. Todos usaban, en general, los datos de Erastóstenes del siglo tercero, que le dieron a la Tierra más o menos el diámetro que tiene hoy. No, y Colón la hacía una tercera parte más pequeña.

Yo creo que lo hizo de manera deliberada y mañosa, porque yo particularmente creo que Colón sabe que no va a las Indias. Porque en los 20 años en los que Colón navega para Portugal, estoy convencido de que los portugueses se habían empezado a encontrar cosas que hoy llamamos América y que simplemente no lo han dicho. Tenemos que imaginarnos que, eh, para los doctores y los eruditos de la época, entre Europa y Asia, yendo hacia el oeste, lo que había es lo que sería el Atlántico más el Pacífico. Así que lo normal hubiera sido que, debido a los cálculos erróneos de Colón, pues la Pinta, la Niña y la Santa María se hubiesen topado después de dos meses y medio o tres meses de viaje con océano y agua por todos lados.

Yo creo que sabe que hay algo. Colón está buscando las Capitulación de Santa Fe y lo deja muy claro, que los Reyes Católicos le validen los títulos de propiedad de tierras que ya ha descubierto. Y por eso creo que finge, que falsea sus datos. Si él le hubiera pretendido dar la vuelta al mundo sin América de por medio, con sus datos, se mueren de hambre. De hecho, la comisión científica le había dicho que no era posible viajar hasta Asia siguiendo ese camino, porque los barcos no podían llevar ni suficientes alimentos ni suficiente agua. Pero Colón convenció a los monarcas de que sí podían. Quizá lo logró porque sabía más de lo que admitía, o quizá porque había prometido a Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla lo que ellos querían oír: que abriría nuevas vías comerciales con Asia para superar a sus rivales portugueses, sorteando así el cierre de la tradicional ruta de las especias hacia Oriente tras la conquista de Constantinopla por parte de los otomanos.

Así, con la misión de ampliar los horizontes de los Reyes Católicos, el 3 de agosto de 1492, unos 90 hombres salieron del puerto español de Palos a bordo de la Pinta, la Niña y la Santa María. Y más de dos meses después, cuando ya temían haber sido víctimas de un engaño y estaban al borde del motín, cambiaron el curso de la historia. Cuando todo parecía que iba a salir mal, cuando lógicamente todo debería haber salido mal, porque ahí solo debería haber habido mar y océano, aparece un continente. O sea, posiblemente Colón sea la persona con más suerte en la historia de la humanidad.

Colón había llegado a Aní en Las Bahamas, en donde encontró a los taínos, un pueblo agrícola que enseguida fue amistoso con los nuevos. Y esa fue su perdición. Solo dos días después de arribar a la isla, Colón anotaba esto en su diario de abordo: "Pueden los indios todos llevar a Castilla o tenerlos en la misma isla cautivos, porque con 50 hombres los dominarán a todos o juzgarán y los harán hacer lo que quisieren". Colón iba a tener tiempo de poner esas ideas en práctica durante esa expedición y también durante dos de sus viajes siguientes, en los que recorrió las islas de Cuba, La Española y Puerto Rico, así como las costas de Centroamérica y lo que hoy es Venezuela.

Lo que le interesa es lucrar. No le interesa descubrir un nuevo mundo, no le interesa evangelizar. Le interesa lucrar, seguramente con una ruta a las Indias no encontrada. Esa ruta a las Indias, pues lucrar con lo que haya, en este caso, pues con explotación por el oro y con la esclavitud. Es ahí donde Cristóbal Colón choca con los Reyes Católicos, cuyo objetivo era obtener nuevas tierras y riquezas, sí, pero con súbditos que profesaran su misma fe. Así lo habían prometido al Papa Alejandro VI, que les había asignado el dominio sobre los nuevos territorios con la condición de que cristianizaran a sus habitantes. Ese propósito no se veía reflejado en los informes que los monarcas recibían sobre la tiranía de Cristóbal Colón y sus hermanos en La Española. Los testigos hablaban de la venta y esclavización de la población indígena y de la ocultación de riquezas a los reyes.

Por eso, en 1499, la Corona encargó a un juez que investigara al navegante. Así, Colón fue apresado, juzgado y absuelto, pero su cuarto y último viaje a América ya lo hizo sin privilegios ni prestigio. El ascenso y la caída de Cristóbal Colón reflejan la dualidad de un imperio que desde el principio se debatió entre la codicia y la aspiración de legitimidad. Fue un imperio cargado en todas sus épocas de innumerables contradicciones que han dado alas tanto a quienes lo presentan como una superpotencia cruel como a quienes destacan la precoz benevolencia de sus reyes y virreyes con la población indígena. El legado real de España en América es una mezcla de todo eso: de atrocidades y de avances, de codicia y deseo de justicia. Es una mezcla que intentaremos recordar, siendo muy conscientes de que no hay una sola forma de interpretar la historia.

La caída en desgracia de Cristóbal Colón dio paso a una nueva fase en la expansión de la conquista. Había que seguir unas normas. Desde el año 1500, la Corona había prohibido la esclavización de la población nativa, pero no era una prohibición absoluta. Se había incluido la excepción de la "guerra justa", que permitía esclavizar a los indígenas sublevados contra la autoridad de los españoles. Un levantamiento bastaba para esclavizarlos. Así, en 1503, Isabel de Castilla autorizó la esclavización del pueblo de los caribes, una etnia belicosa que practicaba la antropofagia y se estaba extendiendo por las Antillas Menores. Ese permiso se extendió a todos aquellos que los españoles identificaban como "indios caribes" y, con los años, contribuyó a diezmar la población de Santo Domingo, de Cuba, Puerto Rico y también del resto de la región, lo que llevó a trasladar hasta allí a más esclavos indígenas de otros lugares.

Eso entraba en contradicción con la aspiración de los reyes de evangelizar y acoger como nuevos súbditos a los habitantes del Nuevo Mundo. Piden cosas que muchas veces son incompatibles, o persiguen también una idea que es que es imposible, que es eso, que es conquistar sin ser injusto, que es en sí mismo es una paradoja, es una contradicción en sí misma. Claro, inevitablemente esto lleva a abusos, atrocidades, injusticias, etcétera, etcétera, etcétera. Por mucho que exista, y es verdad, por parte de la de la Corona, una conciencia, un deseo de que sus nuevos súbditos vivan bien y tengan un bienestar. Son deseos que chocan entre sí. No, no puedes conquistar y esperar que la población conquistada viva bien. Y no puedes esperar que simplemente por llegar a a un sitio y decir, os someto a a la Corona, que se encuentra al otro lado del Atlántico, todos digan, ah, vale, estupendo, maravilloso.

Si aceptamos como como nuestro nuevo rey al rey de España, en la isla de La Española los indígenas fueron pronto obligados a trabajar para los encomenderos. Eran personas a quienes se había concedido el derecho de disponer de la fuerza laboral de una comunidad nativa, es decir, una especie de impuesto pagado con trabajo y que, sobre todo al principio, se convirtió en una esclavitud encubierta. A cambio, el encomendero tenía la obligación de evangelizar a sus encomendados. Los primeros misioneros no tardaron en ver estos abusos constantes, hasta que en 1511, uno de ellos, el dominico Antonio de Montesinos, alzó su voz ante los reyes.

Fernando el Católico convocó entonces la primera de las juntas de juristas y teólogos de la Corona española para debatir sobre las condiciones de vida de los indígenas de América. Por ser paganos, carecían de derechos, decían unos. Ser pagano no los despoja de derechos, afirmaban otros. Al final, todos concluyeron que evangelizar era prioritario y justificaba algunos males, pero también coincidieron en que, aún siendo súbditos obligados a trabajar para la Corona, los indígenas no podían ser. De aquel primer debate salió el primer compendio legal de la Monarquía Hispánica para los territorios conquistados, las conocidas como Leyes de Burgos o Reales Ordenanzas para el buen regimiento y tratamiento de los indios, unas leyes firmadas por Fernando el Católico en 1512.

Estas leyes sentaron principios básicos del llamado Derecho Indiano. Los indígenas eran libres y legítimos dueños de sus casas y haciendas. Los Reyes Católicos eran señores de los indígenas por su misión de evangelizarlos. El trabajo podía ser forzoso si no era extenuante y si el pago era aceptable. Se prohibía el trabajo de las embarazadas desde el cuarto mes de gestación y hasta el tercer año de vida de sus hijos, y se eximía del trabajo a los menores de 14 años de ambos sexos. Y se justificaba la guerra de conquista si los indígenas rechazaban el evangelio. Las Leyes de Burgos reconocían, sobre el papel, los derechos de los súbditos del Nuevo Mundo, pero amparaban la conquista y la esclavización de aquellos que no se sometieran a ella.

Al mismo tiempo, la Corona alentó que los insulares se aventuraran a cruzar el océano para conquistar tierras, administrarlas y cristianizar a sus habitantes. Y para lograrlo, desde el principio, los monarcas hispanos alentaron el mestizaje. Ya en 1503, la Reina Isabel había ordenado al gobernador de las Indias que procurase que algunos cristianos se casaran con algunas mujeres indias y que las mujeres cristianas con algunos indios. En 1515, su esposo, el rey Fernando, expresaba ese deseo en una ley: "Mi voluntad es que las dichas indias e indios tengan entera libertad para se casar con quien quisieren, así con indios como con naturales de estas partes".

En el siglo XV no existe el racismo. La diferencia entre las personas, en primer lugar y fundamentalmente, era por tener diferentes religiones. En la medida en que dos personas tienen la misma religión, pertenecen a la misma comunidad, son parte de una misma identidad. Existen grandes diferencias sociales, pero las diferencias sociales se basan más bien en el linaje, en si vienes de una familia poderosa, de una familia aristócrata, y si acaso, si eres cristiano viejo o cristiano nuevo. Hay que recordar que para 1492, cuando llegan a América, pues llevan un proceso de mestizaje de tal vez 100 años en la Península. Y todos somos católicos, ese es el concepto que se maneja en esa época. Entonces, cuando estos españoles, tan acostumbrados a esto, llegan a América, se encuentran con los pueblos americanos, a los que seguramente con una mezcla de curiosidad, miedo, desconfianza, muchas cosas en su cabeza, pero empiezan a practicar lo que han practicado siempre. Es decir, pues, bautízalos, porque si los bautizas, ya somos lo mismo. Eso es lo bonito. Por eso se puede construir civilización en Hispanoamérica, porque una vez que quedan bautizados, el concepto es, son personas iguales a nosotros.

Así, la Corona española iba a convertir a hidalgos y aventureros castellanos sin fortuna en los mejores instrumentos para la conquista. Invirtió en una esperanza de riquezas e influencia para desheredados y ambiciosos, especialmente en la región de Extremadura. Fueron muchos los encandilados por el plan. De allí salieron Francisco Pizarro y Hernán Cortés, que acabarían conquistando las tierras que se convertirían luego en los virreinatos de Nueva España y del Perú, los dos más importantes de América. En 1502, Pizarro, con poco más de 20 años, llegaba al Caribe, tres décadas antes de conquistar Perú. Y en 1504 lo hacía Cortés, que hizo fortuna en menos tiempo al derrotar a los aztecas y tomar Tenochtitlán.

Una de las claves de su éxito es la capacidad para entender la lengua de los indígenas y entender la la situación política de los indígenas. Eso es lo que le va a permitir el segundo punto esencial y fundamental de la conquista, que es hacer alianzas. Porque en el caso de Cortés, y en realidad en el de todos los conquistadores, el número de españoles que iban en esas expediciones eran muy pocos. Y es algo que se repite una y otra vez. Los españoles son unos cuantos cientos, pero siempre van acompañados de miles, y a veces decenas de miles, de guerreros indígenas, que son los que en realidad realizan la conquista. En el caso de Cortés, su principal alianza es con los tlaxcaltecas, que son enemigos acérrimos de los aztecas y que, después de unos primeros encuentros bélicos con Cortés, deciden que quizá es mejor idea, en vez de combatir a estos recién llegados, que son bastante raros, que tienen barba, que visten unas corazas muy extrañas, quizá es una buena idea aliarse con ellos para combatir al enemigo común. Había otros pueblos enemigos de los aztecas que Cortés se fue ganando por el camino hacia Tenochtitlán, como los totonacas.

Pero tan importante o más que estos aliados fue Malinzin, la Malinche, una noble caída en la esclavitud y entregada a los españoles por el pueblo maya de los chontales. No tardó en convertirse en la amante, intérprete y, sobre todo, consejera de Cortés. Fue precisamente gracias a ella que el extremeño, que solo llevaba unos 500 españoles, pudo reunir un ejército de decenas de miles de aliados indígenas con el que logró conquistar la ciudad de Tenochtitlán en 1521. Imagina la toma de Tenochtitlán. Es en agosto de 1521. Tenochtitlán cae ante un ejército, dicen que de 100.000 guerreros, pero de esos 100.000 guerreros, 99.000 son indígenas. Pensar que los españoles están conquistando la ciudad es un poco absurdo.

La conquista de Tenochtitlán, sin lugar a dudas, fue brutal. Se debieron producir todo tipo de atrocidades, y el propio Cortés habla de atrocidades cometidas. Si bien él señala como culpables de esas atrocidades a sus aliados tlaxcaltecas, diciendo que como siempre habían sido muy enemigos, pues que se cometieron toda una serie de abusos y que él intentó evitar que esto fuese así. Toda conquista es brutal. Una conquista, especialmente en el siglo XVI, en cualquier parte del mundo, es atroz. Pero hablar ya de genocidio cometido por los españoles contra los aztecas está fuera de lugar. No se puede hablar de genocidio por muchas razones. La primera es porque un genocidio es un acto deliberado, eso no ocurrió jamás. Cuando España llega a América, jamás existe de manera deliberada el objetivo de acabar con un pueblo. Segundo, un genocidio es acabar con un pueblo porque te anima una emoción negativa como el odio a ese pueblo en particular, y eso tampoco lo estamos viendo con un componente. Cuando España llega a América, y tercero, es aniquilar a un pueblo, cosa que tampoco pasó. En realidad, el tema, lo primero que empieza a construir España en manos de Hernán Cortés después de la toma de Tenochtitlán es hospitales. Y pues no construyes hospitales cuando tienes pensado... 40 años después de la caída de Tenochtitlán, en esta Nueva España, pues hay tal vez entre 8 y 10 millones de indios y hay 20.000 españoles. Pensar que 20.000 españoles sostienen una conquista sobre 8 o 10 millones también es absurdo, sobre todo si consideramos que jamás existió la presencia de un ejército. Y eso mismo se va a replicar en Perú.

No obstante, las guerras de conquista de las décadas siguientes crearían un contexto de violencia que convertirían las masacres en algo habitual. A ello se añadían los ajustes de cuentas entre pueblos indígenas aliados de los españoles y sus enemigos, especialmente allí donde los españoles eran pocos y más vulnerables. Era fácil que cometieran atrocidades que sirvieran de advertencia frente a cualquier levantamiento. Entre los más brutales estuvo Nuño Beltrán de Guzmán, gobernador de la provincia de Pánuco, a donde había llegado en 1527. Allí existía ya un negocio dedicado a prender indígenas y venderlos como esclavos en México y en el Caribe. Nuño Beltrán empezó a organizar sus propias cacerías, ampliar ese negocio y a crear una vía más eficiente para venderlos en el Caribe. Juan de Zumárraga, primer obispo de México, menciona 15.000 indígenas esclavizados en Pánuco.

Poco a poco, Nuño Beltrán empezaría también a atacar judicialmente y a desplazar a Hernán Cortés, especialmente tras su nombramiento como presidente de la Audiencia Real de Nueva España en 1529. Nuño Beltrán conquistó lo que llamaría Nueva Galicia, hoy los estados de Jalisco, Nayarit, Aguascalientes y Zacatecas. Quizá ese haya sido el episodio más brutal de la conquista de México. Al mando de 500 españoles y más de 15.000 indígenas, Beltrán arrasó pueblos enteros, haciendo torturar a los caciques que encontraba a fin de que le confesaran dónde guardaban el oro. El cacique de los michoacanos lo recibió en paz, le hizo regalos, le dio guerreros y provisiones, pero Nuño Beltrán de Guzmán respondió a su hospitalidad haciéndole torturar y ejecutar, arrojándole perros. Esto lo escribió un testigo: "El intérprete de Beltrán vino de paz, un hombre gordo que decían ser el señor, e porque no trujo también memes para la parci o oro o plata que decían que él pedía, le aperrearon así, aperreado e mordido por todas partes. Nos partimos de allí e le dejamos a puertas de su casa, poniendo fuego a ella e a todo el pueblo, después de haber venido de paz, como dicho tengo".

La extrema crueldad de Beltrán con los indígenas y su nepotismo, colocando siempre a los suyos en puestos de poder, llevó a que el primer virrey de Nueva España iniciara un proceso contra él, que acabó en su destitución y en su envío a España, en donde acabaría muriendo en la cárcel.

Mientras tanto, el Imperio se extendía. Tres años después de que Cortés tomara Tenochtitlán, Francisco Pizarro empezó a preparar la conquista del Imperio Inca. Primero, en expediciones previas, buscó obtener información y, al igual que Cortés, intérpretes, en este caso de lengua quechua. Gracias a ellos, Pizarro supo que el Imperio Inca estaba dividido. En 1532, el emperador Atahualpa había derrotado y apresado a su hermanastro Huáscar y arrasado los dominios de los que lo apoyaban. Tras vencer en esa guerra, Atahualpa sintió curiosidad por conocer al grupo de poco más de 200 extraños con extravagantes armas y vestimentas y concertó un encuentro con Pizarro en Cajamarca. Confiado, el Sapa Inca, como rezaba su título, dejó su ejército a las puertas de la ciudad y entró en Cajamarca acompañado de un séquito de varios miles de personas desarmadas. Pero Pizarro le había tendido una emboscada y, ayudado por el efecto sorpresa, logró apresar a Atahualpa y derrotar y ahuyentar a sus séquitos.

Al ver el interés de los españoles por el oro y la plata, Atahualpa propuso comprar su libertad: llenaría una sala de oro y dos veces la misma sala en plata a cambio de poder marcharse. Pizarro aceptó y Atahualpa cumplió su palabra. Pero Francisco Pizarro, pese a la oposición de algunos de sus capitanes, no solo no lo soltó, sino que lo juzgó y lo mandó ejecutar. Tras ello, Pizarro decidió marchar a Cuzco, la capital del Imperio, uniéndose por el camino más y más nobles huascaristas, deseosos de vencer a los partidarios de Atahualpa. Gracias a estas tropas incas, logró tomar Cuzco en 1533.

Toda esta rápida expansión territorial hizo que volviese a surgir una pregunta: ¿se podía conquistar de forma justa? La cuestión había vuelto a quitar el sueño a la Corona española. Durante el reinado de Carlos I, recordemos que sus abuelos, los Reyes Católicos, ya habían auspiciado la junta y las Leyes de Burgos para proteger a los indígenas, pero seguía habiendo abusos y los misioneros habían vuelto a alertar al rey. Así que, entre agosto de 1550 y hasta mayo de 1551, durante casi 9 meses, Carlos I impulsó en Valladolid nuevos debates entre quienes defendían la libertad absoluta de los indígenas y los que apoyaban el uso de la fuerza contra ellos.

Llegan informes exageradísimos porque llegan los informes de Bartolomé de las Casas, que no son confiables, pero que motivan una cosa que efectivamente es sin precedentes: que una Corona diga, detengan este proceso que evidentemente nos tiene, detengan este proceso de conquista de América para reflexionar. Hay que ver si tenemos o no tenemos derecho, qué estamos haciendo bien, qué estamos haciendo mal y qué vamos a hacer para corregir lo que está mal. A ver, es fuera de serie. Además de, claro, de discutir sobre la naturaleza de los indios y su alma, siguen tratando de entender a esta gente que han encontrado en América. Pero efectivamente, es como un examen de conciencia de una potencia que se le tiene a reflexionar sobre sobre lo que está haciendo. Eso no lo ha hecho, según yo, ninguna otra potencia en la historia de la humanidad hasta hoy. Desde luego, es un debate completamente atípico en el sentido de que es la propia Corona la que decide detener temporalmente la conquista y lo hace por razones éticas.

La controversia de Valladolid se produce para que se pueda llegar a una conclusión de cómo se puede hacer una conquista que sea éticamente aceptable y que sea moralmente adecuada. Resulta absolutamente contradictorio. Hoy en día, desde luego, todos consideramos que cualquier tipo de conquista en general es injusta y es inmoral. Para la época, sin embargo, se consideraba que conquistar nuevos territorios no tenía nada de malo. Lo raro es que de pronto la Corona decida reunir a expertos en filosofía y en derecho y en religión y en teología para decidir, bien, cómo podemos hacer la conquista de tal manera que sea moralmente buena.

En la controversia de Valladolid, Fray Bartolomé de las Casas representaba a los benevolentes y el sacerdote Juan Ginés de Sepúlveda defendía la mano dura. Ginés de Sepúlveda había escrito esto en su obra: "Siendo por naturaleza los hombres bárbaros, incultos e inhumanos, se niegan a admitir la dominación de los que son más prudentes, poderosos y perfectos que ellos, dominación que les traería grandísimas utilidades, siendo además justa por derecho natural que la materia obedezca a la forma, el cuerpo al alma, el apetito a la razón, los brutos al hombre". Por su parte, Fray Bartolomé de las Casas, en su Memorial al Consejo de Indias, pedía la intervención del rey: "Porque los reyes son obligados en cuanto a si fuere a quitar los impedimentos temporales que estorban la salvación de sus súbditos, convendría que se vean y examinen las conclusiones que yo tengo aparejadas para ello. La primera, que todas las guerras que llamaron conquistas fueron y son injustísimas y de propios tiranos. La segunda, que todos los reinos y señoríos de Indias tenemos usurpados. La tercera, que las encomiendas o repartimientos de indios son inicuos y así tiránicos y tal gobernación tiránica".

La controversia de Valladolid marcó un paso más en los debates éticos sobre la conquista. Solo 8 años antes, en 1542, las llamadas Leyes Nuevas habían establecido la completa abolición de la esclavitud de los indígenas y la liberación de todos aquellos que estuvieran esclavizados. Una de las primeras consecuencias fue que el segundo virrey de Nueva España, Luis de Velasco, ordenó la liberación de 15.000 indígenas que trabajaban esclavizados en las minas del virreinato. Los propietarios de las minas protestaron, aseguraban que liberar a los esclavos sería su ruina y causaría grandes pérdidas a la Corona. Y el virrey Luis de Velasco le respondió esto: "Más importa la libertad de los indios que las minas de todo el mundo, y no es tal la naturaleza de las rentas que recibe la Corona, que por ellas se han de atropellar las leyes divinas y humanas".

Pero eso no impedía que en otros lugares siguiera habiendo atrocidades. El cronista y futuro obispo Diego de Landa recoge en su obra una escena terrible de la que él había sido testigo en Yucatán: "Quemaron vivos a algunos principales de la provincia de Cupul y ahorcaron a otros. Hízose información contra los de Joa, pueblo de los cheles, y prendieron a la gente principal y la metieron en una casa a la que prendieron fuego, abrazándola viva con la mayor inhumanidad del mundo". Y dice este Diego de Landa que él vio un gran árbol cerca del pueblo, en el cual un capitán ahorcó muchas mujeres indias y de los pies de ellas a sus niños, sus hijos.

Episodios como estos llevarían a que en 1573 Felipe II, hijo de Carlos I, llegara incluso a prohibir nuevas conquistas. Los desmanes no solo los cometían los soldados, sino que los perpetraban a veces la propia Iglesia. Son célebres los estragos causados en Yucatán por el propio Diego de Landa, decidido a poner fin a los sacrificios paganos, a veces humanos, que todavía se practicaban. Arrestó a los jefes locales de muchos pueblos. Los implicados en los ritos fueron castigados con azotes, destierro y servicios forzados. Algunos fueron ejecutados. Además, Diego de Landa destruyó muchísimos códices mayas, convencido de que eran demoníacos: "Hallamos les gran número de libros de estas sus letras y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos y les daba pena". Los códices y los libros quemados abordaban todos los aspectos de la civilización maya. Hoy solo se conservan cuatro códices mayas en todo el mundo. Landa también destruyó casi 200 ídolos y 14 templos.

Su forma de evangelizar resultaba contraproducente. Protestaban los encomenderos, que perdían a los trabajadores castigados, y protestaban muchos frailes, alarmados porque el terror de Landa alejaba a los indígenas de la fe. Al final, Diego de Landa fue devuelto por la Iglesia a España para ser juzgado, aunque acabó siendo absuelto y regresando a Yucatán, convertido ya en defensor de la lengua maya, cuyo conocimiento empezó a exigir a los misioneros. Y no era el primero en hacerlo. En 1547, un misionero español había escrito la primera gramática de náhuatl y, en 1560, otro fraile redactaba la primera gramática de quechua. Estas lenguas tuvieron una gramática escrita antes que el alemán y el inglés. La razón no se debía, sin embargo, a un interés por preservar las lenguas indígenas, sino al objetivo de evangelizar a los nativos, justificación última de la conquista. Cristianizar a los indígenas en español era imposible, así que los misioneros tenían que aprender sus idiomas. El hecho de que la mayoría de los indígenas no hablara español hizo que muchas veces se usaran lenguas nativas en los documentos jurídicos.

El Imperio español alcanzó su máximo apogeo en 1580, cuando Felipe II sumó a las posesiones de España todas las de Portugal tras la muerte de su rey sin descendencia. Hasta 1640, la conocida como Unión Ibérica incluía territorios en América, África y Asia, así como islas en los océanos Índico y Pacífico. Con la extensión de sus dominios, la Corona española fue cada vez más consciente de que no podía gobernar ni evangelizar solo en español. Así que en 1579 se creó una cátedra de quechua en la Universidad de Lima. Un año más tarde, se dio la orden de crear cátedras de otras lenguas indígenas en Nuevo México y cuando Norteamérica acababa de darse la primera universidad, Harvard, en la Universidad de México ya se preparaban las primeras cátedras de náhuatl y otomi. Y por eso les ponen universidades y por eso es, mira, si les enseñamos gramática, latín, retórica, música, álgebra y geometría, que es lo que les enseñan, pues entonces con más razón son parte de nosotros.

Pero toda esa labor exigía dinero. De todo el oro y la plata que se extraía en América, España se llevaba la quinta parte. Bueno, pues el Quinto Real, el famosísimo Quinto Real, es decir, el 20%. Y suelo decir, ya quisiéramos hoy pagar el 20% de impuestos. Se manda el 20%. El otro 80% se queda aquí en Nueva España o en el Perú. ¿En qué se usa ese 80% que se queda? Bueno, a ver, en la ganancia de los mineros, porque son empresas privadas, en los pagos de salarios, porque está prohibida la esclavitud en América, también es muy importante recordar, y en la construcción, porque aquí se construyen ciudades, templos, catedrales, acueductos, colegios, hospitales, universidades. Y pues todo eso cuesta dinero. Y el 20% que es el Quinto Real que se va a España, de alguna forma regresa, porque la Corona, sobre todo en tiempos de Felipe II, es la que financia los hospitales y las universidades, porque no hay que olvidar, esto nunca fue una colonia, al final todo es parte de un mismo imperio y hay una administración que reparte en todo el Imperio.

No obstante, no era poco el oro, ni sobre todo la plata, que cruzaban el Atlántico. Sin embargo, no sirvieron para crear riqueza en la Península. De hecho, en el momento de mayor apogeo del imperio, durante el reinado de Felipe II, el Estado llegó a declararse tres veces en bancarrota. En cierta medida, para España, los metales americanos fueron un arma de doble filo. Es que, por un lado, sirvió para construir la nueva sociedad americana, pero para la Península, en realidad, acabó siendo una pequeña maldición. O sea, en un primer momento, desde luego, la llegada de esas enormes remesas de oro y sobre todo plata, enormes remesas para lo que eran los estándares europeos de la época, pues sirve para que España pueda crear un dominio militar en toda Europa y convertirse en la primera potencia del viejo continente. El problema es que todas esas riquezas, en cuanto se desembarcan en la Península Ibérica, se tienen que gastar, porque hay que financiar todas las guerras que está teniendo la Corona a lo largo, solo del siglo XVI, la Corona va a estar en guerra contra el Imperio Otomano, va a tener varias guerras contra el reino de Francia, contra el reino de Inglaterra.

Uno de esos conflictos armados fue la Guerra de Restauración Portuguesa, una rebelión iniciada en 1640 que se saldó, tras casi tres décadas de combates, con la independencia de Portugal y de sus colonias. Todo ello lastró aún más las arcas de la Corona de España. La llegada de tantísima plata fomentará la amonedación y la acuñación de mucha moneda, lo que va a dar lugar a una inflación que, en cuanto las remesas de plata empiecen a bajar en el siglo XVII, va a condenar al Estado a una continua situación de carestía, de miseria, de tratar de encontrar dinero donde sea, en medio además de una situación de guerras continuas, que la propia inflación va a dar lugar a una desindustrialización de la Península Ibérica, porque va a hacer mucho más barato comprar bienes en Amberes o en Ámsterdam o en Milán que producirlos en Valladolid o en Madrid o en Valencia. A la larga, sobre todo en el siglo XVII, va a ser enormemente destructiva para la propia economía de la Corona.

Las reformas introducidas en el siglo siguiente, durante el reinado de Carlos II, el último de los Austrias, empezaron a encauzar la situación, permitiendo recuperar poco a poco una estabilidad económica de la que se beneficiaría la nueva dinastía monárquica de España, la de los Borbones. La Corona apostó entonces por un mayor centralismo y por reformar la administración del Imperio. El Virreinato de Nueva España se mantuvo, pero del Virreinato del Perú se desgajaron el de Nueva Granada y el de Río de la Plata, el último de todos, creado en 1776 por disposición del rey Carlos III, célebre por su afán modernizador. Aunque el real español seguía siendo una de las monedas más fuertes de la época, para entonces el Imperio español había dejado de ser la superpotencia global dominante. España quedaba cada vez más arrinconada en el tablero político, mientras Inglaterra y Francia ganaban cada vez más peso.

Y había otros cambios en la sociedad del Imperio. Si antes la religión convertía los súbditos en iguales, eso ya no bastaba para medrar en la sociedad del siglo XVIII, en donde empezaba a imponerse una separación de razas derivada del racismo científico surgido durante la Ilustración. En América, eso da lugar a una sociedad de castas determinadas también por el color de piel. Hay que entender que la sociedad colonial americana es la traducción a las realidades americanas de la sociedad española de la época y de la sociedad europea. Y la sociedad española y la sociedad europea entonces eran sociedades estamentarias. Toda la población estaba dividida en tres estamentos: la aristocracia, el clero y el pueblo llano. En esta constelación se consideraba que el poder lo debía ejercer la aristocracia. El problema es que en América hay muy poca aristocracia, porque la mayoría de los aristócratas se han quedado en España. No es casualidad que precisamente en el siglo XVIII las élites criollas empiecen a comprar títulos nobiliarios en España y ya en el siglo XIX compren como locos títulos nobiliarios. O sea, que se nota que hay una necesidad por parte de las élites criollas de hacerse con más herramientas de prestigio que sustenten el poder que tienen. O sea, de tal manera que puedan decir, mi familia es la que controla esta región.

Para ello, van a empezar a recurrir a lo que se denominan "limpiezas de sangre", que es unos certificados que ya aparecen a finales de la Edad Media y que establecen que para ciertos cargos hay que demostrar por medio de un certificado que uno es cristiano viejo, es decir, que uno no es descendiente ni de judíos, ni de musulmanes, ni de herejes o de personas que hayan tenido problemas con la Inquisición. Y en el caso de América, de población negra o indígena, estas élites locales lo que van a hacer es, por medio de esos certificados de pureza de sangre, establecer que para poder tener poder, uno ha de descender o uno de ser lo más español posible, para tratar de resaltar el ser cristiano viejo y por tanto el ser español y el descender de españoles, no solo porque tengamos el dinero, no solo porque tengamos este cargo o este otro, sino también porque descendemos de españoles, porque tenemos esta tonalidad más clara de piel y porque además somos marqueses o duques.

En la España de entonces, poco antes de la Revolución Francesa de 1789, subía al trono Carlos IV. Por entonces, en plena Ilustración, un médico y científico inglés, Edward Jenner, había descubierto que con el virus vacuno de la viruela se podía inmunizar a los humanos. La viruela era entonces una enfermedad que mataba al 10% de la población mundial, una cifra que subía al 20% en pueblos y en ciudades en donde se propagaba muy fácilmente, sin distinción de clases. Varios miembros de la familia de Carlos IV habían enfermado de viruela y él estaba decidido a usar el descubrimiento de Jenner para atajar la enfermedad, especialmente en los territorios americanos de la Corona, desde donde le llegaban informes de poblaciones enteras afectadas por el virus. La viruela había sido una de las enfermedades llevadas por los españoles a América, una de las causantes de la drástica reducción de la población indígena registrada en los primeros siglos del Imperio español.

Con los avances médicos del siglo XVIII, Carlos IV quiso hacer las cosas mejor, también para revitalizar la economía de un Imperio en crisis. Por eso, 7 años después de la invención de la vacuna de la viruela, el Consejo de Indias ya había organizado las rutas de una expedición médica que recorrería los dominios del Imperio español desde 1803 hasta 1810 y se convertiría en la primera campaña internacional de vacunación de la historia, elogiada incluso por el inventor del remedio, Edward Jenner. Porque todos los países europeos conocían y aplicaban su logro, pero solo la Corona española había iniciado una expedición para llevarlo al mundo. Para mantener activa la vacuna, era necesario inocular en personas sanas y transmitirla de una a otra cada dos semanas, de brazo en brazo. Para llevarla a América, la expedición necesitaba personas que no hubieran tenido contacto con el virus. Por eso, los receptores ideales eran los niños sin padres que opusieran resistencia a la misión. Los elegidos fueron 22 huérfanos de La Coruña, atendidos por su rectora, Isabel Zendal, que ejercía de enfermera, supervisando la cadena de inoculaciones durante la travesía. Un siglo y medio después de sus viajes, en 1950, la Organización Mundial de la Salud consideró a Zendal como la primera enfermera de la historia en misión internacional.

Al mando del médico Francisco Javier de Balmis y su colega Josep Salvany, la bautizada como Expedición Filantrópica de la Vacuna salió de La Coruña con la corbeta María Pita el 30 de noviembre de 1803. Hizo escala en Canarias, en donde estuvo un mes para inocular la vacuna y mostrar a los médicos locales cómo extenderla por las islas. Antes de cada travesía, se regresaba a los niños vacunados y se reclutaba a otros. Tras Canarias, siguieron hacia Caracas, en donde las autoridades extendieron la vacuna por toda la región. Allí, la expedición se desdobló en dos. En 1804, Balmis e Isabel Zendal pusieron su barco rumbo a La Habana, en donde el médico cubano Romay ya había vacunado con éxito. Llegaron luego a Mérida y ayudaron a extender la vacuna por Centroamérica. Continuaron hacia Ciudad de México y Acapulco, y en 1805, desde Acapulco, pusieron rumbo a Filipinas con un grupo de 26 niños. Dos meses después, alcanzaron Manila, en donde se quedaron algunos miembros de la expedición para extender la vacuna y devolver luego a los últimos niños vacunados a México.

En Sudamérica se había quedado el médico Josep Salvany, que con sus ayudantes extendió la vacuna por el interior. Enfermo de malaria y otros males, Salvany murió en Cochabamba en 1810, en mitad de la expedición. Sus ayudantes vacunaron dos años más antes de regresar a España. Siete años de expediciones frenaron la mortalidad por viruela, favoreciendo el crecimiento económico de los territorios americanos del Imperio, tal y como quería una Corona deseosa de recuperar allí su papel estratégico. Son los Borbones los que tienen este afán centralizador. No lo que tenemos es un Imperio que se entendía como una unidad, donde tienes capitales como en la Ciudad de México, que para el siglo XVII son más prósperas que Madrid, que París y que Londres. Pero ya durante los últimos años de la expedición de la vacuna en América habían empezado a estallar las guerras de Independencia y la Corona no pudo con ellas.

Desde 1808, la ocupación napoleónica de España había obligado al gobierno a agotar todos sus recursos militares en la Península Ibérica, también su Armada Real, que en otros siglos había sido esencial para conservar un imperio transatlántico. Así, a comienzos del siglo XIX, los virreinatos españoles quedaron desmembrados en una veintena de estados nuevos. Esta visión de países americanos que se independizan de España es muy absurda, porque no se puede independizar ni Argentina, ni Chile, ni Perú, ni Venezuela, ni Colombia, ni México, porque nada de eso existía. Pero todos esos territorios ya no querían estar gobernados desde tan lejos por una España debilitada.

El Imperio recibiría la última estocada a finales del siglo XIX con la resistencia al dominio español en Cuba y Filipinas. Son el síntoma evidente de que el Imperio... no es que ya es una España que se aferra de manera muy tenaz a algo que es imposible. No, pero España se resiste a perder Cuba, que era una de sus regiones más ricas, y para conservar esa riqueza mantiene allí la esclavitud, que ya estaba abolida en casi todo el mundo en ese momento. El problema de la esclavitud es especialmente espinoso para España, porque Puerto Rico y, sobre todo, Cuba, es la región más rica de todos los territorios españoles y es una región que está dedicada fundamentalmente a la producción de azúcar y tabaco en grandes plantaciones trabajadas por esclavos que están en manos de grandes latifundistas y hacendados. En ese momento están surgiendo en lo que queda de las colonias españolas movimientos independentistas y el gobierno español, para evitar que esas élites coloniales apoyen el independentismo y para tratar de preservar lo que queda del imperio colonial, pues se va a postergar continuamente la abolición de la esclavitud. Y Cuba es la tragedia, porque aunque España en términos generales no es parte del comercio de esclavos, que es más un tema de Portugal e Inglaterra, Cuba en particular, pues se convirtió en la esclavista del Imperio español. Eso atiza el descontento en Cuba, en donde a finales del siglo XIX los independentistas organizan tres levantamientos que España está decidida a aplastar. Entonces va a echar toda la carne sobre el asador, va a...

Enviar una cantidad de soldados como nunca había enviado antes a América, especialmente en la última guerra de Independencia cubana, para intentar reprimir a los insurgentes.

Así, en 1896, el general Valeriano Weyler toma una decisión. Pita el desastre para aislar a los insurrectos. Para pedir que recibieran ayuda, Weyler quemó cultivos y concentró a los campesinos en grandes recintos cerrados con alambradas. No hay alimentos suficientes, lo que va a dar lugar a que en estos campos de concentración, por así decir, empiecen a morir en masa hombres, mujeres y niños a causa de las hambrunas, desnutrición y la epidemia.

Las estimaciones acerca del número de muertos de población civil, eh, en esta estrategia de reconcentración, pues hablan de mínimo, mínimo 50, 60,000 personas. Los últimos estudios hablan de 170.000 personas las que murieron a causa de esta estrategia del general Valeriano Weyler, lo que sería más o menos el 10% de la población que había en Cuba.

Entonces, Weyler fue reemplazado, pero el daño ya estaba hecho. Sirvió para que en 1898 interviniera un Estados Unidos ya mucho más fuerte que España, un Estados Unidos deseoso de ampliar su área de influencia, que se presentaba como defensor frente a la tiranía española. Entonces se produjo el misterioso hundimiento del acorazado estadounidense Maine. Estados Unidos culpó a España y le declaró la guerra, consiguiendo una victoria muy rápida. Por el tratado de París, España renunciaba definitivamente a Cuba y cedía a Estados Unidos Filipinas, Puerto Rico y Guam.

Ya en el siglo XX, España iría perdiendo sus últimas colonias. En el 56, el territorio del Rif pasaba a formar parte de Marruecos. En 1968 se independizaba Guinea Ecuatorial y en 1976 España abandonaba el Sáhara Occidental.

Si resulta fácil condenar lo ocurrido antes de la independencia de Cuba, al ir más atrás hasta las conquistas, es más difícil valorar a sus protagonistas con criterios actuales. Gente que dice: "Pero quiero ser rico, pero yo soy el conquistador, pero yo atravesé el océano, yo me merezco más, yo quiero tierras, yo sí voy a explotar a los indios". Y un imperio que por un lado, todo eso le conviene porque la explotación genera más dinero y entonces yo podría cobrar más. Pero por otro lado, tengo ideales y entonces tengo que mandar frailes para que contengan a mi gente, a la que si no contengo, sería más rica. Es contradictorio, pero es contradictorio justo porque ante, ante todo el mundo material económico que te presenta el hecho de dominar un nuevo mundo, tienes tus valores ético-morales filosóficos diciéndote: "Hazlo bien". Y entonces tienes que ver cómo lidias con eso. Es como los seres humanos que somos contradictorios porque tenemos ideales y luego nos cuesta mucho trabajo vivirlos en la vida cotidiana.

¿Y qué queda hoy de aquel imperio contradictorio en donde nunca se ponía el sol? No ha habido un solo país de Hispanoamérica al que haya ido bien. Porque uno diría: "Bueno, ya con las independencias rompimos las cadenas de la esclavitud, nos libramos de los españoles que nos tenían en el atraso". Cuando la verdad es que Nueva España era potencia mundial en el siglo XVII y se convirtió en miseria en el México del siglo XIX. Y aquí nos encanta contarnos la versión de que tanto nos lo dio España que por eso no pudimos arrancar bien, en lugar de entender, claro, fragmentar un imperio que funcionaba como una unidad y los fragmentos llevan 200 años tratando de ver qué hacen. A ninguno, a ningún fragmento del imperio español, España incluida, le ha ido bien después de la fragmentación y aún así lo seguimos vendiendo como un acto glorioso.

Pero de todo esto sí queda algo muy vivo: el hecho tan repetido, pero que nunca se termina de dimensionar, de que 550 millones de personas podamos entendernos en la misma lengua. Una vez escuché a un director de la Real Academia de la Lengua Española que definió el español como una lengua americana con presencia residual en Europa, y me parece una definición muy adecuada del castellano, porque la primera potencia lingüística dentro del español, en cuanto a hispanohablantes, es sin duda México, no es España. Y la lengua común que tenemos nos permite algo tan maravilloso como entendernos a uno y otro lado del Atlántico, aunque hayamos nacido a miles de kilómetros unos de otros. Poder entender y leer en nuestra propia lengua a Lorca, a Borges, a Octavio Paz, a Juan Rulfo, a Gabriel García Márquez, a Rubén Darío o a Lezama Lima. Eso es una gran fortuna y, sin lugar a dudas, también es consecuencia del pasado.

Tenemos el mayor potencial de hacer un bloque socioeconómico cultural que puede existir en este mundo. Y tal vez por eso a los poderosos de este mundo les conviene que no seamos capaces de descubrir eso y nos sigamos odiando los unos a los otros dentro de esta hermosa familia hispana que somos.

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